La mancha carmín resbaló por entre los pliegues de la alfombra que adornaba el suelo de la estancia, expandiéndose sin retorno, creciendo cada vez más. Sus manos arrugadas portaban un pergamino con trazos de tinta emborronados con lo que parecían lágrimas. Entre los mechones blancos de su cabellera asomaban unos ojos color esmeralda, los cuales eran inundados por unas pupilas oscuras y vacías.
De repente, un agudo grito inundó la sala, acompañado del sonido de la porcelana impactar contra el suelo.
-¡La ama de Kiwer se ha caído! ¡Kiwer necesita ayuda! ¡Kiwer tiene que salvar a su ama!
Al darse cuenta de que él solo no podía con el cuerpo de la mujer, chasqueó los dedos y desapareció de golpe, dejando un profundo silencio mortal en el hogar. Al instante siguiente, volvió acompañado de una joven de pelo azabache, la cual se llevó las manos a la boca al ver tal estampa.
-¡Por Merlín bendito! ¿Qué ha pasado aquí?-rápidamente se arrodilló junto al cadáver y cerró la herida con un movimiento de varita, murmurando un hechizo sanador-¿Sarah? ¡Sarah! No puede ser…
Las sospechas de la joven fueron ciertas cuando, al apretar sus dedos contra el cuello rígido de la mujer, no encontró el pulso. La muchacha tragó saliva y dejó escapar varias lágrimas de sus ojos oscuros mientras cerraba los de la anciana con sumo cuidado.
-Ha muerto…-susurró mirando al viejo elfo doméstico que se removía en el sitio un tanto nervioso. Al escuchar aquellas palabras, empezó a llorar de forma histérica.
-Culpa de Kiwer. Si Kiwer hubiera estado con su ama en lugar de preparar un estúpido té, la ama no se hubiera caído. Kiwer se merece el peor de los castigos. Kiwer es malo, es un elfo malo. ¡Kiwer ha matado a su ama!
Tras soltar el atropello de palabras agudas, comenzó a darse golpes contra una pata de la mesa.
-Kiwer, para, no es tu culpa. Sarah debió de levantarse de la silla buscando algo y se ha caído…-la joven miró a su alrededor, descubriendo un poco de sangre en el pico de la mesa-…teniendo la mala suerte de golpearse con la mesa…-volvió a mirar al elfo doméstico el cual se pegaba con un cenicero de cristal en la cabeza-¡Kiwer para ahora mismo!
Aquella orden inmediata hizo que el viejo Kiwer parara de autocastigarse.
-Kiwer notó que su ama estaba triste. Kiwer quería animarla. Quería que ella supiera que no estaba sola, que Kiwer la acompañaba siempre. Kiwer cocinaba sus platos favoritos y le hablaba todo el rato. Kiwer iba a prepararle un té cuando la ama se levantó. Kiwer siempre le decía que no se levantara sola…-el elfo hizo ademán de volver a su tarea de autocastigarse de nuevo con un abrecartas, pero la chica se lo impidió levantando la mano.
-Kiwer, no tienes la culpa de nada. Sarah era mayor y sus reflejos no eran ya demasiado buenos. Mira, ve a llamar a la funeraria del pueblo para que la amortajen ¿de acuerdo? Le daremos un entierro digno.
Kiwer asintió energéticamente y se desapareció una segunda vez, dejando a la joven sola con el cuerpo. Ésta volvió a mirar a la mesa cuyo pico estaba cubierto de sangre. ¿Por qué Sarah se levantaría a sabiendas de que sus piernas ya no respondían a la perfección como antes? ¿Qué necesitaba para que tuviera que hacer tal esfuerzo? Si estaba lejos de su alcance, ¿por qué no usaba un simple hechizo Accio o llamaba a Kiwer?
Las preguntas aguijoneaban la cabeza de la chica, haciendo que exhalara un profundo suspiro. Volvió su mirada a la mujer que descansaba en paz. De repente, descubrió en sus manos un pergamino arrugado. En él había escrito tres palabras.
Lux in Tenebris
Frunció el ceño y releyó la nota varias veces. ¿Qué significaba eso? Un hechizo no podía ser. Había mil y una posibilidades, desde un título de un libro hasta tres palabras sueltas escritas a saber por qué. Dobló el pergamino y se lo guardó bajo la túnica. Ya investigaría qué significaba aquello más tarde…
AL DÍA SIGUIENTE
El ataúd negro como la noche descendió con aplomo al agujero en el que estaba condenado a pasar el resto de la eternidad. En el funeral, sólo estaban Kiwer, la joven bruja y el maestro de ceremonias, el cual hizo que el montículo de tierra se colocara de nuevo en su sitio. En la lápida que precedía la tumba, grabó las siguientes palabras.
Sarah Lianne Evans di Piero
Italia, 1960 - Hogsmeade 2050
La esperanza es ser capaz de ver que hay una luz a pesar de toda la oscuridad
Al concluir, el maestro de ceremonias hizo una leve reverencia y se marchó, dejando a los dos únicos invitados del funeral solos al amparo del frío invernal que acompañaba al pequeño pueblo desde hace ya unos meses.
-Vámonos, Kiwer… volvamos a casa.
El elfo asintió, tiritando de frío. A pesar de que tenía la capa de la joven bruja en sus hombros, su escuálido cuerpo temblaba como una hoja. Chasqueó de nuevo los dedos y volvieron a la casa de la mujer.
El silencio estaba presente en cada rincón del hogar. Los últimos rayos de sol que se escapaban por entre los nubarrones acariciaban los muebles cubiertos por unas sábanas antiguas. Dichos muebles estaban acompañados por varias cajas de cartón y baúles. Al parecer, dentro de dos días se iba a celebrar una subasta, pues al no tener herederos a quien legar todo aquello, el alcalde de la pequeña villa inglesa había decidido vender al público las pertenencias de la anciana.
-Prepara algo de comer, Kiwer, tengo un poco de hambre… por favor.
Tras dar aquella orden en un susurro, se dirigió al salón. Estaba abatida por la pérdida de Sarah. Su familia y la mujer eran vecinos desde hace años, por lo que la muchacha frecuentaba las visitas a esa casa cuando era pequeña. Recordó con una sonrisa en los labios cómo escuchaba los cuentos que la mujer se inventaba mientras dos agujas de tejer trabajaban sin descanso a su lado, confeccionando una bufanda de lana que luego la niña llevaba a Hogwarts durante el curso. O los pasteles de calabaza que preparaban juntas con la ayuda del fiel Kiwer. Para la joven, Sarah era la abuela que nunca tuvo.
Cuando preguntaba sobre su pasado, Sarah componía una sonrisa entristecida y desviaba sutilmente de tema. Con el paso de los años, la joven se dio cuenta de que había algo que atormentaba a la pobre mujer. Nunca quiso investigar más, por respeto. Aunque ahora, ella había fallecido…
Su cerebro se puso en marcha elaborando una idea y empezó a rebuscar por entre las cajas de cartón. Libros y más libros sobre diversos temas. Entre éstos encontró varios marcos con fotografías. En uno de ellos salía una pareja con una niña en brazos. Detrás de ellos había una torre inclinada. La mujer que sostenía a la pequeña miraba a su marido, cuyo pelo cobrizo brillaba bajo la luz del sol primaveral. Los tres se preparaban para la foto, sonriendo ampliamente. En otro marco, una niña con una túnica oscura sonreía a la foto. Dicha túnica se parecía a la de Hogwarts, sólo que el emblema era diferente.
"Es Sarah cuando estaba en la escuela de magia…" pensó la joven, mirando con curiosidad el marco. La niña sonreía ampliamente, con una lechuza en su hombro. Su pelo caoba estaba recogido en una trenza y sus ojos verdes resaltaban con la luz del sol. Una imagen que transmitía ilusión. Quizás era cuando Sarah entró por primera vez en el colegio.
Encontró más fotografías en las cajas, mostrando los diferentes momentos de la anciana. En varias fotos salía con otra chica riendo. Si no fuera por el pelo (la niña que la acompañaba tenía el mismo pelo cobrizo que el hombre de la primera foto) y algunos rasgos faciales como la nariz o la boca, se diría que son hermanas. Sarah en ningún momento mencionó que tuviera una hermana, por lo que la muchacha dedujo que serían familia cercana.
No encontró más marcos con fotos. Suspiró profundamente, decepcionada al no ver a la anciana en sus años de juventud. ¿Cómo iban a vender aquello? Eran recuerdos, no podían estar en manos desconocidas. Además de que cada foto contenía una historia, la cual sólo pertenecía a Sarah. La joven conjuró un saco de tela y empezó a meter los diferentes cuadros en éste. Se los llevaría a casa y los guardaría con cariño.
De pronto, su mirada se chocó con un baúl oscuro. Se sentó junto a él y descubrió un cerrojo con un águila en él. Lo inspeccionó con curiosidad. No había cerradura de llave por ningún sitio. Al colocar sus manos sobre la madera para buscar algún botón, el baúl se estremeció, y varias palabras aparecieron grabadas.
Si mi interior quieres saber, di con el corazón lo que quieres ver.
La chica se quedó un tanto traspuesta al leer aquello.
-Quiero abrir el baúl y ver su contenido-dijo en voz alta. No ocurrió nada.-Quiero ver los secretos que ocultas en tu interior…-repitió. Nada. Resopló mientras le daba vueltas a la cabeza. Si ese baúl estaba protegido, es que Sarah guardaba en su interior algo que nadie más podía ver. Un secreto… ¿su pasado?
Volvió a decir miles de combinaciones, pero el arcón no cedía. Resopló desesperada y apoyó su espalda en él. La noche se cernía sobre la casa y el frío aumentaba por momentos. Metió sus manos heladas bajo la túnica. Se toparon con el pergamino que había recogido de las manos inertes de Sarah.
-Lux in tenebris…-leyó en voz alta. Un sutil chasquido sonó a sus espaldas. Se giró rápidamente y vio la cerradura del baúl abierta-¡Es una contraseña!-exclamó empapándose de júbilo ante el descubrimiento.
En su interior la curiosidad le carcomía. Estaba entrando en un terreno inexplorable de la vida de la anciana. ¿Qué se encontraría en su interior? Abrió la tapa con solemnidad y…
… más libros.
La decepción se hizo presente por una milésima de segundo. ¿Más libros? Cogió uno y lo abrió. La desilusión del momento desapareció de golpe al descubrir que esos libros eran manuscritos. Acarició la letra pulcra de Sarah sintiendo un escalofrío. Tragó saliva, un tanto nerviosa. Estaba a punto de entrar en los recuerdos que la mujer nunca quiso sacar a la luz.
La oscuridad empezó a invadir la estancia. Con un movimiento de varita, acercó varias velas a su lado, las cuales encendió dando una luz agradable al gran salón. Kiwer aún preparaba la cena, por lo que tenía tiempo suficiente para comenzar a leer.
Despejó su mente y sus ojos se deslizaron por las primeras líneas escritas…
