Crepúsculo y todos sus personajes no me pertenecen, yo solo me adjudico las tramas de mis historias.
Un consejo: al terminar éste capitulo, vuelvan a leer la historia toda desde el principio. prometo que no se arrepentirán, y todo tendrá más sentido ;).
Nos leemos más abajo.
SEGUNDA PARTE.
Todo razonamiento lógico desapareció a la vez de la mente de Esme. Lo único que procesaba en esos momentos eran los labios de Carlisle que devoraban suavemente los suyos, sus lenguas que parecían danzar de una manera erótica, sus manos que viajaron a su trasero y acunaba cada uno una nalga.
Esme se sintió que caía por un barranco y aprovechó esa última acción de Carlisle para sujetarse a su cuello. Él la levantó y ella enroscó las piernas al rededor de su cintura. Él era tan fuerte e imponente, que solo en sus brazos se sentía así de segura.
Carlisle se separó de sus labios y empezó a dejar un rastro de besos en su cuello, mientras ella se estiraba para que él tuviera un mejor acceso.
Estaban mojados por la tormenta, aun así ambos tenían la piel hirviendo y estaban empezando a sudar.
Esme sitió los labios de Carlisle concentrarse en el mismo punto, en el nacimiento de su cuello y soltó un gemido de placer, disfrutando de la sensación; sin importarle en ese momento que quedaría la evidencia de un chupeton. Ya mañana se preocuparía de cubrirlo para que nadie lo notara en su trabajo.
-Dime que me quieres – suplicó sin vergüenza – Necesito escuchar que me quieres, que soy lo más importante en tu vida.
-Te quiero – susurró Carlisle, mordisqueando el lóbulo de su oreja. Y sonó tan sincero, tan enamorado – No podría vivir sin ti.
-Yo también te quiero – debería ser algo que lamentaría, ¿Pero cómo negaba lo que su corazón gritaba con cada latido? - Que Dios me perdone, pero te amo y no puedo evitarlo.
Carlisle la llevó a su escritorio y la sentó en una esquina, con un movimiento del brazo arrojó todos los papeles que estaban encima, como si no tuviesen importancia.
-No lo evites – consoló Carlisle, sabiendo perfectamente lo que ella estaba pensando.
Las palabras sobraron mientras ambos hablaban con su cuerpo.
Él se dedicó a desvestirla con una lentitud embriagadora. Primero el jersey y los pantalones. Cuando se hubo quedado solo con su ropa interior, Carlisle dejó un rastros de besos en toda su piel, no quería dejar desatendida ninguna parte. Esme arqueó la espalda cuando él llegó a su ombligo y lo rodeó con su lengua, al mismo tiempo que sus manos hacían desaparecer sus bragas.
-Estás tan húmeda – dijo él con satisfacción, introduciendo dos dedos en la intimidad de Esme – tan lista para mi.
-Siempre lo estoy – contestó Esme en un jadeo, acariciando los cabellos de Carlisle, que aun se mantenía ocupado con su vientre – Oh – abrió mucho los ojos cuando sus dedos empezaron a juguetear con su clitoris – Oh Dios.
Carlisle sonrió con ironía, y fue otra vez hacia su cara para besarla, absorbiendo con sus labios el grito de placer que sus dedos le estaban proporcionando.
-No, Dios no está. Soy solo yo – dijo con picardía y una sonrisa arrogante, que aun así sabia que a ella le encantaba.
Y no lo decepcionó porque Esme rió y con sus manos enmarcó el rostro de él.
-Calla y besame – fue mitad una orden, y mitad un súplica.
Él obedeció, y la necesidad de su cuerpo se volvió insoportable. La costura de sus pantalones estaban a punto de ceder. La necesitaba, la necesitaba ya.
Soltó rápidamente los botones de su camisa y la arrojó al suelo sin ninguna contemplación. Se apartó de ella y se empezó a sacar sus pantalones.
-Estoy demasiado vestido, ¿No te parece? - comentó.
-Completamente de acuerdo – contestó Esme, devorando con la mirada su perfecta anatomía.
-Perdoname que no sea capaz de complacerte como te mereces, Esme – se disculpó Carlisle, mientras con una de sus rodillas separaba las piernas de ella – Pero ya no puedo esperar más para estar dentro de ti.
-Me complaces – aseguró ella, apoyando sus manos sobre las caderas de Carlisle y guiando su protuberancia a su interior – Y yo también te necesito dentro de mi.
Con esa afirmación, cualquier rastro de auto-control que pudiera quedar en él se desvaneció, y con una fuerte embestida la penetró. Por un segundo Esme sintió una pequeña punzada de dolor, pero de inmediato ésta dio paso al placer cuando el interior de su cuerpo se amoldó perfectamente a su miembro.
Enseguida empezaron a moverse en un ritmo ancestral, que los liberaba más con cada segundo que pasaba. Carlisle volvió a besar su oreja, mientras ella acariciaba su cuello y espaldas con las manos.
-¡Oh, Carlisle! - gimió Esme, al sentir que ya estaba cerca del clímax.
-Te amo – le dijo Carlisle en medio del momento, sintiendo los espasmos de las paredes de Esme alrededor de él, había llegado.
-Yo también te amo – contestó Esme. Y fue hermoso pensar en que esa declaración llegó en el mismo momento en el que él también llegó a la satisfacción.
Carlisle se desplomó encima de Esme, los dos respiraban con dificultad.
-Eres – intentó decir Carlisle, recobrando un poco la compostura – eres la respuesta a todas mis preguntas.
Ella sonrió y continuó acariciando los suaves cabellos de la nuca de él. Giró la vista para observar el reloj de péndulo que estaba a su izquierda. Marcaba las 3:05 de la tarde.
-Ya va siendo hora de que yo me vaya, seguro que tu mujer está a punto de llegar – comunicó, intentando incorporarse del escritorio, pero el peso de él se lo impedía.
Carlisle alzó la cabeza justo lo suficiente para que sus miradas se encontraran, y le dedicó una sonrisa perezosa. Aun le apetecía jugar un poco más.
-Ven a ducharte conmigo – pidió y besó la punta de su delicada nariz – Solo una ducha rápida, por favor. Aun no estoy listo para dejarte marchar, Señora Platt.
Esme suspiró con fingida pesadez, ninguno de los dos tenia dudas de que cedería. El muy sin vergüenza sabia a la perfección el efecto que tenia en ella.
-Una muy rápida. Y solamente a ducharnos – advirtió, apuntándolo con su dedo indice.
Carlisle aumentó su sonrisa y su simple respuesta fue lamer el dedo que Esme aun tenia cerca de su rostro. Las mejillas de ella se encendieron con ese gesto.
En silencio los dos se levantaron del escritorio y se cubrieron el cuerpo con las toallas que antes Carlisle había tomado. Salieron al pasillo y fueron al baño común que estaba a dos puertas. Una de las normas no habladas que tenían era que la habitación principal era off-limit, ésta estaba reservada solo para Carlisle y su mujer.
Al cerrar la puerta detrás de ellos y descartar las toallas, Carlisle abrió el agua caliente y Esme se deshizo de su sujetador, que era la única pieza de ropa que aun llevaba puesta. Cuando el vapor del agua invadió el baño, los dos entraron en la ducha.
-Aquí están mis chicas – dijo Carlisle, inclinándose para succionar uno de los pechos de Esme – Hoy las he tenido un poco abandonadas.
Esme apoyó la espalda contra la pared y, cerrando los ojos, enroscó sus brazos alrededor del cuello de Carlisle, para evitar caerse. Se deleitaba de placer mientras él lamía, succionaba mordía y hacía lo que quería con sus pechos.
-Carlisle, tus labios serán mi perdición – lamentó.
Él rió de manera ronca y se levantó a mirarla otra vez.
-Qué curioso, porque eso es lo mismo que yo digo de tu cuerpo.
Y entonces la besó. Como acordado, solo fue una ducha, pero la intimidad hizo el momento tan especial como si hubiesen hecho de nuevo el amor. Se lavaron el cabello y el cuerpo el uno a la otra, compartiendo besos y caricias; y cuando terminaron de ducharse, con una toalla se secaron cada rincón.
-Ya me tengo que ir – volvió a repetir ella.
-Aun no – susurró el Doctor.
Esme se puso la bata, pero Carlisle no dejó que se la amarrara al rededor de su cintura, porque sus manos deseaban explorar su cuerpo otra vez.
-Eres incorregible – ella rió, intentando apartar sus manos, pero Carlisle era muy insistente. Su amor y deseo por ésta mujer eran insaciables.
Hasta que alguien llamando a la puerta del baño los interrumpió. Los dos se sobresaltaron por la sorpresa y algo de miedo; al girarse a mirar la puerta, agradecieron que Carlisle hubiese tenido el sentido común de echar el cerrojo.
-Mami, papi – llamó Edward del otro lado - ¿Están allí?.
Esme rápidamente se amarró la bata, y le pasó a Carlisle la suya, con una mirada de advertencia.
-¿Mami, papi? - volvió a llamar Edward, escuchaba movimiento pero no había recibido respuesta.
-Si hijo, un momento – contestó Carlisle.
Asegurándose de que se habían cubierto bien los cuerpos, Esme se adelantó a abrir la puerta.
Al otro lado, Edward la miraba con los ojos aun caídos por el sueño, el labio algo hinchado por la pelea de antes y aun rodeado de chocolate, y la mano que llevaba los dedos vendados apretándose la tripita.
-¿Cariño, qué ocurre? - le preguntó Esme con preocupación, cuando notó que su piel estaba algo verde.
-Mami, me duele la barriga – le contestó con un gemido.
-Oh cariño, ven aquí – Esme lo cogió de la mano y acompañó dentro del baño.
Él se sentó en la taza, mientras ella mojaba una toalla pequeña para la cara.
-¿Qué ocurre? - preguntó Carlisle, apartando con la mano los cabellos de su hijo de sus ojos.
-Le duele el estómago – contestó Esme, limpiando con mucho cuidado el rostro de Edward – Exactamente, ¿Cuánto helado comiste? - le preguntó al niño.
Carlisle carraspeó la garganta, sabiendo que pronto sería reprendido.
Edward se encogió de hombros, después del tercero había perdido la cuenta.
-No me acuerdo – aunque por el rosado de sus mejillas, sabia que se había puesto en problemas con mamá.
Porque cuando se trataba de dulces, ella tenia la norma de que dos a la vez era el máximo.
Esme miró a Carlisle con enfado, y se acercó a él para que Edward no escuchara lo que le tenia que decir.
-Por el amor de Dios, Carlisle – siseó – Se supone que eres doctor, Edward acaba de estar refriado. ¿Cómo se te ocurre dejarle comer tanto helado?.
Carlisle intentó encogerse de hombros, como si la respuesta a su pregunta fuera muy obvia.
-Quería que se animara después del día que tuvo.
-Con un solo helado, o con dos como mucho, te aseguro que ya hubiese estado contento – se interrumpió para cerrar los ojos y suspirar con resignación – Algún día vas a tener que aprender a decirle que no.
Carlisle sonrió con inocencia y Esme desistió de reprenderle. Edward podía haber heredado de ella la pigmentación de su piel, cabello y ojos, pero las expresiones y los gestos eran los de su padre. Carlisle no sabia cómo negarle nada a su hijo, y ella no sabia cómo negarle nada a él.
Hace algún tiempo ya había aceptado la realidad de que en la educación de su hijo, ella jugaría el papel de la policía mala.
-Edward, cariño – lo llamó – baja a la cocina para que papá te de algo para el dolor.
-Si, mami – replicó Edward, acercándose a su padre que lo cogió en brazos.
-Y tú, Super papá – le dijo a Carlisle – ve a ocuparte de tu hijo, mientras yo organizo un poco aquí arriba. En la nevera está la sopa de patatas que dejé hecha ésta mañana.
-Está bien – asintió Carlisle.
Esme fue hacia ellos y depositó un beso sobre la frente de Edward, que al estar en los brazos de Carlisle, se encontraba a su misma altura.
-¿Cómo te sientes los dedos, bebé? - le preguntó.
-Ya no me duelen – aseguró.
-Que bueno, mi vida. Ahora anda, ve con papá.
Antes de salir, Carlisle la besó en los labios y susurró cerca de su oído algo solo para ella.
-Tú y yo aun no hemos acabado, señora Platt – sonrió al ver las mejillas escarlatas de Esme, y con eso se dio la media vuelta y salió al pasillo – Vamos Edward, que con el jarabe que te va a dar papá te va a dejar de doler el estómago – Prometió – Tenemos que asegurarnos que mamá está contenta, porque si ella está contenta …
Dejó la frase al aire, y Edward la terminó por él.
-Todos en casa estamos contentos.
Esme negó la cabeza en un gesto de resignación y se agachó a recoger los paños sucios que estaban en el suelo del baño. Los llevó al cuarto de la colada, que estaba justo al lado. Se dirigió a la biblioteca a limpiar todo el desastre que habían dejado con su infidelidad.
Al entrar, lo primero que volvió a llamar su atención fue la foto de Carlisle y ella, el día que se casaron. Siempre ha sido el punto central de la estancia. Los dos se veían tan felices y
enamorados …
Esme sonrió, dichosa al pensar que después de once años casados y quince juntos, la llama entre ellos era incluso más fuerte.
Se agachó a recoger su jersey y la camisa de Carlisle, que seguían en el suelo, y agrandó los ojos ante lo que se encontró.
-Carlisle, eres una bestia – murmuró para sí, divertida. En cuanto algunos botones de la camisa de él se había descocido de la tela, con las prisas con las que se la sacó.
Y es que era verdad, en esos momentos sus actos eran algo más primitivos y elementales. Se llevó una mano al cuello, cubriendo la marca que había dejado allí con sus besos, y un suspiro de satisfacción se le escapó.
Hacer el amor con Carlisle siempre había sido fuera de éste mundo, pero los momentos de clandestinidad los hacían aun más excitantes. Cuando ella era solo la maestra de su hijo se volvía en alguien prohibida, y eso llevaba el acto a otro nivel completamente superior.
Su cuerpo siempre se llenaba de anticipación cada vez que él tenia un día libre entre semana.
Acomodó todos los papeles que él había tirado, sobre el escritorio, y antes de salir se aseguró de que no había dejado nada fuera de lugar. Cuando Edward viniera a hacer los deberes más tarde, no quería que encontrara ningún rastro de lo que sus padres habían estado haciendo en ese lugar.
¿Quién lo hubiese pensando que hace once años atrás, cuando ella tomó la decisión de seguir llevando el apellido de su familia, en lugar de adoptar el de él, hubiese jugado tan bien a su favor?.
A pesar de su gran amor por Carlisle, cuando se casaron, ella quiso conservar algo de autonomía. Naturalmente que adora estar casada con él, se trata del amor se su vida; pero los Cullen son la familia más influyente, no solo del pueblo, sino que tienen también cierta relevancia en todo el Estado, y ella no quería que la gente asociara sus méritos y logros profesionales a su apellido de casada. Además que estaba muy orgullosa de su propia familia y sus orígenes, así que Carlisle la apoyó en sus deseos.
En el pueblo todos sabían que eran marido y mujer, pero se les conocía como el Doctor Cullen y la señora Platt de Cullen.
Unos meses atrás, cuando su hijo empezó segundo grado, ella se convirtió en su maestra. En ese momento Esme se encontró en un dilema, no quería que a Edward lo marginaran porque ella era su madre, o que le acusaran de ser el preferido de la clase; pero ella era la única maestra de segundo, y no había la opción de cambiarlo de clase.
En ese momento el hecho de que Esme llevara un apellido diferente a suyo se volvió útil. Eso simplificaría las cosas para su bebé, y le daría una cierta independencia. Así que aunque todos sabían que era su hijo, dentro de la escuela ella era "La señora Platt", y fuera de ésta mamá, o mami, como aun le llamaba.
Lo mejor de todo vino cuando Carlisle una noche sugirió que sería divertido tener una relación clandestina con la maestra de Edward …
Fue a su habitación a vestirse. Después de ya se hubiese puesto la ropa íntima y unos pantalones, entró en el armario a buscar una camisa. Entonces sintió a su marido que le apartaba el cabello del cuello, y lo besaba con ternura.
Esme cerró los ojos y apoyó la espalda sobre el pecho de Carlisle.
-Me quedé esperando a que nos alcanzaras en la cocina, pero no llegaste – le dijo él.
Ella sonrió y se giró a encararlo.
-Es que tenia que organizarlo todo, antes de que tu mujer llegara y se encontrara con el desastre que dejamos – bromeó.
Carlisle rió y la besó.
-Ah, si. Entonces has hecho bien – le siguió el juego – Amo mi mujer, pero cuando se enfada tiene un carácter de los mil demonios.
Esme lo miró con una fingida expresión molesta.
-Carlisle, ¿Sabes que en éste momento soy tu mujer, no?. Ya no soy más la señora Platt. No te adentres en un terreno peligroso.
Carlisle depositó un último beso sobre sus labios, y se fue a su parte del armario.
-Mi amor sabes perfectamente que te adoro, tanto a ti como a la señora Platt. Pero eso no quiere decir que no te conozca y sé cómo eres – cuando notó que ella lo estaba mirando con el ceño fruncido, él le sonrió – Tranquila, que amo cada una de las facetas de tu carácter.
Su corazón brincó, como siempre lo hacia cada vez que él le decía que la amaba. Y correspondió a su sonrisa.
-Yo también te amo.
Escogió una camisa rosa y se la puso. Carlisle se estaba abrochando los botones de su propia camisa.
-¿Así que yo digo que eres un tramposo? - preguntó Esme como si nada, recordando lo que él le había dicho antes en el coche.
Carlisle se encogió de hombros, con fingida indiferencia.
-Te escuché el otro día – aunque había algo acusador en su tono de voz – Le dijiste a Edward que no querías que él fuera tan mal perdedor como yo.
Esme puso los ojos en blanco.
-Carlisle, te he visto desarmar un cubo de rubik para poner los colores en orden.
-Eso no es trampa, es solo jugar con inteligencia – se defendió.
-Llámalo como tú quieres, que en el resto del mundo es hacer trampas y ser un mal perdedor. Vas a tener que aceptar esposo mio, que tú también tienes esos defectos que yo amo con locura, al igual que tus virtudes.
Carlisle fue hacia ella y besó su cuello, antes de susurrar en su oído.
-Eso ha sido muy cursi – bromeó, buscando provocarla.
Esme decidió ignorar ese último comentario. Lo conocía demasiado bien.
-¿Dónde está Edward? - cambió de tema.
-Comiendo su sopa, delante de la televisión. Le dije que enseguida bajábamos tú y yo.
-¿Entonces qué estamos esperando? - tomó su mano y empezaron a encaminarse a la salida de la habitación.
-Esme, quitame una curiosidad – ella lo miró – Cuando hablé con Edward para que me contara lo que había ocurrido en la escuela, me dijo que después de que tú lo abrazaras y le dijeras algo al oído, él se sentía mucho mejor.
Esme asintió.
-¿Qué fue lo que le dijiste?, porque él me contestó que era un secreto.
-Que como su maestra estaba un poco molesta con él. Pero a pesar de todo, como su madre estaba orgullosa de que hubiese salido a defender a otra persona.
-Tenemos un buen hijo, ¿Verdad? - comentó Carlisle con sus ojos brillando también él de orgullo.
-Eso es porque nuestro hijo se parece a ti.
Carlisle se acercó la mano izquierda de ella a los labios, y besó el dedo en el que se encontraba su anillo de matrimonio y compromiso.
-Hemos sido afortunados.
Esme estuvo de acuerdo.
-Si, muy afortunados en todo – pensó en voz alta.
Antes de que empezaran a bajar las escaleras, Carlisle la atrajo a sí y le robó un apasionado beso. Edward ya empezaba a encontrar asqueroso las demostraciones efusivas de afecto en público de sus padres.
-Dios Esme. Cómo voy a echar de menos cuando dentro de unos meses Edward pase a tercer grado. Extrañaré los encuentros secretos que tengo con la maestra de mi hijo.
-Estaba pensando … – Esme llevaba un tiempo dándole vueltas a ésta idea en la cabeza - ¿Qué opinarías tú de una mujer que tiene una aventura con su doctor?.
-Podemos volver a mi consultorio en el hospital.
-Si, haces ya un tiempo que lo tenemos abandonado.
Carlisle elevó una ceja, con gesto seductor.
-Definitivamente, eres una mujer con muchos recursos.
-¿Te gusta? - aunque ya sabia la respuesta.
-Hazme saber la próxima vez que te encuentres mal …
FIN.
¿Y bien?, ¿Qué les pareció?. Como ven ya pueden respirar tranquilos, que ninguno de los dos son unos adúlteros. A que ahora ya no me odian tanto :P. La verdad es que al inicio tenia pensando que la historia iba a ser un one shot, pero se estaba volviendo demasiado largo y decidí dividirlo en dos partes.
La serie en la que me inspiré es "Modern Family" (una de las más divertidas del momento, si alguien quiere saber mi opinión), concretamente en los personajes de Phil y Claire, que una vez al año (en San Valentín) fingen ser otras personas, y se encuentran para tener una relación clandestina. Por si a alguien le interesa.
Espero solo que les haya gustado, y no se olviden de dejarme un comentario.
Besos, Ros.
