EN EL AMOR Y EN LA MAGIA
Por Cris Snape
SEPARADOR
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Loción
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Como todas las mañanas, el reverendo Robert McGonagall se levantó antes del amanecer, se lavó exhaustivamente y afeitó su barba. Siempre había tenido problemas para mantenerla a raya, desde que era un crío y los primeros pelos, ásperos y largos, aparecieron en su barbilla. Se enjabonó bien la piel y deslizó la navaja filosa con cuidado de no cortarse, alzando el mentón y colocándose las gafas encima de la nariz para ver correctamente en todo momento. Una vez obtenido el resultado deseado, se enjuagó con cuidado y tomó la loción para después del afeitado. La vertió abundantemente en sus manos y la frotó vigorosamente contra su rostro, notando un escozor instantáneo. Soltó un ligero siseo y aspiró profundamente el olor fresco que desprendía. En ese momento se sintió bien, contento porque tenía una buena vida y no creía poder ambicionar más de lo que tenía.
La tranquilidad y la alegría sólo duraron un instante, lo que tardó en recordar que Isobel le había mentido durante años. Su querida esposa, la mujer a la que más amaba en su vida, le había engañado desde siempre. El reverendo apretó los dientes y suspiró, intentando poner en orden sus pensamientos.
Lo que menos le importaba en ese momento era el hecho de saber que tanto su mujer como su hija eran brujas. Sonaba increíblemente extraño y por momentos creía que Isobel le estaba tomando el pelo, pero ella le había demostrado que era verdad, que podía hacer magia. Robert recordó todas las veces que ella le había asegurado que las cosas raras que a veces le ocurrían a Minerva eran sólo cosas normales de niños, y también recordó su infancia en el pueblo, cuando todos creían que Isobel iba a un exclusivo colegio para señoritas. El colegio resultó ser exclusivo, pero no era para señoritas precisamente, sino para brujos.
Robert se sentía estúpido y traicionado. ¿Qué clase de persona se creía Isobel que era él? ¿Pensó que iba a dejar de amarla al saber la verdad? Podía comprender su angustia, pero no entendía cómo ella no había compartido todos sus temores desde siempre. Robert se había casado confiando plenamente en ella, le había entregado las llaves de su corazón y de su alma a esa mujer y ella le había pagado con desconfianza. Iba a necesitar mucho tiempo para pensar en lo ocurrido y para decidir cómo proceder en el futuro.
Tenía mucho sobre lo que meditar, pero no esa mañana. Aún no había preparado su sermón del día y le esperaba una larga jornada de trabajo en la iglesia porque el panadero había muerto un par de días antes, dejando seis hijos pequeños y un negocio que, evidentemente, ellos no podían mantener, no sin su ayuda. Robert echó un último vistazo a su mentón, asegurándose de que la barba ya no estaba allí, y regresó al dormitorio para vestirse.
Isobel estaba sentada en la cama, con el gorro de dormir un poco caído y envuelta en las sábanas. Le miraba fijamente, casi con temor. Si aquella hubiera sido una mañana normal, Robert se habría acercado a ella para darle un pudoroso beso en los labios, peo esa mañana no era nada normal. Pasó a su lado procurando alejar sus ojos de ella y procedió a ponerse los calcetines en primer lugar. Hacía un frío de los mil demonios y era bastante posible que terminara nevando.
— Robert…
— Esta mañana no desayunaré en casa —Aseguró con voz serena, sin apartar la vista de sus pies—. Voy a visitar a la señora Henderson y seguramente me atiborre a bollitos, como hizo ayer.
— Robert, querido. Antes de que te vayas, tenemos que hablar.
— Estoy muy ocupado. Me espera un día muy largo.
— Pero Robert, lo que pasó es muy importante. Tengo mucho que explicarte.
El reverendo alzó la vista y la clavó en su esposa. Era una mujer muy bella y muy inteligente, pero últimamente no se parecía demasiado a la joven dicharachera de la que se enamoró como un tonto. Al verla, comprendió que la seguía queriendo, pero también supo que ya nada volvería a ser como antes porque ella había logrado que dejara de confiar en su persona. Robert apretó los dientes, consciente de que no podría vivir lejos de esa mujer ni aunque quisiera hacerlo, y se negó la posibilidad de decir algo hiriente.
— Más tarde. Ahora tengo que irme.
Sin que ninguno de los dos dijera nada más, Robert McGonagall terminó de arreglarse y abandonó el hogar familiar con el corazón resquebrajado y el alma ardiendo en llamas.
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Segunda viñeta. A ver qué os parecen los padres de la vieja Minerva.
