-Feliz cumpleaños, hijas.

Más bien debería decir "Feliz cumpleaños, Fleur", sería lo más sincero, pero ya da casi igual. No debo preocuparme por esas tonterías, por lo menos hoy no. Es nuestro séptimo cumpleaños y nuestros padres lo han querido celebrar por todo lo alto. No es un vano capricho de unos padres excesivamente orgullosos de sus criaturas, nada por el estilo, es solo que celebran que ambas vamos a empezar a educarnos para gobernar un país; Lisieux Fleur, aunque yo no tengo ni la menor idea de cuál podría gobernar. Quizás no llegue a gobernar ninguno.

Estamos sentadas a la mesa, en el sitio que por derecho ocuparían nuestros padres, pero hoy ambos han decidido saltarse el protocolo entero. Los dos están detrás nuestro, animándonos a abrir cada uno de los regalos que nos traen los sirvientes. Fleur y yo tenemos el mismo número de obsequios, aunque creo que es por puras apariencias. Ella los abre con ilusión, tal y como debe hacer una niña de su edad, riendo emocionada con cada paquete. Sin embargo, yo simplemente me limito a interpretar mi papel de niña, fingiendo la misma ilusión que mi hermana da con toda la sinceridad del mundo.

Aparto uno de los regalos, mostrando durante unos instantes una muestra de asco. El regalo en cuestión es una muñeca, una muñeca cursi para niñas cursis. Tengo en mi cuarto toda una colección de muñecas de ese tipo, todas nuevas, sin estrenar, menos las que usa Fleur. Mis padres deberían haberse dado cuenta hacía mucho que las muñecas no me gustan.

-Neriah, cielo, ¿no te gusta el regalo? –pregunta mi madre con expresión preocupada.

No, no me gusta, deberías haberte dado cuenta cada vez que entrabas a mi cuarto. Pero sé que sólo tienes ojos para otras. No me conoces, y odio esa falsa preocupación. Deberías dejarme e irte con tu adorada hijita. ¿Acaso no lo haces ya cada día?

-S-Sí que me gusta, Madre. Es muy bonita.

Mamá sonríe y yo sigo abriendo paquetes. Por un momento, tan solo un instante, creí que explotaría delante de ella. Me controlé en el último momento, menos mal. Me gustaría decirle algún día todo lo que pienso de ella, pero no sería conveniente empezar a discutir. No aquí, ni ahora. Se supone que es una fecha feliz, y quiero que Fleur disfrute de ella. Dejo que la fiesta continúe con tranquilidad.


Es bien entrada la tarde y los festejos ya casi han acabado. Si aguanto un poco más, sobreviviré a otro estúpido cumpleaños.

Fleur y yo caminamos por el enorme corredor que conduce a las dependencias de nuestros padres, seguidas por Dama Hortense, que tiene que seguirnos a todas partes. Su presencia no me molesta, pues simplemente se dedica a cumplir con sus obligaciones como aya de las hijas del rey, pero Fleur apenas la soporta y siempre que puede la da esquinazo. Estando la mujer con nosotras, ella apenas puede hacer ninguna travesura, y eso la enoja. Es un espíritu libre, al fin y al cabo, y odia sentirse vigilada.

Llegamos a la enorme puerta de la habitación real y Dama Hortense llama con delicadeza. Al poco nos abre una doncella de mi madre quien, tras preguntar el motivo de nuestra visita, nos deja entrar.

Cada vez que entro en esta habitación no puedo evitar asombrarme por su tamaño. Es, creo, la alcoba más grande do todo el castillo, aunque también es, quizás, la más sobria en cuanto a mobiliario: una enorme cama, una mesa con su silla, un arcón, un tocador y un tapiz que adorna la pared, nada más. Eso es algo que me gusta de mis padres, la sobriedad. Prescinden de casi todos los lujos que caracterizan a todos nuestros monarcas, y no es porque les falte el dinero, precisamente. Han hecho de Lisieux un reino próspero, pero a ellos no se les ha subido el éxito a la cabeza. Por lo menos, todavía no.

Nuestra madre está sentada al borde de la cama, leyendo su pequeño libro de oraciones, mientras que nuestro padre, sentado en el escritorio, escribe frenéticamente. Ambos alzan la vista cuando entramos, y con un pequeño pero firme gesto Madre despide a la criada y a la aya, y luego nos invita a sentarnos junto a ella.

Fleur se sienta a su derecha y yo a su izquierda. Madre se esfuerza por sonreír, pero se la ve preocupada por algo. Por fin, Padre se levanta de la silla y camina hacia nosotras.

-Vuestra madre y yo tenemos otro regalo para vosotras, hijas –dice, animado.

Fleur, que al principio parecía preocupada, sonríe. Su gesto me alienta y sonrío yo también, intentando parecer ilusionada, preguntándome qué estupidez querrán darnos. Nuestra madre prosigue.

-Como sabréis –dice- ya no sois unas niñas pequeñas. Como princesas, ambas debéis empezar a educaros para ser reinas algún día.

Sí, reinas, sobre todo yo. Vaya tontería.

-Es costumbre que los nobles envíen a sus hijos a educarse lejos de casa, y nosotros no vamos a ser menos. Tú, Fleur –dice Padre- irás a Gaiforte, y tú, Neriah, irás a Glenhaven. Estaréis allí durante un tiempo, y así podréis aprender a valeros por vosotras mismas…

Prosigue con su discurso mientras yo me abstraigo completamente. La perspectiva de viajar me atrae, lo que me fastidia es que nos hayan separado a Fleur y a mí. Hemos estado siempre juntas, y solo la idea de separarme de ella me…me aterra. Intercambio una mirada con mi hermana y averiguo enseguida que ella piensa igual. Al instante Madre se da cuenta de la preocupación de su primogénita y corre a tranquilizarla.

-Vamos, Fleur, todo el mundo ha tenido que hacerlo durante su niñez –dice, y luego se gira hacia mí- Será sólo durante un tiempo. Después volveréis a casa, las dos.

Enfatiza esas dos últimas palabras, por lo que deduzco que se ha percatado de mis sentimientos, aunque sea por una vez. Aún así, sus palabras surten efecto en mi hermana, que se levanta completamente emocionada.

-Si voy a Gaiforte tendré que viajar en barco, ¿verdad? –chilla. Padre asiente, contento de verla feliz- ¡Será genial! ¡Neri, voy a subir a un barco!

Río con ella, volviendo a fingir alegría. Siento que debería contagiarme de su alegría, pero no puedo, esta vez no. No es la perspectiva de tener que dejar a Fleur, ni el tener que abandonar mi casa. Es ese nombre, Glenhaven, el que me inquieta. No sé por qué, pero tengo la sensación de que mi viaje acabará mal.