Advertencia: creepy, algo gore, puede que ofensivo y una cantidad exuberante de OoC. Culpa completa de Marilyn Manson.


Estamos listos.


Uno, dos, tres.

Pisadas sin vacilación, pesadas como el plomo y silenciosas interpretando sigilo e inexistencia; agiles como una danza, es una coreografía de baile, movimientos elegantes, su danza macabra creada en su marcha extravagante.

El pasillo resuena con su presencia, haciéndose notar como la figura absoluta entre todas las sobrantes, pero las sombras y su habilidad para mantener el suspenso lo hacían invisible, siendo capaz de infiltrase bajo las pieles de los cobardes que insinuaban querer enfrentarlo.

Cuatro, cinco, seis.

Ninguna de sus extremidades pesa, está volando. Sobre el viento, con el aire, su aroma se combina con las endorfinas aterrorizadas que eran ajenas a sus fosas nasales, permitiéndole flotar con gusto y permeancia entre el ambiente y la escena.

Su cuerpo era como una hoja de espada oriental forjada del más fino de los metales y a su vez del más resistente, pues así cómo se camuflajea con el aire también cortaba con un filo estremecedor, por cada blandida una vida se perdía, un último aliento escapaba pero podía volver a cortarlo en pedacitos para desaparecerlo de ese mundo por completo.

No estaba dejando nada, nada en absoluto de las míseras y patéticas existencias que se creyeron capaz de detenerlo.

Siete, ocho, nueve.

El número de veces que con sólo el movimiento de sus dedos ha podido apuñalar a quien se le ponía enfrente; la frecuencia se repetía y repetía junto con el derramamiento de sangre eyaculando de carótidas blandas en hombres débiles sin importancia.

Diez.

El número de segundos que le tomó en llegar hasta el final de un pasillo cuyo techo goteaba liquido carmesí más un apestoso olor de seres inmundos, posiblemente porque algunas tripas también se encontraban tambaleantes desde las lámparas sujetas sobre su cabeza.

El cadáver del ultimo sujeto cuyo cuello estaba en un ángulo deforme se cayó justo obstaculizando su entrada por la puerta antes marrón, su gordo trasero seguía siendo una molestia aun cuando no respiraba. Con su pie y con asco tuvo que patearlo para que dejara de estorbarle, aunque no midió su fuerza y al chocar contra la solides de la pared, la cabeza quedo colgando por una tirita de piel restante.

Un chorrito último de sangre brotaba de la zona lacerada, como una fuentecita.

Sin dar ninguna mirada a la masacre tras su espalda, volvió a patear la puerta marrón dejándola destruida pero con el objetivo completado: entrar.

Un cuarto oscuro iluminado solamente con un pequeño foquito tambaleante y que parpadeaba curioso, así fue como pudo ver por escenas de luz y oscuridad al último sujeto que intento detenerlo con una navaja y un grito de guerra inútil. La navaja iba directo a su pecho, pero lo tomó sin dificultad por la muñeca, la giró con descaro e hizo que el arma blanca terminara atravesando desde el mentón hasta el cráneo con la puntita metaliza saliendo por el cuero cabelludo; lo tiró lejos de él sin preocuparse donde terminó arrojado, solo un ensordo sonido golpeando con algo, fue lo que notó.

Ah, también al sujeto frente a él que temblaba. Bien, que lo haga. Que tiemble el bastardo.

Un hombre de traje corriente, correas caídas de su hombro y según su olfato, el tipo ya acaba orinado en sus pantalones. Asqueroso, pestilente, patético y no evitó que su nariz se arrugase ante lo nauseabundo que le parecía el infeliz.

Obeso, canoso, feo y que a pesar de ser un alfa, detonaba a leguas que empezaría a llorar a cantaros en cuestión de segundos. Miserable, repudiado, temeroso, incluso y conociendo al imbécil tembloroso le pediría algún tipo de trato, cómo si el descarriado hombre tuviese algo que ofrecerle que no fuese una deliciosa agonía transparentada en su rostro senil. Obadiah Stane, al fin lo tenía de frente y a punto de tenerlo de rodillas con la frente pegada al piso, implorando por su vida, rogando por perdón, aclamando por su conciencia.

Se reiría en su cara, se reiría mientras le cortaba las piernas categóricamente y su miembro viril inservible lo hacía tragárselo para que probase su propia asquerosidad en primera fila y así se lo llevaría como mula de carga hasta el Queenjet. Lo alentaría a caminar sobre sus propias fracturas antes de partirlo en dos, sí, eso también lo realizaría para su disfrute personal.

— Ca-Capitán, por favor.

Oh, las suplicas ya venían. Aburrido.

¡Y ahí estaba! El tipo sobre sus rodillas y con los ojos tambaleantes entre el piso y los suyos.

— No haga esto, se lo pido. Se lo ruego.

Los ruegos eran absurdos, sus sinónimos igual de fastidiosos y ciertamente ya llevaba un poco de prisa para no llegar tarde a la cena.

— Ca-Ca-pitán.

Caminó con cada paso lento hacía él, disfrutando de verlo revolcarse en su propia porquería. Sobre su orina pedía clemencia, su ropa roída y la barba enmarañada se humedecían de la pestilencia pero no importaba, el sujeto seguía en una postura extralimitándose por piedad.

— ¡Por favor, se lo ruego! ¡Capitán!

Se detuvo en su andar, justamente a tiempo para no aplastarle el cráneo con su bota. Quedo frente al cuerpo en ruinas y empapado en líquidos humanos, dejando que los ojos azules que poseía contemplarán su trabajo hasta ahora.

Obadiah Stane, el infeliz maldito que lo planeó todo.

Puede recordarlo en las primeras fiestas infantiles del primogénito omega de Howard Stark, en algunas navidades y celebraciones más; siempre con un puro en la mano, una de sus manos dentro de los bolsillos de sus costosos pantalones y una sonrisa de grandes dientes. La calvicie vino después junto con la espesa barba pulcra y en colores crema, pero la esencia del supuesto alfa siempre fue la misma, drenaje, whisky y tabaco importado.

Lo recuerda esa vez en el cementerio, desvergonzado asistió al entierro de su socio y esposa recién fallecidos, sinvergüenza sanguijuela intentó tomar lo que no era suyo, degenerado pretencioso quiso abusar de la inocencia más luminosa del mundo y machacarla con sus asquerosas manos. Pudo detenerlo entonces, le dio una clara advertencia que desapareciera de su vista para siempre, pero el estúpido terco no entendió aquella promesa de horror y volvió. Se atrevió.

Su siguiente recuerdo viene con la llegada al trono del heredero Stark, presente e incitó un pleito absurdo sobre poder e imagen de fortaleza, pero fue callado, azotado con la humillación y exiliado públicamente del reinado más grande de una nación. El príncipe caprichoso, el omega virtuoso con una lengua de plata, el genio visionario, quien destruyo todo lo que no le satisfacía sin importarle nada; quien rompió los esquemas con un tronar de dedos, quien con un chasquido de su lengua aterrorizaba a quien fuera, con una mirada tenía a miles lambiendo la alfombra donde caminase e incluso destrozo un legado de sus ancestros y desde cimientos y cenizas hizo de su territorio familiar un poderoso e insuperable imperio propio lleno de riquezas y glorias solidarias que traían paz al mundo.

Obadiah Stane quedo entre las sombras y bajo los pies de alguien más poderoso que el presumible alfa, mientras que Steve quiso perdonarlo con vida permitiendo que se marchara. Debió partirle la yugular de un atajo y asunto completado, pero no, porque quiso ser considerado. Obadiah no aprovecho, no notó su tan tremenda consideración, no pudo quedarse quieto y valorar su vida.

Pues que así fuera, así lo quiso, actuó con el conocimiento de que moriría ya que tras aviso no existe engaño, ¿cierto?

El sujeto planeó una venganza infundada, una rabieta absurda y quiso cobrarse deudas refutables. No entendió el mensaje, siguió un camino oscuro que lo llevó a él y a sus cómplices a donde estaban ahora, en el infierno que con tantos adornos y esmeros preparó para él.

Hace un año, dos meses, quince días, diecisiete horas que Stane secuestró, torturó, toco lo que no debía. Dañó lo que era suyo, partió la más pura inocencia y destruyo al más hermoso de los regalos divinos, sólo por su avaricia y perversidad. Pues bien, pues así es como firmó su sentencia.

Stane mantuvo cautivo a su más grande tesoro en una cueva húmeda y sucia, poseyó un cuerpo ajeno que no le pertenecía e incluso el descarado malviviente dejó que otros tomaran de su prisionero hasta el último gramo de vida y alegría en su alma.

Obadiah secuestro a Tony, su omega embarazado que lamentablemente perdió de su primer cachorro. Steve sabe que tambien fue su culpa por sus secretos, por sus planes egoístas, por no querer tener el poder de proteger a su pareja como debía haberlo hecho. No sería hasta que Tony pidiese su propia cabeza en una bandeja que terminaría por pagar su deuda con su amado omega, pero por el momento y hasta que llegara su hora, él se encargaría de darle a su omega lo que quería.

Tony quisó la cabeza de todos los involucrados, desde los lacayos hasta los supuestos líderes como lo fueron los mayores representantes de los patéticos afamados "Diez anillos", entonces Steve se las entregó de uno en uno y hasta colgaron a unos por días en el dormitorio con la ayuda de Bucky y Clint.

Tony quiso martirizar y despellejar desde miembros flácidos hasta las zonas sensibles a cada inaudito que profano su cuerpo, al parecer Bruce y Scott sabían cómo lograr que no murieran de inmediato.

Podía recordar como uno de ellos tuvo la punta de una escopeta dentro del ano durante días y no fue hasta que el pobre infeliz mismo y tras tiempo de pasar con una sonriente Natasha parlanchina, se disparó a sí mismo. Murió desangrado y adolorido, el muy idiota, pero la pelirroja tuvo una sonrisa por días desde que el omega de la manada fue secuestrado.

En la tumba de Rodhey que estaba junto a la de Pepper, Visión acompañó a Tony para dejar en una cajita cromada lo que fue la piel del rostro del imbécil que le arrebató la vida al honorable War Machine, mientras Wanda adornaba con una corona de flores las lapidas.

Pero dejaron a Obadiah hasta el final, a petición de Tony. Que se enterará de lo que pasaba alrededor, que los horríficos rumores de sus secuaces le llegaran de punta a punta en el mundo, permitiéndole creer que podía esconderse gastándose hasta el último centavo del que gozaba, dejándolo como mendigo encerrado bajo tierra con mercenarios baratos que no duraron ni diez segundos haciéndole frente a él.

Se lo dejaron a Steve, porque Tony no quería tener a Obadiah enfrente más que de una sola manera, y era en forma con la cabeza calva despegada del cuello con una mueca de terror como la quería tener, nada más. Entonces eso fue claramente un regalo para su alfa, para él, por su buen trabajo hasta ahora.

Permitió que su manada participara, ofreciéndole la agonía y el dolor de quienes lastimaron a su familia, de quienes arrebataron sus sueños con un cachorro en brazos, con un niño dando sus primeros pasos, el dulce aroma combinado de su pareja y el propio, fruto de su amor tan grande. Se les fue arrebatado, todo ello, y por eso la venganza decidió que fuera compartida y como un espléndido festín, que todos degustaran bañarse en la sangre putrefacta que interfirieron en la felicidad de un hogar.

Como no, al transcurrir el tiempo y sin molestarse en encubrir los hechos, la llamada de atención por los gigantes de naciones no se hizo esperar, exigiendo explicaciones y pretendiendo que pararan con lo que llamaban "cacería y masacre". Lo único que Steve no refutó fue el nombre dado a lo que hacía, porque él sí cazaba y sí ocasionaba una masacre extravagante, no lo negaría, él nunca mentiría, pero de todo lo demás, los mando por un cuerno; dejo su uniforme abanderado, llevó únicamente lo negro de su luto en su ropa de combate y el símbolo de su manada como única referencia a quine pertenecía, e incluso utilizó su lugar como alfa supremo, como debió ser desde un inicio haciendo uso de su temeridad e ignoró al mundo y sus reglas inútiles.

Entonces ahí estaba, de nuevo en el presente, con Obadiah capaz de mirarlo a los ojos tras el tiempo transcurrido que se quedó dentro de sus pensamientos.

— ¿Capitán? — la voz del hombre ya no temblaba, el pobre infeliz creyó que al abogar por la bondad en su corazón, el perdón lo tenía ganado.

¿Cómo puede creer eso? Aparte de cobarde y ruin, demasiado ingenuo.

Esa noche y en el lugar remoto de un punto muerto, Obadiah lagrimeaba cada que rompía con cuidado cada hueso de su pierna, justo como Tony había sufrido con torturas similares, sólo que él la estiró únicamente hasta que se desmembrara por completo; Tony dejo marcas de rasguños por la cueva, mientras intentaba en vano escapar con su vientre llenó de moretones y sangre entre sus piernas, así que Obadiah dejó también marcas de sus uñas en el piso al perder su pene roído por pinzas de hierro calientes; Stane incluso dejo que su omega lloroso y débil mantuviera su miembro flácido y arrugado en la pequeña boca dulce de su pareja, como burla, con repugnancia, así que Obadiah gimió cuando metió a la boca y hasta adentro, obstruyéndole la vía respiratoria, el pene recién desmembrado para que probara de su propio sabor repulsivo.

Steve no ha sonreído desde el secuestro de su omega, Steve no sonrió por la pena de perder a su cachorro y destruir su familia, Steve no se tenía permitido sonreír porque su Tony le daba la espalda cada día hasta que cumpliera con su capricho, totalmente.

Pero eso acabaría esa noche, la vida del último infeliz que se atrevió a perturbar su existencia en el nuevo siglo se esfumaría para siempre, y sólo entonces podrá tener a Tony entre sus brazos de nuevo. Amarlo, protegerlo ahora sí sobre cualquier cosa, adorarlo, honrarlo, poseerlo.

Tony volvería con él esa noche.

Steve ahora sonreía.

Sonreía con amor, mientras arrastraba aquel cuerpo malherido por el camino de sangre esparcido; sus ojos brillaban por primera vez ante la esperanza, sin siquiera ver que chocaba con otros cadáveres y que pisaba por descuido; una tripa se enredó entre las tiras de ropa del moribundo, pero no detuvo a Steve y su danza alegre.

Steve terminó con su trabajo justo a tiempo cuando el Queenjet aterrizaba en el nuevo complejo de los que alguna vez se llamaron Vengadores del mundo, ya después desecharía el cadáver, ahora sólo guardo la cabeza cercenada en un costal térmico específico para esa labor, se colgó el costalito sobre el hombro y casi corría directo a donde se encontraba Tony.

Steve sonreía, porque por fin podía volver a tener a su pareja a su lado.

Ando y corrió en las últimas hasta la habitación por donde la presencia de Tony se sentía, aquella que habían aislado de todos porque pudo haber sido la habitación de su cachorro sin nombre. Donde el ingeniero se la pasaba casi siempre que no se encerraba en el taller o con "otras" labores, mientras la nueva IA, Bucky o Bruce lo acompañaban.

Bruce siempre fue la base de sustento para el omega una vez que Pepper se retiró de ese mundo, no le volvió a dirigir la palabra a Steve para nada del mundo y de hecho abandono su lugar como "vengador" permanentemente, pero se quedó por Tony, a su lado como un gesto fraternal, cosa que sólo podía agradecerle en silencio. Bucky por otro lado, era sólo una silueta silenciosa que seguía siempre al omega, ninguno de los dos conversaba ni se miraba, pero era como si la presencia de Barnes mantuviera relajado al omega hasta cierto punto. Steve no lo entendía, pero tampoco le apuraba.

No había celos, no hubo reclamos por ningún lado, no era el momento y no eran niños. De cierta forma era comprensible que Jame funcionara como un sustituto protector y de confianza, pese a que representaba a Steve tras su conexión de amistad, también comprendía a Tony; el dolor de ser manipulado, ultrajado, desechado, sin valor alguno, eso también fue parte de Bucky, entonces sí lo que ellos dos necesitaban era estar juntos para saber que no estaban solos, pues ni siquiera Natasha o Sam pusieron un pero en ello.

Steve llegó a pararse frente a la puerta, la abrió con cuidado y se quedó en el mismo lugar. Tony ya no desprendía sus feromonas, no hubo ningún ciclo de celo tampoco y la fragancia natural del omega se quedó sin destaque alguno, sólo se percibía el jabón que usaba en su aseo, sin chiste ni gracia.

El trauma y el shock fueron demasiados, dijo Helen durante las revisiones de Tony. Pero volvería, aquella fragancia de miel y fresas volverían, Steve lo sabía, aquella misma noche.

La habitación no tenía ni un solo detalle, ni había muebles ni cuna o algo que fomentase el hecho de que esa iba a ser la habitación de un infante.

Planearon mudarse de la torre a ese territorio al norte de New York para tener un poco más de apreciada paz, sólo habían decidido habitaciones y en ello incluyeron la del neonato integrante, como un capricho, como un gusto de saber que iban a ser padres en un futuro próximo. Un futuro que por supuesto, no existió nunca.

Aun así, Tony se escondía ahí a veces sólo para pensar o quedarse en miedo de la habitación como ahora. Steve no sabía lo que pensaba Tony estando ahí, pero él por su parte, llegó a imaginar escenas donde estaría arrullando a un bebé, una mecedora tal vez en la que su omega se sentaría y cantaría para su cachorrito; Steve cambiándole sus pañales; Steve leyéndole un cuento; Steve y Tony siendo felices con un regalito tan divino en sus vidas.

Podía imaginarse todo aquello, lo hacía de hecho, pero de Tony no sabía nada.

— Lo tienes. — escuchó la voz del omega desde el centro de la recamara, firme y sin dudas, pero alucinado tal vez, lo que sería una chispa de emoción.

— Ya está hecho. — afirmó sin necesidad.

Se adentró a la habitación ahora sin duda, ahora con la esperanza de nuevo flotando en su estómago como si de mariposas revoloteando se tratara. Se arrodillo sobre una de sus extremidades y recargó su peso en su pierna superior, detrás de la espalda de Tony que insistía en negarle la visión de sus bellos ojos.

No quiso sacar del saquito aquella cabeza apestosa, no quería importunar la habitación del bebé con tremenda pestilencia, así que solamente la extendió hacia arriba como ofrenda a su rey. No importaba que él fuese el alfa, el líder de una formidable manada, el hombre más respetado y temido de innumerable naciones. Sí Tony quiere, sí Tony se lo pide, se quedaría arrodillado para siempre ante el castaño, el omega perfecto y dueño de su oscureció corazón.

Stark se giró, a él se le cortó la respiración.

Stark tomó el saquito de sus manos con lentitud y movimientos cortos, a él se le querían salir las lágrimas.

Stark mantuvo su vista sobre el saquito con ojos vacíos y el corazón lleno de odio y frío, a él le corría la sangre ardiendo por todo el cuerpo.

Tony lo miró por primera vez en un año, dos meses, quince días, veintitrés horas y él podía morir ahí mismo y sonreír ante la muerte.

Y Tony, él no miró toda la sangre que cubría hasta el último cabello dorado de Steve, no se fijó en los residuos de viseras esparcidas por aquí y por allá en el negro uniforme de combate; no le importó la nueva barba salvaje que cubría las suaves mejillas lecheras de su alfa, tampoco en que esos labios eran carmín más por la sangre ajena que por la que corría bajo esos hinchados befos tan deliciosos.

No le importó tirársele encima a su alfa, porque estaba feliz, así como tampoco le importaría morir ahí después de chocar sus bocas ante tanto tiempo haberse mantenido separadas. Su venganza ha concluido, su manada no tenía más tareas pendientes por honrar a sus líderes, Pepper y Rodhey tuvieron su justicia, la navaja que se deslizaba por la manga de su camisa mientras una lengua amarga entraba por su entrada bocal y palpitaba sobre su propio órgano feliz, danzando juntas.

Estaba listo para partir, estaba listo para partir junto a Steve y encontrarse con su bebé. Era ahora, era la hora.


Esto surgió porque quería escribir algo como especial de Hallowen por primera vez desde Fanficslandia, y porque alguien quería conti de como mataba Steve a esos hijos de perra.

Pues aquí esta, el resultado entre "Running to the edge of the world" y "SAY10" de Marilyn Manson. En serio, debo dejar de escuhcar a ese hombre.