James sentía como el viento se cernía sobre su rostro. Su cabello se removía ligeramente y sus gafas también perdían algo de su equilibrio. Sin embargo, todo merecía la pena si sentía las manos de Lily Evans rodeando su cuerpo. Estrechándole con tanta fuerza hacia él que, todo lo demás, perdía toda clase de sentido.

Le encantaba el aroma que ella desprendía. Volaban en medio de la noche, y el hermoso paisaje que se mostraba para ellos no era ni comparado con la hermosa y sencilla sonrisa de ella. La tenía sumamente idealizada, pero el amor le convertía en un ser irracional, incapaz de nada más que mirarla a ella. De quedarse callado. De querer saborear el sabor de sus labios. Tan sumamente delicados. Tan deliciosamente dulces.

―James…Nos van a acabar pillando.

Allí estaba ella. La Lily Evans que quería tener todo controlado. La Lily Evans que no quería ser descubierta por la profesora Mcgonagall. La Lily Evans que no sabía disfrutar ese momento que se les estaba presentando.

James prefirió ignorar las palabras de la chica, acelerando la velocidad de la escoba. Ella se abrazó más a su cuerpo, cubriendo su rostro con la camisa de él, aprovechando para estremecerse al tenerle tan cerca. Aprovechando para perderse en su respiración, escuchando también el latir del corazón del chico.

James no era el chico más romántico del mundo, pero tenía sus momentos en los que podía dejarla sin respiración. Y no lo había hecho con ninguna otra chica. Porque James, pese a los rumores, no era ese chico encantador que ligaba con todas las chicas. No lo era. Nunca lo fue. No si siempre estaba Lily de por medio. A esa pelirroja a la que quiso desde el primer momento. Esa pelirroja que le hizo ir madurando, dejar los celos y la envidia hacia Snape y empezar a comprender que ella también le quería. Y mucho.

―No pienses, Evans―declaró el chico tras una breve pausa.

―Bájame de aquí, Potter―exigió ella sin mucho convencimiento.

― ¿De verdad quieres que te baje? ―No contestó. Él sonrió, arrogante, como siempre―. Te bajo de la escoba si me das un beso―soltó con fanfarronería.

Pensaba que ella no lo haría. Pero su pelirroja no era de esas muchachas previsibles. No lo era. Y por eso mismo, se abrazó más a él, pidiéndole que girase su rostro. Y cuando pudo, besó sus labios. Húmedos. Finos. Suaves. Los besó como si la vida le fuese en ello. Y James se quedó sin respiración.

Podían estrellarse, y no importaba. Podría Lily así exigirle que la bajase, pero eso ya no era algo fundamental. Podría pedirle todo, que James se lo entregaría, pero no era algo que en ese instante le resultase relevante a la pelirroja. Solamente quería besarle. Quería que su atención se centrase solamente en ella. En ella.

Cualquiera les juzgaría como locos, pero era increíble besarse volando en escoba.

Podía pensarse que era una idea descabellada.

Y lo era. Claro que lo era.

Su idea descabellada.