Dónde tu corazón vive
Una búsqueda de dos en tatoukai Nakusuto
Capítulo 1: Uno a uno caen
El momento elegido siempre era el mismo. Durante la noche. Ocultos entre las sombras por donde podrían moverse sin ser vistos ni molestados. La caza era simple porque no existía ninguna resistencia. Era inútil y demasiado peligroso para intentarlo. Sin posibilidad de huída lo único que podía hacerse era tratar de ocultar lo que buscaban hasta que la noche pasara. Solamente era cuestión de tiempo.
El bosque era tan frondoso que no permitía traspasar la poca luz que emitía la luna creciente. En la noche solo podía escucharse la respiración entrecortada de alguien que desesperadamente no podía dejar de correr. Sus rápidos pasos indicaban la desesperación en que se encontraba y pronto empezó a notar como empezaba a faltarle el aliento tras casi una hora sin casi poder parar de correr. Sus pulmones parecían a punto de arder y su corazón latía desbocado, aunque más por lo que pasaba por su cabeza que por el esfuerzo que estaba realizando.
Durante cierto momento había llegado a pensar que estaba manejando la situación pero solamente habían jugado con él haciéndole creer lo que más deseaba. Que podría salvarle la vida. No soportaba la idea de que le arrebataran por tercera vez una parte de su vida. Esta vez estaba seguro de haber logrado engañar al perseguidor. Pero una vez más él fue el engañado.
Ahora casi no tenía tiempo de pensar en otra cosa que en volver a su casa. En su mente solo podía pensar que si lograba llegar todo se arreglaría. Lo malo es que su intento de engaño le había alejado varios kilómetros y lo que en un principio había parecido la mejor solución, ahora se mostraba como el peor error de su vida. Una vida medida por la distancia que pudiera recorrer antes de que lo hiciera aquel depredador.
Saliendo por fin del bosque solo le faltarían unos cinco minutos para llegar a su casa. Era demasiado tarde. Lo sabía y no paraba de repetírselo pero no le impedía aumentar aún más su ritmo. Hasta que no fuera testigo de su error podría pensar en que aún tenía la posibilidad de salvar a su familia.
Menos de cuatrocientos metros y llegaría a casa.
Ni el más mínimo sonido podía escucharse en el interior de la casa. Si no fuera por que estuviera completamente amueblada podría haber pasado por una casa abandonada. Y esa era en parte la intención que se buscaba. Todo lo que fuera necesario hacer para impedir que se repitiera la misma historia por tercera vez.
La madera de la casa parecía querer ayudar para protegerlos porque por primera vez desde que la habían construido no emitía ni un solo crujido. Todo era poco por intentar salvar una vida. La única vida que importaba.
Acurrucada en un rincón oscuro de la casa no se atrevía a apartar la vista por miedo de que fuera a desaparecer si no le tuviera en continua vigilancia. Quedaba menos de media hora para el amanecer y habrían logrado sobrevivir una noche más. Así era su vida desde hace unos ocho meses. Siempre ocultándose sin saber si esta era la noche en que les tocaría perder. Otra vez.
El ruido de los cristales de una ventana rompiéndose y muebles golpeando el suelo la sacó de sus pensamientos. Ya había escuchado con anterioridad todo ese ruido y sabía lo que iba a pasar. Con mucho cuidado se fundió en un abrazo con aquel inocente milagro que permanecía ajeno a su posible destino mientras dormía placidamente. Entonces un gemido de dolor llenó de un sonido escalofriante el vacío de la casa.
Su esposo había vuelto para intentar salvarles pero estaba acompañado. Ella sabía que intentaría lo que fuera por impedir que se la llevaran, incluso si fuera a costa de su vida. Sabía lo que debía hacerse. Lo odiaba con toda su alma pero no había otra solución para lo que estaba sucediendo.
Podía notar como se le había fracturado alguna costilla y su hombro izquierdo dolía como el infierno cuando se le volvió a dislocar por cuarta vez. Irguiéndose simplemente por su fuerza de voluntad intentó hacer frente al monstruo que lo veía desde el exterior por la ventana rota de su casa. Tan absorto estaba viendo esa figura que encarnaba sus peores miedos y pesadillas que no pudo evitar un grito de puro terror cuando la puerta de su casa fue arrancada de sus goznes de un golpe que quebró la madera mostrando a un segundo monstruo en el umbral.
Sin emitir ni un solo sonido el segundo monstruo intentó entrar en la casa a través de una puerta demasiado pequeña para su tamaño. Sus más de dos metros de alto y casi uno de ancho le daban una imagen de criatura temible e imparable. Era la representación de sus mayores pesadillas hecha realidad. Con paso tranquilo, seguro de que nada podría impedirle cumplir su objetivo, entró en la casa destrozando, sin ni siquiera percatarse de ello, el marco de la puerta que no le permitía el paso.
Desesperado ante el horrible desenlace que se le presentaba corrió hacia el cajón donde había guardado varias pistolas que jamás había buscado utilizar en toda su vida. Esta noche ya no podía pensar coherentemente. Tenía que hacer algo…lo que fuera para impedir que esos monstruos cumplieran con el propósito que los había traído a su casa. Tener armas en casa era peligroso y mucho más tenerlas preparadas para usarlas al instante. Con una pistola en cada mano se volvió hacia el monstruo que estaba cruzando la sala de su casa.
Los dedos en los gatillos dispuestos a abrir fuego. Los dientes apretados y sus ojos llenos de lágrimas que no dejaban de caer por su rostro. No podía pensar en lo que estaba haciendo ni en las horribles consecuencias de sus actos. Ahora mismo solo pensaba en abrir fuego tantas veces como fuera necesario para detener a esos monstruos.
"¡¡DETENTE!!"
La voz de su esposa llegó justo en el momento en que apretó los gatillos. Por suerte la sorpresa de escuchar su voz fue suficiente para sobresaltarlo y hacer que fallara los tiros.
"¡¿Qué crees que estás haciendo?!" le preguntó con una voz tan calmada que resultaba irreal en esta situación. "¿Sabes lo podías haber hecho?"
Soltando las pistolas cayó de rodillas sin poder evitar echarse a llorar. Sus manos cubriéndole el rostro avergonzado por haber fallado a su familia como por haber disparado. Su llanto le impidió escuchar sus pequeños pasos mientras corría a su lado.
"¿Por qué estás llorando, papá?"
Sintió como unos diminutos dedos le apartaban las manos de su rostro. A través de las lágrimas que no paraban de caerle veía la figura de su Ángel.
"Lo siento." Logró decir antes de fundirse en abrazo con su hija.
Su mujer le acarició el cabello mientras no apartaba su mirada de aquellos ojos vacíos que los observaban sin mostrar ningún tipo de emoción. Era tan aterrador saber.
"Te entiendo…" la mujer separó a padre e hija con gran dolor en su corazón. "…pero podría haber…"
El monstruo de la ventana había desaparecido en silencio engañando a su tamaño y corpulencia. Ya no tenía nada que hacer aquí. Su misión había terminado con éxito.
La mujer le dio un último beso a su hija. "Escúchame bien, Adnee."
La verde mirada de la niña observaba el rostro triste y cansado de sus padres. No lloraría. Sabía lo que pasaba tras ver como sus hermanos también habían sido llevados por aquellos monstruos. Por eso no lloraría. Porque sus hermanos no lo hicieron.
"Ahora vas a irte con…con este…esta criatura y te portarás bien. No intentarás huir ni hacerle ningún daño, ¿de acuerdo?"
"Si, mamá." Asintió Adnee.
Un segundo beso mientras le daba su último abrazo. 'Último.' "Si tienes miedo, cierra los ojos. Si algo va mal, cierra los ojos. Cierra los ojos porque cuando los vuelvas a abrir volveremos a estar todos juntos."
Separándose de su pequeña observó como se alejaba de su lado acompañada por un monstruo de pesadilla. El contacto de su marido, que la cogía por la cintura acercándola todo lo posible contra él, era un recuerdo doloroso y permanente de que se encontraban solos. Su familia había sido rota.
Lo último que vio antes de desmayarse de pena y que la oscuridad la reclamara fue a Adnee cogiéndole la mano al monstruo que la separaba de su lado.
Oscuridad.
