Disclaimer: No, ni los personajes ni la saga Crepúsculo me pertenecen. Lo único que puede considerarse mío es la historia.
Be my Valentine II: Edward
Por Lia Hale
Cincuenta años después de la transformación de Bella, los Cullen deciden sorprender a sus esposas con un pequeño regalo de San Valentín. ¿Qué habrá planeado cada uno de ellos?
El regalo de Edward: Allegra e hija
Podía intuir que Bella seguía demasiado preocupada por Reneesme cuando salimos de Forks. No me sorprendía, ella había dejado que Jacob se la llevara todo un fin de semana, pero en el fondo no estaba preparada para dejarla marchar. Lo había hecho porque ella, mejor que nadie, entendía lo difícil que era tener una relación con un novio que, técnicamente, no tendría que estar interesado en ti. Ella quería que nuestra pequeña fuera feliz, y Jacob, por más que me pesara a mí, era el indicado para lograrlo.
Aún así, esperaba que sus preocupaciones se disiparan un poco cuando viera el regalo que le tenía preparado.
Estaba preocupada y de vez en cuando sus barreras bajaban, dejándome intuir algo de sus pensamientos. Las palabras «regalo», «caro» e «innecesario» se repetían constantemente en su mente, pero esta vez no tenía que preocuparse de eso. Sabía que a Bella no le gustaban los regalos caros y, en esta ocasión, quería obsequiarla con algo de lo que no tuviera que sentirse más tarde culpable al haberlo aceptado.
El camino fue silencioso, y no traté de cambiar eso. Ella necesitaba poner en orden sus pensamientos y tranquilizarse a sí misma acerca de Reneesme, así que esperé pacientemente a que lo lograra.
Por suerte, cuando aparqué el coche, su mente estaba de vuelta conmigo. Al menos lo suficiente para darse cuenta del lugar al que la había traído.
Reí de su expresión.
—Sé que no soy partidaria de los regalos ostentosos y caros, Edward, pero esto es… distinto de lo que esperaba por tu parte —comentó.
No dije nada, simplemente la tomé de la mano y la conduje hacia el interior del cementerio. Bella me siguió sin protestar, y caminamos en silencio durante, aproximadamente, diez minutos hasta que llegamos al lugar al que yo quería llevarla. Paramos frente a una tumba, la tumba de «Phil y Reneé Dawyer», la tumba de su madre y el esposo de esta. Bella me miró, con gran sorpresa, y los ojos cristalinos. Si hubiera podido, habría llorado en ese mismo momento, pero no podía. Los vampiros no lloraba, y no porque no tuvieran motivos para hacerlo. Durante los casi cien años que fui vampiro antes de conocerla, yo había tenido motivos para llorar por la soledad, el dolor, la incertidumbre, las dudas; desde que ella había aparecido en mi vida, mis motivos para llorar eran la felicidad, la emoción y la dicha. Pero seguía sin poder conseguirlo.
Bella no había sabido nada de Reneé desde que nos fuimos de Forks con Reneesme unos años después de que todo acabara. Tampoco de Charlie, pero, al volver a Forks, había visto su tumba en el cementerio. Charlie murió de un balazo estando de servicio cuatro años después de nuestra marcha. Bella se lamentó de oírlo, y lo visitó diariamente durante las primeras semanas, hasta que las sospechas del resto del pueblo la hicieron dejar de hacerlo. No podían relacionarla con el jefe Swan, especialmente pareciéndose tanto a la Bella que muchos de los habitantes de Forks habían conocido cincuenta años atrás.
De Reneé y Phil, en cambio, los motivos principales que habían traído a Bella hasta mí cincuenta años atrás, no había sabido nada. Hasta ese momento.
—El matrimonio Dawyer tuvo una vida próspera y feliz. Reneé Dawyer murió a los sesenta y cuatro años por un fallo cardiorrespiratorio mientras dormía; no sufrió. Phil Dawyer sufrió una lesión en el brazo a los cuarenta y tuvo que retirarse del béisbol; murió a los sesenta y ocho en una operación, por una complicación con su lesión en el brazo. Pidieron ser enterrados mucho tiempo antes de eso.
Bella me escuchaba atentamente, con la mirada fija en la tumba de su madre y su esposo. Pero la sorpresa aún no terminaba. Minutos más tarde escuchamos pasos y susurros. Eran una niña y una mujer adulta. Agarré a Bella y nos alejamos un poco de la tumba de los Dawyer. Instantes después, una mujer de unos cuarenta y tantos años y una pequeña niña de no más de diez, aparecieron frente a la tumba de ambos. La mujer llevaba en la mano dos rosas blancas, que depositó con cariño sobre la tumba del matrimonio, mientras la niña miraba atentamente la tumba de sus abuelos.
Fue ella la primera en percatarse de nuestra presencia.
—Hola —nos saludó con una encantadora sonrisa.
Bella reaccionó por fin, intuyéndose algo de lo que estaba sucediendo. Se agachó hasta quedar a la altura de la niña y le mostró una encantadora sonrisa.
—Hola, pequeña. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Isabella Jones —respondió ella—. Y ella es Allegra, mi mamá.
La mujer se situó a nuestro lado, con una sonrisa también.
—Hola, me llamo Allegra Jones. Lamento que Isabella les haya molestado. Entiendo que estar aquí es difícil.
—No se preocupe —sonrió Bella—. Tienes un nombre muy bonito, Isabella.
Ella sonrió orgullosa. Tú eres muy bonita, pensó. Yo sonreí imperceptiblemente.
—Me lo puso mi abuela. A ella le gustaban los nombres italianos, por eso le puso Allegra a mi mamá. Y a mí me pusieron Isabella por mi tía, pero ella murió antes de que yo naciera y no pude conocerla. La abuela Reneé siempre me decía que era una chica muy lista y que le gustaba mucho leer. Y conoció a un chico guapísimo y se casaron, pero ambos murieron, aunque no me dijo cómo.
Los ojos de Bella brillaban más que nunca.
—Cariño, a estos jóvenes no les interesa la vida de tu tía Isabella. Será mejor que nos vayamos —la alentó Allegra—. De nuevo, lamento las disculpas. Que tengáis un buen día.
Ambos asentimos y Bella suspiró cuando se marcharon. La abracé por la cintura, atrayéndola hacia mi pecho.
—Phil y Reneé tuvieron una niña un año después de que Charlie muriera. La llamaron Allegra Dawyer, y creció entre fotos e historias de su hermana mayor, Bella Swan. La pequeña Allegra estudió Periodismo en Yale y conoció a un estudiante de derecho con el que se casó años más tarde, a los treinta y uno, para complacer a Reneé. Su esposo se llama Jeremy Jones y es un año mayor que ella. Tuvieron una niña a la que llamaron Isabella, en honor a la hermana de Allegra, porque ella siempre creció admirando a su hermana y a la hermosa historia de amor que Reneé le contó sobre ella, la misma historia que Allegra le cuenta a su hija cada noche.
—¡Oh, Edward! —sollozó, abrazándose a mí.
—Feliz San Valentín, mi Bella.
A veces no podía evitar pensar que, quizá, Bella habría sido más feliz si no me hubiera conocido, si no hubiera aparecido en Forks. Entonces podría haber visto nacer y crecer a su hermana Allegra, y podría haber disfrutado de la infancia de su sobrina Isabella. Podría haber tenido más hijos y ser una madre excelente, viéndolos crecer día tras día, siendo una humana normal y corriente.
Pero la cosa es que Bella sí fue a Forks, sí me conoció y, por increíble que pudiera parecerme a mí, se enamoró de mí. Todavía no entiendo cómo pasó, pero pasó. Cincuenta años más tarde, no merecía la pena seguir pensando en ello. Bella y yo éramos felices, y Reneesme era otro motivo más para esa felicidad.
Quizá era egoísta por alegrarme de que Bella apareciera, de que finalmente la transformara, pero sí, me alegraba.
Porque ella era la luz de mi existencia, y aunque no pudiera llorar de la emoción por ello, lo sentía, y me encargaba de recordárselo todos y cada uno de los días de nuestra eternidad juntos.
¡Hola! Lamento haber tardado tanto tiempo en subir esta nueva viñeta. Sé que dije que la tendría en dos o tres días, pero me fue imposible escribirla, me pusieron un examen de última hora y he dedicado toda la semana a ese examen. Afortunadamente, el examen acabó ayer y ahora mis vacaciones de Semana Santa han empezado, así que prometo subir en breve Be my Valentine III: Emmett, con el regalo de esta última pareja y después volcarme de lleno en la historia que está rondando mi cabeza desde hace bastante tiempo, también de Crepúsculo, por supuesto.
¡Tendréis noticias mías pronto! Felices vacaciones a todos.
Lia.
