Disclaimer: Solo la trama me pertenece.

Summary: Tabla; Porque no todo fue contado, y porque aún había muchas cosas que decir. Viñetas independientes. Inuyasha/Kagome.

Aclaración: Post InuYasha, pre Kanketsu-Hen.


Things to tell

Avolición

«Incapacidad para iniciar actividades dirigidas a un fin y persistir en ellas».

―¡Estás portándote de una manera completamente irracional!

―¡Y tú como una tonta!

―¡¿Pero de qué hablas?! ¡Si fuiste el que casi ataca a Hojo y revelas a toda mi escuela lo que eres!

―¡Ese idiota estaba muy cerca de ti, Kagome! Además estaba mirándote de esa manera, ¡quería aparearse contigo!

―¡Siéntate!

Inuyasha se tragó sus palabras, junto con unos cuantos kilos de tierra. Kagome se masajeo las sienes, frunciendo el ceño. Esto era complicado. Inuyasha era complicado. Una parte de ella se sentía emocionada por saber que podía provocar celos en el hanyou; la otra sentía que no podía controlarlo. Él era demasiado explosivo, violento, impulsivo… no pensaba las cosas antes de hacerlas, solo las hacía. Y eso estaba provocándole muchos problemas.

El medio demonio se quedó con la cabeza en el piso, iracundo. El hechizo ya se había terminado, pero no quería dar la cara. No quería enfrentarse. A ella y a ese nudo en el estómago que sentía cada que recordaba la manera en que ese humano estúpido le tocó el brazo a la miko, y como ella lo dejó tocarla, como si fueran íntimos. Miroku le llamaba a ese nudo «celos». Odiaba eso celos.

―¿Inuyasha?

―¿Mmh?

Alzó la vista; un error. Ella estaba ahí, con el labio entre sus dientes, las facciones preocupadas, los ojos grandes y oscuros y un poco tristes. Era tan buena. Simplemente era demasiado buena.

―¿Te lastimé?

―Keh. Un estúpido conjuro no me hace ni un rasguño.

Silencio.

―Creo que… iré a mi casa, unos días.

―¡¿Qué?!

―Inuyasha yo-

―¡No! ¡Ya te di tus días allá! ¡Y ya no tienes ninguna excusa para irte!

―Pero-

―¡Nada! ¡Estás retrasando la búsqueda, niña tonta!

―¡¿Así que solo para eso me ocupas?!

―¡¿Pues para qué más?!

―¡Eres un insensible! ¡Me largo!

―¡Pues lárgate! Podemos seguir sin ti, ¿sabes? ¡No eres tan importante!

―¡Pues entonces tal vez nunca vuelva!

―¡Pues entonces adiós!

―¡Adiós!

Y entró al pozo y se fue.


Seis horas. Ya habían pasado seis horas desde que Kagome se había ido, e Inuyasha estaba pegado al pozo, gruñendo y murmurando maldiciones, y asomándose cada cinco minutos. La odiaba, odiaba ese… ese… eso que infligía en él, esa atracción, esa necesidad por estar a su lado. Nunca lo admitiría. Al menos no con palabras. Pero lo intentaba, ¿no? Demostrárselo. La llevaba siempre en su espalda. Le dejaba el último pescado en la cena. Le velaba el sueño. Incluso dejó de dormir en el árbol para dormir sentado más cerca de ella. Le protegía en cada batalla. La dejaba ir más seguido a su época… pero la azabache seguía pareciendo simplemente no verlo. El esfuerzo, las acciones, los sentimientos del hanyou… y eso lo estresaba.

―¿Piensas que iré tras de ti como siempre, tonta? ¡Pues estás muy equivocada!

Silencio. Le estaba gritando a un pozo de huesos vacío.

―¡Agg!

No importaba cuanto se lo proponía, Inuyasha no podía simplemente no ir. Era Kagome. Era (su) Kagome. Y la quería, aunque nunca lo dijera.

Así que de un brinco entró al pozo, y en unos minutos estuvo 500 años en el futuro. Salió rápidamente, yendo directamente hacia la habitación de la miko. Ya era de noche, así que toda la casa estaba en silenciosa. Abrió la ventana en un movimiento, y entró en un salto. Inhaló. Todo olía a ella; demasiado perfecto. Era como dulce, como las flores, pero a la vez suave y embriagador. Kagome estaba dormida sobre las sábanas, con el uniforme puesto. Parecía que se había quedado esperándolo. Eso lo hizo sonreír.

Se quedó unos minutos observándola dormir: su cabello esparcido por la sábana rosa, su boca entreabierta, sus parpados cerrados suavemente, y moviéndose ligero. Tenía una respiración suave y profunda, y se veía tan indefensa que se juró (una vez más) protegerla contra todo y todos.

―Inuyasha…

¿Dijo su nombre?

―Mmh, Inuyasha…

Oh Dios, ¿estaba soñando con él?

―Siéntate…

Y pues… lo hizo.

―¡Agg!

―¡Ah!

La pelinegra se levantó con un pequeño grito, y al ver a Inuyasha en el suelo, se talló los ojos lentamente, sonriendo.

―¿Estás… estás bien?

El ojidorado solo gruñó, y cuando por fin pudo ponerse de pie, estaba un poco sonrojado, y sin mirarla a los ojos dijo:

―¿Nos vamos a casa o qué?

La miko le dio una pequeña sonrisa, asintió rápidamente, y tomando sus cosas se acomodó en la espalda del hanyou, para salir por la ventana y regresar al pasado.

Porque las cosas eran así.

Inuyasha siempre la buscaría, y Kagome siempre se dejaría encontrar.