Cerré el libro de misterio y lo dejé sobre el escritorio. Me acomodé en la silla y busqué a tientas mi teléfono en el desorden de aquella mesa, llevaba días posponiendo la limpieza. Miré la hora, apenas había pasado la medianoche. Era la primera vez en mucho tiempo que tenía tiempo libre suficiente como para pasarlo leyendo, al menos, desde que recuperé mi cuerpo. Me impulsé para dar una vuelta sobre la silla giratoria, apreciando mi gigante biblioteca. Me sentía tan feliz por estar de vuelta. Cerré los ojos, sin la preocupación de que al día siguiente tuviese que perseguir, luchar o testificar sobre una organización peligrosa.

Pom, pom, pom.

Me había quedado dormido y despertado tras solo un par de minutos por el sonido de fuertes golpes. Me levanté y salí de la biblioteca con un bostezo, identificando su procedencia. ¿A quién se le ocurría aparecer por aquí a una hora como esta? Tras todo lo que había vivido a lo largo de ese año, era imposible no volverse paranoico. Aparté de mi cabeza la idea de que alguno de esos hombres de negro se podría haber escapado de la cárcel, y que lo más probable era que se tratase de un cliente o una visita sorpresa de mis padres.

Me equivocaba. Era ella. La visita nocturna me empezó a parecer interesante de repente.

–Ran... ¿qué haces aquí... tan tarde? –Pregunté, asomando medio cuerpo por la puerta entreabierta.

–Yo... –Se miró los pies, vergonzosa. No me cansaba de verla desde esa perspectiva, ni de las reacciones que mi yo adulto despertaba en ella. En especial, en ese preciso momento, desprendía una inocencia que me derretía.– He tenido una pesadilla. Y he visto que tenías luces encendidas, así que he decidido llamar.

–¿Una pesadilla? Espera, espera... ¿Has venido aquí solo para ver si estaba despierto? –Le pregunté con una risilla. Ran asintió y me miró insegura. Me di cuenta de que estaba un poco encogida y se abrazaba a ella misma. Aunque era primavera, por las noches refrescaba y debía estar pasando frío. Aún así, había venido a buscarme.– Anda tonta, entra.

–¿Estabas leyendo? ¿Te he molestado? –Preguntó mirando a la biblioteca iluminada, mientras le indicaba que viniera conmigo al salón.

–No te preocupes por eso. ¿Tu padre sabes que estás aquí? –Encendí la luz y me tiré en un sofá, mientras ella se sentó recta en el sillón de al lado.

–No. Estaba dormido. –Me tensé más que ella en ese instante, no hizo falta decir nada.– Shinichi, no se va a enterar. Y si lo hace y quiere enfadarse que lo haga conmigo. Ya te dijo que no te odia.

–Vale, perdón. Es solo que me pone nervioso que nos vigile tanto. –Contesté, frotándome la cara. Estaba empezando a sentir el cansancio y las pocas horas de sueño que había tenido en las últimas semanas.

–¿Pues sabes qué? –Dijo Ran, y por el tono que usó supe lo que iba a venir.– Agradezco a mi padre que se preocupe tanto por nosotros. Contamos con su ayuda en caso de que vuelva a ocurrir algo... –Se quedó en silencio, si seguía hablando, su voz se rompería.

–Ven. –Le dije en un susurro, estirando la mano para que la cogiera. Tiré un poco de ella hacia mí, y sin ninguna resistencia se dejó caer en mi pecho. Se acomodó, buscando el hueco de mi cuello para apoyar la cabeza. Yo apoyé mi mentón sobre su pelo, rodeándola con los brazos.

Sentí cómo temblaba. La apreté muy fuerte contra mí, hasta que se tranquilizó.

Podía llegar a entender cómo se sentía, ya que yo mismo era el responsable de todo aquello. Para mí el caso estaba resuelto, la Organización derrotada, la gente que me importaba sana y salva, y había recuperado mi verdadera apariencia. Yo me sentía aliviado de que todo se hubiera acabado, sin embargo, era consciente de que no todos los demás habían vivido la experiencia de la misma forma. Los veía viviendo con las secuelas que yo mismo les había provocado.

No a todo el mundo le había perjudicado, como era el caso de Hattori, que era reconocido en todo el país ahora, o de Haibara, ahora adulta, solicitada para trabajar en los mejores laboratorios del mundo. No estaba siendo así para los chicos de la liga juvenil, que intentaban reubicarse tras haber perdido a dos de sus amigos; ni para Kogoro Mouri, que había empezado a tomarse con seriedad los casos que acababan por frustrarle; ni para el departamento de policías, ni para Jodie, Akai, Agasa, Sera... Ran...

A nadie le cabía duda de que sin la Organización de por medio, ella era mi principal preocupación. Había soportado no saber nada de mí durante meses, aún teniéndome a su lado. Y cada vez que lo había descubierto, me había visto mentirle a la cara. Siempre la mantuve al margen, así que el día en el que Ran descubrió el peligro al que estábamos expuestos, yo ya había acabado con dicho peligro. Que hubiese acabado no hizo que ella se preocupara menos.

Cuando se acercó el irremediable momento de que la verdad saliera a la luz me mentalicé para cualquier reacción de la chica. Me la imaginaba llorando, enfadada, dejándome de dirigir la palabra, rompiendo conmigo. Sabía que Ran era mucho más madura que todo eso, pero la madurez no era capaz de aliviar el dolor ni servía para perdonar las mentiras. Me esperaba genuinamente que acabara con la relación que llevaba toda mi vida esperando tener con ella, y sentía que me lo merecía, por haberme dejado llevar y pedirle que estuviese conmigo cuando yo no podía estar con ella.

Por no mencionar que me esperaba unos cuantos golpes de kárate en cuanto recordase las confesiones que le había hecho a Conan y los baños que habíamos tomado juntos.

Me equivocaba completamente en cuanto a su reacción, pero si algo había aprendido a lo largo de mi vida era que con Ran las deducciones no servían. No me imaginaba que fuese capaz de guardar el silencio tras ver cómo Conan Edogawa se delataba a sí mismo, aunque eso la matara por dentro. Esperó paciente a que yo volviera a ser yo y estuviese preparado para hablar con ella. Hubo lágrimas, todas las que había estado reteniendo durante semanas. Y después vinieron mis explicaciones que ella escuchó paciente, y después las recriminaciones, y después...

Volví a la realidad para comprobar que Ran estaba más calmada. Al igual que yo, estaba perdida en sus pensamientos mientras trazaba dibujos con su dedo índice sobre la piel de mi brazo. Con una de mis manos empecé a jugar con su pelo, masajeándolo levemente, intetando acallar a mi cabeza. Sus palabras de aquel día resonaban y pesaban.

"¿Por qué te tuviste que enfrentar tú solo? … ¡No es justo que te eches tantas responsabilidades encima, Shinichi! … Si te hubiese pasado algo … Te entiendo, pero me duele … Cuando vuelvas a tener un problema cuéntamelo, ¿vale? … ¡Porque estoy enamorada de ti, imbécil! ¡Y aunque me rompas el corazón en mil pedazos, voy a seguir sintiendo lo mismo!"

–¿Te has dormido? –Me preguntó en un susurro.

–Estoy despierto.

–No te duermas por favor. No quiero dormirme.

–¿Por la pesadilla?

–Sí. No es la primera noche que sueño algo así. –Hizo una larga pausa, esperando a que yo dijera algo. Como no lo hice, continuó.– Te tenía en mis brazos. A ti no, a Conan, pero eras tú. Y llegaba esa gente y... justo frente a mí...

–Vamos, Ran, no pienses más en eso. –La corté.– Yo también tengo pesadillas aún, pero es mejor ignorarlas hasta que se vayan. Te lo he dicho muchas veces, ya ha pasado todo.

En realidad dudaba de que aquellas pesadillas desaparecieran algún día. Desde el encuentro con los hombres de negro en el parque de atracciones, todos mis temores se habían manifestado en mis sueños con bastante frecuencia. Aún tenía pesadillas, aunque al contrario que antes, ahora me bastaba despertar para comprobar que no había que temer a nada. Ran había empezado a tener esos sueños recientemente, y esperaba que al menos ella pudiese superarlos algún día.

–Shinichi, –Me llamó, la musicalidad de mi nombre en su boca me pilló desprevenido.– te quiero.

Agarró mi camisa con fuerza en su puño, algo avergonzada. Yo no era quien para recriminarle nada, ya que sentía mis mejillas arder. Claro que no era la primera vez que me lo decía, ni tampoco es que yo no lo hubiese dicho antes. Ran y yo, que llevábamos toda la vida discutiendo, picándonos el uno al otro, cuidándonos sin hacerlo muy evidente, éramos un desastre cuando se trataba de demostrarnos nuestro afecto.

Pero eso estaba cambiando poco a poco.

Miré hacia abajo, sonriéndole. Agarré su rostro con una mano y la acerqué a mí lentamente, observando cómo sus facciones cedían ante mí, relajándose. Nuestros labios se rozaron primero, encontrando un ritmo después. Ran se posicionó en mi regazo, permitiéndome así acercarla más hacia mí y profundizar el beso. Sentía cómo sus manos acariciaban mi nuca, mientras yo exploraba con cuidado las curvas de sus caderas, ambas acciones desencadenando incontables suspiros en el otro.

Era inevitable que nos acabásemos separando para coger aire. Ran entrelazó mi mano con la suya, incorporándose a mi lado en el sofá y apoyando su cabeza en mi hombro. Habría querido que se quedase en mis brazos más tiempo, pero tampoco me importaba demasiado mientras estuviese ahí conmigo.

–No tengo duda. –Dije, mirando al frente. Me daba miedo mirarla por si decidía reirse de mí o algo así. Pero no pude evitar confesarle algo que tenía tan claro.– Quiero pasar el resto de mi vida contigo.

–Shi... Shinichi... –Balbuceó, apretando mi mano. Se quedó en silencio, pero cuando la miré y giré su rostro hacia mí, sentí cómo le ardían las mejillas.

–Si lo cumplo, no creo que a tu padre le importe que te quedes aquí hasta que amaneza... ¿cierto?


Segundo oneshot! No es gran cosa, pero espero que os guste. Últimamente tengo muchas ganas de escribir pero pocas ideas, así que si alguien quiere sugerirme algo, estoy abierta a cualquier trama o idea. Y si no, seguiré pensando. Disfrutadlo!