II. Thoughtless.

7 de Junio

El día de hoy despertó más extraño que cualquier otro día. Al levantarse de la mullida almohada, sintió aquel pito de sonido dentro de su cabeza, como si se hubiera reventado un tímpano. Miró hacia la cama del inspector Howard, éste seguía dormido como un tronco. El muchacho sentía que su cabeza dolía, como si alguien le hubiera clavado tornillos en ambos costados.

Miró al espejo solamente de reojo, todo estaba normal. Puso sus pies sobre el alfombrado piso de su habitación, que él tenía obligado compartir con su supervisor, Link. No iba a hacer daño que tomara un vaso de agua mientras él dormía. Había un buró de madera cerca del escritorio de trabajo de Link, comúnmente ahí ponían una jarra de agua y un par de vasos. Claro, en los cajones Allen tenía la costumbre de guardar golosinas cuando se le abriera el apetito.

Simplemente llenó alrededor de dos veces su vaso de cristal mientras observaba a Link dormir apaciblemente. No era tan molesto dormir en la misma habitación con él, ya que no roncaba ni hacía ruidos molestos durante la noche. Tan callado como un muerto, quizás. Pero bien, no importaba si estaba dormido o despierto, su cara siempre era la misma, inalterable, severa.

Tomó del cajón una bolsa de galletas de mantequilla, se las comería mientras Link se despertaba. Ya se había hecho a la idea de esperar a Link, ya se había olvidado de que los momentos que no lo vigilaba él los podía utilizar, pero ¿para qué? ¿Qué podría hacer cuando Link no lo observaba? Nada. Él no hacía nada.

Ya se había cansado de esperarle.

–Oye, Link, oye...

–¿Qué quieres, Walker? ¿Qué hora es?

–Como las siete y media. Me voy a duchar.

–Esta bien. Yo te alcanzo.–debía estar muy soñoliento ahora mismo para hablar tan a la ligera. Normalmente le haría esperar a que le acompañara. Pero bien, si se tardaba más de diez minutos, podía esperarse a que Link estuviera ahí escoltándolo mientras lavaba sus partes íntimas.

En las mañanas solía llevar una fachada simple, de una camisa pegada color azul marino, y unos sencillos pantalones negros de algodón, los zapatos podían varias de botas hasta pantuflas (Komui las puso de moda en la Orden). Como los baños no quedaban lejos de los dormitorios, no era mucho caminar para ir hasta allá, y con suerte no se iba a topar con ningún agente de Crow que le mirara sin la compañía de su supervisor.

Los pasillos normalmente estaban circulados por el personal en todo momento. Los científicos de este lugar, que raras veces a la semana se iban a dormir, se preguntaba cómo andaría la salud de ellos si se mantenían en vela por tanto tiempo. Incluso él sabía que no podía aguantarse más de cuatro días sin dormir. Tal vez todos estaban ocupados ahora mismo, porque no encontró a nadie en su corto trayecto hacia los baños.

Los baños eran mucho menos amplios que los que se encontraban en los viejos cuarteles; tenían un diseño más simple, con pisos y paredes de azulejos blancos, ni una sola mancha de un color diferente. El diseño era demasiado simple y hostil a comparación a los baños del anterior cuartel de la Orden. Las regaderas eran duras y frías igual que los lavabos frente a los espejos, así que usualmente la elección que todos daban era el de irse al cuarto de las aguas termales. Como estaba separado del resto del área, era más cómodo y se conservaba el calor, y como las calderas se habían puesto a funcionar desde hace poco a las siete de la mañana, sabía que él iba a ser el único aquí. Se quitó las ropas y entró al área donde provenía el caliente vapor.

Era un poco difícil ver por dónde caminar en este lugar, uno corría el riesgo de resbalarse. Pero no le importó demasiado, él venía aquí siempre. No para bañarse, para relajarse un poco, tan siquiera unos cinco minutos, luego volvía a las regaderas a limpiarse bien con jabón, se cambiaba la ropa y se iba. Ya se había acostumbrado a usar el baño público, no le molestaba, pero prefería bañarse solo, cuando podía tener unos momentos íntimos consigo mismo, cosa que ya no sucedía con la presencia acosadora de Link.

Desvaneciendo su tensión y dolor corporal con el agua caliente se sentía maravilloso, especialmente cuando sumergía su cuerpo hasta su cuello y cerraba los ojos echando la cabeza hacia atrás; sólo existía él y el sedante sonido de las ondas del agua chocando con las paredes de la fosa caliente. Fue entonces que sintió algo extraño. El sonido de un cuerpo ajeno sumergiéndose en la misma fosa que él, alterando los movimientos del agua.

–¿Quién está ahí?–preguntó, su voz no demostraba ninguna inquietud. Solamente era una pregunta cotidiana. Ya había creído que era demasiado bueno para ser verdad el que tuviera los baños para él solo. Miró más allá de lo que cubría el vapor, tan denso como algodón. No lograba ver algo más que las ondas del agua y debajo de ella difícilmente podía ver, estaba demasiado turbia más allá de su propio espacio personal.–¿Hola?

No hubo respuesta, a lo menos no verbal. Lo primero que le vino a la mente fue que Link decidió sacudirse el sueño y lo siguió hasta aquí. No duró ni siquiera con dos minutos de paz.

Sería mejor idea si se iba de una buena vez a las regaderas y terminaba de asearse apropiadamente, porque Allen no veía divertido que Link fuera el único con quien compartiera el barreño. Era incómodo estar tan cerca de otro hombre desnudo. Siempre le causó cierto pudor. No porque estuviera desacostumbrado a mirar los genitales o algo por el estilo, lo que sucedía era que... se sentía intimidado.

Se levantó y trató de salirse de la gran pila, iría por sus pertenencias y volvería a las duchas.

–Avisa cuando tu me vengas siguiendo por favor, Link. O por lo menos cuando te metas a las bañera. Tú sabes que eso me aterra, te lo he dicho.–espetó Allen mientras miraba detrás de él la orilla del barreño. Estaba saliendo a la superficie, pero aquello no era Link. Era una cabeza de cabello negro, largo, que revelaba un par de ojos penetrantes que lo miraban despectivamente. Reconoció de inmediato a ésos rasgos orientales.

"¿Qué demonios hacía 'él' aquí a ésta hora?" pensó el albino responderle la mirada con otra más agresiva. Hubiera incluso esperado hallarse con un Akuma en los baños, cualquier persona o cosa menos a Kanda. Decidió darle la espalda e ignorarlo, aprovechando que no le insultaba ahora; encontró en su camino de regreso la ropa del uniforme del exorcista tirada sin cuidado el el suelo, lo cual declaraba que Kanda había entrado aquí recientemente, poco rato después que él.

–Ése Kanda idiota... que viene tan callado como un muerto... ¿por qué no dice nada al entrar?–ahora murmuraba a sí mismo. No notó lo mojado que estaba su pie y casi resbaló. Sintió un punzante dolor en su muñeca cuando detuvo su caída, no pudo evitar quejarse en voz baja.

–Te resbalas como un retrasado mental.–decía aquella voz a lo lejos, Allen se puso inmediatamente de pie, avergonzado de que el otro hombre lo hubiera notado.

–No te pedí tu opinión, Kanda idiota.–contestó sin escrúpulos hacia quien estaba oculto en el vapor.

Justo cuando fue al área de regaderas y cogió sus pertenencias para el aseo personal, le regresó ése palpitar doloroso en su cabeza. Se volvió a quejar quedito; ahora se sentía más fuerte, perforando su resistencia al ardor. Era más intenso, pero recuperó el equilibrio al girar la manija de la primera regadera que tomó. El repentino contacto de agua helada le hizo reaccionar violentamente. Pero el dolor desapareció tan rápido como le llegó.

Allen trató de olvidarse de ello mientras dejaba que el agua fría acostumbrara su cuerpo al tacto. Así se despertaba más, aunque era realmente incómodo que cayera tan duro cada línea de agua. Solamente agarró su estropajo y jabón y retornó a su limpieza.

Justo estaba terminando con su cabello cuando de nuevo notó la presencia del otro venir. Kanda parecía ignorarlo por completo, y sabía que así era mejor. A propósito tomó la regadera más alejada de la que Allen ocupaba, no creía si era por tener pudor al ver otro hombre desnudo, mas bien Kanda prefería evitarlo todo el tiempo.

Algo le incomodaba, porque en cuanto el otro exorcista entró al lugar, no pudo evitar mirarle por algún rato. Aún con todo ése cabello largo pegado a su cuerpo, Allen veía perfectamente el extraño tatuaje pintado en su pecho. Estuvo pensándolo por algún tiempo, pero sabía que aquel patán jamás le respondería el significado de ése tatuaje; era un símbolo (posiblemente de origen oriental), y estaba rodeado por una especie de círculo que de extendía en forma de líneas deformes que iban a su hombro izquierdo hasta su cuello y parte inferior de su tórax. Por alguna razón él pensaba que estaba relacionado con la particular habilidad que tenía Kanda para curarse rápida y milagrosamente.

Estuvo a punto de decir algo, pero prefirió permanecer callado mientras le veía bañarse desde el otro lado de las regaderas. No era muy brillante idea hacer eso. Kanda lo notó y expresó su evidente disgusto ante ello.

–¿Qué demonios me estás mirando, Moyashi?–preguntó, Allen casi pensó que el otro pudo haber malinterpretado la manera en la que se le quedó viendo.

–Nada.

–Eres un Moyashi marica.–farfulló, se escuchó lo suficientemente fuerte para que el oído de Allen lo percibiera. ¿Realmente creía que soportaría cada uno de los insultos que pronunciaba? ¿Qué se creía ése maldito?

–¿Qué dijiste, Kanda? Repítelo.–lo comenzaba a retar, se tensaban sus músculos, se enojaba tanto que sentía que su cabeza ardía otra vez.

–Dije: "Eres un Moyashi marica". Te me quedas viendo el falo como un idiota.–respondió Kanda en su habitual agrio sentido del humor. Esta vez Allen se acercó a él, mirándolo a los ojos con agresividad,

–Mira quién está hablando.

–¿Qué demonios insinúas?–Kanda puso un gesto extrañado y exagerado como respuesta.

–Yo no soy el marica idiota que habla cuando duerme...

–¿De qué estás hablando?–la molestia en su tono aumentaba, volviéndose mucho más amenazador.

–'Alma, Alma, Alma'... así te pones en las noches ¿en quién andas pensando, Kanda, eh? ¿Ahora quien es el marica aquí?

Estaba comportándose como un completo imbécil, estaba jugando con fuego y no tardaría en quemarse. Allen sabía que habían veces que debía tragarse su propia lengua, cuando escupía cosas tan inapropiadas como lo que acababa de decir.

Tan pronto como se dio cuenta, su cabeza y cuerpo estaban estrellados contra el muro de azulejos, una mano con fuerza tan grandiosa como el acero presionaba su pecho. Los ojos negros y furiosos estaban puestos sobre él, entonces sintió una dolorosa presión clavándose pesadamente sobre su entrepierna, obligando a su cara enrojecerse. La reacción ante ésa humillante agresión provocó un apagado gemido, así como el contacto con piel húmeda en aquella específica parte íntima de su cuerpo producía involuntariamente el endurecimiento de sus pezones. Creía que se le iba el aire, más con la humedad de las regaderas, y la mano que sin contemplación oprimía su pecho, le costaba respirar.

No debió provocar a Kanda, tampoco debió de mencionar el nombre de alguien a quien nunca conoció. Con la fuerza y brutalidad que Kanda presionaba su rodilla contra su ingle, pensó que le iba a aplastar su hombría. Era demasiado doloroso, vergonzoso, y estaba acorralado igual que una presa perteneciente a un feroz depredador. Su cara se acercó más y más a la de Allen, hasta que su boca quedó cercana al oído húmedo, susurró unas crueles palabras:

–Él está muerto.

Aquel murmullo resentido y lleno de aversión lo decía todo. Allen debía arrepentirse de lo que acababa de decir al otro exorcista. Le obligó con su mano a que le mirara directamente, sus rostros estaban muy cerca, Allen se sentía aparte de dolorido, se sentía avergonzado.

–No quiero que te me acerques otra vez, o prometo que te mataré, ¿me oíste?–tras endilgarle ésas palabras, rudamente lo arrojó al piso, tal vez lo lanzó un metro y medio lejos de él.

Respiraba otra vez, pero el dolor no se iba. No sabía si debía preocuparse más por el dolor en su cabeza o en su entrepierna. Kanda, no supo cuando ni cuánto le tomó, pero antes de volver a mirarle, él ya se había ido de las regaderas.

Allen se sentía mal, no por el daño físico, sino que en su mente, él se sentía un poco culpable. El hablar tan desconsideradamente de una persona que ése exorcista debió apreciar, y cuya pérdida debió dejarlo muy mal con la vida. No debió insultarlo tanta iniquidad. Toda persona en este mundo podía amar una persona tan fácil como podía perderla, había olvidado ello; y Kanda no debía de ser la excepción.

Se puso frente al espejo, secó el resto de su cabello, revolviéndolo sin cuidado, dejando el agua escurrir. Agarró la camisa blanca de algodón y comenzó a hacer los botones. Se preguntó cómo se las habría arreglado Kanda para vestirse tan rápido... pero no dudaba que a cause de su enojo él se hubiera ido desnudo del baño, sólo acompañado de una toalla que cubriera sus partes íntimas.

Miró con detenimiento la larga cicatriz en su pecho, una vertical que parecía mortal, y en realidad no era más de lo que le podía doler. Él mismo se había empalado contra la pared, con su propia espada, y hasta el día de hoy, no podía quitarse de la cabeza lo que sucedió en ése instante.

La cabeza aún le dolía. Palpitaba con tal acritud, que comenzaba a aturdirlo al momento de coger sus ropas para vestirse. Se sintió incapaz de terminar de hacer su corbata mientras las sienes se le apretaban más y más.

"...Quiero Salir... Déjame salir..." la voz de un extraño resonaba igual que un eco dentro de su cerebro. Sabía que se trataba de algo alarmante. Miró el reflejo en el espejo del lavabo. La sombra lúgubre del decimocuarto estaba abrazándolo posesivamente, como si quisiera inmovilizarlo. "Déjame Salir."

–No puedes... No lo harás.–murmuró mientras forzaba a su conciencia luchar contra ésa voluntad extranjera, su mano temblaba estridentemente, apretó el puño de su izquierda, el brazo de Inocencia, ennegrecido en una forma escamosa y diferente a la apariencia humana. Apretó con más fuerza cuando sentía su cráneo reventar.

"¿A qué le tienes tanto miedo?" esos rumores de naturaleza anormal lo sometían a un estado de miedo efímero, saber que ésa voz no le pertenecía, y era una identidad que intentaba dominarlo, carcomiendo su alma de poco a poco. "Si nosotros somos una misma persona ¿por qué temes?"

–Yo no tengo miedo. Tú y yo... no somos una sola persona.–decía susurrando, luchando con brío contra ésa voz, derretía sus miedos para volverlos su razón para continuar reprimiéndolo.

Sin embargo, el reflejo en el espejo seguía molestándolo, quitándole la concentración. Su mano izquierda se movió por sí sola y estrelló sus nudillos contra el vidrio, fácilmente se rompió en docenas de partes, el eco de el escándalo resultó más violento de lo que creyó. Se cortó y sangró un poco, pero por lo menos ya no sentía más ése ardor en su cabeza, y la voz se había ido.

Escuchó la puerta del baño abrirse, venían personas.

–Walker, quiero preguntarte una cosa ¿por qué pensaste que romper el espejo era una buena idea para desahogarte?–reconoció al instante el timbre de Link, por primera vez sentía un poco de alivio al sentir su presencia. El supervisor apenas había llegado a las regaderas, detrás de él venían unos otros tres buscadores, que igualmente venían a tomar un baño. Usualmente era a ésta hora cuando venían todos a lo mismo.

–Hola, Link. Solamente aplasté una pequeña cucaracha.–respondió simplemente el joven, tratando se sonar convincente.

–¿Era necesario romper también el espejo?

–Se me pasó la mano.

–Ya me di cuenta. ¿Ahora me dirás la verdadera razón por la que rompiste el espejo?

–Una cucaracha muy grande.–incluso un tonto se sentiría inconforme con una explicación tan absurda como la que Allen daba. Pero bien, por lo menos ya se sentía un poco mejor.


Primero Fou, ahora el Moyashi. No lograba comprender, ¿porqué ahora parecía que todo mundo quería recordarle al estúpido de Alma? Fou pudo ver a través de su comportamiento y fue demasiado obvio (estúpidamente obvio) al momento que visitó a hartas horas el Instituto abandonado de Asia. Pero con Allen fue diferente. Tan sólo pensar en él, querían reventarle las arterias de pura furia.

¿Cómo se atrevía hablar así de Alma? ¿Qué le daba el derecho de hablar sin pensar, sin saber nada de nada? ¿Y desde cuando él hablaba dormido? Pero casi lo olvidaba; hubo una vez que Lenalee Lee le escuchó y le preguntó. Pero eso hacía años que pasó.

Si el Moyashi sabía de Alma, entonces estaría perdido; caería en lo más bajo de lo patético, si algún día Allen Walker empezaba a compadecerlo. Sería su fin ése pendejo llegaba a sentir lástima por alguien como él.

–Te digo que me tienes la cabeza en las nubes.

–... ¿Qué?

–¿Qué acabo de decir?

–Algo acerca de cabeza de nubes.

–Estás un poco más ausente... ¿En qué piensas, Kanda?

–Estoy pensando cosas.

A Emilia le hubiera gustado que su novio dijera cosas más claras, que pudiera hablar de sus sentimientos más abiertamente. Pero ya se había hecho a la idea de el modo de ser de Yu Kanda, a lo menos eso él pensaba. Él era un hombre de pocas palabras, básicamente un antisocial.

–Vamos, abrázame.– ella insistía, pero siempre terminaba siendo ella quien se le aferraba, porque Kanda jamás la abrazaría, por lo menos no de verdad. Emilia solamente agarraba su brazo y se enredaba en él a su propio modo. No importaba demasiado, Kanda tenía respeto por las mujeres, y era capaz de soportar cosas más embarazosas y molestas que lo que hacía Emilia.

Caminar a lo puro tonto por estos jardines era algo rutinario, pero no era desagradable. No tenían que hablar particularmente de algo, solamente disfrutar del paseo, por corto que fuera. Afuera de ésa fortaleza religiosa, respiraba el fresco aire marino, acompañado del relajante sonido de las olas del mar chocar con las rocas. Todo estaba bien, menos la constante Emilia jalándolo como un burro de carga.

A veces sentía que ella era demasiado apegada a él, y se tomaba esta relación como algo serio; se volvería un problema más tarde. Siempre tan pegada a él, cuidando de que su espacio estuviera cerrado dentro de la extensión de su coqueta sombrilla. La maldita sombrilla siempre tenía que hacer juego con esos lindos vestidos... no le gustaba tampoco el perfume que ella usaba. Demasiado alcohol.

–¿Sabes? Me gustaría que habláramos más... siempre escondes mucho cuando estás callado.–ella era bonita, dulce, de buen cuerpo y rubia, no lo podía negar, pero un cara-dura como él no podía apreciarla demasiado; evidentemente los sentimientos de Emilia por él habían crecido con el tiempo que pasaron juntos... ella lo demostraba en cuanto notaba esos detalles silenciosos en la persona de Kanda. Ella se preocupaba.

–Emilia.–muy pocas veces él se le refería a la joven por su nombre; normalmente le dirigía un 'Oye' o un 'Tú'. Él procuraba mantenerse lo suficientemente frío en compañía de ella. Y cuando decía su nombre, a la francesa le brillaban los ojos.–Quiero que me respondas algo.

–¿Qué cosa?–ella siempre estaba atenta a cada palabra.

–¿Acaso yo hablo dormido?–era una vergüenza admitírselo, pero confiaba en la eventual discreción de su linda novia.

–Sí, lo sueles hacer a veces.–con mucha sencillez le respondió, pero esto provocó que Kanda

–¿Y por qué no me lo dijiste?

–Respeto tu privacidad... Debe de ser que extrañas a ésa persona que llamas.–dijo con una sonrisa nostálgica.–Yo también hablaba dormida, decía mi papá.

–¿En serio?–no creyó sentir interés por las pláticas comunes de Emilia, pero le intrigaba un poco, tal vez así no se sentiría tan humillado y vería que ése defecto de 'hablar dormido' no era cosa solamente de él.

–Sucedió después que una carreta atropellara a mi perrito. Era el poodle más lindo del mundo y se llamaba Joli. Mi papá decía que yo lo llamaba en mis sueños... pero eso fue cuando yo tenía nueve años.

"¿Por qué coño estoy escuchando a Emilia hablar de su estúpido poodle? Esto es una tontería. No debí sacar a flote el maldito tema."

–Quiero pedirte algo.–dijo el exorcista, trató de no alterar el modo de su voz.

–Lo que quieras.

–No le digas a nadie más acerca de esto... No quiero que los imbéciles se burlen de mí.

–Tu secreto está a salvo conmigo. Soy una tumba.–qué fácil era decirlo. Pero las tumbas pueden ser profanadas de una u otra forma.

No quería alargar el tiempo del paseo, no hacían nada en lo absoluto, sólo caminar, y lo poco que hablaban ya lo habían hecho. Siempre era exactamente lo mismo todas y cada una de ésas veces. Ya venía la hora en la que Emilia iba a preguntarlo.

–¿Podemos irnos a tu cuarto esta noche?–he ahí, la pregunta.

–No.

–¿Por qué no?–ya no se exaltaba como hacía las primeras veces, ya podía tolerar mejor el rechazo.

–Necesito pensar... solo.

–¿Y qué tal mañana?

–No.

–¿Estás ocupado entonces?

–... No esta tarde.–no podía creerse que él mismo lo había dicho; por lo menos su tono de voz no cambió. Sí, si Emilia no resultaba quitarle demasiado tiempo, no le importaba pasar momentos a solas con ella, aunque no fuera de costumbre hacerlo en la tarde. Creía que no caía mal cambiar las rutinas, dependiendo si no le daba la flojera.

Ella sonreía, era como un pequeño sol. Ella sin preguntar rodeaba con sus cálidos brazos rodearon su cuello, encerrándolo en ésa especie de trampa femenina, sintiendo cómo sus senos se aplastaban contra su pecho. Emilia cerraba sus largas pestañas para cuando acercaba sus tiernos labios a los de él.

–¿Tienes prisa con algo, Kanda?–murmuró la francesa, cuando decía su nombre, parecía pronunciarlo con tan tierna sensualidad. Su boca lo tocó, lo besó largamente, confiada que no sería rechazada.

Él nunca cerraba los ojos, no veía necesidad de hacer algo tan estúpidamente cursi como eso. Simplemente no entendía porqué Emilia lo haría. ¿Por qué tenía que cerrar los ojos para besar? No sentía nada. Solamente el sabor de arándanos que ella comió en el almuerzo, pero más allá de eso, Kanda no sentía nada en especial al ser besado.

Inclusive la pasión era solamente un esfuerzo sin sentido, no era mas que un sentimiento vacío. Era placer y vanidad ordinaria, o sólo un pequeño empeño para sentirse 'bien' por unos momentos. Todo por olvidarse de las cosas que acongojaban su persona.


10 de Junio

Lo alcanzó casi corriendo, obviamente tenía razones para huir, aunque este tipo de cosas no eran del tipo de Kanda. Agarró casi con rudeza su mano antes que volviera a distanciarse, no presentó resistencia alguna, pero igualmente parecía absorto de la situación.

–¿Por qué tuviste que hacer eso, Kanda?–exclamó la exorcista Lenalee, exigiendo con su mirada que él le correspondiese como debía.–¡Sé que Allen y tú no se llevan! ¿Pero por qué tuviste que ir tan lejos? ¿Por qué lo empujaste?

–Si el hubiera querido, hubiera podido detener su propia caída. ¡El maldito bastardo provocó lo sucedido! ¡Él lo planeó todo!

–Kanda...

–Cuando lo empujé... algo sucedió. Algo malo pasó con él.

Vio algo descomunal en los ojos del exorcista Kanda, jamás imaginó ver algo igual en sus ojos enojados e impacientes. Miedo. Turbación, igual que ella sentía. Lenalee comenzó a imaginar lo peor entonces. Si lo intentaba ocultar, era completamente inútil.

Tenía razón en algo. Allen pudo haber prevenido el impacto de ésa caída fácilmente con el poder otorgado por su Inocencia. Con Clown Belt hubiera detenido su cuerpo en primer lugar. ¿Porqué se dejó impactar tan fácilmente? No cuadraba el hecho de que Allen fuera a caer con ésa simpleza.

–Eso... no es posible...–no sabía qué sentía. Su pecho se contraía, su corazón se encogía. Era como descubrir algo que no debía, algo que se arrepentía de conocer.–Kanda... ¿acaso Allen... ? No me digas que él...–Lenalee temblaba.

–Me gustaría saber qué demonios traía en la cabeza cuando me provocó...–no estaba sonriendo, tampoco se veía triste. A Lenalee le hubiera gustaba saber qué fue lo que había visto Kanda, lo que realmente sucedió entre él y el joven Allen Walker. Algo le decía que no podía confiar plenamente en las palabras de su viejo amigo.

–No puedo quedarme callada, Kanda. Tú sabes que también quiero mucho a Allen... lo siento.

–Haz como gustes. No me importa...

–Allen está delicado, no sufrió fracturas mortales; pero dicen que se pondrá bien dentro de semanas...

–Es una pena.


8 de Junio

Lo había oído de Lenalee esta mañana, que los jefes de la Sección de Ciencias irían de viaje a Norteamérica, a una importante conferencia acerca de... Allen no recordaba los detalles importantes. Solamente entendía que Reever, Johnny, y otros miembros importantes, se iban a ir pronto de viaje hacia la Rama Americana de la Orden. Se suponía que algo importante harían ahí.

De modo que Allen había realizado una misión en Estados Unidos hacía casi dos meses, tuvo la oportunidad de crear un Portal del Arca en Nueva Orleáns de Louisiana. No le era posible abrir un portal en lugares que no conocía. De todos modos, no estuvo en Estados unidos por más de seis días. Fue una misión corta y sin demasiada relevancia. No sabía dónde se encontraría la ubicación exacta de la Orden Americana (de modo que no se molestarían en decirle), así que no le era posible deducir hasta dónde viajarían sus amigos.

Le interesaba cómo andaría Johnny Grill, quien se había vuelto uno de sus amigos más cercanos en la Orden en poco tiempo; era un hombrecito un poco animoso, y sabía que los viajes largos no le desacomodaban. Pero últimamente pareció haber mostrado lo contrario, viéndose nervioso e inseguro. Por ésa misma razón acompañaba a Lenalee a la cafetería a brindarle ánimos a su amigo. Lavi no había podido venir ya que se encontraba ocupado con el Bookman.

–Pues... supuestamente se encuentra en alguna parte de Arizona, no conozco los detalles completos. Está muy lejos de Louisiana. Tendremos que tomar varios transportes.–lucía nervioso, demasiado. Y Allen por alguna razón sentía que algo no estaba bien.

Había un par de carpetas que debían pertenecerle al joven científico, tal vez eran cosas esenciales para la conferencia ala que asistiría. Allen sentía curiosidad.

–Ten ánimo, Johnny. Seguro todo saldrá bien.

–Yo ya estuve un par de veces en la rama americana.–mencionó casualmente Howard Link, que Allen le insistió con la mirada que dijera algo. Algo bueno había provenido de su diaria convivencia y era que Link se volvía menos un vigilante y más un acompañante. Ya por lo menos comenzaban a armonizar aquella convivencia.

–¿Y cómo es?

–No es tan diferente de aquí. No notarás gran diferencia...

Entre que Link intentaba conversar y tranquilizar al mismo tiempo a Johnny, Allen no pudo evitar sentir aquel hormigueo de llamaba curiosidad. Las carpetas azules eran muy poco llamativas, pero su contenido era lo que intrigaba al joven exorcista. Por alguna razón, él deseaba saber qué había ahí dentro. Solamente era curiosidad infantil.

Nadie lo notó, ni siquiera Johnny, cuando la carpeta se abrió, solamente eran un montón de letras ordenadas, que a primera vista daban mucha flojera. Incluso sentía que era aburrido. Estuvo a punto de cerrarla, hasta que su hábil pupila captó unas palabras que le hicieron temblar.

"... Alma Karma." ... ¿Podía ser? frunciendo el entrecejo, Allen procuró disimular el movimiento de sus ojos, mientras leía las letras que le importaban, las únicas que él necesitaba saber.

"Alma es la Matriz portadora de Células Akuma para la creación de los Terceros Exorcistas. Le fue implantado el pedazo del Huevo Akuma."

"Únicos sujetos de Pruebas. Alma y Yu. Proyecto de Segundos Exorcistas. Apóstoles Artificiales. Del personal del Sexto Instituto, 46 Masacrados por Alma. Único sobreviviente: el Sujeto de Pruebas, Yu."

"Hasta que Alma dejó de regenerarse, Yu lo despedazó miembro por miembro." Había una fotografía en la siguiente página. Estaba en blanco y negro, pero ya había visto suficiente.

–... Y por eso, procura no elegir pay de queso en la cafetería.

–No sabía que se podía hacer eso con el queso. Gracias por el consejo, este... Howard.–agradeció el joven científico, acomodándose nerviosamente los anteojos de botella.

–Qué bueno que Jeryy no hace ése tipo de cosas en la cocina ¿verdad, Allen?–dijo Lenalee, despertando del trance a su amigo, que disimuladamente cubrió de nuevo la carpeta, para hacer como si nunca la hubiera tocado.

–¿Qué? ¡Ah, sí! Jeryy tiene los mejores... pasteles del mundo.

–Pays. Y con respecto a pasteles... Es el auditor Lvellie quien los hace como nadie. No se te olvide eso, Walker.

–Tú sabes que jamás probaría nada de él.

–Pues deberías.

–Yo creo que paso, Link.–respondió Lenalee, se notaba de repente el nerviosismo en su voz.

–Lo siento, Johnny, pero tengo que retirarme un minuto. Enseguida vuelvo con ustedes.

Tenía que ir al baño, con eso se excusó Allen al ser perseguido por la vigilancia del inspector Link. Quería por lo menos estar sólo dentro de un cubículo de un baño.

Al encerrarse y sentarse sobre la tapa, se llevó las manos a los ojos de párpados tibios. No podía creerlo.

De verdad estaba llorando.

No lloraba por Yu, no lo haría. Jamás se atrevería a sentir lástima por ése idiota. Si Allen se encontraba derramando lágrimas, era por quien fuera el muchacho llamado 'Alma Karma'.

Kanda dijo que ése sujeto estaba muerto, pero los documentos que Johnny había descuidado de su vigía revelaban que el tal Alma no solamente estaba vivo, sino que era la raíz de la creación de los Terceros Exorcistas. Que se le había implantado el huevo akuma, y era solamente un objeto utilizado por la Orden para sus fines.

"...Yu lo despedazó miembro por miembro." No podía sacarse de la mente ésa horrible fotografía, una habitación sucia, repleta de líquido oscuro y de cadáveres rotos con batas de laboratorio. Todavía sentía que habían cosas qué aclararse. Todo con respecto a la relación que pudieron haber tenido Alma y Yu.

Y más que otra cosa ¿qué fueron los Segundos Exorcistas?

–Walker, ya sabes para qué se usa el baño ¿no?

–No me molestes, Link. Dame un poco de privacidad ¿quieres?

–Eso sabes que es imposible.–sí, desafortunadamente lo sabía. Y era penoso, que el único lugar donde se ponía a pensar era sobre un retrete.

El punto a tratar aquí y ahora era qué debía decirle a Kanda cuando de lo encontrara... Si es que no lo hacía picadillo en el acto. Pero Kanda no sabía que el muchacho Alma estaba vivo, se lo confirmó que creía en su muerte ya que él mismo lo había despedazado miembro por miembro. Aún así no se le figuraba cómo pudo el muchacho Alma sobrevivir en ése caso.

Cuando salió del baño, fue reprochado por su supervisor, creyéndole que ir al sanitario sólo era un pretexto para dejar de ser vigilado por él. No era así, sin embargo no parecía mala idea.

Regresó en poco tiempo a la cafetería, donde Lenalee seguía hablando con Johnny, quien parecía haberse contentado un poco más. tal vez la ausencia de Link ayudaba mucho, Link podía resultar un personaje intimidante de vez en cuando.

–... Gracias, Lenalee, creo que seré capaz de hacerlo.–Johnny sonreía con cierta dificultad, no podía evitarse sentir preocupado, algo le inquietaba y no le dejaba en paz. Allen logró deducir de qué se trataba. Johnny también había leído los documentos, y seguramente Reever también. Tampoco descartaba Komui. ¿Cuántos más tenían el conocimiento de este oscuro secreto?

–Estarás bien, Johnny. Eres fuerte.–Allen tomó el hombro de su amigo y le dirigió una sonrisa de confianza, pero en realidad era triste. Ambos compartían el saber de una terrible realidad. Y ni Lenalee ni Link sabían de esto.

–Gracias, Allen.

Después de algunas horas, los científicos del cuartel general se habían marchado al portal de Nueva Orleáns.


10 de Junio

No sentía ganas de levantarse hoy. Su cuerpo le pesaba y sentía mucho agotamiento sin razón. No era por Emilia, tampoco el entrenamiento. Mentalmente se sentía cansado. Solamente había mirado desde su almohada la mesita con el reloj del loto. Miraba fijamente la flor a través del cristal, porque era la única flor que él veía y sabía que era real. Las otras que estaban ahí, a su alrededor, eran solamente 'una ilusión'.

Habían comenzado en su niñez, después de la muerte de Alma. Tras años que pasaron, tras las veces que él murió, y los pecados que él cometió, ahora ya eran más de las que él podía contar. Podía ignorarlas cerrando los ojos, o solamente concentrándose en lo que estaba verdaderamente frente a su cara.

Ya iban siendo las nueve de la mañana, ya todos los perdedores estarían desayunando hoy... ¿qué era? Parecía que hoy Jeryy se lucía con la comida mexicana, y esos días en particular, la cafetería se llenaba como una feria. Detestaba esos días, por lo cual él se iba a comer cuando la mayoría de los tontos se hubieran ido; tenía que insistirle nueve veces al jefe de Chefs que él no quería comer enchiladas de mole. Sólo le gustaba el soba y punto. Nada de aquella basura que la gente se dignaba a llamar 'comida'.

Pero no iba a aguantarlo más. Encerrado en esta habitación por demasiado tiempo comenzaba a ponerlo intranquilo, sofocado entre su propio polvo, rodeado de las flores imaginarias... por lo menos saldría a entrenar una hora o dos. Le podría ayudar a desahogarse de esta jodida neurosis.

Se levantó de su cama y agarró la ropa más ligera, el conjunto de camisa sin mangas y pantalones de algodón con botas. No se molestaría con agarrar el cinturón, quería respirar mientras movía su cuerpo. Y sin siquiera olvidarlo un segundo, guardó a Mugen bajo su cama, que la protegía igual que una hija. Si no la utilizaba, la guardaba bien.

Desde que pasó ése incidente con el Moyashi, Kanda nunca olvidó encerrarse con candado en su habitación, y lo repetía cuando salía de ella. La llave la guardaba dentro de la suela de su bota derecha. Para prevenir nuevas 'invasiones'.

Su habitación se encontraba en el sexto piso de la torre, él le gustaba de este modo, porque la gente menos ruidosa vivía en su piso: Lenalee, Miranda, Marie, Tiedoll quedaba a veces pendiente. Como sea, era preferible a estar en el segundo piso con Timothy Hearst... Allen Walker...

Iba a dar para las escaleras, pero siquiera antes de acercarse un metro, ahí se le apareció un muchacho de pelos blancos. Parecía que tuvo que subir las escaleras corriendo. No pudo evitar mostrar su más hostil mirada cuando se le atravesó. Parecía que solamente le miraba a él.

–¿Qué demonios quieres?

–Kanda... lo siento.

–No estoy para aceptar disculpas, Moyashi marica.–definitivamente le golpearía con un puño de acero si no se apartaba.–Piérdete, me estorbas.

–¡No, espera Kanda!–le agarró sin permiso el brazo, Kanda no se lo esperó, y solamente pensaba en la idea de volver a su habitación por Mugen y cumplir con su idea de empalarlo con ella.–Yo... quiero hablar contigo. Es importante. Es acerca de Alma.

¿Acaso el pobre imbécil no sabía cuando detenerse? ¿Qué tan profundo deseaba excavar? Le escupió cerca de la cara, una vulgar expresión de desprecio. Violentamente se deshizo de su tacto, apartando su mano de su hombro. Allen no reaccionó como él esperó, solamente se limitó a limpiarse del horrible escupitajo en su cara y sin apartar su mirada de él.

–Deja de hurgar en mi pasado. No metas tu nariz donde no te concierne.

–Antes que nada... quiero decirte que lo siento, de verdad lo siento mucho, Kanda. Fui un idiota por decir ésas cosas.

–Dime algo que no sepa.–espetó Kanda con odio.–Ahora apártate de mi camino.

–Yo sé lo que pasó. Estabas en una situación donde te viste obligado a matar a Alma... no tienes la culpa. ¡Yo sé cómo te sientes!

–No te me acerques.–Kanda retrocedió, muy fuera de su propia persona y naturaleza, pero respondía a un instinto diferente que él no deseaba reconocerse. Se quería alejar de Allen lo más posible, ahora. ¿Dónde fue que se enteró de ésa información? ¿Por qué decía todas ésas cosas? Su cabeza dolía.

–Sé que estás cargando con ésa culpa. Sé lo que sientes; pero tenía que venir a hacerte saber que saber: Alma no está muerto como tú pensabas.

¿Qué pretendía ganar con todo este teatro de mierda? Retrocedió más hasta que su espalda tocó el balaústre de su piso, por primera vez se sentía acorralado por alguien más. Y más humillante era el hecho de que se sentía acorralado por el Moyashi.

–Te dije que basta...

–Sigue vivo, y se encuentra en la Rama Americana. No sé qué pasó con Alma, pero parece que...

–¡Aléjate de mí! ¡Ahora!

–Pero, Kanda...

–Te lo juro, maldito hijo de perra, si vuelves a decir otra vez el nombre de Alma, te asesinaré.–solamente ladraba, su cara sudaba, sentía un terrible mareo invadiendo su cuerpo, haciéndolo apoyar su mano sobre el balaustre de piedra.–Juro que lo voy a hacer sin vacilación alguna... ¡No te me acerques!–no le iba a obedecer sin importar las oscuras amenazas.

–¡Escúchame, por favor!–realmente parecía desesperado. Se lo tomaba muy en serio, y más cercano estaba a que Kanda fuera a arrancarle la cara de un movimiento. Se estaba acercando más.–Tu amigo sigue en este mundo y no tengo idea de lo que le haya sucedido entre ustedes, pero... ¡quisiera poder ayudarles a ti y Alma, si me dejaras!

Enmudeció, por primera vez en mucho tiempo, se sentía atontado por solamente palabras, su mente intentaba digerir lo que acababa de escuchar, lidiando contra su razonamiento para encontrar dentro de sí si lo que Allen Walker decía era cierto.

Mentía, la sucia rata estaba mintiendo. No había de otra.

Se estaba burlando, lo estaba compadeciendo, lo estaba destruyendo. Lo estaba insultando de manera que nadie jamás había hecho antes. Merecía ser castigado. Debía castigarlo atrozmente.

–¿Kanda?–sí, quedó callado por un largo rato, creyó haber causado un impacto en él. Pobre idiota. No tenía idea del plan en mente que implicaba su inmolación. Extendía su mano, con intenciones de tocarlo, tal vez reconfortarlo. Pobre imbécil.

Las manos de Kanda volaron a una velocidad que el joven albino no pudo percibir a tiempo. Habían aprisionado alrededor del cuello del niño, con una fuerza furiosa. No perdió el tiempo y lo lanzó contra el balaústre, donde solamente su parte más baja de la espalda le mantenía en equilibrio de no caer del sexto piso.

–Se acabó, no quiero que me molestes más ¿entiendes?–espetó en rabia mientras sus manos trataban de no aplastar el frágil cuello con la fuerza desmedida. Los ojos grises de pestañas blancas temblaban en miedo, el niño estaba completamente estupefacto, tratando con sus propias mano de aflojar el mortal agarre de Kanda.–Te quiero fuera de mí, lejos de mí.

–Pero Kanda... lo que te digo es cierto.–dijo con una voz ahorcada, su garganta no podía contra ésa terrible presión, y como mitad de su cuerpo estaba suspendido a una altura peligrosa, tenía razones para sentirse nervioso.

–No quiero que me vuelvas a molestar. Márchate de mi vida.–dijo rechinando los dientes, seguía presionando a Allen sobre la orilla del balaústre. No pensaba en dejarlo caer, tan sólo quería hacerle sufrir por el tiempo que fuera necesario. Quería angustiarlo lo más que pudiera.

El chico de verdad se estaba esforzando por no ahogarse y seguir hablando con Kanda, y entre más intentaba hablar, más doloroso era el castigo y la fuerza que empleaba el otro exorcista. ¿Por qué no cedía de una buena vez? ¿por qué se empeñaba en seguir con este teatro?

Entonces de repente Allen se aflojó, al instante la mirada de Allen dejó de temblar y cambió de parecer. Primero parecía indiferente, pero se transformaba en una lenta y larga sonrisa que Kanda no lograba reconocer en ése rostro. El agarre de sus manos se hizo débil al recordar de dónde había visto antes esos ojos.

Había sucedido en París, cuando estuvieron peleando contra el Akuma de nivel 4 dentro de ése orfanato donde Emilia solía trabajar. Ya vio ése tenebroso semblante ahí, cuando Allen Walker justo se había clavado con el Akuma contra la pared. No dejó de sujetar su cuello.

–Hola de nuevo.–dijo la aplastada voz, había un tono extraño dentro de él, como el de una persona completamente distinta. Parecía este tono a un ser odiado por todos, que Kanda lo había visto antes.–¿Piensas en matarme?

"¿Qué demonios...?"

La mano derecha del joven estaba tocando casi con gentileza la mejilla de Kanda. El pulgar se desvió hacia su boca, con una tensa ternura acarició sus labios.

–Dime ¿quieres de verdad matarme?–preguntó de nuevo con suave voz, y el agarre de las manos de Kanda se había hecho casi sutil. Estaba paralizado. Estaba consciente de 'quién' tenía frente suyo. Y por primera vez en su vida, no sabía qué hacer. Estaba dudando mientras con tanta tranquilidad el bastardo tocada con el pulgar su boca.

Su corazón se estaba agitando cada vez más, estaba congelado y sentía que no aguantaría por más tiempo

Hizo presión en su pulgar en los labios del joven exorcista sin metérselo en la boca. Se estaba burlando, se estaba riendo del miedo que mostraba, y planeaba aprovecharse de ése estado de debilidad.

–... Decimocuarto...–murmuró Kanda aún con ése dedo sobre su boca. Quitó sus manos del cuello de Allen sin dejar de sujetar la prenda de ropa, la camisa que él debía sostener para que el albino no cayera en picada. Lo contempló con su nueva forma, ésa aura macabra que lo rodeaba, la de un Noé.

–Oh... ¿te asusté, Yu Kanda?–preguntó inclinando a un lado la cabeza, el bastardo que habitaba en la voluntad del débil Allen Walker. Iba a volver a tocar su mejilla con otra de sus manos.

Brutalmente, Yu apartó la mano hostil del bastardo y le dirigió una mirada asesina. Como niño que toca por accidente el fierro candente de una estufa, Kanda soltó el pedazo de ropa de Allen, haciéndole perder el equilibrio. Kanda entró en un desconocido territorio de sus emociones, una potente histérica ciega, compartida con un pánico completamente irracional.

–... Te lo dije...–murmuró despectivamente.–...¡TE DIJE QUE NO TE ACERCARAS!

El grito fue tan fuerte que hizo eco en todo el edificio, estaba seguro. Acto seguido, con una sola empujó el pecho de Allen, dejándolo caer del balaustre. Este no se veía sorprendido ni tampoco enojado. Estaba sonriendo, cruelmente, de oreja a oreja.

No le agradaba ésa sonrisa.

Se asomó por el balaústre para ver cómo se las ingeniaba para salvarse de ésa alta caída. Debía haberlo planeado.

Pero escuchó el impacto, un horrible sonido seco que le hizo fruncir sus cejas hacia atrás. Estaba en el suelo, hacía estrellado y su cabeza se había quebrado con el impacto, la sangre comenzaba a esparcirse como agua. Formaba la sanguinaria alfombra mortal en el mosaico de la planta baja, y Lenalee con Lavi acudían al auxilio de su preciado amigo.

De verdad lo había dejado caer.


N/A: Los cambios en éste capítulo fueron mínimos. Siempre amé esa escena en la ducha.