Disclaimer: Inazuma Eleven y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del Level-5.
N/A: Bueno, primero que todo quiero aclarar que este fic será de actualización semanal. (A no ser que esté ocupada, supongo que entenderán.)
Quiero agradecer a las personas que me dejaron reviews, favorites y follows. Al principio no tenía ánimos de continuar este fic pero ustedes me motivaron a hacerlo.
Mi intención era subir este capítulo ayer como un "regalo de navidad" pero no pude, lo siento. (Por cierto, ¡Feliz Navidad atrasada!)
Aprovecho de, si no tengo la oportunidad después, desearles un próspero año nuevo.
Capítulo I.
"¿Cómo suena para ti el poder entender?"
Acababa de amanecer, los finos rayos de sol que se colaban por su vieja y rota cortina lo demostraban perfectamente; se podía sentir el calor que de ellos emanaba. El canto de los pájaros no tardó en llegar a sus oídos, era en todo sentido el tipo de días que odiaba; días felices, excepto para él.
Se levantó de su cama mordiéndose su labio inferior, aún nervioso por lo ocurrido la noche anterior. Recuerdos vagos llegaban a su mente, mas no lograba tener una visión completa del contenido de la carta... Observó algo consternado muchos trozos de papel situados alrededor de todo su cuarto, algunos cubiertos con sangre y otros con tinta corrida. ¿Qué habría estado escrito allí? ¿Quizás algo que no quería saber?
Pues ahora eso ya no importaba, debía apresurarse si quería llegar a tiempo a la escuela.
Bajó tal cual como lo había intentado la noche anterior, tratando de no llamar mucho la atención. Esta vez, para su suerte, lo había logrado; los niños estaban demasiado ocupados desayunando y hablando entre ellos que en fijarse en el chico de cabellos verdes. Suspiró aliviado, saliendo del establecimiento y cerrando la puerta tras de sí.
El autobús no pasaría a recogerlo hoy, eso lo tenía claro. De todas maneras, jamás lo tomaba ni aunque viniera. Prefería caminar, colocarse sus audífonos y olvidarse del mundo, de sus desgracias y de su miserable vida. Era la mejor y la única opción que le quedaba, sino podía morir debería resignarse a lo que le tocó, ¿Cierto? Ese sería su mejor y más grande plan.
Vivir miserablemente, sufrir silenciosamente, morir mentalmente.
—¡Miren chicos, es el imbécil de Midorikawa! —una voz a sus espaldas le anunciaba que ya habían comenzado los problemas. Gruñó volteándose, con una sonrisa en su rostro—. Vaya, es extraño verte así de feliz, ¿Será que por fin encontraste alguna técnica efectiva para terminar con tu repugnante existencia?
Los dos chicos que lo acompañaban rieron, el de mirada oscura también soltó una pequeña e inaudible risita.
—No les incumbe. —comentó retomando su caminar, dejándolos desconcertados. Él no solía responderles, ni tampoco de la insolente manera como lo acababa de hacer—. ¿Se les ofrece alguna otra cosa?
—Mhm... Tal vez más tarde sí, por ahora solo era un saludo. —el líder del grupo habló. Dando media vuelta y alejándose de ahí con los otros dos siguiéndole. Al ser un chico tan extraño, cualquier cosa podría esperarse de él, les convenía no hacerle nada esta vez.
Midorikawa no pudo evitar suspirar. Incluso tenía la capacidad de asustar a los matones de su clase si se lo proponía, aunque no le gustaba hacerlo ya que le encantaba ser golpeado por ese trío de imbéciles. Además, los moretones sanaban rápido, así que a la hora de volver al orfanato ya podía considerarse completamente sano y así no podría provocar a su "hermana mayor" a tan tempranas horas. Después de todo, nadie debía saber el secreto de Hitomiko, el cual a nadie más se lo habían confiado.
Pero todos esos pensamientos desaparecieron al momento en que escuchó una risa detrás de él, preocupantemente poco familiar. Dudó en voltearse, ya que no tenía ni la más mínima idea de quién se pudiera tratar y aquella risa sonaba como si perteneciera a alguien a quién le costaría trabajo "asustar".
—¿Por qué has roto la carta, Ryuuji? —pudo sentir una seductora voz en su oído derecho. Se volteó violentamente empuñando su navaja, encontrándose con la nada misma—, ¡Oh! Puedo ver que de algo si ha servido tu miserable "vida", ¿No es así? ¡Qué emocionante!
—¿¡Quién eres!? —exclamó dando un paso hacia atrás.
Parecía ser que fuera el viento el que lo estuviera perturbando de esa manera.
—¿Yo? —rió nuevamente—, yo soy muchas cosas.
—¡Deja de bromear conmigo! —gritó, sintiendo como el mismo grito se hacía un susurro gracias a la fuerza que tenía el viento—, ¡Sal de donde te estás escondiendo, cobarde!
—¿Bromear yo? Yo no bromeo.
Midorikawa, sintiendo el coraje que aquella voz le causaba, comenzó a dar puñaladas al aire, intentando patéticamente encontrar el cuerpo de la persona que estaba provocándolo.
—Pobre ingenuo. —se burló, soltando una carcajada—. ¿De verdad piensas que puedes darme, Ryuuji?
—¡Cállate! ¡¿Quién eres?! ¡Dime por qué sabes mi nombre! —comenzó a desesperarse, no entendía lo que estaba sucediendo.
—Es fácil, mi querido amigo, yo te vi nacer. —los ojos del joven de cabellos verdes se abrieron por la sorpresa y, pudo sentir como alguien lo abrazaba por detrás posando su cabeza en su hombro.
Pudo escucharse el ruido de la navaja cayendo al cemento.
—Sé quién eres... O, mejor dicho, sé que eres. ¿Cuál es la probabilidad de que puedas recordarme?
Midorikawa se volteó, viendo con sus oscuros ojos la figura frente a él. Un chico pelirrojo, alto y de apariencia atractiva, con unos profundos orbes color jade; una sonrisa de medio lado se asomaba en su rostro.
—Hiroto Kiyama es mi nombre, hijo del pecado.
Y, sin dejar tiempo para que el joven reaccionara, juntó sus labios con los de él.
—¿Quieres saber cuáles son los secretos que tu existencia esconde? ¿Te gustaría volver a recordar? —acarició su mejilla delicadamente mientras sus ojos se tornaban de un color rojo, los del peliverde también.
El joven podía sentir como sus sentidos se debilitaban; no podía respirar. Su vista comenzó a nublarse mientras apenas podía apreciar como una sonrisa volvía a adornar aquél hermoso rostro.
—Vida por vida, ese es mi trato.
