Disclaimer: el Potterverso no me pertenece en absoluto a mí, sino a nuestra amada J. K. Rowling.
Quisiera dedicar este capítulo a Lauchyar, pues aunque haya editado la entrada para colocar el texto original (que se pasaba del límite de palabras establecido para el reto), la ayuda que me brindó al betear la versión sintetizada de este capítulo fue muy valiosa para mí.
II.
Muérdago
—El mundo... nuestro mundo, tal y como lo conocemos, y las personas que lo habitan, se rigen bajo una única y absoluta verdad: el orden natural de las cosas. Es ese mismo orden el que nos ha provisto del increíble poder que corre por nuestras venas; poder que debemos usar para dominar, para reinar por sobre el resto de las criaturas inferiores que infestan el suelo que pisamos y el aire que respiramos. Es necesario que los parásitos sean controlados y, llegados a cierto punto, aniquilados, si no queremos que éstos se alcen contra nosotros...
El colegio Hogwarts de Magia y Hechicería era, por aquel entonces, muy diferente a lo que solía ser hacía no mucho tiempo atrás. El oscuro reinado de Lord Voldemort lo había envuelto todo a su paso, incluido el colegio, y se materializaba especialmente en los sádicos y despiadados hermanos Carrow. Mientras que Amycus se ocupaba de instruir a los alumnos sobre maldiciones imperdonables y su uso contra otros seres humanos en la clase de Artes Oscuras (que anteriormente se basaba en la defensa contra las mismas), su hermana Alecto aprovechaba las clases -por entonces obligatorias- de Estudios Muggles para llenar las mentes de los jóvenes con lo que ella, su hermano y el resto de los seguidores de Señor Tenebroso consideraban que era la verdad única y absoluta del mundo y su funcionamiento.
—A la hora de la verdad, lo que más importa es la sangre, y su estado. El cauce de un río, de aguas puras y poderosa corriente, no es el mismo que el de un arroyo, débil y pútrido... Como pueden ver, la diferencia entre los sangre pura y los muggles e hijos de muggles es exactamente la misma. Y entre medio tenemos a los de sangre mestiza, que tampoco son mucho mejores, pues aunque pudiésemos limpiar por completo las aguas del arroyo, éste deberá aceptar que nunca, nunca podrá convertirse o siquiera igualarse al río: en el fondo seguirá existiendo la roña propia de la sangre muggle, preservando su ignorancia, su suciedad, su crueldad...
—Entonces, ¿cuánta sangre muggle tienen usted y su hermano?
Un silencio de ultratumba se adueñó de cada rincón del aula. Alecto Carrow giró la cabeza con tal abrupto que bien podría haberse partido el cuello, y clavó sus ojos negros y opacos en el emisor de aquellas palabras.
—¿Qué has dicho, Longbottom? —era muy fácil notar el esfuerzo que la mujer hacía por controlar el tono de su voz, pues un inconfundible temblor que se adueñaba de sus palabras evidenciaba una gran cantidad de ira contenida.
—Pues, que me parece una descripcion muy adecuada para ustedes —respondió Neville, con una nota de desafío impregnada tanto en su voz como en su mirada, la cual no apartó de los ojos de la bruja, a pesar de saber que había cruzado la línea.
Alecto reaccionó aún más rápido de lo que cualquiera esperaba: sacó su varita de un bolsillo de su túnica negra, y al momento siguiente realizó un movimiento cortante, como si rasgase el aire con un cuchillo. La sangre no tardó en dimanar del nuevo corte que cruzaba el rostro del muchacho.
—¡Repítelo! ¡Repítelo si te atreves, sucio traidor a la sangre! —amenazó la profesora apuntándolo con su varita, ya sin preocuparse por mantener la tonalidad de su voz.
—¡Déjelo en paz!
El semblante serio y decidido de Neville se desencajó por completo al voltearse en su asiento y contemplar a la persona que se había atrevido a defenderlo. Intentó llamar su atención, negando brevemente con la cabeza y articulando con cierta exageración sin emitir sonido alguno: "¡No, Hannah!".
—Bueno, bueno... otra que no puede mantener el pico cerrado —musitó la bruja, con el desprecio marcado en cada sílaba pronunciada. Hannah Abbott permaneció de pie, procurando que el enojo que la invadía lograse ocultar su nerviosismo—. ¡Crucio!
El cuerpo de la joven comenzó a retorcerse violentamente, produciendo un breve pero sonoro estruendo al impactar contra el suelo y empujar el asiento que ocupaba momentos antes, incapaz de controlar sus salvajes movimientos. Unos segundos después, cuando aún todo el mundo permanecía inmóvil a causa del terror y la conmoción, la tortura cesó. Hannah recuperó el dominio de su cuerpo, mas el miedo a una nueva dosis de dolor le impedía reincorporarse.
—¿Alguien más tiene algo que aportar a la clase? —rugió Alecto, aferrando su varita con algo más de fuerza de la necesaria.
El silencio que reinaba el ambiente se vio interrumpido por el timbre que anunciaba la culminación de las clases de aquel día, seguido del revuelo producido por los alumnos al tomar sus pertenencias y abandonar el aula lo más rápidamente posible.
—Ven conmigo —le dijo Neville a Hannah, que luego de colgarse la mochila al hombro se había aproximado a ella para ayudarla a ponerse de pie. La muchacha aceptó la ayuda sin decir nada, temblando ligeramente, y Neville se apresuró a sacarla de allí, con la mirada de Alecto Carrow clavada en su nuca.
—¿Estás bien?
—Creo que sí... ¿y tú? —los ojos azules de Hannah se posaron en la sangre seca y el corte algo profundo que ostentaban el rostro de Neville.
—Sí, no te preocupes por mí —contestó el muchacho, esbozando una sonrisa conciliadora al tiempo que desenvainaba su varita.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó la rubia, observando el lugar al que Neville la había conducido.
—Ya lo verás —dirigió la punta de la varita a la puerta que daba entrada a uno de los invernaderos del castillo, y susurró "¡Alohomora!". La cerradura hizo un click, y los dos chicos ingresaron al lugar.
Sin perder tiempo, Neville se acercó a uno de los diversos especímenes que crecían en aquel lugar: un arbusto de ramificaciones espinosas y bonitas flores rosáceas. Arrancó algunos pétalos y los apoyó cuidadosamente sobre un moretón que la joven se había hecho en la frente al caer al suelo.
—Son flores de rosal silvestre, sirven para calmar el dolor de heridas pequeñas y que se curen más rápido —explicó Neville, esforzándose por no desviar su vista de la marca que le había dejado el golpe.
—Vaya, pues es verdad —comentó Hannah, que sentía cómo la hinchazón iba disminuyendo —. ¿Seguro que tú estás bien? Ven, dame eso.
La muchacha le quitó los pétalos con los que el joven la estaba curando, y los posó delicadamente sobre la herida de éste.
Neville cerró los ojos por unos momentos, concentrándose en la fresca brisa que se colaba por las ventanas del invernadero, en el rumor de las hojas de plantas y arbustos al vaivén del viento, en el suave tacto de los dedos de Hannah sobre su piel... Era la primera vez en mucho tiempo que se sentía seguro, en todo sentido aplicable a esa palabra.
—Estoy bien aquí... contigo.
Lo dijo sin pensarlo, sin planearlo ni prevenirlo. No necesitó que sus párpados se abriesen, pues sus otros sentidos sentidos se encargaron de hacerle saber la respuesta a sus palabras: el silencio sólo roto por la acompasada respiración de Hannah, el contacto de su cuerpo al rodearlo con sus brazos, el dulce sabor de sus labios sobre los suyos propios... y un aroma que invadió los pulmones de ambos cuando, poco a poco, cada árbol, cada arbusto y cada rincón del invernadero fueron cubiertos por una nueva y mágica planta de verdes hojas y pequeños frutos rojos.
—Qué raro. Aún falta un mes para la próxima Navidad —dijo Hannah poco después, contemplando la misteriosa y a la vez familiar planta que acababa de materializarse sobre ellos.
—¿No conoces la historia del muérdago?
Como toda respuesta, la muchacha dirigió sus grandes ojos celestes hacia el rostro de su acompañante, que brillaban con intensa curiosidad. Aquella expresión le otorgaba un aire de inocencia tan pura que logró derretir al pelinegro por completo.
—Ven, te la contaré en el camino.
—¿Adónde vamos?
—A dar un paseo —una tierna y amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Neville; sonrisa que Hannah devolvió.
El dulce aroma del muérdago no sólo lo acompañó durante todo el trayecto, a pesar de hallarse cada vez más lejos del invernadero: también estuvo con él durante el resto de su vida.
NA: Como podrán ver aquellos que leyeron esta historia dentro del lapso de duración del reto "Olores de Amortentia", he cumplido con mi palabra y editado este segundo capítulo, con el fin de subir el texto que escribí originalmente pero me vi obligada a descartar momentáneamente por incumplir el límite máximo de palabras establecido para dicho reto. Estoy mucho más contenta con el resultado de esta versión de la viñeta, por lo que espero que todos ustedes (los que leyeron la anterior y los que no) la disfruten tanto como yo. :)
Por cierto, para aquellos que no la conozcan, la "historia del muérdago" es más bien una leyenda. Se dice que bajo un árbol de aceitunas se hallaba un pequeño duende cuyo amor había profesado a una doncella. La misma le fue arrebatada de su lado por un feroz dragón, por lo que el duende, al sentirse solo y desconsolado, se abrió con su daga de oro el pecho y dejó verter sobre aquél árbol su sangre. Desde ese momento, éste adquirió increíbles propiedades mágicas, pues se cree que cuando una pareja se ama con pureza de corazón, y se halla en uno de esos grandes castillos con jardines de proporciones gigantescas, surgirá sobre ellos esta planta y proporcionará un perfume exquisito que mana de sus flores, haciendo que dicha pareja permanezca unida por siempre.
Se agradecen enormemente todos los reviews. :3
