Lauren Jauregui llegaba finalmente a casa después de un duro, pero satisfactorio, día de trabajo. Dejó su Vespa roja aparcada en la acera, puso el candado en la rueda delantera y se quitó el casco colocándolo alrededor de su brazo.
Quizás no era algo común que una reconocida abogada viajase de un lugar a otro en moto, con trajes de mil dólares y tacones de trescientos, y no en un lujoso coche último modelo; pero ya os lo he dicho, Lauren Jauregui no era común. Y, como punto a su favor, tener una Vespa le ahorraba mucho tiempo de atascos en hora punta.
Todos eran pros, aún no había encontrado algún motivo por el que arrepentirse de haber vendido su Mercedes descapotable para comprar una Vespa roja la Navidad pasada. Fue una gran decisión, estaba completamente segura de ello.
Entró en su edificio, saludó cordialmente al portero con la cabeza, y abordó el ascensor teniendo la mala fortuna de encontrarse con su vecina y su "maravilloso" perro, Douglas. Finalmente, después de casi patear al maldito chucho por gruñirle, Lauren llegó a la puerta de ese loft al norte de Boston. Sacó las llaves de su abrigo azul y las metió lentamente en la cerradura mientras iba revisando el correo de su buzón. Nada interesante, poco más que varias facturas y una postal de su madre que seguía renegando del correo electrónico para comunicarse con ella. Era una mujer tradicional y negada para la tecnología, la postal del horizonte de Portland con el Arrigoni Bridge de fondo así lo demostraba.
Un grito inesperado al abrir la puerta hizo que todo el correo, su casco y su bolso cayeran estrepitosamente al suelo.
—¡Sorpresa! —exclamaron sus dos amigas al unísono haciendo que casi le diese un paro cardíaco.
—¡Felicidades, Lo! —la abrazó Lucy con entusiasmo.
Lauren miró confusa a Veronica por encima del hombro.
—¿Es mi cumpleaños y no lo sabía?
Negó con la cabeza.
—Esta tarde llamé a tu secretaria para preguntar por ti y me dijo que habías ganado ese maldito caso —sonrió mientras Lauren se fue soltando lentamente del fuerte, y casi asfixiante, abrazo de su amiga.
—Estamos muy orgullosa de ti. ¡Eres la mejor abogada de todo Boston! —exclamó tan emocionada como de costumbre— ¿Qué digo de Boston? ¡De toda América! ¡Del mundo! ¡Del Universo!
No pudo contener la risa, Lucy era la única excepción respecto a su odio hacia las personas demasiado efusivas. Al menos hasta entonces.
—Locy, ¿dónde está la tarta? —irrumpió Veronica.
—¿Qué tarta?
—La tarta que Lucy te ha comprado —sonrió para luego fijar su vista, y seriedad, en Lucy— Porque lo has hecho, ¿verdad?
Toda historia consta, además de con los tres elementos de los que os hablé anteriormente, con los adorados y necesarios personajes secundarios. Aquellos que no forman directamente parte de la historia pero sin los que, quizás, no podrían existir los protagonistas.
Veronica y Lucy son dos de los nuestros. Y, para bien o para mal dependiendo del momento, también eran las mejores amigas de Lauren Jauregui.
Las conocía desde hacía años, concretamente desde la universidad, y desde el principio se convirtieron en inseparables.
—¡Claro que lo he hecho! —respondió indignada— Era parte de la operación "Sorpresa a Lauren". Está en casa, se me ha olvidado subirla —se encogió de hombros.
Así era Lucy, despreocupada por naturaleza.
Cuando Lauren la conoció no pudo entender que hacía una chica como ella estudiando ciencias económicas. Su duda se vio despejada cuando no duró más que un semestre. En realidad disfrutaba de la universidad y de su carrera; pero en su mente, mientras el profesor hablaba de estadísticas y normas económicas, solo vagaban constantemente cientos de bailarinas clásicas danzando con tutús rosas.
Por ello, decidió ir en busca de su sueño, se compró un tutú rosa y estudió danza. Hecho que supuso una completa decepción en su familia, pero que al mismo tiempo la convirtió en la mujer más feliz sobre la faz de la tierra.
¿Qué futuro tenía una bailarina? ¿Qué podría conseguir dando saltitos? Eso se preguntaba su madre siempre que iba a visitarla a Cleveland, eso le decía en sus múltiples charlas desesperadas por teléfono en un vano intento de que cambiase de opinión
Pero, había algo con lo que la madre de Lucy no contaba: Lauren.
Después de licenciarse, y ganando todo caso que le ponían sobre su escritorio, decidió invertir en una escuela de danza donde su amiga fue, obviamente, la profesora. Esto le supuso una ganancia de un 200% respecto al dinero invertido, con el que compró precisamente aquel lujoso loft al norte de Boston. Un completo éxito, sin duda.
Porque, si otra cosa caracterizaba a Lauren Jauregui, era que todo cuanto tocaba se convertía inmediatamente en oro.
—Sabía que algo tenía que salir mal —giró los ojos Veronica, suspirando con fuerza. Lucy la observó con una media sonrisa y ella frunció el ceño— ¿Por qué me miras así? No pretenderás que yo vaya a buscarla, ¿verdad?
Veronica Iglesias, a diferencia de Lauren, se especializó en Marketing. Una profesión que, sin duda, le venía como anillo al dedo. Hubiese sido capaz de vender una manta de lana gruesa en pleno desierto del Sahara. Su poder de convicción llegaba a límites insospechados.
Sin ir más lejos, en uno de sus primeros trabajos después de licenciarse, se encargó de ofrecer a los visitantes de un centro comercial una nueva salsa de chili 'Light'. 'Light' pero igual de picante. Su cometido simplemente consistía en acabar con su bandeja para poder disfrutar de aquel maravilloso y soleado día de verano.
Pero, para su desgracia, la gente no estaba cooperando.
El pobre Jimmy jamás olvidaría ese día. Su alergia por el chili realmente era severa pero a Veronica poco le importó y lo convenció de que, al ser Light, no tendría ningún tipo de problema. Jimmy terminó, después de acabar con toda la bandeja, en el hospital con el estómago perforado, ella sin empleo y Lauren ganando uno de sus primeros casos.
Desde ese acontecimiento anecdótico, para todos menos para Jimmy que jamás volvió a confiar en ninguna chica ofreciendo muestras en supermercados, Lauren decidió que su especialidad serían los divorcios, evitando así clientes locas como su amiga, y Veronica entendió que su trabajo como chica de muestras había terminado casi antes de empezar.
—¿Y por qué no bajas tú? ¡Era lo único que debías hacer! —gritó con frustración— Está en la lista. "Comprar la tarta de Lauren y meterla en su nevera". No era muy complicado.
—Sí lo es cuando en la otra mano tienes tres bolsas de la compra y un oso de peluche.
Lauren se quitó su abrigo para sentarse abatida en el sofá; sabía lo que estaba por llegar y después de aquel duro y extraño día necesitaba estar sentada cómodamente para soportarlo.
—¿Un oso de peluche? —preguntó entrecerrando los ojos— ¿Y de dónde mierda sacaste eso?
—Fue un regalo de una alumna —elevó de nuevo los hombros.
Decir que el rostro de Veronica tornó a rojo por la ira, es quedarse corto. Lauren, pensaba que podría salirle humo de las orejas como si fuese una tetera.
—¿Qué alumna? ¿Cuál es su nombre? ¿Dónde vive? —indagó cruzándose de brazos y alzando las cejas— No entiendo porque una alumna tiene que regalarle un oso de peluche a mi novia. ¿Me lo puedes explicar?
—¿Qué tiene de malo? —preguntó soltando una carcajada— ¡Amo los osos de peluche! Soy su profesora favorita, solo fue amable.
—Ya... amable —giró los ojos— Esa lo que quiere es tocar tu oso de peluche. No sé si me entiendes.
—¿Sinceramente? No.
Así pasaban el 80% de su tiempo, discutiendo, por todo, por nada, por cualquier cosa. A veces Lauren pensaba que solo paraban cuando mantenían relaciones sexuales, a veces incluso manteniéndolas discutían. Suele suceder cuando dos personas opuestas son pareja, suele suceder simplemente cuando tienes pareja.
Quizás por eso ella no la tenía. Y ver cada día como matrimonios que se habían jurado amor eterno ponían fin a su promesa simplemente firmando un papel, no le daba muchas esperanzas para creer que las relaciones no terminasen el 90% de las veces en duras y estruendosas rupturas. Pero no quiero desviarme del tema.
Veronica era una controladora incansable empeñada en tener la razón e incapaz de mantener su boca cerrada. Lucy, alguien dulce y espontáneo a quien poco le importaba nada más que bailar y sus sesiones de dulces besos con su chica. Poco tenían en común, pero sí lo más importante: se amaban con locura.
Y, aunque Veronica siempre quería tener el control y jamás cedía ante nada ni nadie, había alguien por quién siempre lo hacía: Lucy,
Por ello, a regañadientes, bajó a su apartamento para finalmente buscar la maldita tarta, dejando así a Lauren con Lucy quien se tiró encima suyo y comenzó a hacerle cosquillas simplemente porque ella era así; una entusiasta incansable.
—¿Por qué tienes el vestido manchado de café? —le preguntó confusa cuando finalmente terminó su guerra de cosquillas.
Lauren frunció el ceño.
—Mejor no preguntes.
No muy lejos de allí, en un pequeño apartamento al noroeste de Boston, otra chica con un entusiasmo desmedido, que casualmente tenía la respuesta a la pregunta de Lucy, reía a carcajadas.
—¡Esto es genial! —gritó mientras recorría con su bicicleta amarilla el diminuto salón.
—¡Ha sido la mejor idea que has tenido en toda tu vida! —respondió su amigo, Harry, mientras la seguía también en bicicleta.
Lámparas, cuadros y demás objetos decorativos iban cayendo tras ellos; poco les importaba, se estaban divirtiendo y una lámpara más o una lámpara menos no era en absoluto un problema en el colorido mundo de Camila Cabello.
Donna dormía plácidamente en su pequeño rincón de la casa, sin ser consciente de que dos que rondaban los veinte años se comportaban como adolescentes de quince. De todas formas no habría estado sorprendida, ya estaba más que acostumbrada a las extrenticidades de su dueña y su fiel compañero de aventuras. Call me maybe de Carly Rae Jepsen amenizaba el grato paseo, por suerte el vecino de abajo era uno de los participantes, de no ser así quizás la policía habría llegado interrumpiendo el feliz momento.
—¡Deberíamos hacer esto más a menudo! —exclamó de nuevo Camila mientras soltaba sus manos del manillar y chocaba con una pobre silla que cayó ruidosamente al suelo— Es bueno para el estrés, tendría que practicarlo todo el mundo en vez de hacer Pilates.
La estabilidad nunca fue la mejor aliada de Harry, y una silla en su camino no era una buena prueba de su valía como ciclista de salón. Tambaleándose, intentó evitar caer al suelo. Intento que lo llevó a frenar. Freno que debió suponer una reacción inmediata de Camila. Reacción que, por supuesto, brilló por su ausencia.
La rueda delantera de ésta rozó la de su amigo, quien sin más resistencia cayó de forma estrepitosa contra el suelo. La bicicleta salió despedida contra una pequeña mesa y, para su fortuna, unos cuantos cojines le sirvieron de improvisado colchón.
Inspiró profundamente y exhaló, sabiéndose a salvo; cuando, del cielo, un ángel cayó sobre él. Bueno, un ángel no, Camila.
Ambos rostros se observaron tras unos cuantos quejidos, y una risa conjunta estalló sin poder evitarlo. Entre ellos jamás había dolor, solo existía la felicidad. Así se tratase de un momento inapropiado, jamás dejaban de sonreír.
Camila dejó que su cuerpo rodase, como si se encontrase en un prado verde de Escocia, y se puso boca arriba a un lado de Harry. Ambos observaron hacia el techo sin decir una sola palabra, disfrutando de un descanso tras tan dura tarea deportiva.
Con sutileza extendió su brazo hasta la pequeña mesa a su derecha y se hizo con su Polaroid. De inmediato, fotografío a Harry quien quedó completamente cegado por el flash.
—¡Mila! —gritó frotándolos intensamente hasta abrirlos y ver como una hoja de papel apareció delante de ellos— ¿Qué es esto? ¿Una lista? —preguntó, sujetándola y buscando la mirada de su amiga— ¿Desde cuándo te marcas pautas para hacer las cosas?
—No sé... —elevó los hombros, sin dejar de mirar al techo, aún agitada por la pequeña carrera— Esta mañana estaba en una cafetería del centro, y se me ocurrió apuntarlo todo. Siempre he querido hacer cosas que al final voy dejando, y ya sabes lo que dicen: "Año nuevo, vida nueva."
—¿Has ido a una cafetería del centro y no me has invitado? —abrió la boca indignado, sentándose rápidamente— ¡No me lo puedo creer! ¿Así es como te comportas con tu mejor amigo y vecino? Mal... muy mal Camila Cabello. Estoy muy decepcionado.
—Eres tan dramático...
—¡Sabes cómo amo el centro! —pegó un gritito excéntrico— ¡Podríamos haber ido de compras! A lo Pretty Woman. Yo, por supuesto, sería Julia Robert.
—No me cabe la menor duda.
Camila adoraba a Harry, su simpleza y su carisma lo hacían el mejor amigo que una chica recién llegada a Boston podía desear. Ya llevaba seis meses allí, por lo
que no era una recién llegada, sin embargo Harry sí seguía siendo su mejor amigo/vecino.
La entendía, la dejaba ser ella misma y, lo más importante, jamás la juzgaba.
Esto convierte inmediatamente a Harry en otro de los protagonistas secundarios de nuestra historia y, también, en elemento principal de una serie de acontecimientos casuales que llevaron a que esta historia hoy esté siendo contada.
Aunque este hecho no es el asunto que ahora nos concierne.
—Fue algo espontáneo... ya sabes como soy —respondió ante la mirada acusatoria de Harry— Terminé de resolver unos asuntos personales y pasé por la cafetería, me apeteció un chocolate caliente y...
—Espera, espera —la interrumpió alzando la mano— ¿Qué asuntos personales y por qué no me lo has contado? ¿Qué me estás ocultando? ¿Otra vez tienes problemas de dinero?
—¿Eres mi madre ahora, Harry? —frunció el ceño— ¡Solo eran unos trámites! Ya sabes... simples trámites rutinarios. Además, fui con Donna, ella me acompañó.
—Es tan alentador que me elijas por debajo de un apestoso hurón —refunfuñó entre dientes.
—¿Qué has dicho?
—¡Qué tenía que hacerme un chequeo en el hospital que hay en el centro! —mintió para evitar una muy probable pelea sobre ese insulto hacia su adorada Donna— Podríamos haber ido juntos, no me gusta ir solo. Sabes que tengo pánico a las agujas...
Camila tomó su mano, mirándolo con una cálida sonrisa.
—No te preocupes, cuando vayas estaré encantada de acompañarte. ¿De acuerdo?
Al norte de Boston, otra conversación sobre consultas médicas acompañaba la velada.
—Y entonces el médico me dijo: "Vero, si sigues manteniendo relaciones sexuales diarias jamás se curarán las llagas de tus dedos". A lo que yo respondí…
—¿Es necesario hablar de esto mientras comemos pastel? —preguntó Lauren, elevando su vista del plato— Pastel que, por cierto, dice "Felicidades Loren" —alzó la vista frunciendo el ceño— ¿Loren?
—Se quedaron sin a de chocolate en la pastelería, por lo que la remplazara, ya sabes. —respondió Lucy con la boca llena— Si lo escuchas y no lo lees, suena de la misma manera.
Elevó las cejas y jugó con su cuchara.
—Valoro tanto el esfuerzo que habéis hecho en la operación "Sorpresa a Loren" —ironizó.
Lucy sin prestar atención tomó otro trozo de tarta —Podrías cambiarte el nombre, creo que Loren tiene mucha personalidad.
Veronica, muy acertadamente, intervino en el posible estallido de la ahora recién nombrada "Loren".
—Bueno... cuéntanos de tu juicio —la señaló con el tenedor— ¿Y podrías hacerme el favor de cambiar la música? Los quejidos de este hombre depresivo me están quitando el apetito.
—No es un hombre depresivo, es Ben Howard, y Soldiers es una de sus mejores canciones —le corrigió sin mirarla— Y no sé qué queréis que os cuente… si después me decís que soy una obsesiva del trabajo y que solo sé hablar de eso —siguió moviendo la tarta en su plato— Además, fue igual a todos los juicios que tengo.
—¿Hubo sangre? —preguntó Lucy, de repente interesada.
—No.
—¿Gritos? —indagó esta vez Veronica.
—Tampoco.
—¿Entró una mujer embarazada diciéndole al acusado que se hiciese cargo del hijo que estaba por parir?
Lauren entrecerró los ojos mirando fijamente a Lucy.
—No… ¿a qué clase de juicios habéis ido vosotras?
—A ninguno —Veronica se encogió de hombros, dándole un sorbo a su zumo— Pero en la televisión siempre ponen esa... —titubeó en el pensamiento— No recuerdo ahora mismo como se llama. Es esa serie de persecuciones policiales con una abogada rubia vestida medio puta.
—Siempre hay rubias medio putas en las series —acotó Lucy.
—Bueno, pues en esa que te digo ocurren cosas similares —se dio por vencida— El capítulo pasado fue genial —miró a Lauren— Deberías verla, es increíble, podría darte ideas de cómo actuar ante el juez.
—Por supuesto… —afirmó girando los ojos— Es una serie muy realista.
—¡Claro que es realista! —exclamó Camila indignada— Hay un juicio y un acusado que después pasa a ser prófugo. Una persecución, coches volcados, fuego, llamas —enumeró con los dedos— ¡Como cualquier juicio criminal!
Harry la miró alzando una ceja, descreído.
—Sí, por supuesto. Todos los juicios suelen ser de ese tipo —le siguió la corriente.
Porque a veces a Camila Cabello era necesario decirle que sí simplemente para evitar dos horas de intensos argumentos sobre algo que sin duda no era del todo cierto, o nada cierto, pero de lo que ella estaba completamente convencida de que sí lo era.
—Bueno, ¿y me puedes explicar mejor en que consiste tu lista? ¿Y por qué pone 30 cosas que hacer antes del 30 si solo hay 29?
Camila se sentó en la encimera de su cocina mientras bebía tranquilamente su infusión de menta poleo, su preferida, en su taza con forma de oso polar que le habían regalado sus padres por su cumpleaños.
—Se me perdería la treinta, no sé —se encogió de hombros, despreocupada— Y consiste simplemente en cosas que siempre he querido hacer y que nunca hice. Ya sabes, estoy cansada de dejar pasar el tiempo —elevó la vista— Deberías hacer una. Si vas a la cafetería donde yo hice la mía, tráele esas galletas a Donna... realmente te lo agradecería, son sus preferidas.
—Si sigues atiborrando a Donna de esas porquerías en vez de un hurón parecerá una morsa —un golpe borró la sonrisa de su cara— ¡Aush!
—¡Suerte que está durmiendo! —lo miró fulminantemente señalándolo con el dedo— No le gustaría escuchar que la has llamado hurón obesa. ¿Qué quieres? ¿Qué sufra una enfermedad alimenticia por tu culpa?
Si había algo por lo que Camila era capaz de cambiar su estado habitual de loca pacífica inofensiva, era por Donna. Cuando alguien osaba insultarla cambiaba inmediatamente a loca desquiciada con instintos sicópatas.
Harry lo sabía, a veces lo olvidaba, y el moretón en su hombro fue su condena.
—Entonces... —dijo acariciándose la zona golpeada— Además de hacer trámites sin avisarme y visitar el centro sin contar conmigo. ¿Algo interesante en tu día? —dio un sorbo a su café.
—Conocí a alguien y... —humedeció los labios jugando con sus pies en el aire— La besé.
Harry escupió el café con torpeza y rápidamente secó sus labios
— ¿Cómo?
—Choqué con una chica, hablé con ella y la besé. Así de sencillo, algo común. —explicó sin demasiados detalles.
—¿Algo común? —enarcó una ceja— ¡No es algo común! Tardé diez citas en dar mi primer beso a Louis, y tú... ¿has besado a alguien así? ¿Sin más?
—¡Estaba en mi lista! —intentó justificarse— Y además quería hacerlo. Realmente deseaba besarla. Es... es la mujer más hermosa que he conocido en mi vida —suspiró cerrando los párpados hasta escuchar el carraspeo de Harry— Sí, sé que digo eso de casi todas las mujeres que pasan por ella. ¡Pero ésta lo es!
Él asintió, no muy convencido de que esta afirmación fuese del todo cierta.
—¿Y ella qué hizo? Quedaría sorprendida, imagino.
—No lo sé. Salí corriendo —prosiguió rápidamente antes de una posible intervención— Luego volví, porque recordé que había olvidado a Donna, además tenía el lápiz de Marley... y la vi, ahí, sin moverse. Me acerqué y le dije mi nombre —suspiró en el recuerdo— Aunque no me dio tiempo de escuchar el suyo.
—¡Planeta real llamando a Abogalandia! —le dijo Veronica pasando la mano por su rostro.
Lauren quitó la vista del punto perdido en la pared al que llevaba al menos diez minutos mirando.
—Ese país no existe... —murmuró entre dientes.
—Dios. Hacerte bromas es tan frustrante...
—¿En qué piensas? —preguntó Lucy con interés— No has tocado aún tu pastel. ¿No te gusta?
—No, no —respondió con rapidez ante la evidente tristeza de su amiga— Quiero decir, tiene muy buena pinta solo... solo estaba pensando.
Veronica metió un nuevo trozo de pastel en su boca, al parecer no había perdido el apetito, por mucha música deprimente que "amenizara" la velada.
—¿En qué?
—Esta mañana me... me pasó algo muy extraño —titubeó jugando con el anillo en su mano— Una chica... me besó.
—¿Cómo? —exclamaron ambas al unísono.
—¿Una acusada? —preguntó Veronica sin salir de su asombro y con la boca completamente llena de merengue— No me digas que has besado a una jueza para ganar un caso. ¡Pero que zorra!
Lauren frunció el ceño.
—¡Claro que no! —exclamó indignada— Conozco a más gente además de acusados, abogados y jueces, ¿eh?
—Eso lo pondría en tela de juicio mi querida abogada... —bromeó Lucy.
—¡No ha lugar! —gritó Veronica interrumpiendo el alegato de Lauren— Cuéntamelo todo, con detalle. Ahora.
Ella suspiró, odiaba tener que contar historias, odiaba tener que hablar de sí misma, odiaba tener que compartir historias de sí misma con sus amigas porque era un hecho más que conocido que siempre terminaban bromeando sobre ello.
Eran buenas amigas, eran buenas personas, pero hablar seriamente con ellas era algo bastante imposible.
—No hay mucho que contar —mordió su labio inferior— Fui a tomarme un café antes del juicio, me tropecé con alguien, estropeó mi Armani y después de veinte minutos haciéndome preguntas indiscretas sobre mí y mi vida, simplemente me besó —extendió las palmas de las manos aún sin poder creérselo— Así, sin más.
—¿Cronometraste la conversación?
—Ese no es el punto aquí, Lucy —la interrumpió Veronica— ¿Fue un beso con lengua?
—"Sí" a la primera pregunta. "Que te importa" a la segunda —respondió con dureza.
Veronica asintió como si ahora ella fuese la dura abogada. A veces Lauren pensaba que habría sido incluso mejor que ella.
—Conociéndote, sabía que no contestarías a mi pregunta así que preparé otra —sonrió satisfecha de sí misma— ¿Te gustó?
—No tuve mucho tiempo para darme cuenta de lo que había pasado —bajó la vista hasta su trozo de pastel revuelto en el plato— Fue corto. Salió corriendo por la puerta, literalmente. Y después volvió.
—¿A besarte de nuevo? —Veronica abrió los ojos ampliamente.
Lucy puso su rostro sobre las manos y la miró con una soñadora sonrisa.— ¡Qué romántico!
—¿Besaste a una mujer sin saber su nombre? ¿Quién demonios te poseyó, Lauren Jauregui? —prosiguió en su sorpresa por este acto nada común ni cotidiano— No te habrían drogado en el juzgado, ¿verdad? ¿Estás segura de que estabas despierta? Llevas varias noches sin dormir y...
—¡Claro que estaba despierta! —suspiró exasperada— Y sí supe su nombre… luego. ¿Por qué os sorprende tanto que una chica desconocida me haya besado?
—¡Porque hace una década que no te besa nadie!
—¿Qué es una década?
Veronica la miro en silencio durante unos segundos —Lucy, ahora no es el momento.
—No hace una década, a lo sumo hará ocho meses —corrigió Lauren comenzando a estar molesta por tantas preguntas— ¿Y qué? ¿Es malo? ¿Tengo que acostarme todos los días con alguien diferente porque si no soy una aburrida?
—¿Cuánto hace que no tienes relaciones carnales? —giró la vista hacia Lucy —Carnales es sexuales... antes de que preguntes.
—No iba a preguntar, solo quería decir que está diluviando —respondió levantándose de la mesa y acercándose hasta la ventana.
Veronica observó primero el trasero perfecto de su novia y luego fijó la vista de nuevo en su víctima, dejándole claro que no se conformaría esta vez con una falta de respuesta.
—Quizás nueve o diez meses. No llevo la cuenta. ¿Qué más te da? ¿Acaso yo te pregunto cuándo las mantienes tú?
—¡Hoy! Antes de que llegaras —respondió con una amplia sonrisa fruto del maravilloso recuerdo.
Ambas se observaron en silencio, como esos vaqueros de las películas del Oeste que tanto le gustaban a Lucy. Solo faltaba que en sus cartucheras hubiese un revolver y que una gran bola de paja rodase por la alfombra del salón que Lauren había comprado en una subasta benéfica para los niños con fibrosis quística.
—Chicas... — interrumpió Lucy la lucha de poder visual.
—¿Qué? —respondieron ambas al unísono.
—Creo que está granizando.
—Estás de broma, ¿no? —Veronica se levantó rápidamente acercándose hasta el gran ventanal del salón— ¡El jodido repartidor no vendrá a traer las pizzas como siga lloviendo así!
—¿También queréis pedir pizzas? —preguntó Lauren frunciendo el ceño sin levantarse de su asiento— ¡Os acabáis de comer un pastel entero!
—Cuando tengas relaciones sexuales diarias, entenderás que abre el apetito —giró hacia ella— Tienes que ir a por las pizzas —Lauren la miró alzando las cejas y ella se encogió de hombros— El tráfico es horrible cuando llueve y tú tienes esa moto por la que vendiste tu maravilloso coche, cosa que aún no entiendo, pero ahora parece sernos de utilidad. Debes ir tú.
—¡Oh! Hay un pajarito mojándose —acotó Lucy con tristeza.
—No iré a ningún sitio, y menos con esta lluvia —respondió tajantemente— Si quieres comer pizza ve tú.
Os he hablado del poder de convicción de Veronica Iglesias, ¿verdad?
Si consiguió que el pobre Jimmy comiera chili siendo alérgico, no supuso ningún tipo de dificultad para ella lograr que Lauren fuese en moto diluviando hasta la pizzería mientras ella mantenía relaciones sexuales con Lucy en su sofá. Aunque por supuesto este hecho jamás fue conocido.
—Maldita Veronica —refunfuñó al salir con las dos cajas de pizzas familiares en la mano, colocándose con dificultad el gorro de su impermeable— Ojalá nunca se curen tus llagas. Zorra.
Corrió hasta la moto aparcada en la acera intentando refugiarse, sin mucho éxito, de esa lluvia atronadora que azotaba las calles de Boston.
Si había algo que Lauren Jauregui, odiase más que las ancianas que ralentizaban las colas en los supermercados, que el perro meón de su vecina y que la gente demasiado efusiva, eso era sin duda la lluvia.
Murmurando improperios que no repetiré por si hay menores delante, guardó las pizzas en el pequeño maletero de su moto e intentó colocarse mejor el impermeable que de poco le estaba sirviendo. Mil dólares gastados en un vestido para después ser manchado por café y sufrir el diluvio universal en su delicada tela italiana.
Una compra inútil, eso había sido, al igual que la maldita moto culpable de que ahora estuviese empapada y no en el calor de su apartamento.
Hay una ley universal, quizás no postulada por ningún matemático o físico pero sí por mí: Cuando las cosas van mal, siempre pueden ir a peor.
Constancia de este hecho es que, sin tener tiempo de reaccionar, Lauren Jauregui estuviese un segundo después tirada en un charco fruto de un choque fortuito con alguien que, al parecer, o era ciego o estaba demasiado ensimismado para ver a una chica en mitad de la calle con un impermeable amarillo.
O, quizás, simplemente porque este alguien era, nada más y nada menos, que Camila Cabello.
—¡Oh dios mío! —exclamó rápidamente al sentir el golpe— Venía bailando y cantando. No la vi... disculpe la torpeza señori...
—¿Tú? —interrumpió Lauren alzando la vista, aún en el charco con el culo completamente manchado de barro.
—¡La delincuente abogada! —soltó su peculiar sonora carcajada— ¿Qué haces ahí tirada en el suelo? Levántate, te vas a mojar más. —le tendió su mano.
Lauren frunció el ceño y la tomó refunfuñando entre dientes.
—Siempre había querido nadar en un charco y empaparme un día de lluvia.
—¿En serio? ¡Yo también! —exclamó la loca del café ahora también empujadora hacia charcos— Es sorprendente que tengamos los mismos sueños. Por cierto, soy Camila.
—Sí, eso ya me lo dijiste —giró los ojos.
—¿Cuándo? ¿Ahora?
Lauren suspiró pesadamente, esa chica sin duda la sacaba de sus casillas.
—Olvídalo.
—¿Qué haces a estas horas corriendo por la calle? —preguntó metiendo las manos en los bolsillos de su impermeable rosa chicle— No es que sea muy tarde, pero no es algo común. Aunque he leído en una revista de la peluquería que correr bajo la lluvia purifica la piel —sonrió ampliamente— ¿Tú también lo has leído? ¿Por eso lo haces?
—No estaba corriendo, he venido a la pizzería —respondió colocándose bien, de nuevo, el impermeable y sacudiendo, inútilmente, su vestido.
—¿Eres repartidora? ¿Trabajas aquí en tus ratos libres? Mi preferida es la especial vegana, pero sin champiñones —sonrió— Gracias.
—No, no soy repartidora —alzó la cabeza, dándose por vencida en su tarea de recomponer el vestido— He venido a por unas pizzas para mis amigas. Y por cierto, debería irme —se apresuró— Si dejo mucho tiempo a Veronica sola con mi frigorífico se come hasta los cubitos de hielo. Literalmente.
Camila no comprendió que aquello era una despedida y continuó con su cuestionario.
—¿Quién es Veronica? ¿Tu mascota?
—Eh... no. Es una de mis amigas.
—¿Y dónde están las pizzas?
Lauren no comprendía porque aquella desconocida siempre le hacía tantas preguntas. Quizás trabajaba para el FBI o para la CIA. Quizás simplemente era una entrometida. Y sí, Lauren Jauregui también odiaba a las entrometidas. En realidad, ¿qué no odiaba Lauren Jauregui?
—En la moto —respondió finalmente tras un breve silencio— Realmente tengo que irme. Ha sido un placer volver a encontrarme contigo. Espero que si hay una próxima sea menos accidentada.
—¿Tienes una moto? —gritó efusiva, mirando a cada lado de la calle— ¿Es ésta? —se acercó observándola como si se tratase de una nave espacial— ¡No puedo creer que tengas una Vespa! ¡Y roja!
—Me la compré hace un año, así evito atascos —comentó sin darle mucha importancia— Aunque por su culpa he tenido que salir con este día de lluvia.
—No hables así de Otom —frunció el ceño, sin apartar la vista de la moto y acariciándola como si se tratase de un caballo— Considero que es adorable.
—¿Otom? ¿Quién demonios es Otom?
—¡Tu moto! —exclamó triunfante— ¿O ya tiene nombre?
—No, no tiene. No suelo ponerle nombres a los objetos inanimados.
—Mal hecho —alzó la vista mirándola fijamente— ¿Sabes que más allá de ser objetos inanimados, como tú los llamas, también tienen sentimientos?
—No voy a discutirlo contigo, no creo que sea necesario hacerlo cuando llueve de esta forma —respondió cobijándose en su impermeable.
—No es discutir... es razonar —le dijo acercándose hacia ella.
Lauren se echó un poco hacia atrás, realmente aquella chica le daba algo de terror.
—¿Alguna vez te has puesto a pensar en la pobre Otom? Ella también se moja, como tú. Carga con tu peso todos los días. ¿Y qué? ¿Acaso se queja? —abrió los ojos dramáticamente— ¡No! Este objeto inanimado, tiene un motor que sería como su corazoncito... no me extrañaría que se rompiese a medio camino por el dolor que le has causado.
Lauren se quedó en silencio, completamente estupefacta, sabiendo ya con certeza, por si le quedaba algún tipo de duda, que Camila no estaba muy bien de la cabeza.
—Así mismo me quedaría yo —sentenció satisfecha ante su mutismo— Y de paso revisaría el líquido de frenos.
—Realmente... eres una chica extraña.
Camila, sin haber oído la reflexión de Lauren y sin decir ni una sola palabra como despedida, se dispuso a seguir con su camino bajo la lluvia sin paraguas. Empapada hasta los huesos pero sin borrar su sonrisa.
Una cosa menos en su lista, un momento más para recordar con esa Polaroid.
Dio un pequeño saltito sobre un charco sintiéndose como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia y giró sobre sí misma agarrada a una farola.
Lauren, tal vez debido al estado febril que una posible gripe le estaba causando o simplemente hipnotizada por la energía y despreocupación de Camila, se dejó llevar y gritó sin saber muy bien el motivo.
—¡Hey! ¡Espera! —corrió hasta ella. Camila paró en seco y se giró— ¿Vas a caminar así? ¿Con esta lluvia? ¿Sin paraguas?
—¡Esa es la idea! —exclamó felizmente— El agua purifica... ¿Recuerdas lo que te acabo de explicar de la revista? —no obtuvo respuesta y frunció el ceño— La revista de la peluquería...
—Sí, sí. Lo recuerdo —la interrumpió saliendo de su ensimismamiento— Pero vas a coger un catarro. Ven, te llevo —dijo caminando hacia la moto— Tengo otro casco detrás.
Camila no movió ni un músculo y la observó horrorizada.
—¿Quieres secuestrarme?
—¿Qué? —preguntó girándose— ¡Claro que no! Solo... solo no quería que caminases bajo esta lluvia —la otra chica no dejó de observarla con sospecha— Pero si no confías en mí, no pasa nada. Camina, mójate, purifícate.
Lentamente y sin dejar de observar a Lauren se acercó hacia la moto y otra vez la acarició con devoción.
—No sé si Otom podrá soportar el peso de las dos.
—Otom puede con mi prima Molly de 120 kilos, no habrá ningún problema. —soltó una leve carcajada.
Camila dejó de observarla y se arrimó aún más a la Vespa.
—¿Otom? —susurró— ¿Estás de acuerdo con que viaje sobre ti?
¿Realmente estaba hablando con una moto? ¿Estaba acariciándola como a un pequeño perrito abandonado? ¿Estaba consultándole si podía viajar sobre ella? No podía ser, quizás Veronica tenía razón y esa chica solo era fruto de su falta de sueño, como el fantasma de las Navidades pasadas que llegó al señor Scrooge en Cuento de Navidad. Ella tenía ciertas similitudes con Scrooge, quizás aún estaba dormida y todo eso no había sido nada más que una simple pesadilla. Aunque, por el dolor que sentía en su trasero después de la caída, debía ser una pesadilla muy real.
—¡Estaríamos encantados de que me llevaras! —exclamó finalmente, dando un saltito de alegría y volviendo, de nuevo, a sobresaltarla por su efusividad.
Había personas extrañas, personas muy extrañas y luego, a años luz, estaba Camila Cabello.
No quiero aburriros y mi ansiedad por contaros como sigue esta historia a veces me juega una mala pasada, por lo tanto simplemente diré: 10 minutos más tarde...
—¿Te estoy apretando mucho? —preguntó Camila, aferrada al impermeable de Lauren.
—No, no. Estoy bien.
No era cierto, la estaba asfixiando. Los dos único trozos que había probado del pastel, obligada por Lucy antes de salir para que no le diese una bajada de azúcar, le estaban provocando nauseas; pero no le dijo nada, no sabía muy bien porqué pero le era reconfortante sentir un cuerpo atrás suyo en esa moto, para variar.
Al menos había dejado de llover.
Solo unas leves gotas caían tímidamente después del gran diluvio universal que había sido testigo de su segundo, y también accidentado, encuentro.
—¿Por dónde tengo que tirar ahora? —consultó girando levemente la vista, paradas en un semáforo.
—Por la izquierda... ¡No! Por la derecha —rectificó de un grito que casi la deja sorda a pesar de llevar el caso— Sí, sí, sí... a la derecha.
Lauren miró el semáforo que finalmente estaba en verde.
—¿Segura?
—Sí. Solo que este casco... —intentó colocárselo debidamente pero volvió a caerse hacia delante tapándole los ojos— Me queda algo grande y no me deja ver bien… ¡Derecha! —gritó de nuevo señalando con el dedo.
—¡Te he oído! Estaba esperando para poder girar. Existen unas normas de circulación, ¿sabes?
—¿En serio? ¿Las motos también tienen normas? —preguntó sorprendida, levantando de nuevo el casco que ya prácticamente le tapaba toda la cara— Nunca había montado en una. ¡Es mi primera vez! —exclamó entusiasmada pegando un pequeño saltito en el asiento— ¿Cómo haces para mantener el equilibrio? ¿Me enseñas a andar en Otom?
—Otro día. Otom está algo cansada.
Camila asintió en el entendimiento
—Pobrecita... deben pesarle las pizzas.
—Sí... debe ser eso —rió para sí misma.
Había algo extraño en esa risa, no porque tuviese una carcajada estridente como la de Camila, sino por qué Lauren Jauregui no reía fácilmente. Solo Lucy conseguía sacarle una sonrisa de vez en cuando, y era más por lo ridículo de sus cuestionamientos y reflexiones que por otra cosa. Sin embargo, esa desconocida que le había destrozado su traje de Armani, dos veces, había conseguido hacerle reír, también dos veces.
Todo un logro, creedme.
—¡Es aquí! —exclamó señalando de nuevo— ¡El edifico con ventanas azules!
Lauren fue parando lentamente y aparcó cerca de la acera, quitándose el casco y bajando rápidamente para ayudarle. Podía no ser la persona más divertida de la faz de la tierra pero, sin duda, era muy atenta.
Ambas se quedaron en silencio y Camila le tendió el casco con una inmensa sonrisa.
—Bueno... pues sana y salva —anunció Lauren triunfante, como si aquel camino en vez de una carretera de Boston hubiese sido una selva llena de minas anti-personas— Te aconsejo que te seques rápido si no quieres que...
No pudo terminar su frase. Una vez más, unos labios estaban estampados inesperadamente contra los suyos. Esta vez de una forma más dulce que la de aquella mañana, sin embargo, igualmente rápida y casi imperceptible.
O al menos, para Lauren Jauregui, el beso había sido quizás demasiado efímero y fugaz.
—Gracias por cuidar de mí —le susurró apartándose, sin borrar la sonrisa.
Y, como siempre, se fue sin más. Dejando, también como siempre, a una Lauren completamente descolocada e inmóvil.
Después de algunos segundos o quizás minutos, lentamente, giró sobre sí misma para ver si la causante de su petrificación seguía ahí. Ni rastro de la chica, se había esfumado. Otra vez.
Tocó sus labios con delicadeza, quizás para convencerse de que Camila no era "El fantasma de los besos robados en Navidad" o una aparición fruto de sus noches en vela preparando aquel maldito, pera ya ganado, caso. Y, sin saber por qué, sonrió.
Se montó en su moto, se puso el casco y, mirando una vez más a aquel viejo edificio marrón de ventanas azules, se dirigió hacia su apartamento donde la esperarían unas hambrientas amigas practicando relaciones sexuales sobre su encimera.
En el segundo piso de éste, Camila Cabello abrió la puerta, colgó su empapado impermeable rosa en el perchero y sacó aquel arrugado papel de pedidos de su bolsillo tachando dos nuevos puntos.
Aquella desconocida, de la cual no sabía ni siquiera el nombre, había cumplido en un solo día, sin saberlo, tres de las cuatro cosas que había borrado de su lista.
17. Caminar bajo la lluvia sin paraguas sin importar si me mojo. Hecho
2. Montar en una Vespa roja. Hecho
