Disclamer: Los personajes y lugares de esta historia son todos propiedad de la genial Rumiko Takahashi, yo solo los incordio con mi imaginación.

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Un Prometido de Verdad

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2.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó Akane, justo después de abrir la puerta de par en par y precipitarse al interior. Pero nadie la respondió aunque todas las personas que allí estaban reunidas salvo una, la miraron. La chica sintió su semblante enrojecer por la vergüenza. Se había dejado llevar por su impulsividad y ahora estaba confusa—. Enserio… ¿qué está pasando aquí?

Kasumi había colocado las tazas y servido el té para todos los que se congregaban alrededor de la mesita baja del salón. Justo cuando su hermana menor apareció gritando, Kasumi estaba punto de soltar un plato con galletas en el centro, así que su brazo extendido seguía suspendido en el aire, desorientado. A su lado Nabiki y su padre abrían los ojos, sorprendidos por esa entrada tan escandalosa.

Evidentemente había metido la pata.

Al otro lado de la mesita había dos personas que Akane no conocía. Un hombre que parecía un poco mayor que su padre, vestido de forma elegante con un traje occidental muy caro. También tenía un frondoso bigote como el de su padre, pero ya estaba salpicado de canas, al igual que su pelo, perfectamente cortado de forma recta e impoluta. Este también se había quedado mirándola con el ceño fruncido y los labios sellados en un rictus de descontento. Por último, un joven se sentaba al lado del hombre, muy recto, aunque con la cabeza gacha como si se mirara fijamente las piernas dobladas y tratara de ocultar la mayor parte de su rostro.

—Ah… bien, finalmente esta es mi hija pequeña, Akane —murmuró su padre de repente. La chica le miró y este le lanzó una mirada severa para que se sentara junto a sus hermanas. La chica obedeció al instante—. Estas son mis tres hijas.

. Hijas mías, este es un buen amigo mío. Su nombre es Zero Mouri. Es el presidente del gran grupo empresarial Mouri, uno de los más importantes de Japón.

—Vaya, papá, no tenía ni idea de que tuvieras amigos tan importantes —comentó Nabiki ciertamente asombrada. Como siempre que se hablaba de algo que tenía, aunque fuera una diminuta relación con grandes sumas de dinero, los ojos de esta se agrandaron y una afilada sonrisa asomó por las comisuras de sus labios.

Akane también había oído hablar de las empresas pertenecientes al grupo Mouri en la televisión, aunque no solía prestar atención a ese tipo de noticias y no recordaba exactamente a qué se dedicaban. No obstante, si eran tan conocidas como para que se hablara de ellas en la televisión debían ser muy cotizadas. ¿Dónde podía su padre haber conocido a alguien tan importante como ese hombre?

—Conocí a Tendo hace ya muchos años —respondió el magnate empresarial, como si de hecho alguien hubiese hecho esa pregunta en voz alta. Aunque su rostro era claramente el de un hombre ya entrado en años, su expresión tan seria, tan carente de emociones apreciables la hacía parecer dura y afilada, como la de alguien más joven. Aunque su voz grave y gastada retumbó por todo el salón como solo lo haría la de alguien muy experimentado en la vida—. Yo fui quien le dio su primer trabajo tras casarse.

—Oh, sí. Su ayuda fue muy importante para mí… —apostilló Soun Tendo. En su voz pudo apreciarse un conato de la emoción que por lo general solía embargar a aquel hombre con gran facilidad. Por alguna razón, ese detalle ayudó a que Akane terminara de tranquilizarse.

Su padre parecía el de siempre, así que aquello no debía ser más que una visita de cortesía, dedujo con calma.

—No sabía que hubieras trabajado fuera del dojo, papá —comentó Kasumi, sosteniendo su taza de té con suma delicadeza entre sus manos.

—Bueno sí, al principio… tuve que buscar un empleo fuera para levantar el dojo —explicó el hombre. Sus ojos oscuros se elevaron al techo y repasaron los tablones de madera como si allí grabados estuvieran los recuerdos de toda su vida. La emoción en su áspera voz aumentaba por momentos—. Eran tiempos difíciles pero yo supe estar a la altura, trabajé duramente en la fábrica del señor Mouri y conseguí ahorrar lo suficiente para mantener a vuestra madre y poner en funcionamiento el dojo de nuevo.

¿Fabrica? ¿Así que ese hombre era dueño también de fábricas? Akane alcanzó su propia taza de té y empezó a dar pequeños sorbitos sin pensar más en ello.

—Le debo mucho a este hombre, en realidad, todos nosotros le debemos mucho —aseguró su padre al tiempo que sonreía a su invitado. El susodicho, sin embargo, no cambió su gesto—. Con el transcurrir de los años nos hicimos amigos y cuando dejé de trabajar para él mantuvimos el contacto y un trato cordial.

—¿Cuánto hacía que no os veíais? —preguntó Akane.

—Casi… veinte años, puede que más —respondió su padre.

—Veintidós, para ser más exactos —Corrigió el hombre.

Akane arqueó las cejas, pero no dijo nada mientras se llevaba una galleta a la boca. La situación volvía a ponerse extraña. ¿Qué podía querer ese hombre después de veintidós años? Su mirada se deslizó de nuevo al joven que estaba a su lado. Aunque se sentaba con la espalda recta, su cabeza seguía gacha. Sus ojos no se despegaban de sus piernas y no había hecho el más leve movimiento desde que ella se había sentado.

¿Quién sería? ¿Tal vez el chófer del señor Mouri? Siendo un hombre tan importante, seguro que tenía un chófer que le llevaba y traía a cualquier sitio que le apeteciera. Incluso podía ser su mayordomo personal o algo así. Esa actitud tan sumisa de mantener la vista baja, ajeno a cualquier cosa que ocurría a su alrededor, parecía indicar justamente eso.

Soun Tendo, cada vez más imbuido en sus bellos recuerdos de aquella lejana época, siguió desgranando anécdotas e historias de ese entonces mientras los asistentes bebían té y se terminaban las deliciosas galletas de Kasumi. Pero para cuando la alegre anfitriona estaba rellenando las tazas por segunda vez, el señor Mouri se removió sobre su cojín y carraspeó cortando de raíz la nueva perorata que estaba iniciando el dueño de la casa.

—Creo que ya nos hemos puesto al día lo suficiente, ¿verdad? —le dijo, entornando los ojos más de lo necesario—. Es momento de pasar al tema por el que hemos venido hoy aquí.

Akane alzó la mirada, escamada. Así que había una razón por la que ese hombre tan huraño había ido hasta el dojo, más allá de visitarles. Y por supuesto, su padre ya debía saberlo, pues al oír esas palabras, sus ojos se abrieron más de la cuenta y sus labios se apretaron en una mueca de urgencia.

—Aún no he hablado con mis hijas de ese asunto —Le indicó con cautela, pero Mouri se cruzó de brazos, ahora sí, retorciendo las solapas de su carísimo traje como si de pronto no le importara estropear su pulcro aspecto.

—Pues hazlo ahora —le ordenó sin más.

Tendo comenzó a temblar, al tiempo que sus tres hijas se acercaban más a él.

—¿Qué es lo que pasa, papá? —preguntó Akane.

—¿Algo va mal? ¿Tienes algún problema con este señor? —Kasumi le colocó una mano en el hombro y le miró con paciencia.

—¿No será una deuda de dinero?

—No, no es nada de eso, Nabiki —comenzó a hablar por fin el padre. Suspiró sonoramente y miró los tres rostros que curiosos que le observaban—. Veréis… cuando yo dejé la empresa del señor Mouri, digamos que tuvimos que llegar a un acuerdo por una disputa sobre mi contrato de trabajo.

—Te deje bien claro, Tendo, que el contrato tenía una duración determinada —intervino Mouri—. Y que no sería posible romperlo antes del plazo estipulado.

—¡Pero yo ya tenía lo suficiente para poner en marcha el dojo y era necesario que dejara ese trabajo cuanto antes! —Las lágrimas empezaron a asomar por las cuencas de sus ojos negros, el rostro varonil comenzó a ponerse rojo y a temblar en incontrolables pucheros—. Así que, le pedí por favor a Mouri que comprendiera mi situación y me dejara marchar.

—No me digas más, papá, ¿te arrodillaste y suplicaste?

—¡Nabiki!

—¡Como si no lo hubiéramos visto ya muchas veces!

Soun se pasó el brazo por los ojos para enjugar las lágrimas y controló los sollozos que se precipitaban por su garganta.

—Negocié con él un modo de terminar el contrato y… finalmente llegamos a un acuerdo para el futuro… —explicó alargando las palabras de manera muy sospechosa—. Encontramos algo que nos vendría bien a ambos.

—Ay, no… —Nabiki se apartó para apoyarse en la mesa como si no necesitara oír más—. No nos digas que volviste a hacerlo, papá.

El hombre irrumpió en un llanto desconsolado que apenas le dejaba hablar, así que simplemente asintió con la cabeza un par de veces de forma histérica.

—El acuerdo al que llegamos fue —El señor Mouri volvió a tomar la palabra después de observar el estado alterado del otro hombre—; que una vez que mi hijo y heredero llegara a la edad de casarse, lo haría con una de las hijas que Tendo tendría en su matrimonio.

Kasumi fue la única que dio muestras de sorpresa al oír aquellas palabras. Nabiki, muy acertadamente lo había comprendido todo momentos antes y Akane, quien miraba con nuevos ojos escrutores al joven que seguía ocultando su rostro, también se había hecho ya una idea de por dónde iban a ir los tiros.

Ahora se entendía la actitud nerviosa y esquiva de su padre aquellos días; seguramente, después de tantos años, había olvidado por completo aquella promesa y cuando Mouri le llamó para recordárselo fue una verdadera (y desagradable) sorpresa para él.

—¿Cómo puede ser que nos hagas esto otra vez, papá? —Se quejó Kasumi, alterada.

—¡Lo siento, hijas mías! ¡Perdonarme! ¡En aquella época no pensaba en lo que hacía! —Trató de justificarse, aunque sin demasiado acierto—. ¡El dojo ocupaba todos mis pensamientos! ¡Fui un egoísta! ¡Un mal padre! ¡Un inconsciente!

—Lo que yo no entiendo cómo es que, usted, siendo el presidente del grupo Mouri, quiso prometer a su hijo con la hija de un don nadie como mi padre —Apuntó Nabiki, mirando al millonario y haciendo oídos sordos a los sollozos del pobre Soun.

El hombre sostuvo la mirada clara e intensa de la chica y finalmente tosió brevemente, antes de responder.

—En aquel entonces yo no era el presidente de nada —reconoció—. Solo el dueño de una fábrica que no sabía lo que le depararía el futuro. Y quería asegurarme de que mi hijo, saliera como saliera, tuviera una esposa con la que perpetuar nuestro linaje.

—¿Saliera como saliera? —repitió Nabiki, frunciendo el ceño.

—Entonces mi hijo solo era un recién nacido y no me parecía muy listo —les confesó el hombre sin ningún reparo—. Temía que saliera tonto o vago o sin ningún atractivo; no quería tener que cargar con él si eso pasaba. Así que me puse la tarea de encontrarle una esposa, fuera como fuera.

—Vaya… No se puede decir que no sea usted un padre previsor…

—Y a pesar de todo lo que ha conseguido, ¿planea seguir adelante con ese acuerdo tan antiguo? —inquirió Akane. El hombre hizo un breve aunque contundente gesto de asentimiento—. ¿Y su hijo está de acuerdo? ¿Es que él no quiere elegir a su futura esposa?

—Yo siempre estoy de acuerdo con todo lo que mi padre decide —Por primera vez, el joven de la cabeza gacha se dignó a hablar. Así que, tal y como Akane sospechaba, él era…

—Este es mi hijo y futuro heredero del grupo Mouri —Anunció el hombre, señalándole con la palma de su mano derecha abierta—. Mikishito Mouri. De veintiún años. En breve se convertirá en el vicepresidente del grupo y comenzará a prepararse para sucederme algún día al frente de la empresa, pero es mi deseo que antes de que eso ocurra encuentre a una mujer con quien casarse y formar una familia.

El chico, sin embargo, permaneció aún con el rostro bajo. ¿Por qué no daba la cara? Akane le observó intrigada, ¿qué clase de persona permanecía en silencio mientras se hablaba de ella en los términos en los que lo habían hecho ellos?

¿Intentaba ocultar algo?

—Por eso hemos venido —continuó el padre del chico—. Ha llegado el momento de que nuestro acuerdo se cumpla, Tendo.

Soun, que a duras penas había dejado de llorar, se sorbió la nariz y recompuso, más o menos, una mirada solemne. Asintió a las palabras de su interlocutor y se sentó de nuevo, recto y apoyando las manos en el suelo.

—Una promesa en una promesa —asumió él. Extendió sus brazos, abarcando a las tres chicas que seguían sentadas a su alrededor con un cierto aire resignado—. Aquí están mis tres hijas, Mikishito; elije a la que gustes para que sea tu esposa.

Las tres chicas dieron un respingo a la vez y comenzaron a quejarse a viva voz, girándose al mismo tiempo hacia su padre que rápidamente adoptó una postura mucho más sumisa, en un intento vano de aplacar la ira que acababa de despertar. Pero sin duda, quien más rápido y más fuerte se hizo oír fue Akane. Se arrastró con las rodillas pegadas al suelo hasta su padre e incluso le agarró de la solapa del kimono.

—¡¿Qué estás diciendo, papá?! ¡¿Cómo que elija entre las tres?! ¡Te recuerdo que yo ya estoy prometida, así que a mí déjame fuera de esto!

Se puso a zarandearle con más fuerza de la que era consciente, pero consiguió el efecto deseado. Su padre levantó un dedo, resuelto, como si acabara de acordarse de ese pequeño detalle.

—¡Es verdad! Mouri, me temo que mi Akane ya está comprometida con otro —Acertó a decir y su hija le soltó. El hombre se acomodó el kimono—. Pero bueno, aún me quedan dos hijas encantadoras que seguro, serán del agrado del joven Mikishito.

Eso sí se digna a levantar la cabeza de una vez.

Mouri alargó una mano hacia el hombro de su hijo, el cual tembló ligeramente al notar el contacto.

—Adelante, hijo, es momento de que elijas —le indicó.

Y al fin, el misterioso Mikishito alzó la mirada. Y un silencio mudo se hizo en el cuarto.

A ninguna de las hermanas Tendo les pasó desapercibido que el joven heredero era un chico muy guapo. De rasgos finos, suaves pero atractivos. Labios delgados y alargados, nariz recta, ojos castaños claro, casi del color de la miel. Y su cabello castaño era de una tonalidad ocre, que combinada con el bronceado de su piel. Su boca se ensanchó en una sonrisa que dio lugar a una dentadura blanca, en un movimiento sutil y atrayente.

Ni Nabiki ni Kasumi siguieron quejándose después de ver su rostro, quedaron totalmente hechizados por ese semblante que sin ser muy femenino, solo podía describirse como absolutamente hermoso. Tenía incluso un aire angelical, como el personaje de un retrato renacentista.

—Encantado de conocerlas, señoritas —las saludó con una voz suave y aterciopelada. Su mirada melosa se paseó por los rostros de las tres hermanas muy lentamente. Se detuvo varios segundos en cada uno y los recorrió sin prisa, como memorizando los puntos fuertes de cada una. Primero repasó el de Kasumi, quien se ruborizó ligeramente adoptando un aire de lo más encantador. Después pasó a Nabiki que le devolvió la mirada sin vergüenza alguna y por último, se detuvo en Akane. Entonces, los rasgos del chico sufrieron un espasmo y alzó una mano temblorosa para señalarla—… Tú… eres tú.

Akane, que no había borrado su mueca de malestar por la situación, reaccionó con exagerada histeria.

—¡No, yo no! —exclamó, nerviosa. Y giró el rostro de forma violenta—. ¡Papá!

—Lo siento, jovencito. Pero como ya te he dicho, mi Akane ya está comprometida…

Pero el tal Mikishito no dejaba de mirarla y balbucear las mismas palabras una y otra vez. Finalmente su padre tiró de su brazo para llamar su atención.

—Hijo, ¿no has oído al señor Tendo? —Le preguntó. Le agarró incluso del cuello y trató de hacerle volver el rostro hacia las otras dos, pero el chico estaba paralizado—. Hijo, mira a las otras chicas y toma una decisión.

—¡Pero es ella, papá! ¡Ha de ser ella!

Akane empezó a ponerse nerviosa.

—¿Qué está diciendo? —Preguntó, confusa. Pero sus hermanas se encogieron de hombros.

Entonces, Mikishito sacó del bolsillo de su chaqueta un cuadrado de papel que primero miró con devoción y luego apretó contra su pecho.

—¡Ella es igual a mi ángel de amor! ¡Mi Clarissa! —Aulló el chico, estirándose sobre sus piernas y alzando el cuerpo por encima de la mesa. Se volvió hacia su padre y le puso el papel frente a los ojos—. ¡Mírala, papá! ¡Dime que no es igual que mi Clarissa!

—¡Te dije que te deshicieras de esta basura hace años! —Le respondió, muy alterado. Trató de arrancarle el papel, pero el chico se resistió todo lo que pudo. Finalmente el papel salió volando y revoloteó hasta acabar sobre la mesa, cerca del lado de los Tendo.

Los cuatro se acercaron para ver de qué se trataba y descubrieron que era una fotografía bastante viaje y gastada. En ella aparecía una mujer mayor y también bastante rolliza que sonreía a la cámara en medio de un jardín.

—¡¿Qué… demonios?! —Siseó Akane al ver el rostro regordete de esa mujer.

—Vaya, hermana, la verdad es que os dais un aire…

—¡Yo no me parezco en nada a ella!

¡Aquella era una señora de al menos cuarenta años! De mofletes enormes y brillantes, papada colgante, ojos desvaídos y un cuerpo embutido a presión en un extraño peto lleno de parches. Si acaso, el único parecido que Akane veía entre esa señora y ella, era que llevaban el pelo cortado de forma parecida. ¡Ni siquiera era japonesa! Tenía pinta de ser occidental, quizás europea, pero esos abundantes carrillos de su cara hacían que sus ojillos se estrecharon tanto al sonreír que podía pasar por asiática.

El tal Mikishito esquivó hábilmente a su padre y logró recuperar su fotografía, rápidamente la devolvió a su bolsillo en la chaqueta, aunque la siguió apretando amorosamente contra su pecho por encima de la tela.

El señor Mouri apretó la mandíbula en una mueca de ira contenida, sacudía levemente la cabeza como si se lamentara por haber sido descubierto haciendo trampas.

—Disculpad este espectáculo tan… lamentable —murmuró. Apoyó un puño sobre la mesa que mantuvo apretado mientras que su rostro alterado volvía a recomponerse poco a poco—. Esa mujer fue la niñera de mi hijo durante muchos años y el pobre infeliz creyó enamorarse de ella…

—¿De esa mujer? ¿La de la foto? —Quiso asegurarse Nabiki.

—Me temo que sí.

—¡Por supuesto que la amé!¡Con toda mi alma! ¡Era la criatura más dulce, delicada, encantadora, amorosa y primorosa del mundo! —informó el joven. Nabiki contuvo una risita y le dio un suave codazo a Akane.

—Pues es verdad que no te pareces a ella…

—¡Cállate, Nabiki!

—Mi esposa falleció cuando Mikishito era un bebé y esa mujer se encargó de criarlo durante muchos años —continuó explicando el señor Mouri, más avergonzado por cada palabra que decía, si es que era posible—. Hace un par de años decidió volver a su país para jubilarse y vivir en calma.

—¡No se marchó, tú la echaste, papá! ¡Porque te oponías a nuestro amor!

—¡Basta, no discutiré más esa locura contigo! ¡Me estás avergonzando frente a los Tendo!

Si bien aquella conversación entre padre e hijo era ciertamente un poco absurda, los Tendo no podían estar más interesados en escuchar hasta el final. Esos dos hombres tan ricos e imponentes habían dejado caer sus máscaras y estaban resultando ser más interesantes de lo que parecían.

—Oh, cielos, vaya historia más triste y romántica —murmuró Kasumi, totalmente metida en el relato.

—¡Esa mujer nunca te amo! ¡Para ella eras como un hijo!

—¡Mentira! Mi Clarissa siempre me decía que me quería más que a nadie en el mundo…

—¡Como a un hijo! —Mouri alzó su puño, que revoloteó peligrosamente sobre la cabeza de su hijo, pero sin llegar a dar el golpe de gracia—. Esa mujer cogió el dinero de su jubilación y se marchó a otro continente. Ya es hora de que la olvides.

. Tu deber como heredero del Grupo Mouri es casarte, formar una familia y asumir tu papel en la empresa. Deja de gimotear y escoge a una esposa entre estas chicas. ¡Que es a eso a lo que hemos venido a Nerima!

El puño cayó sobre la mesa haciendo un ruido tan fuerte que podría haberla partido, de no ser porque aquella mesa baja estaba hecha a prueba de eso y mucho más.

Mikishito frunció los labios, desafiante y sostuvo la férrea expresión de su padre todo lo que pudo antes de tener que apartarla con debilidad. En cualquier caso, se pasó una mano por su mata de pelo ocre y señaló a Akane, antes de volver su rostro sonriente y seductor hacia ella.

—La elijo a ella —determinó, obstinado. Y rápidamente, se alzó, dobló una rodilla en el suelo y estirándose sobre la mesa fue capaz de atrapar la mano de la chica que estaba sobre la madera—. Tú serás mi nuevo ángel de amor… ¿cómo era… tu nombre?

—Se llama Akane —informó Nabiki, divertida.

Los ojos miel del chico resplandecieron.

—Akane… no es tan bonito como Clarissa, pero suena bien —decidió como si nada—. Akane. Mi prometida… Akane.

¡Hola! Gracias a todos los que leísteis el primer capítulo y habéis seguido la historia y por las reviews, ni en sueños creí que llegarían tan pronto. ¡Estoy muy feliz! Espero que os siga gustando la historia. Besos a todos