Capítulo 1: Tom, por ahora.
A la mañana siguiente, me despertó el sonido estridente del teléfono. Bajé las escaleras como pude y contesté con voz ronca del sueño. Me ofrecían cambiar de compañía. Opté por colgarles.
Justo cuando iba a avisar "¡Era publicidad!", unos papeles doblados llamaron mi atención. Totalmente segura de que estaban allí des de hace poco, desdoblé uno de ellos. Era un recibo. Cogí el sobrante y suspiré de alivio. Pero no duró mucho.
Esperamos que no te hayas alarmado al encontrarte la casa vacía. Cariño, de ahora en adelante, ¡eres libre! Has crecido, y ya eres una mujer, así que Phil y yo nos hemos mudado a Europa a vivir en una casita de campo, pero al lado de la playa, es genial. Hemos pensado de crear una familia, ¿qué te parece? Creo que un bebé es lo que Phil necesita para dejar de viajar.
Ahora mismo te imagino y sé de antemano que estás horrorizada, pero compréndelo, y empieza de cero. Sé que eres distinta a los demás, y necesitas encontrar tu sitio en el mundo. Pero, no es con nosotros con quién debes pasar tu vida. Así que cuídate.
Además de la carta hay un comprobante para vender esta casa. Solo tienes que ir y te ingresaran una cuarta parte del dinero a tu tarjeta. Con eso basta para mudarte, si quieres. Si no, caduca en un año. Bueno Isabella, llegó el momento de despedirnos.
Tu madre.
PD: Este es el fax de Phil, del antiguo trabajo, para… emergencias. Pero se renovará en poco tiempo.
Y abajo del todo estaban las cifras 0925 83011.
Lo primero que me vino a la cabeza fue el dinero que me dio mi madre "por si acaso" hace menos de una semana. ¿Podría haber sido una coincidencia? Lo segundo, fue que quizás ya me lo suponía. Des de hace poco mi madre estaba más nerviosa de lo normal, e incluso el tranquilo de Phil agobiaba.
Pero, unos instantes después, me di cuenta de que estaba completamente sola. Luego, me empezaron a temblar las manos y el folio se me cayó al suelo. No tardé mucho en marearme.
Aún no me lo creía. Leí la carta dos, tres, cuatro y hasta cinco veces. Y cuando lo comprendí, me puse a llorar. De sorpresa, desesperación y rabia, incluso sintiéndome como si hubiese hecho algo imperdonable y todo hubiese pasado por mí culpa. Estuve toda la mañana sentada en el suelo del salón, mirando álbumes y contemplando recuerdos. Hasta que decidí levantarme, y guardar el recibo en el cajón de los calcetines. El dinero y la carta me los guardé en el bolsillo de los pantalones.
Al final, quise creer que se habían ido solo de vacaciones, y que no tenían fecha fija para regresar. De todas formas, Renée me solía decir que era demasiado responsable, y demasiado independiente. Quizá por eso había sido tan fácil abandonarme. Fui a su habitación. Estaba como si nada estuviese pasando. Ahora entendía "el empezar de cero".
Me hice la cama, el desayuno, me lavé los dientes, me vestí y me peiné. Como alguien ejemplar. No tenía ganas de salir por el mal tiempo así me apresuré a escribir a mi madre, comentándole que no tenía pensado vender la casa por el momento. Me pondría a buscar empleo y haría cursillos de Cocina, ya que se me daba bien y me gustaba. Luego, quizás visitaría a papá o viviría con él una temporada. Como no sabía que más decirle sin incomodarla, firmé la carta. Luego salí a la calle, sintiéndome extraña. ¿Era mi imaginación, o algo me vigilaba?
Diez minutos después, entré en la primera copistería que vi. Estaba en frente del parque vacío donde me columpié ayer. Casualidades de la vida.
- Adiós –susurré dulcemente a mis padres. El hombre que me atendió se pensó que iba dirigido a él. Me despidió halagado, probablemente pensando que estaba interesada. Se me escapó una risilla histérica mientras salía del local. "Superficial", fue mi único pensamiento.
En el momento en que la puerta se cerró, contemplé como una señora mayor en silla de ruedas daba de comer a las palomas. La escena me estuvo cautivando unos minutos. Una de las niñas del tobogán pareció darse cuenta de ella, y se bajó para ayudarla. Sonreí tiernamente de lejos.
- Perdone, ¿puedo preguntarle qué hace? –preguntó alguien sobresaltándome -. Está plantada en medio de la calle sonriéndole a la nada.
- Estaba en mis pensamientos –me giré hacía él. En cuanto le vi el rostro, acabé tartamudeando la frase -. ¿Por qué?
- Está molestando a la gente –dijo con voz encantadora. De hecho, tenía razón. Me aparté un poco, dejando pasar a una chica con un cochecito. Tuve mejores vistas.
No daba crédito, estaba hablando con el hombre más hermoso y perfecto que había visto en mi aburrida vida. Era de mi misma estatura, tal vez dos o tres años mayor que yo. Pero, dios santo, ¿era él la reencarnación de una de las estatuas del Renacimiento? Tenía la piel más pálida que alguna vez haya visto (incluyéndome a mí) y las fracciones perfectas. Llevaba el pelo negro, con lentillas de un azul bastante realista. Por un momento, fantaseé sobre el color real de sus ojos. Me gustaría verlos… Decidí escucharle.
- Entonces, qué dice.
- ¿De qué? –quise saber.
- No la conozco y creo que es usted la persona más distraída que he visto –rió imitando a la perfección el canto alegre de los pájaros al alba -. Decía si le apetecería tomarse un café.
Puse los ojos en blanco.
- Claro –sonreí tontamente. Me sentía ridícula -¿Cómo te llamas?
Estuvo un buen rato sin contestar, mientras íbamos paseando en silencio en dirección al centro. Justo cuando estaba empezando a olvidarme de la pregunta, me dijo:
- Llámame Tom, por ahora –lo dijo con misterio fingido. Me reí.
- De acuerdo, "Tom, por ahora". Yo soy Bella.
- Encantado de conocerte. ¿Paramos aquí? –una cafetería de diseño y de inaccesibilidad a mis delicados ahorros. Hice una mueca. La vio-. Invito yo, tranquila.
Dicho esto, nos sentamos a esperar al camarero.
- ¿Eres natural de Phoenix? –preguntó juzgando el tono de mi piel.
- De Washington. Sin embargo, me he criado aquí. ¿Y tú?
- Soy canadiense de toda la vida –me sonrió.
- ¿Cuántos años tienes? –curioseé.
- Diecinueve, ¿por qué lo preguntas?
- Pareces más mayor –aseguré con sorpresa.
En ese momento, llegó el camarero. Pedí un granizado de limón. Él aseguró que no tenía sed.
- No te preocupes, te dejaré probar un sorbo –le tranquilicé. Pero cuando lo trajeron no quiso probarlo. "No me gusta el granizado", dijo. Lo dejé correr.
Luego, hablamos sobre Phoenix, nuestras vidas… Tom me explicó que estaba de visita con sus tíos, pero que la mayor parte del día la pasaba encerrado, era intolerante al Sol.
- Vaya, pues a mí me gusta que haga bueno. Odio la lluvia –me acordé de mi padre. Supe que iría a visitarle de un momento a otro. Sonreí.
- ¿Enserio que no te gusta? ¡A mí me encanta! Adoro pasear cuando llueve y mojarme de pies a cabeza. Siempre me ha gustado mucho el frío.
- Eres un pelín sado-masoquista. A saber cuántos resfriados habrás pillado por tu vicio… -le interrumpí. Los dos estuvimos un buen rato riéndonos.
Al final estuvimos todo el día dando vueltas. La verdad, me lo pasé muy bien a su lado. Había reído mucho. Tom consiguió hacerme olvidar a Renée y a Phil. Me pareció un buen día, después de todo. Quién sabe, tal vez mi madre se mudó por el bien de las dos.
Llegué a casa y me tumbé en el sofá, sin ni siquiera ducharme o ponerme el pijama. Me dormí enseguida, justo cuando empezó a llover. Me acordé de Tom y de su vicio a calarse. Sonreí en sueños.
