D. Red Woman

Capítulo 1:

Opening

[…]

Monstruos, fantasmas, demonios o como quieras llamarlos, siempre han estado presentes en la existencia del hombre. Mitos, leyendas, incluso rumores urbanos rondan en torno a ellos y a pesar de que esto se trata de un final imaginario del siglo XIX, es invariable, creas o no lo que se diga de ellos.

Este es el caso de la joven oficial Moore, quién no suele reflexionar sobre este tema pero se ha visto obligada a ello debido a su trabajo.

Era tarde, hace poco que había anochecido y ella acompañada de su compañero de guardia llamado Charles (un hombre un poco corpulento que estaba en sus treinta aproximadamente), se encontraban frente a la iglesia abandonada, desgastada y parcialmente destruida. Los árboles que le rodeaban estaban desnudos de hojas y enmohecidos. La luna que se alzaba perezosamente sobre el cielo le daba ese aspecto siniestro y misterioso que hacía a Charles temblar a las espaldas de Moore.

―¿D-De verdad debemos ir allí? ―insistió Charles por enésima vez en el asunto.

―Los ciudadanos han estado enviado constante demandas, sobre personas que desaparecen y cosas así ―explicó con cierto desdén.

Claramente ella no creía que la iglesia estaba embrujada al igual que el resto. Sin embargo, él es de otro cantar.

―Lo sé, está maldita ―afirmó con absoluta convicción.

―¿Esa es la manera de comportarse de un policía? ―Moore le miró con cierto reproche―. Esto seguramente es un rumor difundido por algún idiota. Entraremos a comprobarlo nosotros mismos.

Viéndola tan dispuesta y resuelta Charles solo pudo dar una respuesta resignada.

Naturalmente, fue Moore fue quién abrió las puertas del templo que chillaron por el óxido que las carcomía.

El interior se trataba de un panorama mucho más deplorable que el exterior, solo quedando de los ventanales trozos quebrados aún adheridos a los marcos mohosos, el suelo que era una mezcla de toda clase de suciedad y vestigios de muebles de madera dispersos por allí y por allá al igual que los restos de un naufragio.

―¿Realmente los viajeros se quedarían en un lugar así…? ―se preguntó quedamente la joven oficial.

En lugar de recibir contestación o comentario alguno a este propósito por parte de Charles, su compañero dio un respingo.

―¡Gyah!

―¿Charles?

La mirada de ambos bajó hasta las piernas robustas de Charles, entre ellas se frotaba un gato que pronto hizo lo mismo con Moore.

―Solo es un gato ―dijo con un alivio desconcertante al acariciar al felino que ronroneó bajo su mano.

Sin embargo, ya Charles no estaba preocupado por el gato. El crepitar de la madera astillada y el murmullo ocasionado por el paso infranqueable de algo que se acercaba a ellos, a través del pasillo a su derecha, rápidamente ascendiendo a una bulla ensordecedora.

―¿Pero qué―

La pregunta murió en su garganta cuando la bandada de murciélagos se hizo presente, fue como un oleaje de alas negras que se abalanzó sobre ellos y en la que Moore distinguió una mano enguantada que la empujó a ella, que arrastró al gato consigo. Los murciélagos se precipitaron hacia arriba, siguiendo el rumbo de las escaleras que estaba delante de ellos llevándose así a la joven oficial a la habitación del piso superior.

En el momento en que Charles reparó en la ausencia de Moore, ella era arrojada contra el espaldar de una silla duro como la piedra.

―¡Te tengo! ―se escuchó claramente por sobre el aleteo de los murciélagos.

Moore tosió. El gato en su regazo se removió. Entonces, la voz victoriosa se convirtió a la sorpresa al concentrarse en Moore.

―¿Una humana? ¿Qué hace una humana por aquí?

La oficial Moore no dio tiempo a mayores cavilaciones pues, ni había enfocado su mirada ni la totalidad de sus pensamientos cuando atrapó aquella mano enguantada con una de sus esposas.

―Maldita sea ―pensó que de seguro le saldría un chichón si no fuera por el casco. Adolorida de todas formas alzó sus ojos y demandó: ―¿Quién eres?

―¡Lo siento! ―ambas manos enguantadas se agitaron nerviosas― Yo solo buscaba atrapar el gato en realidad.

―¿Eh?

La explicación extraña ―en muchos sentidos― dio paso a la figura que, por lo que pudo distinguir la oficial, pertenecía a una adolescente. Vestida por un largo abrigo gris abierto, dejando ver una blusa blanca y pantalones negros al igual que sus guantes y el cinto que ataba su cabello albino en una coleta alta, dejando suelto un flequillo que rozaba sus pómulos y llegaba a la barbilla. Los ojos que enmarcaban se le antojaron como dos lunas.

Era hermosa pero, de todos modos, la oficial fue precavida y esposó a la sospechosa a la ventana aunque dejándola sentar en la silla mientras le interrogaba. Al terminar de describirle la situación, la joven parecía genuinamente ignorante de todo.

―No estaba enterada de tales rumores ―dijo, tratando de parecer lo más normal posible a pesar de su posición que para nada ayudaba―. Llegué esta mañana a la ciudad y en el camino el gato se comió algo que es muy valioso para mí, desde entonces solo lo he estado buscando a él.

No era una historia bizarra a decir verdad pero las circunstancias simplemente no coincidían. Moore presentía que había más de lo que alcanzaba a ver…

―Es verdad ―la adolescente albina insistió al percibir la aprensión en la oficial―, ese objeto necesito recuperarlo. Es algo que me dio mi maestro ¡No puedo perderlo!

―Muy bien ¿Y dónde está tu maestro?

―Eh… bueno… ―sonrió nerviosa―, debe estar aún perdido en alguna parte de la India, supongo.

Ambas guardaron silencio, sabiendo que la situación había empeorado.

La albina se volvió al gato.

«Es tu culpa» le pareció a Moore que eso dijo al maldecir al tranquilo felino entre dientes.

Es solo una muchacha ―pensó al verla comportarse de esa manera―, aunque una extraña.

Decidió pues, que lo mejor sería ir en busca de su compañero. Si todo marchaba bien, esta noche no pasaría de ser otra noche de guardia y―

―¡GYAAAAA!

El sórdido grito fue la única advertencia que recibió para saber que esa no sería cualquier otra noche de guardia.

―¡Espérame aquí! ―corrió hacia la puerta haciendo caso omiso de cualquier réplica por parte de la peliblanca.

El ruido venía de la planta baja, justo donde había dejado a Charles.

Los escalones crujían bajo sus pasos acelerados y sus músculos se contrajeron con tensión, preparada para lo que estuviese esperándole.

―¡¿Quién está ahí?!

A pesar de que se había preparado, lo que vio la perturbó, la desconcertó, la anonadó… simplemente la dejó sin palabras.

―C-Charles…

Charles se encontraba estampado contra uno de los pilares. La sangre salpicaba toda la longitud de la columna, el impacto siendo tan poderoso que aplastó su espalda, desgarrándola y justo en el medio de su pecho, había un agujero tan perfecto que parecía hecho por una bala gigante. Su cabeza colgaba y en ella se congeló una expresión de espantó que heló la sangre de Moore.

Luego, todo colapsó en segundos.

En el rostro de Charles apareció una estrella completamente negra. Al siguiente instante, distinguió otra, después dos más, tres, cuatro, diez y en un parpadeo, decenas de ellas cubrieron su piel hasta que no quedó blancura alguna, solo piel de ceniza que se dispersó al igual que el cristal estallando en infinitos fragmentos.

―E-Esto… ¿C-Cómo…?

El uniforme que aún danzaba en el viento, atrapado por una soga que había mantenido firmemente atado el cuerpo de Charles al pilar, era demasiado real para ser una pesadilla.

―Los rumores ¿Eran ciertos…?

Atrapada entre la incredulidad y lo grotesco de la escena, sintió que se le escapó el aire y no volvía a ella.

―Ugh.

No podía respirar ¿Qué sucedía ahora?

―Tenga cuidado.

La familiar mano de la albina cubrió su boca con un pañuelo y la ayudó a no caer al suelo. Moore la veía sorprendida, aunque ella no le devolvía la mirada cuando siguió hablando.

―El gas del cuerpo al explotar es venenoso ―en sus labios había una sombra de inquietud―. Lo ha matado un Akuma.

¿Akuma…? ―Moore estaba confundida.

―¿Oficial?

Preguntas se agolparon en su mente, tantas y tan velozmente como la oscuridad a la que sucumbió. La voz de la muchacha extraña era demasiado lejana ahora.

(…)

¿Demonio?

El pensamiento fue lo suficientemente lúcido para penetrar su inconsciencia y despertarla.

Se levantó de golpe, su cabello rubio cayó sin gracia y su flequillo estaba enmarañado. Estaba muy aturdida para reparar en ello, solo pudiendo entender en esos momentos la voz que así la llamó:

―¡Moore! ¡Ya estás consciente!

La tomó del brazo, lo reconoció como uno de los asistentes del detective, era mayor que ella y de lo que era Charles pues su bigote ya era blanco aunque sus arrugas mantenían un semblante severo.

―¿Dónde… dónde estoy? ―preguntó todavía afectada por el aturdimiento.

―En la comisaría ―no se detuvo a darle descanso a su cabeza mareada―, y has despertado justo a tiempo.

―¿Eh?

El asistente tocó la puerta de la sala de interrogación con el mismo vigor de su andar.

―¡Detective, la oficial Moore finalmente ha despertado! ―anunció fuerte y claro.

―¡Entren! ―ordenó el detective.

Aquella orden le devolvió el sentido de realidad. Algo así como un balde de agua fría y con ella, en vez de cubos de hielo, venía inmersa con los recuerdos de la iglesia.

―Por cierto, Charles―

Sabiendo lo que le quería decir, el asistente le interrumpió con estas palabras:

―Ya lo sabemos, estamos interrogando ahora a la sospechosa.

―¿Qué?

Con su propia energía renovada, entró a la sala y al ver a la albina sentada delante del detective y rodeada de otros oficiales, no pudo evitar sentirse decepcionada, además de desconcertada ¿Por qué la tenían a ella allí? Y ¿Cómo demonios se las había arreglado para mantener consigo al gato que ignoraba olímpicamente la tensión en la sala?

―Su nombre es Lacie Walker ―comenzó a decir el detective, contestando preguntas que Moore no le había hecho todavía―. Dirección desconocida, menor de edad y país de origen desconocido.

Con mirarla a los ojos, sabía que Lacie Walker entendía lo mal que se veía en este momento.

―¡Lo hiciste tú! ¡¿No es así?!

―¡Ya le he dicho que no! ―el felino se agitó en su regazo al sentir su sobresalto― ¡Yo solo traje a la oficial inconsciente! Además ¿Cómo puede creer que fui yo?

Argumento válido, Lacie Walker era una adolescente con la figura y fuerza de una aparentemente ¿Podría ella someter y asesinar a un hombre con el cuerpo de Charles?

Sin embargo, el detective no retrocedía en su opinión y contraatacó con esta pregunta:

―Para empezar ¿No es sospechoso que estuvieses en la iglesia? ―se inclinó hacia adelante, de su boca salieron palabras como balas de una ametralladora― ¡Y es muy sospechoso que aún, con este clima y esta época del año lleves guantes! Seguramente tienes las manos manchadas de sangre o pólvora ¿No es así?

Y como para probar su punto, jaló la muñeca izquierda de Lacie y le quitó el guante.

No era la mano que debía tener una adolescente o cualquier otra persona en realidad. Las uñas eran negras, los dedos delgados y largos como los de un pianista profesional, la piel era de un profundo color rojo y rugosa, con estrías alrededor de una cruz verde que estaba incrustada en el centro del dorso y se extendían hasta la base de los dedos.

―¿Q-Qué rayos?

Moore no podía desviar su mirada, aunque quisiese, tal era su sorpresa. El detective, por otra parte, sufrió de tal conmoción que con un gesto despreciativo, el asco y el horror destilando de él, le soltó antes de volver a abrir su boca.

―¡¿Qué clase de broma macabra es esta?! ―espetó― ¡¿Acaso no te dolió grabarte a fuego esa cruz en tu mano?! ¡Se supone que debes cuidar el cuerpo que te dieron tus padres!

Lacie le veía impasible y hasta había en sus ojos una sombre de fastidio, a Moore le dio la impresión de que no era la primera vez que escuchaba algo así y no se equivocaba, Lacie estaba acostumbrada a tales cosas, las oía con demasiada frecuencia…

Lo siento ―escuchó en sus adentros.

Está bien, no es tu culpa ―contestó en un tono que delataba su sinceridad al respecto.

Realmente, no era su culpa. Nadie podía controlar el pensamiento de los demás, siempre supondrán lo peor y ella lo sabía; no es que le importara en realidad lo que pensase ese gordo detective de ella aunque su voz le estaba poniendo de los nervios…

―Umh… detective.

Por el contrario, la voz de Moore fue música para sus oídos. Alguien por fin se atrevía a detener la perorata del detective.

―Esta chica estaba conmigo cuando ocurrió el incidente.

―¡¿Eh?!

Un segundo golpe para el detective vino de su asistente, que se acercó para susurrarle:

―Detective, parece ser que después del incidente se encontró un gran agujero de bala. Sin embargo, la muchacha solo llevaba consigo al gato; todavía no hemos encontrado en la iglesia algún arma capaz de semejante destrozo.

Rechinando los dientes de frustración, se dirigió a la joven oficial.

―¡¿Por qué tuviste que quedarte inconsciente?! ¡Oficial Moore Hesse!

Ella bajó la cabeza avergonzada.

―Yo… lo lamento.

―¡Sea más valiente oficial! Estuvo en la escena y ni siquiera vio al culpable.

―Si la oficial se hubiese enfrentado al culpable, probablemente hubiese muerto ―dijo Lacie entonces, con una sonrisa y una voz ligera y suave que no concordaba con tal declaración―. Pero yo conozco al culpable aunque no lo haya visto.

Moore sintió su pulso acelerarse. Ahí estaba de nuevo, esa sensación de misterio, de la sombra de algo que no alcanzaba a entender y de lo que sus instintos le advertían, debía tener miedo. Las palabras de la albina la sumergían en lo desconocido y desconcertante, quizás, por eso ni siquiera el detective interrumpió.

―Se le conoce con el nombre de Akuma ―continuó―; cada vez que mata gana experiencia para evolucionar y no parará de matar hasta que lo detengamos y solamente se puede lograr con esto ―la cruz incrustada en su mano brilló, como si supiera que se hablaba de ella―. Esto es un arma anti-Akuma. Todo aquel capaz de portar una es llamado exorcista.

(…)

La antítesis de un exorcista, en toda su expresión y tétrica gloria, es el Conde del Milenio. Quién, en esa misma ciudad, caminaba alegremente con Lero protegiéndole del sol mientras disfrutaba de los cuchicheos, los mismos que llevaron en primer lugar a la oficial Moore a la iglesia. Las voces eran varias y unas más lejanas que otras, pero el Conde oía claramente lo que decían.

―Oí que murió un oficial recientemente.

―¡Vaya! Debió ser horrible.

―Parece que es verdad lo que dicen.

―Sí, está maldita esa iglesia. Las cosas malas incluso acechan al padre Mark.

―¿Oh? ¿A qué te refieres?

―Bueno… No debería hablar de esto en público, sin embargo, hace dos años ocurrió un incidente en el que estuvieron involucrados el sacerdote y su esposa.

El Conde sonrió, regocijado con las hazañas de su pequeña creación.

Al dar el siguiente paso ya no se encontraba más en la calle, sino en la habitación donde el padre Mark reposaba en su silla de ruedas y con la mirada perdida en la sórdida hambre que le consumía el razonamiento.

―Todos están asustados ―rió felizmente el Conde―. Mi precioso Akuma, mata más y más y evoluciona más~.

Arrullaba al Akuma al igual que las madres a sus bebés.

―¿Hermano?

(…)

Para cuando la oficial abrió la puerta, el Conde desapareció tal como había aparecido.

―¿Hermano Mark? ¿Cómo te encuentras? Soy Moore, he vuelto a casa.

Para Moore se había vuelto rutinaria y lamentable la vista del hermano Mark con su rostro arrugado por la angustia. A veces, en los mejores días, le veía con ojos lacrimosos y una sonrisa resignada.

―Has vuelto temprano.

Moore sonrió esta vez ella resignada, la voz del padre Mark era suave aún aunque un poco distante. Sus ojos viajaron por la habitación, cayendo en cuenta de la comida que seguía intacta sobre el plato.

―Últimamente no has estado comiendo ―recogió el plato y le reprendió sin mucha dureza―. Sabes que tienes que comer.

El padre Mark tenía aquella mirada perdida cuando replicó.

―Tengo el estómago lleno.

Moore le vio curiosa y él reparó en su error.

―Lo siento ―su voz se quebró―. Sé que… pronto volveré a tener ganas de comer.

Ella le sostuvo las manos afectuosamente.

―Está bien, solo no te rindas hermano. Sé que ese también es el deseo de nuestra hermana.

Entonces compuso una sonrisa alentadora, el hermano Mark lució incluso más aprehensivo.

¡CRASH!

―¡Te dije que no me dieras problemas! ―se escuchó luego del estruendo.

El alboroto venía del corredor y él no reconoció aquella voz tan joven.

―¿Quién anda ahí?

―Bueno…

Moore le explicó al hermano Mark brevemente la situación, recordando con cierta amargura las últimas instrucciones del detective.

«¿Exorcista? ¿Qué diablos es eso? Ah, de acuerdo, se pueden ir. Ahora voy a la escena del crimen y oficial, vuelva a su casa y vigile a la niña» les había dicho con desdén destilando de su cigarrillo recién encendido.

En otras palabras, me debo quedar aquí hasta que finalice la investigación ―pensó con desgana.

Al llegar al pasillo, Lacie Walker estaba rodeada de cuadros caídos y el gato retorciéndose en sus brazos.

―¡¿Qué rayos estás haciendo?! ¡Te dije que no salieras de la habitación!

―Lo sé pero…

―Estabas intentado ir a la iglesia ¿Cierto?

―¡Oh vamos! Solo un momento.

―¡No!

Haciendo acopio de las últimas fuerzas que le había dejado el cansancio, arrastró consigo a Lacie al estudio.

La albina se detuvo frente a la ventana, donde podía observar la iglesia que estaba al otro lado de la calle y se sintió frustrada.

Está delante de mí ¿Estará allí el detective ya?

Mientras volvía a pensar en maneras de salir de allí, la voz de Moore (que estaba sentada en el escritorio a unos metros detrás de ella) la sacó de su ensimismamiento.

―Lacie ¿Realmente crees que el culpable es un Akuma?

―Por supuesto ―dijo y la miró extrañada por la pregunta.

Moore sacudió la cabeza ―¿No sabes que un Akuma es una invención de nuestros abuelos para justificar las penalidades y el dolor que padecían sin tener que culpar a Dios de ellas?

Inevitablemente, su expresión se entristeció con cierta irritación.

―Es sólo una palabra o una cosa imaginaria que no existe. Yo no creo en maldiciones o Akumas, los odio.

―Pero, oficial, si el Akuma del que hablo yo no es el mismo al que usted se refiere.

―¿Eh?

Lacie volvió su vista a la iglesia.

―Akuma es el nombre de un arma creada por un hombre y el objetivo de estas armas son los seres humanos. Normalmente toma la forma de un ser humano, es un poco complicado de explicar pero―

―¡¿Hermano?!

La voz de la oficial Moore le interrumpió, sorprendida por ello y la preocupación latente, Lacie centró su atención en ella y el hombre en silla de ruedas.

Los ojos del padre Mark de nuevo se hallaban perdidos en la sed de sangre. Gemía, como animal adolorido, desesperado.

―¡Hermano! ¿Qué ocurre?

Lacie retrocedió instintivamente y en un parpadeo, su ojo se volvió completamente verde, y entonces, lo vio. El espíritu mortificado, un esqueleto sollozante y ataviado únicamente con un velo que le distinguía como una mujer.

―Mi… mi estómago ―jadeo―. Tan hambriento…

Las lágrimas saladas emergieron sangrientas en una última súplica.

―¡DÉJAME MATAR!

El hermano Mark transmutó en aquel Akuma a la que estaba encadenado el alma apenada. Moore no se pudo mover mientas miraba la monstruosidad cuyo rostro andrógeno adornaba el cuerpo gigante, como un capullo para los cañones múltiples que lo cubrían siendo sus únicas extremidades.

―¿Qué es eso?

Su voz fue callada por los disparos simultáneos. La casa bombardeada por el Akuma se desplomó y ellas salieron precipitadas de ahí; Lacie logró atraer a Moore hacia sí y detener la bala que se dirigía a la oficial con su mano izquierda. La fuerza con la que fueron lanzadas las llevó a chocar con una de las paredes de la iglesia.

En el piso superior, el detective y los oficiales oyeron el impacto.

Moore Hesse tenía sus oídos zumbando y confundida.

―¿Dónde estamos? ―preguntó.

Lacie jadeaba, tratando de recuperar el aire. Ella había amortiguado el golpe de Moore y en su lugar su espalda se había estrellado con toda su fuerza contra los ladrillos. El polvo levantado descansó en sus ropas y enfocó la mirada para reconocer el lugar.

―En la iglesia… salimos volando.

La oficial miró por derredor atónita y después, se volvió a la peliblanca, preocupada y sus ojos se fijaron en la bala que aún mantenía firmemente agarrada.

―Imposible ¿Lograste pararla?

Sus manos se acercaron a la bala, curiosa, pero Lacie la alejó.

―No la toques ―advirtió sonriendo con calma―. Está impregnada con la sangre del Akuma.

La mirada plateada de la adolescente indicó a Moore observar al gato. Horrorizada, notó las estrellas ennegreciendo la piel del gato, comenzado por la herida causada por el roce de la bala.

―Contiene un poderoso veneno vírico. El Akuma cambia de aspecto para dispararnos estas balas y si te hiere, el virus te infecta inmediatamente y…

El gato, se volvió nada más que polvo entre sus brazos. Moore supo que eso es lo que sucedió con Charles.

―Te hace pedazos ―Lacie frunció el ceño, dolida―. Lo siento, no pude ayudarte.

Se quitó el abrigo y cubrió con él los restos del animal para evitar que se expandiera el gas tóxico.

Moore no halló las fuerzas para moverse pero, necesitaba respuestas.

―¿Cómo…? ¿Qué le ha sucedido al hermano Mark?

―El Akuma posee un cuerpo y así se infiltra en nuestro mundo ―su voz se suavizó―. Ese ya no era Mark, es el Akuma que le mató y tomó el control de su cuerpo.

―¡¿Él fue asesinado?!

En vez de contestarle, Lacie la tomó del brazo y la obligó a colocarse a sus espaldas.

―Aquí viene ―le anunció.

Sin embargo, la concentración de ambas rápidamente fue sacudida por la voz del detective.

―¡¿Qué haces aquí chica?!

Inmediatamente, los demás oficiales se percataron en la presencia del Akuma.

―¡¿Qué mierda es eso?!

―¡Escapen! ―les dijo Lacie. Pero ellos no la oyeron.

―¡Disparen! ―ordenó el detective y ellos obedecieron.

El Akuma también se dio cuenta de la presencia de aquellos humanos. Su cara giró a su dirección y los cañones dispararon.

―¡No! ―Moore fue contenida por Lacie y solo pudo seguir gritando― ¡Para! ¡Detente!

La peliblanca le obligó a resguardarse. Aún así, la oficial Moore vio como sus compañeros caían convertidos en polvo y cenizas.

―Todos… ¿Por qué…? ¡Monstruo! ¡¿Por qué los has matado a todos?! ¡¿Por qué?!

―Es inútil tratar de hablar con él, oficial. Recuerde que es un arma, una máquina y no hace esto porque quiera, ha sido programada para actuar de esta manera y evolucionar.

―¡Entonces es solo una máquina asesina!

―Tampoco ―la dejó ir y de la impresión, Moore casi vuelve a caer.

―¿Qué quieres decir?

―Es un arma viviente que lleva un alma humana asimilada a él y a su vez, el alma está controlada por su el creador. Se trata de una persona que no tiene fe en su vida, que se odia a sí misma o simplemente no soporta hacerle frente a la realidad. Es la frustración de su alma la que sirve como fuente de energía para el Akuma permitiéndole evolucionar.

El ojo izquierdo, de nueva cuenta teñido de verde, miró con empatía al alma sollozante.

―Allí hay un alma, me parece que es una mujer, debe ser alguien importante para él.

Moore dio un respingo, la peliblanca prosiguió.

―Un Akuma nace a partir de tres elementos: máquina, alma y desesperación. Todos los seres humanos tenemos un lado oscuro y es ahí donde está la desesperación, atrayendo al creador que da vida al Akuma. Mark estaba tan desesperado que el creador llegó a fijarse en él.

―¿Desesperación? Entonces, oh no… entonces debe de ser cuando…

Llevó sus manos a la boca, queriendo callar el repentino llanto provocado por la triste revelación que tuvo.

―¿Oficial?

―Mi hermana y yo perdimos a nuestros padres cuando éramos pequeñas ―comenzó a explicar―. El hermano Mark siempre nos ayudaba y animaba, con el tiempo mi hermana se enamoró de él y se casaron y ella estaba muy feliz pero, entonces… un día ella y yo peleamos y vino aquí, a tocar el piano ―Moore arrastró las palabras y la culpa―. Yo me encontré con el hermano Mark y él me dijo que me ayudaría a reconciliarme con ella, vinimos, aquí mismo, y cuando todo se había resuelto, cuando se supone que Dios no nos abandona, cayó entonces un candelabro de gran tamaño con forma de crucifijo, de hierro, sobre mi hermana.

Al alzar la mirada vidriosa, se topa con la de Lacie, alentadora.

―Murió, mi hermana Claire murió y el corazón del hermano Mark comenzó a enfermarse.

Y recordó claramente la desesperación de Mark.

«¡Dios me ha quitado a mi esposa! ¡¿Por qué me das este castigo?! ¡Yo te maldigo!»

―Él… él llegó a maldecir a Dios ―confesó.

―Ya veo… un sacerdote maldiciendo a Dios, seguramente eso lo hizo aparecer.

―Pero no comprendo todavía ¿Cómo pudo crear algo así…?

―El creador le ofrece a sus víctimas revivir a sus seres amados ―Lacie no pudo evitar sentir cierto sabor agridulce en su boca―. Al aceptar, les presenta un esqueleto, el cuerpo primario del Akuma y les dice que llamen a esa persona amada. Cuando lo hacen, el alma del ser querido queda atrapada allí y bajo el control del creador que les indica que se hagan con el cuerpo de la víctima.

―Un momento ―los ojos de Moore se ampliaron― ¿Me estás diciendo que esa cosa es mi hermana Claire?

Trató de acercarse al Akuma ―a la verdad― y sus piernas fallaron.

―¿Tú… eres mi hermana?

Finalmente, las lágrimas escaparon de sus ojos.

Desdichada alma.

Lacie concordaba.

Liberémosla.

Si ese es tu deseo.

Ella avanzó dejando atrás a Moore, retiró el guante y la cruz resplandecía intensamente.

―Ojalá se salve tu alma, pobre Akuma.

Sus dedos de pianista se deslizaron entre cadenas etéreas, las uñas negras crecieron y brillaron filosas como cuchillas que, al blandirlas como espadas, atravesaron al Akuma y la cadena mortuoria del alma de Claire, que se mantuvo enredada entre las demás hasta su destrucción.

Al final, Claire le regaló la hermosa sonrisa que le dedicó a su familia por última vez en vida, agradecida.

La joven oficial se apoyó en el muro más cercano, la luz de la luna bañaba la iglesia.

―Ella… me pregunto si llegarán a encontrarse ahora con Dios ―Moore se limpió las lágrimas como pudo―. Ya sabes, ella y el hermano Mark.

Lacie sonrió, despidiéndose de Claire.

―Yo diría que sí.

Para eso había personas como ella.

«El fantasma de 1000 años, ese es al que llaman el creador, está poniendo en marcha su propio guión para la historia, en el cual la humanidad llega a su fin. El crear un final distinto es nuestra misión como exorcistas.» Fue la primera lección de su maestro, el General Cross.

Así comenzó su camino hacia la Orden Negra.

[…]

Próximo capítulo:

Timcampy le siguió.

¡No…!

—Eres un Akuma.

Ella le sonrió, sus ojos color plata le reflejaron del mismo modo que lo haría un espejo.

―¿Tu papá?

―Él es un científico del Vaticano.

(…)

―¡Leo!

Le dejó pasar, claro está ¡Es su mejor amigo, después de todo!

―Yo… quiero que me acompañes a un sitio…

(…)

―¡Tú…! ―la peliblanca estaba casi sin aliento.

―¿Para qué has venido? ―sonrió divertido― ¿A darme otro sermón? De todas maneras no te escucharé ¡Vámonos Leo!

¡Mira!

Con su ojo izquierdo, ella lo vio.

«Confrontación bajo la luna llena»


Notas de Autora: ¡Hola queridos lectores! Espero que esta etapa final de Agosto los esté tratando bien. Bueno, aquí les traje el nuevo capítulo y por sí acaso haré las siguientes acotaciones:

1. Lacie (Fem!Allen) no posee la cicatriz en su rostro generada por la maldición de Mana. Lo de su ojo se explicará pronto.

2. Seguiré la cronología del manga puesto que el anime no he tenido oportunidad de disfrutarlo por completo, además, el manga lo tengo a la mano (¡Viva el PDF!).

3. No recuerdo si lo mencioné en las advertencias del preludio pero, mejor prevenir que curar: esto también será un Fem!Kumoi. Disculpen la redundancia si ya lo mencioné en las advertencias al principio del fic.

En fin, deseo que haya disfrutado la entrega de hoy. Acepto toda clase de comentarios: desde tomatazos hasta unos cuantos "¡Aleluya!".

Nos leemos~.