I

Al girar sobre la comodidad del colchón, le fue inevitable suspirar de regocijo para, acto seguido, darle la bienvenida a un gran y largo bostezo que quebró el silencio de la sala. ¡Hacía tanto tiempo que no dormía tan bien! Podría quedarse allí por siempre, entre las sábanas de lino y abrazado a la almohada, con el olor a mar inundando sus fosas nasales, y la tranquilidad de las olas rompiendo en sus oídos.

Sin embargo, definitivamente eso no sería posible. El castaño apretó sus ojos con molestia cuando un rayo de luz, proveniente de la pequeña y redonda ventana del camarote se posó justamente a la altura de sus ojos, intentando despertarle.

―Ummgh... sólo un rato más... ―su voz fue apaciguada debido a que su mejilla estaba estampada contra la cama, logrando que un hilo de baba se escurriera desde sus comisuras. Unos segundos después, cuando finalmente su mente se encontró despejada, se irguió demasiado rápido causándole un breve mareo. Inmediatamente se llevó una mano a la frente y observó a su alrededor... Frente a él, una pequeña ventana en forma de círculo que dejaba entrar la luz de la mañana a lo alto de la habitación, y debajo de ella, la puerta cerrada; a su derecha una silla que servía de soporte para una muda de ropa, esta se arrimaba sonsamente a una mesa color nogal no muy grande y bastante rústica; a la derecha de la amplia cama y un poco más allá, un baúl de madera cerrado y un viejo espejo de pie.

¿Dónde diablos estaba y cómo había llegado ahí? Su corazón comenzó a latir rápido por el asombro y la confusión. Lo único que podía recordar era que había nadado con sus últimas energías hasta la costa y luego... había despertado cómodamente sobre una cama, en un lugar desconocido.

Lovino arrastró la mano que se recargaba sobre su fuente hacia su rostro, deteniéndose sobre sus ojos. ¿Y ahora qué? Despegó su mano hasta lograr observarla, con sorpresa y extrañez. ¿Qué...? ¿Por qué su mano era tan pequeña? Se exaltó. ¡Imposible! Tomó las sábanas y las desplegó hacia un costado, logrando observar su nueva adquisición: aquellas piernas que tanto había anhelado... y que, para su sorpresa, no eran igual a las que habían visto en adultos humanos, sino que eran mucho más delgadas y pequeñas.

Jadeó antes de ponerse de pie, aferrándose de la cama para ayudarse a caminar en dirección al espejo. Una vez allí, la imagen reflejada causó que su corazón latiera aún más rápido, producto de la conmoción. Era un niño cachetón, medio gordito, de piel tostada y de ojos color oliva, grandes y brillantes, que llevaba únicamente ropa interior, larga hasta las rodillas, y que su cara daba indicios de acabar de despertar de una larga noche. Lovino, que había conseguido mantenerse de pie, giró sobre sí mismo, observándose en el espejo desde todos los ángulos posibles. Aparentar ser así de pequeño le traería bastantes dificultades, pero claro, se trataba de las condiciones que le había impuesto Arthur, ¡cómo no! Y cabía la posibilidad de que si alguien se enterase de su condición acabara hecho una montañita de arena.

Joder, qué suerte la suya.

―Pero... ¿qué es lo que hago aquí? ―se preguntó a sí mismo, mordiendo su labio inferior con insistencia. Le quedaba resolver ese misterio. Se acercó hacia la puerta de madera, tambaleante, y apoyó su oreja sobre las frías tablas, agudizando su oído con la esperanza de oír algo que pudiese servirle de ayuda; pero no alcanzó a distinguir nada más allá de diferentes pasos sobre el piso, que rechinaba bajo los pies de quienes osaban andar sobre él. Esperó unos segundos más y nuevamente, nada. Resignado, resopló y giró, esta vez dirigiéndose hacia la muda de ropa sobre la silla. Todo era demasiado grande para su cuerpo, desgraciadamente, a excepción de un par de pantalones de color marrón oscuro. Tomó aquellos y se los puso, tomándose su tiempo al mover sus piernas y es que, ¡vamos!, en realidad se sentía emocionado de poder tener aquel par piernas para caminar, correr y saltar como nunca antes.

La prenda le quedaba unos diez centímetros más largo de lo deseado, por lo que se vio obligado a arremangarlo. Desgraciadamente también tuvo que ajustarlo a su cintura con una especia de cordón que halló entre la ropa. Luego, tomó una de las camisas blancas que se amontonaban en la desordenada pila y se la colocó, metiéndosela dentro de los pantalones. Estaba listo... ¿no?

Exhaló el aire de sus pulmones, como si intentase darse valor y se puso de pie, esta vez con absoluta decisión, y se acercó dando zancadas hacia la puerta. Al abrirla, un chirrido le hizo exaltarse, observando hacia alrededor como si no se lo hubiese esperado por nada. «No hay moros en la costa», se dijo a sí mismo, inflando sus mejillas. Dio un par de pasos hacia el exterior discretamente. Se encontraba en un pasillo que daba directo a una escalerilla y a otra puerta, del lado contrario a la suya, enfrentada.

―Seguramente son otras habitaciones ―pensó, como si el escuchar su propia le fuese de ayuda para tranquilizar su nerviosismo, y avanzó hacia la escalerilla que desembocaba en una puerta más grande que las anteriores, como anunciando que detrás de ella se escondía una gran sorpresa. Tuvo cuidado al empujarla para abrirla. Honestamente, estaba aterrado. Jamás había conocido nada como aquello. Apenas podía acostumbrarse a sus nuevas piernas, teniendo que disimular su inexperiencia. Asomó la cabeza por la puerta levemente abierta, observando primero a su izquierda, para luego voltear a la derecha―. ¡Chigi! ―Tremenda sorpresa sintió al toparse frente a frente con un hombre que sonreía tan ampliamente que, de no ser porque le había tomado desprevenido, se hubiese preguntado si no le dolía la cara.

― ¡Al fin despertaste, niño! ―exclamó grotescamente, empujándolo hacia el exterior, obligándole a salir de su refugio. Ese hombre apestaba a sudor y a otras fragancias que no podía reconocer. ¡Puaj! Además su ropa estaba manchada y desprolija, y llevaba un pañuelo rojo atado en su cabeza. Pero, eso no era lo importante, sino que el sujeto le tomó del cuello de la camisa, tirando de él para hacerlo caminar hacia adelante.

― ¡S-suéltame! ¡N-no me to-to-toques tú, bastardo...! ―refunfuñaba, moviéndose insistentemente hacia todos lados, con el fin de lograr escabullirse. Hasta que, en un determinado momento, sus ojos se posaron en la cintura de aquel hombre, donde pudo divisar el mango de un cuchillo asomando por la faja ajustada a su cadera. Fue entonces cuando, como por arte de magia, repentinamente hizo silencio. Abrió y cerró su boca, sin estar seguro de si gritar, pedir auxilio o largarse a llorar como marrano. El miedo comenzaba a recorrer su cuerpo una vez más, como un cosquilleo en sus entrañas y una extraña sensación de represión... Tenía que salir de ese lugar de inmediato. ¡Vaya a saber qué cosas horribles le haría ese bárbaro! De sólo pensarlo, sus manitas empezaron a temblar. ¿Qué había hecho él para merecer algo así...? ¡Quizás no tenía el mejor vocabulario del mundo, pero tampoco era para merecer algo tan cruel y despiadado!

Tomándolo desprevenido, el hombre le arrojó hacia adelante, haciéndole perder el equilibrio y caer redondo sobre el suelo de tablas, sin poder evitarlo. Sintió un horrible dolor en su espalda y en su cabeza, que le hizo quejarse en voz baja y cerrar los parpados, haciendo presión. ¡Ese bruto! Le había dolido. Pese a todo, al abrir los ojos, se topó con el cielo celeste y despejado, a salvar por un par de nubes que le daban más realidad a la vista; y más allá, pudo distinguir un mástil junto a su vela blanca izada y una bandera negra más a lo alto, ondeando tenazmente –¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí...? ¿Por qué aquello le resultaba tan aterradoramente familiar...?–. Lovino se incorporó, aún sentado, con ayuda de una de sus manos, y se sobó con la otra la cabeza. Observó cómo a su alrededor se iban acercando cada vez más hombres hasta que el ex-tritón pudo contar 10, todos similares al que se había topado recién; igual de desdeñosos, desaliñados y malolientes, y que tenían la misma sonrisa estúpida y aquella expresión idiota asomando en sus horribles rostros (bueno, quizás exageraba un poco, pero en verdad estaba aterrado).

― ¡Este crío es un quejica! ―habló uno de todos ellos. Éste, tenía una cicatriz cruzando por su ojo derecho, el cual se encontraba inevitablemente cerrado. El castaño oscuro, desde el suelo, tragó con dificultad, por temor a lo que podría pasar con el continuación―. Propongo que lo enviemos de nuevo al lugar donde lo encontramos. ¿Quién me apoya?

Inmediatamente después de aquella proposición, la mayoría de los hombres reunidos a su alrededor apoyaron a su compañero con un coro afirmativo, elevando puños y acercándose a él aún más, amenazantes.

―O podríamos hacerlo saltar por la plancha y que se lo traguen los tiburones... ―propuso otro, sonriéndole a Lovino cínicamente.

¡Oh no, todo menos los tiburones! Esas horribles bestias sanguinarias...

―No es una mala idea...

― ¡Oídme todos! ―una voz llegó a los oídos de Lovino retumbante, sacándole de sus casillas y de sus enroscados pensamientos sobre cómo haría para salir con vida de aquel espantoso lugar sin que se lo comiera un tiburón o algo peor.Fue igual con aquel grupo de malhechores, que se voltearon ni bien oyeron la voz mandona a sus espaldas―. ¡Dejad en paz al niño! ―ordenó nuevamente, obligando a los hombres a apartarse hasta dejar un espacio entre el chico y el autoritario caballero.

En ese mínimo instante, Lovino sintió como sus ojos y su boca se expandían gracias al asombro, cuando frente a él la figura vestida de un rojo impoluto, con su gorro de ala ancha y su pluma roja carmín, apareció acercándose lentamente en su dirección.

Naturalmente, era algo imposible de creer. Aunque estuviese a una escasa distancia. Aunque sus ojos esmeralda se fijaran, apagados, sobre él. Aunque su cabello castaño se meciera suavemente a la par del viento. Aunque su sonrisa, de inacabable esplendor, se elevara por sus comisuras.

Porque, ¿cómo podía ser posible que Antonio estuviese allí realmente?

―Se equivoca, capitán, nosotros no...

― ¿Acaso les he acusado de algo? ―respondió, cortante. Aunque luego suspiró con resignación, más que acostumbrado por la situación―. Anda, por esta vez se las perdono, pero la próxima...

―...No se preocupe, jefe, ―interrumpió el bucanero―, no habrá próxima ―aseguró. Antonio asintió con un modesto movimiento de cabeza y les ordenó que se marchasen con un ligero ademán, para luego, con porte, voltear hacia el pequeño Lovino, el cual continuaba sentado; observándole sin ver, sintiendo como todo a su alrededor daba vueltas sin cesar, y su corazón comenzaba a palpitar vertiginosamente. ¿Cómo? ¿Cómo era posible? Estaba tan cerca de él... Estaba ahí... ¡Y había sido tan fácil! Antonio, como tantas veces había ansiado, le observaba directo, sin barreras... sin obstáculos... Podía contemplar con detenimiento cada tono verde de sus ojos, podía escuchar su respiración, podía sentir la energía que emanaba e incluso el aura cálida que brindaba su presencia. Podía sentir incluso sus propios sentimientos fluyendo por su cuerpo.

Podía jurar que era un sueño.

Un sueño del que jamás quería despertar.

―Antonio... ―dejó escapar, lastimoso, sorprendido, entusiasmado, soñador, sin poder siquiera evitarlo.

El capitán, sin embargo, alargó una mano hacia él, ofreciéndole ayuda para levantarse. El castaño de ojos oliva observó la gran mano del pirata, luego su rostro, y de nuevo su mano, antes de tomarla de una vez por todas.

―Bienvenido alDiscordia―dijo, y Lovino se sintió morir cuando su mano rozó la de Antonio y éste le regaló una natural sonrisa sólo para él.


¡Hola! Antes de nada, como siempre, agradeceré los reviews que me dejaron en el primer capítulo. También me disculparé por hacer este capítulo corto y tardar tanto en subirlo. Al principio iba a ser un poco más largo pero finalmente decidí que merecía tener un final así. No quería hacer un trabajo mediocre con este fic, así que intenté dar lo mejor de mí. Por lo tanto, iré de a poco con las actus.

Y no se preocupen, no habrá pedofilia ni nada por el estilo (?)

IMPORTANTE:

Por otro lado, también tengo planeada una secuela poniendo como protagonistas a Alemania e Italia, úbicándolos en el mismo mundo. Obviamente, no hace falta leer este fic para leer el otro. Bueno, la idea es esta: Feliciano como tritón y Ludwig como hombre-tiburón. Sí, simplemente eso. ¡Otro amor imposible, yay~! (?) Claro que tengo más ideillas para ellos. e.e Ustedes votan, ¿de acuerdo? ¿Debería comenzar a publicarlo o esperar a tener más avanzada esta novela? ¡Sus opiniones son muy importantes para mi!

En fin, gracias miles por darme la oportunidad de mostrarles lo que en mi imaginación se esconde.

Besitos azucarados en sus cachetes y de parte de España, un tomate bien rico.

¡Hasta la próxima! (๑'・ᴗ・'๑)