Draco evaluó a su oponente cuidadosamente, sin atreverse a mirarle muy directamente, la cabeza gacha y las orejas plegadas. Las nubecillas de humo gris brotaban de las delicadas narinas, al final de grácil y largo hocico, delatando la irritación de la criatura. Aunque podía erguirse a dos patas, alcanzaría su máxima velocidad a cuarteo patas y sobre todo, volando. Recubierto el cuerpo totalmente de escamas negras de brillo tornasolado, blindado, una larga cola serpentina y flexible remataba la columna vertebral. Las extremidades delanteras semejaban quizás las articulaciones de un equino, pero rematadas en cinco largas garras negras, semirretráctiles como las suyas, de afilado aspecto, y duras como el acero templado. Las zarpas delanteras eran lo suficientemente diestras como para manipular ciertos objetos, pero no eran manos.
El vientre, las ingles y la garganta eran zonas sensibles, junto con los ojos, ya que las escamas eran suaves y pequeñas en esas zonas, para permitir la movilidad del cuerpo, poco más que un adorno. Las pupilas verticales, se abrían en unos iris de un verde casi fluorescente, y reaccionaban con presteza a los cambios de luz. La cabeza de la criatura recordaba vagamente a la de un caballo, mucho más la de un Threastal y estaba rematada por dos afilados cuerno en espiral, cerca de los cuales brotaban las gráciles orejas, afiladas y nerviosas como las de un ciervo.
En su espalda se adivinaban los arrugados bultos negros de dos grandes alas membranosas, recubiertas de de diminutas escamas, y Draco estuvo seguro de que las mismas debían ser plenamente funcionales.
Un semidragón era un criatura casi mítica entre los magos, algo tan raro e inusual, que no se tenía constancia de ellos desde hacía siglos. Y el hecho de que la forma de animago de Potter fuese uno de ellos no era nada tranquilizador, incluso para alguien cuya propia forma era la de un temido hombrelobo.
Los semidragones, a diferencia de un dragón verdadero, podían legar a ser parcialmente domesticados por un mago competente y poderoso, ya que su carácter, aunque extremadamente violento e impredecible, era mucho más sociable que el de sus parientes de mayor tamaño.
Según los tratado antiguos, un semidragón era el fruto del cruce de un dragón macho de alguna de las especies susceptibles y un corcel alado, threastal incluidos. Si se logra llevar a cabo con éxito el apareamiento entre un ejemplar muy joven de dragón y una yegua apropiada, se produce los semidragones.
El negro semidragón no tenía unas mandíbulas excesivamente potentes, si bien, podía causar grandes daños gracias a su afilada dentadura, capaz de rasgar los materiales más duros, incluyendo las escamas de sus congéneres. Sin embrago, sus mejor arma en la corta distancia era su cola, fuertemente armada, erizada de púas retractiles, afiladas como cuchillas y reforzada por las más duras escamas, y por supuesto, la capacidad para arrojar fuego a voluntad, como los dragones autenticos.
EL joven Slytherin sabía que sus mandíbulas lobunas eran suficientemente fuertes para romper los gráciles huesos de las alas, o desgarrar las sensibles membranas que las recubrían. O que si lograse coger una presa en la garganta, o el vientre, sus caninos podan causar serio daños, tal vez heridas mortales si tenía la oportunidad, aunque no era ese su deseo.
Ambos muchachos se evaluaron mutuamente, en sus formas animales, mientras el sensible hocico casi color sonrosado del animago hombrelobo se fruncía una y otra vez, olfateando. Los ojos color plata, con reflejos azul hielo parpadearon suavemente y su peluda cola se agitó con timidez, mientras emitía un suave quejido plañidero.
El semidragón, hizo brota una nubecilla de humo con un bufido, pero agachó la cabeza, mirando con interés al enrome y flaco lobo de pelaje plateado. El animal revestido de negras escamas, sacudió a un lado y otro su cuello, agitando los cuernos en un gesto que a Draco le recordó el gesto con que le moreno se mesaba los cabellos. Finalmente, la escamosa criatura, del tamaño de un caballo, entreabrió las mandíbulas y sacó una larga y ágil lengua bífida, que hizo vibrar nerviosamente, antes de rozar con ella el hocico rosa amarronado del lobo sobresaltándole.
Con un gruñido ronco y áspero, su voz se extendió por el claro, llevando un mensaje que Draco comprendió perfectamente en su mente.
-¿Cómo has llegado hasta aquí?
El lobo agitó la cola con suavidad y gruñó con mansedumbre su respuesta:
-Severus me dio un traslador. Me dijo que…alguien cuidaría de mí si los usaba Potter.
Las alas escamosas se movieron, produciendo un sonido seco y rasposo, y el semidragón rascó el suelo con impaciencia. Con derrota y abatiendo las orejas, el lobo admitió su desesperación, entre los gruñidos ahogados del otro, que había comenzado a girar de nuevo a su alrededor:
-No tengo a donde ir, Potter. Si sigo en las calles, no tardaré mucho en estar muerto.
Con un sordo gruñido final que podía ser de enojo, ira o descontento, el semidragón se giró frente a Draco y cambió de nuevo a su apariencia humana, y un malhumorado Griffindor murmuró, dándole la espada, aunque de algún modo, Draco supo que no era él el causante del mal humor del muchacho:
Vamos a mi casa, Draco.
EL rubio siguió su ejemplo, y se levantó lentamente, vestido en sus ropas sucias y desgastadas por el constante uso, preguntándose como el Griffindor había adivinado su identidad. Vacilante e inseguro, murmuró:
-Eh….Potter,¿Cómo…?.
Girándose repentinamente hacia él, y haciendo que Draco contuviese una exclamación de sorpresa ente la apariencia del moreno, susurro:
-Porque te he visto Draco, delante de mi casa.
Y se giró de nuevo, ignorando la expresión de sorpresa del Slytherin ante su aspecto mucho más maduro, abriendo camino entre las altas hierbas. El rubio se estremeció visiblemente, y se preguntó qué clase de maldición había borrado por completo la expresión de aquellos ojos verdes, convirtiéndolos en dos duras gemas casi desprovistas de vida, y como podía ser que de repente, Harry pareciese tener más de 20 años.
