Chapter 2: Descubriendo
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia obedece a un artículo que leí hace poco en una revista. La trama se me hizo muy tierna, y aquí me tienen, haciendo esta adaptación.
(Editado Nov 29, 2015). Aquí sigo, editando la historia.
Jasper POV
Al día siguiente de haber encontrado a Alice, me desperté muy temprano, y me quedé en cama pensando. Nunca antes había tenido un amigo. Siempre pensé que María había sido mi amiga, aunque según lo que me dijo Alice, nunca lo fue. Era extraño saberlo. Pero si Alice era el vivo ejemplo de lo que era tener un amigo, definitivamente me había perdido algo muy importante todos estos años. Nunca pensé que tener una amiga fuera tan divertido. Solo habíamos jugado un rato y terminamos peleándonos, pero aún así, fue mil veces mejor que el tiempo que pasé con María. Además, Alice es muy graciosa. Es pequeña (apenas si le creí eso de que pronto cumpliría once años), y es casi tan pálida como yo. Tiene el cabello más negro que había visto alguna vez, y lo lleva largo, casi hasta la cintura. Pero lo que más me llamó la atención de ella cuando me saludó, fueron sus ojos. Unos ojos grandes, de color miel, como el color de los ojos de mi mamá. Eso me puso triste, ya que hacía que la extrañara, a pesar de que ya había pasado tanto tiempo. Pero a la vez me hacía sentir feliz, porque al ver a Alice a los ojos, con ese brillo y esa expresión tan cálida, era como sentir que mi mamá aún estaba conmigo.
A la hora de siempre, la señora Cope entró y nos despertó. Fui el último en la fila para la ducha, y llegué un poco tarde al comedor. Apenas entré y recorrí con la vista el lugar, vi que Alice agitaba su mano, indicándome que me guardado un lugar. Fui con ella.
—Hola Jasper —me saludó con su voz cantarina. Noté que hoy solo traía puesta una bandita en su herida.
—Hola Alice.
—¿Sabes? Soñé que jugábamos a la pelota como ayer, pero estábamos en un campo verde muy bonito, y no había otros niños que nos molestaran.
—¡Vaya! —sonreí—. En el extremo más alejado del patio hay un campo, y sólo yo voy ahí. Si quieres, cuando nos dejen salir, podemos ir allá a jugar.
—¿En serio? ¿Te imaginas que fuera como mi sueño? –estaba muy emocionada, y al verla tan feliz, hizo que yo también me pusiera feliz.
—Tal vez. Por lo menos no habrá otras personas…— me encogí de hombros.
Desayunamos y luego nos fuimos a unos talleres que nos daban, porque a pesar de que estábamos en vacaciones de verano, teníamos que tomar clases de arte y música.
—Nos vemos en el receso, Alice. Te espero en la puerta del patio, ¿está bien?
—Claro. Adiós Jasper —se despidió cuando la maestra se la llevaba de la mano.
—Adiós Alice.
En la clase de música yo había escogido la guitarra, así que estuve ensayando unos acordes. El tiempo pasó muy lento, o al menos así me pareció a mí, pero al fin nos dejaron salir. Ya teníamos todo el día libre. Llegué a la puerta y ahí estaba Alice, discutiendo con una niña de su edad, que traía dos trenzas chuecas.
—¡Fenómeno tú! —le gritó Alice.
—¿Pero es que no lo has visto bien? ¡Está todo marcado! ¡Es un monstruo! —se quejó la niña.
—¿Y tú no te has visto las trenzas? ¿No te has visto en un espejo? ¡Si lo vuelves a insultar te voy a hacer pagar! —Alice a pesar de ser pequeña, se enojaba mucho. Y esa amenaza sonaba creíble viéndola con el ceño fruncido y su mirada de enojo. La otra niña se asustó y corrió de ahí, chillando.
—¡Alice! —la llamé, y su expresión cambió. Se puso feliz.
—¡Jasper! Anda, vamos a conseguir una pelota y nos vamos.
Fuimos por una pelota y caminamos hasta el campo del que le había platicado en el desayuno.
—Bien, no es como mi sueño, pero aún así es bonito —comentó y nos dispusimos a jugar. Ayer la había dejado ganar, pero hoy no la dejaría más. Jugamos un rato, y decidimos descansar. Yo le llevaba ventaja.
—¡Tramposa! Quieres descansar sólo porque voy ganando, ¿verdad? —le dije.
—¡No Jasper! Es que este campo esta tan bonito que me dan muchas ganas de acostarme —repuso ella.
—Pues acuéstate.
—Pero tú también, ¿sí?— sonrió.
—No, no quiero —sólo lo decía para molestarla. Se veía graciosa molesta.
—Ándale, ¿sí? –puso una carita tan tierna que no pude decirle que no.
—Bueno, pues…—accedí y nos acostamos.
—Mira Jasper —señaló al cielo azul. Estos últimos días había estado nublado, pero hoy el cielo estaba despejado, aunque había unas nubes por aquí y por allá—. Esa nube parece un perro.
—No, más bien parece un caballo.
—No, míralo bien— lo miré bien, y sí parecía un caballo, pero decidí darle por su lado.
—Cierto, parece un perro— señalé otro lado—. Y esa parece el humo de una taza de cocoa caliente.
—¡Sí! Oh, se me antojó una taza de cocoa caliente –dijo.
—Pero si está haciendo calor… ¡Qué asco!
—Vale, tal vez no… —se rió—. Mejor una limonada.
—Sí, eso suena mejor —repuse y nos quedamos en silencio un momento. Luego me acordé de que le iba a preguntar a Alice sobre los amigos.
—Oye Alice, ¿qué otras cosas hacen los amigos? —le recordé.
—¡Oh! —se sentó con las piernas cruzadas. Yo la imité—. Bien, pues además de de jugar, de hacer que sus amigos se rían y de defenderlos, los amigos se cuentan cosas.
—¿Qué cosas? —yo no recordaba haber platicado nunca con María. Era más bien que ella me dijera qué hacer, pensé con pesar.
—Pues qué hicieron cuando nos estaban juntos, cosas graciosas que vieron, lo que soñaron, y lo que les gustaría hacer. Cosas por el estilo.
—¡Vaya! Tú sí que sabes mucho de amigos. ¿Tenías un amigo antes de venir aquí?
—Sí, se llamaba Katie, pero se mudó cuando cumplió nueve años —se puso un poco triste—. Y desde entonces ya no tuve amigos, hasta ayer.
—Oh —fue todo lo que dije, y nos quedamos un rato en silencio.
—Oye Jasper, ¿te puedo preguntar algo? —Alice rompió el silencio, y al voltear a verla, descubrí que me miraba fijamente.
—Sí —respondí, aun receloso.
—¿Por qué estás aquí? —su mirada era seria. La miré unos instantes, mientras pensaba cómo contarle—. Si no quieres decirme, está bien. Pero es que tengo curiosidad.
Respiré hondo.
—Verás Alice, es que mamá murió cuando yo tenía cinco años, y desde entonces estuve con mi padre. Pero él estaba tan triste por lo de mi mamá que empezó a beber alcohol, y desquitaba conmigo…
—¿Por qué? –preguntó Alice, y la confusión y el enojo se notaba en su voz.
—Porque según mi papá, si yo no hubiera nacido, mamá no se hubiera enfermado —hice una pausa por si iba a decir algo, pero como no lo hizo, seguí hablando—. En fin, me golpeaba mucho, me aventaba cosas, me empujaba, y un día, cuando tenía nueve, me maltrató tanto que los vecinos llamaron a Emergencias. Me llevaron al hospital, y casi me muero, pero lograron curarme. Entonces la policía se enteró y metieron a mi padre a la cárcel, y a mí me trajeron aquí en cuanto me recuperé.
—¿Entonces todas tus cicatrices te las hizo tu papá?
Muchas personas me habían preguntado por eso, y siempre me enojaba, ya que o me veían con lástima o con burla, pero en la mirada de Alice supe que ella preguntaba con preocupación.
—Sí, fue mi padre.
—¡Ay Jasper! Qué malo tu papá. No merece tener un hijo tan bueno como tú —de pronto me abrazó. Me sentí extraño, ya que no estaba acostumbrado a que nadie me abrazara. Algo se movió en mi pecho, y fue una sensación indescriptible. No supe qué era, es decir, fue extraño, pero a la vez se sintió bien. Luego, me dio un beso en la mejilla. Eso sí que no lo controlé, me puse rojo de pena. Sé que lo hizo de buena intención, pero aun así, eran cosas a las que no estaba acostumbrado. La única persona que recuerdo que me había besado, había sido mamá.
—Oye Alice —comencé a decir, y ella dejó de abrazarme—, ¿y a ti no te doy miedo? ¿No crees que soy feo? —Lo decía porque todos los niños no se acercaban a mí por las cicatrices. Tal y como había dicho la niña de las trenzas chuecas.
—No, tonto. Claro que no me das miedo, y no eres feo… ¿Por eso no tienes amigos?
—Sí, es que se asustan.
—Pues tontos ellos, se pierden de un amigo genial —se puso pensativa—. ¿Sabes? Mejor así. De esta forma sólo seremos tú y yo, y nadie nos molestará.
Con eso que dijo, de verdad me sentí bien: Alice no me veía feo, y en realidad quería ser mi amiga. No la asustaba. De verdad, esto era genial.
—Ahora Alice, ¿tú por qué estás aquí?
—Bien… —su mirada se apagó—. Es que mis papás iban de viaje, por algo del trabajo de mi papá, y un camión chocó con ellos en la carretera, y murieron.
—¿Así nada más? ¿Qué no tienes tíos o algo así? —Era cruel, que alguien como Alice estuviera sola en el mundo, como yo.
—Sí, tengo una tía, pero como ya tiene hijos y está ocupada con su empleo y su familia, no pude quedarme con ella. Sólo estuve un tiempo con ella, pero no funcionó, así que me trajeron aquí.
—¿Y cuando murieron tus padres?
—A principios de este año.
—¿Y por qué no estás triste? —yo veía a Alice tan normal… No parecía estar tan afectada como cualquiera en nuestra situación lo estaría. Es más, desde que llegó aquí, fue ella quien me sonrió.
—Sí estoy triste, pero mi tía me dijo que mamá y papá no querrían que llorara siempre, sino que fuera feliz por ellos. Además no los extraño, porque si los quiero ver, los veo aquí —tomó la cadena que traía y abrió el relicario, el cual tenía una foto de sus padres—. ¿Ves? Aquí están conmigo, siempre.
—¡Vaya! Me gustaría ser tan fuerte como tú…
—¡Ay Jasper! Tu fuiste fuerte, y valiente, soportaste todos los golpes de tu papá —me acarició un brazo, rozando las cicatrices con las yemas de los dedos—. Y mira, en lugar de avergonzarte por tus cicatrices, deberías sentirte bien: son como la muestra de todo lo valiente que fuiste. Porque ya quisiera ese Mike ser capaz de resistir tanto —nos reímos. Recordaba a Mike llorando cuando lo golpeé por haber empujado a Alice—. Y ya ves, a ti te molestan, y no dices nada, en cambio Mike llora por un golpe. Hasta yo, no soy tan valiente. Ayer, apenas si vi la sangre, empecé a llorar. Tú si lo eres. Tú sí eres fuerte.
Me quedé pensando en eso. Nadie me había dicho algo así. Desde que mamá murió, sólo había escuchado insultos o mofas sobre mi apariencia. Y aquí estaba Alice diciéndome que era valiente. Le sonreí, y ella me respondió la sonrisa, apretando una de mis manos entre las suyas.
A lo lejos se escuchó el tintineo de la campana, llamándonos para la hora de la comida. Mientras nos parábamos, le propuse a Alice una carrera. Aceptó y corrimos. Obviamente le iba a ganar, así que me fui más despacio…. Y ¡oh sorpresa! Llegamos empatados.
—¡Tramposo! —dijo con la respiración entrecortada cuando estábamos lavándonos las manos—. Corriste más lento para que yo no llegara tan atrás.
—Hey Alice, ¿acaso no se supone que los amigos hacen felices a sus amigos?
—Yo no te dije eso….
—Dos cosas: dijiste que se hacen reír, ¿no? Además tú eres mi amiga y me haces feliz, así que ahora te quise hacer feliz a ti.
Alice sonrió y nos sentamos a comer. Cada vez se me facilitaba esto de ser y tener un amigo.
Ya saben, contadme que les parece este par de amigos. Dejad un review… ¡son gratis!
