Sin magia no hay paraíso

A la semana siguiente no hubo mensajero, un solitario cuervo se posó en el centro de la aldea, algo tan deliberado para ser natural. A su pata iba atado un trozo de papel.

Mordred sintió el rastro de la magia de Emrys, y cuando fue abierto, la sensación, el malestar, ardió detrás de sus ojos. Iseldir le vio sacudirse y por un momento lució preocupado.

Mordred se lo había dicho la mañana después de las celebraciones, había acudido a él como muchas otras veces había acudido a Cerdan. El líder druida le escuchó y tomó la decisión de informar a la aldea que seguiría igual que siempre, al menos hasta que estuvieran seguros de que ir al exterior no representaba un peligro.

Ese mensaje había sido esperado, sin embargo, no se sintieron preparados para lo que venía después.

"Estimado líder de los druidas y miembros del gremio: Se encuentran invitados a la primera reunión de consenso para las leyes de Albion. Yo, el Rey de Camelot, les abro las puertas de mi hogar con hospitalidad para que, unidos, velemos por el bien común. Todo líder de la comunidad mágica de Camelot estará presente.

Mis más sinceros saludos."

Mordred había expresado fervientemente su deseo de acompañar a Iseldir para presentar sus respetos a Emrys y el rey, pero este se fue sin siquiera considerarlo, llevando consigo sólo a Gáine y Aglain. Las órdenes fueron claras, grabadas en sus mentes con el poder del líder: "Nadie sale de la isla".

Kara tampoco se veía feliz por esa decisión. Había familias que deseaban marcharse para encontrar lugar en los pueblos, conseguir trabajos o incluso ir a Camelot para servir en la casa del único y futuro rey. Servir a Emrys. Algo que él también deseaba.

Sentado en el cúmulo de piedras a orillas de la Isla, donde antaño se realizaban las celebraciones a los Dioses de la antigua religión, Mordred observó el cielo, preguntándose sobre lo que ocurría en el exterior.

Pensó en Morgana y su lucha contra Arthur. Lo último que había sabido era que poseía un ejército de inmortales, que ella y su hermana habían liderado un golpe en Camelot, reclamando el trono para ella, quien había resultado tener sangre Pendragon por sus venas.

También que habían perdido contra las fuerzas de Arthur en el asedio y no habían podido entrar en la ciudadela. Mordred había pensado casi con orgullo que esto debía ser obra de Emrys.

Pero de todo eso hacía algunas estaciones. Ahora, la prohibición de magia había sido levantada. ¿Qué sería de ella? ¿Estaría feliz de ser libre al fin o era ya demasiado tarde?

Kara llegó momentos después y se sentó a su lado. Era una costumbre desde que se reencontraron, cuando todo druida se refugió en la isla, ella siempre estaba cerca y su presencia reconfortaba a Mordred de muchas formas, le recordaba que seguía vivo.

—¿En qué piensas?

Mordred la miró, lo gloriosa que era y lo mucho que la amaba. Ella era la única familia que poseía después de la muerte de Cerdan.

—Pienso en Morgana —Dijo con sinceridad—. En el odio sembrado en su corazón y lo que sucederá con ella ahora. Pero no soy vidente, no puedo ver el futuro.

—Ella tendrá que parar —Opinó la chica, pasando su mano sobre la dura roca—. Ya no hay razón para luchar, al menos no en la guerra contra la prohibición. Si ella continúa adelante, será por su deseo al trono.

—Nunca pensé que lo deseara —Kara le miró—. Cuando la conocí, ella era tan… pura, de alguna manera. Había miedo y rabia en crudo detrás de sus ojos. Pero era fuerte, decidida. Temo que Uther la haya roto para siempre.

—Si la Morgana que has conocido cambió, Mordred, entonces no es más esa mujer. Pero ella irá contigo, en tu corazón y tus recuerdos —La chica levantó su mano y la apretó entre las suyas—. Tal vez, ahora que somos libres, podemos buscarla. Traerla de nuevo a lo que era y mostrarle lo que nuestros maestros nos han enseñado, el camino de Emrys.

Mordred vio la sinceridad en sus palabras y la emoción por conocer a la mujer que había permitido que Mordred regresara a ella, sano y salvo, de Camelot. Mordred le debía su vida a Morgana, pero no solo a ella, también a Arthur y, principalmente, se la debía a Emrys.

Solo ello le alentaba a ignorar el malestar que le acompañaba. Todos los días, los sueños le habían asaltado como la primera vez. Y aunque había soñado siempre con los ojos de Emrys, la forma en la que estos cambiaron a lo largo de los días, le provocaba inquietud. Mordred estaba asustado de estos sueños, estas visiones, y las había anotado todas. Cada día se repetía lo mismo, algunas veces cambiando algún pequeño detalle, agregando una escena extra. Las anotaciones se habían hecho un pequeño montoncito al que denominaba diario de sueños, puesto que se volvió un hábito despertar a escribir lo que veía.

Kara notó el diario a su lado, sus ojos viajaron de el al rostro ausente de Mordred por un momento y, aunque vaciló, estaba decidida a preguntarle sobre ello. Mordred no había querido darle todos los detalles, pero se le acababan las ocurrencias.

—Mor, ¿todo eso son tus sueños?

Mordred miró lo que ahora parecía un pequeño libro.

—Tal vez —Murmuró—. La mayor parte es lo mismo, repetido muchas veces. Ahora solo escribo lo que llegue a cambiar. Hay algo en ellos que me inquieta.

—Son solo sueños, Mordred. Quizá es el exceso de magia en nuestro ambiente, el cambio. Hace ya dos semanas que Iseldir, Aglain y mi tía se fueron, quizá tu magia te está jugando trucos por no ser usada.

—Sí, tienes razón. Quizá sea eso.

Mordred sabía que no lo era, lo sentía en sus huesos. No solo por el hecho de que no había practicado tanto esas semanas, sino porque habían venido a él mucho antes, desde aquel día en que el pergamino llegó. Esta había sido la principal razón de querer acompañar a Iseldir.

También estaba el asunto de que ya se habían demorado demasiado. Se suponía que se irían por cinco días. La aldea tenía un aura extraña de preocupación, de terror. La ausencia de Iseldir no era un augurio positivo. Mordred cruzó las piernas y observó el cielo con mayor insistencia, como si allí pudiera encontrar las respuestas a todo lo que acechaba en su mente.

Kara se quedó allí con él hasta que el sol cayó y observaron las estrellas, que parecían infinitas en el firmamento. Hicieron eso durante algunos días.

Y era allí donde estaba cuando la voz de Iseldir llegó a su mente.

"Mordred, a la aldea. Ahora".


Lo primero que notó cuando Iseldir salió de la choza del gremio, fueron sus ojos tristes. Sus movimientos parecían cansados, incluso dolorosos, como si hubiera soportado una gran carga sobre sus hombros anchos. De pronto, cuando el gremio se colocó en el centro de la aldea, notó lo que faltaba.

Gáine.

Kara se había ido a buscar a su madre y no estaba presente, lo cual no era bueno. Gáine era su tía, después de todo.

"¿Gáine está bien?" Preguntó a Iseldir. Como su aprendiz, Mordred tenía permitido hablarle directamente. Pero el hombre solo le miró un momento, sus ojos vacíos.

Tomó aire, reuniendo fuerza y se convirtió en el líder de la aldea, no en el maestro y definitivamente no en el amigo. Todos guardaron silencio.

—Gáine ha muerto —Anunció en voz alta.

Mordred sintió el frío correr por sus venas. Silencio. Silencio.

Los sollozos vinieron del costado, donde apareció una pequeña procesión llevando el cuerpo envuelto en tela blanca. Kara estaba sosteniendo a su madre, cuyos hombros no cesaban de sacudirse. Ella lucía destrozada, aparentando que no se caería a pedazos. Pero Mordred lo vio en sus ojos llorosos y la imperiosa necesidad de correr hacia ellas fue fuerte.

Sin embargo, parecia clavado al piso.

Las personas que habían amado a Gáine —que eran muchas—, comenzaron a llorar también. Sucedió como con el anuncio del levantamiento de la prohibición, pero esta vez fue terror puro lo que llenó todas las mentes. Hijos se escondieron en brazos de sus madres y una nube negra se formó sobre la isla, cubriendo el sol y llevándose toda la luz.

—Mostraremos nuestro respeto y ofreceremos una despedida para ella antes de sepultarla —Indicó Iseldir. Aglain se adelantó y su mano apuntó a ella, sus ojos brillaron en oro.

Una flor, pequeña y morada, comenzó a crecer a su lado. Los demás lo hicieron también, Mordred sintió su mano moverse mientras pequeños trozos de memoria ardían sobre la visión del cuerpo de Gáine.

La mujer más amable y fuerte que había pisado la tierra. La flor amarilla brotó, la sonrisa dulce que adornaba su rostro. Mordred la recordaba por las veces que le había cuidado cuando enfermó, por los sabios consejos que le dio cuando estaba lleno de ira después de la muerte de Cerdan.

Por el amor que Cerdan había sentido por ella.

Una canción de despedida comenzó a sonar de labios de cada druida, grande o pequeño. Las primeras gotas de lluvia se unieron a las lágrimas de adiós y pronto, en ese día oscuro, Mordred se encontró proyectando las palabras que saltaban en su mente.

"Que las puertas de Avalon sean abiertas para ti, Gáine. Él te estará esperando".

Aunque no sabía de dónde provenían.


Cuando fue sepultada, Aglain solo dijo que murió valientemente, que había sido amada y que siempre sería recordada. Las alarmas de Mordred se encendieron; persiguió a Iseldir hasta la choza del gremio, llamando en su mente. El líder le ignoró y, cuando todos los miembros estuvieron dentro, la puerta se cerró casi en su cara.

Mordred se quedó parado afuera, con la respiración desigual provocando un leve vaho frente a él. El primer indicio de avance del otoño.

Esperó hasta se fue oscureciendo y luego decidió que debía estar con su amiga. La cabaña de Kara y su madre estaba en penumbras cuando llegó. Vio la figura pálida de la druida sentada junto a la cama de su madre, que dormía profundamente.

Al dejarse caer a su lado, notó que ella estaba llorando en silencio y la rodeo con sus brazos. Kara se acurrucó en su pecho.

La sostuvo hasta que perdió las fuerzas y se rindió al sueño. Acarició su cabello ensortijado, besó su frente. Kara lloraba aún mientras dormía. Y Mordred sintió que su corazón se apretaba.

Algo estaba mal, lo había sabido desde el inicio. Tal vez, si él fuera un vidente, podría haber evitado la muerte de Gáine. O tal vez, si hubiera dado más urgencia a su malestar, habría convencido a Iseldir de que nadie saliera de la isla.

De cualquier forma, lo muerto permanece muerto. Mordred no podría traerla de vuelta. El poder de la vida y la muerte era demasiado para manejarlo, según las leyendas, solo Emrys podría llegar a controlarlo.

Pensar en Emrys fue inquietante y un escalofrío recorrió su cuerpo. Llevó a Kara a su cama y se recostó a su lado, como ella lo hizo cuando perdió a Cerdan.

Fue casi al amanecer que sus ojos lograron cerrarse, luego de pasar gran parte en la oscuridad, vio los ojos de Emrys arder y quemar, hasta que adquirieron el color de la sangre. El destello de cristal sobre ébano. Vio el rostro de los muertos y escuchó gritos horrorosos, lamentos de una niña.

—¡Mordred!

Cuando abrió los ojos, la luz lo dejó momentáneamente ciego. Sus pupilas se retrajeron y parpadeó. Se sentía como si hubiera estado corriendo y se dejó caer sobre la almohada con pequeños jadeos. El rostro de Kara estaba hinchado y lleno de preocupación, su mano sacudiéndole.

—¿Qué sucede? —Dijo en un murmullo áspero. Le dolía la garganta.

—No podía despertarte —Ella lució al borde del llanto y Mordred la abrazo—. Gritabas… me asuste tanto. Creí que...

—Lo siento. Lo siento, Kara. Solo ha sido un mal sueño.

Kara no dijo nada más, se aferró a él como si su vida dependiera de ello. Esperando a calmarse, Mordred miró la cabaña vacía a excepción de ellos y la luz brillante.

—¿Qué hora es?

—Mediodía —La chica se levantó, secándose las lágrimas que habían logrado escapar y se acomodo el cabello. Mordred se sorprendió de haber dormido tanto—. El gremio no ha abandonado la choza, pero han corrido la voz de que nos reunamos en una hora.

Kara le pasó un cuenco con gachas y agua. Espero paciente a que comiera. Mordred tenía un sabor amargo y rancio en la boca, así que tomó todo el vaso de agua antes.

—Mor… —Mordred hizo un ruido, Kara tardó unos segundos en seguir—. Estabas hablando con alguien.

Frunciendo el ceño, dejó el cuenco y se enfocó en ella.

—¿Qué?

—Antes de entrar, juro que escuché a alguien susurrando —Los ojos siempre claros como un lago, parecían asustados y rojos, más grandes de lo normal—. Y tú le respondías.

—¿Qué estaba diciendo? ¿Lo escuchaste?

Ella negó con la cabeza.

—Era una lengua extraña, muy parecida a la que usas al hacer hechizos. No estoy muy segura. Luego comenzaste a gritar, como si algo... te estuviera quemando.

Mordred la vio agazaparse, asustada. Él también lo sintió, la incertidumbre y la duda.

—Quizá era yo —Sugirió. Kara le miró de reojo un instante, después simplemente asintió. Pero la acción le dio la respuesta, ella no lo creía en absoluto. Sus ojos se cristalizaron con lágrimas nuevas.

—¿Qué está sucediendo, Mordred? ¿Por qué mi tía ha muerto? Esto no debería… somos libres al fin…

—Kara, no, no te atormentes. No sé las respuestas, pero debemos hablar con Iseldir.

—¿Crees que él dirá la verdad?

—No creo que decidan mentir. Algo ha pasado en Camelot, el rostro de ambos era demasiado grave. Esto tiene que ver con Uther… y si él es culpable, pagará por esto.

Tanto Kara como Mordred se quedaron en un silencio tenso después de la promesa. Él sabía que consolarla con venganza estaba mal, pero odiaba a Uther, tanto para desear su muerte como para intentar ser quien la causara. El hombre no solo le había quitado a sus padres cuando era demasiado pequeño para entenderlo, también tomó a Cerdan, lo más cercano que tuvo a un padre, con el que compartió todo.

Sin notarlo, llevó una mano sobre su pecho, en el lado derecho, donde el tatuaje de triskelion adornaba su piel, en el mismo lugar que adornó la de Cerdan. Mordred aún conservaba también el colgante, atado a su muñeca cuando fue muy pequeño para su cuello, y sus enseñanzas, como un tesoro.

Cuando se reunieron con el resto de la aldea, ambos se pusieron al frente. Había cierto respeto para ellos, para Mordred como aprendiz del líder de la aldea y, quizá, quien tomaría su lugar cuando Iseldir y Aglain fueran demasiado viejos; y Kara, la sobrina de Gáine, la talentosa chica que venía de una larga lista de mujeres sanadoras. Ambos tenían roles importantes para el futuro de su pueblo.

El gremio salió a la hora acordada, ni un minuto más, ni uno menos. Desfilaron solemnes hasta el centro de la congregación. Iseldir no miró a Mordred, ni a nadie; con sus manos sujetas firmemente a la espalda y la mandíbula apretada, sus ojos estaban oscuros.

—El gremio ha decidido, por unanimidad, que todo druida permanecerá en la isla, nadie podrá abandonar sus hogares —Los murmullos no se hicieron esperar y había confusión, desacuerdo. Mordred arrugó las cejas—. La magia estará permitida, desde luego, pero será más seguro seguir adelante como lo hemos hecho. Colocaremos salvaguardas más potentes en los límites y guardias nocturnas.

—¿Y qué sucede con el levantamiento de la prohibición? —Exclamó un chico al que Mordred conocía pero no recordaba su nombre—. Se supone que somos libres ahora.

Iseldir dio un cabeceo.

—Son libres, como he dicho, la magia estará permitida. Pero fuera de la isla solo les espera peligro.

—No lo entiendo, Iseldir —Dijo una de la sanadoras que acompañó siempre a Gáine, seguramente dando voz a lo que todas las demás pensaban—. ¿Qué ha sucedido en Camelot? ¿De qué peligros hablas? Las profecías dicen que Emrys nos protegerá en la transición y ascendencia del único y futuro rey.

Las personas asintieron en acuerdo, pero algo preocupante sucedió. Ante la mención de Emrys, Iseldir se cuadró y una ola de furia llenó sus ojos. Mordred, pasmado, sintió que perdía el aliento. Nunca, jamás, nadie había reaccionado así ante el nombre del hechicero.

—Emrys no protegerá a nadie —Dijo, su voz como truenos en una tormenta. Las voces comenzaron a subir de tono y pronto todos hablaban al mismo tiempo, Mordred, quien era demasiado sensible a la comunicación mental, sintió como si martillaran su cabeza. Iseldir levantó las manos—. ¡Silencio!

Las preguntas siguieron llegando. "¿Por qué hablaba así de Emrys? ¿Qué le había sucedido a Gáine?" e Iseldir parecía un soldado, un hombre duro. Mordred supo entonces que no era la primera vez que se enfrentaba a los peligros de los que hablaba, recordó que el hombre había enfrentado La Gran Purga y lo que siguió.

—Esto será más fácil si se los contamos —Intervino Aglain. Otorgó el efecto deseado e Iseldir levantó sus manos nuevamente, sus ojos brillaron en oro y su voz se proyectó a sus cabezas, un método que solo el líder y Aglain tenían la habilidad de usar.

"La tierra fuera de la isla ha cambiado, el reino entero. Hay terror y oscuridad." Mordred pudo ver de forma nítida el exterior, los árboles cuyas hojas caían como si el otoño estuviera llegando a su fin, en lugar de tornarse marrones como cada inicio. El humo que se asomaba en diversas direcciones y la sensación, el cambio en la presión, en el aire. "Lo primero que notamos al pasar por la primera aldea, fue que todo estaba silencioso. Conocen Camelot, sus pueblos periféricos, y esta aldea estaba desolada. Había cuerpos en los lindes, pudriéndose."

Un escalofrío recorrió la espina de Mordred al ver el pensamiento de Iseldir y Aglain frente a sus ojos. Los niños no podían verlo, ya que solo quienes tenían el don bien desarrollado eran capaces de recibir estas imágenes. Pero incluso los jóvenes estaban temporalmente ciegos, sus pupilas dilatadas por el terror.

"Al principio pensamos que eran usuarios de magia, ejecutados al descubrirse cuando la prohibición fue levantada. Esto era esperado. Pero nos equivocamos" Dijo Aglain. "Sea lo que sea que les haya pasado a esas personas, fue causado por magia."

"Conforme avanzamos, nuestro camino se llenó de destrucción y ruina. Había aldeas que nos temían, rezagados que pedían auxilio. Y usuarios de magia recelosos. Pero nadie nos habló de lo que sucedía, todos parecían sumidos en un silencio tácito. Los bosques agonizan y los ríos comienzan a secarse."

Al verlo, Mordred supo que nadie se atrevería a salir de la isla, aún si Iseldir lo permitía.

"Cuando por fin llegamos a Camelot, había gente llegando incluso de otros reinos. Fuimos recibidos por un mago llamado Alvarr, al que muchos hemos oído nombrar como un bandido. Él parecía pertenecer a la corte del rey, porque fue cortés y hospitalario, al menos con nosotros. No así con los sirvientes. Había guardias y caballeros apostados en cada rincón, ninguno dirigía la palabra o siquiera una mirada."

En sus ojos vidriosos, pudo distinguir el arrebato de la voluntad a causa de un hechizo y en el centro de la ciudadela, Mordred vio izando la bandera de Camelot, a su mente vinieron los sueños que habían estado acosándole durante las noches. Iseldir caminó hacia el castillo blanco que recordaba a la perfección y, cuando dio un barrido por alrededor, casi esperó ver a Emrys parado en la entrada donde le había salvado. Pero no había nadie y pronto las puertas se abrieron para dejarlos pasar. El recibidor estaba iluminado y había sirvientes dóciles con las cabezas gachas. Fueron guiados por un pasillo adyacente y esperaron fuera de gruesas puertas de madera. En la sala de audiencias había un mesa larga, llena de suculentos manjares y copas que brillaban, rebosantes de vino.

Iseldir dijo: "Y allí estaba él. Emrys."

Un figura oscura, sentada a la cabeza del banquete, una corona de diamante puro sobre su cabeza que resplandecía con la luz del sol; A su derecha, Mordred logró distinguir a Morgana. La visión era turbia, como si tuviera alguna clase de interferencia, y entonces se desvaneció. Mordred miró el lugar donde estaba clavado y a Iseldir, que temblaba, balanceándose hasta que Aglain lo sostuvo con firmeza.

"Él no me deja mostrarles." Dijo el líder. "Él no quiere que lo sepan, lo mucho que ha cambiado. Sus ojos se han tornado rojos como la sangre y hay algo, en su voz, en su presencia, que no estaba allí antes. Él nos dijo "Bienvenidos a mi reino. Son todos ustedes mis invitados". Pero no se sentía de esa forma. Ni siquiera la dama Morgana parecía encontrarse bien. Sus manos temblaban y sus ojos pedían auxilio."

Aglain dejó que se sentara en un tronco y entonces se adelantó.

"Nos sentamos a la mesa, aunque movernos fue muy difícil. Todos los líderes de la comunidad mágica estaban allí, tantos como pensé que no había. Estaban los Catha, Altas Sacerdotisas, miembros de la tribu de los videntes y algunos hechiceros renegados. El gran Osgar, representando a la corte de las Disir. Y algunos más de los que nunca escuché hablar. Lo siguiente que Emrys nos dijo fue que Uther estaba muerto."

En ese instante, Mordred se encontró con dos vertientes en su sentir, aquella que emitía jubiló por la caída del rey monstruoso. Y la otra, que aún intentaba ver a través de la estática en la visión de Iseldir. Emrys, aquella forma oscura al final de una larga mesa. Su malestar encontró por fin algo real a lo que atenerse. Era eso lo que Mordred había estado sintiendo y al fin lo sabía, no estaba volviéndose loco.

"Emrys no dijo cómo murió, pero Gáine, osada como el demonio, le preguntó si lo había asesinado. Él simplemente sonrió…" Aglain reprimió el temblor en su cabeza y se obligó a continuar. "Pensamos que es lo más probable, porque ¿de qué otra forma te haces de un trono sino matando al anterior rey?"

El druida les dijo que a pesar de que Emrys hablaba de la libertad de su gente, del renacimiento de la vieja religión, ellos no se fiaban de sus palabras, porque el brillo en sus ojos era demoníaco y estaba mal. Algunas damas se echaron a llorar allí mismo, imaginando lo peor.

"Nos hospedamos en el castillo, como los nobles." Siguió explicando Iseldir. "Nos dieron habitaciones en el ala para invitados y escuchamos al Catha murmurar con su acompañante, sobre lo extraño de esta situación. Otros, como Osgar, hablaban sobre el gran trabajo que Emrys estaba haciendo. Sabíamos que no podíamos confiar en nadie para nuestras sospechas. Yo estaba especialmente perturbado por los temerosos sirvientes y lo primero que hice fue interrogar al chico que me fue asignado, llamado Morris.

Él se puso pálido como un muerto y me obligó a callar en cuánto pregunté por el nuevo rey. Me llevó al rincón más alejado de la habitación y susurró: Él puede escuchar todo. Luego se fue."

Aglain, que se había sentado al lado de Iseldir, fue quién decidió continuar, cuando el otro pareció demasiado apesadumbrado.

"Un par de días más tarde, después del desayuno, nos dijeron que nos reuniéramos en la ciudadela para una audiencia pública. Mucha gente estaba allí y Emrys salió al balcón, acompañado del único y futuro rey." Hubo un jadeo colectivo y él suspiró. "Arthur Pendragon renunció a la corona públicamente a favor de Emrys, alegando que estaba convencido que el reino estaría mucho mejor en sus manos."

—¡Pero el único y futuro rey debía gobernar, con Emrys a su lado! —Explotó entonces la sanadora, demasiado horrorizada. Mordred comprendía su temor—. ¡No puede haber Albion sin él!

—Lo sabemos —Dijo Aglain gravemente—. Lo sabemos muy bien. Y no estábamos de acuerdo.

—Gáine se enfrentó a Emrys, cuestionando sobre la profecía —Iseldir se puso de pie y se acercó a ella, su voz regulada para escucharse—. Él dijo que las profecías cambian y que bajo su reinado ningún mago volvería a esconderse jamás. Entonces, los fieles a Arthur protestaron en contra de lo que sucedía. Pero Arthur jamás reaccionó, no había voluntad en sus ojos ni la llama de la fuerza que debía tener. Emrys dijo que todos los no mágicos debían arrodillarse ante nosotros, servirnos. Y obligó a Arthur Pendragon a hacerlo con un chasquido de sus dedos.

—La Dama Morgana estaba horrorizada —Completó Aglain—. Aunque intentamos detenerla, Gáine declinó su oferta, diciendo que eso no era paz, era tiranía y que no se diferenciaba en nada a todo lo que Uther había hecho. Emrys enfureció. La miró largamente y dijo: "Tú no entiendes, jamás tuviste que servir en la casa de un asesino. Su falta de visión me hace sentir triste, nuestro pueblo ha sufrido lo suficiente". Decidimos que no podíamos quedarnos allí más tiempo. Habíamos visto suficiente. Y nos marchamos.

Iseldir miró a todos a los ojos esta vez, algo roto en su interior

—En el viaje de regreso, fuimos atacados por una criatura de pesadilla, un Dorocha del otro lado del velo. Nos defendimos lo mejor que pudimos, pero como si siguiera una orden expresa, él nos dejó vivir. Sin embargo…

Mordred tembló, sabiendo lo que seguía.

—El Dorocha mató a Gáine.