Capítulo 2: Sorpresas

A la mañana siguiente, Vegeta fue a la cocina a por algo para comer, tenía que llenar su estómago para poder entrenar bien. Allí estaba Bulma, tenía la mirada perdida en el café que tenía entre las manos, que ya estaba completamente frío. Sus ojos estaban rojos, señal de que había estado llorando. Un ruido detrás de ella hizo que se sobresaltara, era Vegeta, armando tal jaleo buscando la comida que luego tendrían que reordenar la nevera de nuevo.

-Buenos días, Vegeta – dijo Bulma molesta porque de nuevo la había asustado -. Podías saludar, para variar.

-¿Todavía no están arreglados esos cacharros? – dijo él, indiferente a lo que había dicho Bulma. Un golpe detrás de él hizo que dejara su tarea y mirara hacia atrás.

Bulma se había levantado tan bruscamente que la silla en la que estaba sentada cayó al suelo, también la taza de café estaba derramada encima de la mesa.

-¡NO! – le gritó Bulma, Vegeta se quedó paralizado por la forma de hablar de la muchacha. Nunca antes nadie le había gritado así, ni siquiera Freezer -. ¡No están arreglados y no pienso hacerlo¡Hombres¡Todos sois iguales, siempre pensando en vosotros mismos! Tengo cosas mucho mejor que hacer que arreglar esos chismes.

-¡No te consiento que me hables así! – respondió él, bastante irritado -. ¡Soy un príncipe y...!

-¡Me da igual que seas un príncipe o rey o lo que demonios quieras! – interrumpió -. ¿Dónde están tus súbditos? Aquí no, desde luego, y no tienes por qué darme órdenes. Mira, bastante paciencia hemos tenido en esta familia contigo, dándote de comer, de vestir, una cama, esa endemoniada cámara de gravedad... ¿y como nos lo agradeces? – imitó a Vegeta -. ¡Arregla esto¡Dame de comer! – volvió a su tono -. No, ya no más, o haces algo a cambio o te quedas sin tus juguetitos.

-Si estoy aquí es porque tú me invitaste, yo no te pedí nada. Además, si digo que los arregles, es porque necesito entrenar, para que dentro de tres años sigas viva ¿o ya no te acuerdas de lo que dijo ese mocoso?

-¡Pues claro que me acuerdo! Pero todo el tiempo que queda hasta que lleguen esos androides podías hacerlo más agradable.

-No tengo por qué agradar a nadie, debería matarte en este mismo momento por ser tan impertinente. ¡Hablar así al príncipe de...!

-Otra vez con la cantinela del príncipe... ¡Ahora no tienes a nadie a quien gobernar! Acéptalo ya de una maldita vez. Y si me tienes que matar, hazlo. Vuela este planeta por los aires, ya no me importa, así estaríamos todos más tranquilos sin amenazas de androides ni nada. ¡Destrúyelo todo y márchate lejos!

Las lágrimas volvieron a los ojos de Bulma, se disponía a marcharse cuando algo que dijo Vegeta la detuvo:

-No tengo a dónde ir.

-¿Cómo has dicho? – dijo ella secándose las lágrimas, la respuesta la dejó tan descolocada que ya no lloraba.

-Que no tengo a dónde ir – repitió él -. Tienes razón, no tengo nadie a quien gobernar, ni planeta. Además, todavía tengo una cuenta pendiente con Goku. Hasta que no salde esa cuenta, me quedaré. De todos modos, este planeta me gusta y ¿sabes? Hasta cierto punto los humanos no os diferenciáis tanto de los de mi raza.

-¿A qué te refieres? – Bulma no salía de su asombro, no podía creer que estuviera manteniendo una conversación con Vegeta, y mucho menos una conversación pacífica. El tiempo que llevaba en esa casa, casi siempre terminaban a gritos.

-A que de cierta manera, sabéis luchar. No físicamente, porque hasta mi gato tenía más fuerza que un humano, pero sí sois perseverantes y buscáis por todos los medios la manera de conseguir lo que queréis, aunque eso os haga daño. Si un niño se tropieza y cae, llorará porque se ha hecho daño, pero si quiere aprender a caminar, se levantará y seguirá intentándolo.

-Sigo sin entender a qué te refieres.

-Algunas veces pienso que eres estúpida – dijo con frialdad -. Anoche te escuché cómo terminabas tu relación con ese gusano.

-¡¿Cómo¿Estuviste espiándonos?

-¿Por quién me tomas? Faltaría más, no tengo otra cosa mejor que estar espiando a un par de humanos – ironizó Vegeta -. Con los gritos que dabais no me dejabais concentrarme, no tuve más remedio que oíros, os escuchó media ciudad. Pero lo que quiero decirte es que aunque sabías que te ibas a quedar en un estado lamentable (como de hecho lo estás), no dudaste en hacerlo. Sabías las consecuencias y te arriesgaste para poder hacer lo que realmente querías. En eso eres igual que nosotros. A eso me refiero.

-No me puedo creer que tú me estés diciendo esto... no¡si al final va a resultar que tienes sentimientos y todo!

-Eso nunca... es solo que me he levantado de buen humor, pero no por eso pienses que estás a salvo – dijo maliciosamente -. Cuando termine con Goku os eliminaré a todos, a eso vine la primera vez y todavía está por ver que no termine una misión y todavía no he conseguido la inmortalidad...

Dicho esto, se bebió de un trago todo el cartón de leche que tenía en la mano desde hace ya un rato y salió de la cocina, de camino a su entrenamiento diario. "Demonios, ya me he retrasado bastante", pensó. Pero antes de desaparecer del todo, miró un momento a Bulma y una imperceptible sonrisa apareció en sus labios.

Bulma no sabía qué pensar. No sabía todavía cómo ni por qué ese hombre la había dicho todo eso, pero en el fondo tenía razón. Se había caído, de hecho se había tirado ella sola, pero tenía que levantarse y seguir caminando. Observó a Vegeta alejarse. ¿Acaso la había sonreído? No, eso era imposible. Todavía era un ser cruel y despiadado que tenía pensado eliminarlos a todos, ese asesino no tenía que ser capaz de sonreír, y muchísimo menos de animar a alguien. No obstante, lo había hecho. Aunque todavía ella estaba muy triste, no se sentía tan desgraciada. Él había tendido una mano y ella no quería quedarse en el suelo, no tenía sentido el llorar por Yamcha. Ella era una mujer todavía joven, bonita y muy inteligente, si se lo proponía, podía buscar a alguien que le pudiera dar lo que buscaba, sólo tenía que levantarse... Y Vegeta la había ayudado.