Hola de nuevo, lectores (: muchas gracias por leer el capítulo anterior, los reviews y los favs siempre son un buen incentivo. Antes de que comiencen a leer, quiero pedirles una disculpa enorme por el desastre que se subió para primer chap -.- se borraron mis líneas divisorias y eso puede confundir un poco, a veces fanfiction no trabaja como me gustaría xP. También me gustaría aclarar que este capítulo es el pasado, quizá sea molesto de leer (lo siento x_x), pero es una "introducción" que acabará este aquí mismo, antes de comenzar con el verdadero punto de la historia. Bueno, suficiente.

Disclaimer: Los personajes y sus bases no me pertenecen, todo es propiedad de Nintendo o quien corresponda. Hago esto sin fines de lucro, por amor a la escritura y a TLOZ.

Advertencias: Parejas a mi gusto, OOC. Acepto críticas y comentarios, más no desprecios, por si alguien quiere ahorrarse la molestia de que ignore lo que tenga que decir. Estoy fuera de práctica, soy humana, y pueden encontrarse con errores ortográficos y gramaticales. ESTO ES T RANK POR UNA RAZÓN.

Summary: La suya era una relación amistosa, sin compromisos, sin esos sentimientos. En algo estaban de acuerdo: Él no quería conocerlos, y ella no quería volver a experimentarlos. Ambos obtenían lo que querían, y todos salían beneficiados. Y así se quedaría… ¿O no?

Princesa Zelda
Chapter II: El pacto.
~DMBeige

Salió esa mañana con Mido, hablando de cosas irrelevantes. Aquel hombre tenía una boca muy grande y de vez en cuando chocaban sus personalidades, pero era excelente en su trabajo. Fue a aquella aburrida reunión de mala gana, cansado de darle vueltas al tema de bienes raíces que trataban. Sustituía la presencia de Saria, una de sus más estimadas colegas, la cual no podía hacerse cargo del departamento por una fiebre difícil de tratar que la había tenido en cama las últimas semanas. Allí, entre la cháchara que lo tenía con poco cuidado, dio continuidad al sueño que lo había tenido tan pensativo en la mañana.

Su historia con Zelda.

"Llegaron esa tormentosa noche de Septiembre. Sus brazos, adormecidos, aferraban a la muchacha que llevaba en la espalda.

No sabía si ella estaba consciente, pero evidentemente no tenía fuerzas para decir una sola palabra, para hacer un solo movimiento. Sólo colgaba de él, encorvada, como una muñeca rota.

La depositó sobre el sofá a como pudo, y se giró para mirarla. Era tan pequeña.

Su mirada estaba perdida en un punto fijo, cristalina. Sus labios tenían esa textura que tienen aquellos que llevan un rato sin soltar palabra. ¿Hace cuanto que su llanto se había diluido con la lluvia chocando contra el concreto? Debía ya haber pasado por lo menos una hora.

Se acuclilló frente a ella y la miró intensamente, esperando unos segundos, paciente. Esperando que ella también le mirara. No lo hizo.

—Debes sentirte hecha polvo, has estado bajo la lluvia mucho tiempo. Además, era como estar frente a una ventila. —Optó por hablar, mas no hubo respuesta alguna. Prosiguió. —Puedes entrar a la ducha, si quieres. —Reaccionó ante su propuesta, y trató de excusarse después. — ¡Vale que no espiaré, eh! Soy un tío decente. —Y le guiñó el ojo, que fue en combo con una radiante sonrisa. Seguro que ella ni siquiera la vio. Sus cejas se arquearon hacia abajo, y la curva de su sonrisa perdió intensidad. —O puedes quedarte aquí por un rato… —Trató nuevamente: Nada. Lanzó un quejido al levantarse de su lugar. —Estaré por allí, por si necesitas algo. —No tenía nada que decir, y se marchó de la sala.

Su apartamento no era grande, lo ideal para un soltero. Estaba algo desastroso debido a su atareada semana, la verdad era que el aseo se convertía en algo irrelevante con su ritmo de vida.

Entró a la ducha y allí, bajo las ardientes gotas de agua, casi se olvidó de la destrozada chica de la sala. Se quedó en ese lugar tanto tiempo que se le arrugaron las yemas de los dedos, se dejó embriagar sonido de las gotas, rindiéndose al suelo. Se olvidó de lo helado que estaba su cuerpo minutos atrás, tras llegar a casa empapado.

El encanto acabó junto con su aventura bajo el agua. Salió, se secó el cuerpo y el cabello sin mucho esmero. Entró en unos bóxers holgados, color verde oscuro. Fue a la sala y encendió la cafetera, comenzando a apesadumbrarse nuevamente por su pequeña obra de caridad. ¿Había sido una buena idea meterla como si nada al apartamento? ¿Debió haberla dejado bajo la lluvia y seguir su camino? Lo descartó de inmediato.

Definitivamente no era una buena idea cargarse crías lloronas y encima mostrarles tu lugar de coexistir, ¿y si era una maniaca viola hombres o algo parecido?
Dejarla bajo la lluvia tampoco era una opción…. ¿Por qué no era una opción? Se sirvió una taza de café, bebió.

Porque quieres protegerla; se respondió mentalmente. Bufó, soltando un quejido burlón. Podía llegar a pensar cosas muy estúpidas de vez en cuando. ¿Por qué querría alguien proteger a una completa desconocida?

El estruendo de algo chocar contra la madera lo sacó de sus pensamientos, y se alarmó al ver a "la chica" temblorosa, bien aferrada al marco de la puerta. Su mirada estaba cargada de desprecio, de dolor. Su mirada finalmente estaba fija en él.

Dejó la taza de café y se lanzó para ayudarla; obtuvo un manotazo por respuesta, y unos cuantos resoplidos. —No me toques… —Dictaminó con una voz ronca. Link se vio obligado a ignorar su petición, ya que un segundo después ella aulló como un animal, casi yendo a parar al suelo.

La dejó respirar, sosteniéndola. — ¿Estás herida? —Más manotazos. Link revoleó los ojos, la tomó fuertemente por los hombros y le dio una zarandeada un tanto violenta. Habló con voz potente. —Si no dejas de ser tan cría, te tiro a la calle ya mismo y me dejo de esta mierda. —Advirtió, frío, con una mirada punzante. Y es que ese era él: Un hombre de poco corazón, poca paciencia y mucha fuerza.

Un silencio sepulcral inundó la habitación; se desató una guerra de miradas de unos cuantos segundos. El azul de sus ojos contra el azul de los suyos. Sus miradas eran necias, pero algo pasó. La mirada de ella se fue ablandando, convirtiéndose rápidamente en un profundo miedo. Él se arrepintió al instante.

La vio llorar en silencio, contener los gemidos. Lágrimas le corrían por el rostro y mecánicamente, nuevamente, su mirada se alejaba de él. Suspiró, sintiéndose un imbécil, e hizo su orgullo a un lado. —Ven aquí. —Dijo suavemente, antes de pasar una mano por debajo de las rodillas de ella y la otra por la espalda. La cargó y la depositó en su cama, ella se quedó sentada, mirando al suelo. Estaba perdida nuevamente.

Se encaminó al baño y colocó en tapón la bañera, dejando que el agua comenzará a acumularse en la tina. Se quedó mirando el vapor unos segundos, chocando los dedos contra los azulejos. Se sentía como un patán, un idiota. Vale, eso es lo que era, pero nunca le había importado de todas formas… Hasta ahora.

Sacudió la cabeza y salió del cuarto de baño, volviendo a donde ella. La miró, inerte, callada. El sabor amargo que le llenaba la boca se intensificó. Mierda, se sentía realmente culpable.

Se sentó a un lado de ella y tomó la orilla de su exquisita camiseta de algodón. ¿Qué carajo estaba haciendo?

No lo pensó mucho más y se la sacó por encima, ella no opuso resistencia. Le desabotonó los pantalones y se los quitó con un poco más de problema. Su ropa interior era color rosa pálido, trató con todas sus fuerzas de no prestar atención a eso. Sintió un ligero ardor en sus mejillas y abrió mucho los ojos, sorprendido. Había visto a tantas mujeres de esa manera, en circunstancias mucho mejores y más tentadoras, en la vida se había sonrojado con alguna de ellas. Tomó aire y se deshizo del resto de la ropa de ella; volvió a tomarla entre brazos y caminó en silencio.

El espejo del cuarto de baño estaba empañado, fue lo primero que notó al entrar. La depositó gentilmente en la tina y la notó arquearse debido al repentino cambio de temperatura, lo cual le sacó una sonrisa de autosuficiencia. Era una buena señal.

Cerró el grifo y tomó un pequeño bote color lavanda. La chica lo miró rociarlo sobre ella, curiosa, y las burbujas no tardaron en formarse en la bañera. Utilizó más de lo que usualmente vertía, quiso pensar que por respeto, ¿a quién no le gusta ver tetas?

Se acuclilló detrás de ella y tomó el shampoo, se lo esparció entre las manos y comenzó a masajearle el cráneo. Ella no decía nada, y él tampoco, pero cada vez se hundía más en la bañera y eso, para Link, eran gritos que le pedían que continuase. Se quedaron así durante mucho tiempo, cada uno en las profundidades de sus pensamientos.

— ¿Cómo te llamas, princesa? —Rompió la calma de pronto, pero la atmosfera sólo pasó a ser… Atenta. Curiosa.

—Zelda… —Respondió después de unos segundos. Él miró hacia abajo, ella ya lo estaba mirando. —Lo siento…

—No. —Cortó él, apartando una mano del espumoso cabello de la chica, moviéndola a manera de negación. —Está bien, yo decidí traerte aquí. A veces soy un idiota y… —Se cortó a sí mismo, frunció el ceño. —Esto no te da pie para asaltar mi casa o tratar de violarme, eh.

— ¿Qué? —Exclamó ella, dando un salto dentro de la bañera, con el rostro totalmente bañado en rojo. —Tú no eres el que está desnudo en una tina, con un completo desconocido detrás sobándote la cabeza. Sólo digo. —Acusó, señalándolo con el índice.

—Con que eso era en lo que estabas tan metida, ¿mhn? —Dijo Link con una sonrisa ladina, acusándola igualmente con el índice. —Te ha gustado, no puedes negarlo.

Una tenue sonrisa se acentuó en los labios de ella, de Zelda. Se acercó al borde de la bañera y recargó el mentón allí, mirándolo siempre hacia arriba. —Muchas gracias por tu… Ayuda. —Dudó un poco en decirlo, pero eso era. Muy a su manera, él la había salvado ese día. — ¿Puedo saber tu nombre?

— ¿De tu héroe? Por supuesto. —Jugó, egocéntrico. Ella abrió la boca para decir algo, frunciendo a su vez el ceño; él se le adelantó. —Soy Link… —Le tendió una mano, aún con esa sonrisa arropadora bien pintada en el rostro. Ella sonrió y la estrechó de vuelta, pero al rozarse sus extremidades, pegó un brinco hacia atrás. — ¿Qué ocurre?

Entonces lo recordaron. Las heridas de sus antebrazos tenían una textura desagradable, seguramente por la humedad. Con el reciente roce había un poco de sangrado. Zelda se encogió, avergonzada de sí misma, incapaz de mirar al chico a los ojos nuevamente. Trató de esconder su quejar bajo el agua enjabonada; Link le reclamó con un chistido.

— ¿Qué está mal contigo? Vas a infectarlas o algo… —Hizo lo mejor que pudo por minimizar el asunto. Zelda sólo lo miraba, moviéndose lentamente, como un animal acorralado. —Vale, he visto cosas peores. —Animó, tomando de un zarpazo una toalla que había colgado cerca hace un rato. — ¿Podrás arreglártelas tú misma para salir de allí o tendré que encargarme yo? —Dijo, pícaro; eso pareció surtir efecto. El semblante de la muchacha cambió a una vergüenza diferente, una que la hacía fruncir el ceño.

—De estar en una situación diferente, ya habría llamado a la policía. —Refunfuñó. Link soltó una carcajada. Era una chiquilla adorable.

—No tienes tanta suerte. —Bromeó. Seguido dejó la toalla en el suelo y se puso de pie. —Asegúrate de secarte bien antes de salir, afuera no hay vapor de baño ni calefacción. La secadora de cabello debería estar en el espejo. —Hizo una pequeña pausa, chocando miradas. Zelda se preguntó mentalmente que cosa estaría a punto de decir. —No preguntes porque tengo algo tan homosexual. —Exigió, provocando que una risa furtiva escapara de los labios de ella. Sonrió, complacido de poder ayudar después de todo. —Tómate tu tiempo. —Y salió del lugar.


Caminó de puntillas. No era consciente de ello, sólo era que no se sentía totalmente… Cómoda. Vamos, ¿quién lo haría? Estaba en la casa de un extraño, con una toalla de baño PRESTADA como única defensa. ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes que no tenía cambio de ropa alguno?

Miró para ambos lados fuera de la puerta del baño, como hacen los niños pequeños antes de cruzar la calle. Por un lado, la luz mortecina de una lámpara de tocador. La recámara de su "héroe": Link.

Por más que le costara admitirlo, eso era… Su héroe.

Al otro lado, un pasillo que seguramente conectaría con las otras habitaciones. Todo estaba silencioso, ni siquiera el sonido de la radio o el televisor se hacía notar. ¿Dónde estaba ese rubio pervertido? ¿Estaba acechándola?

¡Por supuesto que no! Diablos, tenía que dejar de pensar esas cosas, al menos de momento.

Se atrevió a tomar camino por el pasillo y paseó por las habitaciones. La cocina era pequeña y estaba increíblemente ordenada; tenía una amplia alacena llena de vinos y objetos asociados; por alguna razón eso no le sorprendió en lo absoluto. Siguió su camino, ignorando algunas cosas y habitaciones, hasta dar con la sala de estar. Era probablemente la habitación más amplia del… ¿Apartamento? Si, seguro estaba en un apartamento.

Ya había recorrido casi todo el lugar, y ni pista de su anfitrión. No quería indagar mucho más, de por sí ya se veía como un ratón, cuchicheando de puntillas en una casa ajena por un poco de queso. Dando un profundo suspiro, decidió allanar en lo que probablemente sería el lugar más privado, la habitación iluminada de antes. Entró a pasos lentos, comenzando a tiritar dadas las inclemencias del clima. Era un lugar modesto, desordenado. La cama estaba pobremente arreglada y entre los objetos más llamativos estaba un estante, atiborrado de papeles. Se atrevió a husmear en el armario, pasando sus dedos entre las camisetas planchadas y enganchadas, enterándose de los gustos en ropa del joven rubio. Llamó su atención una sudadera de algodón color gris, lisa… Se veía tan… Tan cómoda y calientita.

Para cuando reaccionó, ya estaba metida dentro de la prenda y sentada en la cama, cubriéndose con el pesado cobertor. Se revolvió en su lugar, degustando de una calidez que subía como un hormigueo, marchando disciplinadamente por su piel de leche. Expiró, extasiada, pero un bufido perturbó la paz que tanto necesitaba.

— ¿Cómoda, princesa Zelda? —Farfulló el anfitrión, bien instalado en el marco de la puerta. No sabía cuánto llevaba allí, pero no le gustaba la idea.

—Hmn… —Estrechó los ojos y torció los labios, resguardándose aún más en su fuerte de tela. —Ciertamente, sí. Aunque no me vendría nada mal una taza de café. —Bromeó ella, tratando de ocultar la tremenda vergüenza que le asaltaría si no lo hiciese. Él sonrió y se acercó, ofreciéndole una taza de barro que él mismo cargaba en sus manos. Desubicada, sólo pudo atinar a tomarla con cuidado y murmurar "gracias". El contacto con los muros calientes le sacó un suspiro. — Yo…—Lo miraba de soslayo, tratando de adivinar sus pensamientos. Esa sonrisa agalanada se comportaba como un excelente bloqueo. —Lamento haberte causado tantas molestias… Te prometo que te compensaré. —Le lanzó una mirada de negocios, esa que él conocía bien. Ahora fue el turno de muchacho de torcer los labios.

—Oh, princesa… — Deletreó él, cerrando distancias de manera peligrosa, casi sugestiva. —Tu dinero no me interesa, y tus contactos tampoco. —Zelda trató de articular pero, claramente, la tomó con la guardia baja. —Esa no es manera de agradecerle a tu héroe, no una tan cuadrada e irrelevante. —Sus dedos alcanzaron un mechón de su cabello y jugaron con él. Ella estaba helada, inerte ante sus actos. ¿Con que clase de enfermo y retorcido se había cruzado? —Yo sólo quiero… Que me digas si de verdad te creíste que iba a pedirte sexo o algo peor. —Las palabras revolotearon en la cabeza de Zelda, abriendo paso a diez tensos segundos de silencio. El color se pintó en el rostro de la joven hasta llegarle a la coronilla y, con un furioso chillido, sumida en su rabieta, se lanzó contra el rubio de ojos azules. A pesar de lo disgustada que estaba por cómo se la había jugado, él parecía pasárselo en grande. No parecía importarle que la joven le tirara de los cabellos y le pegara golpes por donde alcanzase. Presumía de un auténtico momento de gozo, ese desgraciado hombre juguetón. El café había ido a parar a la cama, se derramaba mientras ellos, ignorantes, comenzaban todo.


No supo exactamente como pasaron del suelo al comedor, del café a la bebida. Ella no era una dama de cerveza barata, no, nada de eso. Siempre que se le escurría alcohol entre los labios se trataba de un vino de antaño, de la mejor cosecha. Un buen coñac tampoco lo rechazaría, ocasionalmente una copa de champagne no le venía mal.

¿Cómo había terminado bebiendo whisky de supermercado?

La conversación se había tornado animosa, él la hacía sentir bien. Hablaba de una manera tan simple y familiar, como si se conociesen de toda la vida. Lo único que la ataba a la realidad era el dolor de sus muñecas, que le recordaba cada tanto la verdadera razón por la cual estaba charlando —semidesnuda— con un completo —pero agradable— desconocido.

Hablaban del trabajo de Link, accionista de una microempresa. También hablaron de Zelda, de cómo había viajado a Europa para estudiar ingeniería mezclada con negocios, todo a favor de GE, la empresa de su padre. Todo iba muy bien, hasta que se tocó aquel tema…

— ¡Mujeres! —Profirió el joven, golpeando la mesa con su vaso vacío. —Les ofreces la mano y esperan un anillo de compromiso. ¡Ja! —Bufó, encajando la mano en su mejilla y alzándose sobre la botella. —Uno no puede buscarlas en paz, ¡no señor! No entienden que no todo lo que pase en su vida será eterno. ¡Las cosas cambian! —Bebió directo de la botella, clavando su mirada azul mar en la muchacha. —No pueden pasar un buen rato, ni vivir sin esperar un "te quiero". ¡Por favor! ¿Es que debe ser un requisito querer para pasarlo bien? ¿Es que tienes que estar atado todo el tiempo para ser feliz? Compran una correa en cuanto escuchan "relación sin compromisos", o preguntan semanalmente si has cambiado de parecer. Te llaman, te preguntan a gritos por el teléfono con quien has estado. ¡Están locas, te lo digo! —Otro trago, uno profundo.

—Oh, ¿eso piensas? —Dijo, mirando las mejillas sonrosadas del que ahora se había convertido en su compañero de bebida. Probablemente, las suyas estarían en el mismo estado. — ¡Pues hombres, digo yo! —Él la miró, arisco, preparándose para contrarrestar lo que fuese que ella fuera a decir. —Llegan, te dicen que te quieren. Te halagan, te miman, te prometen mar y tierra… —Link parecía desconcertado, no se atrevió a interrumpir. —Te dices a ti misma: "Oh, sí ha luchado tanto por mí, algo ha de significar". —Le arrancó la botella de las manos a su ensimismado héroe, imitando sus acciones de antes. — Pero, ¡ja! Para nada. No has significado nada desde el inicio, no más que unos años tirándose a una buena chica… —Estrelló la botella contra la mesa, sin despegar su mano del cuello de la misma. —Que no caería por nadie… Que nunca sería esa estúpida chica de su edad, pillada con promesas y miradas. —Pareció perderse en lo turbio del alcohol. No lloraría, no ahora. Suspiró, un suspiro de derrota. —Pero, dale, tienes razón. Somos estúpidas, ¿que no?

Link salía poco a poco de su estupor, no esperaba un contraataque de esa magnitud. Sonrió, siempre esa simpática sonrisa. —Bueno… Llevo años sin usar esas "tácticas". —Aceptó, riendo por lo bajo. —Es difícil para algunos entender, princesa, que amar no es necesario para vivir… Que ganártelas a base de promesas que no piensas cumplir siempre termina mal. Lo aprendes a la mala. —A pesar de estar ligeramente ebrio, su semblante era serio. Miraba directo al suelo, con el entrecejo fruncido. —Amar es un boleto a sufrir… Y no lo entiendo, nunca lo he entendido. No quiero hacerlo, tampoco. Es una reverenda estupidez. —Ahora la pasmada era Zelda, atenta al monólogo. Se preguntaba una y otra vez si lo que decía era cierto, o si sólo estaba negado a lo que alguna vez había sentido. El joven bufó, llevándose una mano a la cabeza. —Necesito alguien que entienda lo que pienso… Parece imposible. —Volvió la mirada a su princesa, ella tampoco lo entendería. —Alguien que no quiera sentir… Que quiera ser libre, como yo…

—Te sigo… —Suspiró, sin apartar la mirada ni un segundo. —Creo que… Tienes razón. Creo que es una estupidez. —Frunció el ceño, cada vez más convencida de lo que salía de su boca. Salía de su corazón, de sus heridas, de su ser. Era un pensar más profundo de lo que esperaba. Un pesar se le paseaba por el cuerpo. Había sido tan tonta, tan común. — Diosas, Link, la he liado… —Expresó, levantándose de su lugar. Abrazaba su cuerpo, tratando de retener sus sentimientos. —No quiero… Sentirlo nunca más. No quiero volver a amar… —Gemidos escapaban con cada palabra, odio se aglutinaba en su corazón. —Quiero olvidar como se siente… Y no sentirlo nunca más. —Reafirmó, hablando más para sí misma que para él. —Lo haré… No lo necesito. Encontraré la manera de hacerlo. — Lágrimas le escurrían por el rostro, furtivas. Pero ya no sentía pena por sí misma, no. Era esa necesidad de hacer lo que se proponía escapándosele por los parpados, calentando un desolado corazón que había olvidado como latir, hasta ahora. La ambición lo ayudaba a latir.

—Venga, princesa. —Exclamó él, su media sonrisa desfilándole por el rostro. No creía ni una sola palabra, la gente de su clase no sabía cumplir esas… Promesas. Ella, por mucho, estaba lejos de entenderlo. Era una niña mimada, herida y confundida. —Tú duermes en mi habitación, yo en el sofá. Puedo llevarte a donde quieras mañana a partir de las… —Esa gélida mirada en el rostro de la joven lo hizo parar. No sólo lo miraba, los escuñidraba con todo lo que tenía. Sus ojos azul cielo lo recorrían una y otra vez, como escaneando mercancía dudosa. No lloraba más, en cambio, se secaba las lágrimas con el pulgar. — Eh, ¿a qué va…? —

No pudo terminar la oración. De un segundo a otro, la chica lo había acorralado contra la mesa donde antes bebían. Podía sentir su cuerpo, tan pequeño y exquisito comparado con el suyo, aferrado a su tronco. Vestía sólo esa sudadera suya que la hacía ver tan… Esa chiquilla de mierda. Una respiración cargada de alcohol le chocaba contra el rostro, pero eso era lo que menos le importaba. No es que lo hubiera dejado sin palabras, era sólo que una musa de esa categoría lo hacía querer callarse y actuar. Su autocontrol rozaba el límite. —Te necesito… —Expiró ella contra su cuello, lanzándole una mirada felina, pasional. El azul de ambos volvió a toparse de nuevo. Pero no era como en ninguna otra ocasión, no. Era una mirada diferente, una que revelaba un millón de cosas en un parpadeo. Lo tomó por el cuello de la camisa para asegurarse de que no escapara, lo miró hacia arriba. —Necesito a alguien como tú, Link, para aprender… —Seguía recorriéndolo, pero ahora con sus dedos. Desabotonaba su camisa. —Para olvidar…

El deseo de tocarla quemaba, le hacía palpitar los vasos de los dedos. Pero no podía… No podía meterse con una persona rota, o terminaría rompiéndose él mismo. —Esto no es lo que quieres, princesa… —Afirmó, acariciándole los hombros, ansiando el contacto. —Soy la peor apuesta que podrías hacer… Yo no te arrullaré en la noche, ni te diré que te amo. Tampoco iré de compras, tratando de presumirles a mis amigos que me importas. —Dijo, con esa socarrona sonrisa que había mostrado toda la noche. —No conoceré a tus padres, ni te pediré que te quedes cuando estés molesta. No soy ni seré un caballero. Puedo ser tu héroe… Pero nada más.

A toda respuesta, sonrió. Enredó sus manos alrededor de su cuello, sosteniendo el duelo de miradas. —No quiero nada de lo que has dicho… Ni siquiera quiero un héroe. —Acortaba los centímetros entre ellos drásticamente. Sabía que la deseaba, sabía que vencería si se lo proponía. —No quiero un hombre montado a caballo blanco que vaya por mí. Quiero… Quiero un chico malo, un patán sin corazón. Alguien de quien pueda deshacerme cuando se me antoje… Y volver cuando me plazca. —Link parecía muy intrigado. Su hechizo estaba surtiendo efecto. —Necesito a un chico malo, Link… ¿Crees que te siente el puesto?

Él sonrió, satisfecho con su razonamiento. No sabía que las palabras dichas aquel día rebotarían en su cabeza para siempre. —Oh, princesa. —Se permitió ir más allá de los hombros, recorrer su espalda hasta llegar a su trasero y estrecharla aún más contra sí, cargándola. —Has encontrado al peor. Tendrás lo que buscas… Si me das lo que busco.

Frente con frente, se miraban. Tardó unos segundos en responder, estaba cerrando algo muy importante para ella. Algo que decidiría un nuevo rumbo, que le daría un giro a su vida. —… Hecho.

Y en ese mismo lugar, entre gemidos y roces, cerraron el pacto."

Había muchos secretos en su relación. Le gustaba llamarlo privacidad.

Ella no preguntaba sus razones, ni él la suyas. ¿Una amenaza latente…? Sí, lo era. Pero hasta ahora no le había causado ningún problema.

La reunión llegaba a su fin, el tráfico de la tarde se levantaba, fiero. La historia que llevaba construyendo casi medio año con Zelda parecía apenas haber comenzado.

Pero bueno, era un aventurero.


Después de más de un año de haber publicado el primer capítulo… ¡Aquí está el resultado :,D!
Lo siento de todo corazón y_y. Puedo desplegar mi lista de excusas… Pero no tiene caso. No hice lo que tenía que hacer y punto, no hay más que decir ni
pero que valga.
Estoy realmente animada con esta historia. No sólo disfruto mucho de escribirla y desarrollarla, también evoluciona mi mente de una manera espectacular n_n. Espero que esto no quede abandonado hoho ;_; lamento muchísimo la espera para quien piense ser constante n_nu. ¿Anuncios parroquiales? Bueno, probablemente un chap tres no sale hasta después del quince de diciembre (fechas de finales x.x estoy tratando de ser realista).
¡Gracias de todo corazón a quienes leyeron y leerán esto (:! Un abrazo. Críticas, comentarios y mensajes de apoyo en reviews u_ú nos leemos (: