Eh aquí el segundo capítulo.

Decidí no quitar la mayoría de los personajes de la historia original. Siento que esos personajes son lo que le dan todo a la historia.

Disfruten.

Los personajes son pertenencia de Dan y la trama de Stephen King.

De Explosión en las Sobras, pág. 54:

La madre de Sam, Pamela Puckett, dio a luz a su hija el 20 de abril de 1994, en circunstancias que sólo pueden ser descritas como insólitas: De hecho, una revisión del caso de Sam Puckett deja al investigador minucioso con una impresión que predomina sobre las demás: Sam era el único vástago de una de las familias más extrañas que se han dado a conocer al público.

Como mencionábamos con anterioridad, Ralph Puckett falleció en febrero de 1994, víctima del golpe que recibió al caer una viga de acero desde una correa transportadora, cuando desempeñaba su trabajo en una construcción, en Portland Mrs. Puckett continuó viviendo sola en su apartamento de las afueras de Chamberlain.

A causa del carácter casi fanático de sus creencias religiosas fundamentalistas, Mrs. Puckett no permitió que sus amigos la visitaran durante su periodo de luto. Y cuando comenzaron los dolores del parto, 2 meses más tarde, se encostraba sola.

Aproximadamente a las 17.30 horas del 20 de abril, los vecinos de la calle Carlin comenzaron a escuchar gritos que procedían del apartamento de Mrs. Puckett. Sin embargo, no se llamó a la Policía antes de las seis de la tarde. Existen dos explicaciones posibles y quizá poco plausibles para justificar ese retraso: o los vecinos no querían verse implicados en una investigación policial o la antipatía hacia ella se había hecho tan intensa que deliberadamente decidieron esperar y ver. Mrs. Georgia McLaughlin, la única de las tres actuales residentes que ya vivía en la calle Carlin en esa época y que accedió a hablar conmigo, manifestó que no había. llamado a la Policía porque pensó que los gritos tenían algo que ver con «prácticas religiosas». Cuando finalmente llegó la Policía, a las 18.22, los gritos se habían hecho menos regulares. Mrs. Puckett se hallaba en su cama en el piso superior. El agente Thomas G. Mearton, encargado de la investigación, pensó en un primer momento que la mujer había sido víctima de una agresión. La cama estaba empapada en sangre y había un cuchillo carnicero en el suelo. Sólo en ese momento vio al bebé, todavía parcialmente cubierto por la placenta, sobre el pecho de Mrs. Puckett. Al parecer, había cortado el cordón umbilical con el cuchillo.

Sería desafiar a la razón y a la imaginación sentar la hipótesis de que Mrs. Pamela Puckett no sabia que estaba embarazada y que ni siquiera comprendía lo que suponía esta palabra, Recientemente, algunos investigadores como J. W. Bankson y George Fielding han presentado una serie de argumentos, que parecen más razonables, en favor de la hipótesis según la cual el concepto, unido irrevocablemente en su mente con el «Pecado» de la relación sexual, había sido totalmente bloqueado en su cerebro. Es posible que, sencillamente, se negara a creer que le podía ocurrir algo parecido.

Tenemos noticia por lo menos de tres cartas que escribió a una amiga en Kenosha, Wisconsin, que parecen probar en forma concluyente que Mrs. Puckett pensó, desde el quinto mes en adelante, que tenía «cáncer en las partes femeninas» y que pronto se uniría a su marido en el cielo...

Cuando Miss Desjardin llevó a Sam a la oficina quince minutos tarde, los pasillos, gracias a Dios, estaban vacíos. Las clases se desarrollaban monótonamente tras las puertas cerradas.

Finalmente,había dejado de gritar, pero seguía llorando con imperturbable regularidad. había terminado poniéndole el paño higiénico ella misma y la había limpiado con toallas de papel mojadas y, por último, conseguido que se pusiera sus bragas de algodón.

Dos veces intentó explicarle la prosaica realidad de la menstruación, pero Sam se tapó losoídos con las manos y siguió llorando.

Mr. Morton, el subdirector, salió al momento de su oficina cuando se acercaron. Billy de Lois y Henry Trennant, dos muchachos que esperaban la amonestación correspondiente por haberse escapado de la clase de francés, giraron en sus sillas para seguir con ojos desorbitados loque ocurría. -Pasen -dijo Mr-. Morton con energía-. Pasen de inmediato.

Por encima del hombro de Miss Desjardin, miró furioso a los muchachos que se habían quedado examinando fijamente la mancha en los shorts y añadió:

-¿Qué están mirando?

-Unas huellas de sangre -replicó Henry, y sonrió con una especie de estúpida sorpresa.

-Dos horas de arresto -les lanzó Morton. Miró la mancha de sangre y parpadeó.

Cerró la puerta y comenzó a buscar un formulario para accidentes en el cajón superior de su fichero.

-¿Te sientes bien, eh...?

-Samantha -le informó la profesora-. Samantha Puckett. -Mr. Morton había encontrado finalmente el formulario, mostraba una gran mancha de café-. No lo va a necesitar, Mr. Morton.

-Supongo que fue en el trampolín. Vamos a tener que... ¿No lo voy a necesitar?

-No. Pero creo que deberíamos mandar a Sam a casa hasta mañana. Ha sufrido una experiencia bastante espantosa.

Sus ojos le enviaron una señal que él captó, pero no comprendió.

-Sí, de acuerdo, si usted lo dice. Bien, muy bien.

Morton devolvió precipitadamente el formuIario al cajón y lo cerró olvidando quitar el dedo pulgar. Se escuchó un gruñido. Giró airosamente hacia la puerta, la abrió de un tirón, lanzó una despiadada mirada a Billy y Henry y dijo en voz alta:

-Miss Fish, prepare un permiso para ausentarse, por favor: El nombre es Samantha Puckett -dijo Miss Desjardin.

-Puckett -concedió Mr. Morton.

Billy de Lois se rió disimuladamente.

-¡Una semana de arresto! -ladró el subdirector. Se le estaba formando una ampolla de sangre bajo la uña del pulgar. Le dolía como los demonios. El monótono llanto de Sam parecía que no iba a terminar nunca.

Miss Fish trajo la papeleta amarilla y Morton garabateó sus iniciales con el lápiz de plata.

Hizo una mueca de dolor al ejercer presión sobre el pulgar.

-¿Necesitas un coche, Amanda? -preguntó-. Podemos llamar a un taxi si quieres.

Ella hizo un gesto negativo. Morton observó con desagrado que se le había formado una burbuja de moco en una de las ventanillas de la nariz; miró por encima de la cabeza de la chica hacia Miss Desjardin.

-Se pondrá bien, estoy segura. -dijo la profesora-. Samantha sólo tiene que llegar hasta la callé Carlin. El aire fresco le hará bien.

Morton entregó la papeleta amarilla a la muchacha y le dijo, magnánimo:

-Ya puedes irte, Amanda.

-Yo no me llamo así -chilló repentinamente la muchacha.

Morton se echó hacia atrás y Miss Desjardin saltó como si la hubieran golpeado en la espalda. El pesado cenicero de cerámica que estaba sobre la mesa de Morton (era El Pensador de Rodin con la cabeza inclinada sobre un receptáculo para las colillas) se precipitó súbitamente sobre la alfombra como si hubiese querido ponerse a salvo de la fuerza del chillido. Las colillas y los restos del tabaco de pipa de Morton se desparramaron por la alfombra verde pálido.

-Escúchame bien -dijo Morton tratando de reunir algo de severidad-. Sé que estás alterada, pero eso no quiere decir que voy a soportar que...

-Por favor -murmuró Miss Desjardin.

Morton parpadeó y luego asintió secamente. Él trataba de dar la imagen de un John Wayne simpático mientras llevaba a cabo las funciones disciplinarias que constituían la tarea principal del subdirector, pero no le daba mucho resultado. La dirección (generalmente representada en las cenas de la Cámara de Comercio, en las funciones de la Asociación de Padres y Profesores y en las ceremomias de entregas de premios de la Legión Americana, por el director Henry Grayle) habitualmente lo llamaban «el simpático Mort». Los alumnos solían llamarlo más bien «ese culo charlatán de la oficina». Pero como muy pocos estudiantes del tipo de Billy de Lois y Henry Trennant hacían uso de la palabra en las funciones de la Asociación de Padres y Profesores o en las reuniones del municipio, el punto de vista de la dirección tendía a imponerse. Por eso en aquel momento el simpático Mort, que a escondidas protegía cuidadosamente su dolorido dedo, sonrió a Sam y le dijo:

-Puede irse si quiere, Miss Puckett. ¿O quizá prefiere sentarse un momento hasta que se reponga?

-Prefiero irme -replicó entre dientes, y bruscamente se llevó la mano a la cabeza para arreglarse el pelo. Se levantó y se volvió para mirar a la profesora. Tenia los ojos desorbitados y oscuramente conscientes-. Se rieron de mí. Me arrojaron cosas. Siempre se han reído de mi.

Miss Desjardin sólo pudo mirarla con una expresión de impotencia.

Sam se alejó.

Se produjo un silencio. El subdirector y la profesora la observaron mientras salía. Luego, con un sonoro y extraño esfuerzo por aclararse la garganta, Mr. Morton se puso en cuclillas cuidadosamente y comenzó a reunir en un punto los restos del cenicero.

-¿Qué fue lo que pasó?

La profesora de gimnasia suspiró y miró con desagrado la huella color marrón que empezaba a secarse sobre sus shorts.

-Le vino la regla. Su primera regla. En la ducha.

Morton se aclaró la voz una vez más y sus mejillas adquirieron un tono rosado. La hoja de papel que utilizaba para reunir los trozos comenzó a moverse con mayor rapidez.

-¿No es un poquito... eh?

-¿Mayor para que sea la primera vez? Sí, es cierto. Eso fue lo que convirtió la experiencia en algo tan traumático. No logro entender por qué su madre... -comenzó y luego la idea se desvaneció, olvidada momentáneamente-. Creo que no dominé muy bien la situación, Morty, pero no comprendí lo que estaba sucediendo. Ella creyó que iba a morir desangrada.

El subdirector levantó la cabeza con brusquedad y la miró fijamente.

-Creo que hasta hace media hora -continuó ella- esa chica no sabia que existiese la menstruación.

-Páseme ese cepillo que está allí, Miss Desjardin, por favor. Si, ése. - Le entregó un cepillo pequeño sobre el que se leía La Compañía de Maderas y Ferretería Chamberlain siempre se encarga de usted. Ayudándose con él, depositó el montón de cenizas sobre el papel.

-Supongo que, de todos modos, va a quedar algo para la aspiradora. Esta alfombra con tanto pelo es un inconveniente. Me parecía que había colocado el cenicero lejos del borde. Es curioso cómo se caen las cosas. -Se golpeó la cabeza contra el escritorio y se irguió bruscamente-. Me cuesta creer que una chica en esta u otra escuela preparatoria pueda pasar tres años sin enterarse en absoluto de que existe la menstruación, Miss Desjardin.

A mi me cuesta mucho más -replicó ella-. Pero no se me ocurre otra manera de explicar su reacción. Además, siempre ha hecho de cabeza de turco entre sus compañeros.

-Humm. -Dejó caer cuidadosamente las rolillas y cenizas en la papelera y se sacudió las manos-. Creo que ya sé de quién se trata. Puckett. La hija de Pamela Puckett. Tiene que ser ella; eso lo hace un poco menos increíble. -Se sentó detrás de su escritorio, sonrió y agregó como para disculparse-: Son tantos. Después de unos cinco años, todos los rostros empiezan a parecerse. Uno termina llamando a los chicos con los nombres de sus hermanos, y cosas así. No es fácil.

-Por supuesto que no.

-Espere a que lleve veinte años de trabajo como yo -dijo taciturno, mirándose la ampolla de sangre-. Uno se encuentra con chicos que le parecen conocidos y descubre que dio clases a sus padres el año que comenzó a enseñar. Pam Puckett es anterior a mi época y estoy profundamente agradecido por eso, una vez le dijo a Mrs. Bicente, que en paz descanse, que el señor le estaba reservando un lugar especial en el infierno porque dio a los chicos un resumen de las ideas de Darwin sobre la evolución. Fue suspendida dos veces mientras estuvo aquí: una de ellas por golpear a una compañera con su bolso. Según la leyenda, Pam la había visto fumando un cigarrillo. Extrañas creencias religiosas. Muy extrañas. -Adoptó su expresión a lo John Wayne y dijo bruscamente-: ¿Y las otras chicas, estaban realmente riéndose de ella?

-Peor todavía. Cuando entré, le estaban gritando cosas y arrojándole paños higiénicos. Se los tiraban como... copio si fueran cacahuetes.

-Oh. Vaya, vaya. -John Wayne desapareció Mr. Morton se puso rojo-. ¿Pudo tomar algunos nombres?

-Sí. No todos, -pero creo que se acusarán entre ellas. Christine Hargensen parecía ser la cabecilla..., como siempre.

-Chris y sus secuaces -murmuró Morton.

-Sí. Tina Blake, Rachel Spies, Helen Shyres, Donna Thibodeau y su hermana Fern, Lila Grace, Jessica Upshaw. Y Carly Shay. -Frunció el ceño-. No me habría esperado eso de Carly. Nunca me ha parecido el tipo de persona capaz de hacer una cosa así.

-¿Les habló a las culpables?

Miss Desjardin sonrió sintiéndose muy desgrariada. -Las hice salir de inmediato. Me puse demasiado nerviosa y Sam tenía un ataque de histeria.

-Humm. Juntó las puntas de los dedos de ambas manos-. ¿Piensa hablarles?

-Sí -respondió. con cierta reluctancia.

-Me parece advertir un tono de...

-Probablemente -replicó ella con expresión abatida-. Pero tengo techo de vidrio, ¿comprende? Sé cómo se sentían esas chicas. En medio de la situación, yo sólo quería coger a la muchacha y sacudirla. Quizás exista algún instinto relacionado con la menstruación que- hace que las mujeres sientan deseos de gruñir, no lo sé. No puedo olvidar el rostro de Carly y la expresión con que miraba.

-Hummm -repitió prudentemente Mr. Morton. No comprendía a las mujeres y no tenía ningún deseo de hablar sobre la menstruación.

-Les hablaré mañana -prometió ella y se levantó-. Tendré que hacerlas polvo por un lado y reconstruirlas por otro.

-Muy bien. Procure que el castigo corresponda a la falta que han cometido. Y si estima que debe enviar a alguna de ellas a mi despacho, no tenga...

-Lo tendré en cuenta -replicó ella con amabilidad-. A propósito, una bombilla se apagó mientras estaba tratando de calmarla. Fue el toque que faltaba.

-Enviaré un empleado de inmediato -dijo-. Y gracias por su preocupación, Miss Desjardin. Por favor, dígale a Miss Fish que haga pasar a Billy y Henry.

-Por supuesto -dijo y salió.

Se echó hacia atrás, se apoyó en la silla y dejó que todo el asunto resbalara de su mente.

Cuando Billy de Lois y Henry Trennant, expertos en escabullirse a ciertas horas, entraron cabizbajos, Morton, feliz, los miró ceñudo y se preparó para hablar con severidad.

Como le decía a menudo a Hank Grayle, a la hora del almuerzo devoraba alumnos que habían escapado de clase.

Inscripción tallada en un banco de la escuela secundaria de Chamberlain:

Las rosas son rojas, el cielo es azul, el azúcar es dulce, pero Sam Puckett come mierda.

Bajó por la avenida Ewin y cruzó hacia la calle Carlin, en el semáforo de la esquina. Tenia la cabeza inclinada y trataba de no pensar en nada. Los calambres aparecían y desaparecían en oscuras oleadas que la oprimían y la hacían andar más despacio o apurarla marcha, como un coche que tiene problemas con el carburador. Llevaba la mirada clavada en el suelo: cuarzo que brillaba en el cemento, un rayado para jugar a la pata coja con un espectral contorno de tiza deslavado por la lluvia, bolitas de goma de mascar aplastadas contra el suelo, trozos de papel de estaño, envoltorios de caramelos. Todos odian y nunca dejan de hacerlo. Nunca se cansan de ello. Una moneda metida en una grieta. Le dio una patada. Imagínate a Chris Hargensen cubierta de sangre y clamando piedad. Con ratones correteando por su rostro. Bien. Bien. Qué bueno sería. El excremento de un perro con la huella de un zapato, tapas de botellas que algún chico había aplastado con una piedra, colillas. Estréllale la cabeza contra una piedra, contra una roca.

Aplástales el corazón a todos. Bien. Bien.

(Jesús nuestro salvador manso y humilde)

Eso estaba bien para mamá, muy apropiado para ella. No tenia que andar entre lobos todos los días del año, en medio de un carnaval de risas, de bromas, de dedos que te señalan, de sonrisas despectivas. ¿Y no decía mamá que un día llegará el Juicio Final (el hombre de esa estrella será hiel y amargura y ellos recibirán el azote de los escorpiones) y un ángel con una espada?

Ojalá fuera hoy, y Jesús no viniera con un cordero y un cayado de pastor, sino con una roca en cada mano para aplastar las risas y las burlas, para arrancar el mal y destruirlo en medio de los alaridos: un Jesús terrible cargado de sangre y de justicia.

Si ella pudiera ser su brazo y su espada.

Había tratado de ser como las demás. Había desafiado a su madre de mil pequeñas maneras, había intentado deshacer el círculo que la rodeaba como a una playa desde el primer día que salió del controlado ambienté de su pequeña casa de la calle Carlin para dirigirse a la escuela primaria con su Biblia bajo el brazo. Todavía recordaba el día, las miradas, el silencio espantoso y repentino que se había producido cuando se hincó de rodillas antes de la comida, en el comedor de la escuela; las risas habían comenzado ese día y había seguido escuchando su eco a través de los años.

El círculo que la rodeaba era como la sangre: podías limpiarla una y otra vez y estaría siempre allí, indeleble, sucia. No había vuelto a arrodillar-, se en un sitio público, aunque no se lo había dicho a su madre. De todos modos, ella conservaba el recuerdó de la primera vez y ellos también. Había luchado encarnizadamente a propósito del campamento de verano de la Iglesia Cristiana y ella misma había conseguido el dinero haciendo trabajos de costura. Su madre le había dicho gravemente que era Pecado, que era metodista y baptista y congregacionista y que era Pecado y Reincidencia. Le prohibió practicar natación en el campamento. Sin embargo, aunque había nadado y se había reído cuando la zambulleron (hasta que ya no podía respirar y seguían manteniéndola bajo el agua y se aterró y comenzó a gritar) y había intentado participar en las actividades del campamento, le habían hecho cientos de bromas pesadas y había vuelto a casa en el coche de línea, una semana antes de lo previsto, con los ojos hundidos y enrojecidos de tanto llorar. Mamá la había recogido en la terminal y le había dicho sombríamente que debía conservar siempre el recuerdo de ese castigo como una prueba de que su madre sabía, de que tenía razón, de que la única posibilidad de salvación estaba dentro del circulo rojo. Porque la puerta es estrecha, había dicho en el taxi. Al llegar a casa había encerrado a Sam durante seis horas en el armario.

Su madre, por supuesto, le había prohibido que se duchara con las otras chicas; pero Sam había escondido las cosas que necesitaba en el cajón con llave que tenía en la escuela y lo había hecho de todas maneras y había participado en pese ritual desnudo que le resultaba incómodo y la llenaba de vergüenza, con la esperanza de que el circulo se difuminara un poco, sólo un poco... (pero, hoy, oh lo que había sucedido hoy)

Tommy Erbter, de cinco años, paseaba en su bicicleta por la acera de enfrente, un niño peqúeño de mirada intensa que montaba una «Schwinn» de 50 centímetros con ruedas adicionales de un brillante color rojo. Canturreaba en voz baja; cuando vio a Sam su rostro se iluminó y le sacó la lengua.

-¡Hola, santurrona cara de caca!

Sam le lanzó una mirada feroz cargada de incontrolable furia. La bicicleta se tambaleó sobre sus ruedas adicionales y súbitamente se precipitó al suelo. Sam sonrió y siguió caminando. El sonido del llanto de Tommy era una música dulce y estridente para sus oídos.

Si tan sólo pudiera hacer que ocurriera algo así cada vez que se le antojara. (acababa de suceder)

Se quedó totalmente inmóvil siete casas antes de llegar a la suya, mirando el vacío sin comprender. Detrás, Tommy, lloroso, volvía a subir a su bicicleta mientras se llevaba la mano a la rodilla que se había lastimado. Gritó algo pero ella lo ignoró; había sido insultada por expertos.

Había estado pensando:

(cáete de esa bicicleta, chico, cáete y pártete tu maldita cabeza) y algo había sucedido. Su mente se había... se había... buscó la palabra. Se había doblado. No era eso exactamente, pero se parecía. Se había producido una curiosa flexión mental, casi como doblar una barra de acero con la fuerza del codo. Tampoco era eso exactamente, pero no se le ocurría otra cosa. Un codo sin fuerza. El débil músculo de un bebé.

Doblégate.

De pronto miró intensamente el gran ventanal de la casa de Mrs. Yorraty. Pensó: (vieja zorra espantajo estúpido ventana rómpete)

No ocurrió nada. El ventanal brilló sereno en el fresco resplandor de las nueve de la mañana. otro calambre oprimió el estómago de Sam y la siguió caminando.

Pero...

La luz. Y el cenicero; no olvides el cenicero.

Dirigió su mirada. (la vieja zorra odia a mi mamá) por encima del hombro. De nuevo pareció como si algo se doblara... pero muy débilmente.

El flujo de sus pensamientos se sacudió, como si se hubiese producido un burbujeo en un manantial profundo.

El ventanal pareció ondear. Nada más. Podrían haberla engañado sus ojos. Podría haber sido eso.

Su mente empezaba a sentirse cansada, a nublarse, y notaba el comienzo de un dolor de cabeza. Le ardían los ojos como si hubiera leído el Apocalipsis de una sentada.

Siguió caminando hacia la pequeña casa blanca con postigos azules. La conocida sensación de odio-amor-temor comenzaba a agitarse dentro de ella. La hiedra trepaba por el costado oeste del bungalow (siempre la llamaban el bungalow porque decir la casa blanca sonaba como un chiste ,político y mamá decía que todos los políticos eran maleantes y pecadores y que, con el tiempo, entregarían el país en manos de esos Rojos Ateos que mandarían al paredón a todos los que creían en Cristo, incluso a los católicos) y la hiedra era pintoresca y ella lo sabía, pero a veces la odiaba.

Algunas veces, como en ese momento, parecía la grotesca mano de un gigante, recorrida por grandes venas, que había brotado del suelo para asir firmemente la casa. Se acercó arrastrando los pies.

Por supuesto, también estaba lo de las piedras.

Volvió a detenerse y parpadeó mirando de forma inexpresiva. Las piedras. Mamá nunca hablaba, de eso. Sam ni siquiera sabía si recordaba todavía el día de las piedras. Ella era muy pequeña entonces. ¿Qué edad tendría? ¿Tres años? ¿Cuatro? Recordaba esa chica del traje de baño blanco y después habían caído las piedras. Y, en la casa, algunas cosas se habían disparado en distintas direcciones. En ese momento, el recuerdo se hizo súbitamente claro y luminoso, como si hubiese estado todo el tiempo allí, inmediatamente bajo la superficie, esperando una especie de pubertad mental.

Esperando quizás el día de hoy.