La siguiente oportunidad en la que se encontraron fue extraña. Incluso se atrevería a decir que lo había seguido o espiado. Porque no tenía cómo saber de su paradero ¿cierto?

Se había ajustado el abrigo y extendido un paraguas para no mojarse, eso al momento de salir del motel que había cerca del bar, fue entonces cuando de un solo movimiento sintió como era lanzado hacia el muro y apuntado con una pistola.

-Entrega todo-le dijo una voz tosca y trató de moverse, pero fue inútil. Lo tenía inmovilizado y lo registraba buscando su cartera y teléfono.

No pasaría más de un minuto cuando sintió que ese sujeto movía su mano sobre su cadera y luego masajeaba su trasero.

-Serás una buena almohada. La pasaré tan bien en tu culo-dijo en su oído y sintió como sudaba frío. Tenía que soltarse, él no era la puta de nadie. Se movió desesperado-así se hace, me gusta cuando se resisten-y fue cuando una mano se movió a su entrepierna. No, no, no. Eso era horrible.

Y al siguiente instante sintió como era soltado, aún temblaba contra el muro. Se giró lentamente y, a cambio, se topó con una espalda ancha que no reconoció, pero al moverse notó cómo el sujeto era golpeado hasta que cayó inconsciente y estaba seguro de que tenía la mandíbula rota.

-¿Está bien señor Stark?- no iba a reconocer ante nadie que sintió un gran alivio al reconocer a Steve Rogers como su salvador. Ni que suspiró contra el pecho del hombre cuando lo abrazó para sacarlo de ahí, que olió su colonia y amó cada gesto que tuvo con él en esos minutos, y que su gabardina era extremadamente cómoda y cálida.

-Steve-murmuró suave contra la tela del soldado.

-Señor Stark, no pueden reconocerlo ni saber que fue atacado, lo llevaré en mi moto. Tengo un casco para usted-dijo entregando el objeto y poniéndose uno él también. Todo ese tiempo habían estado en medio de la sombra del callejón al que daba la salida del motel. Por lo que, cuando salieron a la luz con los cascos puestos, fue imposible no creer que eran una pareja más que frecuentaba el lugar.

-Sujetese, lo llevaré de vuelta a su hogar.

Steve Rogers no sabía que el asiento trasero de la moto se había convertido en el sitio favorito de Anthony Stark durante esa noche.