Hola

Saoran, ¡muchas, muchas gracias! ¡No sabes como me anima ese comentario! Casi me convence de que no escribo tan mal :)

Jooo, me he emocionado y todo... Con eso de que escribo bien, y que buscas mis actualizaciones (Adu enrojece hasta las orejas. Toy feliz)

Y, ejem... Lo de dejar las historias en un punto interesante... Ejem... Si, es cierto, procuro hacerlo siempre que puedo jajaja. Si no, ¿qué motivo tendríais para seguir leyendo? Jajaja.

Pero tranquila, ahora sabrás que pasa. Aunque no sabrás lo que pasa con... Bueno, mejor sigue leyendo :)

Arthemisa, a mi también me gusta la parejita. Son tan… monos. Y a partir de ahora los capis van un poco más rápido (creo), pero es que me hacía falta, no sé, como recordar toda la historia un poco. Para ir entrando en ambiente, y eso...

Y como soy buena amiga, ahí va el segundo capítulo. El tercero tardará un poco más, pero no mucho. Supongo que la cosa empezará a atascarse a partir del tercero o cuarto cuando... Ups... Casi lo digo jajaja. Naaa, como siempre tendréis que esperar a ver. Y he mirado, y aún no has puesto el siguiente capítulo de "La pluma encadenada". A ver si lo leo antes de irme a la cama!!

Vale. Este capítulo requiere alguna aclaración. Quizá a alguien le moleste o le parezca incómoda o algo la historia que cuenta Leo. Pero con este tipo de cosas, pensad siempre que NO son humanos. Son vampiros. Y para mi que nuestras convenciones humanas, bueno, como que les traen sin cuidado. Y también creo que nuestras reacciones ante ellos tienen que ser, no sé, como descontroladas. Es que son tan… ay… tan... Bueno, ya me entendéis, que son muy sexys, ¿no? (Si, lo sé, yo siempre defendiendo a mis personajes. Pero es que los quiero mucho)

Y al final del capítulo, hay algo de... ejem… "asunto", pero es muy poca cosa, creo que no es necesario cambiar el rating todavía. Aún así lo aviso, por si las almas sensibles. :)

Capítulo 1. LEONARDO. Malentendidos

Nadya salió tan rápido tras mi sugerencia, que a pesar de lo mucho que se molestan en disimular sus conversaciones privadas, no tuve ninguna duda de que Lyosha se lo había pedido antes que yo. Mientras esperábamos a que se alejara, no supe si sentirme confortado o entristecido. Tanto mi hermano como ella saben lo mucho que envidio la intimidad de su conexión mental, y aunque les agradezco que intenten que yo no los descubra cuando se comunican de ese modo, me hace sentir culpable. Y estúpido. Casi tanto como parece estar sintiéndose Árvidas en este mismo momento. Cuando llegó hasta nuestros oídos el sonido de la puerta trasera de la mansión cerrándose tras de Nadya, Lyosha lo animó a continuar.

"¿Cómo te rechazó?"

Árvidas suspiró, con gesto cansado.

"Intentó abofetearme, me insultó, y me echó a gritos, y empujones de su cuarto. Histérica", terminó sacudiendo la mano frente a su cara, como si intentara borrar sus recuerdos.

Eso no tiene ningún sentido. Hay que estar ciego para no darse cuenta de que esos dos acabarán juntos. Reconozco que lo mucho que están tardando está empezando a agotar mi escasa paciencia, pero supuse que tendría algo que ver con el apagado ánimo de Cora tras la muerte de su hermano, y casi me pareció normal. Casi. Pero esto es lo último que esperaba oír. Aunque quizá... Una idea fue abriéndose paso en mi mente al recordar cierta reacción de Nadya poco antes de convertirse en mi compañera. Su desconocimiento de nuestra forma de vida, unido al hecho de que aún se siente en ocasiones demasiado humana y conserva muchos de los prejuicios de los mortales, nos había conducido a un malentendido absurdo. Y también había concluido con su intento de abofetearnos a mi hermano y a mí. Quizá algo parecido había sucedido en esta ocasión. Lyosha miró en mi dirección unos segundos, antes de asentir.

"Quizá tengas razón", susurró, mientras consideraba mis pensamientos.

Árvidas nos miró con abierta curiosidad, expectante.

"Si tenéis alguna idea por absurda que parezca, estoy dispuesto a escucharla. Jamás me había sucedido algo así"

Mi hermano pensó por un instante, meditando sus palabras antes de ponerlas en voz alta, mientras Árvidas y yo esperábamos a que hablara. Yo mismo podía habérselo dicho, pero prefiero que sea Lyosha quien se dirija él. Mi sensato hermano mide mucho lo que dice, y de seguro no le ofenderá con su explicación. Algo que yo no puedo garantizar. Mi lengua es mucho más rápida que yo.

"Ninguno de los presentes es capaz de recordar los tiempos en los que aún se sentía demasiado humano a pesar de la transformación. Llevamos demasiados siglos a las espaldas como para recordar que en algún momento fuimos algo distinto a lo que ahora somos. En ocasiones hasta dudo que haya sido mortal alguna vez. Casi lo habría olvidado, de no ser porque tengo el dolor de la transformación grabado a fuego en mi cerebro".

Asentí. A mi me ocurre exactamente lo mismo. Y aunque Árvidas es bastante menos antiguo que nosotros, sus años son más que suficientes para que haya olvidado que alguna vez perteneció a otra especie.

Lyosha continuó hablando en apenas un susurro.

"Sin embargo, Cora apenas lleva unos días siendo uno de los nuestros. Y si alguien sabe lo que eso puede significar, ese soy yo. Y después de mi, Leo. Yo transformé a Nadya hace menos de un año. Y si a ella todavía le cuesta deshacerse de su pátina humana algunas veces, imagina lo que será para Cora"

Árvidas le mira sin comprender, y aunque yo ya sé a donde quiere llegar mi hermano, también sé que por ese camino tan sutil no lo va a conseguir.

"Lo que mi hermano quiere decir, amigo, es que quizá fuiste demasiado imaginativo en tus sugerencias. Ya sabes lo reprimidos que los humanos pueden llegar a ser"

El compuso una expresión de perfecto rechazo.

"Ya he yacido con hembras humanas antes, Leo. Sé perfectamente lo limitadas que son. No. Esa no pudo ser la causa de su enfado. Por todos los demonios, si casi no llegué a tocarla", gruñó.

Bueno, eso ya es más extraño. Claro que toda su relación me parece extraña. Si bien es cierto que, al igual que todos nosotros, cuando no tengo cerca de una mujer de mi especie recurro a las humanas, nunca me ha parecido difícil seducirlas. De hecho, suele ser tan fácil, que resulta frustrante. Jamás le había dado a ninguna tanto tiempo como Árvidas a Cora, y aunque debo reconocer que no estoy demasiado al tanto de las reglas del cortejo entre los humanos de este siglo, cinco días de obsequiosas atenciones me parecen más que suficientes para que todo termine felizmente. Diablos, ni cuando era humano las mujeres tardaban tanto en sucumbir a mis deseos.

La sombra de una idea se deslizó tras mis ojos, pero se desvaneció tan rápido como había llegado, sin darme tiempo a aprehenderla por completo. Antes de que intentara recuperarla, mi hermano volvió a hablar.

"¿Y dices que fue ella la que te invitó a acompañarla?". Árvidas asintió. "¿Por qué no nos lo cuentas todo con detalle? Quizá se te haya escapado algo a lo que no le diste importancia en ese momento", sugirió.

"No sé de que diablos puede servir todo esto. Lo mejor es que me olvide de ella", replicó.

"Como si pudieras", le espeté.

Me miró un instante, dolido, pero finalmente en su rostro apareció una expresión resignada.

"Está bien. Al menos servirá para sacármelo de la cabeza". Tomó un innecesario aliento antes de continuar. "Ya os he dicho que hoy su humor era especialmente bueno. Al contrario que estos días pasados, no volvió la cara cuando intenté besarla al llegar a la puerta de la mansión. Aún así, noté una cierta reticencia, y no quise arriesgarme. Me disponía a despedirme cuando ella me preguntó si quería acompañarla a su habitación. Dijo que había algo que quería darme. Pensé que mi suerte había cambiado, que la cacería la había puesto de buen humor, y que al fin la tendría entre mis brazos. La acompañé sin dudarlo un segundo. Una vez allí, cerró la puerta tras nosotros y fue hacia la mesa, donde estuvo buscando una pequeña cadena, que me entregó, explicándome que había pertenecido a su hermano, pero ahora quería que la tuviera yo. No es que me gusten demasiado ese tipo de cosas, pero parecía que era importante para ella, así que la acepté, agradeciéndoselo. La sacó de mis manos y se acercó a mí para ponérmela. Cuando sus brazos rodearon mi cuello y su cuerpo se pegó al mío... Bueno, no hace falta que os diga lo que me costó dominar la impaciencia. Abrochó la cadena y deslizó las manos hasta mis hombros. La tomé por la cintura y volví a besarla. Esta vez me devolvió el beso sin reservas, así que la estreché más fuerte entre mis brazos. Hasta mi llegó el olor de su deseo, y no pude contenerme ni un instante más. Sin dejar de besarla, la empujé hasta la cama con toda la delicadeza de la que fui capaz. Sentí como susurraba mi nombre, y pensé que lo hacía movida por el deseo. Su olor me estaba enloqueciendo, pero aún así me obligue a ir despacio, pensando en lo mismo que habéis comentado antes. Que aún es demasiado humana"

No pude por menos que apreciar su autocontrol. Lleva casi una semana reprimiendo sus instintos, cortejándola con paciencia, y aún en esa situación, sintiendo el aroma de la excitación de la mujer que tanto desea, es capaz de pensar en sus limitaciones humanas. Definitivamente, un autocontrol envidiable. La primera vez que tras mi transformación estreché entre mis brazos a Milena –la mujer que me convirtió en lo que ahora soy – y sentí el olor de su deseo, creí que no iba a resistirlo. Si en algún momento llegué a pensar que hasta mi hermano con sus poderes mentales había malinterpretado los sentimientos de Cora, mis dudas se desvanecieron cuando Árvidas habló de ese olor. Es imposible confundirse en algo así. No hay aroma más delicioso sobre la faz de la tierra que el de la excitación de una de nuestras mujeres.

"De pronto, aunque aún sentía su deseo, percibí algo más. Furia. Miedo. Me aparté de inmediato y ella se alejó de mí como si le hubiera pegado. Intenté acercarme, preguntarle que sucedía, pero me gritó y me insultó. Se abalanzó sobre mí, e intentó abofetearme. La detuve, y lo intentó de nuevo. Al ver que no conseguía nada, me empujó hacia la puerta. El resto de la historia, ya lo conocéis"

"Ahora si que definitivamente no entiendo nada", murmuré.

Me volví hacia Lyosha esperando que él pudiera aclarar algo más, pero su respuesta a la pregunta que yo casi no había llegado a formular en mi mente me demostró que no era así.

"Ni lo pienses, Leo. Nadya jamás se comportó de ese modo, o ya lo hubiera dicho. Reticente en ocasiones, si. Incluso molesta, tú mismo lo has visto. Pero jamás nada semejante. Y yo no tardé ni diez minutos en arrastrarla a mi cama después de su primera cacería tras la transformación. Y con su total aprobación, debo añadir"

El rintintín de orgullo en el tono de Lyosha hizo que me fuera imposible resistir lanzarle una pulla a pesar de lo apagado de la reunión.

"Ahora no vengas presumiendo, hermano. Ya la habías hecho esperar más que suficiente mientras la mantuviste humana. Creo que hasta esos diez minutos debieron parecerle una eternidad", me burlé.

"Al menos a mí no estuvo a punto de echarme de casa la primera vez que nos quedamos solos", replicó.

"Lo importante es el fin, no los medios. Te recuerdo que al final, quien se quedó fuera fuiste tú. Y durante muy largo rato, si mi memoria no me engaña", le provoqué.

"Y si no me engaña la mía, tú dijiste que el rato había sido breve. Por supuesto, sabía que alardeabas, pero acabas de confirmarlo", respondió, sonriendo con malicia.

"El tiempo es relativo, Lyosha. Es un largo rato para pasarlo dentro de tu coche con Lisías, pero muy breve para pasarlo dentro de Nadya", apostillé.

"Me quedaría todo el día escuchando vuestras pullas, pero no veo en que resuelve eso mi situación", comentó Árvidas, de mejor humor.

"Si te soy sincero, amigo, no tengo ni idea de cómo solucionarlo. Quizá Nadya traiga algo que nos ayude", comenté

"Esto si que es un momento histórico. El 'León' reconoce no saber que hacer en un asunto de mujeres", se burló Árvidas, mientras mi hermano estallaba en carcajadas.

Quizá fuera la burla, o las risas, o quizá se habían alineado los planetas, pero en ese instante la idea que se me había escapado hacía un rato volvió a mi mente. Pensé en esperar a Nadya para confirmarlo, pero la tentación de poner en su sitio a esos dos fue demasiado fuerte. Me estiré en mi asiento, regodeándome con mi próxima victoria.

"No cantes victoria tan pronto, amigo. Me parece que el 'León' acaba de encontrar la respuesta", repliqué.

Ambos me miraron con escepticismo, pero estoy seguro de tener razón. Quizá no tenga la solución aún, pero la respuesta... La respuesta aparece tan clara en mi mente que me dan ganas de darme bofetadas por no haberla visto antes.

"Hermano, piensa en todos estos siglos. Cuando querías una hembra humana, ¿dónde la buscabas?", pregunté.

"Tabernas. Burdeles. Entre las cortesanas", respondió Lyosha, encogiéndose de hombros con indiferencia.

"Y en los últimos cincuenta años, en casi cualquier parte", sonrió Árvidas.

Asentí. Somos depredadores infalibles para cualquier presa humana. Dejando al margen nuestros sentidos exacerbados, nuestra fuerza y velocidad, y los dones psíquicos que algunos poseen desde su 'nacimiento', o que acabamos desarrollando con el paso de los siglos, la Naturaleza nos ha dotado de otras armas más sutiles aunque, en realidad, menos necesarias. Como la belleza. No he conocido un solo mortal que no nos considere extraordinariamente bellos. Cuando yo miro a los míos, veo hombres y mujeres atractivos, otros que no lo son tanto, y algunos que no lo son en absoluto, al menos para mis ojos. Pero para un humano esa diferencia no existe. A pesar del miedo atávico que les hace sentir la necesidad de alejarse de nuestro lado, nuestro aspecto les atrae como el olor de un buen licor a un borracho. Cuando te alimentas de ellos, resulta muy útil para llevarlos voluntariamente a cualquier lugar privado lejos de miradas indiscretas donde poder acabar con sus vidas con tranquilidad. Te siguen hasta el mismísimo infierno si se lo pides. Hace casi un milenio que no son mi comida, pero esa admiración sigue resultando muy útil, con el mismo objetivo de buscar privacidad, aunque con distinto fin. No hace falta decir que podemos tener a la hembra que queramos, pero aún así siempre he buscado a mis compañeras de cama en los mismos lugares que Árvidas y mi hermano. Y la explicación es bien sencilla. Los humanos son terriblemente reprimidos. Los placeres que la mayoría de ellos prefieren son tan limitados que aburren al menos refinado de los nuestros, así que pronto aprendes que ese tipo de hembras son las únicas capaces de ofrecer una cierta diversión. Ni de lejos están a la altura de las de nuestra especie, pero si bastante por encima de la media de las de la suya.

"Pues ahí tenéis vuestra respuesta"

"No lo comprendo", espetó Árvidas con impaciencia.

Sonreí al ver que Lyosha no replica, sino que parece estar considerando alguna idea. La conversación es mucho más sencilla con él, que puede leer mis pensamientos. A él nunca hace falta aclararle el motivo de mis comentarios, porque siempre suele estar ahí, asistiendo a mis procesos mentales. Hay gente a la que le molesta esa intromisión, en ocasiones casi involuntaria, pero yo no tengo secretos para mi hermano, y siempre he pensado que su don facilita enormemente la comunicación entre nosotros. Le insté con un gesto a explicarle a Árvidas lo que yo había imaginado. Como ya he dicho, es más sutil que yo.

"Creo que ya sé a donde quiere llegar mi hermano, Árvidas", comenzó. "Pudiendo tener a la hembra que queramos, siempre recurrimos a ese tipo de mujeres porque nos ofrecen bastante más diversión. Y eso hace que no tengamos ni idea de cómo funciona la mente de una mujer como Cora. Estábamos intentando encontrar respuestas comparándola con Nadya por su juventud, pero en realidad, desde el punto de vista humano, no hay comparación posible entre ellas. Nadya vivió en un mundo mucho menos represivo que el que Demis ideó para Cora. Por culpa de su hermano, Cora vivió criada con las reglas de un convento, y sólo el diablo sabe que pasa por la cabeza de esas mujeres"

Árvidas abrió los ojos con una súbita comprensión en su mirada. Y un deje de rabia más que perdonable. Demis había sido un patán. Estoy convencido que si los cazadores no hubieran acabado con él, yo mismo no hubiera tardado mucho en ofrecerle la misma suerte. Había torturado a su hermana durante años en el nombre de su vengativo dios y sus ridículas normas.

"Ya veo a donde queréis llegar. Por lo poco que sé de las supercherías humanas, imagino que Demis la llenó de tabúes. Forzosamente, tiene que ser mucho más difícil de seducir, y su conquista debe ser mucho más paciente. Ahora es una de los nuestros, y la atracción hipnótica que los humanos sienten por nosotros ya no resulta de utilidad. Qué suerte la mía. Ha adquirido nuestra percepción de la realidad, pero no ha perdido sus represiones humanas", concluyó con una risa amarga.

"No te tortures, amigo. Ahora que sabemos cual es el problema, encontrar la solución será sencillo", respondí.

"Al final tendré que creerme tu fama. Por mucho que te muevas entre los humanos, no alcanzo a comprender como se te ha ocurrido semejante cosa"

Mi hermano se disponía a decir algo, cuando sus ojos se clavaron en mí con un brillo divertido. Supe lo que había encontrado en mi mente antes de que abriera la boca.

"¿Te colaste en un convento de clausura?", preguntó entre risas.

"Para ser totalmente sincero, en más de uno", respondí, encogiéndome de hombros, sonriente.

Mi hermano y Árvidas estallaron en carcajadas.

"¿Y se puede saber en qué diablos pensabas?", inquirió Lyosha risueño.

"Sentía curiosidad", repliqué simplemente.

"¿Curiosidad? ¿Qué clase de curiosidad?" preguntó Árvidas.

"No alcanzaba a entender que demonios llevaba a todas esas mujeres, algunas jóvenes y hermosas a encerrarse para siempre en una celda, alejándose de todos los placeres de su corta vida. Y como nadie parecía poder explicármelo, decidí ir a buscar las respuestas yo mismo", expliqué.

"¿Y encontraste tus respuestas?", preguntó mi hermano con un deje de sarcasmo.

"En absoluto. La mitad de ellas pensaban al verme que un ángel las estaba visitando. La otra mitad creía que se trataba del diablo. Y en ambos casos se ponían a rezar, ninguna quiso hablar conmigo", reí.

A mitad de la frase, sentí el olor de Nadya en la distancia. Al principio corría hacia nosotros, pero tras unos instantes se detuvo a medio camino. Sin duda ha captado nuestra conversación, y espera enterarse de lo que hablamos sin ser descubierta. Mi hermano y yo cruzamos una mirada divertida. ¿En serio piensa que no vamos a percibirla? Reconocería su olor a leguas. No hay un lugar de la tierra en que nuestra compañera pueda esconderse de mi hermano o de mí. Pero si de Árvidas, que está tan centrado en sus propios problemas, que no atendió al rastro que aún está a bastante distancia.

"¿Y alguna reaccionó como Cora?", preguntó.

Dudé un instante. Si le respondo, Nadya va a enfurecerse, pero si no lo hago, perderé la oportunidad de contar una buena historia. Al diablo, pensé. Nadya se enfada continuamente con lo que yo he hecho en el pasado, y siempre acaba por olvidarlo.

"Pese a lo que puedas pensar, amigo, no intenté seducir ni a una sola de esas mujeres", respondí.

Mi hermano me miró, con una más que evidente sonrisa de incredulidad, pensando que miento para evitar problemas con Nadya. Sin embargo, es la pura verdad. No tenía ni la menor intención de yacer con ellas, sólo quería que me dijeran que las llevaba a autotorturarse de ese modo. Claro que hay algo más, y por supuesto, Lyosha lo vio.

"Bonito subterfugio, hermano", replicó, mientras yo reía a carcajadas.

"Qué difícil es vivir con un lector de mentes", protesté entre risas. "Está bien, hubo una mujer. Una hembra humana, entrada en años y en carnes, pero aún atractiva. Tuvo que haber sido una belleza entre los suyos, porque aunque el tiempo ya había hecho estragos en su rostro y en su cuerpo, mantenía un aura de hermosura más que evidente. Se había extendido el rumor entre las novicias que un ángel o un demonio las visitaba en sus celdas, así que a la tercera noche, la mujer, que debía tener algún tipo de puesto de responsabilidad entre ellas, me esperó junto a la puerta que llevaba a sus habitaciones. Me increpó con amuletos y oraciones, mientras yo la observaba con creciente curiosidad, pensando que a lo mejor ella podía responder a mis preguntas. Pero cuando me acerqué, la mujer se limitó a abalanzarse sobre la puerta y decir que iba a impedirme el paso, que no dejaría que mancillara a sus pupilas"

Mi hermano y Árvidas volvieron a reírse, y yo sonreí ante el recuerdo.

"Os juro que yo sólo quería hablar, pero en cuanto estuve a tres pasos de ella sentí el olor de su deseo. Me quedé atónito. Sus palabras gritaban que me marchara, que volviera al infierno del que había salido, pero su cuerpo la traicionaba"

"Y claro, el León decidió complacer a su cuerpo y no a su mente. La tomaste en ese instante, ¿no es cierto?", afirmó Árvidas sonriente.

"Yo diría más bien que me tomó ella a mi, amigo. ¡Y de qué modo!", reí. "No dejó de increparme ni un instante durante todo el encuentro, y cuanto más me insultaba y me golpeaba, mayor era..."

La puerta se abrió de golpe para dejar pasar a una Nadya lívida de furia. Cuando habló su tono era mortalmente controlado. Intenté por todos los medios reprimir mi risa. Quizá pueda perdonarme mi relato, pero no que no me muestre compungido ante su ira.

"Mayor era ¿qué?, Leo. Termina tu historia", pidió en un tono letal.

Me mira con los ojos encendidos como negros carbones, los brazos en jarras, y una hermosa expresión retadora. Está magnífica cuando se enfada. Siempre es hermosa, pero cuando se enfurece, su belleza es difícil de soportar.

"Mayor era mi deseo de marcharme de allí cuanto antes, querida. ¿Qué suponías que iba a decir?", repliqué con mi mejor tono de absoluta sinceridad.

Por supuesto, no se creyó una sola palabra. Me dedicó una mirada llena de amenazadoras promesas, mientras Lyosha renunciaba a reprimir su risa.

"Seguiremos esta conversación más tarde. Y tú no te rías tanto, Lyosha. También hay un par de cosas que deseo comentar contigo", añadió, mirando a mi hermano con igual furia. "Árvidas no merece esperar sus respuestas. Y os aseguro que si me encargara de vosotros ahora, esperaría una eternidad"

"¿Has hablado con ella?", preguntó él, ansioso. "Me odia, ¿no es cierto?", añadió con amargura.

Nadya se sentó junto a él, mirándolo compasiva.

"No, querido. No te odia. Nada más lejos de sus sentimientos, créeme", lo serenó.

"Mientras estabas con ella, hemos pensado que su reacción quizá se debería a la forma en que Demis la educó durante todos estos años. Con todas sus supersticiones y tabúes", murmuró Lyosha en su tono más sumiso.

Nadya debe estar mucho más enfadada de lo que aparenta a primera vista, y mi hermano lo ha confirmado en sus pensamientos, o jamás usaría ese tono delante de Árvidas. No sé si reírme o echarme a temblar. Al diablo con todo, pensé sonriente. Al final, Nadya siempre se serena. Y yo hace más de diez siglos que no tiemblo. Ella nos miró con frialdad.

"¿Así que en el medio de vuestras narraciones de conquistas pasadas, habéis tenido tiempo para pensar en lo mal que se está sintiendo nuestra prima ahora mismo? ¡Qué considerados!", espetó con sarcasmo.

Ahora soy yo el que está empezando a enfurecerse. La ira de Nadya resulta hasta encantadora en ocasiones, pero no soporto que me monten escenas, y menos delante de invitados. Es incómodo y descortés.

"Creí que habíamos decidido dejar ese tema para cuando estuviéramos solos, Nadya", advertí, y mi tono resultó más agresivo de lo que había esperado.

Lyosha dejó escapar un breve gruñido de aprobación. A él tampoco le ha hecho ninguna gracia la salida de tono de Nadya.

Ella pareció dispuesta a replicar, pero tras mirarnos un instante con ira, se volvió hacia Árvidas, decidida a ignorarnos.

"Tienes que comprenderlo, Árvidas. Ella solo lleva unos días disfrutando de tu compañía, pero soportó la forma de vida que su hermano le impuso durante veintiocho años. Fue mucho tiempo de chantaje emocional, de acoso y de tortura física y psicológica. Se repondrá, pero le llevará tiempo". Su expresión amable desapareció para dar paso a algo bien distinto. Sus ojos se ennegrecieron mientras miraba a Árvidas fijamente. "Pero, te lo advierto: si crees que no puedes darle ese tiempo, dímelo ahora, y yo misma le explicaré que no volverás a acercarte a ella. Y te aseguro que me encargaré personalmente de que así sea. Es mi familia, y pienso protegerla. Cualquiera que le haga daño, deseará morir mil veces antes de que acabe con él, ¿me has comprendido?", advirtió.

La observé maravillado, mientras mi irritación se derretía como el hielo. Su tono es perfecto. Con el deje justo de ira para parecer amenazador, pero lo suficientemente controlado para no resultar vacuo. Y su expresión, su lenguaje corporal por entero, el olor de su ira... Santa Madonna. Jamás la he visto tan hermosa. El instinto de protección hacia su familia, ha despertado el monstruo que habita en todos nosotros, y su aspecto salvaje y carente de cualquier limitación humana me está enloqueciendo. Desde la muerte de Sila he suspirado una y otra vez por volver a ver la fiera en su interior, pero no estaba preparado para el efecto que ésta iba a causar en mí. Mi dulce y tímida mujer muestra por primera vez el depredador asesino que lleva dentro, se aparece ante nuestros ojos como el ángel vengador en el que Lisías vaticinó una vez que se convertiría, y el deseo que eso está despertando en mí es tan brutal y primitivo que por un instante dude que pudiera controlarlo. A mis sensibles oídos llegó un suavísimo jadeo de Lyosha. Me volví hacia él, y cruzó sus ahora ennegrecidos ojos con los míos. Si Árvidas hubiera tardado un solo segundo más en responder a Nadya, mi hermano y yo lo hubiéramos echado con todos sus problemas a la calle sin dudarlo un instante. Y creo que él lo hubiera comprendido.

"Tiempo es lo que me sobra, Nadezhda", respondió con seriedad. "Y ardería hasta las cenizas antes de herirla, puedes estar bien segura de eso"

Tan rápido como había desaparecido, la dulzura de Nadya regresó a su mirada, dejándome con una sensación de vacío difícil de explicar, y ansiando volver a ver cuanto antes a esa magnífica criatura, instintiva y animal, en todo su malévolo esplendor.

"Lo sé, querido. Pero tenía que asegurarme. Lo comprendes, ¿verdad?"

"Naturalmente", contestó Árvidas con solemnidad, mirando a Nadya con renovado respeto, e indudable afecto.

Sonreí. Hasta ese momento, para Árvidas, Nadya era nuestra compañera y la trataba con el debido respeto y cortesía, pero con una educada distancia, considerándola demasiado joven para aceptar sus sugerencias y consejos si nosotros no las aprobábamos. Mi hermano y yo somos mucho mayores que él, y nuestra considerable reputación y más que probada valía hacen que se sintiera honrado de llamarnos amigos. Ella es nuestra mujer, y por tanto merecedora de su respeto, pero no de su amistad hasta que demuestre ser digna de ella. Pero el arrebato airado de Nadya ha conseguido en unos segundos lo que su inteligencia y comprensión no habían logrado en varios días. A partir de ese instante, Árvidas la considerará su amiga sin ningún reparo. Quien dijo que no se podían cazar moscas a cañonazos, no fue un vampiro. La violencia nos seduce mil veces más que la miel.

Nadya apartó sus ojos de Árvidas para mirarnos con una curiosa mezcla de diversión y furia. En su rostro se dibujó una sonrisa maliciosa. Por supuesto, a su refinada nariz había llegado el olor de nuestro deseo. Pero aunque careciera por completo de olfato, le habría bastado con ver la mirada aturdida y a todas luces lujuriosa con la que mi hermano y yo la contemplábamos para saber hasta que punto ansiamos arrastrarla a nuestro lecho. Y eso casi consiguió que olvidara por completo su irritación anterior. Casi. Conozco lo suficiente a las mujeres en general, y a Nadya en particular, como para saber que no va a renunciar tan fácilmente a hacernos pagar por su enfado. Y lo que es peor, ahora ya tiene una idea de cómo hacerlo.

Nos miró con esa poco prometedora expresión unos instantes más, antes de volverse hacia Árvidas, que espera sus aclaraciones con una ansiedad poco disimulada. Nadya se tomó un momento para pensar lo que va a decir a continuación. Suspiró.

"No hace falta que me mires con esa expresión torturada, querido. No está furiosa contigo, más bien al contrario. Se siente culpable por como te trató, y está convencida de que jamás volverás a acercarte a su lado".

Árvidas se levantó como impulsado por un muelle. Antes de que pudiera alcanzar la puerta, la voz de Nadya lo detuvo.

"Espera, por favor", pidió. Él se volvió con impaciencia, mientras Nadya se levantaba para reunirse con él junto a la puerta. "Antes de que te reúnas con ella, debes saber que hay algo que Cora quiere contarte. No te diré que es, porque no me corresponde a mí hacerlo, pero si quiero que tengas muy presente que cuando lo escuches no debes mostrar ninguna reacción. Ni positiva, ni negativa. Ninguna. Confía en mí, por favor, es importante".

"¿Y cómo voy a saber a qué no debo reaccionar si no me lo dices?", replicó Árvidas.

Yo estaba preguntándome lo mismo, pero Nadya se limitó a esbozar una sonrisa misteriosa.

"Lo sabrás. No te quepa duda. Y en ese momento, recuerda lo que te he dicho. Y ahora vete ya, apenas puedo soportar el olor de tu impaciencia", ordenó.

Árvidas salió sin dudarlo ni un instante. Nadya contempló como se alejaba hasta que la puerta de la mansión se cerró tras él. Sólo entonces volvió junto a nosotros.

"¿Tan profundo es tu enfado que no vas a permitirme que entre en tu mente, Nadya?", preguntó mi hermano con una dulzura no exenta de abatimiento.

Nadya sonrió.

"No te permití entrar en mi mente porque estaba segura de que no ibas a poder evitar una reacción ante lo que Cora me ha contado. Y prefiero que Árvidas lo escuche de sus labios", respondió.

"¿Y por qué no me dejas hacerlo ahora que ya se ha marchado?"

"Porque me lo estoy pasando genial viendo como os consumís de curiosidad", rió.

"Se lo está pasando genial viendo como nos consumimos, y punto. Sabe de sobra que no es sólo de curiosidad, maldita mujer", gruñí en la mente de mi hermano, quien bajó la cabeza en un disimulado gesto afirmativo.

"¿Serviría de algo que te lo pidamos por favor, querida?", pregunté, siguiéndole el juego.

"No", contestó ella en tono ligero, sonriente. "Pero si hay algo que podéis hacer"

Esperamos, mientras en su rostro aparecía una expresión malévola.

"Vosotros sentís curiosidad sobre esto, y yo sobre otra cosa. Yo satisfago la vuestra, y vosotros la mía. Quid pro quo"

Parece una petición más que razonable, pero no augura nada bueno. Nadya nunca negocia con su curiosidad. Si tiene algo que preguntar, lo hace y punto. Si se molesta en hacer un trato sobre su pregunta, es que se trata de algo que no nos va a traer nada bueno. En fin, así es la vida, pensé divertido.

"Me parece justo", respondió Lyosha con fingida solemnidad.

"¿Tenemos un trato entonces?", insistió.

"Tienes nuestra palabra", confirmó mi hermano.

Ella quedó totalmente satisfecha con eso. Sabe que nunca faltamos a nuestra palabra. Somos muchas cosas, y pocas pueden considerarse buenas desde el punto de vista de una moral tradicional, pero mi hermano y yo jamás faltamos a nuestra palabra. Quizá no sea mucho que alegar en nuestra defensa, pero sin duda es algo importante.

Nadya sonrió. Por una vez es ella la que tiene un secreto, y está disfrutando del momento. Esperó aún unos segundos más, y finalmente nos miró con complicidad.

"Árvidas será el primero", dijo simplemente, en tono confidencial.

"¿El primero en qué?" pregunté confuso.

Ella me miró fastidiada, pensando sin duda que le tomo el pelo, pero mi confusión es auténtica. No tengo ni la más remota idea de que nos está hablando. Miré a Lyosha, que tiene la misma expresión extrañada. Cuando se percató de que no estábamos bromeando, ella nos miró fijamente, como instándonos a razonar. Vi la expresión concentrada de mi hermano, y supe que Nadya le ha abierto por fin su mente, y que él busca su respuesta en ella. De pronto los ojos de Lyosha se abrieron de par en par. Miró hacia mí, con la más perfecta expresión de incredulidad pintada en su rostro.

"Nunca ha estado con un hombre", murmuró atónito.

"Bromeas", repliqué desdeñoso, convencido de que así es.

"Vamos, Leo. Hasta tú tienes que saber que los católicos creen que deben llegar vírgenes al matrimonio", protestó Nadya.

"Y también sé que casi nadie lo cumple. No lo hacían en el siglo XV, menos van a hacerlo en estos tiempos", respondí despreciativamente.

"Pues ella lo ha cumplido hasta ahora", afirmó Nadya con seguridad.

"Por todos los diablos del maldito infierno. Pobre hombre. De todas las hembras del planeta, ha ido a enamorarse precisamente de la única vampiro virgen de la que he oído hablar en toda mi larga existencia", reí.

Nadya pasea la vista de uno a otro con una expresión entre molesta y sorprendida.

"Hay muchos hombres que estarían encantados de ser los primeros", dijo

"Me consta que así es. Los mortales son muy peculiares en cuanto a sus preferencias. Pero ese no es un plato de mi gusto", apostillé en tono mordaz.

"Ni del mío. Me gustan las mujeres que saben lo que hacen", añadió mi hermano.

En el rostro de Nadya apareció una mirada compungida. Supe lo que estaba pensando sin necesidad de consultarlo con mi hermano, que a todas luces vuelve a leer su mente, abierta de nuevo para él, mientras le sonríe con ternura. Mi compañera es tan joven aún y son tantas las cosas que desconoce, que se siente frustrada y amedrentada en ocasiones al formar pareja con dos ancianos milenarios como nosotros. Por usar sus palabras, teme que lo joven, inocente e ignorante que es, haga que un día nos aburramos de ella y la abandonemos. No puede estar más equivocada, y así se lo hemos intentado hacer ver una y otra vez, pero sin demasiado éxito. Encargarse de Cora le ha hecho ganar seguridad en si misma, pero la última frase de mi hermano le ha devuelto sus miedos. Parece no alcanzar a ver la diferencia y Lyosha se apresuró a explicarse.

"No hay comparación posible contigo, querida. Existe una gran diferencia entre la inocencia y la ignorancia absoluta"

Eso no la convenció. Bajó los ojos hasta sus manos, y su tristeza fue tan evidente que casi parte mi inútil corazón.

"Pero acabas de decir que te gustan las mujeres que saben lo que hacen, y yo... ¿qué sé yo a vuestro lado?", sollozó.

Los sollozos de Nadya me conmueven hasta un punto difícil de explicar, con un sentimiento desconocido para mí hasta el instante en que los escuché por primera vez. Nuestra especie no llora. Jamás había visto a uno de los nuestros llorar hasta que conocí a Nadya, y agradezco que no tenga lágrimas a las que invocar para que se derramen sobre sus mejillas o cada vez que éstas acudieran a sus ojos, conseguiría de mí hasta la luna si ese fuera su deseo. Sus sollozos ya son bastante malos. Mi hermano y yo nos apresuramos a estrecharla entre nuestros brazos. Lyosha la levantó con suavidad y la sentó en el sillón entre nosotros, sin dejar de sonreírle con dulzura.

"Mi amor, por favor, deja de llorar", pedí.

"¿De qué tienes miedo, mi vida? Te hemos dicho una y mil veces que tu inocencia solo hace que te amemos más", añadió compungido Lyosha. "Nadya, Leo y yo disfrutamos más de lo que alcanzas a imaginar enseñándote nuevos placeres, viendo como tu mente y tu cuerpo se liberan más y más con cada segundo que pasa. Y nos enloquece ser nosotros quienes te enseñemos como hacerlo, tienes que creerme"

"Pero no tiene sentido. Tú dijiste que..."

Busqué en mi cabeza una explicación, un símil que ella pudiera comprender.

"Nadya, si tuviera que introducir a alguien en el placer de la buena literatura, lo consideraría gratificante. Pero no tengo paciencia para enseñarle a leer, ¿comprendes?"

Ella pareció serenarse un poco, y Lyosha comprendió que por el camino de los símiles iba a ganar más terreno. Hay que llevar a Nadya a un lugar donde se sienta segura, y mi hermano encontró el ejemplo perfecto.

"Querida, ¿recuerdas cuándo intentaste enseñarle a Lisías a usar tu ordenador? Te impacientaste tanto que pensé que terminarías por arrancarle la cabeza. Sin embargo, con Leo y conmigo eres bastante más amable. Yo diría que hasta te divierte enseñarnos algunos trucos."

Reprimí una carcajada ante el recuerdo. Hace un par de días, Lisías había decidido que quizá fuera de utilidad saber algo acerca de "esas máquinas infernales", mientras veía como Nadya reprogramaba su sistema para poder acceder a él desde Canadá tal y como se había comprometido a hacer. Le pidió a Nadya que le explicara como usar el ordenador y ella se dispuso a enseñarle los rudimentos de la informática. Una hora más tarde, Lisías salía por la puerta sin haber aprendido mucho más que a encender la máquina, y ella a duras penas podía controlar sus nervios. Cuando mi hermano le recordó el incidente, Nadya levantó la vista velozmente, con un punto de furia impaciente en sus ojos.

"Claro que me divierte, pero es porque vosotros al menos sabéis como...", se detuvo en seco. "Oh, comprendo"

Lyosha y yo la miramos con idénticas expresiones de 'te lo dije', mientras ella parece perdida en sus pensamientos, con esa maravillosa expresión suya de mal disimulado rubor. Santa Madonna, que hermosa es. El deseo me sacudió de la cabeza a los pies como una corriente eléctrica. Si no la poseo en menos de un minuto, voy a empezar a romperlo todo a mí alrededor sólo para serenarme. La conozco lo bastante bien para saber que va a rechazarme exigiendo que cumplamos nuestra parte del trato, pero aún así no pude resistir la tentación de recorrer la suave piel de su cuello con mis labios. Para mi sorpresa, ella ronroneó suavemente. Al ver que nuestra compañera parece tener en mente algo más satisfactorio que sonsacarnos secretos escabrosos, mi hermano se apresuró a imitarme. La intensidad de su ronroneo aumentó hasta convertirse en un cántico seductor en mis oídos. Siempre me han entusiasmado las mujeres que ronronean, pero son muy contadas las ocasiones en las que he compartido cama con una hembra que me hiciera disfrutar de ese placer. Deslicé mi mano por el interior de sus muslos, bajo su falda, buscando la cálida humedad entre sus piernas, mientras agradecía por enésima vez a la Madre Naturaleza que en su caprichoso diseño haya permitido que los únicos fluidos que nuestro cuerpo puede generar sean los que tienen que ver con tan placentera actividad. Casi había alcanzado mi objetivo cuando el ronroneo de Nadya cesó bruscamente y se escurrió de entre nuestros brazos con un rápido salto. Dejé escapar una rápida maldición entre dientes, que Lyosha acompañó con un gruñido molesto.