ANTES REMAKE

«Inglaterra Año de 1829»

Era una lluviosa madrugada de junio, los relámpagos alumbraban de manera violenta la gran ventana de bisel. Un dolor tan agudo como una cuchilla desgarró su estomago cuando el más grande de los truenos retumbó en el cielo alumbrando su rostro; ella no tenía más de 23 años, su cuerpo lánguido estaba adornado por un vientre crecido que ahora palpitaba. Recogió su largo cabello rubio y tomo asiento sobándose la panza, quería que terminara y acabar con la torturante agonía que estaba sufriendo.

La comadrona llegó justo a tiempo pues su fuente se había reventado. Fueron cuatro horas de sudor y un grito ahogado que se resistía a salir de su garganta. De pronto hubo un silencio desgarrador que acabo con la tortura, un rayo lo iluminó y seguido de un llanto fuerte, marcó su nacimiento. Fue envuelto en un manta de poliéster blanco y limpiado con sumo cuidado para después entregárselo a su madre.

¿Cómo se llamará? —preguntó la mujer que había ayudado a traerlo al mundo.

La orgullosa madre lo miró con ternura y acaricio la cabeza calva— Míralo...Es hermoso —musitó—. Seguro será un esplendido hechicero. Tiene la marca...

De verdad la tenía. Había nacido con los ojos abiertos, tan claros como el agua y aun más transparentes, solo con un diminuto punto negro en el centro. Parecía examinar todo cuanto veía con una curiosidad asombrosa para alguien de tan solo una hora de vida.

Será Ethan, como su padre... —dijo de nuevo la rubia que había dado a luz— Ethan Malfoy.

Fue el 5 de junio de 1829 que nació el primer Malfoy que marcaría para siempre el destino del apellido que más tarde se convertiría en uno de los más poderosos dentro del mundo mágico.

«América Año de 1829»

En una calurosa tarde del 19 de septiembre, un continente todavía nuevo y sin mucha civilización. Era el día, el momento y el lugar preciso para que ella naciera. Su llanto fue dulce y melodioso, a pesar de las malas condiciones… Fue hermosa por naturaleza, tanto como su madre; castaña de ojos azules.

Parecía ser una más, pero era diferente a todos. No tenía los ojos de su madre, los de ella eran marrones y grandes como los de un venado. Iguales a los de su padre; un hombre casi calvo y de sobrepeso considerable, con alhajas colgadas de su cuello y vestimentas brillantes.

Su familia, carente de magia y con la inocencia de creer que no existía, eran gitanos Zíngaros. Ella entonces, fue la primera hija del patriarca, por lo que sería especial.

El patriarca se acerco a su joven esposa— Bien mujer, ganaste... Es una niña —dijo mientras arrullaba entre sus brazos a su hija.

La mujer extendió los brazos para recibirla— Te lo dije. Mis cartas no me mienten.

Él rió— ¡Cumpliré mi palabra! ¡Puedes nombrarla como quieras! —gritó.

Ella lo silenció— La despertarás... —susurró.

Lo lamento… ¿Entonces? —insistió.

La mujer acarició la calva de su hija, al tiempo que la miraba tiernamente— Madeleine —respondió al fin.

Pero ni si quiera es un nombre gitano —replicó el padre con extrañeza. Se dejó caer entre telas brillosas a su lado. Notó la mirada de reproche de su mujer, por lo que no tuvo opción más que suspirar y aceptar la disposición de la misma— No me mires así si te gusta Madeleine, así será.

Ella sonrió, él se puso de pie y caminó hasta ellas depositando un beso en la frente de ambas. La mujer acarició la cabeza de la niña:

Bienvenida al mundo... Madeleine Granger.

Quizás sus vidas empezaron en momentos distintos, muy separados el uno del otro, sin la mínima posibilidad de llegar a conocerse, pero si algo aprendí… Es que, el destino, es la magia más pura que pueda existir.

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Primer día de clases en Hogwarts.

Draco salió de la primera asignatura del día: Pociones. Bostezó con desgano estirando su cuerpo y al instante empezó a caminar lo más lejos posible de ahí.

Estaba harto de lidiar con los "sangres sucias" que cada vez era mas frecuente encontrarse en el colegio. Decidió sentarse a la orilla del lago, calmando la violencia de sus pensamientos, empezó a leer tranquilamente de magia oscura como le era costumbre. Su mejor amiga del colegio; Pansy Parkinson llegó por detrás de él y logro darle un beso en la mejilla para luego sentarse a su lado con las rodillas encogidas sin decir una sola palabra.

El Slytherin levantó la vista y le sonrió, gesto que ella devolvió con agrado. Era perfecta y sabía que estaba interesada en él, pero simplemente no tenia tiempo para esas tonterías y eso era algo que la morena entendía. El chico Crabbe y el otro Goyle llegaron entre risas tontas y la imitaron sentándose de frente al lago para lanzar piedras a él.

Un moreno alto que tenía facciones duras mas sin embargo su cara demostraba tranquilidad, era Blaise Zabini. Llegó con ambas manos metidas en los bolsillos, pateo el pie de Draco quedándose parado frente a él. El rubio sonrió sin prestarle atención cuando el atlético chico se carcajeo sin aparente razón alguna.

El chico suspiro al tiempo que miraba el cielo— ¿Cuándo vas a dejar eso, Malfoy? —inquirió aparentemente aburrido.

— ¿Qué? ¿Ansioso por perseguir a las de primero, Blaise? —preguntó Pansy, con un tono venenoso en su voz.

Blaise sonrió, mostrando su perfecta dentadura perlada— El que estén en primero no les quita lo buenas —respondió con sarcasmo.

—Creo que estás enfermo —dijo Pansy.

—No soy yo el que tuvo la idea, Parkinson —se defendió inclinándose hasta pegar su frente con la de la chica.

El rubio no hablaba, se limitaba a escucharlos sin prestar más atención de la necesaria. Fue en ese preciso instante, entre el murmullo del agua meciéndose en el lago, en el que escucho su risa. Esa inconfundible y molesta voz chillona que tanta repugnancia le producía; al instante dejó de leer y solo observó las líneas de las palabras sin poder hacer otra cosa.

Fue levantando su rostro, su cuello estaba tan rígido que casi le provocó dolor… La miró, ahí estaba sentada debajo del gran roble, con el miope y el pobretón. Jugueteaban con las hojas que Harry hacía caer con su varita y no pudo evitar sentir desprecio hacía ellos.

— ¿Pasa algo, Draco? —Inquirió Pansy, inclinándose sobre él para después seguirle la vista y descubrir lo que tan cuidadosamente observaba. Sonrió con malicia—, Weasley cada vez está más alto...

Blaise rodó por la hierba y luego se incorporo dejando sus piernas abiertas:

—Pues si sigue creciendo dejará de ser un fenómeno de dos metros para ser un fenómeno de tres.

La slytherin sonrió con desgano, sacó un listón negro de su túnica y recogió su cabello en una coleta— ¿Si su familia es sangre limpia, por qué serán unos traidores?...

Hermione sintió que su sangre se congelaba sin una sola brisa, su piel se erizó provocándole un escalofrió que le llegó hasta la nuca. Desvió su mirada de sus amigos, para encontrarse con los ojos de Malfoy fijados en ella y sin embargo parecía no mirarla. Tragó saliva, Harry le siguió la vista y descubrió a la serpiente, el moreno hizo un gesto duro y levanto a Hermione para retirarse de ahí. Draco no dejó de mirarlos mientras se alejaban y se hizo la misma pregunta que Pansy: ¿Por qué los Weasley eran traidores de la sangre? ¿Qué eran antes de ser eso?

«Inglaterra Año de 1844»

¡Feliz cumpleaños Ethan! —gritó con euforia un chico pelirrojo.

Era Ronald Alexander Weasley. El chico abrió bruscamente la puerta de la habitación del rubio, donde este permanecía acostado tapando su cara con una almohada.

Su habitación estaba completamente oscura de no ser por la luz del pasillo que se filtraba por la puerta abierta. Alexander dejó en la cama una gran caja morada con un enorme moño dorado y se dirigió a la ventana que abarcaba casi todo el muro. Deslizo la cortina de terciopelo negro y la luz iluminó toda la vieja y casi vacía habitación. Ethan se removió entre las sabanas y gruñó apretando más la almohada contra su cara.

Tu y tus problemas para levantarte... Que tierno —dijo el pelirrojo mientras le jalaba lentamente la sabana.

Al menos provoco algo que no sea lastima... –se defendió Ethan, aventándole una almohada y tapándose bajo otra.

Malfoy, sino te levantas tendré que mojarte —advirtió el chico, cuya estatura promedio, ojos verdes y carente de pecas.

Ethan accedió a levantarse estirándose con algo de pereza. Caminó al baño dejando la puerta abierta. Alexander se acomodó en la cama revuelta y miró el desgastado techo poniéndose los brazos como almohadas.

¡Ya estas viejo! —gritó el chico para que pudiera oírlo.

Estoy creciendo —respondió Ethan, saliendo del baño y dándole un almohadazo en el estomago mientras reía.

Se sentó a un lado del relajado pelirrojo y miró el suelo fijamente.

Alexander sonrió abiertamente y se sentó también —No se porque, pero algo tramas...

¿Yo? —exclamó Ethan con un tono inocente.

No, seguro deberé ser yo… Confiesa ya —finalizó y se volvió a tumbar en la cama.

El cumpleañero dudó un minuto si contarle o no, después de todo, el chico Weasley había sido su mejor amigo toda la vida. Aunque tal vez seria que no lo apoyara. Se viró y saltó emocionado.

—Quiero dinero, Weasley...

El chico rió— ¿Quién no lo quiere, Malfoy?

Leí que en América se está formando un nuevo país independiente... Que tiene yacimientos de oro... ¡Oro Alex!

El pelirrojo se carcajeo — ¡No te creo ni la mitad! ¡Tú nunca lees!

Ethan también rió —Bueno no lo leí, me lo contaron... Estoy cansado de esta maldita miseria...

Yo también —interrumpió—, por eso voy a ser Medimago.

Fácil para ti ¡Tu tienes cerebro para eso!... Ambos sabemos que yo no.

Alexander le palmeo el hombro— SI tienes, sólo deberías intentar usarlo más seguido.

El chico de ojos color gris hizo una falsa mueca de indignación y comenzó a reír. Se puso de pie, el pelirrojo lo abrazó como al hermano que hubiera querido tener, pues era el único hombre y estaba harto de sus hermanas.

—Feliz cumpleaños, Malfoy... –dijo Alexander — Sabes que si vas por el Oro yo tendré que seguirte...

«Norte América año de 1844»

Su campamento estaba en una árida tierra pedregosa con vegetación seca, en la que el calor era insoportable a pesar de ser solo las nueve de la mañana. Los restos de una fogata, aun humeaban con un caldero de peltre negro sobre ella.

La gitana Madeleine caminó entre los remolques, pateó sin querer el caldero y siguió con su camino entre el susurro de sus brillosas ropas, de colores rojos y turquesas. Cual si fuera una espía se fijó en todas las direcciones que le eran posibles, para procurar que nadie la siguiera. Si su hermana Sashenca se enteraba de lo que estaba haciendo de seguro le diría a su padre.

Tocó tres veces la puerta remolque y esta se abrió mágicamente, todo estaba oscuro y caluroso por lo que camino a tientas intentando no tropezar.

Hasta que llegas mujer —dijo otra chica acercándose a ella.

La castaña encendió una vela y sonrió al ver a Mir; su mejor amiga desde su nacimiento, de escultural y voluminoso cuerpo. Su cabello le rebasaba la cadera y era tan negro como sus ojos y siempre alborotado de manera radical para los de su cultura. Traía una especie de tiara alrededor de la frente hecha con monedas doradas las cuales se creía estaban hechas con oro azteca.

Te dije que vendría Mir —respondió Madeleine sonriendo.

Mir era experta en la lectura de cartas y después de la muerte de la madre de Madeleine ella había tomado ese trabajo para la tribu. La castaña tomó asiento en la pequeña mesa redonda, frente a ella se puso la otra gitana y después de respirar profundo Madeleine extendió su mano, la morena la tomó y comenzó su inspección.

Hubo minutos de silencio, hasta que Madeleine decidió romperlo:

¿Y bien, que vez? —inquirió ansiosamente.

La adivina alzó los ojos y rió— Veo... que te casarás —dijo al tiempo que frotaba con el pulgar la mano de la castaña, como si con esto las líneas de su futuro se hicieran más claras.

Madeleine retiró su mano y refunfuñó con un fuerte suspiro, para luego echarse apara atrás en la silla— Seguro que con Harry… Mi padre lo adora.

¡¿El patriarca te quiere casar con Evans? Pero que esta pensando como si fuera...

¡Mir! —interrumpió el escándalo de la adivina.

Lo siento —se disculpó Mir y volvió a tomar la mano de su amiga—, este chico es guapo, ¡WOW!... muy, muy guapo —vio sonriente como la castaña puso los ojos en blanco. Su sonrisa se desvaneció al instante—. Te veo sufriendo, pero no eres tú... Es como algo tuyo porque tu sangre corre por sus venas...

¿Algo como mi hija?

No, faltan muchísimos años para que nazca. Tal vez tu tataranieta... O algo parecido. Lo que sea, es tuvivo retrato...

Madeleine se acomodó en la silla, inclinándose al frente como intentando ver su propia mano— ¿Y porque sufre? ¿Qué le pasa?

Parece que se convirtió en algo que no era... Que nadie de nosotros es...

¿No es gitana?

Mir negó con la cabeza un par de veces— Es una Gadyé... Pero tiene...

¡Que tiene!...

La morena levantó el rostro, la miró a los ojos— M A G I A

La chica volvió a poner los ojos en blanco y soltó una carcajada. Seguramente Mir estaría bromeando, como era costumbre, aunque nunca había hecho eso cuando leía las cartas o la mano. Aun así, el tono que usaba era demasiado perturbador, pero sabia que no tenía que hacer mucho caso.

Yo creo que ya se te fundió el cerebro con el calor —dijo la castaña cruzándose de brazos—, para que alguien de mi familia fuera un Gadyé, yo, Madeleine Granger tendría que casarme con uno y primero muerta... Y eso no es tan ridículo ¡Pero magia! ¡Por favor!... Todos sabemos que la magia no existe...

Mir se levantó y miró muy seria, la castaña hizo lo mismo y abrió la puerta del remolque. Una brisa de aire caliente se coló produciéndole a la chica una sensación de frescura y alivio, las gotas de sudor se escurrieron hasta su pecho. Extendió la mano y la morena la tomó. Ambas rieron.