Resumen: Astoria es como dos Astorias en una. La de sus padres, la señorita, la bonita y la otra, la rebelde, la que bebe alcohol y se divierte. Pero a las dos les gustan los mismos ojos grises y el mismo cabello rubio y no tienen miedo de decirlo.
Pairing: Draco M./Astoria G. (No toma en cuenta el despropósito de TCC).
Dos veces que Astoria intentó besar a Draco
«A mí me gusta que me traten como dama
aunque a veces se me olvide cuando estamos en la cama.
A mí me gusta que me digan poesía
al oído por la noche cuando hacemos groserías»
Mayores, Becky G
1998
Astoria Greengrass, a los dieciséis años tiene un cabello rubio casi platino lleno de nudos que le llega a la cintura y que siempre mueve al ritmo de la música, especialmente cuando está oyendo a Lorcan d'Eath. Tiene las uñas pintadas de verde oscuro —y seguramente Slughorn la hará despintárselas a la mañana siguiente, en cuanto se las vea—, aretes largos, verdes de igual manera. Ojos claros, como de gato, entre color verde y color miel.
Es Halloween y en Slytherin tienen una fiesta improvisada. Calcula que no habrá más de quince o veinte personas en la sala común. Su hermana está besándose con Nott en una esquina, Pansy no está en ninguna parte y Astoria se dice a sí misma que las fiestas sin Blaise Zabini —que eligió no volver a Hogwarts a conseguir sus ÉXTASIS— no son fiestas en realidad porque no hay nadie intentando ligarse a todas las chicas y chicos presentes en la sala común —Draco incluido, aunque Blaise solía repetir que los pálidos con tipo de vampiros eran todo menos su tipo—. Están las dos gemelas Carrow, sin embargo, muy juntas, sentadas en un sofá, intentando quitarse a Malcom Baddock de encima. Y Harper y Vaisey, claro, a los que tiene agarrados del cuello mientras los arrastra al centro de la sala para convencerlos de bailar.
—Vamos… —Ya no puede caminar recto y Vaisey acaba zafándose para dirigirse a donde están las gemelas y abrirse un lugar para sentarse en medio de ellas y quitarles, él sí, a Malcom Baddock de encima, que sólo es un crío y Astoria ni siquiera recuerda en qué año está—. Fitz… —se dirige a Harper acercándose demasiado a su nariz, como si fuera a besarlo y él se hace inmediatamente para atrás.
Lo hace desde que ya no son novios. (Que Astoria, en ese momento, no sabe desde hace cuánto es porque el cerebro le da vueltas).
—Astoria —dice él, pasándole la mano por la cintura, intentando sostenerla. Pero ella intenta caminar y en vez de eso casi se da de bruces contra la alfombra—. Quizá deberías…
—No, no… —responde ella, sin tener ni idea de qué va a decirle o qué va a sugerirle Harper—. Quiero bailar, Fitz, bailar… —Y menea su cabello a lo que ella cree que es el ritmo de la música y oye a Fitz reírse y no sabe si es con ella o de ella, pero ella se ríe igual. Le gusta tanto reírse. Reírse a carcajadas, como no puede hacerlo cuando está su padre cerca y le dice que tiene que ser una señorita, como no puede hacer cuando está su madre cerca y le dirige miradas de clara decepción. Astoria Greengrass es pura fachada.
—Astoria, vas a besar la alfombra —le dice Harper, que evidentemente está mucho más sobrio que ella.
Pero a ella no le importa e intenta bailar de todos modos, alza las manos y se contonea con la música —o más bien, pega de saltos— hasta que, por supuesto, casi se va de bruces y ve como Harper intenta sostenerla pero sus brazos se quedan en el aire y no la atrapan hasta que alguien la jala bruscamente del brazo y la agarra para evitar que se rompa la nariz en el piso. Astoria intenta incorporarse torpemente, intentando adivinar quién es cuando ve, a pocos centímetros de su cara, a Draco Malfoy.
Rasgos angulosos, porte aristocrático. Piel muy clara —así, tan cerca, tan cerca que casi le ve los mocos, es como Astoria entiende lo que Zabini dice del tipo vampírico de Malfoy— y ojos grises profundos y como sufridos. Ojos que han visto demasiadas cosas que no deberían haber visto. Astoria se queda viéndolo como estúpida y alza una mano y la pasea por su mejilla, casi pellizcándolo, y él no hace nada, no la aparta —quizá porque está completamente borracha y le da igual— y ella abre la boca, como si estuviera en una ensoñación.
La verdad es que, hasta entonces, nunca le había dedicado mucho a pensar en Draco Malfoy. Sabe que es amigo de Daphne y eso la hace mantenerse alejada —Daphne tiene sus cosas, Astoria, las suyas; Astoria se esfuerza en diferenciarse porque no quiere ser comparada con su hermana, odia oír siempre «es que no eres como Daphne» y ver caras de decepción porque, efectivamente, ella finge su papel de señorita bastante peor que Daphne—. Sabe, además, que no es un nombre que en ese momento atraiga muchas simpatías. Sabe que tiene una marca tenebrosa en el brazo porque una vez se la vio cuando entró por error a un baño sin servicio y él la escondió tan rápido que a ella le pareció que la había alucinado.
Y en ese momento, sabe que tiene unos ojos extraños, como si fueran mucho más viejos que él mismo, que apenas alcanza los dieciocho años.
—Greengrass… —dice él. Sus ojos se vuelven una interrogante.
Ella se incorpora.
—Estoy bien —dice ella. Pero es obvio que no está nada bien, que lleva más whisky de fuego del que nadie debería dentro de ella y al intentar separarse de Draco se da de bruces de nuevo y él tiene que sostenerla, como si la abrazara y entonces Astoria queda a milímetros de su cara—. Estoy bien.
—No te ves bien —le dice él.
—Claro que… —Busca a Harper con la mirada, pero no lo encuentra. En otras circunstancias se enojaría porque la ha dejado abandonada, pero en ese momento vuelve sus ojos de nuevo hacia Draco Malfoy, como si quisiera inspeccionarlo todo—. Vamos a… —Señala un sillón, en señal de rendición. Ya se parará a bailar cuando pueda sostenerse en sus dos piernas, mientas sólo señala a dónde quiere ir esperando que el rubio pálido que ya la salvó dos veces la lleve hasta allá.
Cosa que hace cuando se da cuenta de que ese monstruo rubio con cabello hasta la cintura que se hace llamar Astoria Greengrass no se le va a quitar de encima.
—Te ofrecería más whisky de fuego, pero creo que ya ingeriste suficiente de aquí a navidad —dice Draco dejándose caer al lado de ella. Es tarde y la mayoría de la gente ya está sentada, medio dormida y simplemente balanceándose con flojera por allí al ritmo de la música. Pero Astoria todavía tiene demasiadas energías.
—No sabía que te comportabas como un abuelo… —Hipa antes de terminar de decir nada y no le da pena. Es el colegio, joder, seguro nadie recordará después todas aquellas cosas vergonzosas que la gente hizo cuando tenía quince años o dieciséis o los que sean—. Mi hermana habla mucho de ti —le confiesa a Draco. Supone que no debería estarle diciendo aquello pero no le importa porque está demasiado borracha.
—¿De verdad?
—Sí.
Draco alza la ceja. Se ve guapo con la ceja alzada, piensa Astoria, que le pasa la mano por el cabello y él de deja hacer sin apartarla. Aunque sí que hace un mohín cada que ella se le acerca demasiado.
—¿Y dice algo interesante? —pregunta.
Parece interesado de verdad. No sabe qué tan amigos son Daphne y Draco en realidad. Sólo sabe que son amigos porque Daphne era amiga de Pansy y siempre estaba pegada a ella y Pansy siempre estaba pegada a Draco, entonces siempre… Se rasca la cabeza porque ya perdió el hilo de los pensamientos que llevaba hasta ese momento. En vez de eso, se concentra en responderle a Draco la pregunta.
—Solía decir que tratabas demasiado mal a Pansy —dijo Astoria—, que ella se merecía algo mejor que tú y que…
—Ah. —Lo corta él.
—¿Sigues con Pansy? —pregunta ella.
—No.
—Ah —dice ella.
Se quedan callados. Astoria supone que no es muy buena idea hablar de ex novias y ex novios en ese momento, pero da igual. Ya sacó el tema «Pansy» a colación. Por Daphne, sabe de primera mano que Draco Malfoy no era un novio modelo y podía no ser ni siquiera uno deseable.
—Estoy enamorado de ella —confiesa Draco.
«Estoy», en presente. Que palabra tan enorme, en especial cuando le acaba de decir que ya no está con ella. Astoria se queda viéndolo porque Draco no le parece esa clase de chico, que admite estar enamorado de alguien con facilidad. No parece la clase de chicos que sepa, siquiera, hablar sobre lo que siente. Pero quien sabe, puede que esté equivocada. Sólo conoce una imagen distorsionada de él —la que le ha llegado en aquellos años a través de Daphne—. Se le acerca a aún más.
—¿«Estoy»?
—¿Importa?
—¿Por qué me lo cuentas? —preguntó ella.
—Estás borracha —dijo él, encogiéndose de hombros—. Probablemente no lo recordarás mañana y…
—¿Así que me usas para que te interprete tus propios sentimientos o sea un recipiente al que le cuentas tus problemas? —preguntó Astoria. Podía estar borracha, pero no tenía tiempo para oír de problemas ajenos. Para eso se iba a oír como Vaisey hablaba de Hestia Carrow cuando la gemela no lo estaba escuchando—. Eso tiene un precio, Draco.
Se le acerca más, más, hasta que su nariz choca y él abre mucho los ojos y se hace un poco hacia atrás. Ella ladea un poco la cabeza para que sus narices no vuelvan a chocar la una con la otra e intenta besar a Draco, pero en vez de eso siente algo en la boca del estómago que le sube hasta la garganta y se voltea un poco, sólo lo justo para evitar el rostro de Draco y se pone las manos en el vientre y se hace para adelante.
Y le vomita a Draco Malfoy en los zapatos. En vez de besarlo.
2000
Va a recogerla a su casa porque es lo correcto, lo que hace un caballero. Ha pasado casi dos años sin pensar realmente en ella, que es sólo una mancha en su pasado. Una chica con cabello rubio hasta la cintura, lleno de nudos, uñas verde oscuro y ojos como de gato. Cuando es ella la que le abre la puerta, se sorprende, porque la chica que le devuelve la mirada no tiene demasiado que ver con la mancha que está anclada en su pasado y que apenas si recuerda, porque se ha esforzado una y otra vez en dejar Hogwarts atrás, aunque el mundo no lo deje.
Astoria Greengrass acaba de graduarse y no se parece nada a la Astoria que Draco solía conocer. Tiene el cabello bien arreglado, hasta la cintura, como siempre, sin que este asalte su cara porque lleva una diadema color verde que lo mantiene lejos de su frente. Va más o menos maquillada y Draco adivina la mano de Daphne tras aquel estilo y lleva una túnica sencilla de color verde.
—Hola, Draco —saluda.
Él tarda un poco en reaccionar y finalmente extiende la mano.
—Astoria —saluda.
Parecen demasiado formales, pero en realidad están dándole gusto a Narcissa Malfoy, que se esfuerza en que Draco se relacione con la gente que todavía acepta que el apellido Malfoy se les acerque. Y desde que Pansy y Draco lo dejaron —para su infinita tristeza, porque a Narcissa siempre le gustó la morena y estaba tan enamorada de ella como Draco—, se esfuerza en conseguirle citas que Draco intenta rechazar de todas las maneras posibles hasta que no le queda alternativa y tiene que acudir a alguna.
—Ha pasado el tiempo —dice ella, como tanteando el terreno. Draco intenta sonreír, aunque no le sale del todo—. ¿Cómo estás?
—Bien. —Es mentira y ambos lo saben. Draco ha pasado por juicios, su padre está en la cárcel, lo odian todo el mundo mágico, tiene un apellido que limpiar sobre sus hombros y no tiene la menor idea de cómo hacerlo. Draco ve como Astoria puede leer la mentira en sus labios y es entonces cuando sonríe y entrelaza el brazo con el suyo.
—Vamos, entonces —le dice.
—¿Y tus padres? —pregunta él. Lo educado es conocer a los padres de la dama con la que uno sale. Aunque Astoria sea una dama sólo por fuera y Draco sea, más que un caballero, un ex mortífago criado a la antigua.
—Enojados —comentó Astoria. Draco subió una ceja—. Al parecer consideran que nuestras «citas» son todo, excepto adecuadas. Las de Daphne y mías. Dicen que relacionarnos con ex mortífagos nos traerá sólo problemas en el futuro y mi padre jura que le dará un ataque porque… bueno… —Se encoge de hombros—. Dice que quería mejores cosas para nosotras.
A Draco no le sorprende aquello. Nadie lo quiere como el hombre que corteja a sus hijas y él realmente no sabe si está cortejando a Astoria o únicamente dándole gusto a su madre, que les arregló la cita.
—¿Y tú?
—Yo no sé qué quiero —respondió Astoria—, tengo dieciocho años y no soy como Daphne, que sabía que iba a pasar el resto de su vida con Theodore desde que tiene quince años.
—Pero sin casarse —comentó Draco.
Astoria se río.
—Pero sin casarse —repitió—. ¿Te imaginas una boda con mi hermana de novia? Seguro le provocaría una reacción alérgica.
Draco sonríe y de deja llevar por ella hasta la verja de su jardín, donde termina el límite anti aparición. Se siente cómodo con Astoria porque son del mismo círculo y son capaces de entenderse, aunque no se puede decir que sepan demasiado el uno del otro.
—Astoria —dice, con cautela; al menos tiene que advertirle que probablemente no los tratarán demasiado bien allá a donde quiera que vayan—, sólo quería decirte que… bueno, no sé a dónde planeas ir, pero usualmente se niegan a servirme en casi todos lados. Lo de ser un ex…
Nunca llega a pronunciar «mortífago» porque ella lo interrumpe.
—No creo que eso pase a donde vamos —le dice ella—. Sólo, claro, no puedes decirle a tu madre a dónde te lleve. O a nadie. Se supone que es secreto. Y que mis padres no pueden enterarse de eso. En su mente, soy una señorita que va a cenar con sus amigas y con chicos decentes. Están chapados a la antigua. ¿Vale? —Draco asiente—. Perfecto. —Ella le aprieta el brazo y se desaparece con él.
Aparecen antes de la entrada del Callejón Diagon, en el Londres Muggle, una cuadra antes del Caldero Chorreante. Draco no sabe dónde están, pero Astoria parece que sí, porque lo jala inmediatamente hasta un local que parece cerrado y en el que, para llegar hasta la puerta, tienen que bajar unos cuantos escalones. Lo hace bajar y llama a la puerta.
—¿Dónde estamos? —pregunta él.
—Es de Pucey —dice ella—. No es muy legal, pero… —se encoge de hombros—, tiene suficiente buen ambiente. Ni una palabra de este lugar a nadie que no sea confiable, Draco. O te borraré de la memoria dónde está.
—Entendido.
—¿Quién es? —ladra una voz en la puerta.
—Astoria —responde ella.
—Espera —le responde la voz de adentro.
Astoria aprovecha aquel momento para apuntarse con la varita y Draco ve como la sencilla túnica que lleva muta en ropa diferente. En un vestido diferente. El mismo color verde, pero un poco más corto que la túnica —no demasiado— y con la espalda casi totalmente descubierta.
—¿Qué tal? —le pregunta a Draco, dándose la vuelta, dejando que la viera, apartándose el cabello de la espalda.
Los ojos de Draco se quedan clavados en la espalda de Astoria, donde podía ver un tatuaje enorme. Es un ave.
—¿Es…?
—Un halcón —explica ella—. Como mi nombre. Astoria. Astor.
—No pareces de las chicas que tienen la espalda tatuada —dice Draco—, ni de las chicas…
Ella se encoge de hombros.
—No parezco muchas cosas, Draco —le responde—. Pero sé que tú sabes que soy más que la fachada que tengo en casa.
Alguien abre la puerta. Draco reconoce a un slytherin que había estado años por arriba de él y al que Astoria saludó con un beso en la mejilla.
—¡Miles! —saluda—. Traje compañía. ¿Importa?
—No. Sólo… ¿Malfoy es de confianza, no?
—Claro —sonríe Astoria, que lo agarró del brazo y lo metió en el local.
Resulta que el local de Pucey no tiene nombre alguno y sólo un puñado de gente sabe dónde está. «Gente de confianza», por lo que ha entendido Draco. Hay música demasiado fuerte, mesas por ahí y un espacio para bailar. Algunos sillones al fondo y bastante gente que ya está borracha.
—¿Y no es agotador? —le pregunta Draco a Astoria—. Fingir tanto, me refiero.
Ella lo arrastra hasta una mesa antes de contestarse, cerca de la esquina, donde hay menos gente y donde probablemente no los molestarán.
—Algo —responde ella—. Contigo no estoy fingiendo. Esto soy —explica ella—. Me gusta que me traten bien. Me gusta… no sé, me gusta bailar. Me gusta que me inviten a bailar, sobre todo. ¿Sabes bailar, Malfoy? —pregunta.
—Algo —responde él.
—En fin… —Vuelve a darse la vuelta—. Esto soy. ¿Te gusto?
Draco se queda viéndola un momento. Los ojos de gato, el cabello largo que le cubría la espalda casi en su totalidad, el vestido verde. Las uñas, cuando se fijó en ellas, por fin, tenían las mismas tonalidades de verde que el vestido. Era, sin duda, muy guapa. Pero no puede decir que le gusta. Tiene otras cosas en la mente. Otras mujeres. No, corrigió, otra mujer. Otra que en realidad le ha dejado claro que no pueden seguir jugando un juego que sólo los lastimaba a los dos. Quién iba a decir que Pansy iba a ser la que juntara fuerzas para dejarlo.
—Mucho verde —comenta él, finalmente, evadiendo la pregunta.
—Es mi color favorito —dice Astoria—. Mucha gente cree que es porque estuve en Slytherin. Mientras estuve en Hogwarts, porque estaba en Slytherin. Como si siempre fuéramos a estar teñidos de verde y plata. —Se encoge de hombros—. Pero es sólo mi color favorito.
—Me gusta —dice Draco. «Me gusta» y no «me gustas», una diferencia que Astoria puede notar perfectamente, pero ante la que no hace ningún comentario.
—Vamos por algo de tomar.
Algo se convierte en muchos algos, en muchos whiskys de fuego y algunas cervezas de mantequilla y algunas cosas que Draco no tiene ni idea de que son pero lo dejan en un estado de ebriedad bastante considerable. Astoria lo arrastra hasta el espacio que hay allí para bailar y lo agarra del cuello, poniéndose sólo a milímetros de su cara. Draco se deja llevar y hablan un poco y ríen ante los comentarios de Astoria sobre la manera en la que bailan los demás. Ninguno de los dos se acuerda de la noche en que Astoria intentó besarlo y en vez de eso acabó vomitándole los zapatos... o no quieren acordarse.
Cuando se hace demasiado tarde, Astoria le dice que le toca llevarla a casa y Draco sonríe y finge que está sobrio al tenderle un brazo y ella se ríe.
Salen a la calle desierta de Londres y caminan un poco en un intento de despejarse un poco y ella, en vez de llevarlo del brazo, lo tiene aferrado por la cintura, demasiado cerca.
—Draco… —empieza ella.
—¿Qué?
—¿Aún piensas en ella? —pregunta.
Draco sabe inmediatamente a qué «ella» se refiere. Hace demasiado tiempo que no están juntos. Hace demasiado tiempo que no están solos en la misma habitación porque es incómodo. Ella: Pansy Parkinson.
—A veces —admite él. No puede controlar no pensar en ella, aunque le gustaría. Ahora ella está con alguien más, Smith, cree que se llama. Le gustaría no acordarse del cabello negro de Pansy y de la curva perfecta de su cuello y de sus besos y de nada. Le gustaría poder decirle a Astoria que le gusta, porque sabe que podría gustarle. Pero no puede.
Astoria se detiene y lo jala hacía atrás. Lo empuja contra la pared de la acera.
—Quizá debes dejar de pensar en ella. —Y se pone de puntitas y lo besa, le muerde el labio y él la besa también, porque ella besa bien y porque puede decir que le gustan sus besos, pero la aparta cuando llega hasta su cuello.
—Astoria… —musita, dejando caer su cabeza en su hombro—. No puedo. No puedo.
Ella lo abraza y esconde la cara para que no pueda vérsela
—Tú sí me gustas, Draco —musita ella—. Acuérdate de eso cuando dejes de pensar en ella.
2002
Pasa el tiempo y Draco y Astoria siguen coincidiendo. Siguen saliendo, pero nunca solos, casi siempre acompañando a Daphne y a Theodore. Nunca con más planes que los de pasar un buen rato. Astoria no puede negar que sigue gustándole. Hay algo en Draco que la hace perder la cabeza, definitivamente y tiene que ver con la mirada que tiene, tan profunda, tan capaz de atravesarla completa. Es una mirada que le parece mucho mayor de lo que es en realidad Draco y se pregunta cuántas cosas habrá visto para tener aquellos ojos grises tan… complicados.
Y no es sólo eso. Le gusta. Tiene buena conversación cuando quiere, no es tan petulante como cuando lo conoció, de adolescente. Sin embargo, no han vuelto a besarse ni a hablar de nada que tuviera con lo romántico. Hasta la boda de Flint, claro.
Marcus Flint y Gemma Farley se casan en una recepción sencilla, con no demasiados invitados, y se juran amor eterno bajo un arco lleno de rosas —que a Farley le encantan, son sus flores favoritas, por más tópico que aquello parezca—. Astoria ni siquiera la conoce bien, pero ella y Daphne recibieron una invitación. Así que han ido y se han sentado en la misma mesa, con el resto de los amigos de Daphne, porque casi no han asistido amigos de Astoria —al menos no Harper y Vaisey, que la han abandonado en una boda llena de desconocidos—. Daphne y Theodore son los primeros en desaparecer rumbo a la pista de baile y después Zabini dice que tiene que ir a buscar a una chica con la que bailar y Pansy arrastra a su novio —un tal Smith— a bailar y Gregory y Millicent van a probar suerte por ahí, prometiéndose que se ayudarían a ligar el uno al otro. Cuando la mesa se queda sola, finalmente, Astoria se acerca a Draco.
—Hola, ojos grises.
Él voltea a verla. Ella va, como siempre, de verde. Se ha cortado el cabello en aquellos dos años y ahora apenas le llega a los hombros. Es más largo por el frente que por detrás y lo lleva medio desordenado, no tan lacio como antes, como la vez que lo besó. La espalda de su vestido es descubierto y deja a la vista el halcón que tiene tatuado en ella.
—¿Desde cuándo soy «ojos grises»? —pregunta él.
—Desde que te quedaste viendo como idiota a la nada —responde ella—. ¿No te gustan las bodas? —le pregunta, jalando una silla para quedar muy cerca de él.
—¿Por qué no habrían de gustarme? —pregunta él.
—No sé. —Astoria se encoge de hombros—. Viniste solo —hace notar—, sin ninguna cita. Al menos Gregory y Millicent venían juntos, como amigos. Y Blaise venía dispuesto a ligar con todo el mundo.
—Tú también vienes sola.
—A mí no me importa —responde ella, acercándose un poco más a él hasta que lo agarra de la corbata y lo jala hacia sí—. El chico que me gusta ha venido y estoy convencida de que en algún momento se fijará en mí.
»No tengo prisa, Draco —le asegura.
Lo suelta. Ella no se ha cansado de esperar que él se fije en ella como se fijaba tantos años atrás en Pansy Parkinson. Quizá algún día se cansara de esperar y quizá entonces pusiera sus ojos sobre alguien más, pero en este momento, sólo tiene ojos para Draco, para sus ojos grises, su cabello rubio repeinado hacia atrás, con un mechón rebelde que le cae sobre la frente, para sus pómulos marcados y para sus rasgos tan aristocráticos.
Entonces, lentamente, Draco le extiende la mano y ella lo mira, expectante.
—¿Bailas? —pregunta él.
Ella sonríe abiertamente.
—Claro —y le coge la mano.
Está sonando una canción un poco lenta y cursi, como las canciones que no le gustan demasiado a Astoria, pero no le importa cuando llegan a la pista de baile y Draco le pone la mano en la cintura y ella alcanza su hombro. Empiezan a bailar y ella lo jala un poco para que se pegara a ella lo más posible.
Él alza una ceja.
—Astoria…
—Tú ya sabes lo que quiero —musita ella, acercándose lo más que puede a su oreja—. Tú ya sabes que me gustas, Draco. No soy de las que se guardan las cosas o de las que viven de indirectas. No podría.
Él sonríe.
—Está bien —le contesta, separándose para hacerla dar una vuelta.
Cuando vuelven a juntarse, ella vuelve a acercarse su oído.
—¿Y tú, Draco? —pregunta ella—. Ya no pasas las fiestas mirándole las piernas a Pansy. O mirándola cuando ella no la notaba.
—No, ya no.
—¿Entonces?
—Astoria… —Acaricia su nombre con su manera de arrastrar las palabras y ella cierra los ojos al oírlo—. No soy como tú —responde, finalmente—. Ni siquiera sé si soy el indicado para…
Ella le agarra la corbata, lo jala hacia sí. Están en medio de la pista de baile, pero ella ha dejado de bailar. Lo tiene tan cerca. Apenas a milímetros. Puede sumergirse en sus ojos grises y él no puede huir de ella aunque quiera. Astoria se tiene que poner un poco de puntitas para quedar a su altura y entonces, lo besa. La mano que no lo tiene agarrado por la corbata va a hasta su nuca y mete los dedos entre su cabello. Ella le muerde el labio y él se aferra a ella, a su espalda. Ninguno de los dos se da cuenta de que algunas personas han volteado a verlos hasta que se separan.
—Claro que lo eres —repone ella—. Porque yo quiero. Porque yo lo digo. Si quieres… —deja la frase al aire un momento, tan cerca de él que no puede fijarse en nada de lo que está a su alrededor—. Si quieres, claro.
Entonces, él vuelve a besarla, en medio de la pista, en medio de toda la gente. Ella ya ha soltado su corbata y tiene sus dos brazos alrededor de su cuello y él le muerde el labio y deja que sus labios bailen al vaivén de los de ella y lo único que los interrumpe es cuando Daphne aparece detrás y le da un zape a Draco. Cuando él deja de besarla, Daphne está mirándolos.
—Como le hagas algo a mi hermana —advierte Daphne—, te corto los huevos y se los doy de comer al hamster de Gregory. ¿Entendido?
Draco asiente en automático.
Astoria espera hasta que Daphne se pierde de nuevo en la lejanía con Theodore para estamparle los labios a Draco, dispuesta a hacerle un examen de garganta con la lengua. Esa vez, ni ella le vomita encima, ni él la aparta. Él no le dice que ella le gusta, quizá porque no es tan directo como ella, pero sus besos dicen lo que necesitan decir. Y ella se deja besar y no le importa el cómo ni el lugar.
Cuando vuelven a la mesa, Blaise está allí, con cara de pocos amigos.
—¿En serio? —les pregunta—. Serán la habladuría mañana. «La hija menor de los Greengrass también ha elegido a un ex mortífago de novio» —imitó la voz de un reportero y dibujó unas comillas en el aire—; van a empezar a dudar del buen gusto de los Greengrass, totalmente.
Astoria le sonríe enseñando los dientes.
—Sólo son besos, Blaise —dice ella—. Nadie dijo que nos fuéramos a casar mañana.
—No, definitivamente no —confirma Draco—. Somos demasiado jóvenes, Blaise, joder.
Draco jala una silla para sentarse, lo hace, Astoria se sienta en sus piernas sin molestarse en agarrar otra. Él alza una ceja, como preguntándole qué hace, pero no se niega y la envuelve en un abrazo.
—Así es más fácil besarte —dice ella y se inclina sobre él, posando sus labios sobre los suyos—. Después podemos hablar de formalidades y de cómo mis padres van a sufrir un infarto.
—Sin duda, sin duda… —responde él.
Blaise finge vomitar, pero ellos lo ignoran.
—Por cierto, Draco —Astoria vuelve a la carga, sin darle tregua, con los labios cerca de su oreja—, ¿te gusto?
Él sonríe.
—¿Los besos no son suficiente respuesta, señorita Greengrass?
Ella ríe y vuelve a besarlo. Sus padres van a tener un doble infarto cuando se enteren o cuando los vean —porque están en la fiesta, en alguna parte, en alguna otra mesa— si es que no los han visto ya. Pero no le importa. Astoria sabe lo que quiere y Astoria quiere estar sentada en las piernas del único heredero de los Malfoy, porque le gusta como nunca jamás le ha gustado nadie —ni siquiera Harper y su acento escocés malhumorado y su cabello castaño medio parado y siempre despeinado—, porque le gusta su mirada, porque siente que con Draco no está con un jovencito, porque siente que tiene experiencia en la vida —aunque sea la clase de experiencia que nadie nunca quiere tener—, porque le gusta. Punto. Le gusta.
Hunde las manos en su cabello, su lengua en su boca, le muerde los labios. La fachada de señorita de buena familia sigue siendo eso, sólo un papel que le gusta representar. Astoria es más, mucho más. Le gusta ser más.
Y le gusta Draco, joder, cómo le gusta.
2004
Dos años vuelan. De repente Draco se pregunta cómo se las arregló para conocer a alguien como Astoria, para tenerla en su cama, enredada entre las sábanas, arañándole la espalda mientras él le besa el cuello. De repente, se pregunta muchas cosas sobre Astoria, ese doble papel que representa. Lo correcta que es cuando están sus padres, lo incorrecta —desde el punto de vista de sus padres y su familia, porque a Draco no le importa en lo más absoluto— que se puede volver entre las sábanas. Está enredada entre las sábanas, desnuda, cuando Draco le enseña el anillo.
No pone una rodilla en el suelo, no saca una caja, no hace un gran espectáculo. Astoria no es de esas, no en ese momento.
—¿Quieres que nos casemos? —le pregunta. Espera que diga que sí, porque de verdad quiere casarse con ella. Es divertida, es hermosa, la quiere, es su amiga y a veces, su peor enemiga. No es su primer amor, pero es la chica de la que está enamorado.
Ella le sonríe.
—Sólo si prometes volver a recitarme ese estúpido poema —dijo ella— mientras hacemos el amor.
Él casi se ríe y la abraza en vez de ponerle el anillo.
—Sí, joder, claro que sí.
—Entonces sí.
Y ella lo besa.
Notas de este one:
1) Hace años —muchos, ahora mismo no lo recuerdo— escribí un Drastoria. Era terrible. De verdad. Es tan terrible que sólo está publicado en Potterfics. Los personajes eran acartonados, poco naturales y demasiado estirados. Terrible. Y si bien este one no es parte de mi headcanon, tiene elementos de él. Tengo pendiente incluir el Drastoria en mi headcanon Slytherin (que es lo que está listado como «Slytherin» en mi perfil).
2) La inspiración es Mayores de Becky G, aunque Draco no es exactamente muy mayor. Pero le encontré excusas al asunto.
Andrea Poulain
a 29 de julio de 2018
