CAPÍTULO

II

"Insomnio"

Abrí mis ojos lentamente hasta que el sueño fue desapareciendo. No hizo falta recorrer la cortina del ventanal de mi madre para saber que ya era de noche, y sintiéndome un poco recuperado, me senté sobre la cama, asegurándome de no haber dejado rastro alguno sobre las sábanas.

Ya tendida completamente la cama, y alisando un poco las cobijas, salí de la habitación para encaminarme a la mía. Había un completo silencio en casa, como si todos hubieran salido en ese momento, y no lo dudaba. A veces si se veía la oportunidad de gastar menos, papá se daba un pequeño lujo con nosotros, y que yo faltara, era una buena oportunidad. Pero aprovecharía el momento para hacer lo que no pude en el tiempo que estuve dormido.

Entré a la habitación, y me dirigí hacia el armario, moviendo los zapatos, ropa sucia y el futón hasta alcanzar una pequeña caja negra de unos viejos zapatos que conservé para guardar algunas cosas. Entre moviendo las cosas y empujando otras con mi cuerpo, algo cayó sobre mi cabeza. Solté un quejido, saliendo del armario y cubriendo mi cabeza por el dolor, presionando justo donde más ardía.

—¿Qué sucede? —Me sobresalté cuando escuché la voz de Todomatsu detrás de mi y me giré aún con mis manos en mi cabeza. —¿Qué estás haciendo, Ichimatsu-niisan? —Se acercó a mi y comenzó a recoger lo que cayó en mi cabeza. Era una de las cajas de Choromatsu llena de muñecas de Nyaa-chan y unos cuantos discos. —Choromatsu-niisan siempre dejando sus porquerías donde más estorban.

—Ah... eh... —Ladee mi cabeza confundido. Todomatsu terminó de recoger las cosas y las puso de nuevo en la caja, se puso de pie, andando hasta el pequeño cesto de basura y botó la caja ahí. —¿Qué... uh, ¿qué haces? Ah... ¿Por qué?

—¿Qué? —Me miró con el ceño fruncido. —Sólo lo he rejuntado. No es la gran cosa. —Dijo y miró su teléfono antes de salir de la habitación. —Te cuidado, niisan. —Dijo y cerró la puerta. Lo miré un poco atónito; me giré de nuevo hacia el armario y moviendo de nuevo el futón hacia un lado, busqué la pequeña caja a tientas en la oscuridad hasta que sentí la tapa y estiré más el brazo para alcanzarla.

Arrastrándola por el suelo la llevé hasta afuera del armario y la abrí para encontrarme con los zapatos violetas que, aunque fueran viejos, tenían un aspecto relativamente nuevo. Sólo los usaba cuando era muy necesario o cuando hacía demasiado frío afuera para usar las sandalias. Adentré la mano al zapato, sacando la pequeña caja del medicamento para el dolor y de paso sacar un poco más de dinero, reservado para la comida de los gatos del callejón.

Extendí los billetes que estaba enrollado en una liga, y comencé a contarlo en caso de que Osomatsu-niisan de nuevo hubiera encontrado mi escondite. Había dos mil yenes menos. Entorné los ojos y guardé lo que quedaba en mi bolsillo trasero y el medicamento en el otro. Tomé los zapatos y cerré la caja para empujarla de nuevo en el armario y busqué unas calcetas para antes de salir.

Bajé los escalones sintiendo mis pies atrapados entre la tela e incómodos por un pequeño hilo que se enrollaba en mi dedo meñique. Chasquee mi lengua y cuando llegué al primer piso me asomé por la sala de estar. Todomatsu tenía la televisión encendida, pero sólo tenía ojos para su teléfono.

Sin hacer mucho ruido, me senté en el recibidor y me puse los zapatos antes de salir. Tomé mis sandalias del suelo y las puse en la esquina para que evitaran pisarlas y me puse de pie acompañado de un largo bostezo.

Aún cuando había dormido demasiado, realmente me sentía cansado, que si bien no lo era tanto como antes de haberlo hecho, aún seguía la necesidad de hacerlo un poco más. Mi pecho estaba tranquilo y mis ojos se sentía un poco pesados, pero fuera de eso, comenzaba a sentirme un poco mejor.

Abrí la puerta y cerré con cuidado. Estiré mis brazos hacia el cielo, deshaciéndome un poco de la ansiedad y comencé a caminar hacia la tienda más cercana en completo silencio. El silencio era realmente cómodo, pero sentía la necesidad de escuchar algunos gritos de los demás por un rato, aunque solían irritar la mayor parte de tiempo. Quizás sólo era un vago sentimiento de nostalgia que terminaría ignorando, o tal vez había dormido demasiado.

Me encogí de hombros, como si estuviera contestándome ante mis ideas, y miré la calle. Di un pequeño brinco sobre la linea amarilla del pavimento y traté de mantener el equilibrio extendiendo mis brazos e intentando no salir de la linea. Sonreí, levemente divertido, y continué mi camino de esa manera hasta que llegué al final de la calle y tuve que girar.

Esta vez intenté no pisar las lineas que dividían la banqueta, dando dos pequeños pasos por dentro de cada cuadro. Escuché un maullido conocido detrás de mi y me detuve, sin tocar la linea, girándome para encontrarme con un pequeño gato negro con cola blanca. Sonreí y me puse de cuclillas extendiendo mi mano para que se acercara.

—Yosh, yosh, yosh... ven aquí. —Le susurré y poco a poco se acercó a mí oliendo mi mano. Lanzó otro maullido y brincó sobre mis rodillas, acariciando su cabeza contra mi quijada. Su pelaje era realmente suave y sus pequeños bigotes me hacían pequeñas cosquillas en mi cuello. —¿Qué haces por acá? —Le pregunté. Lo tomé entre mis brazos y lo puse frente a mi. —Tu territorio está muy lejos de aquí. —Lo puse de nuevo en el suelo y comencé a acariciar su cabeza y a rascar levemente por debajo de ella. —No me digas,... ¿me buscabas? Heh,... ¿a una basura como yo? Que raro. —Dejé de acariciarle y me puse de pie para continuar mi camino.

Me giré y seguí caminando esta vez sin pensar en las líneas que tanto me había costado evitar momentos atrás. Recordándolo, intenté no pisar una de ellas, y escuché el maullido del gato de nuevo detrás de mi. Voltee a verlo y caminaba detrás de mi con sus movimientos ligeros y silenciosos.

—Vale... —Caminé hacia él y se estiró para que lo levantara como si de un niño se tratara. Le tomé y caminé de nuevo a la tienda.

El gato no dejaba de acariciar su cabeza contra mi pecho y se movía demasiado entre mis brazos. Pero cuando terminaba bajándolo, trataba de subirse de nuevo a mis brazos. Estaba realmente hiperactivo, y cuando llegué a la tienda, no tuve opción más que dejarlo afuera.

Pasé mi mano por detrás de mi nuca y suspiré mientras andaba hacia el estante de comida para animales. Volví a contar el dinero para asegurarme de que lo hubiera hecho bien antes. Seguían faltando dos mil yenes. Ahora era necesario buscar otro escondite. Tomé cuatro latas de comida de gato de la mejor marca que pude encontrar en la tienda y fui hasta el mostrador.

—¡Ichimatsu-san! Hace tiempo que no te veía rondar por esta tienda. —Dijo el anciano que la atendía. Toshiaki, o Teru, como solíamos llamarlo de niños mis hermanos y yo, podía reconocernos muy bien desde hacía bastante tiempo; aunque era demasiado cascarrabias y no solía pasarme mucho por su tienda ya que no tenía mucho abastecimiento de comida para gatos. —¿Cómo has estado? ¿Ese chico es tuyo? —Preguntó apuntando hacia la puerta de cristal donde se asomaba el pequeño gato apoyando sus patas contra él.

—N-no. —Respondí y puse las latas sobre el mostrador junto con el dinero exacto. —Sólo llegó...

—Ya veo. —Rascó su barbilla y tecleó en la caja. —¿Y tu madre?

—En casa,... supongo. —Me encogí de hombros. Teru siempre preguntaba por mi madre cuando nos veía y solíamos evitar sus preguntas o al menos responder con suma indiferencia. Me giré, viendo al gato moviendo sus patas contra el cristal, queriendo entrar a la tienda. —Eh,... uh... ¿No es suyo? Él quiere entrar.

—¿Hm? —Teru tomó el dinero y miró hacia la entrada, negando con su cabeza. —No. Es la primera vez que lo veo. Aunque quizás sólo se haya dado cuenta que comprarás su comida.—Hizo movimientos en la caja registradora y regresó el resto del dinero sobrante.—Salúdame a tu madre cuando le veas, ¿de acuerdo? —Me sonrió realmente animado y puso las latas dentro de una pequeña bolsa de papel. Asentí, aunque no tenía intenciones de hacerlo, y me entregó la bolsa junto con el cambio. —Gracias por tu compra, Matsuno.

Asentí de nuevo y salí de allí. El gato automáticamente restregó su cuerpo contra mi pierna y se puso sobre sus dos patas, recargándose sobre mi. Fruncí un poco el ceño y me agaché para levantarle y acostarle en mis brazos. Él simplemente se acomodó como si estuviera recostado sobre su propia cama y ocultó su pequeña cara contra mi pecho. Sonreí un tanto enternecido y caminé de regreso a casa en medio de la oscuridad acariciando su pelaje.

Abrí la pequeña bolsa y entré en el primer callejón que encontré. Me agaché, dejando al pequeño gato en el suelo, y me puse de cuclillas para sacar una lata de comida. La abrí, dejándola frente a él, y cuando olfateó lo necesario, comenzó a comer. Acaricié su lomo hasta su cola y me puse de pie para regresar a casa.

Tomé la bolsa, y seguí mi camino, saliendo del callejón; doblando un poco el borde de la bolsa de papel, escuché como el gato maullaba detrás de mi. Me detuve, girándome para encontrarme con el indeciso felino tratando de escoger si seguirme o terminar su alimento. Lo miré por unos cuantos segundos, y regresé a donde estaba sintiéndome un poco intranquilo.

—¿Qué te sucede? —Le pregunté agachándome de nuevo. El gato, más tranquilo, siguió comiendo de su lata, volteando a verme, esperando encontrarme aún ahí. Acaricié su lomo para que estuviera más relajado y esperé a que terminara de comer. Sentía que la noche se ponía cada vez más helada, y que el viento comenzaba a aumentar.

Me senté sobre el suelo, abrazando mis piernas y tratando de calentarlas un poco. Mis ojos comenzaban a doler un poco, seguramente por el cansancio. Bostecé y recargué mi cabeza sobre mi brazo decidido en dormir tan sólo unos minutos.

Escuché que algo calló en el fondo del callejón. Levanté la vista, alerta de cualquier cosa. Y un gato gris fue acercándose a nosotros. Estiré mi mano hacia él para que pudiera olerme un poco, pero en vez de eso, rugió y lanzó sus pequeñas garras contra mi mano. Me alejé y vi una pequeña herida en el dorso de mi mano. El gato siguió rugiendo hacia el otro pequeño gato que dejó de comer y comenzó a defenderse. Tomé la bolsa y me levanté.

—Basta, basta. —Les dije, pero en cuestión de un segundo comenzaron a pelear. Me apresuré a levantar al pequeño gato que siempre estuvo conmigo, que seguía rugiendo y él otro sólo se lanzó a morder mis tenis y alejarse poco a poco sin dejar de echarnos miradas. —Pero qué le pasa... él ni siquiera es de aquí .—Dije para mi mismo. Voltee a ver al gato que tenía entre mis brazos y lo acerqué a mi rostro. —No pelees. No es bueno para ti. —Le dije y lamió mi nariz.

La ganas de vomitar fueron las siguientes en llegar. Solté al gato y cubrí mi boca en cuanto sentí el poco líquido salir de mi garganta. Me recargué sobre la pared, y tragué automáticamente, sintiéndome asqueroso. Saqué mi lengua, molesto por el horrible sabor y me agaché para tomar la bolsa.

—Lo siento, chico.—Acaricié la cabeza del gato y me puse de pie. —Necesito irme. —Le sonreí y comencé a regresar a casa lo más rápido que podía correr. Aunque cansado a la mitad del camino, no tenía ganas de vomitar en medio de la calle, sentía un terrible sabor de boca. Hice una mueca de incomodidad y comencé a correr de nuevo.

. . . . .

—¿¡Dónde diablos estabas!?—Preguntó Osomatsu con una pata de cangrejo en la boca. Le miré frunciendo el ceño y me encogí de hombros. —Estaba a punto de comerme tu porción.

—No deberías de comerte las porciones de los demás sin su permiso.—Alegó Choromatsu, quien siguió comiendo su arroz sin mucho interés.

—Sí, sí, jefa del grupo. —Osomatsu comenzó a reír, recibiendo por respuesta un golpe con un pedazo de carne en el rostro. Quité mi suéter y mis deportivos en el recibidor; colgué la prenda y entré a la sala de estar para sentarme a un lado de Choromatsu, en mi lugar habitual. Tomé un tazón de comida y comencé a servirme lo que aún quedaba en los platos.

Osomatsu y Choromatsu no dejaban de pelear en medio de la mesa. Jyushimatsu sólo comía acelerado a un lado de mi y le miré de reojo esperando que captara la indirecta de que debía calmarse, pero estaba absorto en su caldo. Todomatsu por su parte ni siquiera nos prestaba atención y sólo sonreía a la pantalla del teléfono; decidí ignorar lo que hacía Mierdamatsu. Serví un poco de caldo y comencé a comer.

—Creí que habían salido a cenar. —Confesé en voz baja.

Osomatsu, quien sujetaba dos patas de cangrejo sobre su cabeza como si fueran orejas, me miró y sonrió. —No, sólo hemos ido a comprar las cosas para la cena.

—Y Osomatsu rompió un jarrón en el proceso. —Dijo Choromatsu cruzándose de brazos.

—So stupid, brother. He.—Puse los ojos en blanco cuando Karamatsu habló y decidí ignorarlo como los demás.

—¿Eh? ¡No es mi culpa que el jarrón estuviera en la orilla del estante! —Dejó la comida de nuevo en su plato. Choromatsu comenzó a pelear de nuevo con él, argumentando que debía ser más cuidadoso a donde quiera que fuera. Osomatsu sólo se reía demasiado fuerte, haciendo que mis oídos dolieran.

Entorné los ojos y comí lo que pude hasta quedar satisfecho con apenas medio plato. Me sentí incómodo pensando que los demás sospecharían de mis malestares por no comer tanto como de costumbre y dejar más de la mitad sobre mi plato, así que seguí metiendo bocados de arroz en mi boca, tratando de acabar con mi tazón.

Jyushimatsu aplaudió, aturdiendo mi oído derecho y haciéndome soltar mis palillos del susto, gritó "¡gracias por la comida!", levantándose de un gran salto y llevando sus platos a la cocina. Lo observé mientras masticaba a la fuerza mi arroz y lo pasaba por mi garganta.

Me levanté, rascando mi espalda baja y agradecí por la comida en voz baja. Tomé los platos, aún con bastante comida sobre ellos e hice una mueca, incómodo por si alguien soltaba un comentario, pero nadie dijo nada. Osomatsu y Choromatsu siguieron peleando, Karamatsu comía, haciendo figuras con sus palillos el arroz y el puré, y Todomatsu seguía absorto en su teléfono. Respiré un poco más relajado, pensando en lo incómodo que sería que se preocuparan por mi.

Caminé hacia la cocina y comencé a tirar la comida en el cesto correspondiente. Escuché un fino maullido familiar, levanté mi cabeza en dirección a la ventana y ahí estaba el gato negro y de cola blanca. Sonreí un poco divertido y curioso. Miré el plato, que aún contenía un poco de comida y la revolví un poco con mis palillos. Caminé hasta la ventana, y en cuanto la abrí, el pequeño felino dio un brinco hacia dentro, oliendo lo que contenía el plato. Lo dejé sobre la barra y dejé que el gato comiera mis sobras. Suspiré, un poco cansado y me crucé de brazos, mirando como terminaba con cada pedazo.

—Eres una molestia. —Le dije y acaricié su lomo. Apreté mis labios, pensando en un buen nombre para el chico desconocido. Aunque yo no era precisamente una persona original, y no solía darle nombre a los gatos callejeros por lo mismo, el que me siguiera tan insistente me daba un poco de curiosidad.—Tienes un... ligero aspecto a Jiji.—El gato maulló y siguió comiendo.—¿Le conoces? Aparece en una película llamada Majo no takkyūbin*. Aunque el es completamente negro y tu cola es blanca.—Terminó de comer y volvió a maullar, dando un brinco hacia mis hombros, recostándose como pudo sobre ellos. Reí, un poco conmovido y dejé el pato en el lavamanos.

Caminé fuera de la cocina, encontrándome con los chicos aún gritando y peleando sobre la mesa. Esta vez se había unido Karamatsu que tenía la ropa empapada de caldo y Todomatsu que no dejaba de gritar furioso. Entorné los ojos y salí del comedor para subir por las escaleras y poner el futón para dormir.

. . . . .

Abrí mis ojos ahogándome con la sensación del vomito. Con cuidado levanté la cobija y me puse de pie, andando hasta el baño. Abrí la puerta, estrellándola contra la pared y me lancé hacia el suelo abrazando el inodoro, sintiendo como el líquido quería subir por mi garganta. Apretujé mi estómago con mis manos pensando que eso ayudaría, pero solo me hacía sentir más estresado.

—Vamos, Ichimatsu. —Me llamé a mi mismo. —¿No puedes hacer una tarea tan simple?—Me repudié. Sentí las contracciones de mi cuerpo queriendo expulsarlo todo, pero nada salía. Molesto, comencé a golpear mi estómago. Apreté mis dientes, y golpee con mi puño mi estómago y apreté lo más fuerte que pude, esperando que saliera. Pequeñas lágrimas cayeron de mis ojos y me detuve por un segundo para respirar.

Me abracé a mi mismo, clavando las uñas sobre mis brazos cada vez que llegaban las contracciones del vómito. Mi cabeza daba vueltas, y la sensación no dejaba de ser realmente incómoda. Mi cuerpo estaba ahogándose por dentro y mi paciencia tenía un límite.

Introduje uno de mis dedos en mi boca intentando hacerme vomitar. Me sentía extraño por hacerlo, comúnmente escuchabas en las escuelas sobre estos temas prohibidos, donde todos sabían que existían pero nadie se atrevía a hablar de ello. No lo logré, intenté con dos dedos, luchando contra mis mareos hasta que pude sentir el líquido saliendo de mi garganta.

Dejé que mi estomago se vaciara poco a poco. Cuando sentía de nuevo las contracciones, sólo introducía mis dedos de nuevo repitiendo el mismo proceso del , bajé la cadena y retrocedí hasta recargarme en la pared contraria. Apreté mis labios formando una fina linea con ellos, y cerré mis ojos para descansar un poco, con mi pecho y mi garganta completamente adoloridos.

Respiré profundo. Inhalé y exhalé. Y me di cuenta que ni siquiera encendí la luz. Dejé que mi cuerpo se deslizara completamente hasta quedar recostado en el suelo y miré hacia el techo, aunque estaba completamente oscuro. Mi garganta ardía demasiado.

. . . . .

Levanté la cobija, ya completamente limpio, y me recosté de nuevo en el futón. La noche era demasiado fría esa vez, y terminé acercándome más a Karamatsu, tratando de absorber un poco el calor que su cuerpo emanaba. Abracé bien mi parte de la cobija y, después de un temblor que recorrió mi cuerpo entero, y sintiéndome horriblemente cansado, me dispuse a dormir.

Cerré mis ojos, respirando tranquilamente. Podía escuchar el oxigeno traspasar los orificios de mi nariz, todo en la habitación era realmente silencioso. Ninguno de los chicos roncaba esta vez, y parecía como si fuera el único en hacer ruido. Un poco incómodo, me removí, volteando mi cuerpo hacia Karamatsu, esta vez sin darle la espalda.

Volví a girarme. Mi cuerpo se sentía pesado, pero por más que intentaba caer dormido, no lo lograba. Eché una rápida mirada por la ventana. La luna todavía se encontraba en el cielo. Aún era demasiado temprano para despertar. Suspiré y volví a girarme, acomodándome como creía que sería más cómodo.

—¿No puedes dormir? —Abrí mis ojos en cuanto escuché la voz de Karamatsu. Él no tenía sus ojos abiertos, sólo respiraba con mucha tranquilidad. No respondí, en cambio, sólo volví a cerrar mis ojos. —Si no puedes dormir, puedo cantarte una canció-

—No necesito una canción. —Le respondí esta vez. Nos quedamos en silencio, escuchando nuestras respiraciones.

—De acuerdo. —Contestó. Lo miré durante unos cuantos segundos; me sentí un poco culpable, pero no podía evitar mi mal comportamiento con él aún cuando yo quería evitarlo. Entorné mis ojos, sintiéndome un poco torpe y giré mi cuerpo al lado contrario. Cerré mis ojos una vez más, abrazándome a mi mismo, e intenté dormir.

. . . . .

Abrí mis ojos una vez más. Respiré irritado por el dolor en mi cabeza y mis ojos. La luz del sol resplandecía dentro de la habitación y mi reloj despertador marcaba las siete de la mañana. Me senté sobre el futón y abracé mis rodillas completamente cansado. No había podido dormir más en esa noche, y pasé los minutos sólo observando hacia la ventana, esperando a que la oscuridad se fuera.

Suspiré, y terminé levantándome con ganas de fumar un cigarrillo. Podía sentir lo marcadas que eran mis ojeras por debajo de mis ojos, eran pesadas y por alguna razón pensé que si las tocaba, serían ásperas y horribles. Caminé hacia el armario y deslicé la puerta con cuidado de hacer ruido, y tomé una camiseta blanca manga larga y unos pantalones deportivos. Lo más monótono que podía. Pasé una mano detrás de mi cuello, tratando de quitar un poco el cansancio, aunque era obvio que no sería así.

Caminé fuera de la habitación, no sin antes tomar mi billetera, y entré al baño para cepillar mis dientes y lavar mi rostro. Cubrí bien mis mejillas con el jabón líquido y lancé agua fría sobre ellas. Me estiré, tomando la toalla rosada de mamá y sequé bien mi rostro. Y volví a colocarla en su lugar. Me miré en el reflejo del espejo, notando las oscuras y moradas ojeras debajo de mis ojos. Era eso, o mi piel era demasiado clara ese día. Me acerqué, tocando mi rostro viendo con cuidado los pequeños detalles de las arrugas formados por debajo de ese tono oscuro. Miré directo a mis ojos, notando un fino anillo que rodeaba la pupila.

Me alejé del espejo, dándome cuenta de que me veía prácticamente como un fantasma. Chasquee mi lengua y salí del baño. Bajé las escaleras, escuchando la voz de mi madre y el sonido de trastes en la cocina. Llegué a la entrada y puse mis sandalias en silencio y salí.

Caminé unos cuantos pasos en cuanto escuché el maullido del gato de la noche anterior. Me giré, notando el frío aliento desprendiéndose de mi, y me encontré con el minino siguiéndome. Sonreí, pero no me molesté en tomarlo entre mis brazos y sólo seguí caminando.

Entré a una pequeña tienda cercana y compré dos cigarrillos, mientras que el gato, como si conociera la ley de "No animales en mi tienda", me miraba desde la entrada. Agradecí a la anciana con una leve reverencia de mi cabeza y salí de ahí, siendo perseguido de nuevo por el gato.

Tomé un cigarrillo, y saqué el encendedor de mi bolsillo. Aspiré hasta que el cigarro estuvo encendido y entré a un pequeño parque. Me detuve, buscando un lugar para poder sentarme un rato y opté por sólo andar hacia los columpios. Caminé y lancé sobre uno de ellos. El gato se sentó frente a mi, mirando como aspiraba el tabaco y soltaba humo de mi boca.

—¿Qué?—Guardé mis manos en mis bolsillos y miré a Jiji ladear su cabeza, curioso por lo que hacía.—¿Quieres fumar?—Le pregunté. Mis ojos querían cerrarse, y mi cuerpo dolía por la mezcla del estremecedor frío y la horrible sensación de haber dormido poco.—Podría hacerte daño, ¿sabes?

El gato estornudó. Reí un poco y di una última jalada al cigarrillo. Aferré mis manos a las cadenas que sostenían el asiento y recargué mi cabeza sobre una de ellas. Realmente dolía. Mis sienes poco a poco comenzaban a punzar, apreté mis manos contra la cadena aguantando el dolor.

—Cuando era pequeño solía jugar en muchos parques con mis hermanos.—Le dije a Jiji. —Uno de esos era este. Siempre gritábamos demasiado y molestábamos a muchos vecinos, pero incluso aún cuando eramos un desastre, los ancianos terminaban dándonos regalos o dulces.—Sonreí un poco.—Osomatsu era el más ruidoso de todos, y pensar que Choromatsu también lo era.—Tomé el otro cigarrillo y lo puse entre mis labios.—Pero esos tiempos ya no existen. Solo somos cenizas de viejos recuerdos falsos y tristes. El pasado es algo que se borra automáticamente, y aunque quede plasmado en libros, termina siendo solo una ilusión.

Cerré mis ojos, sintiendo una fuerte punzada sobre mis sienes que me hizo hacer un gesto de dolor. Suspiré y volví a abrirlos para ver al pequeño gato aún observándome como si nada sucediera. Jalé de nuevo el tabaco de mi cigarrillo y expulsé el humo de mi boca.

—¿Mis palabras son tristes, no?—Volví a absorber del cigarrillo.—Karamatsu siempre me lo decía. "Tus palabras son tan tristes que asustan". Tsk.—Expulsé lo que quedó del humo y sacudí el cigarrillo para que las cenizas cayeran.—Solo es un idiota. ¿No lo crees?—El gato maulló y sonreí.—Lo sé, lo sé. Una basura.

Terminé mi cigarrillo en silencio, y lancé el restante al suelo. Tomé aire y aferré bien mis manos al columpio. Me puse de pie, retrocediendo para agarrar vuelo, y en cuanto estuve lo más atrás posible, me dejé ir sobre el asiento. El viento frío cortaba mi piel, pero calmaba mi dolor de cabeza. Sonreí y cerré mis ojos. Impulsé con mis pies el columpio, haciendo que fuera más alto, y comencé a reír por alguna extraña razón.

Subirme a un columpio no solo me recordaba vagas cosas de mi infancia, sino que me daba la sensación de estar bien. Fingir que era un niño en esos momentos, calmó un poco el dolor. Aún cuando mis ojos comenzaron a derramar lágrimas por las fuertes punzadas de agonía en mi cabeza, me sentía bien. Por unos segundos, me sentí bien.

. . . . .

Abrí la puerta de casa sin cuidado esta vez. Un fuerte olor a jamón y tocino hizo que mi estomago rugiera y me sintiera más hambriento que nunca. Dejé mis sandalias en la entrada y caminé directo a la cocina. Papá estaba sentado en la mesa, leyendo un periódico y con una taza negra de café. Jiji pasó a un lado de mis pies y me agaché para tomarle entre mis brazos y caminé hasta la nevera para buscar algo que calmara el sonido de mi estomago mientras mamá terminaba de hacer el desayuno.

—Mamá, ¿Necesitas algo más?—Dijo Choromatsu entrando a la cocina. Yo y Jiji nos giramos para verle, ya arreglado con su ropa usual y su cabello arreglado.—No quiero dar dos vueltas a la tienda.—Volví a girarme a la nevera, buscando alguna fruta o aperitivo que llamara mi atención.

—Necesito huevos, trae una cartera completa, ¿De acuerdo?—Encontré una manzana y la tomé. Jiji resbaló de mis brazos y volví a levantarle.—Y si puedes con ello, un cartón de leche.

—De acuerdo.—Abrí el grifo y puse la manzana debajo del chorro de agua y le tallé como pude con mi única mano libre.

—Ichimatsu, ¿qué haces con el gato aquí?—Escuché decir a mamá. Le ignoré ya que de todos modos me iría pronto de la cocina y dejé la manzana en la mesa.—Sácale de aquí, no quiero pelos en mi comida. Choromatsu, por favor, trae también una bolsa de arroz.

—¿Hm?—Esta vez entró Todomatsu. Me giré, viendo al menor tecleando en su pantalla y dirigiéndose a la estufa. Choromatsu apuntaba cosas en una pequeña libreta.—¿Qué estás haciendo de desayunar, mamá?

—Ichimatsu.—Esta vez fue papá. Suspiré y volví a abrir la nevera buscando algo más.—Tu madre te ha dicho que saques al gato. Déjalo fuera.

—Ichimatsu-niisan rebelde.—Rió Todomatsu. Entorné mis ojos y escuché cómo venia hacia mi y miraba conmigo el refrigerador. Mi cabeza comenzó a dar vueltas y mis ganas de vomitar, a pesar de que no había nada en mi estómago, regresaron. Miré hacia otro lado, evitando que Todomatsu viera mis gestos.—¡Choromatsu-niisan! También compra unas galletas.

—¿Me has visto cara de billetera?—Respingó Choromatsu.—Tengo el dinero justo para lo que compraré.

—Ichimatsu, haz caso.—Me habló papá. Chasquee mi lengua molesto por tantas voces a la vez.

—Ichimatsu-niisan.—Me habló Todomatsu con un tono divertido y se giró hacia mi.—Deja al gato fuera, sólo te dejarán sin desayuno.

—Tsk.—El gato maulló y miró hacia mi. Comenzó a removerse entre mi brazo y a arañar mi camiseta. Le solté y Todomatsu dio un brinco y sólo me miró. Mamá volvió a gritar mi nombre, y también papá. Choromatsu lo preguntó y cuando Todomatsu lo mencionó, no pude escucharlo. Sólo leí sus labios. El gato maulló cerca, me giré, viéndolo en sus cuatro patas, mirando hacia mi. Todomatsu me miró con el ceño fruncido y chasquee de nuevo mi lengua.

Mi cabeza dio una fuerte punzada que me hicieron retroceder y mi cuerpo se estremeció al sentir un fuerte escalofrío que recorrió toda mi espalda y brazos. Cerré mis ojos, sintiéndome demasiado extraño.

—Mamá...—Le llamé con mi voz ronca. Abrí mis ojos, recargándome en la mesa. Todomatsu me miraba asustado a un lado de mi. Busqué a mi madre y sólo me veía extrañada. Mis brazos flaquearon y caí al suelo, justo al momento en que mi mente se desconectó.

. . .

-Teru: Este personaje es parte del manga de Osomatsu-san.

-Majo no takkyūbin: kiki's delivery service o Nicky, la aprendiz de bruja.