El mar rugía, la tierra se estremecía y el cielo lloraba como si hubiera presenciado la mayor de las tragedias. Un viento tan feroz que era capaz de revolver su empapado y largo pelo alrededor de su campo de visión la azotaba desde todas direcciones y cada relámpago que iluminaba el oscuro firmamento se asemejaba a una explosión, consecuentemente acompañado de un estrépito que podría ser confundido con el galopar de los caballos del día final.
Ella se alzaba inmóvil en uno de los acantilados que delineaban la costa, observando con ojos álgidos que dejaban entrever su pavor. ¿Cuántas veces podía haber presenciado tal escena? Los números bailaban y se escapaban de su cuenta, y aún así se sentía tan aterrada y desorientada como la primera vez. Una manga marina bramó, alzándose del sañudo océano y adentrándose en aquel pueblo que conocía y desconocía al mismo tiempo, las atezadas nubes se revolvieron en torno a un mismo punto que parecía capaz de poder tragarse el mundo y la furia del mar azotaba con cada vez más auge el litoral.
Una sacudida del terreno anunció lo que ella ya sabía que pasaría. Una cacofonía profunda y seca vino de la mano de piedras desmoronándose; las piedras que mantenían erguido el saliente sobre el que la joven se alzaba. A sus pies, el terreno perdió consistencia, dejando de ser sólido y, a la vez que la chica comenzaba a caer hacia el hambriento mar junto con los restos de lo que alguna vez fue un risco, el tiempo pareció aminorar su cauce y todo careció de importancia ante sus ojos. La vida, la muerte, el amor... Sólo un pensamiento se apoderó de su cordura.
"Quiero volver a ver la luz del sol."
Y entretanto caía, alzó la mirada a aquel cielo que se empeñaba en negar su deseo, entrelazó sus pálidas manos a modo de rezo y cerró los ojos. Pero el golpe contra la superficie del agua nunca llegó, tan solo una oscuridad cegadora y un silencio ensordecedor. Y finalmente, una voz que vibró desde el interior de su mente, clara como las marismas a la vez que profunda como el abismo. Una voz que le habló serena, como muchas veces ya hubo escuchado antaño:
"Tú eres el mar."
Un respingo en la cama y un grito ahogado fue todo lo que bastó para despertarla.
Después de un par de parpadeos confusos, la mujer se levantó como un resorte de su lecho y trotó algo entumecida hacia la ventana que aún se hallaba cerrada. Tan pronto como la hubo abierto, la luz y el aire nuevo se hicieron presentes en la estancia y la chica asomó su desmelenada cabeza de pelo aguamarina, oteando en todas direcciones y comprobando así que el sol relucía en el cielo indicando la inminente entrada del mediodía y la pequeña y portuaria ciudad de Gades seguía siendo la misma de siempre. Un suspiro que no se había dado cuenta que estaba conteniendo se escapó finalmente de entre sus labios.
El leve golpe de unos nudillos contra la puerta la sacó de su ensimismamiento.
–¿Carmen, estás despierta?
–¡Ah, sí! Sí... –aún alelada, se atusó como bien pudo su larga cabellera con los dedos y se giró hacia la puerta, por la cual ya estaba entrando su madre portando una bandeja plateada.
"Sospechoso."
–Buenos días, hija mía.
–Buenos días, madre.
–Te traigo el desayuno. Te gusta el café bien cargado por la mañana, ¿no es así? Así es como te lo he preparado, sí señora.
Alondra colocó el platel en una mesita de noche junto a la cama; al borde de esta última se sentó su hija con gesto contrariado.
–De verdad que os lo agradezco, madre, pero no hallo razón.
–Oh, vamos, hija...
–Disculpadme por despertarme a estas horas y no ayudaros a Camino y a vos en la pastelería.
–Carmen, ¿cuántas veces he de repetírtelo? Es lo más comprensible, pues trabajas de noche.
Aún perceptiblemente abrumada, la joven arrimó la mesa hacia sí y escudriñó el contenido que sobre ella reposaba. Su gesto se torció aún más.
"Muy sospechoso."
–¿Arroz con... leche?
–Es tu favorito, ¿sí?
–¿Para desayunar? ¿No es un postre?
–Pero más de una vez me lo has pedido para la mañana.
–Y siempre os habéis negado...
Hundió la cuchara en el dulce placer y comenzó a engullirlo, disimulando que no se daba cuenta de que su madre, sentada en una silla un tanto apartada, parecía debatir en su mente como mencionar aquello que Carmen sabía que iba a decir.
–Además, tú generas la mayor parte de ingresos de la familia...
"Ahí viene..."
–Y estoy segura de que podrías hacer mucho más no sólo por nosotras... Sino por ti.
"Lo sabía."
Un golpe leve de la cuchara contra el plato puso punto y final a aquella frase. Carmen sabía perfectamente dónde desembocaba aquel coloquio. Lo habían mantenido varias veces. Su voz mencionó el nombre del más latoso de sus problemas hasta el momento.
–McArthur.
–Hija, escúchame...
–¿Me habéis vuelto a organizar un encuentro con McArthur, madre? –los ojos verdes de Carmen se alzaron hasta alcanzar con la vista a su madre, que no la miraba y jugueteaba con el borde de su delantal como el más fascinante de los objetos.
–Carmen mía, –logró reunir el valor de mirarla. –sabes que no miento cuando insisto en que quiero verte feliz. Y a tu hermana también. Ese hombre te daría la vida que te mereces, mi amor.
–¿La vida que me merezco? –volvió a auparse de la cama y miró severamente a su madre desde arriba. – ¿Merezco casarme con un hombre al que no amo, merezco ver reducida mi libertad? ¿Es eso? –rodeó el lecho, cubierto de sábanas revueltas, y se colocó tras un biombo de lino blanco detrás del cual comenzó a despojarse del holgado camisón con el que había pasado la noche.
Silencio.
–No quiero ver cómo una flor como tú se marchita en un paraje escondido como este. Él podría engrandecerte, llevarte al más bello de los jardines. Mi niña, te quiero tanto, pero eres tan ciega a veces... Tu tozudez te puede, y ya has perdido muchas oportunidades. –la mujer de rizados cabellos chocolate hostigaba a su hija, orando por lograr convencerla en algún punto. –No es el primer hombre de provecho que te corteja. ¡Señores, hidalgos y barones! Recorriendo interminables caminos para llegar a un lugar perdido de la mano de los Dioses... ¡Tan sólo para conocerte a ti! ¡La mujer de los cabellos aguamarina!
–Con "hombre de provecho" os referís más bien a sus riquezas, ¿puedo permitirme tal osadía? –la susodicha cabeza aguamarina se asomó desde detrás del cancel, a medio vestir pero al fin acicalada.
–¡Es lo primero que exclaman al poner un pie sobre esta pobre ciudad! –siguió en su empresa Alondra, ignorándola por completo. –¿Dónde se haya, oh, dónde, la mujer que tan sólo con oír hablar de ella me robó el corazón? ¿Dónde se haya la Sirena de Gades?
–Definitivamente, debéis de dejar de conversar con el Conde McArthur. Estáis acabando por sonar como él.
Y tras aquellas palabras, la instigada emergió de detrás del vestidor, finalmente ataviada con un sencillo vestido azul. Y a pesar de que a su madre le hubiera gustado verla con algo más digno de una cita con un conde, decidió dejarlo pasar para casi abalanzarse sobre la joven. Entrelazó sus manos con las de ella y la miró a los ojos con una chispa especial.
–Mi tesoro, ¿le prometerás a tu cargante madre que al menos te lo pensarás?
Una sonrisa agridulce se dibujó en el pálido rostro de Carmen, prosiguió un movimiento delicado con el que se zafó del agarre de Alondra tras el cual comenzó a alejarse, desplazándose de espaldas.
–Madre, no puedo prometer algo que sé que no voy a cumplir... –se soportó en el alféizar de la ventana y emitió una risita contenida. –Hmm... ¿El más bello de los jardines? Pero... ¿para qué quiero yo el Edén, si puedo optar por... el mar?
Y en una ágil maniobra, alzó sus piernas por la ventana ayudándose de sus brazos y se lanzó sobre el toldo que daba cobijo a la puerta de la pastelería en la que trabajaban su hermana y su madre. El grito de pavor de Alondra se vio menguado por su mano, que se colocó como por acto reflejo tapando su boca. Camino, que se hallaba barriendo el porche ajena a todo, no pudo más que chillar como un ave de presa al presenciar cómo el toldo se hundía por un peso desconocido sobre su cabeza. Este último, hizo sus veces de cama elástica e impulsó a cierta chica de pelo turquesa que ella conocía bien por los aires.
–¡Hala! –exclamó Camino, divertida.
Pero Carmen logró acertar a caer con una puntería para nada habitual sobre el techo de un carruaje que pasaba por la alegre calle.
–¡Diez puntos hermanita! –gritó para que la oyera, antes de alzar los dos pulgares al aire. Carmen le devolvió el gesto acompañado de un guiño cautivador.
Acto seguido, la peliazul dejó de mirar a su hermana, la cual volvió a sus quehaceres barrenderos, y oteó al frente, divisando cierta cara conocida.
–¡Oh, señor Veteran! –saludó con gracia al cochero, que la examinaba arqueando una de sus tupidas cejas sin apenas inmutarse. La prófuga puso su verde mirada en el hueco que había en el banco junto al anciano. Y allí se sentó en una refinada acción. El inapetente señor volvió sus seniles ojos al frente como si la cosa no fuera con él. –Me bajaré en la playa, ¿d'accord?
El pobre señor Veteran tan solo se encogió de hombros, planteándose que todos los hombres del lugar debían de estar locos por enamorarse de esta mujer que no era más que un problema con patas.
Se arremangó el vestido para ver sus pies, que descendían por la empinada escalera de piedra ostionera a toda velocidad. Una vez abajo, propinó una fuerte patada al aire con ambas piernas para lanzar sus bailarinas volando, las cuales cayeron rebotando en la húmeda arena. Aquello fue todo lo que necesitó para emprender la carrera, sus descalzos pies dejando sus huellas tras de sí en la playa hasta llegar a la orilla y frenar en seco. Sus largos mechones ondeando en la brisa danzando al compás de las olas, y sus orbes del verde de la mar revuelta oteando el horizonte, leyendo la palabra libertad en él. ¿Qué abría más allá, lejos de aquella remota ciudad? Una vida rutinaria, un marido o un hijo en su regazo eran cosas que jamás ansió. Ella suspiraba por la libertad del agua, ser una con el mar y cabalgar el viento. Un espíritu que nadie puede doblegar. La inmensidad del gran azul siempre lograba arrebatarle el aliento, hipnotizarla y hacer que se olvidara del resto del mundo como si fuera la primera vez. El océano la llamaba con su eterna melodía de misterio y sabiduría.
El día que fuera capaz de encontrar un hombre que le hiciera sentir lo mismo, habría encontrado al amor de su vida. Pero hasta entonces, jamás se casaría. Por muchas riquezas, honores o dones que ello le otorgara. Su corazón era del océano y de nadie más.
–Sabía que acabarías apareciendo.
Giró el cuello hacia el costado del que provino aquella argentina voz que bien conocía.
Sentado en una de las rocas más prominentes de las que conformaban la base del puente que atravesaba la playa, balanceando una pierna con aire ameno y la cabeza enterrada en un libro como ya era costumbre, se hallaba aquella figura esbelta que Carmen nunca se cansaría de ver.
–¿Hasta dónde vas a seguir? –prosiguió él sin levantar la mirada de su lectura. La joven comprendió exactamente a qué se refería su interlocutor al dirigir la mirada hacia abajo y percatarse de que se hallaba con el agua hasta poco más encima del ombligo.
"¿Pero no estaba yo en la orilla?"
Un golpe sordo producido por el cierre del libro que el chico leía hizo que Carmen volviera a mirarle. Agarrándose como bien pudo sus empapados ropajes para ayudarse a salir del agua, no apartó la vista de su amigo, que acababa de incorporarse portando el tomo bajo su brazo. Tras unos escasos pasos, al fin abandonó la sombra que le proporcionaba aquel puente de ancianas piedras recubiertas de crustáceos y verdín. El sol de mediodía bañó sus mechones rosáceos.
–Buenos días, Gabi.
–Buenos días, niña azul.
–¿No abres hoy la librería? –la muchacha comenzó a exprimir la falda de su largo vestido.
–¿Un domingo?
Carmen se pellizcó el puente de la nariz con gesto hastiado mientras que con la otra mano trataba de desenrredarse una alga del pelo. Gabriel rió la acción.
–Sabía que eres lo suficientemente despistada como para no saber en qué día vives, ¿pero como para meterte en el mar sin darte cuenta?
El pelirrosa siguió carcajeándose mientras que su fastidiada amiga se sentaba en la arena de espaldas a él, haciéndole un gesto espasmódico con la mano para indicar que se callase. Cuando el muchacho se sentó a su lado, ella dirigió una mirada de desdén sobre su hombro y atisbó la portada del libro que leía.
–¿Estudiando?
–Síp.
–Tengo una pregunta, doctor.
–Soy todo oídos.
–... ¿Lo bocazas se cura?
Y le lanzó una pringosa alga.
–¡Por el Fuego de Brenen, qué asco!
Le lanzó el alga de vuelta y la atrapó al vuelo. Procedió a juguetear con ella entre sus manos, los impresionantes ojos cían de Gabi se entrecerraron por la grima. Se dijo a sí mismo que debería de dejar de sorprenderse por las excentricidades de su querida amiga y procedió a abrir el libro pasando las páginas rápidamente, sin leer nada en especial.
–¿Sabes? –él rompió el silencio. –Ya la gente... apenas viene a comprar libros. Desde que la pesca decayó.
–La incultura tan solo traerá más ruina.
–Concuerdo. Pero cuando tienes que elegir entre darle de comer a tus hijos o comprarte un libro... Pero el mar ya no da peces; los barcos pesqueros están dejando de zarpar y los marineros se quedan en tierra sin saber qué hacer para alimentar a sus familias. ¿Qué será de una ciudad como Gades si se le arrebata la pesca? –volvió a cerrar el libro y suspiró. –Somos el puerto más importante de Boanerges, sí... Y también está el comercio, pero la gente más pobre no puede vivir de ello.
Examinó a su compañera para averiguar qué sentimiento produjo en ella su divagación, mas la descubrió con la mirada perdida en la lejanía... Otra vez.
–¿Carmy? –entonó Gabi algo enojado.
–El mar...
Gabi le pinchó el hombro con el dedo.
–Ya no da peces...
Le pinchó esta vez la mejilla con expresión divertida.
–Los peces...
Carmen se puso en pie como una exhalación, con sus ojos verdes abiertos de par en par como si hubiera revelado un misterio sin resolver y cogió con una mano ganchuda el libro que Gabriel sostenía sobre sus piernas. Lo lanzó sobre la arena como si nada ante un grito atónito de su dueño, al cuál ella no le prestó la más mínima atención. Acto seguido, se agachó torpemente y agarró una de las manos del chico, tirando de él y alzándolo. Comenzó a correr, un brazo tirando del joven de cabello rosa y el otro aleteando de manera demente, como una gaviota tratando de alzar el vuelo. Alcanzaron la orilla y ella siguió arrastrando a su inseparable, esta vez con más dificultad debido a la incesante negativa por parte de él de meterse en el mar. Pero como ella bien sabía y venía siendo tradición desde el momento en el que se conocieron, cedió a sus caprichos a los pocos intentos. Pararon cuando a ella le alcanzaba el nivel del agua a medio vientre y a él por la cintura, la amargura claramente legible en las adróginas facciones de Gabriel.
–¿Y ahora?
–¡Shh!
Ella alzó una mano firme y fastuosa que inmediatamente instó silencio en él. Tras escasos segundos, comenzó a descenderla hasta introducirla en la salmuera. Del largo pelo de Gabi, recogido en una cola, se escapaban algunos mechones que revoloteaban en la fresca brisa del mar. Sus largas y espesas pestañas dibujaban una sombra sobre sus finos pómulos sin perder de vista ni un movimiento de su amiga, mostrando así su ademán de curiosidad. Y poniendo al Cielo por testigo, que en aquel momento él habría jurado que el océano pareciera serenarse y las leves olas que antes bailaban en un calmo vaivén desaparecieron íntegramente. La extensa melena azulina de aquella mujer que jamás cesaría de sorprenderle se desperdigaba flotando alrededor de su pequeña estatura, como si estuviera fundiéndose con el ponto. Así se mantuvo durante un minuto, los ojos verdes de la mujer cerrados y los zarcos de él, fijos en ella. Cuando tal periodo se consumó, Carmen deslizó ambos brazos dentro del agua en un movimiento tan fluido como la oscilación del oleaje.
Gabriel podría haber jurado con una mano sobre el libro más sagrado del mundo que a poco estuvieron sus ojos de salirse de sus órbitas al presenciar aquello.
Peces. Muchísimos, una cantidad incontable. Todo un banco de peces se acercaba a ellos paulatinamente para ponerse a virar en torno a la pareja como si de satélites orbitando un planeta se tratara. Incluso el agua parecía haberse transformado, tan límpida como un sueño de cristal.
–Por todos los Dioses, que bajen y lo vean... ¡Que se me caiga el cielo encima si estoy soñando!
–Si no cierras la boca, uno de ellos te saltará dentro. –rió con suavidad la fémina. Gabi atalayó en todas las direcciones que su cuello permitió.
–¡Válgame el...! ¡Míralos!
–La mayoría son lisas, las que se desplazan en banco. –señaló. –Bueno, ahí hay un par de doradas.
–¿Y ese? ¡Es enorme!
–Es un mero.
–Pero... Pero, si no había peces. ¡No había peces! ¡Hacía meses que no veía un solo pez en estas aguas! ¡Ni un mísero jurel! –su tono era una mezcla de risa emocionada con sorpresa incondicional. –¡Y- y de repente vienes tú y-! ¡Madre mía, todos ellos! ¡Mira, míralos! –alzó los brazos a modo de indicación. –¿Cómo puede ser, Carmy? ¿Cómo lo has hecho?
–El... El mar.
–¿El mar?
–Creo... Creo que el mar me- Creo que el mar. –señaló con la palma cerrada al horizonte y miró a su acompañante con seriedad, sus gruesas cejas fruncidas sobre sus orbes. –Eso es.
–... "Creo que el mar." –una pausa que pareció eterna. –¿Creo que el mar?
–El mar.
La peliazul asintió, muy orgullosa de su explicación.
–... Te expresas como el culo.
–¡Maldito!
Tras unas escasas preguntas más por parte de Gabriel acerca de tipos de peces seguidas de la correspondiente respuesta de Carmen, el joven se tensó mientras miraba fijamente un punto indefinido dentro del agua e hizo un amago de retroceder. La chica del mar, que había descubierto tras un breve vistazo qué era lo que urgió temor en su camarada, lo agarró el brazo y le dio un apretón afectuoso para evitar su huida.
–Es un marrajo, no te preocupes. Ven, dame la mano.
–Creo que-
–Dame la mano.
Y así hizo. En un agarre férreo, Carmen guió la mano de Gabriel bajo el agua plácidamente hasta que la punta de los dedos de él rozó con delicadeza la superficie de la piel del pez. Este último, nadó con parsimonia entre los dos para después adentrarse en un banco de peces y desaparecer.
–Vaya. –sonrió el pelirrosa de oreja a oreja. –Ahora podré presumir sobre cómo acaricié a un tiburón como si fuera un chucho.
–Vamos, pero si era muy pequeñito.
–¡No rompas mi ilusión! –tras un leve empujón, ambos carcajearon, hasta que el sosiego volvió a reinar mientras que dedicaban varios minutos a observar la fauna que los rodeaba. –Es una pena que la gente sólo los vea como comida, sin apreciar su belleza cuando aún están vivos.
–Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego.
Otra vez el silencio.
–... ¿Sabes? –habló Carmen observando como un camarón nadaba entre sus dedos moviendo sus diminutas patas, su voz sonó mucho más dulce esta vez. –Hoy he vuelto a tener ese sueño...
Gabi la miró con la comprensión esbozada en el rostro.
–Si quieres contarme lo que sea, puedes hacerlo.
–Gabi, si de verdad esa visión se va a cumplir algún día... Si de verdad el Fin de los Tiempos está cerca, como parece tratar de contarme ese sueño... Quiero que sepas, que el último día de mi vida... –colocó su mano sobre el pecho del chico, mirándole fijamente con ojos dolorosos. –Me gustaría pasarlo comiendo arroz con leche.
–... ¿Ya está? ¡Pensé que ibas a decirme algo más emotivo!
–¡Es muy emotivo! ¡Ese arroz con leche que no he podido terminarme esta mañana!
–Me gustaría pasar el último día de mi vida contigo, Gabi. Tú, mi mejor amigo. –el chico dibujó círculos en sus sienes en gesto apesadumbrado. –Tan fácil... Decirme eso me habría alegrado el día. A mi, un pobre muchacho que no tiene nada pero que está dispuesto a todo por su queridísima mejor amiga...
–Cuentista.
–Eres pérfida como una bruja.
–¿Quieres que esta vez llame a un tiburón más grande?
–¡SABÍA QUE TE ENCONTRARÍA AQUÍ!
Una nueva voz, aguda y burbujeante, resonó por toda aquella desértica playa. Y tan pronto como aquel sueño marino hubo comenzado, se esfumó ante los taciturnos ojos de ambos, que tuvieron que presenciar como todos los peces que los rodeaban se disiparon en distintas direcciones como una bandada de palomas. Mientras que Carmen se daba la vuelta en dirección a la recién llegada, Gabriel seguía analizando el panorama. El agua había oscurecido drásticamente desde que la peliazul le dejó de prestar su atención, perdiendo absolutamente aquel aspecto cristalino que ahora pareciera imposible de concebir. Y aquella no era la única diferencia; el oleaje, antes inexistente, ahora había retornado en suaves vaivenes, otorgándole al mar un aspecto sedoso. Pero Carmen poco o más bien nada se interesó por estos cambios rotundos. Era como si estuviera acostumbrada a vivirlos.
"A saber cuántas veces ha hecho esto antes de enseñármelo a mí..."
–¡Así que te has vuelto a escaquear! –la rechoncha figura de Camino avanzaba a horcajadas sobre la arena.
–Querida hermana, –la otra joven arribó finalmente a la sequedad de la orilla. Adoptó una postura en jarras, el agua chorreando por toda su cabellera y vestido. –creo saber que escaquearse se usa para cuando una persona no cumple sus obligaciones. Y yo no incumplo ninguna de mis obligaciones.
–¿Escaquear de qué? –él se sumó a la conversación, también al fin en tierra firme. Carmy lo miró con aire exasperado.
–Adivina quién tiene una cita sorpresa, ejem, otra vez, ejem, con cierto pedante repeinado.
–¡Oye, hermanita! –la señaló con un cucharón esbozando una sonrisa traviesa.
–¿Por qué traes un cucharón?
–¡Lo he traído expresamente para señalarte con él!
–Luego dices que yo estoy loca, Gabi. –el apelado se dedicaba a ojear un zapato del que se había descalzado, claramente contrariado por haberse adentrado en el agua con ellos. Ni se molestó en mirar a las hermanas para responder.
–Estáis las dos como una cabra.
–Me gustan las cabras. Si tuviera una la llamaría Asunción.
–¡Car-men-ci-ta! –por cada sílaba le proporcionó un golpe en la frente con el metálico utensilio de cocina. –¡No es justo!
–¿El qué no es justo?
–¡Es tan injusto que el Conde McArthur se haya fijado en ti y no en mí!
–Yo lo definiría más bien infausto.
–¡Un hombre tan encantador y lindo te ofrece su amor y tú lo desprecias! ¡A los Dioses les ruego que ojalá se fijara en mí!
–To' pa' ti. –Carmy se sentó con desánimo y garabateó en la arena. Gabi alternaba su jovial mirar entre las dos y Camino daba vueltas bailoteando con aire soñador y sus ojos esmeralda perdidos en el cielo, navegando por algún mundo de colores que sus dos oyentes no alcanzaban a comprender.
–¡Algún día nos casaremos, y le prepararé todas las mañanas mis mejores dulces! ¡Y se enamorará más de mí! –la joven de rizados cabellos castaños fantaseaba sin dejar de gesticular. –Masajearé sus hombros cuando regrese a casa cansado y peinaré su cabello con mimo.
–¿Que tú le cepillarás? –la otra mujer parpadeó perpleja. –Y yo pensé que esto lo hacía una vaca a lengüetazos...
Una carcajada a mandíbula batiente inundó la playa a la misma vez que un grito ahogado de espanto por parte de Camino, que comenzó a zarandear a Gabriel para que dejara de reírse.
–Es injusto, ¡mucho!
–Oh vamos hermana, déjalo ya. –Carmen se puso en pie. –¿Sabes lo que es verdaderamente injusto? Que Gabi y yo estemos empapados y tú no.
Los dos mejores amigos comenzaron a mirarse con picardía.
–¿Al abismo? –él ladeó la cabeza y sus mechones rosas se mecieron al compás.
–¡Al abismo!
Por mucho que gritara o pidiera clemencia, los dos atacantes no tuvieron piedad alguna al agarrar a la pobre Camino como si de un saco de patatas se tratara y la lanzaron al agua.
Una ciudad pequeña como Gades siempre posee un ambiente de suma placidez un día festivo como el domingo, mas esta tranquilidad siempre se ve intensificada a las horas más bajas de la tarde. La luz naranja del sol poniente se proyectaba sobre la vetusta urbe, el tintineo de las campanillas de los barcos pesqueros atracados en el puerto danzaba en el cálido aire de estío y el céfiro marinero lo introducía tierra adentro por las estrechas callejuelas de plata. Los niños que anteriormente correteaban jugando e inundando las plazas de la melodía de sus risas, ahora se encontraban en la quietud de sus casas, dejando tras de sí tan solo la poesía de los árboles y el arrullo de las palomas.
Por uno de los numerosos paseos paralelos al océano que bordeaban la ciudad avanzaban tres siluetas que se contoneaban entre jolgorio y jugueteos, sus sombras caían alargadas sobre el suelo, obra del sol del ocaso. Los pocos viandantes con los que se cruzaban los miraban con una sonrisa divertida dibujada en los labios, pues el trío era bien conocido por los residentes. Y como para no fijarse en ellos, pues menudas pintas traían; despeinados y con la ropa emblanquecida por la acción del salitre.
–No lo sé, yo solo estaba apoyada en la baranda del piso de arriba... –era Carmen la que se dedicaba a contar anécdotas laborales ante los ruegos de sus acompañantes. –Y no sé qué paso, pero los pantalones de ese tío salieron ardiendo. ¡Trató de encenderse el cigarro con los pies, por el amor de los Dioses! Pero claro, ahí entendí por qué a aquel hombre le llaman "el Chaleco".
–¿Porque siempre lleva uno puesto? –preguntó su hermana.
–Porque le faltan los dos brazos.
Mientras que Camino se sujetaba la barriga con una mano y con la otra se limpiaba las lágrimas, Gabriel colocaba su mano sobre su cara sin poder creérselo.
–Cuando terminé de cantar aquella noche, todos mis oyentes me hicieron la ola pero él hizo la bolla.
–¡Dios Carmy, no! –el pelirrosa enganchó a la apelada con el brazo, zarandeándola por aquella broma mala y su hermana emitió tal risotada que más bien entraba dentro de la categoría de chillido; un par de gaviotas salieron volando despavoridas.
Anduvieron varios minutos más, cuando el sonido de cascos de caballos contra el adoquinado y el crujido de la madera de las ruedas anunciaron el inminente paso de un carruaje. A aquellas horas del anochecer y un día no lectivo era algo harto inusual, por lo que los tres amigos se giraron casi al unísono para comprobar la procedencia del golpeteo.
La tez blanca de Carmen empalideció aún más. Oteó en todas direcciones para buscar un escondrijo, pero algo dentro de sí le dijo que ya era demasiado tarde y por una vez se lamentó de su aspecto tan característico. Gabriel, que también se había percatado del aprieto en el que se encontraba su mejor amiga, colocó una mano en su hombro demostrando así su empatía. Camino, que era la única que todavía no había reparado en la situación, cambió de disposición al instante en el que aquel vehículo frenó a la altura del grupo y el ocupante asomó su bien parecido rostro por la ventana.
–¡Oh, estimadísimo Conde McArthur! –la castaña juntó las manos sobre su pecho, el amor incondicional por tal individuo se podía leer desde en el destello de sus ojos como en el ademán de su postura.
–Señorita Cervantes. –inclinó levemente su sombrero de copa. –Señor García. –el aludido inclinó con suavidad la cabeza mostrando sus respetos. Finalmente, posó sus irises rojizos sobre la última integrante del grupo. Inspiró profunda y perceptiblemente. Carmy y Gabi se miraron aturdidos. –Por toda la ciudad os busqué, rogándole a los Dioses que me bendijeran con vuestra presencia. Y aquí os hallo, sanas mi alma en pena con tus expresivos luceros. Mi señora, –abrió la puerta del carruaje, se desprendió del sombrero y se inclinó hacia el conjunto, tendiendo su mano. Carmen recibió el gesto con una elegancia no concordante con su desaliñado aspecto. –el paisaje marino que os envuelve no hace más que ataviaros como la sirena que sois. –llevó la pequeña mano de su amada a sus labios para besarla. Ella sonrió con una sorna camuflada.
–Tan grandilocuente como siempre, puedo apreciar.
–Por una musa como vos, hasta el hombre más burdo se hace rapsoda.
–Las palabras se las lleva el viento. Y oh, mi querido Conde, en esta ciudad raro es el día que no sopla.
–Tan indomable como el océano. Y hechizante como una sirena.
–Eso me dicen. –se liberó del agarre sutilmente. –Si soy la sirena que clamáis, entonces bien sabréis que mi único y sagrado amor es el mar. –giró sobre su eje para encarar a Gabi, dándole así la espalda al noble de cabellos cárdenos. Ella guiñó con una mueca estúpida y él trabajó duro para reprimir la carcajada que crecía en su pecho tras tal estampa.
–Huir procuro el dolor, como todo hombre, mas cuando faltáis a mi lado, es lo único que acierto. –la predilecta de tal hombre volvió a mirarle al mismo tiempo que Gabriel exageraba un carraspeo. La hermana menor, completamente embelesada por las palabras de miel del conde, no hacía ni el amago de abrir la boca.
–El tiempo es oro, pero el oro no le da la vuelta al reloj. ¿Para qué me buscabais?
Los suaves ojos de McArthur pestañearon aprisa. Se reclinó de vuelta en el tapiz de su asiento y cruzó las piernas con finura. El dúo inseparable atisbó con entretenimiento las siempre presentes botas de montar del conde. ¿Lo habían visto alguna vez calzado con algo distinto? Ellos jurarían que no.
–Si me concedierais el honor de acompañarme, aunque tan solo fueren unos minutos, en un paseo en mi carroza... Me haríais el hombre más dichoso del mundo.
Silencio. Las finas cejas del librero se torcieron a la par que todo su gesto y la cortejada escudriñó cada rincón de su mente para encontrar cualquier excusa. La tercera se mantenía demasiado mesmerizada como para prestar atención a la circunstancia.
–Mis respetos, pero ya a estas horas-
–La invito a cenar.
Otra vez silencio. Súbitamente, Carmen recordó que lo único que había ingerido en todo el día fueron aquellas míseras cucharadas de arroz con leche del desayuno, del cual tuvo que huir para escapar de una cita indeseada. Que ahora McArthur le ofreciera lo que al comenzar el día le arrebató indirectamente le pareció de lo más justo. Además, con tan solo imaginarse el festín de un conde, el tener que pasar tiempo con aquel pomposo doncel pareciera no más que una leve mota de polvo que no proyectaba la más mínima sombra en sus planes.
–Acepto.
El gesto de su leal amigo se torció tanto que quien lo hubiera visto habría apostado tres monedas a que se rompería en aquel instante. Camino suspiró. McArthur apenas se lo creía. Pocos segundos bastaron para que las palabras de su amada se asentaran en su realidad, sonrió encantado y sus ojos se entrecerraron. Volvió a extender su mano. Ella la tomó, los bordados de la manga de su camisa le hicieron cosquillas en la palma; de un liviano brinco y aferrándose al apoyo que él le brindó con su brazo, la sirena de Gades se aupó al coche, sentándose en frente del gallardo joven y brindándole una sonrisa que él no supo reconocer como falsa.
–Colmado me hallo de felicidad, no sabéis cuanto.
Tras un movimiento de aquiescencia, la interesada mujer asomó su glauca cabeza por la ventanilla y le musitó a su mayor confidente, señalando a su hermana menor.
–Acompaña a Cami a casa.
–... ¿Carmy, eres tú? –él todavía no terminaba de vislumbrar qué se traía entre manos. Ella tan solo arqueó las cejas repetidamente, sus expresivos ojos inundados de confianza.
–Os quiero. –retornó al interior del compartimento y cerró la puerta, el opulento ocupante observándola complacido. Ella le dedicó una dulce mirada.
Y tras ello, McArthur golpeó ligeramente el techo del carruaje con su bastón y este comenzó a desplazarse otra vez, dejando tras de sí a Gabriel plenamente desorientado y a Camino tan embobada como una tonta podría quedarse.
Varios fueron los minutos que llevaban transitando de vuelta a casa Camino y Gabriel, este último todavía sin ser capaz de explicarse por qué su amiga se expondría a ciertos riesgos con tal de aprovecharse de un hombre interesado en ella románticamente. Concerniente al amor, en este estado se hallaba la hermana menor de la ausentada; se le llenaba la boca de elogios al conde sin percatarse de que su contertulio no le oía ni una sola palabra, abstraído en su propia obcecación.
Así desfilaban aún por el paseo marítimo, la luz anaranjada del pasado ya extinta y reemplazada por la artificial de las farolas que se iban encendiendo a lo largo de la muralla. Alzada en el cielo una luna nueva que mantenía al océano sumido en una oscuridad solo posible cuando el satélite se encontraba en tal fase. Los grandes ojos de Gabi miraban al horizonte pero no veían nada, no sólo por la negrura de este, sino por la constante lluvia de pensamientos que invadían su razón. Una intermitente luz que a un ojo poco ávido se le abría pasado centelleó una milésima de segundo, para justo después desvanecerse. Que aquello no era algo natural es lo primero que sospechó el muchacho, logrando así escapar de su posterior obnubilación. Trotó hasta la muralla de blanco mármol y se reclinó sobre ella, impávido ante las quejas de su escandalosa amiga. El suave aire marino de una noche de verano acarició sus bellas facciones.
Achinando los ojos para hacer su visión más certera pudo reconocer una silueta en el horizonte. Analizando un poco más el panorama, pudo delinear lo que eran más figuras similares a la primera. Así hasta contar toda una comunidad de elementos que reconoció instantáneamente. Oteando en todas sus direcciones tierra adentro, un escalofrío lo recorrió al intuir que él era el único que se percató de lo que se avecinaba, no paseaban apenas más transeúntes por el baluarte. Su mente trabajó a toda velocidad hasta alcanzar una solución no antes pensada. Como alma que lleva el diablo corrió hasta la garita más próxima. Desde un pequeño rectángulo que hacía sus veces de ventana en el grueso muro pudo atisbar la luz parpadeante de una vela, dando a conocer que se encontraba ocupada. El corazón le retumbaba contra el tórax causa de su nerviosismo. Asomó la cabeza por la puerta de la torrecilla y sus latidos enmudecieron. Se le calló el alma al suelo y perdió la capacidad de parpadear.
Sangre. Por el suelo y las paredes. El vigía muerto en el suelo. Su cara desfigurada en una mueca atroz y un profundo tajo en su cuello.
El pitido de la sangre bombeando en sus oídos era todo lo que Gabriel podía oír. Todo encajó en su mente.
–¡Oyeee Gabiii! –Camino se aproximó dando saltitos con su sempiterno tono jubiloso. –¡No me dejes atrás! ¡Hermanita se enfadaría contigo!
Él no podía permitir que una persona tan dulce como ella viera aquello. Se giró, el pavor congelando sus articulaciones. Sus finos labios temblaron antes de unir miradas con la tierna chica y susurró.
–Corre.
–Detenga su oratoria. No importa cuanto me regale los oídos, mucho menos con cuantas joyas o vestidos me engalane. Todo eso no funciona con una mujer como yo.
–Os puedo asegurar, mi preciada Carmen, que no hay mujer como vos en ningún rincón del mundo.
–Puedo suponer, por lo tanto, que habéis estado en todos los rincones del mundo con todas las mujeres del mundo, ¿cómo pretendéis cortejarme con esas?
–Mi ocurrente sirena, no es más que una mera forma de hablar. Mi amor por vos es tan grande que no puedo más que exagerar mis palabras para que podáis percibirlo.
–Mi señor, lo mío no fue más que un mero comentario sarcástico para acentuar mi anterior declaración. Es una pena que no seáis tan ávido como me pintáis a mi, conde McArthur.
–Oh, Carmen mía por favor, llamadme Doug cuando tan solo seamos vos y yo. Sería todo un honor el escuchar mi nombre de sus labios.
–Ahora mismo es cuando descubro vuestro nombre de pila, pero no me encuentro demasiado dispuesta a daros tal placer. No a un hombre que declara amarme en cuerpo y alma pero no es capaz de mostrarse considerado con el resto del pueblo ni con mis seres queridos.
Rotó la cabeza para mostrarle su perfil a su contertuliano. Los ojos de Carmen se miraron a sí mismos en el reflejo del cristal del carruaje, ansiando que el trayecto llegara a su destino de una vez por todas para así poder salir de aquel pequeño cubículo en el que el denso olor dulzón del perfume de McArthur acabaría por asfixiarla. Exhaló. Cada vez que trataba de apartar al conde de sí y demostrar que no tenía ningún interés amoroso en él, el tiparraco siempre encontraba algún comentario sensiblero con el que argüir y se apegaba aún más como una garrapata. ¿Quizás no debería haber aceptado la petición? Pero disfrutaba tanto cuando se aprovechaba de hombrecillos como este... Fueran ricos o pobres, guapos o feos... A todos podía sacarles algo, y aquel banquete que le esperaba al final del trayecto disipó sus dudas. Era verdad que no quería riquezas ni reconocimiento, pero no podía disimular el regocijo que sentía al arrebatárselas a quien considerara oportuno. Ni ella misma se comprendía.
–Adorada mía, por favor, me duele tanto cuando me tratáis así...
"Siempre le hablo así, y siempre vuelve... Masoquista."
–Los lloros vacíos no funcionan conmigo. El esfuerzo íntegro y el afán de reconquista, sí. –un tono meloso adornó su respuesta, a la espera de convencer al noble a que abriera el monedero.
"Que no me interesa el lujo ni las joyas... Cuanto más se lo digo, más se gasta en mí."
Él la miró algo cabizbajo tras su sedoso flequillo morado. Ella enredó uno de sus mechones, glaucos y ondulados como las olas del mar tropical. Entrecerró sus ojos en una mirada que se podía interpretar como levemente lasciva, pareciendo así sus pestañas aún más largas. Apretó los labios con gesto impaciente.
–Es raro veros tan reticente...
–Carmen...
Y tal como el nombre de aquella mujer que a todos controlaba de escapó de sus labios, sus instintos parecieron dominarle y toda la educación noble que recibió desde pequeño se esfumó como la espuma de mar al romper una ola. Carmen se vio a sí misma sin apenas tiempo para reaccionar, con sus manos en el firme pecho de Doug. Aquello se le había ido de las manos, definitivamente.
El joven conde se había abalanzado sobre de ella, acorralándola en su asiento para tratar de dar rienda suelta a su deseo de besarla. Las finas manos de Doug situadas a ambos lados de la cabeza de ella, que lo miraba a sus almendrados ojos con gesto sobresaltado. Ninguno de los dos parecía saber qué era lo que realmente estaba pasando. Las largas pestañas de él se movían de arriba a abajo a la par que su mirada sobre el cuerpo de ella, deseando dar rienda suelta a aquellos instintos que tanto había tratado de ocultar bajo la severa formación que hubo recibido.
Pero ella apenas sabía dónde estaba, ni podía calibrar el peso de lo que le estaba ocurriendo. Miraba pero no veía, oía pero no escuchaba. Un zumbido inaudible retumbó por su tórax. Deslizó las palmas del pecho de él hasta el suyo propio, instalándolas sobre su corazón. Parecieran que pasaron horas en vez de segundos. De repente, silencio, pero solo dentro de ella. Y una voz clara como un límpido riachuelo bosque a través.
"Vienen a por ti."
Un cañonazo que atravesó el carruaje justo en aquel instante hizo que todo volara por los aires. Tablones de madera se alzaron sobre la explosión, los caballos de desbocaron y el cochero se despeñó con violencia contra el asfalto. Carmen tan solo pudo ver el arder del fuego, sintió la fiereza del aire ardiente contra su piel y trozos de madera y cristal azotarla. Salió despedida varios metros sobre los jardines. Un dolor punzante atravesó su cráneo.
Tras ello, todo se volvió negro.
