Estoy leyendo el informe mientras salto la barandilla de un puente que pasa sobre las vías del tren, una de las muchas habilidades que tengo como demonio: multitarea.

-Hay otra cosa que no entiendo-digo.

-¡Ahora mismo preocúpate del tren!

¿Adivinais quién es? Habeis acertado, Kanda Yuu, mi supuesta alma gemela (lo medité mientras salíamos de la Sede y decidí que ese es el término adecuado) y la persona más idiota que he conocido en mis más de mil años de vida.

-¡Deprisa, por favor, el tren ha llegado!

(Ese es el Buscador que nos acompaña. Me cae bien.) Estoy colgando con un brazo de un hierro bajo el puente. Incluso Kanda está sujetandose con los dos.

Salto sin miedo, he hecho cosas mucho más peligrosas (como atravesar un río de lava ardiente en los infiernos antes de que me desterraran.)

Soy el único que cae con los pies correctamente y me agacho para absorver el impacto. Sonrio maliciosamente cuando veo a Kanda caer de espaldas golpeándose la cabeza. Entramos en el tren por una trampilla en el techo y vuelvo a caer con elegancia.

Un revisor intenta enviarnos a los vagones de segunda clase (por si no lo había dicho los Exorcistas viajamos en primera), pero Toma (el Buscador) nos presenta como Sacerdotes Negros y en seguida nos lleva a un compartimento privado.

Me siento tranquilamente a un lado revisando de nuevo el informe con Timcampy descansando en mi palo. Kanda está frente a mí mirando al exterior. Puedo sentir que está pensando muy profundamente y decido interrumpirle, solo por molestar.

-Muy bien. Lo que me estaba preguntando...-me mira irritado-. ¿Por qué debemos ir dos Exorcistas si uno de nosotros podría haber ido perfectamente?

-Intenta decírselo a Komui, Moyashi.

-Soy Allen. Si tus dos neuronas no pueden recordar dos simples sílabas creo que te has equivocado de profesión.

Entrecierra los ojos como si así pudiera ver mi verdadera forma. Las alas de Tim se mueven.

-No eres humano, sé que no lo eres. Y voy a averiguar lo que eres aunque sea lo último que haga.

Le sonrio y muestro ligeramente las puntas de los colmillos afilados.

-¿Qué te hace pensar eso, Bakanda?

-Tu fuerza esta mañana, el modo en el que saltaste al tren y que no preguntaras la relación entre la Inocencia y el fantasma de Mater.

Dejo el informe a un lado y observo un rato el paisaje. Estamos en silencio un rato. Yo me quedo pensando en mis viajes con Asha, mi mejor amigo con el que inicié la venganza hacia mi hermano. Era un ángel que murió dando la vida por mí, el único ángel que soportaba.

Él y yo estuvimos presentes en la batalla por Constantinopla en el siglo VII d.C.

-Me recuerdas a alguien que conocí hace bastante tiempo. Hablais de la misma manera y sois los únicos que soportais estar en mi presencia sin temor.

-Entonces no niegas que no eres humano.

Empiezo a quitarme el uniforme para tumbarme y me quedo en los pantalones negros y la camisa blanca de debajo. Lenalee me la había dado una talla más pequeña y me está muy ajustada. (Debería fijarse más en lo que entrega. Primero el chaleco más grande y luego la camisa más pequeña.)

-No lo niego. Pero no te diré qué soy. Se llevaría toda la diversión. Aunque puedes hacerme todas las preguntas que quieras.

Estiro los brazos sobre la cabeza y me tumbo cómodamente en los dos asientos de mi lado. Timcampy revoloteó a mi alrededor antes de posarse en mi rodilla doblada. Empiezo a tararear para mí la melodía que controla el Arca de Noé y que sé gracias a que Noah aceptó unir su alma a la mía para destruir al Conde Milenario. Si se destruye al Conde, mi hermano habrá perdido un valioso aliado y a la mitad de sus fuerzas. Y en ese momento volveré yo y le arrebataré el trono, por mi padre, por los demonios y los ángeles que han muerto.

(Por Asha, mi ángel de pelo azul oscuro y ojos cobalto al que prometí volver... a...)

Abro los ojos de golpe y miro a Kanda. El mismo pelo negro azulado, los mismos ojos color cobalto, la misma piel pálida, la misma forma de hablar, los mismos gestos.

(Por Dios y el trono en el infierno.)

En los últimos momentos de Asha, me prometió que se reencarnaría en un mortal para seguir ayudándome en mi misión. Pero esto... no es posible.

Kanda es Asha. Kanda, el estúpido Exorcista que no respeta la vida de sus compañeros, es la reencarnación del ángel más dulce y amable de todos.

-¿Qué quieres, Moyashi?

-No... nada... pensaba.

No puedo decírselo. No todavía. Tengo que pensar en ello. Solo.

Cojo de nuevo mi chaqueta y salgo del compartimento. Cierro la puerta y tomo aire.

-¿Está bien, señor Walker?

Me sobresalto al escuchar la voz de Toma. Me había olvidado que estaba ahí.

-Sí, Toma, estoy bien. Gracias por preguntar. ¿Sabes si hay algúna plataforma donde pueda darme el aire?

-Al final del tren hay una.

-Estaré allí un rato. Avísame si hay algún problema-doy un paso en esa dirección, pero me doy la vuelta-. ¿Podrías no decirle a Kanda dónde estoy si preguntara? Prefiero que no me moleste.

-Claro, señor Walker.

-Gracias, Toma.

Mis pasos son rápidos y por fin llego a la plataforma final del tren. Hay una barandilla alrededor del espacio y el techo se sujeta por varios pilares de hierro. Unas cuantas sillas y mesas se reparten por el espacio. Por suerte no hay nadie.

Me siento mirando hacia la puerta para vigilar que no entraba nadie más y cierro los ojos. Me sumerjo en mi propia mente, un paisaje que podía cambiar a voluntad en el que siempre sonaba música. En este momento decidí viajar al templo tibetano donde pasé varios años con Asha. Cambio mi paisaje mental por la sala de meditación del templo.

Era una sala cuatrada con las paredes rojas y cuatro grandes columnas doradas en las esquinas de una plataforma elevada. Yo estoy en el centro de esa plataforma, sentado al estilo indio con los ojos cerrados.

(Asha es Kanda. Kanda es Asha. Mi ángel es un Exorcista. Mi ángel sigue en peligro.

En mi naturaleza demoníaca está grabada la protección de mi compañero, de mi alma gemela. Y mi otra mitad es Kanda. Kanda, no Asha. ¿Por qué? Kanda es la reencarnación de Asha. ¿Por qué no sentí nada cuando estaba con él?

No importa, ya lo averiguaré. Lo importante ahora es llegar a una solución. ¿Debo decírselo, decirle que es mi compañero y que mi naturaleza me obliga a protegerle? No, en ese sentido es exactamente igual a Asha. No querrá abandonar esta guerra.

¿Y protegerle sin que lo sepa? Cuidar de él en las sombras, evitar que le pase nada. Y utilizar mis poderes de demonio para que no lo note. Sí, eso haré. Solo en el caso de que se dé cuenta lo que ocurre se lo diré.)

Respiro hondo y escucho la puerta abrirse. Abro los ojos y los fijo en otros de color cobalto. Me sorprendo, pero procuro no mostrarlo.

-Si quieres que Toma no me diga dónde has ido, no vayas a un lugar conocido.

Kanda cierra la puerta y se sienta frente a mí.

(Si ya sabe que no soy humano, dejaré a un lado mis modales.)

-Si he venido aquí es porque quería alejarme de tí. ¿Qué quieres?

Me lanza una mirada de reproche y luego vuelve a su cara de póker.

-Tengo que hacerte varias preguntas-lanzo un pequeño gruñido de molestia y me recuesto en la silla mirando al techo-. ¿Quién es ese amigo con el que me comparaste?

Desvío únicamente mis ojos hacia él y una sonrisa socarrona se asoma a mis labios.

-¿No te gustan que te comparen con otras personas?

Veo su pequeña mueca y río. Supongo que ese es un rasgo que no ha cambiado.

-Contesta.

-Se llamaba Asha y era mi mejor amigo desde que nos conocimos (Hace unos doce siglos). Pero murió poco después de eso (De todas formas para los inmortales por mucho tiempo que pase es como un segundo en nuestras vidas), asesinado.

Mi voz se quiebra un poco en la última palabra y miro hacia el paisaje cambiante. No sé que pensar. Eso podría darle la idea equivocada.

-¿Cómo?

-Un ladrón en el mercado de Damasco. Estábamos de paso hacia Jerusalen y nos detuvimos por un tiempo (años en el mundo mortal, días en el mundo inmortal). Nos detuvimos en un puesto de frutas y nos atacó un ladrón para buscar el dinero. Llevaba un cuchillo en la mano y apuñaló a Asha en el pulmón. Murió allí, desangrándose entre mis brazos. Ni siquiera pude darle un enterramiento adecuado.

Llevo mi mano al hombro derecho, donde marqué a fuego su símbolo, un pájaro alzando el vuelo, y el mío propio, una rosa blanca en pleno florecimiento. Sí, lo sé, es irónico que el símbolo de un demonio, los seres más crueles de toda la creación, sea la flor más bella y hermosa de todas. (Vereis, cuando las diablesas o ángeles femeninos llevan a sus hijos, el día antes de dar a luz sueñan con su símbolo, que está relacionado con su futuro).

El mío, la rosa blanca en pleno florecimiento, significa que salvaré al mundo en algún momento. Nunca antes un demonio ha tenido un símbolo como el mío. En cambio, el pájaro alzando el vuelo de Asha significa que llegará muy lejos, o habría llegado.

-¿Y qué queríais hacer en Jerusalen?

-Nuestro objetivo era viajar, conocer el mundo. Ya habíamos estado en todo el oeste y fuimos poco a poco hacia China y luego a América. Me hubiera gustado ir a Nueva York o Boston con él (No es exactamente una mentira. América no se había descubierto todavía, pero ahora sé que le encantaría haber ido).

-¿Qué era él para tí?

Le miro fijamente con una cara seria.

-¿Para mí? Era mi amigo, mi hermano, mi confidente, mi compañero de batallas. Mi ángel.

Me levanto y me giro para ver el paisaje. No puedo verle, no puedo mirarle sin ver a Asha en él.

Escucho las patas de la silla arrastrándose por el suelo de madera y su ropa deslizarse.

-Cada palabra que escucho se envuelve a tu alrededor formando un manto de misterio y no quiero nada más que quitártelo y descubrir quién eres en realidad. Y eso me asusta-me giro sorprendido por sus palabras-. Desde Alma nadie me había hecho sentir esto.

Alma... Alma Karma, el otro chico que despertó en el Proyecto de los Segundos Exorcitas. Supuestamente fue asesinado por el propio Kanda, pero en realidad le convirtieron en la Matriz de los Terceros Exorcistas, personas mitad Akuma. Creen que lo hacen en el mayor secreto, y lo hacen, pero para mí no los hay. (Soy un príncipe demonio al fin y al cabo.)

-¿Por qué no me hablas de Alma? Creo que es justo ya que yo te he hablado de Asha.

Le sonrío y me siento. Hablamos el resto de la tarde de nuestros viejos amigos y pude reconocer que amaba a Alma. Esa resolución hizo que mi propio corazón se apretara y que mis instintos rugieran con desesperación. Pero sigo con mi sonrisa de estúpido y haciéndole preguntas sobre él.