With every breath that I am worth
Here on earth
I'm sending all my love to you
So if you dare to second guess
you can rest assured:
That all my love's for you.

—Lαst night on eαrth, Green Dαy.


Advertenciα: Sweet lemon.


Lαst nigth on eαrth

II

Desire

La fuerte ventisca que le dio la bienvenida en el puerto de Hakodate provocó que sus cabellos caoba se azoten contra su cara como pequeños látigos. Aun bien entrada la primavera, el invierno se resistía a desaparecer sin antes dar pelea. Chizuru sonrió porque, sin darse cuenta, aplicó esa misma analogía a aquella persona por la que se embarcó hasta allí.

—Es aquí en donde nos separamos, Chizuru-chan —le dijo con voz suave la menuda mujer que fue su compañera de viaje—. ¡Adiós!

—Fue un placer haberla conocido, Katamori-san —se despidió Chizuru, pero la mujer ya se marchaba a paso rápido.

Chizuru volvió a leer la carta que el señor Ōtori le había enviado. Sus ojos se fijaron en cada kanji estampado en el pergamino; se detuvieron en una dirección y la leyó cuidadosamente hasta aprendérsela de memoria. Luego, dobló cuidadosamente la carta y la guardó entre sus ropas.

Sus pies le urgían moverse. Emprendió con pasos firmes su camino.

Alguien la estaba esperando.

—*—

Oyó unos golpecitos en la puerta de roble; ni siquiera desvió la mirada de los papeles para responder:

—Ahora no. Estoy ocupado. —Seguramente era algún mensajero anunciando la llegada de la pesadilla en barcos de guerra. Tomó un pincel y lo embadurnó en tinta, dispuesto a estampar su firma en un documento.

—Yo, Yukimura Chizuru, me presento ante el vice-ministro de armas a cumplir con mi misión. —Allí, vestida con ropas occidentales, estaba ella. ¿Tanto anhelo lo estaba haciendo alucinar?

—¡Chizuru! —Se levantó de la silla, sobresaltado.— ¿Qué haces aquí?

—Estas son mis órdenes, Hijikata-San —respondió la joven, extendiéndole el pergamino.

¡Dioses! Era real y estaba frente a él. Sin embargo, mudó su expresión de sorpresa a una adusta.

—Yo no he dado esas órdenes —dijo, intentando sonar gélido—. Tómalas y vete, Chizuru.

La muchacha sonrió con simpleza y partió en pergamino en varios pedazos.

—¡¿Pero qué haces?! —preguntó, anonadado.

—Olvida las órdenes; llegué aquí por mis propios pies. —Fue la simple respuesta de la joven.

Él clavó su mirada en algún punto lejano de la pared.

—¿Crees que un hombre que arrastra a sus subordinados a la muerte merece los cuidados de una mujer? —inquirió.

—Ese es el problema, Hijikata-san —respondió la muchacha—. ¿Por qué piensa que todo el peso debe recaer sobre tus hombros? Ellos —Se llevó una mano al pecho.— me pidieron que cuide de ti. ¡Como miembro del Shinsengumi debo cumplir con mi misión!

Hijikata suspiró y se acercó a la muchacha.

—Me rindo. No puedes vencer a una mujer de Edo. —Se acercó más a ella y la abrazó. ¿Desde cuándo le dolían tanto los huesos? Que importaba; ante el contacto con ella, el dolor desapareció.

—Desde que me alejé de ti, todo ha sido dolor —confesó.

—Por favor, Hijikata-san, ¡déjame compartir tu dolor! ¡No lo cargues solo! —pidió la muchacha.

Él tan solo estrechó el abrazo dándole un sí implícito a la muchacha, quien lloraba dulcemente sobre su pecho.

—*—

La luna hacía su majestuosa aparición en medio de un cielo estrellado cuando Hijikata, con un rictus amargo en los labios, le informó a Chizuru sobre la retirada. Apenas alcanzó a decírselo, cuando un dolor conocido le invadió el cuerpo, dejando a la figura de Chizuru tan difusa como los recuerdos de su juventud perdida en el vendaval de la guerra.

—Estoy llegando a mi límite. —Intentó forzar una sonrisa que terminó en una mueca de dolor.— Si tan solo pudiera soportarlo un poco más para ver el fi…

—«¿Un poco más?» —repitió Chizuru, con voz dolida— . ¡Por favor, no vuelvas a repetir! —Se dio vuelta y desanudó el moño de su camisa dejando su nívea nuca al descubierto.— Bebe de mi sangre, por favor.

—Lo siento —murmuró el Fukuchō haciéndole una pequeña incisión en la piel. La sangre se deslizaba suavemente por el cuello de la joven. La asió desde atrás mientras su lengua se deleitaba ante el placer culposo que le provocaba el dulce sabor de aquel elíxir.

«Pues lo siento, la tendrás que buscar en otra parte, ella es mía y no pienso cedérsela a nadie».

Abrió los ojos. Estaba de cara a la espalda de Chizuru, abrazándola. «Mía». Nunca antes se había detenido a pensar en la connotación de aquella palabra.

«Mía».

Ella, quien le había acompañado siempre. Ella, quien había atravesado el mar solo para verlo, y ella, quien le ofrecía su savia para que su vida se prolongara un poco más.

Ella era suya. De alguna manera, lo era.

Un nuevo sentimiento surgió en el Fukuchō luego de aquella epifanía.

Deseaba algo más que su sangre… la deseaba a ella.

—*—

La hecatombe seguía su inflexible camino a pasos agigantados. Pronto llegaría a ellos; un puñado de simples hombres que seguían firmes en sus ideas.

Recostado contra la pared de su oficina, Hijikata Toshizō observaba a la luna al tiempo que se preguntaba cuántas veces más soportaría ver a la tierra teñirse de sangre.

—Mañana todo esto será un campo de batalla, Chizuru, ¿en verdad…?

—¡Permaneceré a tu lado! —Lo cortó con voz firme.

—No puedo ser frío si te comportas así conmigo todo el tiempo —suspiró—. Durante mucho tiempo creí que, cuando mi deber para con el Shinsengumi acabara, podría morir en paz. —Cerró los ojos.— Pero ahora tengo un motivo de vida, algo que proteger: Tú. Probablemente me he enamorado de ti. No, estoy enamorado de ti, Chizuru. —Cuando abrió los ojos, vio que las lágrimas corrían libres por el rostro de Chizuru. Se acercó a ella y la abrazó con fuerza.

—Que bueno es oír… que quieres vivir —farfulló la chica con emoción.

—No te dejaré escapar, tenlo en mente, Chizuru. —Y, como afirmando sus palabras, la abrazó con más fuerza.

Ella levantó el rostro hacia él. Los labios de ambos se encontraron. Estrecharon más su abrazo hasta confundirse en una sola sombra ante la temblorosa luz de la lamparilla.

Hijikata cortó el beso maldiciendo en silencio el reclamo de sus pulmones por oxígeno. Chizuru posó tímidamente una de sus manos en medio del uniforme y la camisa del Fukuchō. Subió la mano hasta la corbata de Hijikata y la dejó descansar sobre sus pómulos después.

Él le respondió colocando las manos en su espalda, provocando que todos los nervios de su espina dorsal de Chizuru aúllen en señal de aprobación.

—¿Estás segura? —inquirió.

La chica sintió con la cabeza y él desanudó el moño del uniforme, dejando expuestas las vendas de la joven.

Con los uniformes a medio camino entre sus cuerpos y el suelo, Hijikata llevó a Chizuru hasta el diván. La trémula luz de la lamparilla, mezclada con la de la luna, daba a sus pieles un tono indefinible.

Chizuru estaba sonrojada. Ella sabía que él era un guerrero, lo que ignoraba era que encontraría sus heridas de guerras tan atractivas. Posó su dedo índice en una de ellas, trazando una suave línea con el. Hijikata cerró sus amatistas disfrutando de la virginal caricia que ella le regalaba.

Cuando abrió los ojos, pudo apreciar que los años no habían pasado en vano por la tímida muchacha. Debajo de las vendas blancas que cubrían su torso, se podía vislumbrar un poco de su encanto femenino. Con un suave movimiento, acercó las manos a la espalda de la joven, atrayéndola hacia él. Con total parsimonia, como quien desenvuelve un regalo, sin sobresaltos, quitaba las vendas. La pureza de la tela reflejaba la propia pureza de ella. Blanca rosa casta, que pronto sería suavemente cortada.

Se maravilló ante la visión de aquellos senos pequeños, pero espléndidos, como naranjas maduras, de botones rosas cuales frutas exóticas. Hundió su nariz en medio del abismo entre esas obras de los dioses, aspirando con ansiedad el olor a ella; bajando con suavidad por su piel tersa, para finalmente posar sus labios sobre el ombligo, haciendo que Chizuru gimiera con sutileza.

Levantó la vista solo para admirar el carmín que cubría sus mejillas y a sus ojos brillantes.

Con el dedo índice, recorrió la depresión entre sus senos, bajó por su abdomen y dibujó un círculo alrededor de su ombligo. Siguió su camino hasta toparse con la tela que lo separaba de su feminidad.

Volvió a mirarla a los ojos al tiempo que tomaba con suavidad la mano de ella que, posada en su rostro, le daba una caricia torpe y tierna a la vez, propia de su inexperiencia.

Debía ser paciente. Él tenía una vasta experiencia, pero ella era tan pura como una flor de cerezo blanco. Quería que aquella experiencia fuera imborrable para ella.

La instó a seguirle el ritmo y ella bajó con timidez la mano que acariciaba su rostro hasta el hombro donde descansaba aún una parte del uniforme, que se deslizó como cascada hasta el suelo. Chizuru se inclinó y le dio un cándido beso en la clavícula, Hijikata volvía a cerrar sus ojos ante la caricia y, en ese momento, un negro pensamiento lo asaltó.

—Podríamos morir mañana —le susurró al oído—. Mírame, Chizuru, prometí protegerte y ahora…

—Por favor, Hijikata-san —lo acalló posando un níveo dedo sobre sus labios—. No digas eso.

—Esta podría ser la última noche sobre la tierra —dijo atrayéndola hacia sus brazos.

Sintió la piel de Chizuru erizarse ante el contacto de sus manos con su espalda y él no pudo evitar ocultar sus gozo ante el choque de sus senos desnudos contra su tórax.

Entonces ella se dejó llevar por sus innatos instintos. Estaba totalmente entregada. Su sueño sería cumplido. Sería él quien cortara la flor de su inocencia. Depositó un beso tibio en el abdomen del samurái antes de recostar su cabeza en el diván.

El Fukuchō retiró la última prenda que le quedaba a la muchacha. Se mordió los labios, reprimiendo un gemido, ante la perfecta visión del cuerpo de la demoniza. Paseó sus amatistas por el cabellos suelto que adornaba el diván con su color de madera lisa; por sus ojos brillantes cargados de amor y entrega; por los labios rojos que parecían murmurar una súplica; por la piel de leche de su cuello que, tantas veces, había saciado su sed; por sus senos de sendos botones rosas, erguidos cuales minúsculos soldados en guardia; por su ombligo sin defectos que se movía al compás de su agitada respiración...

Bajó un poco más la mirada para encontrarse con su feminidad expuesta a la platinada luz de la luna, que se colaba por algún recoveco de la ventana.

—Chizuru —murmuró.

Ella no le respondió con palabras. No hacía falta, su instinto femenino le susurraba en silencio lo que debía hacer.

Separó sus piernas con sutiles movimientos. Él pareció entender el mensaje, porque acarició sus caderas, bajando despacio hasta los muslos, con caricias en forma de ardientes espirales en una Chizuru que retozaba como un gatito y gemía con sutil y placentera voz.

Colocó su cuerpo sobre el de ella, cuidadosamente, mirándola a los ojos, pidiéndole tácitamente permiso para acceder a su cueva. Ella le sonrió y le besó en los labios. Un sí murió en ellos, pero fue más que suficiente para él.

Una lágrima se escapó de la comisura de uno de sus ojos marrones. Instintivamente estrechó el abrazo que le daba a su querido, hundiendo las uñas en su piel.

Hijikata la miró y vio a aquella lágrima rebelde perderse en su rostro. Supo que a pesar de su delicadeza, la primera entrada le había causado dolor. Besó su rostro y le secó la lágrima.

—Hi- Hijikata-san —farfulló ella con voz quebrada.

—No digas nada, Chizuru —respondió él—. Pronto pasará.

¿Cuál era ese hechizo? ¿Qué magia produjeron aquellas palabras e hicieron que el dolor inicial rotase en aquel sentimiento desconocido?

Las lágrimas acudían puntuales a sus ojos. Pero eran distintas, producidas por un sentimiento desconocido. El sentimiento de tener dentro de su ser al hombre que más amaba en toda su existencia. ¿Qué eran esos movimientos involuntarios de su pelvis? ¿Qué significaba el sonido de su propia sangre bullir como el mar tempestuoso en sus oídos? ¿Por qué todo a su alrededor desaparecía y sólo la imagen de él estaba presente? El gemido que pugnaba por salir de su garganta finalmente terminó en forma de un cálido vaho en el lóbulo de la oreja de su amante.

Por los sutiles cambios en el cuerpo de la joven y el gemido de placer que le regaló a sus sentidos, el Fukuchō se animó a más. Aumentando paulatinamente sus movimientos en una danza más antigua que el tiempo. Chizuru le respondía con gemidos y caricias cada vez más apasionadas y con miradas entre tímidas y lascivas. Con cada segundo que pasaba, la veía más hermosa y más entregada. La luna que se colaba sin pudor, parecía guiñarles el ojo, como silenciosa testigo de sus vaivenes de pasión.

Ambos ignoraron la savia carmesí que brotaba de ella, llevándose a hilitos, la flor de su pureza.

Estrecharon su abrazo intentando fusionarse para siempre. Nada había más allá de aquella habitación, de sus cuerpos unidos, más allá de ellos que flotaban en medio de una tempestuosa burbuja de pasiones y sentimientos.

Una sacudida y un gemido al unísono les indicaron que habían tocado juntos el Nirvana.

Permanecieron juntos, piel con piel. Ella tenía la cabeza apoyada en el pecho de él. Pensaban que si morían en ese instante, todo habría valido la pena, pero ninguno lo decía en voz alta. No había necesidad de mediar palabras en donde el silencio se convertía en un valse al ritmo de los latidos de sus corazones.

Así sorprendió el alba a los dos amantes. Chizuru levantó la cabeza y sus ojos se toparon con los orbes amatistas llenos de sentimientos hacia ella.

—¿Estás bien? —le preguntó él besándola en la mejilla.

—Sí —musitó la chica.

—¿Estás arrepentida? —inquirió el pelinegro.

—Jamás lo haría, Hijikata-san.

—Anoche te dije que no te dejaría escapar jamás. Cuando esto termine, estaremos juntos para siempre.

La chica lo miró emocionada.

—¿Es una promesa?

—No —replicó él sorprendiendo a la muchacha—. Es un juramento: juro que cada aliento que valga la pena sobre la tierra, será para ti —declaró solemne.

Cuando salió de aquella habitación, Hijikata Toshizō tenía dos motivaciones que hacían que su cabeza se elevara augusta y sus pulmones se llenaran de energía vital.

Su país y sus ideales.

Y el juramento hecho a Chizuru.

—*—

Pasó los dedos por las últimas palabras que había escrito hacía tanto tiempo.

«No todos los guerreros ven el final de la guerra», pensó.

E Hijikata no pudo. Un rictus amargo amenazaba con tomar sus facciones, pero inmediatamente recordó que algunos sí lo habían logrado.

Saitō y Shinpachi pudieron.

Y rogaba a los dioses porque el rumor de que Harada estaba vivo, en algún lugar de China, fuera verdad.

«¿No la ves, Hijikata-san?, es la bandera que todos ayudaron a levantar.»

Recordó sus propias palabras. Eran ciertas. Sus sacrificios no fueron en vano. En una de las paredes del consultorio, una gran bandera del Shinsengumi se destacaba. Era uno de sus tesoros, el recuerdo de aquel tiempo que jamás volvería a vivir.

—¿Otra vez leyendo tu Diario de Guerra, madre? —Chizuru se sobresaltó. Detrás de ella, Toshi la miraba con curiosidad.

—¿Cuánto tiempo estuviste espiándome, Toshi? —rebatió ella.

Toshi frunció el ceño. Con quince años y esa expresión, era la copia viva de su padre.

—Mamá —dijo tomando una silla del consultorio y sentándose en ella—. Te conozco. ¿Sabes qué día es hoy?

—19 de junio —respondió Chizuru, adivinando lo que vendría luego. A su hijo no se le escapaba detalle alguno.

—Exacto —dijo, clavando sus amatistas en ella —. Desde que tengo uso de razón, lees tu Diario cada 19 de junio antes de embarcarnos hasta Hokkaidō para visitar el monolito de padre. ¿Por qué?

Era cierto. Siempre leía su Diario de Guerra cada 19 de junio y desde que Toshi cumplió diez años, lo llevaba a visitar el monolito de Hijikata, rezarle a su alma y vaporizar incienso en el atardecer del 20 de junio.

Guardaba su Diario de Guerra bajo siete llaves desde que lo descubrió a los nueve quitándolo de su gaveta con una habilidad que hasta Yamazaki envidiaría. Estaba a punto de leerlo cuando se lo quitó de las manos aduciendo que de mayor lo podría leer y entender a cabalidad.

Con un sonoro suspiro de alivio, se felicitó por no haber escrito en él, al menos explícitamente, sus sentimientos hacia Hijikata, ni las veces que él bebió de su sangre y mucho menos, sobre su última noche sobre la tierra.

—Mamá. —Toshi la sacó de sus cavilaciones.— Estás tan roja como un tomate. ¿Qué te pasa?

—¡Nada! —respondió con rapidez.

Toshi la miró suspicaz.

—Estoy seguro de que recordaste algo.

Se sonrojó más. ¿Tan evidente era?

—Como sea, vámonos. —Le tendió la mano.— El barco está por zarpar.

«Hijikata-san no morirá ni aunque lo maten.»

Hay cosas que nunca cambian.

.

.

.

.


—¿Se merece un review?


Bitácora de Jαz: ¿Qué tal mi experimento? Espero que no me haya salido de la raya. No me considero escritora de relatos eróticos, excepto por un fic suelto por ahí y un par de originales, nada.

«Erised» y «Desire», son la misma cosa. Los fans de Harry Potter lo van a reconocer de inmediato, supongo. Es una referencia al Espejo Oesed y básicamente representa el deseo de Hijikata y Chizuru como si ambos fueran el reflejo del otro.

La idea del Diario de Guerra de Chizuru me vino a la mente pensando en los relatos en «voz-off» que hacía durante toda la serie.

«Hijikata-San no morirá ni aunque lo maten». Frase que se me ha quedado grabada en la mente. En cierta forma, el Hijikata histórico lo logró.


Gracias a Hopeless Mirai por pervertirme (xD).


25 de junio del 2013 (¡Mi cumpleaños!).


Editαdo el 07 de octubre de 2014, jueves. Awww! No sé, pero este me dio un acceso de ternura al volverlo a leer. Joder, estoy envejeciendo (?).