Aunque muchos no se los esperaran, porque sólo era un especial de San Valentín (Y porque tengo muchas otras historias, las cuales dije que sí continuaría y no lo he hecho) subo la segunda parte de Diez pasos hacia ti, en forma de In Extrema Res.

Para los que no lo saben, In Extrema Res es el término que se ocupa cuando se pretende contar una historia desde el extremo final hasta el principio, mostrando como fueron llegando los personajes a tal punto. En este caso, la relación de Diana y Akko.

Espero que la disfruten.


- Empezaré la gira este fin de semana… Será un mes sin volver a casa.

Diana dejó la taza de té sobre la encimera y se giró para observar a Akko, con una ceja levantada y la incredulidad clavada en su rostro. ¿Le estaba hablando en serio? ¿Un mes completo? Se tuvo que frotar las cejas para apaciguar la creciente desazón del amargor que se producía en su boca. El café le supo rancio luego de probarlo.

- Un mes – Reiteró, rascándose la barbilla y luego callando, yendo a por un poco de azúcar al estante. Dos o tres cucharas de ella resaltarían la dulzura del café.

Akko por su parte, tomó un respiro y se acercó a Diana por la espalda, masajeándole los hombros y después apoyando su mejilla sobre ella. Detestaba separarse de su familia, pero trabajo era trabajo y no podía negarse a él.

- Tú debes entenderme mejor que nadie – Esperó a que la británica se girase para seguir hablando, ahora mirándola a los ojos – Eres igual de adicta al trabajo que yo…

- Sí… Pero yo no abandono la casa por un mes. Hay una diferencia enorme en eso, Akko.

Ella se separó y buscó una cuchara para revolver la taza, tomando un sorbo y buscando nuevamente los ojos de la castaña, apoyándose en la encimera. No le gustaba tener que ser tan franca con ella respecto a estos temas, era el sueño de su querida novia después de todo, pero había ciertas consideraciones que debía tener. Por ejemplo:

- ¿Qué pasa con Aiko? ¿Cómo se lo digo?

Un nudo se formó en el estómago de Akko. Diana todavía no bajaba la taza de café de sus labios.

- No quiero hacerte sentir mal. Pero en serio te estoy pidiendo ayuda – Le dijo, sonando mucho más conciliadora y dejando el café a un lado – Ella está muy apegada a ti y yo no sé si… conmigo será así.

Escuchándola, Akko pareció vislumbrar cuál era el verdadero problema dentro de todo. Diana se sentía nerviosa de quedarse a solas con su hija de dos años, porque temía que esta no la fuese a querer de la misma forma. Algo posible, si se tenía en cuenta que la señorita lingüista no sacaba las narices de los libros y fichas para traducir, en ningún momento, e iba a echarle un ojo de vez en cuando. Finalmente, decidió ir con ella y arreglarle el cuello de la camisa, dejando un beso sobre sus labios y luego frotando sus manos contra su pecho. Sin quererlo, amaba hacer eso cada vez que podía. Pero más que demostrar su desinhibida fricción sexual hacia su pareja, Akko lo hizo con un propósito más cálido, algo complaciente.

- No quiero escuchar que me digas que no te ves capaz de cuidar a tu propia hija, porque te odiaría si fuera así.

- Es que yo… - Akko la interrumpió, antes de proseguir.

- Tú nada. Aiko te querrá siempre que le muestres lo mucho que la amas.

- Yo la amo mucho.

La castaña le golpeó los hombros y afirmó, con voz clara.

- Lo sé, por eso sé que lo harás bien.

Diana se tomó un respiro y bajo sus manos por el cuerpo de su pareja, hasta tener sus caderas entre ellas. Dio un ligero apretón y luego la soltó, echando su cabeza hacía atrás. Verdaderamente, Aiko no sería la única que la extrañaría.

- Ah… Muy bien, entonces veremos lo que pasa.

Akko sonrió y volvió a dejarle un beso en la boca.

- Muy bien, veremos.


Cerca de las seis de la mañana, Akko tomaba sus maletas y caminaba hasta la puerta de la casa para dejárselas al taxista. Diana estaba parada al principio de las escaleras y sostenía a Aiko embrazo, lista para despedirse de su mamá, con carita de sueño y frotándose un ojito. La imagen impactó el corazón de Akko y casi creyó estar abandonando a su familia para siempre. Así que trotó hasta ellas y tomó a su hija para abrazarla fuertemente, acunándola en su pecho. Echaría de menos su aroma, su piel suave y su cabello con olor a dulce. Ay, como extrañaría a su bebé. Y a ti también, pensó, atrayendo a Diana con su brazo libre y pegando su frente a la de ella.

- No quisiera conformarme con solo un beso de despedida – Le dijo, haciendo sonreír a la británica. Aiko se quedaba dormida lentamente sobre ella.

- Eso debiste discutirlo ayer en la noche.

- Es que no tuve tiempo – Entre pucheros, Akko logró robarle un beso a su novia y seguir lloriqueando – Pensé en dormirme temprano para así no quedarme dormida por la mañana.

- No critico tus decisiones. Y será mejor que te vayas ahora, el taxista no parece tener mucha paciencia.

Dos bocinazos afuera reafirmaron sus palabras. La castaña lo aceptó y le dio un último beso, trotando hacia la salida, pero Diana la detuvo con un silbido, estirando los brazos para que le devolviera a la niña. Akko casi se da de zapes en la frente y se devuelve para entregarla, no sin antes bañarla en besos y arrullos.

- Te extrañaré mucho mi cielo.

Aiko se despidió con los ojitos cerrándoseles por el esfuerzo y apenas pudiendo levantar su manito. Acurrucada en el cuello de Diana, el sueño la invadía con mayor facilidad.

- Sí, ya déjala y vete.

- Ay… Te amo mucho, mi cielo, mi tesoro, mi encanto – Otro bocinazo más del conductor. Akko se mordió la lengua, volviendo a despedirse – mi amor, lo eres todo, adiós.

- Ya vete.

Diana sonrió mientras la veía correr pidiéndole disculpas al chofer. Al ya perder el automóvil de vista, entró devuelta a su casa y cerró la puerta, ahora sí carcajeándose un poco más. Su pareja era un caso serio, pero ya estaba acostumbrada a esos desplantes sobre exagerados de cariño. Aiko era su adoración después de todo. Y hablando de la pequeña, ya dormida profundamente, pensó en que sería bueno devolverla a la cama para así ella poder seguir trabajando. Se avecinaba un largo día.


Aiko encendió la radio y se puso a bailar frente a ella, mientras aplaudía pausadamente. Sus movimientos eran torpes y sus pasitos algo toscos, pero Andrew encontraba magnifica su manera de actuar, observándola entretenido desde la cocina. Cuando la vio terminar le aplaudió, y cuando ella lo miró, se sonrojó y partió corriendo escaleras arriba. Diana le gritó que tuviera cuidado al subir.

- Es agotador, realmente agotador – Exclamó llegando al lado de Andrew y sentándose junto a la mesa en la cocina. El joven Hanbriege le acercó una taza de té y le ofreció dos palmaditas extras en la espalda.

- No es para tanto. A mí me parece que es un encanto…

Diana observó la puerta a sus espaldas y suspiró, agitando la cucharita en el té.

- Aiko lo es, claro que lo es. Ella es lo que menos me atarea…

- Entonces no te entiendo ¿Por qué te veo tan agotada? ¿No llevas sólo cinco días con ella a solas? – Él llevó su taza a la boca y luego la dejó sobre su platillo, esperando una respuesta que estaba tardando más de lo esperado. Diana se rascó la barbilla antes de hablar.

- Supongo que es por un orden de prioridades. El tiempo que ocupo vigilando a Aiko es el tiempo que se le resta a mis deberes laborales, lo que hace que deba llevarlos a cabo en un tiempo record. Más lo de cocinar, limpiar, hacer las comprar. De dos era mucho más sencillo…

Su compañero rió agitando los hombros y la siguió escuchando, mientras ella se pasaba las manos por la cara. De verdad se veía cansada, frustrada. Era una Diana distinta de la que conocía, incluso más descuidada con su aspecto personal. Y eso que sólo llevaba cinco días sin Akko, ni imaginar que pasaría al finalizar el mes.

- ¿Crees que podrías echarle un vistazo mientras cocino algo? – Pidió de favor, viendo a Andrew con una cara de congoja a la que él no pudo negarse.

- Eso no es necesario que me lo pidas – Se puso de pie, sonriendo – Lo haré con gusto.

Y se retiró de la cocina para subir al segundo piso. La primera puerta frente a él, le pertenecía a la pequeña princesa Aiko. Tocó dos veces, pero nadie le respondió, por lo que se tomó el derecho de entrar de todas formas y ver que se tejía allí dentro. Pero como solía suceder, Aiko simplemente se encontraba dibujando tranquila, en una mesa para niños que estaba llena de lápices de colores y hojas de papel. Él se acercó y se arrodilló en el suelo, observando sus obras. Ponys rosados, gatos rojos y azules, perros verdes y un caballo deforme con un cuerno en la cabeza de color azul. Éste último a Andrew le pareció particularmente interesante y lo agarró entre sus dedos para mostrárselo a la pequeña, quien estaba concentrada en una nueva pintura. Al alzar la vista, Aiko se sonrojó y tomó la hoja.

- ¿Qué es eso, lindura? – Le preguntó Andrew, tratando de parecer casual, acomodándose a su lado. La chiquilla ladeó la cabeza.

- Es un unicornio… Mamá tiene un tapiz en su despacho con uno y además sale mi abuelita Beatrix, una de las antiguas nueve brujas – Hanbriege se alzó de cejas, impresionado de que supiera sobre eso.

- ¿Conoces la historia de la familia de Diana?

- Sí, mamá Akko me la contó toda cuando yo le pregunté por qué no podía ver a mi abuelita Bernadette. Ella era la mamá de mi mamá ¿Sabías? – Andrew asintió, divagando con la mirada.

- Yo tuve el placer de conocerla – La niña se emocionó.

- ¡¿En serio?! ¿Cómo era ella?

- Era una mujer muy hermosa, muy parecida a Diana, idéntica a Diana. Aunque ella tenía un carisma único, más amigable… No alcancé a conocerla tan bien, pero sé que era bondadosa. Con solo verla a los ojos lo podía intuir.

- A mí también me hubiera gustado conocerla… Solo conozco a mi abuelita Tamae y a mi abuelito Rai… Ellos son muy buenos conmigo, me traen dulces de Japón.

Andrew rió y le frotó el cabello con una ternura inconmensurable, comenzando a levantarse. Iba a proponerle un juego, cuando el sonido estrepitoso de ollas cayéndose, lo obligó a bajar en carrera con Aiko para saber qué había ocurrido. En la cocina, Diana se sacaba el delantal para dejarlo a un lado y tomarse el cabello. Se había manchado completa con salsa roja y temía que su camisa blanca saliera dañada en el trayecto. Para su desdicha, cuando se fue a revisar, múltiples pintitas de color de hallaban sobre ella. Jadeó maldiciendo y cortó su frase medio a medio a la vez que se percataba de la presencia de su hija en el cuarto. Andrew se acercó para ayudarla.

- ¿Qué te sucedió? – Le preguntó, levantando las dos ollas y poniéndolas de nuevo sobre la estufa, lo demás tendría que limpiarlo con algún trapero.

- ¡No lo sé! Creo que pasé a rozar el mango de la sartén y la boté, me asusté y terminé botando la otra olla también… Esto es desastre.

- ¿Estabas haciendo pasta, mamá?

- Cuidado Aiko, no te acerques, la tapa de la olla era de vidrio, así que debe haber trozos de vidrios rotos en el piso.

Aiko se mantuvo a la entrada de la cocina. Andrew por su lado, buscaba un trapero y se ponía a limpiar. Mientras que Diana iba a tomar asiento y otra vez se frotaba la cara con frustración ¿Qué hoy día nada pensaba salirle bien?

- No te pongas así – La llamó el joven británico, todavía aseando – No debes preocuparte por nada. Hoy mismo en la tarde te salgo a comprar otra olla y haré el almuerzo. Aunque no lo creas, se me da muy bien cocinar.

- No, Andrew… Eres visita y no tienes…

- No, no tengo – Él se acercó a Diana y la ayudó a levantarse, para que se retirase de la cocina – Pero debo… Si te dejo aquí, te vuelves un peligro para nosotros y para tu propia seguridad. Vete con Aiko a jugar.

- ¡Sí! Jugaremos en mi pieza… hay muchas cosas que puedo enseñarte mamá, vamos.

- Pero…

Andrew le dio una mirada y Diana no se resistió, siendo jalada por su hija, subió las escaleras somnolienta y llegó hasta su cuarto, sentándose sobre la cama. Aiko ordenó la mesa y sobre ella colocó un reluciente juego de té inglés, situando en las diversas sillas miniaturas, la diversidad de sus peluches y muñecas, volteándose luego a ver a su mamá y así comenzar el juego con una sonrisa de oreja a oreja. Pero antes de si quiera poder pronunciar su primera palabra, Diana ya estaba derrumbada sobre su cama, durmiendo profundamente.


Ternera asada con patatas al horno. No parecía un platillo muy complejo, pero al paladar era difícil de explicar. Porque tenía una sazón exquisita demostrada tras un solo bocado, con regusto a cebollino, perejil y vino blanco. Diana se quedó de piedra observando el plato y preguntándose cuándo tuvo tiempo de hacer todo esto y también cuánto tiempo estuvo dormida.

- ¿Aiko y tú ya comieron? – Andrew asintió, sentándose frente a ella.

- Así es… comió, jugó un rato, le dio sueño, así que le hice la leche y la fui a acostar. Soy un buen padre ¿No crees? - La británica suspiró, agachando la mirada.

- Y yo una pésima…

- No te hagas sufrir tanto. Sólo creo que debes estar cansada. Últimamente estás trabajando mucho y espero que eso no siga así, porque podría ser perjudicial para tu relación.

- A Akko eso no le molesta.

- No hablo sólo de Akko, sino que de tu hija. Ponle más cuidado… Es pequeña, pero sabe muy bien de quien esperar cariño. Anhela poder jugar contigo y pasar más tiempo contigo – Diana probó otro bocado y asintió, sintiendo que le costaba tragar.

- Lo sé y… supongo que deberé hacer algo con eso…


Un día en la noche, Diana se despertó sobresaltada en su escritorio, escuchando el desgarrador llanto de Aiko en su habitación. La pequeña había tenido una pesadilla, y el ver todo oscuro a su alrededor, no le era para nada una sensación reconfortante. Pero, dicha pena, no le duró mucho, cuando su mamá a los segundos después aparecía por la puerta y le encendía la luz, yendo a sentarse junto ella. Su cara estaba más pálida que de costumbre y todo aquel sueño que pudo haber tenido en su despacho, se había disipado tras los sollozos de su pequeña. Diana la abrazó y le preguntó qué le ocurría.

- Es que tuve una pesadilla muy fea…

- Oh – Ella le acarició el cabello y suspiró, más tranquila – Pero no debes temer a eso. No son verdaderas, Aiko.

- Pero ésta lo parecía y tenía miedo.

La chiquilla se le pegó a la ropa y comenzó a llorar otra vez, Diana meciéndola embrazo de un lado a otro. La arrullaba queriendo trasmitirle calma, pero no le estaba resultando.

- Ya, Aiko, cariño. No pasa nada, yo estoy aquí y nunca dejaré que nada te haga daño ¿Bien?

La niña asintió y apaciguó el lloriqueo, dejando balancearse en el aire por su madre. Una sensación cálida la invadió mientras descansaba su cabecita en su hombro. Sin embargo, cuando ya Diana suponía haberla calmado y mencionaba que apagaría la luz para que volviese a dormir, Aiko se negaba firmemente, agarrándose a su cuello. No la soltaría, por nada en el mundo.

- Pero debes dormir, Aiko. Y yo lo haré contigo… no te preocupes.

- No quiero… quiero la luz prendida.

- Vamos, hija…

La rubia suspiró, sentándose con Aiko sobre la cama y dándole palmaditas en la espalda. Le repitió que todo estaría bien, que la cuidaría y que por supuesto no le volverían las pesadillas, pero nada parecía funcionar, hasta que una nueva idea cruzó sus pensamientos. De las botas que solía llevar en casa, sacó su varita mágica y se la mostró a la niña, sacudiéndola en el aire. Aiko la miró curiosa.

- ¿Qué es eso?

Diana le respondió con una sonrisa.

- Esto, mi amor, es una varita mágica… pero sólo funciona si se apaga la luz.

- ¿De verdad? – La chiquilla la tomó en sus manos y la meneó una y otra vez, sin que nada pasara. Su mamá lo reafirmó.

- ¿Ves? Si no apagamos la luz, no podrás ver lo que esta varita mágica puede hacer ¿Lo quieres ver?

- Sí, sí, sí…

Aiko se apresuró en acobijarse bajo las sábanas y llamar a su mamá para que se recostase con ella. Diana sonrió, lanzó un hechizo para apagar la luz y se acostó a su lado, pronunciando un nuevo encantamiento sobre su varita, que comenzó a dibujar pompas de jabón de colores brillantes en medio de la oscuridad. Aiko rió maravillada, aplaudiendo. Luces rojas, verdes, azules y amarillas, todas surgiendo y desapareciendo, formando más colores cuando chocaban entre sí, anaranjadas y púrpuras. Aiko las observó con detenimiento, absorta en seguirlas y seguirlas, contándolas hasta los números que se sabía y volviendo a contar cuando no tenía más números, pero en un orden diferente. Al cabo de que en unos minutos, sus ojitos se cansaron y abrazó a su mamá por el cuello, para empezar a quedarse dormida. Cuando Diana estuvo segura de que no se despertaría, besó su frente cariñosamente y la abrazó, acercándola a su cuerpo. Por fin ambas podrían dormir juntas y tranquilas.

Sin embargo, Aiko volvió a despertarse a los pocos segundos, y con sus últimas fuerzas, antes de caer dormida otra vez, susurró a su madre:

- Mamá… Si la varita funcionaba sólo en la oscuridad ¿Cómo apagaste la luz?

Diana se puso a reír por lo bajo y le llenó de besos todo el cuello.


Semanas después, pero incluso antes de su verdadero retorno al hogar, Akko jalaba sus maletas emocionada por regresar a casa. El Tour le había resultado excelente, excepto por una cancelación de uno de sus shows por razones climáticas, lo que se tradujo como una venida precipitada. No le avisó a nadie, o específicamente, no le avisó a Diana porque esperaba darle una gran sorpresa. Sin saber que sería ella la que saldría agradablemente sorprendida. A las ocho de la mañana, con un día nublado y frío soportándolo fuera, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta, sacudiéndose la ropa. Casi pudo sentir nieve en sus hombros, pero no estaba nevando. Dejó las maletas cerca de la entrada, se retiró la bufanda del cuello y subió escaleras arriba, alucinando con encontrar a su hija. La había extrañado tanto, que con un simple beso ya podría sentirse más viva. Sin embargo, con lo que se encontró, no pensó necesitar nada más.

Diana estaba allí, recostada sobre la cama y con dos hojas de dibujos sobre el pecho. Aiko estaba a centímetros de ella, abrazando su cuello y pegando su mejilla a la de su madre. Por alguna razón, y algo que nunca hacía con Akko, ella siempre de los siempre que dormía con Diana, tenía que respirar su mismo aire o si no, no se quedaba dormida. La castaña suspiró, enternecida, y caminó adentro, juntando un poco las cortinas para que la luz invernal no las molestara a lo que avanzaba el día. Luego se fue a la orilla inferior de la cama y allí gateó hasta poder estar sobre sus dos mujercitas, dándole repetidos besos en el brazo a Aiko, quien al rato, se echó hacia un lado, dándole la espalda a su madre, y gruñendo sin despertar. Akko sintió el rechazo inmediato.

- ¿Por qué me haces esto?

Murmuró con fingido dolor y se decidió mejor por sacar los dibujos sobre el pecho de Diana y así recostarse sobre ella. Apostaba a que si alguien en esta habitación no la rechazaría, sería su apuesta novia. Pero se volvió a equivocar, porque con sólo acercarse para besarla en los labios, Diana corrió la cara, todavía dormida. De tal palo tal astilla. Ah, pero para su mala suerte o no, la británica no tenía el derecho a rechazarla. Con lo que la obligó a girarse, tapándole la nariz y clavándole un beso de todas formas, lo que terminó despertándola, incluso un poco asustada.

Con la mirada desorientada, Diana sujetó a Akko por la cintura y se sentó sobre la cama, mirándola con cara de pocos amigos.

- Oye ¿Qué crees que haces? – Le dijo, soltándola al segundo. Akko sonrió, abrazándola por el cuello, con una mirada pícara.

- Estaba dándote una sorpresa – Y luego se enojó – Pero tú y mi hija parecen estar de acuerdo con no recibirme con los brazos abiertos ¿Qué acaso no me extrañaron?

Diana, todavía adormilada, sacudió la cabeza y fijó su mirada aún más en el rostro de Akko. Despejando su mente segundo a segundo, hasta recordarlo.

- Es verdad ¿Cuándo llegaste? ¿No se suponía que era hasta finalizar el mes? – La castaña asintió, bajando los brazos.

- Mmj, pero había un diluvio en West Midlands y se tuvo que cancelar el espectáculo. Lo bueno es que fue justo el último, porque así podría volver más rápido a casa ¿Me extrañaste?

- Por supuesto.

La británica se acercó a ella y le dio un beso, que Akko se tomó el tiempo de disfrutar, sujetándola por las mejillas. Al separarse, se sonrieron, y cuando Akko propuso la brillante idea de despertar a su hija para hacerles compañía, Diana se opuso rotundamente.

- Me costó mucho hacerla dormir, así que no permitiré que la despiertes.

- ¿Por qué? – La asiática preguntó, mientras ambas se levantaban.

- No lo sé… Cada vez que viene Andrew, luego de que él se va, Aiko no para de hablarme de él. Es como si estuviese enamorada o algo… Pero mientras él está, es como un pollito que no dice ni pio – Akko rió entendiéndolo y siguieron su camino, escaleras abajo.

- Es raro…

- ¿Qué cosa? – Diana la observó de lado.

- ¿Andrew vino a casa? Nunca lo hace cuando yo estoy.

- Bueno… Él debe estar ocupado todo el tiempo al igual que tú o que yo – Dijo, llegando a la cocina y acomodándose cada cual en su lugar, Akko sobre un banquillo y Diana yendo a calentar agua – Además, fue de gran ayuda. Se dice así mismo ser un gran padre…

- Já. Y tú serás su gran madre ¿No?

Diana se giró, con una mirada estúpida.

- ¿Qué insinúas?

- Nada – Se quejó Akko, estirando los brazos – Es sólo que… no me agrada que venga sólo cuando estás tú sola.

- Hannah y Bárbara también lo hacen.

- Sí, pero ellas son tus amigas como… desde siempre.

- A Andrew lo conozco desde que éramos niños.

- Bueno. No voy a discutir esto ahora, no tengo ganas.

Akko se levantó, encaminándose hasta Diana para besarla. Ésta la recibió un poco incómoda, pero no se le negó. Una pequeña recompensa por el disgusto no le caería mal. Abrió la boca y sintió su lengua revoloteando junto a la de ella, una sensación que extrañaba. La castaña la rodeó con sus brazos y, sin querer, pasó a llevar una olla puesta en la estufa, haciendo que la espalda de Diana se tensara.

- Uy, uy, cuidado con ella, es nueva – Akko la vio a los ojos, frunciendo las cejas.

- ¿Qué le pasó a la anterior?

- Una larga historia – La británica rió nerviosa.

- Mmm, prefiero no preguntar.

Y volvió a besarla, sintiendo la alegría de volver a su hogar.


Muchas gracias por llegar hasta el final de este capítulo.

Y agradecimientos especiales a los amigos que comentaron el primer capítulo; Love novels, Fer, Wendy Dragneel, jaydisita.8709 y un invitado. De verdad me complace mucho saber que han gustado de esta historia y otras más, y espero que sigan atentos a lo que viene.

Se despide, L-lauriet.

pd: Disculpar las faltas de ortografía que pudiesen haber.

A jaydisita.8709: Una curiosidad que siempre tuve presente en esta historia, es que la vida "romántica" entre Akko y Diana no es muy activa (si sabes a lo que me refiero). Por lo que sí, yo también estoy segura de que a Akko no le molestaría comer "ese algo diferente" más seguido ;D