Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.
Patio de vecinos
De cuando Courfeyrac conoció a Grantaire.
Courfeyrac subió a casa notando que algo no iba bien, y no era sólo que cuando llegase no iba a recibir el, para él, cálido saludo de Combeferre, su pareja, quien estaba en un congreso fuera de Francia sobre derecho mercantil.
No. Era algo más que no llegaba a describir.
Se paró delante de la puerta de casa y empezó a rebuscar en los bolsillos.
No podía ser.
Dejó caer la mochila de tela que siempre llevaba y siguió rebuscando sentándose en el felpudo que, irónicamente, decía "Bienvenido".
Se le habían olvidado las llaves de casa.
Y para colmo acababa de recibir un mensaje de Ferre que decía que iba a llegar un día más tarde de lo previsto. No podía tener peor suerte.
O quizás no.
El ascensor abrió sus puertas para que vecino pudiera salir. Le había visto un par de veces que habían coincidido en el ascensor o en el portal. Le caía bien, le parecía simpático y encima era abogado.
— ¡Buenas tardes, Enjolras! —Saludó Courf con una sonrisa.
A pesar de que aquel no fuera su día, no tenía por qué dejar de ser educado.
—Buenas tardes, ¿esperas a alguien? —Enjolras sacó sus propias llaves del bolsillo del pantalón.
—A la Fortuna para pedirle una nueva tirada en mi rueda. —La extraña expresión que puso el vecino hizo que Courfeyrac lanzara un suspiró. Últimamente pasaba mucho tiempo con Jehan. —Se me han olvidado las llaves de casa y Ferre está fuera. Supongo que tendré que llamar a un cerrajero. O esperar a que venga el vecino de abajo.
— ¿Es cerrajero? —Enjolras todavía no conocía bien a sus vecinos más allá de la pareja con la que compartía rellano.
—No, ladrón. —La respuesta de Courf, tan seria, obligó a Enjolras a poner cara de poner.
—Bueno, mientras te decides puedes pasar a casa. —Desde luego, lo mejor era cambiar de tema.
— ¿De verdad?
—Claro, hombre.
Finalmente, Enjolras abrió la puerta de su domicilio y entró dejándola abierta para Courfeyrac.
— ¡Grantaire! —Llamó el rubio. —Tenemos visita.
De una de las puertas salió el aludido, quien miró a Courfeyrac y luego a Enjolras.
—No me digas que ahora te van los tríos.
Enjolras se llevó una mano a la frente asumiendo que su novio no tenía remedio mientras Courfeyrac lanzaba una risita de circunstancia.
