CAPÍTULO I


Cuando llegaron a su habitación estaba temblando. No sabía decirle que no, no sabía por qué había tomado aquella absurda decisión. Confusa, estaba más que confusa, y las manos del chico recorrieron con lentitud su espalda como si intentaran tranquilizarla.

—Edward, yo... —Trató de iniciar una excusa para reusarse, pero aquellas manos se movieron hacia sus caderas y luego ascendieron hacia sus hombros de un modo que le hizo sentirse apreciada. Deseada, quizá esa palabra se acercaba más a sus necesidades. Bella nunca se sintió deseada y aquel tipo, aunque fuera un desconocido, estaba haciendo un trabajo genial con aquello.

Una parte de ella le gritó que era su trabajo, que si no actuara de aquel modo dejaría de tener clientes. Pero estaba también ese anhelo, esas ganas de sentirse querida al menos una vez. Notó que sus ojos empezaron a humedecerse y, ante aquello, apretó su angustia al fondo de su pecho y suspiró.

—Seré suave —le susurró al oído con voz ronca—, no te arrepentirás.

Aquellas palabras fueron como un bálsamo que borró todas sus dudas, todos sus miedos, y la hicieron sentir mejor. Abrió la puerta y lo guio un tanto insegura hacia su habitación. Cuando entraron Edward contempló el enorme colchón, cubierto con un edredón rosa pastel, y sonrió con algo de picardía.

Se sentó sobre la cama y la invitó a que lo acompañara. se colocó a su lado, un tanto avergonzada, y Edward tomó su mano. La alzó hasta que quedó hasta la altura de sus labios y le dio un beso tierno.

—Túmbate —le susurró con suavidad—. Déjame hacerlo todo.

Bella cedió y se dejó caer en el colchón. Edward, por su parte, se inclinó hacia ella y le quitó las pesadas botas y los calcetines. Sus ojos verdes se quedaron fijos en los pies de Bella, como si estuviera evaluando su valor. Avergonzada, estaba más que avergonzada. En aquellos instantes tenía el rostro de un comprometido tono rojo. Un tipo como él estaba muy por encima de su liga y el hecho de que tuviera que pagar hacía que aquello fuera incluso más humillante. No, desde luego que no necesitaba pensar. Era pensar lo que más daño le hacía la mayoría de veces.

Las manos de Edward se deslizaron sobre las plantas de sus pies desnudos y, después, les regaló un masaje lento. Bella se sintió bien, a gusto, y pensó que Edward era alguien inteligente; relajarla de aquel modo ayudaría a que no rechazara sus servicios. Probablemente, Edward era más que consciente de que la vergüenza de su compañera era la mayor amenaza para terminar con su trabajo.

Cinco minutos después se animó a quitar los pantalones de Bella y la camiseta. Sonrió ante la visión de la chica en ropa interior. Su sujetador era de Mickey Mouse y las bragas llevaban lunares blancos sobre un fondo azul cielo. Adorable, para él aquella visión fue adorable. Su piel era pálida, translúcida en algunas zonas, y se le antojó muy delicada. Se inclinó sobre Bella y besó su cuello de forma lenta, tomándose su tiempo. Sus labios barrieron hasta la unión con los hombros y, una vez allí, succionó. Presionó levemente su lengua y la corrió hacia el escote. De improvisto hundió el rostro entre sus pechos e inhaló. Bella emitió un gemido con una mezcla de sorpresa y excitación.

Los ojos verdes de Edward se cruzaron con los de ella y Bella se encontró con aquello que siempre había anhelado: deseo. De algún modo Edward era capaz de darle lo que sus anteriores relaciones no habían conseguido.

Sus labios se movieron hasta el ombligo y, a continuación, hacia la cintura. Bella se estremeció en respuesta; tenía los pelos de punta y sentía un calor en su centro que iba en ascenso de forma incontrolable. La lengua de Edward bailó en el elástico de su ropa interior, tanteando el terreno. Acto seguido, le retiró las bragas. Sin dar tiempo a Bella a prepararse para el siguiente paso, sumergió la cabeza entre sus piernas.

Con sus manos reconoció la zona y le separó los resbaladizos pliegues, dejando al descubierto aquel botoncito de placer que, hasta llegada la madrugada, sería su fiel aliado. Succionó despacio, para instantes después animarse a sacar la lengua y burlarse de su clítoris y la misma entrada de la vagina. Jugó a penetrarla con aquel músculo y se deleitó por su sabor y la forma en la que Bella se estremecía y convulsionaba en respuesta.

Aquello para él era extraño, no recordaba a ninguna de sus amantes tan receptivas, tan dispuestas. Y el modo en el que lo miraba, entre la vergüenza y el deseo, lo hacía sentir divertido y curioso. Aquella era una mujer inexperta y fácil de complacer pero, inexplicablemente, no tomó ese hecho para ser descuidado en su trabajo, sino todo lo contrario. Había algo en él que le impulsaba a demostrarle su valía en la cama.

Las manos de Bella se enterraron entre las sábanas mientras sentía cómo algo estaba a punto de estallar en su vientre. Tomó aire, forzándose a no gemir. Cuando Edward se cansó de jugar con sus partes más íntimas, jadeó. El chico hundió uno de sus dedos en sus profundidades y lo arqueó hacia arriba, justo en un punto que la hizo gritar. Acto seguido atacó su clítoris de nuevo con la lengua y, demasiado abrumada por aquellas sensaciones, Bella alcanzó el clímax.

Sudorosa, se retorcía en el colchón en busca de aire. Tembló, intentando recobrar la compostura. Edward, a su lado, estaba íntegramente vestido. Sus ojos verdes contemplaron los espasmos del cuerpo desnudo de Bella.

—Quítate el sujetador —musitó en tono grave, mientras empezaba a retirarse los botones de su camisa—. Cuando no puedas más, dímelo, ¿de acuerdo? La cosa apenas acaba de empezar.


Cuando llegó el amanecer Bella despertó en una postura vergonzosa. Estaba tumbada boca abajo, con el cuerpo de Edward envolviendo el suyo. Los brazos del chico rodeaban su espalda y sus piernas estaban entrelazadas. Durante unos instantes contuvo el aliento, analizando a ambos cuerpos; la palidez de su piel contrastaba con la de Edward. Se sentía como la anteposición de dos cosas distintas: de dos piezas de diferentes rompecabezas que en contra del destino trataban de encajar.

Salió fuera de la cama con lentitud para no despertarlo. Avergonzada al verse desnuda corrió a su armario y sacó el pijama. Era blanco con un estampado de flores y un oso de peluche bordado en la camiseta. Una parte de ella quiso tener algo bonito que ofrecer a la vista de Edward; un camisón de encaje o de seda suave. Pero no, toda ella era lo contrario al erotismo. Y, de todas formas, tampoco importaba. Un chico como él no podría fijarse en Bella nunca, independientemente de la ropa que llevara puesta. Con aquel amargo pensamiento fue a por su monedero y sacó el dinero que le debía.

Lo dejó sobre la barra de la cocina y pensó que para lo que quedaba de mes no podía concederse ningún capricho. Su sueldo no era para echar cohetes y aún no le habían llegado los pagos de la factura del agua y la luz. Suspiró con suavidad y se sentó en su taburete. Seguía en shock por lo ocurrido anoche; ceder a aquellos servicios era tan impropio de ella. Siempre fue pragmática, centrada, y se sentía un tanto decepcionada consigo misma. Sola, estaba tan sola, y quería que la quisieran un poco. Aquello había sido estúpido, desde luego, pero se sintió tan correcto...

Quiso llorar y no supo por qué. Empujó sus lágrimas fuera de la cabeza y se puso a preparar café. ¿Edward querría desayunar? Optó por hacer unas cuantas tostadas con mantequilla y mermelada. Cuando colocó la comida sobre la barra un Edward somnoliento apareció en escena. Estaba vestido con la ropa arrugada. Los vaqueros le quedaban sueltos y la camiseta iba a juego con su cabello despeinado. Adorable, demasiado perfecto. Sus ojos verdes brillaban con un deje de inocencia que en realidad no poseía y los músculos de sus brazos se acentuaban con la tela de aquella prenda. Una punzada amarga se instauró en el pecho de Bella cuando se recordó a sí misma, de nuevo, que el dinero estuvo detrás de aquello. Solo quería que la quisieran y si deseaba conseguir aquello desde luego que no le interesaba apuntar tan alto como para aspirar a un chico como aquel.

—He hecho café y tostadas, no sabía si querías desayunar antes de irte... —musitó avergonzada—. Tienes el dinero encima de la barra.

Los perspicaces ojos madreselva de Edward se fijaron en Bella y su poco sugerente pijama. Problemas de autoestima, pensó, antes de tomar el pago. Muchos problemas de autoestima. Tampoco era aquel su problema o su asunto. El sonrojo de Bella lo hizo sonreír; le gustaba sentirse deseado, como a cualquiera. Y ella había sido desinteresada en la cama, muy suave. No le fue mal; había disfrutado más de lo que pensaba admitir en voz alta.

—Desayunaré —dijo él—. ¿Podrías ponerle leche al café? Me gusta muy flojo.


Habían pasado tres días desde aquella noche y Bella seguía sin poder borrársela de la cabeza. ¿Cuánto hacía que no se sentía tan bien? Estúpida, quiso recriminarse a sí misma, recurrir a aquello era de ser estúpida. Y no podía permitirse volver a pagar por él. Necesitaba costearse la comida y las facturas, desde luego, eran más importantes.

Aun así podría ir al bar a verle, ¿cierto? Se pediría una Coca cola con el infumable limón y fingiría que acudía a pasar el rato. Ocultaría sus aires de acosadora, de mujer desesperada y sola, y pretendería que todo estaba bien. Podría verle con otra clienta, pensó, y tal vez de aquella forma se desengañaría y llegaría a la conclusión de que las ilusiones eran estúpidas y que los únicos sueños que se cumplían eran los que ocurrían al dormir.

Por primera vez en mucho tiempo se planteó qué ropa ponerse. Optó por un vestido suelto marrón claro, un tanto escotado para alguien como ella. Llevaba mucho tiempo en el armario sin usarlo, como si durante aquel tiempo no hubiera tenido alguna razón para llevarlo puesto. No era una prenda ni demasiado atrevida ni demasiado arreglada pero, aun así, se sentía excesivamente coqueta para ella. Se alisó el cabello con el secador y tuvo la osadía de ponerse rímel y brillo de labios.

Cuando entró en el bar se sintió pequeña, como era ya costumbre. Acudió a la esquina de la barra más alejada y pidió la Coca cola. Sus ojos se quedaron fijos en el vaso, asustados, y empezó a arrepentirse de su decisión.

—Buenas noches, Bella —le susurró una voz suave en el oído. Los pelos de su nuca se pusieron de punta y su corazón saltó sobre el pecho. Aguantó el aliento y se giró sonrojada.

—¿Has venido en busca de compañía? —le increpó Edward sentándose en un taburete que estaba a su lado. Bella se encogió sobre sí misma.

Quizá había acudido en busca de otro chico, sopesó Edward, al encontrarse con la actitud introspectiva de Bella. Quizá no le gustó lo que hicieron la pasada noche. No, imposible. Se veía muy receptiva y su actitud entorno a él era como si le hubiera tocado la lotería. Sabía reconocer cuándo una mujer estaba satisfecha y, desde luego, aquella madrugada Bella lo estuvo.

Le irritaba mucho pensar que fuera a contratar a otro. Cuando estimó aquella idea sintió un aguijonazo en su pecho y una leve punzada en su orgullo. ¿Orgullo? Hasta aquellos instantes él había dudado mucho de poseer algo como aquello.

—Solo he venido a tomarme algo —musitó en tono bajo.

Edward contempló la Coca cola a mitad beber. Le hizo gracia pensar que no pidiera algo de alcohol o algún tipo de cóctel sofisticado. Era una mujer simple que había visto poco mundo y que parecía tener miedo a cometer algún tipo de exceso. Y aun así se sentía bien. Era muy dulce cuando hablaba, tranquila y suave. Le gustaba su suavidad. No pudo quitar la picazón de sus manos por tocarla de nuevo y las ansias de sus ojos por recorrerla.

¿Loco?, ¿se había vuelto loco? No recordaba que aquello le hubiera ocurrido antes. Su mirada bailó hacia el escaso escote del vestido de Bella y rememoró con todo lujo de detalles lo bien que se sintieron aquellos cálidos pechos. Tocarla, iba a tocarla.

—¿No te gustaría venir a pasar la noche conmigo? —La tentó con sutileza.

—Yo..., lo siento, pero no tengo mucha liquidez ahora mismo. No me lo puedo permitir otra vez —se disculpó Bella. No quería que insistiera más, no estaba preparada para rechazarlo. Edward pegó los labios a su oreja.

—¿Qué te parece si hacemos una excepción? —La incitó, sorprendido por sus ganas de tenerla. —Podemos compartir esta noche sin dinero de por medio.

Bella, sorprendida, se puso rígida. ¿Sin dinero?, ¿estar con ella sin que le pague? Quiso reírse, pero se reusó. No había ninguna razón por la que alguien como él quisiera estar con alguien como ella.

—¿Lo dices en serio?

Edward no respondió, o al menos no lo hizo con palabras. Sus manos se movieron sobre la cintura de Bella hasta llegar a una zona cercana a sus axilas. Se quedaron allí, con sus dedos bailando sobre el borde de su sostén.

—¿No tienes ganas de repetir? Yo estoy ansioso por ver cómo se ruborizan algunas partes de ti. Sitios húmedos y calientes.

Bella sintió que se quedaba sin aliento.


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Nos leemos la semanita que viene 3