centerbCuando el lobo caza a Caperucita Roja

Cuando el lobo caza a Caperucita Roja.

por. Bechan in wonderland.

Capítulo 02. Niebla olvidadiza. Cuando el lobo duerme.

―Hermione ―La llama una voz conocida―. Hermione, ¡Hermione!

Con más pereza de lo normal en ella, abre lentamente los ojos cansados, encontrándose con la asiática cara de Parvati.

―¿Hum?

—Hermione, ¿te has quedado dormida? ¡Venga, arriba!

Parvati se hace los últimos retoques en su peinado y a lo lejos Lavender se maquilla los ojos. Ya no recuerda nada acerca de trabajos sobre licántropos, de profesores con apariencia lobuna, de lunas llenas, ni de lobos acechándola. Todo parece haberse olvidado. No sólo lo sucedido ese viernes por la noche, sino que también el fin de semana. Todo recuerdo, todo sentimiento, todo se ha olvidado en una densa niebla. Y parece que a Hermione ni siquiera le interesa recodar. Es lunes, y a primera hora Pociones, con el profesor Snape. A segunda hora Defensa contra las Artes Oscuras; ¿Estará ya de nuevo el profesor Lupin o volverá a sustituirlo el profesor Snape?

La mañana trascurre de una forma difusa, ambigua. Parece rodeada de esa niebla que se tragó los recuerdos de Hermione. Es confuso. El tiempo avanza de un extraño modo. Hermione no sabe cómo ha llegado a clase de Pociones si hace un segundo estaba en la cama. Tampoco recuerda haber ayudado a Neville a entender un ejercicio. No puede llegar a comprender las palabras histéricas de Snape cuando su compañero derrama el líquido de la poción. No sabe, pero tampoco le importa. Sólo sabe que la clase ha acabado y que ahora está entrando en la clase de Defensa contra las Artes Oscuras con los Gryffindors y los Slytherins, donde en lugar de estar el profesor Lupin sonriéndoles afablemente, vuelve a estar Snape, mirándolos severamente.

—Espero que tengáis perfectamente el trabajo acerca de los licántropos. Os aseguro que no seré tan benevolente a la hora de corregirlos como lo es vuestro habitual profesor —amenaza. Él nunca saluda, él sólo amenaza. Lo hace en su clase y ahora también en ésta.

Va recogiendo uno a uno los pergaminos, lanzando miradas segadas a cada alumno. Sólo su mirada cambia en dos ocasiones; con Draco Malfoy y con Harry Potter. Al primero lo mira con algo parecido a condescendencia. Al segundo con odio, con puro y autentico odio. Cuando se detiene en frente de Hermione extendiéndole la mano, la chica palidece al ver que su trabajo, los tres pergaminos que escribió el viernes, están completamente en blanco. Sólo está escrito con letras delicadas Hermione Granger en el borde derecho superior.

—Su trabajo, señorita Granger —sisea, como una venenosa serpiente. Ella alza la vista, con la duda dibujada en sus ojos de color miel. No sabe qué decir. Es consciente de que todo lo que le diga a él, será inútil—. ¿Y bien? ¿Le ha comido la lengua el gato, o ha sido su perro el que se ha comido los deberes?

Los Slytherin ríen en silencio. Incluso puede ver a Ron y a Harry con una sonrisa ladeada, mirándola incrédulos. Hermione siempre trae los deberes.

—Yo... yo no... —tartamudea. Por primera vez en su vida tartamudea, sus ojos clavados en los cuencos ojos del profesor—. No... No sé...

—¿No sabe? —Hermione agacha la cabeza. Él sonríe triunfal y gira sobre sus talones con su capa negra ondeando detrás de él, dándole un aspecto dramático—. Veinticinco puntos menos para Gryffindors.

Se escucha un lamento general por los Gryffindors, y los Slytherins sonríen satisfechos. Hermione baja la cabeza, prefiere mirar las manos que están posadas tímidamente en el regazo jugando con la manga del uniforme a afrontar las miradas atónitas de sus amigos. Está colorada y sus orejas arden. No sabe qué ha pasado. No recuerda haber terminado su trabajo, la niebla no la deja recordar. Pero sí sabe que lo empezó a escribir. Y de alguna forma sabe también que lo terminó, no cuándo ni cómo, pero lo terminó.

—Licántropos —habla el profesor Snape para la clase—. Hombres lobos. Ferales. Híbridos. Llámenlos como quieran mientras sepan lo qué son. Son bestias abominables, criaturas terribles. Están en todas partes, acechándonos. A veces se presentan con su verdadera forma, otros bajo el disfraz del rostro humano. No os dejéis engañar, porque de hacerlo os atacarán sin piedad. No hay peor lobo que el de uno que sólo deja ver su pelaje una vez al mes, porque una vez que te muerden, te arrastran al infierno.

Hermione escucha ensimismada. Cada palabra retumba en oído, perforándola. El profesor Snape habla durante toda la clase y de vez en cuando pregunta a algún alumno. Como siempre a los Gryffindors cosas difíciles para sacarles puntos, y los Slytherins cosas fáciles para subirles puntos. Cuando el timbre suena, los alumnos se levantan y salen de la clase entretenidamente. Hermione recoge sus cosas y se dirige hacia donde la esperan Ron y Harry, aunque realmente no quiere tener que hablar con ellos y sufrir los comentarios estúpidos acerca de no haber hecho el trabajo.

—Granger —La voz de Snape suena como el viento azotando la ventana en una noche fría. Es cruel, es vengativa, es venenosa. Hermione lo mira y tiembla—. Tengo que hablar con usted a solas.

—¿Ahora? Tengo clases...

—Ahora —El profesor Snape mira asesinamente a los dos amigos de la chica que esperan por ella—. Pueden retirarse, Potter y Weasley.

Ellos le lanzan una mirada igual de fulminante que la que les lanza él, y tras asegurarse de que Hermione acepta lentamente con la cabeza, ambos chicos salen del aula para ir a su siguiente clase. Hermione suspira y enfronta al profesor, que sentado en su mesa, garabatea con rápido movimiento algo en un pergamino con una larga y negra pluma. Hermione espera en silencio, sus manos se entrelazan y desenlazan nerviosamente. Finalmente, él la mira fugazmente y vuelve al pergamino.

—¿Sabe por qué está aquí, Granger? —dice con la vista fija en su escritura.

Hermione ladea su cabeza, mordiéndose el labio inferior. Parece que no puede estarse quieta en el sitio. Tiene cierta idea de porqué Snape quiere hablar con ella, pero no lo comprende. Un simple trabajo de una asignatura que sólo supervisa porque el actual profesor se encuentra enfermo, no es razón para hacerla quedar después de la clase. Pero así es Snape. Simplemente querrá disfrutar humillándola. Quizás ésta sea la única ocasión en que Hermione Granger olvide los deberes (o eso espera ella).

—Sí. Sí sé.

—Perfecto. Eso nos ahorra tiempo —termina de escribir en el pergamino y garrapatea su firma con un movimiento rápido. Lo enrolla y lo sujeta con una cinta de seda roja, cerrándolo con su sello. Luego se lo extiende a la chica—. Entréguele esto de mi parte al director Dumbledore ahora mismo. Él sabrá que hacer con usted.

—¡¿Qué?! —grita sin poder acallar su confusión—. Profesor Snape, con todos mis respeto, no creo que sea necesario que...

—¿No cree que sea necesario?—repite él, fingiendo incredibilidad—. Pues yo si lo creo necesario, Granger, y a no ser que ahora sea usted la profesora aquí, yo le recomendaría mantener su bocaza de resabidilla insufrible cerrada o tomare otras medidas.

Hermione nota como le arden las orejas y se le pone roja la cara. Podía retrucarle diciendo que él no es el profesor de Defensas contra las Artes Oscuras, o gritarle que qué medidas peores que estás podía tomar. Pero eso sería imprudente por su parte y Hermione evita en lo posible hacer cosas imprudentes. Tampoco quiere darle más razones a Snape de las que parece tener.

Con un suspiro resignado, coge el pergamino y lo guarda en el capazo () de lona. No se para a preguntar por qué diablos lleva un capazo si ella usa mochila siempre, para clase y para salir. (La niebla otra vez). Sólo guarda el pergamino molesta y sale de clase lo más dignamente que puede. Con su túnica flameando detrás de ella, Hermione recorre velozmente los pasillos del segundo piso para ir al despacho del director Dumbledore. Está furiosa. Sabe que Dumbledore reirá gentilmente y dirá que hablará con el profesor Snape a favor de ella, pero aún así Hermione hierve de rabia tanto por la humillación como por lo idiota que puede llegar a ser Severus Snape con un Gryffindor, y más si éste es amigo de Harry Potter. Cuando llega a la puerta secreta de la estatua de la gárgola, se queda en blanco. Lo cierto es que no sabe la contraseña. A menudo, la contraseña es el nombre de algún dulce, pero hay tantos que Hermione sabe que si empezase a probar podría tardarse dos horas intentándolo.

—¿Señorita Granger? —La voz de la jefa de la casa Gryffindor hace que Hermione de un bote asustada. La profesora McGonagall se encuentra detrás de ella, con su augusto sobrero y sus gafas cuadradas—. ¿Qué hace aquí, señorita Granger? —

Para cualquier otro alumno la profesora McGonagall es una persona fría y severa, pero Hermione guarda una profunda admiración y respeto por la animaga. A parte de tener el mismo sentimiento hacia la profesora Trelawney y sus clases de Adivinación, ambas comparten un secreto: McGonagall le había entregado a principio de curso el giratiempos con el que Hermione puede asistir a todas las clases optativas y obligatorias de este año. Hermione se relaja y soltando un suspiro resignado le cuenta lo sucedido con el profesor Snape en clases de Defensa contra las Artes Oscuras y su trabajo de sobre el licántropo.

—Vaya —Suspira la profesora—. Lo lamento mucho, señorita Granger, pero por desgracia no puedo intervenir. El profesor Snape en este instante tiene el poder de castigar y recompensar a los alumnos en Defensa contra las Artes Oscuras. Y yo no puedo hacer nada... Lo lamento de verás —Y Hermione sabe que lo siente, pero aún así sigue doliéndole:

—¡Pero no es justo! —protesta, haciendo un mohín.

—Claro que no es justo, Hermione —McGonagall se atreve llamarla por su nombre de pila—. De todos modos, tienes que ir con Dumbledore ¿no? Él sabrá como manejar la situación. Pero no lo encontrarás en su despacho. Albus está en el Bosque Prohibido.

—¿En el Bosque Prohibido? —Ese bosque es un surtido de grandes árboles y peligrosas criaturas; toda persona que ha entrado y ha salido de él, espera no entrar nunca más. No entendía qué podía hacer el tranquilo y anciano director de Hogwarts allí.

—Sí —responde la alta mujer—. En lo más profundo del bosque hay una cabaña. El director Dumbledore se ha retirado allí; dice que necesita tranquilidad.

—¿Está enfermo, él también? ¿Será alguna clase de virus contagioso...? Lo digo por el profesor Remus.

—No te preocupes. Ambos están bien. Dumbledore, aunque sabio y justo, es de manías excéntricas. Y el profesor Lupin ya está mucho mejor. Ahora debe ir junto a Dumbledore lo más rápido que pueda antes que Snape tome represarías.

Hermione da un bote en el sitio, sus ojos abiertos de una forma tan cómicamente exagerada que parece que se le van a caer y rodar por el suelo como pelotas. Del susto el pelo lo tiene terriblemente enmarañado.

—¿Yo? —se señala a sí misma—. ¿Adentrarme sola en el Bosque Prohibido? Pero...

—No hay problema, Granger —contesta McGonagall—, mientras no te salgas del camino marcado, ninguna criatura te atacará.

Hermione no parece del todo segura. Sabe que puede confiar ciegamente en McGonagall, pero esa información no parece tener ningún sentido.

—¿Por qué? —pregunta. McGonagall suspira:

—Está embrujado, Granger —dice, como si fuese lo más obvio del mundo—. Pero sólo dura mientras el sol brille. En cuanto aparece la luna, el hechizo protector no es eficaz. Así que yo en tu lugar trataría de llegar lo antes posible a la casita de Dumbledore. En esta época oscurece muy rápido. Y recuerda; no te salgas del camino. Se cuentan rumores de que hay lobos () en el bosque —dicho esto, se da la vuelta y comienza a caminar por el largo pasillo. Y antes de desaparecer al doblar una esquina, su voz dijo: —. Como consejo te diría que llevases algo de abrigo, este otoño es muy frío.

Hermione sigue con sus ojos clavados en el lugar donde su profesora despareció; trata de dirigir la información recibida. El día de hoy es tan raro. Casi no puede razonar nada. Esa niebla espesa también se ha apoderado su mente y lógica común. Así que no se pregunta por qué; no se pregunta por qué está aquí, por qué tiene que adentrándose el Bosque Prohibido ella sola, por qué tiene que ir a junto de Dumbledore o por qué él está en una cabaña abandonada en medio de un bosque peligroso para descansar. Tampoco le da importancia al hecho de que aunque sea la tercera hora de clase por la mañana, el día pase a una velocidad que parece que dentro de unas horas anochecerá. La niebla en su cabeza es demasiado densa. Así que, sólo se dirige a su cuarto por algo de abrigo e irse. Y por una extraña razón, sustituye la normal túnica negra del uniforme por una brillante capa escarlata, sedosa y flameante. Y ataviada con ella, sale con su capazo de Hogwarts, dirección al Bosque Prohibido.

+() El capazo es un bolso de mano más grande de lo normal para una mayor capacidad. Son de mano y suelen llevarse para ir a la compra o como mochila. Normalmente son de vinilo o de lona, son ligeros e informales, perfectos para dar un paseo.+

+() Según Draco, se dice que los hombres lobo vivían en el bosque en Harry Potter y la Piedra Filosofal, pero Hagrid no confirmó o negó esto. Y cuando Harry preguntó si podía ser un licántropo el que estaba matando los unicornios, Hagrid sólo contestó a la pregunta específica, diciendo contundentemente que un hombre lobo no pasa tanta hambre como para atacar a uno, pero tampoco vuelve a negar o confirmar la teoría.+