¡Hola chicos! ¿Qué tal están? Yo con mucho calor, pues por aquí en verdad que el clima es caluroso. Puff, en verdad tengo un abanico al lado mío.
Bueno, pues les traigo la continuación de mi supuesto ''one-shot'', al principio, sí lo iba a dejar así como largo de un capítulo, pero el problema es que era demasiado largo, espero y me disculpen. El capítulo pasado lo dejé así porque justo al otro día (unas horas después) iba a salir fuera y no sabía cuanto tiempo, así que decidí dejarlo allí, solitario como mi alma n.n
Como siempre, perdón por mis faltas de ortografía, ya me voy a pagar unas clases XD, sin más que decir, disfruten.
Disclaimer: Todos los personajes aquí utilizados son cien por ciento propiedad de Hayao Miyazaki.
Para él, el tiempo se detuvo. Había estado allí acostado, no sabía cuánto tiempo. Ta vez minutos, segundos, incluso días, podrían ser incluso años. Pero afuera los días pasaban, tan perennes que parecían que se acabarían junto con el profundo universo.
Aún se encontraba acostado en sus aposentos reales, estaba más que devastado: frustrado, cansado, desesperado, triste y sin mínima pizca de energía. Completamente perdido. Sus ojos denotaban completa miseria y soledad: tristeza de la más pura. Sus músculos estaban cansados y, cada vez que hacía algún esfuerzo, casi inexistente, por al menos mover alguna de sus largas extremidades, sentía que pesaba, como si estuviera encadenado a una gran cantidad de enormes anclas, así que decidió no hacer nada desde el día que llegó ferozmente por la ventana, de aquella noche sin igual ¿Por qué? Simple. Desde aquel ''incidente'', no había visto a Chihiro, y a pesar de que se habían dejado de ver desde aquel encuentro donde apenas eran unos lindos, tiernos y valientes niños, esta ocasión no se comparaba en nada.
Cuando se habían despedido en aquel solitario túnel hace tanto tiempo, de sus tiernos labios había nacido la poética frase: ''no mires hacía atrás'', dolía y perforaba cada minúscula fibra de su ser desde lo más profundo, hasta romper sin piedad su pericardio. Haberle soltado la mano en aquel entonces, había sido lacerante, un reto sin igual, como un martirio comprendido de ejércitos de gotas salinas que amenazaban con iniciar una lluvia nacida de sus ojos, y unos segundos más, hubieran bastado para enrollarla en sus brazos y no dejarla ir, nunca. Pero sabía que eso era lo correcto, sí amas algo déjalo ir, y no es que supiera exactamente el significado de esas palabras a tan escasa edad, ahora comprendía más que bien ese hecho, porque él sabía perfectamente que la encontraría. No sabía cuándo o cómo lo iba a hacer o si al menos lo iba a lograr, sin embargo, lo haría. Ya en su mente existían qué tantas cosas iba a hablar con Chihiro el día de su encuentro, miles de preguntas lloverían sobre sus oídos cuando la encontrara. La abrazaría y no la dejaría irse de nuevo. Así había pasado, ambos, habían compartido magníficos años de amistad, hablado de infinidades de cosas interesantes: de sus vidas, sus anhelos y sus sueños, y era más que lógico que algo más que una ''simple'' amistad se desarrollara a la par que las manecillas del reloj iban dando paso a nuevos días, nuevas semanas y por supuesto, años. Ya el mismísimo Kamaji lo había predicho al hablar con Lin, la vez en que Haku había entrado desenfrenado en los aposentos del viejo de las calderas: '' ¿No lo ves? ¡Es amor!'' Cómo era posible que algo que no entendió en aquel momento lo estuviera entendiendo apenas ahora.
Amaba a Chihiro.
Más que nadie, más que su mismísima vida. Así como las plantas necesitaban del agua para vivir, el necesitaba de Chihiro para seguir brillando, y que su sonrisa siguiera existiendo para alegrar el día de cualquiera: El día de sus sirvientes estaba feliz, porque él estaba feliz, así de fácil y sencillo. Podrían estar completamente apesadumbrados y aburridos, pero la sonrisa del señor Nigihayami Kohaku bastaba para pintar el día más nublado, de resplandecientes colores que durarían hasta la eternidad, y ¿por quién? Por Chihiro.
Había una verdad, un secreto, que tal vez nunca confesaría pero que existía allí, enterrada, pero al mismo tiempo viva y latiendo desde la punta de sus pies hasta la coronilla de su cabeza atornillándola todos los días con demasía, la razón de su feliz existir, sus noches tranquilas y en paz, y el bello esplendor de su sonrisa se debía a la existencia de ella.
Y ahora, estaba muerto en vida. Se sentía demasiado culpable por lo ocurrido noches atrás en el cuarto de Chihiro. Aquella maravillosa tarde en la que observaba, no tan inocentemente, a su adorable musa de avellana cabellera y protuberantes atributos. De sólo recordar que todo marchaba de maravilla aquella acalorada noche, en la que pasaba un agradable momento con la nombrada, hasta que ésta misma lo había cambiado por otro chico, le hacía hervir la sangre y le devolvía la fuerza que según él no tenía, en un torbellino de furia sin fin, incluso si lo quería, podía ir ahora mismo al mundo humano y cortar el cuello de aquel chico que le había robado la atención de su preciosa doncella.
Sí, tal vez era excesivo y egoísta, demasiado avaro con ella, pues el tiempo se había ido encargando de amoldar, cual alfarero, su actitud pasible y tranquila de la manera más atenta y a detalle, en una parecida a la de un águila: tranquila pero segura. No sabía exactamente si eso merecía un agradecimiento, o un reclamo a la noche con sus centenares de estrellas, así que sí, era demasiado egoísta y celoso con ella. Pero él la había visto primero, la había alcanzado primero, la había reclamado primero, antes que todos y nadie. Así que eso la hacía algo así de su propiedad. Suya. O al menos era el sentimiento que gobernaba en sus entretelas cada vez que la miraba, por prolongados ratos.
Era un intenso pensamiento que hace bastante tiempo había brotado, como miles de hojas puntiagudas y brillantes, de hiedra venenosa en su subconsciente, plagándolo de miles de estas, sin querer, sin avisar, tranquilo como un lago pero inmenso como el mar, y que por la seguridad de Chihiro, había mantenido en firme cautiverio entre las paredes de alguna pequeña celda, olvidada, en lo más profundo de su ser. Sin embargo, empezó a invadir terrenos ajenos de manera potente y feroz como sí siempre hubiera estado plasmada en la faceta de su rostro, desde el día en que decidió ''acompañar'' a Chihiro a la escuela. Tal vez no le había informado a la fémina sobre que había ido todo el tiempo a unos cuantos metros de distancia mientras caminaba por los pasillos y jardines de la universidad, disfrazado de alguien completamente diferente y desconocido, pero él sentía curiosidad por el pasar de sus días, una curiosidad que tampoco sabía en qué momento había nacido, ya que sólo se veían por algunos periodos y aunque ahora más largos debido a la privacidad que había obtenido al vivir sola, nunca le eran suficientes para quedar satisfecho al observarla, su voz, su aroma y su bella sonrisa. Pero es que no pudo evitar querer asesinar a todos esos chicos que durante el día estuvieron tras ella y que le hablaban a cada minuto tratando de obtener la mayor atención posible. Por las chicas no había tanto problema, pero sentía cierta molestia por el hecho de que muchas de éstas, estaban prácticamente adheridas a Chihiro por alguna parte de su cuerpo: tomadas de su brazo, de sorpresa en su cintura (1), su cuello y no faltaba mencionar que muchas llegaban a juguetear con su largo y sedoso cabello, el que él, no había tocado ni una mísera vez en ese tiempo. Pero lo que definitivamente colmó su paciencia y le hizo huir del lugar, antes de causar una tragedia, fue ver a ese chico de negros cabellos y alta estatura, acompañar a Chihiro a su apartamento y robarle más de una sonrisa a esos preciados labios.
Era tal vez la peor persona del mundo por tener ese tipo de pensamientos por Chihiro, pero no lo podía evitar, desde que se encontraron hace cinco años, no podía e iba a evitar más, no quería hacerlo. Quería reclamarla con derecho, quería tener más de ella, quería para él todas sus sonrisas y sus abrazos, aunque sonase sin razón, quería que fueran precisamente sus hermosos y chocolates ojos los primeros que viera al despertar, quería pasar sus manos por el lacio de su cabello y abrazarla por lo alto, ya que a veces, la veía tan pequeña. Quería que el mundo supiera de su existencia, no con malas intenciones, sino tener el título de novio cuando estuviese a su lado, sujetando su mano y entrelazando sus dedos con los de ella, caminando y presumiendo a la hermosa chica que siempre había amado. No entendía, o tal vez su mente no procesaba el por qué era tan difícil decir esas dos palabras, '' me gustas''. Había hecho miles de hechizos, difíciles y complejos; siendo aprendiz de Yubaba se había arriesgado en muchas ocasiones, incluso robado y hecho miles de cosas temerarias, dicho palabras hirientes y crueles, y habían fluido de maravilla… Entonces, sí hacer lo imposible, cosas temerarias, palabras de mal gusto y hechizos complicados habían sido cosa del pasado, ¿por qué le era tan difícil sólo decir dos palabras? Tal vez, jamás lo entendería.
Pero por ahora, estaba completamente sin alguna idea de cómo mejorar su situación tan deplorable, la cual encerraba su corazón en un dolor sin remedio.
Aunque, tal vez si había alguien con quien poder hablar. Así que su corazón le cedió el poder a su cerebro, y su mente comenzó a labrar terreno, ordenando de prisa las ideas que se anclaban en el piso oceánico de su razón. Empezó a revolverse en su cama, y lo primero que su cuerpo afligido hizo, fue voltear su cabeza, la cual se había encontrado completamente pegada a su almohada como si quisiera auto asfixiarse, y su cuerpo, de igual manera, estaba boca abajo, completamente derrotado ante el cansancio de no haber dormido más que dos horas por lo ya mencionado antes. Encontró los largos pabellones aguamarina que adornaban finamente su zona de descanso y que caían como cascadas desde la parte superior. Movió con su dedo índice el que estaba frente a su rostro, el cual, le impedía la vista al exterior, y pudo observar, a la distancia —justamente en la esquina de la habitación—, la pequeña mesita circular hecha de roble y que estaba bien asentada por tres patas del mismo material, con forma de patas de león, junto a su mesa de estudio llena de libros antiguos de magia y hechicería. «Sí, aún estaba en su casa y no en algún lugar entre mundos». La pequeña y bonita mesa tenía encima una pequeña vitrina cuadrangular, perfectamente limpia que, a contraste con el sol parecía azul. El pequeño artefacto resguardaba celosamente la playera obsequiada por Chihiro años atrás, en el viaje a la playa. La había guardado allí para que mantuviera la esencia de su anterior propietaria, y que, en algún caso de no poder ver a Chihiro, ésta misma pudiera recordarle a ella… Sólo que ahora, el hecho de verla a lo lejos y pensar que Chihiro estaba molesta con él, le estrujaba el corazón. Apartó esos pensamientos y volvió a hacer activar a su parte racional. Por lo que decidió poner en marcha a su plan antes formulado incógnitamente: buscar a Riku. Utilizó la mayor fuerza que su cuerpo le ofreció, y sus manos hicieron acto de presencia. Las estiró con molestia y desgano, dudando fugazmente si levantarse sería una buena opción: sí, lo era, la única esperanza que le quedaba.
Con mucha fuerza de voluntad, levantó su torso de las finas sabanas de seda roja, provocando que sus cabellos se recogieran de su esparcimiento. Sus ojos se posaron en éstos de forma melancólica, no pudo evitar recordar el día en que había escuchado de boca de Chihiro, que los chicos con cabello largo le eran atractivos, hace algunos años —aunque claramente lo decía por Haku y él no pudo entender la referencia a su lacio cabello—, y que él inconscientemente lo había ido dejando crecer, hasta ese punto de tenerlo tan largo que aún sentado, gran parte de éste se esparcía graciosamente sobre la cama.
— ¿Ahora te gusto, Chihiro?— se cuestionó aun observando su cabello, dejando salir una triste sonrisa, hablándose sólo y únicamente a su corazón entristecido.
Como pudo, logró hacer que su cuerpo respondiera y dejara toda esa negatividad. Se movió hasta la orilla de la cama, donde con calma, bajó primero sus pies, e impulsado de sus manos, deslizó su cuerpo hasta por fin poner los pies sobre la suave y fría alfombra y, poder dejar la cama después de casi dos días acostado allí, desorientado y cansado, lo cual su cuerpo transformó en un profundo suspiro.
Muchos se habían preocupado por su estado: no había comido ni bebido nada, se rehusaba a hablar, ni siquiera respondía a la puerta y ya muchos dudaban sí en verdad se encontraba dentro. Su madre(2), fue informada del asunto y, como debió haber pasado, ni siquiera se tomó la molestia de ir a abrir la puerta, hasta que, después de muchos golpes consecutivos de parte de su madre, ésta optó por dejarlo y esperar sus próximas acciones. No exactamente un ''no me importa'', sino un ''confío en ti, cuando quieras hablar, aquí estaré''.
Caminó sin energía y dudoso hasta su baño, con el cuerpo notablemente cansado, los hombros caídos y casi arrastrando los pies. Entró con cansancio, abrió ambas llaves de agua, logrando que el vapor del agua caliente inundara el espacio y empañara el elegante espejo. Esperó a que el agua estuviera a una temperatura que no calcinara su piel, pero que tampoco le causara temblar de frío. Al haber alcanzado dicho objetivo, se despojó con tirones lo que ahora le parecía un fastidioso atuendo, dejándolo tirado en algún lugar del recinto. Se sumergió con ansia y tranquilidad sobre el agua tibia, primero una pierna, después la otra, hasta que todo su cuerpo se encontraba sumergido en la relajante agua, haciendo que un poco de ésta saliera. Recargó sus formados brazos a las orillas de la amplia tina a manera de descansar un poco, seguido, soltó otro suspiro, igual de cansado. Una gran parte de su cabello entró con él al agua, y la otra cayó hasta el suelo acariciando el fino azulejo con sutileza, cuando echó su cabeza hacía atrás.
Limpió su cuerpo con suma tranquilidad, tratando de dispersar y acomodar todas las ideas que viajaban y aterrizaban en su perdida mente. Se enjabonó y lavó con pereza su cabello, primero un brazo, después el otro. Su cuello, descendió por su pecho, sus piernas y sus pies, sin ningún orden. Sus pensamientos estaban más que alejados de la realidad, por unos segundos que no supo describir sí fueron muchos, perdió su mirar en el bonito adorno de su techo: un montón de estampados sin forma, rojos, azules, morados, rojos, verdes, círculos dentro de círculos, dentro de círculos hasta formar un ciclo sin fin.
Eran casi como ilusiones ópticas, tal vez un paisaje escondido, y no supo en qué momento lo miró tan fijamente que parecía, le daría la respuesta a todo el montón de interrogantes que no lo dejaban en paz, que le daría la solución a todos los problemas en los cuales estaba sumergido, aunque estos problemas fueran realmente uno: Chihiro.
Pero no fue así.
Cuando por fin terminó, salió un poco más animado de la tina y con la mente ligeramente más clara. Caminó descalzo y con prisa por el baño, cogió una toalla del estante, secando con celeridad su fornido cuerpo. Se vistió con lo primero que encontró en el amplio guardarropa de madera, ese día realmente no importaba como se viese o sí lucía como un príncipe o no, ese día quería arreglar las cosas, hablando.
Caminó con prontitud hasta la redonda mesita, tirando una que otra hoja de sus libros de hechizos. Llegó hasta la atildada vitrina que custodiaba con egoísmo el fino obsequio. Esta contaba con un pequeño mecanismo de seguridad, el cual, constaba de una pequeña manecilla dorada ubicada en medio de ambas puertas de la vitrina. Ésta impedía el abrir de las puertas con un seguro de brillante plata, que estaba en forma de dos dragones, uno por dentro y otro por fuera, de cada puerta, haciendo imposible abrir tanto de afuera, como por dentro. En el contorno de ésta, se hallaban los números del uno al treinta en un estilo rustico, mecanismo que sólo el entendía y que ya antes habían intentado abrir sus sirvientes, claro, con permiso del mismo Haku, que quería saber que tan eficiente había sido el ''fácil'' mecanismo.
El sistema, para él, era realmente sencillo: los números estaban del uno al treinta, pero sólo eran legítimos y funcionales veintiséis de ellos. Se podría decir que era un señuelo. Éstos representaban cada letra de alfabeto inglés, siendo el uno la ''a'', el dos la ''b'', el tres la ''c'' y así sucesivamente. Justo arriba de la perilla, estaba un pequeño triangulo rojo que apuntaba hacia abajo, era bastante parecido a los antiguos teléfonos del mundo humano, e incluso daba la impresión de un reloj, la diferencia era, que éste tenía un pizca de magia. Dio vuelta hasta que el triángulo, marcó el primer número de su clave, haciendo un sonido de campanita, ''15'', y siguió marcando cada número: ''18''- ''9''- ''8'' -''9''- ''8''- ''3'', el cual traducido sería: ''Orihihc''. El mecanismo aceptó sus números y le concedió el permiso a hurtar su interior. Como muestra de su acierto, el seguro hecho de plata, se encogió por completo, dando lugar a sólo la redonda figura con números en la orilla. Abrió con celo las dos pequeñas puertitas que obstruían el paso a tomar lo que había dentro. Sacó la tela de su transparente celda, con gran delicadeza, tratando de no arrugar los finos dobleces hechos por Chihiro, de modo que el aroma impregnado en el atuendo llegó sin aviso a sus fosas nasales, recordándole dolorosamente los sucesos ocurridos, transformando su cara de relajación recién obtenida, en una mueca de tristeza, de nuevo. La apretó ligeramente, al igual que su mandíbula, el miedo quería dominarlo de nuevo.
«No» Se dijo mentalmente. No iba a perder la poca resolución que había conseguido esa mañana.
Con su mano derecha abrió la parte superior de su vestimenta. Con cuidado acomodó y guardó con atención la playera, justo pegada a su cuerpo. De alguna manera eso lo hacía pensar que Chihiro se encontraba cerca de él, volvió a cerrar la vitrina y abandonó el lugar, haciendo del golpe de la puerta cerrada, un eco en la alcoba.
Caminó firme por los pasillos. Rápido. Sin dudar. Haciendo que su cabello danzara por el aire frío del lugar y se moviera al ritmo de su raudo caminar. Sus brazos iban tan ligeros que parecían flotar con el aire, como si la fuerza de gravedad fuera un mito. De igual manera, su oscuro kimono, el cual, —por falta de delicadeza al colocárselo— dejaba ver por la parte superior del blanquecino cuello de Haku y una parte de su formado pecho, dando lugar a que la imaginación adivinara que habría más allá, se movía alegremente, principalmente por las holgadas mangas. Todo su ser denotaba grandeza, superioridad, su rostro era bello y de facciones bien marcadas, después de todo, el tiempo para él también había pasado y no estaba de más decir que ya muchas chicas de su mundo, se le habían acercado buscando algo más que simple agrado.
No existía manera de dudar de la belleza de Haku, pues ésta misma, había cautivado a nadie más que a la mismísima Liyah Fetram(3), la princesa del mundo Glubbdubdrib(*) —el mundo de los hechiceros— de la cual, siempre se había contado que jamás en su vida había puesto sus hermosos ojos rubí en algún hombre. Era una joven hermosa que poseía un encanto único. Bastante codiciada entre muchos hombres por poseer tales características: piel tan pálida que parecía nieve, inteligencia propia de un sabio y actitud fuerte como un guerrero, además de que era amable con todos y derrochaba bondad hasta por los codos. Poseedora de un hermoso cabello, tan amarillo como el oro, tan largo como cascada, el cual acariciaba con amor el duro suelo. Toda ella imponía elegancia, después de todo era una hechicera bastante talentosa. Sí, una hechicera que cayó completamente enamorada por los ojos oliva de Haku.
Se habían encontrado, sin querer, una de las veces que Haku había estado intentado hacer uno de sus muchos hechizos para poder reencontrarse con Chihiro, y por error, había llegado a su mundo. Estuvo más de una semana en Glubbdubdrib, atrapado, y por consecuente pasó más de una semana con ella. Pudo haber regresado desde el día en que se encontraron, pero la chica no se lo permitió, ella ocupó la mayor parte del tiempo observando el perfecto rostro de Haku, el cual siempre estuvo triste, mirando por la ventana del espléndido palacio, añorando poder ver a su hermosa Chihiro. Después de haber obtenido información suficiente de él, lo dejo ir. Más tarde había ido ella misma a ver a Haku, donde lo había encontrado dormido en el jardín, completamente indefenso.
Era un enamoramiento tal vez superficial y sin sentido, pero ella sabía que le gustaba y no descansaría hasta ver a esa preciosa persona de ojos tristes a su lado, y se había prometido que sería ella, quien eliminara esa tristeza. A pesar de haber caído tantas y tantas veces en el rechazó de Haku hacía ella, no se rendiría, y al parecer, su madre no le veía con malos ojos. La mayoría del tiempo que Haku había estado buscando la forma de volver a ver a Chihiro, Liyah le había sido de mucha ayuda, ya que ella, siendo hechicera, conocía miles y miles de conjuros, tanto así, que él terminó tomándola como maestra, volviendo así, indirectamente al rol de aprendiz. Sin embargo, se podría decir que con el paso del tiempo se había formado una bonita amistad entre ambos, fruto de esa amistad, había sido el seudónimo ''Miyu'', que el mismo Haku le había obsequiado como un juego de letras con su nombre real: Hayil Martef(4). Y de vez en cuando Miyu visitaba por largos periodos a Haku en su palacio, hablaban y contaban sus aventuras, mientras paseaban por los inmensos e interminables jardines de Haku, como dos viejos amigos, era más que obvio que su madre ya le había dicho miles de veces que la chica era buena candidata para darle la felicidad de ser abuela, pero como siempre, él se había negado rotundamente, pues sabía a quién de verdad quería. Miyu era bella, sí, pero nada a lado de su Chihiro. Aunque disfrutara de pasar tiempo con ella, siempre su corazón añoraba la noche, a decir verdad, era el deseo que tenía cada vez que dejaba a Chihiro: que la noche lo acobijara en sus brazos. Esa era la belleza de Haku. La historia completa, era harina de otro costal.
Sus ojos buscaban sin cesar al hombre de cabello caoba alborotada y que vestía elegantemente su traje de pingüino: Riku, su sirviente, al que le tenía la confianza que a su madre jamás tendría, por extraño que pareciera.
Las voces y saludos de los sirvientes empezaron a recibir su presencia cortésmente, un tanto alegre por su inesperada aparición después de sus días de ausencia, presencia que robó muchos suspiros entre las mucamas, ya que Haku estaba vistiendo ligeramente más ''descubierto'' de lo habitual.
—Kohaku-sama, buen día. — dijo la primer sirvienta que lo observó al salir, él llevaba su semblante frío y falto de sentimiento, no había rastro de alegría en su mirar y sus ojos estaban apagados. Aunque con el tiempo sus ojos se habían vuelto más afilados y hermosos, ahora parecían los mismísimos ojos de un guerrero a punto de emprender batalla.
— Hm. — fue su respuesta, sólo un sonido salido con desgano de su garganta.
— Buenos días Kohaku-sama— dijeron dos chicas haciendo una reverencia ante su rápido caminar.
— Hm. — de nuevo. Pero esta vez se detuvo, para impresión de las sirvientas, justo enfrente de ellas — Aiko— dijo con voz grave, de modo que la resplandeciente piel con pecas de la uniformada dueña de dos coletitas negras y baja estatura, se tornaron de un color carmesí en sus mejillas, haciéndola estremecer en su interior: era la primera vez que el príncipe le llamaba por su nombre, de esa forma. Añadiéndole que sus ojos estaban fijos en los ajenos de la chica, en su interior se sintió consumida por esos intensos ojos de Haku y atinó a responder lo más natural que su racionalidad le permitió.
— ¿S-si Kohaku-sama?— Respondió nerviosa.
— ¿Has visto a Riku? No lo he visto y siempre se encuentra en estos lugares, lo necesito ahora— pronunció con un ligero fastidio, mientras que su mano, ya posicionada en su frente apretaba con rigor sus sienes.
— S-si, Riku, se encuentra ahora e-en el comedor— dijo señalando la gran puerta, al final del pasillo.
— Te lo agradezco. — seguido de esto, siguió ahora, más rápido que como había iniciado.
En su trayecto recibió más saludos, a los cuales, la respuesta fue siempre la misma, un asentimiento seguido de un gutural sonido. A escasos metros de la gran puerta, elevó su mano con la palma extendida y los dedos completamente unidos, lanzó aire con fuerza, haciendo que su cabello, aún húmedo, volara armoniosamente hacía atrás y su rostro recibiera una ligera brisa, sin parar de caminar. Las puertas se abrieron ante el impacto, segundos atrás, del aire proveniente de la mano de Haku, lo cual generó un sonido que retumbó por todo el gran comedor. El sonido de las puertas siendo azotadas por la pared, y el caminar pronunciado de las geta de Haku llamaron la atención de las tres personas allí: Una era el buscado Riku, la segunda persona era su madre y la última, no tan deseada ahora para Haku, Miyu.
Fulminó con la mirada a Riku, mientras que a las dos presencias restantes, no les tomó importancia.
— Kohaku— dijo la suave voz de Miyu, quien se encontraba sentada y sostenía un vaso de agua, el cual abandonó en la bien acomodada mesa, era temprano. — que gusto verte — sonrió como quien ve a una estrella, y se levantó para ir a saludarlo, pero la cruel voz de Haku asesinó sus intenciones de la forma más cruel que pudo, él sólo quería hablar con una persona en ese momento. No se había levantado de la cama por nada.
— Riku,— dijo con voz firme, la cual resonó en la gran sala e hizo eco sonoro, el nombrado miró con atención a su amo que le había llamado de manera tan exigente, era raro que él estuviera así. No había salido de su habitación por casi cuatro días y había negado rotundamente cualquier servicio por parte de todos los sirvientes y mucamas del palacio, incluso de su propia madre. No se molestó en salir a platicar o al menos dar una disculpa a su invitada de Glubbdubdrib. Y ahora, sin previo aviso, indecentemente y con una mirada feroz aparecía así como así, sin dar al menos buenos días o un saludo cortes a su madre o a la princesa, esto, seguramente, se lo reprendería la reina, quien lo miraba con una mezcla de confusión y enojo en sus ojos.
— ¿Si Kohaku-sama?— fue lo que respondió gentilmente Riku. Por su mirar, que había observado años atrás, sólo que sutilmente distinto, sabía por dónde iba el asunto. Su enojo tenía nombre y apellido: Ogino Chihiro.
— Sígueme. — Ordenó. Aún con su semblante enojado, dio media vuelta haciendo que su cabello se esparciera por el aire, encantando a Miyu, quien de igual forma, ya había visto su atuendo descubierto que le hacía ver sensual, podría ser una princesa, pero eso no quitaba que también tenía ojos.
— Nigihayami Kohaku Nushi — levantó ligera, la voz la reina, quien aún observaba. Haku se detuvo y permaneció mirando el largo pasillo a espaldas de su madre, mientras escuchaba la voz sonora. Ésta se encontraba sentada en la cabecera de la larga mesa, frente a Haku a la distancia, sus firmes y delgados brazos, cubiertos por las largas mangas del vertido escarlata, se encontraban descansando en los brazos de la silla y su miraba potente, parecía quemar a Haku —, ¿A dónde piensas ir, sin al menos haber probado un bocado en tanto tiempo? ¿Por qué tan malos modales frente a la princesa? Y encima ¿por qué te estas llevando a Rikumo, sí él me está atendiendo en estos momentos?— la voz de la madre de Haku, era sonora y solía tener tintes roncos en algunas ocasiones, como esta, donde se enojaba, aunque no lo demostraba. La mujer aún sentada, se limitó a observar la figura firme en el umbral de la inmensa puerta, que había detenido su andar impaciente, estaba segura, y por lo que leía en sus nulos movimientos, no pensaba voltear y pedir disculpas. —Kohaku.
— Riku…— volvió a ordenar—, sígueme.— Riku no tardó en posicionarse detrás de la espalda de Haku, al haber dado un sólo paso fuera del comedor, la puerta se cerró tras ellos, no sin antes dirigir por microsegundos tal vez, esa mirada tan llena de enojo a su madre, inundando el lugar de un fuerte y estruendoso sonido. Ambas presencias dentro del salón, se quedaron de piedra.
Tras un considerable tiempo de lo ocurrido, Haku y Riku volaron hasta uno de los caminos que se encontraban en las afueras de su mundo. Era un camino completamente solitario y debido a los falsos rumores del peligro de éste, no era transitado en lo absoluto. El aire generado de ambos dragones al llegar, levantó partículas de polvo del sendero, provocando la molestia en la garganta de ambos hombres. Ambos regresaron a su forma normal y observaron el lugar: era un largo sendero de tierra, que a las orillas era enmarcado por verde pasto que se transformaba en grandes campos verdes, de alguna extraña manera, finamente cortado, lo que daba a entender que no era tan solitario como se pensaba. Se podía ver a lo lejos desde allí, había bellas casas a los alrededores y árboles en las fronteras, además que el río adornaba todo el lugar, y siendo allí una zona bastante retirada del centro de la población, el río cantaba de igual manera, dando a quien alguna vez pasara por allí un agradable acompañamiento. ¿Por qué había elegido ese lugar? Sencillo, no serían molestados por nadie. Bien sabían todos quien era Haku, o mejor dicho Nigihayami Kohaku, el príncipe del mundo de los dragones, pero según los demás dragones, ese camino era peligroso, específicamente, toda la zona.
— ¿Vamos Kohaku-sama?— la voz de Riku llamó su atención y su semblante inevitablemente se relajó ante la calma que le brindaba la soledad de aquel pacífico lugar.
— Claro. — dicho esto, empezaron a caminar, por el rocoso sendero.
Caminaron algunos metros en completo silencio, no era molesto, pues Riku sabía perfectamente que Haku a veces necesitaba un poco de tiempo para meditar lo que iba a decir o como iba a iniciar su conversación. Lo recordaba perfectamente desde que apenas era un niño.
Él había nacido y la alegría que trajo al palacio, fue inmensa. El día en que nació, el rey mandó a hacer una celebración en el palacio. Todos los habitantes del mundo de los dragones fueron invitados con alegría y juntos festejaron el nuevo miembro de la familia, incluso muchos reyes de otros mundos llegaron a dar sus felicitaciones al rey y nuevo padre. Fue una fiesta inolvidable para Riku, quien se encontraba mucho más joven que en la actualidad, pero que ya servía con honor a los reyes.
Así como el nacimiento de Haku, el primer príncipe, fue celebrado hasta el cansancio, así de grande fue el dolor que sintió el mundo cuando desapareció. En todo el palacio las mucamas y los sirvientes corrían despavoridos y llenos de horror: El príncipe había desaparecido. Nunca se supo cómo se originó dicha tragedia, o quién fue el responsable de las largas noches de llanto de la reina, a quien la vida misma no le había arrebatado sólo la alegría de ser madre, sino que también le habían desgarrado el alma, tras la desaparición de su esposo en un intento de traer de vuelta a Haku, ese día la nación entera lloró la tragedia. Por ese motivo, cuando Haku fue finalmente devuelto a su mundo, la alegría volvió a la reina, quien ahora, lloraba por haber encontrado a su hijo después de tanto tiempo, aunque la cicatriz viva de haber perdido a su esposo seguía latiendo con fuerza y a veces la traicionaba, robándole sus lágrimas en una fuente infinita de dolor.
Había pasado tanto tiempo, que cada vez que se observaba en el espejo, sus entradas en el cabello, sus bolsas en los ojos, sus contadas arrugas y finos rizos blancos, le recordaban que el tiempo pasaba volando, era una ironía perfecta, ya que siendo dragones, volaban. No le quedaba más que sonreír ante su entrada a la vejez, y tratar de ayudar a su amo a quien había consagrado a servirle desde su nacimiento.
Cuando Haku había llegado al mundo de los dragones, se la pasaba buscando y leyendo libros de magia, hechizos y pociones incansablemente, de modo que muchas lenguas afirmaban la locura del pequeño príncipe, pero sólo él sabía cuál era el motivo de su búsqueda sin fin. A pesar de que se había reencontrado con su madre, sus amigos y personas queridas, su mirada estaba siempre distante, alejada, triste. Era como si esos hermosos ojos verdemar anunciaran una tragedia. A veces reflejaban melancolía, y en sus largos periodos viendo las ventanas, era como si buscara desesperadamente a alguien en el horizonte, como si algún día, del cielo, alguien fuera a caer y llevarlo a la felicidad eterna. Así era Haku. Era preso de una tristeza, que lo estaba asesinando lentamente, y no fue hasta que, una buena noche no lo pudo soportar más y rompió la ya fina barrera que ocultaba sus emociones. Él, quien parecía siempre feliz y alegre, estaba siendo lentamente triturado por la agonía del olvido.
Esa noche entró por curiosidad a su alcoba tras escuchar ligeros sollozos, pensando que podrían ser producto de algún mal sueño. Lo que encontró lo dejó completamente perturbado y, al día de hoy, simplemente recordar aquella tétrica escena, le devolvía a su piel, la sensación de asfixia que había pasado. Haku se encontraba en un pequeño banco hecho de la más fina dalbergia, frente a él, estaba una gran ventana abierta que dejaba pasar la hermosa luz de la luna llena, la cual, era la fuente de la única luz en aquella habitación consumida por la oscuridad, y las cortinas se movían estrepitosamente por el aire. Haku, tenía su frente completamente pegada al marco de esta, como si quisiera buscar alguna respuesta en el suelo. Sus manos se enterraban con fuerza en los costados de su rostro, y sus uñas, penetraban con dureza, la blanda carne de su pálida cara, haciendo un fuerte daño en sus sienes y que lograron hacer brotar dos hilillos de líquido carmesí, que caían manchando su traje blanco. Sus ojos estaban casi desechos en lágrimas que brotaban como un torrente, mientras que gritaba con fuerza un nombre, el nombre de una chica. Corrió hasta él y lo sujetó con firmeza contra su joven pecho, mientras que Haku luchaba por zafarse de su agarre. Riku no dejó en ningún momento a Haku solo esa noche, pues temía que en algún momento no previsto Haku pudiera aventarse de la ventana. Así que esa noche, Haku abrió por primera vez su corazón a alguien aparte de la chica, y contó a Riku toda su aventura, lo que hizo y deshizo mientras estuvo fuera de su mundo, a cuantos seres y dioses conoció, como recordaba haber llegado a aquel lugar y a manos de quien; habló sobre Yubaba y Zeniba, Lin, el sin cara, Kamaji, Aogaeru y muchos más de los empleados que conoció. Todos los relatos de Haku eras vírgenes a sus oídos, ya que nunca los había platicado con nadie, ni con su madre —de allí el por qué de mucha confianza para con Riku—, ya que, cuando le cuestionaron donde había estado, no contestó más que sólo un ''no recuerdo nada''. Pero sin duda alguna, la parte que le devolvió el semblante a uno de martirio fue hablar de Chihiro, el nombre que segundos atrás gritaba con desesperación. Así que al verlo llegar a media noche con un inigualable brillo en los ojos, una alegría inexplicable y con el semblante al fin descansado, lo supo, no tuvo que decírselo:
La había encontrado.
Pues ese día había visto en su amo, el rostro mismo de la felicidad.
— Riku, ¿alguna vez te has enamorado?— preguntó con la cabeza gacha, mientras caminaban con lentitud, como si quisiera contar uno a uno sus pasos.
— ¿Por qué esa pregunta Joven amo?— trató de bromear.
— ¿Acaso no?— contradijo. Riku suspiró, pues, esa sería una larga mañana.
— Hace mucho tiempo, cierta chica humana me contó una historia. — habló con nostalgia—La historia se llamaba la decisión de Joseph.
— Un momento, ¿una humana? ¿Por qué conocías a una humana?
— ¿Acaso no me preguntó si alguna vez me he enamorado? — dijo con cierta pizca de curiosidad. Entonces Haku cayó en cuenta.
— ¡¿Te enamoraste de una humana?! —dijo casi gritando.
— Así es Joven Amo —sonrió con melancolía— ¿pero me va a escuchar sin hacer preguntas, de acuerdo?— Haku hizo ademan de cerrar su boca, como si estuviera cerrando un cierre adherido a ésta. — Bueno, estaba en el cuento. Ella me contó de la siguiente manera: Joseph era un chico que no poseía talento alguno, era delgado, alto y con el cabello alborotado. Parecía un espantapájaros con la ropa tan holgada y el cabello desordenado. Sin embargo, su familia lo amaba mucho y siempre lo impulsaba a lograr sus objetivos, y él, de la misma forma, amaba su familia incondicionalmente, o eso creía. Llegó un día, Joven Kohaku, donde a la vida de Joseph llegó el amor: era linda y de ojos azules, su cabello rubio y enrollado en largos caireles, parecía una humana normal, no faltaba decirlo. Pero había algo en ella que a Joseph le cautivó y le hizo darse cuenta que probablemente era una princesa de los cielos: su espalda era adornada por dos grandes alas, las cuales, eran tan grandes como él. Apareció por primera vez ante sus tristes ojos, un día que regresaba de traer agua, en un pozo cercano, la miró, estaba sentada en una roca junto al camino y lloraba con temor. Así que cuando la hermosa niña, entonces, miró a Joseph, se escondió de su mirar, rogando porque no le hiciera daño. Él por supuesto no lo haría, ya que se había enamorado de ella en el momento en que sus ojos se posaron sobre los suyos. La chica era un Aingeru, perteneciente al mundo de los Archangels, hermosos ángeles que muy pocas veces se dejan ver, durante mucho tiempo se creyó que era solo un mundo imaginario, un mito para dormir a los niños, sin embargo, tanto usted y yo y muchas de las criaturas no-humanas que existimos en estos paralelos mundos, sabemos que su existencia es verídica y que aparte de eso, se sabe que los Aingerus son las criaturas más bellas e inteligentes que existen, y aunque, muchos humanos simplemente no creen en éstos, como no creen en nosotros, otros muchos creen que están con ellos. Así que, la chica, al ver falta de agresividad por parte de Joseph, aceptó su amistad. — pararon por un momento y se sentaron en el pasto— Los dos crecieron y se quisieron mucho, hasta que ambos llegaron a la madurez de edad, fue entonces cuando ambos dieron muestra de su amor y se entregaron el uno al otro en unión eterna. Todo marchaba de maravilla, pero los humanos no siempre fueron bondadosos como lo son hoy en día y mucho menos tolerantes. Debido a la naturaleza Aingeru de la chica, que por cierto respondía al nombre de Zaith, era realmente inteligente y lista, pero como ya mencioné antes, los humanos temían a lo desconocido, así que, en aquellos tiempos las mujeres no eran tomadas en cuenta y se tenía la falsa idea de que las mujeres, con una mínima pizca de inteligencia, solían ser brujas.
— ¿Brujas? — interrumpió Haku— Pero, eso es ¿bueno o malo? Me refiero a que, brujas como Yubaba y Zeniba, ¿ellas..?
— En esos tiempos, Joven Kohaku, la humanidad no estaba tan avanzada como lo está ahora, por lo que, sí una mujer llegaba a tener conocimiento mayor al que se tenía provisto, era bruja una mujer de mala vida que se dedicaba a hacer todo tipo de cosas macabras, muy parecido a nuestro mundo, pero tengamos en cuenta que en el mundo humano, la magia no es buen vista del todo y una persona con estas prácticas es asociada con magias oscuras, que sí bien aquí es algo escandaloso, los humanos in poseedores de magia, es todavía más , y no, Joven Kohaku, no era para nada bueno. Estas mujeres que eran culpadas falsamente. Quemarlas o ahorcarlas, era la forma en que los humanos pensaban deshacerse de ellas— Haku tragó grueso— Así que, en el pueblo de Joseph, ya se rumoreaba el paradero de Zaith. Cosas como ver de vez en cuando a una joven muy linda, con alas en la espalda, y aunque al principio sólo eran vanas suposiciones, el tiempo se encargó de demostrar que realmente Joseph resguardaba a una chica con naturaleza no tan humana. Como tuvo que haber pasado, la chica fue perseguida y Joseph interrogado, por supuesto, negó todo lo que le preguntaban, pero de nada sirvió su esfuerzo, ya que esa misma noche Zaith llegó para sorprender al chico, con una noticia que alegraría a ambos, o al menos ese había sido el objetivo. En su vientre yacía una criatura que aún no era notoria, pero estaba allí presente. Así que en cuanto lo supo, quiso darle la noticia a Joseph lo más rápido que pudo, sin saber que, en el momento que abandonó su pequeño escondite en las montañas, dio permiso a la muerte de venir por un ángel. Ella fue apresada y atada al tronco donde sería quemada, Joseph suplicó que no le dañaran, pero en ese momento pusieron en juego la vida de su familia, a quien, si recordamos, amaba incondicionalmente, quien era ahora amenazada por los guardias reales. Estaba en juego la vida de su familia y la de la persona que más amaba en el mundo.
— ¿Qué eligió?— dijo Haku con su cara llena de emoción, parecía un niño a quien se le cuenta una historia de fantasía.
— A Joseph se le hicieron tres preguntas— dijo elevando sus dedos, índice, medio y anular, seguido bajó el primer dedo—: la primera fue: '' ¿conoces a la chica?'', él, creyendo que sería una buena opción, lo negó. — bajó el dedo medio, dejando a la vista solo el índice — La segunda llegó sin avisar, ¿quieres salvarla? Sí, fue su respuesta. —bajó el tercer y último dedo— Entonces, ¿estás dispuesto a perder a tu familia? ¡No! Respondió con rapidez, sin saber él, la consecuencia de sus actos. El guardia prendió fuego al montón de leña que descansaba en los pies de Zaith, el hermoso ángel, y esta empezó a arder.
Ella sabía que podía irse de allí, podía volar lejos y evitar morir, pero también sabía que, sí lo hacía, la familia de Joseph sería atacada. Así que, por el amor que le tenía a Joseph, recordó los momentos felices que vivieron juntos desde que se encontraron y visualizó una última vez su sonrisa en su mente. Volteó su ojos en su vientre, pidió perdón al inocente que arrastraría con ella por su imprudencia, fruto de su amor, y se entregó feliz con lágrimas al fuego que la consumía, lo último que vio, fue a Joseph corriendo hacía ella. Sólo se contó de generación en generación, que toda una familia había muerto calcinada frente a los expectantes ojos de una pequeña aldea, la madre, una hermosa joven de alas en su espalda, un inocente con rostro incognito y un padre, sin talento alguno. — finalizó.
Haku estaba bastante sorprendido por la historia, sí, era fantástica e irreal, y a su opinión demasiado triste, pero quedaba a la deriva su interrogante.
— Sin duda, una historia maravillosa. Pero, ¿en qué parte me resuelves tu enamoramiento?— preguntó, con un semblante claramente más relajado.
— Oh, — recordó — seguro. Esta historia se me fue dicha de la misma forma en la que yo se la conté por la chica a la que amé.
— ¿Por qué ella lo hizo?— preguntó con curiosidad.
— Porque, como dije antes, ella era una chica humana, y yo, era una criatura mitológica e inexistente. Cuando la conocí, ella recién pasaba por la etapa difícil de los humanos, era una chica rebelde y sin remedio— Riku volvió a sonreír— pero ella tenía un secreto, mmmm, un tanto vergonzoso. Ella creía firmemente en la existencia de las criaturas fantásticas, los dragones, las brujas, los hechiceros, los magos, los gigantes, los diminutos, los ángeles y demonios, cualquier cosa que su familia negara, en pocas palabras. Así que cuando me vio un día, herido, a la orilla de un viejo bosque, su corazón, me dijo ella, saltó de emoción. Así que, saltándonos toda una larga historia, ella me enseñó muchas cosas de su mundo y yo del nuestro Kohaku-sama, vivimos mucho tiempo juntos y por supuesto, crecimos juntos. Es por eso que puedo entenderlo. Los cambios de nuestras mentes y nuestros cuerpos se notaron con el tiempo, y como ahora ya sabe, nosotros siempre hemos sido un poco… de verlas de más— Riku guiñó un ojo para Haku y un sonrojo se apoderó del chico de largos cabellos, sin avisar, tras recordar el millón de cosas por las que había pasado.
— ¿Y qué hiciste? — preguntó Haku, tratando de ignorar la mirada burlona de Riku.
— En aquellos tiempos, Kohaku-sama, la conexión entre humanos y criaturas como nosotros, estaba estrictamente prohibida, y aunque el castigo no era severo, puesto que sólo se cortaba toda forma de contacto, una persona que hubiese desarrollado sentimientos como los de mi hermosa Loré y míos, era el martirio más grande. Así que, cuando por fin me di cuenta de que la quería y deseaba más que lo que mi alma podía resistir, me alejé de ella, o mejor dicho traté de hacerlo. Pero todos mis intentos fueron infructuosos, pues sin darme cuenta, ya la estaba observando desde afuera de sus ventanas, mientras dormía. Decidí finalmente encararla y cuando estuve frente a ella, no pude decir nada, el sólo hecho de ver su rostro me paralizó y no supe que más decir, aunque ella se encontraba en calma, yo estaba temblando. Pero tenía que hacerlo, entonces le dije que no podíamos estar juntos, y para mi sorpresa, ella no reclamó, ni lloró: sonrió. Entonces me contó una vieja historia, que su abuela vivió hace muchos años, a la cual le había puesto por nombre ''la decisión de Joseph''.
— ¿Así que la historia…-
— Fue real, Kohaku-sama. — siguió— después de eso, me abrazó con fuerza y dijo que sí yo estaba feliz, ella también lo estaría. Aunque estuviera con ella o del otro lado del universo, en cualquier lugar.
— ¿Y qué pasó después?— miró fijo.
— Debido a la poca ropa que traía puesta, tuve una gran erecció...-
— No hace falta esos detalles Riku. — Dijo Haku entrecerrando los ojos, claro, antes de dejarlo terminar. — me refiero a qué sucedió con ella, ¿se siguen viendo? ¿o ella te dejó por alguien mejor?— Haku y Riku rieron, mientras que el aire acariciada sus rostros. De alguna manera, Haku se sentía en familia, tranquilo.
— Exactamente como dice Kohaku-sama, ella … se adelantó— y el rostro de Haku borró abruptamente la sonrisa, comprendió a que se refirió Riku—. En los tiempos que me enamoré, los humanos eran realmente crueles, mataban por esto y por el otro, porque sí y porque no. Entonces, un día ella me dijo que pronto dejarían aquel lugar, sí podían. Aunque no entendía a qué se refería, sólo asentí. Un día, Amo Kohaku, decidí no ir a visitar a Loré durante una semana, ¿por qué? No tengo la mínima idea— y como si una avalancha de fría nieve cayera sobre el rostro del raído Riku, su semblante perdió color y su ceño se frunció con dolor indigestible, como si la información a punto de dar, le perforara el alma y partiera su espíritu en dos— pero fue lo peor que pude haber hecho. Cuando la semana en la decidí no ver su rostro culminó, viajé con ansía, rápido, desesperado por verla. Así que utilicé todas las energías que pude para llegar a prisa. Pero lo que encontré… Aún mi mente no lo puede procesar. Al aterrizar a las afueras del bosque donde se encontraba su pequeño pueblo, para cambiar a mi apariencia normal, no escuché los comunes ruidos de los animales o la gente trabajar, tampoco escuché a los niños jugar y me pareció extraño, así que caminé muy rápido, pero cuando llegué, la pequeña metrópolis, estaba muerta. No había rastro de nadie, ni un alma. Corrí hasta la casa de Loré, esperando encontrarla dormida en su cama, o jugando con sus hermanos, escuchando los viejos relatos de la abuela o aprendiendo nuevas recetas de cocina. Pero no estaba allí. Cuando entré a su pequeña casa, parecía que un gran tornado hubiera pasado sin piedad por el lugar: los trastos rotos, las sillas, camas, la mesa, todo estaba desordenado, algunas sillas tiradas por cualquier lugar, pero no había nadie. Busqué por todas las habitaciones, desde la más alta hasta el sótano, pero nada. Incluso en su habitación, pero sólo encontré sus cosas tiradas, pisoteadas y su cama, las sábanas revueltas y desordenadas, de nuevo, nada. Grité muchas veces su nombre pero no contestó. No contestó nadie. No hubo ruido.
— ¡Qué sucedió!— la presión de Haku estaba al tope, de pronto la maravillosa historia de amor, era una de suspenso.
— Salí, para ver si encontraba alguna respuesta. Estaba desesperado, Amo Kohaku. Pero no había nadie, o eso creí, hasta que vi pasar la silueta de alguien, entre árbol y árbol, la seguí. Era un chico, unos tres años menor que Loré, cuando notó mi presencia corrió más y más rápido, no sabía por qué, pero yo le grité que parara, el no parecía querer hacerlo, hasta que lo alcancé. Cuando lo tomé del hombro gritó mucho, recuerdo que pedía que lo soltara por el amor de Dios, que no le hiciera daño. Después de verme y reverme, de pies a cabeza, se calmó unos segundos y después lloró abrazándose a mi torso. No sabía que pasaba, pero ese joven me dio una respuesta, no la que quería, pero si la que buscaba.
— ¿Qué fue lo que dijo?
— Él… —ahora Riku en verdad se veía mal, incluso Haku se culpaba, él lo había puesto así. Riku juntó sus manos, la derecha sobre la izquierda y las apretó. Bajó ligeramente su rostro antes de volver a hablar, como si buscara la fuerza suficiente para lo que venía, después de unos segundos, miró a la nada, con la mirada más triste que Haku hubiera visto.— el chico dijo que los soldados habían venido por todas las personas, dijo que se habían llevado a su madre y a su padre, sus hermanos, abuelos y tíos. Y dijo que los llevarían al campo de concentración y que de allí… — el aire pareció haber desaparecido, y el bonito día que los había cobijado se tornara oscuro. El rostro de Riku perdió color y un nudo se formó en su garganta. Sus ojos parecían llenarse de agua, pero aun así, dentro de ese pozo de dolor, continuó su relato. Apretó sus manos con más presión y sus nudillos perdieron el color. — jamás regresaban.
Haku calló. El ambiente ahora era sombrío y triste. La persona que había amado Riku había muerto. No sabía si ahora sería una buena opción hablar o sólo esperar la próxima palabra de Riku. Pero fue precisamente Riku quien habló.
— Un poco triste ¿no?— Sonrió con tristeza— Por mucho tiempo lloré y la busqué, pero no hubo resultados. A veces, cuando viajo al mundo humano, tengo la costumbre de buscar su cara en alguna de las personas, aún este viejo conserva la esperanza de verla una vez más. Mi corazón en ocasiones se niega a creer aquella realidad.
— Los siento, Riku. — Dijo Haku mirando al pasto— te hice recordar algo malo.
— Para nada, Joven Kohaku. Le conté esto porque quiero que entienda algo. —Haku miró atento— Durante mucho tiempo se ha creído, que un lazo no puede o, no debe, existir entre los humanos y las criaturas, esa chica me demostró lo contrario, logrando que siga evocando su recuerdo hasta el día de hoy, tantos años después de que la conocí. El amor es un completo misterio Kohaku-sama, pero le diré algo, es el sentimiento más hermoso que existe, en el mundo de los humanos, en los Aingerus, los Dragones, Las brujas, las hadas, los animales- parlantes y los dioses. No importa que tan difícil sea, sí en verdad la ama, demuéstreselo con hechos, no solo con palabras. Incluso los celos pueden ayudar en su relación, Kohaku-sama.
— ¿Riku tu…-
— No, no sabía Kohaku-sama, pero su cara me ha respondido.
— ¿Me dices todo esto para que no tenga miedo a amar a Chihiro?
— No. Le digo esto porque sé qué es lo que le va a decir la reina una vez que se presente ante ella con Ogino-san.
— ¿Por qué crees que yo se la presentaría a la reina como algo más que una amiga?
— Porque yo hubiera hecho lo mismo con Loré. — volvió a sonreír.
El alma de Haku estaba conmovida, a decir verdad, no sabía con exactitud cuál era el sentimiento por el que viajaba su alma en esos instantes. Se sentía aliviado y emocionado. Quería salir corriendo y volver a besar a Chihiro, pero ahora con más pasión. Pero al mismo tiempo quería reflexionar y pensar sobre todo lo escuchado por su acompañante y gozar de la paz que le acobijaba ese lugar.
— Riku, llegaré tarde a casa hoy— Haku echó su cuerpo hacía atrás y sus brazos le sirvieron de soporte para mantenerse inclinado— quiero mirar un rato más el cielo.
Riku sonrió para sí. Se levantó y se sacudió el pantalón para retirar el pasto. Luego dio unos pasos hacía tras, mirando el cielo que compartía con su Amo.
— ¿Algún mensaje para la reina?— dijo mirando el largo cabello del chico delante suyo, seguramente podía ser envidiado por muchas jovencitas, y su amplia espalda, ya no era más el niño que una vez conoció, y de alguna manera le recordaba él mismo. A aquel joven rebelde que fue una vez. Un rebelde enamorado.
— ''Lo siento, Madre''— dijo rascándose su nuca involuntariamente— y ''''te quiero''.
— Claro. Y, — dudó un momento, pues no sabía sí lo que iba a decir era correcto— ¿para la Princesa Liyah?
— Puf, — bufó— que me disculpe también por mi comportamiento— esta vez dejo salir con confianza una risa.
— Hm. — asintió— me iré entonces. — Sus piernas comenzaron a moverse tranquilas, para dejar el lugar, pero su andar fue detenido por la profunda y avergonzada voz de su Amo.
— Y Riku…— Haku aún se encontraba de espaldas a él, pero ahora sus manos estaban en su regazo y su cabeza gacha, como un perro después de ser reprendido
— ¿Si Kohaku-sama?
— Perdón— Los parpados de Riku se abrieron con colosal sorpresa—, por mi culpa… Yo te hice recordar algo triste, en verdad lo siento. — Riku sonrió.
— Para nada, Amo Kohaku. Desde que usted nació yo me he consagrado a servirle, pero créame que esto no fue para nada por compromiso. Le tengo mucho cariño y no puedo dejar de verlo como un pequeño hermano, claro, si no le molesta, y como ella me dijo una vez, sí usted está feliz, yo también lo estoy. Por cierto, hay un hermoso campo de flores justo allá— señaló con su mano derecha—, puede ir a descansar un momento, no creo que a la señorita Ogino le gustará ver sus ojos de esa manera.— seguido, revolvió el cabello de Haku— ahora me voy.— caminó y Haku sólo pudo escucharlo irse.
— Gracias. — dijo en un susurro que Riku no pudo escuchar, mientras una solitaria lágrima resbaló por su mejilla.
Haku se levantó del pasto y ordenó a sus pies, ponerse en marcha hacía el lugar señalado por Riku. Después de unos cuantos pasos, ligeros y acompañados del cantar del río, llegó. Sus ojos se llenaron de sorpresa al admirar el hermoso lugar. Un campo lleno de aloques peonías, todas danzando por el aire y como acompañamiento el cantar del río, era simplemente hermoso. Entonces el aire no tardó en darle otra sorpresa, pues el hermoso aroma llegó a sus conductos nasales. Inhaló el aroma de ese lugar tan ameno que en sólo unos instantes le hizo colmarse de una paz inigualable, y sin saber cómo, su mente evocó el recuerdo de Chihiro y sin percatarse, de hallaba tendido en las miles de flores, tan hermosas como ella y su olor igual de deleitoso. Entonces sus recuerdos llegaron sin aviso. Cuando la había rescatado siendo apenas una niña, después en el puente aquella vez, cuando la envió con Kamaji, al presentarse con Yubaba, cuando ella lo ayudó a él, tantas y tantas cosas hermosas llegaron a su memoria, era como si una película se reprodujera en sus ojos cerrados y le devolviera la fuerza que él creía haber perdido. Entonces, sin darse cuenta, Morfeo lo acunó en su regazo…
«Soñando despierto. Me quedé dormido entre las flores…»
Sintió la calentura consumirlo, pues el cuerpo debajo suyo lo estaba enloqueciendo.
«…Es un hermoso día»
Hizo uso de sus dedos índice y pulgar, para jugar con los duros botoncitos de la hermosa chica quien tenía el lindo camisón de seda completamente roto verticalmente por la mitad, los acarició y apretujó, arrancando un gemido de parte de la fémina. El cabello de ésta estaba esparcido por toda la suave manta que impedía tocar el colchón.
«Soñando despierto, sueño contigo entre las flores…»
Su pálida mano estaba incitándola a gritar, ya que el chico dibujaba pequeños círculos en su monte de venus por encima de esa ropa interior que quería romperla al igual que el camisón segundos antes, dudando si tocarla con su mano o invadirla con su boca, como haciéndole saber que pronto tocaría, más de lo que alguna vez alguien o ella misma se hubiera tocado, y de igual manera, como si amenazara en retirarse y dejarla con el deseo de explorar aquella zona tan íntima.
Los labios de Haku se encontraban mordiendo su cuello sin descanso, marcando, chupando, lamiendo y olfateando, sin piedad. Haku se encontraba encima de Chihiro, y no la pensaba dejar ir. Así que dejó en paz su pezón izquierdo por un momento y trasladó con rapidez su mano izquierda hasta el muslo carnoso de la chica, lo tomó presó, enterró sus dedos y él mismo se empujó hacía ella simulando una envestida, de forma que, la mojada zona de Chihiro, debido a él, se estrelló de manera demasiado excitante con la venosa y caliente carne del miembro de Haku. Ambos gruñeron. Estremeciendo cada membrana de su interior, envolviendo a ambos en una nube de locura desenfrenada, que no podían aguantar más, principalmente Haku. La ropa había desaparecido hace mucho tiempo.
«… por un par de horas, que hermoso día.»
Así que, preso de algún demonio, abandonó el cuerpo de la chica, se hizo un momento hacía atrás y seguido tomó ambas muñecas de Chihiro con sus manos, la atrajo hacía él con fuerza y la besó con pasión, rozando la locura. Enredó su lengua con la ajena y la hizo moverse a su propio ritmo: incansable, hambriento de ella. Con enojo y mucha fuerza dejó los hinchados labios de ella, recibiendo una cara de reproche. Sonrió de medio lado.
— ¿Enojada? — dijo con la voz ronca y un tono claro de altanería
— Sí— contestó Chihiro haciendo un sexi puchero a sus ojos.
— Pronto no lo estarás— dijo. Fue lo último que pudo pronunciar, pues, desde ese momento ya no habría marcha atrás.
De un rápido movimiento le dio la vuelta, de modo que la espalda de ella quedó en su pecho, Chihiro arqueó ligeramente de espalda debido a la impresión y el miembro erecto de Haku dolió por el roce de sus bien formados glúteos que lo apresaban con lujuria así que, sin poder contenerse, deslizó peligrosamente su mano hasta llegar a uno de ellos, lo tomó con todo lo ancho que su palma le permitía y lo amasó descaradamente, ante el acto, Chihiro gruñó en protesta, pero su boca fue callada por los ardientes labios del dragón. Paró de nuevo de besar esos hinchados y hermosos labios y dio rienda suelta a su fantasía.
Bajó el cuerpo de la chica con delicadeza hasta que estuvo boca abajo en el colchón, completamente acostada en él, de modo que le daba toda la espléndida vista de su espalda y su redondo trasero, tentando a Haku a golpearlo con agresividad, luego, agarró ambas muñecas de ella y las posicionó sobre su cabeza, pegadas a la cama, toda para él, todo para ella. Al hacer dicho movimiento su brazo se estiró y se deslizó cual serpiente a su presa sobre el yacente cuerpo.
Peligroso.
Su miembro volvió a rozar con su protuberante trasero. Un gruñido de su garganta nació. No sabía si iba a ser capaz de soportar tanto. Su mano libre se encargó de erizar su piel sensible, cuando, sin prisa, pasó la yema de su dedo medio, tranquilo, con calma, inició su recorrido desde el muslo de la chica boca abajo, paseando, subió, más y más, subió por la colina de su glúteo derecho.
Se estremeció.
Gimió.
— Haku…— dijo, ronroneando. En un tono que sus oídos escucharon tan caliente. —…más.
Chihiro comenzó a jadear, y la fina capa de sudor envolvió todo su cuerpo, hasta su alma, provocando que sus finos cabellos se pegaran a su espalda.
«Chocolate derretido.»
Pensó Haku, su cabello era como chocolate derretido, o simplemente estaba perdiendo la conciencia, sino es que ya lo había hecho hace mucho. Pero no terminó allí. Pues su dedo subió por la blanda espalda de Chihiro, tan lento y torturante.
— Haku…—volvió a gemir.—... para ya...
Los ojos de Haku se nublaron ante el llamado de su ama, y como un instinto desenfrenado y enfermo, enterró sus dientes en la espalda de Chihiro. Ella gritó. Pero él no se sintió culpable. Hago la herida pero después intentó sanarla. Soltó la piel, ahora roja, la miró. Era suya, esa chica, era suya. Chihiro, era suya. Al ver la marca de sus dientes, no pudo más que pasar su lengua por estos, haciendo gemir y gemir, sin vergüenza ni pudor, gimió tan fuerte que Haku dudó sí lo que había hecho le había gustado. No importaba, ya era solo suya.
«Sueño un sueño sucio contigo, nena…»
Así que ya no esperó más. Tomó con fuerza su miembro entre sus manos. Dolía. Hizo un gesto, una mueca de dolor, estaba tan malditamente excitado, miró a la chica de nuevo. Sus sonrojo en sus mejillas, sus ojos brillantes y perdidos en los suyos, ambos labios pidiéndole a gritos arrebatarlos. Miró su entrada, rebosante de alegría, completamente chorreante y preparada. Lista para él. Estaba listo, como muchas otras veces, la haría suya. Pero ahora, a su mente llegó lo prohibido. Y sus ojos se centraron es esa entrada, justo más arriba de lo habitual. Su ano. Rozaba la delgada línea de lo prohibido. Se lamió y relamió los labios.
Tan estrecho.
Tan caliente.
Tan excitante.
Tan peligroso, que quemaba.
Pero no era el momento aún, y la voz impaciente de la chica se lo recordó.
— Haku, métemelo, muérdeme, duro ¡muy duro!, ¡Haku cógeme!— gritó con desesperación. Su interior era lava. Era el infierno, y no estaba dispuesto a salir de allí.
De una sola envestida, entró por completo.
Los ojos verdemar de Haku se abrieron al instante tras un fuerte grito proveniente de su misma garganta, completamente agitado.
Despertó.
Las grandes gotas de sudor descendían por su frente, su cuello, su pecho y por todo su cuerpo. Su respiración estaba hecha un desastre al igual que su cabello, pero ese no era el mayor de los problemas.
Se quedó unos minutos recordando cuál había sido la causa de estar así, entonces las miles de imágenes colmaron su mente: un sueño. De esos que tuvo muchas veces hace años. Había vuelto para atormentarlo y esta vez no había sido tan inocente, sí es que se le podía llamar así, como los anteriores. Entonces reaccionó y bajó su vista. Tenía una pronunciada erección bajo su atuendo.
Se tapó la boca con la mano y trató de controlar su respirar, pero fue inútil. Los gemidos y jadeos de Chihiro resonaban en sus tímpanos, tentándolo a pecar.
«Tú te estás arrastrando por el sueño del baño, tú flotas alrededor de la habitación…»
Dirigió la vista alrededor. Completamente solo. Aquel campo de flores le recordó a ella. Su forma, su sonrisa y sin querer escuchó su voz.
— Haku…— la escuchó gemir.
Cerró sus ojos en defensa.
— No. — dijo para sí. Pero la voz volvió a llegar.
— Haku…— ese ronroneo. Su voz era idéntica a la del sueño, tan excitada, tan caliente, tan arrebatadora.
— No. — volvió a articular, pero su cuerpo comenzó a moverse por sí solo.
«… Y estás desnuda.»
Su mano comenzó a moverse con lentitud, cerca, muy cerca de su bulto. Pero se negó a hacerle caso. Así que enterró los dedos en su pierna. No lo haría. Su frente estaba demasiado sudada y hacía un calor infernal a su alrededor, tanto, que ni el aire podría calmarlo. Suspiró y de nuevo la voz de Chihiro jadeante invadió su mente. Apretó con fuerza su mandíbula. No podía resistirlo. Ya no podía.
Así que sin tardar, dejó a su mente en libertad de imaginar, imaginar que podría hacerle. Chihiro desnuda, su piel, sus labios, su cuerpo, su cabello, su sonrisa, toda ella. Sin miedo y ahora decidido, apartó todo el ropaje de sus zona baja y dejó en libertad a su erecto pene, estaba hinchado y dolía, mucho. No hubo marcha atrás, lo apretó con su mano desde el tronco, fuerte e impaciente, como si no hubiera un mañana, entonces su mente le ofreció su mano, y las puertas a su pervertida imaginación le dieron la bienvenida.
Empezó a mover su mano, descendió y ascendió, arriba, abajo, pudo ver el líquido pre seminal en la punta, y tampoco pudo evitar imaginar a Chihiro allí, lamiendo su miembro. Era la primera vez que dejaría volar su imaginación, la cual, hasta ahora siempre había retenido. La recordó de tantas formas provocativas, como si realmente hubieran sucedido, cuando el accidente aquella vez que salía de bañarse. Aquella toalla que le impidió deleitarse. Ahora su imaginación se lo estaba permitiendo.
— Chihiro..~ gimió. Casi automáticamente. —Chihiro…~ su voz estaba ronca por el deseo emanado de su mente. Cerró sus ojos y al acomodarse sintió un bulto en la parte baja de su pecho, miró de reojo y sus ojos se sorprendieron al ver la blanca tela, doblada, como la había resguardado cerca de él en la mañana de ese mismo día. No pensó dos veces y la sacó de su escondite. La pego a su nariz. Olía a ella. — Chihiro…~ su voz era cada vez más fuerte igual que los movimientos de su mano, tan rápidos e inesperados. Imaginó sus piernas alrededor de él, sus muslos apretujados a su cadera, ambos sexos, el suyo y el de ella rozándose, las manos de Chihiro rasguñando su espalda. La pequeña cintura de ella siendo firmemente sostenida por sus gruesas manos, sus senos rebotando por sus envestidas, sus pezones duros y erguidos por él, por sus manos. Imaginó a Chihiro gritando su nombre. Visualizó la espalda, el cuello, la clavícula,los senos, el vientre, muslos y pantorrillas de Chihiro marcadas y mordidas por él. Las manos de ella enredadas a su cabello, ella besando, lamiendo y mordiendo su pecho, descubriendo su aroma.
«Sueño un sueño sucio contigo.»
Que bien se sentía y pensar que se había perdido eso todo el tiempo. Volvió a oler la playera— Chihiro~ Sí así era él mismo, ¿cómo sería con…?
«Nena, te estás balanceando sobre el candelabro, estoy subiendo por las paredes, pero cuando te alcanzo…»
— Chihiro…~ ya no lo soportaba más, veía el final venir y no estaba preparado, todavía había imágenes que recordar, voces por escuchar y piel por olfatear. No supo en que momento, pero juró a ver visto el mismísimo cielo con sus ángeles.— ¡CHIHIRO!— gritó. Se sintió liberado y relajado mientras que el líquido blancuzco no paraba de salir, manchando su atuendo, su mano y sus piernas. Hubo silencio.
¿Qué había hecho?
«…desapareces.»
(1) Con adheridas a su cintura me refiero a esas ocasiones en las que se suele tener a una compañera o amiga muy cariñosa, que de repente llega y te abraza y cosas por el estilo.
(2) En cuanto a la Madre de Haku, en verdad (no tengo idea por qué) no puedo imaginarla, cómo puede ser. Por eso, mil disculpas por no dar una descripción.
(3) Liyah Fetram es un nombre bonito ¿no creen? (Yo sí XD)
(4) Hayil Martef , cuando estaba en la secundaria, recuerdo que tenía una compañera que se llama (quiero pensar que aún no muere) de esa forma, y le gustaba mucho las cosas de la Alquimia y libros de magia, así que por eso el nombre, además, sí lo voltean, sucederá algo bastante mágico. (~*u*)~
Y pues, ¿qué tal? ¿Aburrido? ¿Muy largo? Como sea, gracias por leer. Me ayudan mucho con su reviews.
