Erase una vez, en un reino muy muy lejano al nuestro, en un mundo llamado Dreamlands se encontraban nuestros príncipes favoritos de los cuentos. Bueno, ellos no... Sus descendientes.

Nos encontramos en el reino de Henry, un rey justo y muy querido, nieto de Blanca nieves y el príncipe David. En la sala de la mesa redonda, estaban los príncipes herederos de todos los seis reinos.

-David, no podemos arriesgarnos.-Thomas, el más sensato, el cual se había escapado para poder asistir a la reunión, no consideraba prudente salir a buscar lo que podría traer esa profecía.

-¿No confiáis en el designio de los Dioses?-Preguntó un Hércules claramente indignado, situado al lado de su amada Megara, la cual le había acompañado.

-No es que no confiemos.-Aclaró, conciliador, David.- Es que vuestra historia es un tanto... futurística.-Intentó encontrar el término adecuado.

Megara, exhausta por la situación, se decidió a hablares:

-¿Queréis una princesa para vuestros reinos? O... En cuyo caso no sean las adecuadas: ¿Queréis ayudar a vuestras futuras habitantes del pueblo? Pues cogéis y estáis en el lugar indicado en el momento adecuado.-Con eso, Megara les proporcionó su más falsa sonrisa y chasqueó los dedos para desaparecer de allí dejando a los príncipes de la forma más desconcertada posible.

-No me fio.-Comentó Eric reclinándose en su silla.- Podría ser una argucia, o cualquier otra cosa, no me fio.-Repitió.

-Pero, ¿Qué perdemos de comprobarlo? ¿Y si nuestra princesa está ahí fuera y no salimos a salvarla de los peligros que acechan? Señores, si mi amor verdadero está ahí afuera, iré por ella, dadlo por seguro.-Dijo el príncipe David levantándose de su asiento.

-Tiene razón, yo le apoyo.-Dijo Philip asintiendo con la cabeza.- No perdemos nada, al contrario, ganaríamos una reina.

-¿De otro mundo? ¿De verdad creéis eso?-Intervino Eugene.- O queréis creerlo...-Dijo a modo de afirmación.- ¿Tanto os urge encontrar una mujer?

De repente, una estruendosa risa brilló en la sala, desde luego, era la de Adam.

-Yo no busco amor, señores. Ya lo saben.-Dijo con su más genuina sonrisa.

-No... Claro que no.-Dijo irónico David.- ¿Y cómo romperás el hechizo? ¿Con la magia del aire? Seguro que el aire te transmite muchisisísimo amor.

Adam carraspeó pero tenía ya preparada su replica:

-Mi morada está sucia, pese a todo. Y... sí, creo que nos conviene ir por ellas.

Eric, que seguía receloso profirió un largo suspiro de desesperación.

-Eric.-Dijo David severo.- Sé qué hacer, no iremos nosotros. Mulan.-Dijo hablando a la mujer que se ocultaba tras los velos que cubrían la mesa.

-Sí, alteza.-Respondió ella de forma automática.

-Tú irás por ellas.-Dijo David a modo de orden. Pero, antes de que Mulan pudiera responder, Thomas intervino.

-¿Estás loco? Si tiene que ir alguien a por mí futura esposa, seré yo.

-Escucha, no es bueno ser tan lanzado. Hay que ser precavido. Tú ahora lo que debes hacer es ir a tu castillo antes de que tu padre note tu ausencia. Nos reuniremos el día de la llegada.

Pese a su recelo, Thomas asintió a David y salió corriendo del palacio.

-El resto, haced lo mismo.-Dijo David continuando para todos.- Id a vuestros reinos, seguid con vuestras vidas cómo si nada nos hubieran dicho. Lo ocultaremos.

Todos obedecieron, algunos a regañadientes, otros con ansias de salir de una vez por todas de ese atolladero.

David se encontró a solas con Mulan y esta vez habló de cara con ella:

-¿Te importa ir por ellas?

-Por supuesto que no, príncipe.

-Ocúpate de identificarlas, de saber quién es quién. De quién pueden descender y tráelas aquí. Decidiremos una vez se sepa todo sobre ellas. ¿Queda claro?

-Por supuesto, príncipe.

Tras un simple movimiento de cabeza, cada uno volvió a sus quehaceres diarios esperando el día en que la profecía se cumpliera.

Días después.~

En la universidad de Columbia, Nueva York, una pareja busca desesperadamente la hermandad Kappa Alpha Theta (ΚΑΘ), son observados por todos los jóvenes estudiantes ya que no son precisamente… normales.

-¡Te dije que tendríamos que haber parado a cambiarnos! –Replicó Megara a su marido.

-¡No tenemos tiempo! ¡Esta noche debe suceder el ritual, Meg! –Explicó por centésima vez a su mujer.

-Todo el mundo nos mira, que horror. –Replicó ella, entre suspiros.

-Tranquila, pronto pasará todo. –Dijo él, encontrando finalmente la hermandad.- ¡Mira! Allí debe ser.

La extraña pareja entró a la hermandad y dejándose llevar por su intuición, más alguna que otra ayudita de los Dioses, consiguieron encontrar a las chicas que buscaban. Las seis en cuestión se encontraban en la habitación de una de ellas, leyendo libros a la misma vez que debatían historias de amor. Hércules, tuvo que interrumpir.

-Señoritas, por favor, ¿podrían atenderme unos instantes? –Dijo él, mirando a las chicas, más que asombrado por su similitud con las primeras princesas de Dreamlands.

-¿Quién sois? –Dijo la chica pelirroja, dueña de la habitación, mirándoles con una ceja alzada.

-Permítanme presentarme, soy Hércules, hijo del Dios Zeus. Esta belleza es mi mujer, Megara. Ambos convertidos en inmortales por mi padre y los demás dioses.

-¿En serio? ¿Me tomas el pelo? –Dijo Ella, estallando en carcajadas.

-Esto debe ser una novatada, ¡seguro! –Apuntó Aura, muy segura de sí misma.

-Hércules, amor, ¿qué dicen estas niñas? –Dijo Megara sin entender del todo el comportamiento de las jóvenes.

-No nos creen, Meg. –Contestó él, suspirando decepcionado, pues así no conseguirían advertir a las chicas de la profecía.

-Pues olvídalas, cuando la profecía las atrape, ya se acordarán de nosotros. –Dijo ella, indignada. Tiró de su marido hacia el pasillo y desaparecieron.

Las chicas se miraron entre sí, sin dar crédito alguno a lo que acababan de escuchar. Volvieron a coger los libros y continuaron su "investigación" acerca del amor verdadero.

-Chicas, ¿y si realmente eran Hércules y Megara? –Apuntó Isabella, con cierta duda en su pregunta.

-Bella, ¿cómo puedes creer que Hércules y Megara vengan a la universidad a decirnos algo? –Dijo Bianca, negándose a creer que habían echado al hijo de un Dios y a su mujer.

-¿Habéis escuchado lo que dijo la supuesta Megara? –Dijo Ruth, mirándolas algo asustada.

-¿Eso de que nos llevaría una profecía? –Dijo Aura, rodando los ojos para dejarlos finalmente en blanco.

-¡Sí! –Dijo Ruth, algo asustada. -¿Y si es cierto? –Las miró a todas, una por una. -¿Y si hay una profecía? ¿Y si es por eso que creemos en los cuentos y demás? –Preguntó ella a las demás, sin conseguir nada.

Finalmente, incluso Ruth, se negó a creer que eran los auténticos Hércules y Megara, simplemente creyó, al igual que todas, que habían sido víctimas de un intento de broma de las chicas de la hermandad.

Unas horas más tarde~.

Las chicas estaban más que listas para ir a la fiesta de primavera de la universidad. Aura fue la primera en entrar, dejándose llevar absolutamente por la música, pues Nicki Minaj era una de sus cantantes favoritas y en aquel mismo instante sonaba Va Va Voom. Su look más fashion y primaveral, hizo que llamase mucho la atención, sumándolo a su atractivo natural. Ari apareció poco después, sus ojos azules y su pelirrojo cabello no eran lo único que llamaba la atención del mundo, sino su atrevimiento a la hora de vestir. Cuando vio a Aura se acercó rápidamente a ella e iniciaron una conversación de lo más fluida. Ella, nada más llegar se unió a la reunión también, charlando con sus amigas de lo más divertida. Cuando recordó el anillo que había encontrado en su cuarto, bajo la cama se lo enseñó a sus amigas, como no, lo llevaba bien puesto en el dedo. Había decidido tomarlo como una señal. Bianca, Isabella y Ruth se unieron a ellas algo más tarde, cerca de las doce de la noche, justo cuando la luna estaba en lo alto, arrasando con sus modelos, como siempre. Las doce en punto dio inicio a un espectáculo en el que se unían los cuatro elementos: Tierra, Agua, Fuego y Aire.

Un golpe de aire comenzó a levantarse, haciendo que instantáneamente todas las chicas de la fiesta se sujetasen las faldas. Una especie de tornado comenzó a formarse y fue directo hacia las chicas, haciéndolas desaparecer sin dejar rastro alguno, más que los recuerdos de aquellos que alguna vez las habían visto.