CAPÍTULO I

PRIMER DIA DE CLASES

"Todo por amor" Sí todo lo que hacía, decía y vivía era por amor... Por amor a Michiru, por amor a Odago, por amor a Makoto, por amor a Minako, por amor a Rei, por amor a los autos, por amor a... a Hotaru ¡Hotaru! Volvió a recargarse en el espejo del baño, ya no saldría, ya no lo soportaría más, y todo por amor, tenía que recordarlo para tomar valor, fuerza y paciencia regresando a la estúpida fiesta que en su supuesto honor se celebraba. Solo ganó una carrera ridícula que más pareció arreglada, prácticamente le estaban pagado por acudir a la fiesta y flirtear descaradamente con Jessica que por ganar la corona Champions Word que hacía dos años se realizaba en la famosísima ciudad de Barcelona en España. Ni siquiera sabía hablar español, qué demonios estaba haciendo entonces.

La historia se retornaba hacia cuatro meses atrás, Haruka Tenoh había anunciado su retiro de la competencia por un simple 'berrinche' con la escudería Ferrari, tan solo se trataba de un pretexto y de una forma de atraer la atención de la prensa a su persona, campaña publicitaria que necesitaba para cuando corriera en Brasil además del hecho de que otras escuderías creyeran a Haruka 'libre' se esforzarían en ganarse a la joven más que en buscar un nuevo talento que la enfrentaran y ella simplemente gozaría siendo popular. Todo estaba bien, todo hasta que Hotaru fue a su casa para decirle que había cumplido su promesa. Por fin había terminado definitivamente con su novio que tan mal les caía a ella y a su padre, ahora sus notas habían aumentado, estaba a punto de terminar la preparatoria y para espanto y asombro de todos en el área de físico matemático. Jamás nadie soñó lo que esa tarde revelaría Hotaru

- Voy a estudiar Ingeniería Mecánica

¿Era un sueño? ¿O tal vez una pesadilla? ¡Qué alguien la despertara! Esto solo debía ocurrir en otra dimensión o un mundo paralelo, todos hasta el más insignificante trabajador de Tokio sabían cuanto aborrecía Hotaru las matemáticas y que su elección había sido más forzada por las circunstancias que por un gusto real y ahora que tenía la oportunidad de escoger libremente su carrera decidía una donde llevaban como tronco común (Ceca de la mitad de la carrera) matemáticas ¡Qué alguien la despertara! Cuando cayó en la cuenta que Hotaru tenía muy bien planteado lo que quería y cómo llegaría a su objetivo simplemente Haruka no lo resistió y prometió darle como regalo de graduación un deportivo del año ¿A qué hora había perdido el control? ¿A qué hora terminó manipulada por Hotaru? ¡Ahora tenía que comprar un auto! Y la única forma que tenía de ganar semejante suma era corriendo, lo que significaba competir, asistir y cumplir los caprichos de la corona Champions Word.

Las apuestas como el primer año de inauguración del evento, estaban fortísimas, rumores, falsas alarmas, supuestos corredores que no participarían, problemas dentro de las escuderías más fuertes y al final nadie podía asegurar quién ganaría, nadie mas que la propia Haruka que desde que terminó su pesadilla se había vuelto invencible y más en competencias arregladas como esa. Ganó el primer año de inauguración, saliendo en la portada de una revista europea que controlaba Kornhauser con su devastadora compañía Firma Wiechers & Stiarnhök. Segundo año, nuevos rumores, la tensa calma, los humos enardecidos y ella de nuevo coronándose campeona, repetía la misma historia y ahora para terminar con broche de oro Kornhauser daba una fiesta de ensueño.

La noche se cubrió de luces, la orquesta tocaba y su ritmo invitaba a una tierna balada. Ya no saldría del baño, ahí se estaría hasta que la fiesta terminara o la tierra se la tragara... Lo que ocurriera primero. Cerró los ojos y recordó entonces los actos que la llevaban a tener pavor de salir del baño:

- Herr. Kornhauser... – y antes de que pudiera decir algo más el hombre ya la estrechaba entre sus brazos felicitándola con inusual afecto

- Grandioso Tenoh, grandioso, hiciste 'picadillo' a todos.

Podía soportar la nueva forma afectuosa de ser del hombre pero no sus insinuaciones y menos que casi le obligara a flirtear con descaro palpable con su protegida: Jessica.

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Jessica estaba por cumplir los dieciocho años, edad tan ansiada que esperaba llegara la muchacha para muchos capitalistas estadounidenses, británicos y alemanes. Es que toda Europa se había vuelto dependiente, casi sumisa de la firma que más poder había alcanzado en los últimos dos siglos Wiechers & Stiarnhök. Lo que Haruka no sabía era que Jessica había quedado huérfana a la edad de catorce años y con algunas artimañas había logrado Kornhauser mantenerla escondida, lejos de las garras de cualquier persona que interfiriera con el futuro de la firma que dirigía y es que la mitad de aquella empresa correspondía a Jessica: legítima y única heredera de Marco Antonio Wiechers. El otro cincuenta por ciento de la firma estaba en manos de la segunda esposa de Kornhauser y tía de Jessica Gerda Stiarnhök. Así pues quedaba que al no haber hijos ni herederos por parte de la dama Jessica podía en un dado momento apelar por la presidencia de la compañía como legítima heredera de ambos apellidos

- JessicaWiechers Stiarnhök ¿Así te llamas? – preguntó Haruka aterrada al conocer el secreto del poderío Kornhauser

- Ni idea tengo – le contestó la muchacha con al indiferencia usual que trataba su pasado

Y de verdad no lo sabía, su mente desde haberse visto involucrada con un pasado inexistente se había vuelto una confusión, algo que los psicólogos habían diagnosticado como fuga amnésica. El término ni Haruka, Kornhauser, o Sydney lo entendían, el hecho era que Jessica era feliz, vivía normalmente y gozaba de estar viva. Suficiente hasta entonces para ellos.

Contó a diez meseros, elegantemente vestidos con sus fracs. blancos deslizándose como bailarines entre la concurrencia. Un ambiente aristocrático tenso y a la vez con dulce sabor a perfección rodeaba a aquel salón de uno de los tantos palacios que se construían en su honor. Para muchos, él era un ladrón, un simple titiritero que manipulaba a una firma que no le correspondía, una firma a la que dominó por azares de destino. Lo que todos aquellos grandes señores no veían era que él era la firma, era él quien creó el poderío, él manipulaba por placer por evasión fiscal y por qué no... Por jugar su título de dueño y señor. Kornhauser descendió lentamente por las escaleras, su mano rozó el pasamano la cabeza erguida, su cabello relamido y omnipotente recorrió con mirada frívola y altiva aquella concurrencia, alcanzó a percatarse de su pequeño trofeo, su ahora tan apreciado tesoro: Haruka Tenoh

- Herr. Kornhauser – se adelantó un hombre a saludarlo. Él le contestó con una ligera reverencia conservando ese aire arrogante que le hacía tan varonil y tantas veces terminaba en un aire petulante.

- Vater Padre – le saludó su más preciada joya, su hija.

El hombre la observó inquisitivamente, le tomó de la mano y retrocedió un poco para observarla con detenimiento. Sonrió, se parecía tanto a su madre como si aquellas almas se hubieran fusionado para crearse un propio y único cuerpo, un único espíritu y al final tenía eso, una muchachita grácil, alta, delgada, vacilante que distaba de cualquier muchacha alemana de su edad. Soñó entonces despierto observando su labor de padre solitario y casanova. Miró a su pequeña protegida: Jessica con sus hermosos y exóticos ojos conquistados por el delicioso objeto que le hacían rendirse a los deseos de Kornhauser y asistir a las fiestas sin causar algún tipo de sus ya tan conocidas formas excéntricas de actuar, una cerveza alemana.

¿Por qué a pesar de ser tan distintas congeniaban tan bien? ¿Por qué a pesar de que Sydney no tenía la seguridad de que Jessica no fuera una intrusa en su vida que le robaba el cariño y atención de su padre la amaba con esa pasión desmedida? Ingenuidad, Sydney no estaba hecha para ese mundo, no era capaz de diferenciar entre un bien y un mal, para ella todo se rodeaba en una absurda utopía de bondad, era capaz de quitarse el pedazo de pan de la boca por no ver sufrir a su compañero aun cuando éste en otros tiempos hubiera significado o siguiera significando su enemigo. Seguramente lo había heredado de su madre, él tenía bien plantados los pies en la tierra, sabía qué quería y que para lograrlo debía pisotear a personas y compañías. Todo tenía un costo y él pagaría cualquier precio por conseguir lo que deseaba.

Volvió a mirar con el rabo del ojo a Jessica, ella era distinta, tan audaz, tan inteligente, a veces tenía la impresión de que podía adelantarse a los pensamientos de la gente, como si leyera las mentes. Esos ojos exóticos midiendo, rivalizando y con ese toque de omnipotencia que más de una vez los habían llevado a confrontarse y es que Jessica era implacable, para ella no existían fronteras ni la palabra imposible. Tan segura de sí misma, tan madura que cuando la comenzó a tratar a fondo (ella tendría escasos catorce años) tuvo terror. Ahora se sentía orgulloso, pero en el fondo sabía que no había sido su labor. Cómo deseaba que aquello que se reflejaba en los ojos de Jessica, sólo el simple reflejo se palpara por una vez en los ojos de su pequeña Sydney. El mundo se comería a su hija, la aniquilaría a la primera ventisca mientras que a Jessica el mundo le rendiría cuentas.

Pronto Jessica cumpliría la mayoría de edad y lo peor no era tener que lidiar con un carácter fuerte y agresivo de adolescente sino saber que su esfuerzo y el legado de un hombre que fue íntimo amigo estaba puesto en esa niña. El día tarde o temprano tendría que llegar, el día en que tendría que destapar máscaras y revelar la verdad que escondía su imperio. Hasta esa fecha había logrado que de una u otra forma Jessica y Sydney vivieran en su mundo de ensueño apartadas totalmente de una sociedad amenazante, de una sociedad codiciosa que las corrompería pero Sydney para sorpresa de todos había logrado a escondidas de su padre terminar la secundaria y tener el capital suficiente para sostenerse la preparatoria en una escuela de buen prestigio en nada menos que Hamburgo. Sydney ya no lo pidió, lo exigió, no le importó perder otro año y no iba a seguir estudiando si no era en una escuela normal como una muchacha normal. Kornhauser solo le quedó ceder, cómo pararla cuado Jessica la respaldaba.

Miró intrigado su reloj, como si los minutos de su imperio estuvieran en cuenta regresiva. Ya no podía esconder en Miami a Jessica, los capitalistas e inversionistas estadounidenses ya le veían como un enemigo en potencia. Podía, si se lo proponía, dominar el mercado estadounidense y con la mano en la cintura exigir prestaciones especiales al principiante gobierno norteamericano que había entrado con el pie izquierdo declarando guerras a diestra y siniestra. La potencia número uno se desmoronaba y él la salvaría si pagaban el precio; esto aterraba a sus contrincantes y fue cuando dieron con su talón de Aquiles: la legítima heredera del imperio: Jessica.

¿Por qué no podía el tiempo cesar? ¿Por qué no podía esperar a que terminara de consolidarse en América? ¿Cómo afrontaría a los inversionistas? Cómo le explicaría a Jessica que no podía reclamar su título porque se jugaban con ello el esfuerzo de décadas y décadas de trabajo. Entonces volteó la vista y encontró la respuesta: Casarla.

Haruka primero creyó que aquello sonaba a una historia ridícula de telenovela barata, el villano representado por Kornhauser que le roba a la pobre huerfanita su herencia y ésta crece para reclamarla. Pero aún más aterrante, ridículo y patético sonó que para que este villano conservara su poder manipularía a su aijada por medio del amor, es decir la casaría con alguien capaz de controlar a Jessica, alguien en quien confiara plenamente para depositarle el legado de años de esfuerzo: Haruka Tenoh.

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Un instante, un segundo, quizá un minuto, quizá un respiro y sin desearlo estaba ya envuelta en un perfecto desastre. Iba a cumplir dieciocho años, desconocía por completo su fecha de nacimiento, pero hasta ahora Sydney repetía sistemáticamente su celebración el día 11 de noviembre. Ni siquiera estaba segura de que fuera a cumplir dieciocho años. Miró el calendario asombrada de pensar que solo faltaba tres meses para celebrar su cumpleaños, se miró asombrada de encontrarse frente un espejo luciendo el uniforme reglamentario de una de las preparatorias más exclusivas de Alemania. Falda debajo de la rodilla, y cómo lo odiaba, dio un par de dobleces y la falda quedó donde debía estar, después ese asfixiante chaleco color crema y la manga larga, todo restaba donde debía de no ser por la detestable corbata que no lograba anudar correctamente.

- ¡Jessica no quiero llegar el primer día tarde! – gritó Sydney dando unos fuertes golpes a la puerta

- ¡Yo qué culpa tengo! – renegó.

- ¡Apúrate! – volvió a gritar al punto de un colapso nervioso.

Caminar no era exactamente la forma en que tenía pensado llegar todas las mañanas a la escuela. Entraba a las siete de la mañana, se congelaba con aquella falda que al menor viento se levantaba dejando nada a la imaginación de los transeúntes. Miró a Sydney, la pobre parecía estar sumida en su nerviosismo sin percatarse del precario clima del que serían victimas durante cuatro largos meses.

Moría por acompañar a Hotaru a la universidad, aún se sentía con cierta obligación paternal, esa misma que pocos padres logran identificar, tenía que admitirlo, el tiempo pasaba y no en vano. Hoy Hotaru ya tenía dieciocho años, un auto último modelo en la puerta y el camino trazado para realizar la carrera de sus sueños. Y era lo, último lo que no acaba de convencer a la pobre Haruka, sonaba tan risible que Hotaru estudiaría Ingeniería Mecánica, era tanto como esperar ver a Odago dar un discurso de tres horas sobre asuntos financieros o mecánica cuántica. Haruka hubiera reído más si hubiera visto a Odago realizando alguna de las anteriores proezas. Volteó la mirada al móvil, como si esperara que el aparato le resolviera la vida.

- No creo que debas acompañarme –continuaba Hotaru con su larga perorata tratando de hacer reflexionar a Haruka sobre que ya no era una niña.

- No, si no he venido a acompañarte – renegó la rubia algo cansada por saberse en un error tan obvio

- ¿Entonces? Vamos, tengo un mes en la Universidad y déjame decirte que me ha ido muy bien

- No se trata de eso

- ¿Entonces?

¿Entonces? Se trataban de tantas cosas que Haruka no lograba descifrar cuál era la cusa exacta de su estado de ánimo. Nostalgia. Tenía media hora contemplando una fotografía que Hotaru había colocado como último recuerdo de su "familia": Setsuna, Michiru... Necesitaba ayuda, necesitaba un consejo, necesitaba de Michiru porque temía errar el camino con Hotaru mas no podía ni debía aferrarse a un pasado que ella misma dejó ir. Una risita nerviosa la invadió hasta que finalmente se paró del sillón para darle unas palmaditas en la cabeza a Hotaru

- Algún día lo entenderás

- Pues créeme que me esfuerzo y nunca te entiendo ¿Te vas ahora?

- Si, ya entendí que no me necesitas

- No, no es eso, es sólo que creo no estas siendo consciente que ya no soy una niña

- Ya lo sé – contestó con una media sonrisa forzada para marcharse mientras Hotaru mantenía su mueca interrogante

Tercera semana de escuela, faltaba menos para su cumpleaños y el término del semestre. La preparatoria resultó todo un lastre para las pequeñas Kornhauser, por más esfuerzos que hacían por encajar en el mundo de lo real terminaban apartadas. Jessica desde el primer día se fijó la meta de no hacer relación con nadie, y es que asistía solo a la preparatoria como un apoyo moral para la pobre Sydney, así que en el primer receso tomó sus cosas y se fue a la biblioteca. Sydney por su parte trató de ser agradable, trató de frecuentar la cafetería hasta que finalmente se dio cuenta que había una gran brecha que la separaba del resto de su compañeros.

- Puedo ser popular – mascullaba entre dietes Sydney enfadada por la última jugarreta de la que había sido objeto

- Hay mil formas de ser popular

- Puedo tener todo lo que yo desee

- Claro, nadie tiene limites, mas que los que uno mismo pone

- Jess, quiero ser popular

- Pues yo que te puedo decir...

- Si no fuera por ti yo sería la más impopular en toda la escuela, es más sería peor que un cero a la izquierda, sería escoria, sería basura...

Jessica frunció el ceño ¿Se estaba dando cuenta Sydney que todo aquellos buenos calificativos que daban eran la forma más pura como toda la escuela veía a Jessica? Movió la cabeza, ella no venía a ser popular, venía a encaminar a Sydney y buscar la manera más sutil de abandonarla sin que la conciencia le gritara por hacerlo.

Jessica suspiró al aire, observó con cautela a cada chica del salón. No era difícil adivinar el por qué aquellos niños menospreciaban a Sydney. Se trataba de su ser entero, de su manera de hablar, de su manera de caminar, de su mochila de ositos y el hecho que sus cuadernos tuvieran hojas de colores y muñequitos. Sydney seguía siendo una niña...

- Buenos días clase – y todo el salón guardó silencio ocupando sus asientos

Se aburría horrores los lunes, inicio de semana, las materas más pesadas, soportar el ánimo exaltado de su joven compañera por intentar formarse una personalidad y finalmente sacó su revista para dejar de lidiar con el exterior.

- Señorita Kornhauser

- Es a ti Jessi – le susurró Sydney

- Mande – dejó la revista por la paz sin atender del todo al huraño profesor

- Deme esa revista

Y Jessica frunció la boca, acaban de amargarle el resto del día. De mala gana la llevó al escritorio

- Ponga atención, tiene cero participación y en esta cuarta semana de estudio usted ocupa el último lugar en la Tabla de Inteligencia

- Pues gracias –sonrió la chica

- Hasta para eso resultaste estúpida – comentó un chico de la segunda fila

- Silencio... Espero las señoritas Kornhauser se decidan a incrementar su promedio o estarán recusando mi materia

Sydney hizo su muequilla de enfado pensando que de verdad ya no tendría remedio, ocupaba la penúltima posición y seguramente reprobaría el primer parcial.

- Sí gracias, tomaremos en cuenta sus observaciones

Finalizó la tortura y Jessica con la paleta en la boca se disponía a salir del salón pero el profesor la llamó.

Receso y ella corrió a la sala de cómputo donde encontró a Jessica entretenida en la red. Frunció el ceño fingiendo molestia por haberle abandonado las últimas dos clases a merced de aquellos aburridos profesores.

- ¿Hiciste el trabajo de física?

- No – contestó Jessica sin perder de vista el monitor

- Quieres reprobar

- No, simplemente no me da la gana trabajar

- ¿Y qué quería el profe de mate?

- Molestar... Molestar... Y decirme que no me regresará mi revista... ¿Puedes creer eso?

Sydney se encogió de hombros. Intentaba entenderla pero únicamente lograba dolor de cabeza, creía que también para Jessica era importante esto…

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El jefe de estrategia estaba aún sentado con su expresión molesta esperando respuesta. Se llamaba Isaac, tenía años trabajando para la mejor escudería del mundo: Ferrari, era uno de eso hombres de aspectos grotescos y miradas férreas, de la punta hasta la cabeza italiano sin poder esconderlo, Kornhauser le tenía cierto recelo y a Haruka le parecía divertido que siendo él la base de todo el equipo fuera para Kornhauser parte del enemigo. Se rascó la cabeza y volvió a preguntarle mientras la joven seguía sonriendo.

- No sé, era tan aburrido que no sé

- Era tan aburrido que hiciste lo que se te dio la regalada gana, Haruka no voy a permitir hagas tus deseos, somos un equipo...

Haruka suspiró le divertía oírlo hablar con su acento italiano tratando de parecer tan energúmeno que nadie se interpusiera a sus mandatos. Lo estimaba mucho y también lo respetaba cuando éste no exageraba en su tan estricta estrategia

- ¡Me estas oyendo!

- Eh... esta bien

- No, no me oías ya vete eres imposible chico... ¡Eso sí vuelve a dañar la máquina y no volverás a ver salir la luz del sol!

Tomó su casco y se siguió a la bodega donde tenían el auto. Sus dedos rozaron aquella hermosa carrocería, estaba fascinada con el vehículo. Anhelaba recorrer el mundo en aquella máquina.

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Miró con atención su cuaderno, este sería su fin y todo por su enorme bocota, su pesada ego y ese narcisismo que de vez en cuando la atacaba haciéndola cometer barbarie y media. Estaba tan sola, no hallaba cómo remediar su gran error. Sirvió un poco de brandy en su copa, si no pensaba en algo antes de la fiesta terminaría por colgarse del armario. Meneó la cabeza eso seguramente le dolería... Colgarse del armario... Colgarse del armario...

- Qué haces

- ¡Qué quieres! – agredió a Haruka sin razón

La joven rió, ahora recordaba por qué evitaba tener relación con Jessica, la adolescencia le sentaba tan mal en su carácter que la volvía hostil e insoportable hasta para ella misma. Emitió un pequeño suspiro antes de fruncir el ceño, nunca la visitaba y ser recibida así no dejaba muchas ganas para volver.

- Lo siento – se disculpó la jovencita

- ¿Y Syd?

- No está y no creo que regrese pronto

- Vaya, un diez – sonrió otra vez observando la calificación perfecta que marcaba la hoja

- Es un error

- A ver – y retiró el examen de las manos de la chica – No, me parece están todas las respuestas correctas

- Es un error que halla sacado diez

Y fue por su soberbia, su patética vida y unos gramos de arrogancia. Su profesor de matemáticas se esforzaba en ridiculizarla, al igual que otros muchos maestros y para ella estaba bien, no iba a la escuela a sacar diez ni caerle bien a nadie. Cuarta semana, jueves y el sustituto del profesor de química la dejó fuera de sí. Era un hombre que rozaba los treinta años, tan guapo y varonil que fue por toda la mañana el punto de admiración de las niñas de la preparatoria y Jessica estaba tan fascinada, tan ensoñada que hacía hasta lo imposible por tenerlo cerca.

- ¡Profe!

El susodicho acudía a su llamado, como el príncipe que acude al rescate de la hermosa doncella en peligro. Su nombre: William. Con su cabello lacio castaño peinado relamido hacia atrás, su porte distinguido y esa manera de andar tan segura. Usaba anteojos y era tan inteligente, tan culto que Jessica ya no pudo resistirlo más.

- Es guapo el profe nuevo – comentó Sydney viéndole en el patio de receso

- Sí – suspiró Jessica tan fuerte que creyó morir allí mismo

Debía actuar, pero en qué cabeza cabría que un profesor se fijaría en una de sus alumnas y más si ésta era de primer año. Acudió a la sala de profesores, con un café en mano y su audacia por delante. Por desdicha se encontró con el profesor de matemáticas también.

- Señorita Kornhauser ¿Tratando de congraciarse con el nuevo profesor? – comentó burlonamente sabiendo las intenciones de la muchachita

- ¿Envidia o coraje? – y su mirada furiosa lo fulminó

- Su revista es muy interesante... ¿Cómo estuvo la novela de ayer?

- ¡Yo no veo novelas! – la estaba dejando en vergüenza frente a su sueño dorado

- ¿No? – rió William

- ¡No!

- ¿Entonces qué hace todas las tardes? Porque estudiar parece que no... Le contaba a William sobre mi método de la Tabla de Inteligencia, eso hace que exista competitividad entre los alumnos, se esfuercen por ser los número uno y aprendan que todo conlleva un esfuerzo implícito... Hasta ver la televisión – volvió a reír

- Es una tontería, el esfuerzo se mide de acuerdo a la persona misma no a las habilidades ajenas, es tanto como mediocridad…

- A mí me parece una idea estupenda – contestó el guapo profesor – Aunque yo agregaría un incentivo... Un regalo

¿Algo como una cita con él? ¿O un beso? ¿O un baile erótico? Movió la cabeza sacándose todas sus ideas soñadoras de la mente para borrar su sonrisa estúpida de su rostro

- Es ridículo

- Lo es porque no le gusta esforzarse

- Puedo ganar si yo quiero

- Usted lo ha dicho – el profesor de matemáticas sonrió

- Yo pienso que la mujer debe caracterizarse por su inteligencia... A mí me gustan muchos las mujeres preparadas, es lo primero en que me fijo en una mujer – pero William se lo decía al profesor no a Jessica

Sin embargo para aquel profesor no bastó con ridiculizarla frente a su amado William sino se empeñó en hacerla pasar por una niña floja, sin futuro y sin capacidad para triunfar en la vida durante toda la clase. Hubiera aguantado, mas la intromisión de la chica más popular y aplicada hizo que Jessica reventara

- Es que profesor hay chicas que por mas esfuerzos que hagan solo sirven para empleadas domésticas o para casarse

- ¡Qué hoy es el día de estar dando la guerra a Jessica!

- No grite señorita Kornhauser – la reprendió el profesor de matemáticas

La discusión tomó tales proporciones que la clase por entero olvidó al profesor. Se armaron de palabras, intercambio de señas obscenas y finalmente Jessica tan impulsiva como era estuvo a punto de terminar en golpes con la otra chica, mas Sydney alcanzó a detenerla a tiempo.

- Te ganaré, ocuparé el primer sitio en la estúpida tabla – amenazó Jessica

Quinta semana. Exámenes. Química, español, inglés, matemáticas, física, biología...

- ¿Y cuál es el problema? – Haruka ya empezaba a creer que Jessica estaba un poco loca

- ¡Cuál! ¡Qué saqué diez! La escuela se ha vuelto un infierno

La definición de infierno le quedaba chica. Según las reglas de la famosa Tabla de Inteligencia, las participaciones hacían subir o bajar peldaños en la larga escala. Cada clase era una competencia abierta y cuando William impuso la tan renombrada Tabla, Jessica no pudo evitarlo, fue un impulso del corazón y del orgullo desmedido. Contestaba cada pregunta, se volvió tan participativa y aquel salón se volvió un verdadero campo de guerra. Todos estaban tan apurados en estar en el primer sitio, de superar a fulanito y manganito...

- Bueno éste años todos aprenderán más que matemáticas... – reía la corredora sin entender qué le pasaba a la chica

- ¡Eres tonta o te haces!

Haruka frunció el ceño, ella no tenía la culpa de sus desafortunadas ni era piedra para que la gente descargara sus frustraciones en ella. Dio media vuelta

- ¡Lo siento! – Jessica la detuvo – El problema es que todos los maestros han comenzado a imponer la técnica, yo no puedo controlarme, no puedo detenerlo, debo contestar, debo ser la número uno... Y esto ya es un infierno ¡Infierno!

- Sigo sin entenderte ¿Es acaso que no tienes el primer lugar?

- ¡No! Soy la número uno, pero Haru a mi no me cuesta ningún esfuerzo... Es ilegal lo que hago, yo tengo ya una carrera, una maestría y varios diplomados, es como si tú te pusieras a jugar carreras de autos con un niño de nueve años usando todo tu potencial

- ¿Una maestría?

- Sí, en redes y comunicaciones… Hace cuatro años que terminé mis estudios…

Haruka soltó una sonora carcajada.

- ¿Y qué haces en la preparatoria?

- Acompañaba a Sydney... Y ahora no sé... Syd esta enfada, no me habla... ¡Me odia!

- Habla con ella, te aseguro le encontrará lo divertido – volvió a reír

- Eres imposible, estoy tratado de hablar en serio contigo y solo te ríes

Haruka se quedó sola. Volvió a reír, algo sabía ya sobre su alto coeficiente intelectual, mas creyó que eran patrañas porque Amy en comparación de Jessica era polos opuestos. Volvió a reír. Ella ni por Michiru hubiera repetido la preparatoria, suficiente tuvo con la primera vez.

FIN DEL PRIMER CAPÍTULO... CONTINUARÁ

Notas:

Hola a todos, muchas gracias por sus reviews no esperaba tanta euforia por la segunda parte, les prometo que será muy bueno. Les recuerdo que la proxima semana es el final de Superestrellas y ya hay un nuevo capítulo!!

Hasta pronto niños