Poseidón se agacho en su trono y cogió el primer libro del montón. Leo la tapa y sonrió para él. Le hacía gracia cómo reaccionaría su hermano pequeño cuando le dijera el título del libro.

-Bien, quieres leer de una vez Poseidón- dijo Zeus empezando a impacientarse.

-Si hermano, el libro se llama Percy Jackson y el ladrón del rayo.

Zeus se puso rojo de la furia ¿Quién se atrevía a robarle su rayo? ¿Y quién coño era ese tal Percy Jackson?

-Empieza a leer hermano-bramó Zeus- antes de que en un futuro decida polvorizar a ese semidiós por atreverse a robarme mi rayo.

-El capitulo se llama: Pulverizo accidentalmente a mi profesora de introducción al álgebra. Joder vaya capitulo- comentó Poseidón-empezamos fuerte ya.

-Vaya niño-comentó Atenea –como se atreve a pulverizar a su profesora de álgebra con lo importante que es- siguió enfadada- en un futuro como lo haga le castigo.

Mira, yo no quería ser mestizo.

-¿Y quién quiere?-dijeron todos los dioses a coro.

Si estás leyendo esto porque crees que podrías estar en la misma situación, mi consejo es éste: cierra el libro inmediatamente. Créete la mentira que tu padre o tu madre te contaran sobre tu nacimiento, e intenta llevar una vida normal.

Ser mestizo es peligroso. Asusta. La mayor parte del tiempo sólo sirve para que te maten de manera horrible y dolorosa.

Todos los dioses del Olimpo pensaron lo mismo que el niño que narraba el libro. Pero aunque ellos ya lo supieran igualmente se seguían enamorando de humanos y teniendo hijos con ellos.

Si eres un niño normal, que está leyendo esto porque cree que es ficción, fantástico. Sigue leyendo. Te envidio por ser capaz de creer que nada de esto sucedió.

Pero si te reconoces en estas páginas —si sientes que algo se remueve en tu interior—, deja de leer al instante. Podrías ser uno de nosotros. Y en cuanto lo sepas, sólo es cuestión de tiempo que también ellos lo presientan, y entonces irán por ti.

No digas que no estás avisado.

-Siempre pasa igual-comentaron los tres grandes suspirando- cuando uno de nosotros tiene un hijo los otros dos cuando se enteran le envían toda clase de monstruos hasta que lo matan.

De repente la sala del trono se ilumino y de la luz salieron un centauro y dos humanos. Ellos parecían desconcertados como si no supieran donde se encontraban Cuando se recuperaron de su estado ellos se fijaron donde se encontraban y su sorpresa aún fue mayor.

Pero no tuvieron tiempo a decir nada ya que en aquel momento cayo de la nada una carta de las parcas la cual termino cayendo en los brazos de Afrodita.

-Lee la carta-ordenó Zeus.

A los nuevos presentes en la sala no debéis decir nada de vosotros hasta que ello haya salido en la historia ya que han viajado en el pasado y los dioses aquí presentes no saben nada de ustedes.

Las moiras.

-Presentaros y decid vuestro padre divino.- ordenaron los dioses.

Las dos humanas se adelantaron un paso y empezó a hablar una joven rubia

-Mi nombre es Annabeth Chase soy hija de Atenea y arquitecta del Olimpo.

Atenea sonrió a su hija mientras ella pensaba como era posible que su hija fuera la arquitecta del Olimpo ¿acaso ocurriría algo en el futuro que lo dejaría destrozado?

-Mi nombre es Sally Jackson. Soy una mortal y madre de un semidiós.

-¿Eres tú la madre de Percy Jackson?- preguntaron Poseidón y Hermes.

-¿Cómo sabéis quien es Percy si no está aquí con nosotros?-preguntaron los cuatro invitados sorprendidos

-Si lo soy- contestó Sally al ver que nadie decía nada.

-Yo soy Grover Undergrow líder de lo salvaje.

-Y yo Quirón entrenador de héroes.

Hera hizo aparecer cuatro sillones para que se sentaran los huéspedes. Y luego los dioses les contaron lo poco que había ocurrido en la lectura y prosiguieron leyendo.

Me llamo Percy Jackson.

Tengo doce años. Hasta hace unos meses estudiaba interno en la academia Yancy, un colegio privado para niños con problemas, en el norte del estado de Nueva York.

¿Soy un niño con problemas?

Si. Podríamos llamarlo así.

-Todos los semidioses son problemáticos en el mundo humano- comentaron Grover y Quirón a la vez.

Todos los dioses estuvieron de acuerdo con ellos dos.

Podría empezar en cualquier punto de mi corta y triste vida para dar prueba de ello, pero las cosas comenzaron a ir realmente mal en mayo del año pasado, cuando los alumnos de sexto curso fuimos de excursión a Manhattan: veintiocho críos tarados y dos profesores en un autobús escolar amarillo, en dirección al Museo Metropolitano deArte a ver cosas griegas y romanas.

-Puaj suena a tortura-dijeron Poseidón, Ares, Hermes y Apolo.

-Suena interesante-dijeron Atenea, Annabeth y Sally.

Las tres mujeres se sonrieron por la coincidencia de opiniones.

Ya lo sé: suena a tortura.

Todos en la sala menos las tres que decían que la mitología parecía interesante rieron a carcajadas por la coincidencia.

La mayoría de las excursiones de Yancy lo eran. Pero el señor Brunner, nuestro profesor de latín, dirigía la excursión, así que tenía esperanzas. El señor Brunner era un tipo de mediana edad que iba en silla de ruedas motorizada. Le clareaba el cabello, lucía una barba desaliñada y una chaqueta de tweed raída que siempre olía a café. Con ese aspecto, imposible adivinar que era guay, pero contaba historias y chistes y nos dejaba jugar en clase. También tenía una colección alucinante de armaduras y armas romanas, así que era el único profesor con el que no me dormía en clase.

Esperaba que el viaje saliera bien. Esperaba, por una vez, no meterme en problemas. Anda que no estaba equivocado.

Todos los que vinieron del futuro bufaron recordando lo que le había sucedido a Percy en aquella ocasión. En cambio, los dioses estaban curiosos y preocupados por saber en qué problemas se metería aquel semidiós.

Verás, en las excursiones me pasan cosas malas. Como cuando en quinto fui al campo de batalla de Saratoga, donde tuve aquel accidente con el cañón de la guerra de la Independencia americana. Yo no estaba apuntando al autobús del colegio, pero por supuesto me expulsaron igualmente. Y antes de aquello, en cuarto curso, durante la visita a las instalaciones de la piscina para tiburones en Marine World, le di a la palanca equivocada en la pasarela y nuestra clase acabó dándose un chapuzón inesperado. Y la anterior… Bueno, te haces una idea, ¿verdad?

-¿tantas liadas ha hecho tu hijo Sally?- dijo Poseidón con voz preocupada. No sabía porque pero ese niño le preocupaba mucho.

Mientras Poseidon decía eso Hermes, Apolo y Ares se reían de todas las cosas que había realizado Percy. Además se morían de ganas de conocerle porque estaban seguros de que les caería genial.

En aquella excursión estaba decidido a portarme bien.

-Uy sí, claro- dijo Grover.

Durante todo el viaje a la ciudad soporté a Nancy Bobofit, la pelirroja pecosa y cleptómana que le lanzaba a mi mejor amigo, Grover, trocitos de sándwich de mantequilla de cacahuete y ketchup al cogote.

-Vaya niña más estúpida- gruñeron todos los dioses.

Grover era un blanco fácil. Era canijo y lloraba cuando se sentía frustrado. Debía de haber repetido varios cursos, porque era el único en sexto con acné y una pelusilla incipiente en la barbilla. Además, estaba lisiado. Tenía un justificante que lo eximía de la clase de Educación Física durante el resto de su vida, ya que padecía una enfermedad muscular en las piernas. Caminaba raro, como si cada paso le doliera; pero que eso no te engañe: tendrías que verlo correr el día que tocaba enchilada en la cafetería.

Grover se puso rojo como un tomate.

En cualquier caso, Nancy Bobofit estaba tirándole trocitos de sandwich que se le quedaban pegados en el pelo castaño y rizado, y sabía que yo no podía hacer nada porque ya estaba en periodo de prueba. El director me había amenazado con expulsión temporal si algo malo, vergonzoso o siquiera medianamente entretenido sucedía en aquella salida.

Voy a matarla —murmuré.

-Hazlo-dijo emocionado Ares.

Grover intento calmarme.

-No pasa nada, me gusta la mantequilla de cacahuete- esquivo otro pedazo del almuerzo de Nancy.

-Aguafiestas- dijo Ares decepcionado porque Percy no peleaba con la niña aquella.

—Hasta aquí hemos llegado.

Empecé a ponerme en pie,

- Bien bien –canto Ares, eso promete.

Pero Grover volvió a hundirme en mi asiento.

-Maldito sátiro has vuelto a aguarme la fiesta-gruño el Dios de la guerra.

Ya estás en periodo de prueba —me recordó—. Sabes a quién van a culpar si pasa algo.

Echando la vista atrás, ojalá hubiera tumbado a Nancy Bobofit de un tortazo en aquel preciso instante. La expulsión temporal no habría sido nada en comparación con el lío en que estaba a punto de meterme.

-Ojala le hubiera dado el tortazo- suspiro Ares.

Los otros, menos los cuatro provenientes del futuro estaban intrigados por saber en qué lio se metería esa vez el protagonista del libro.

El señor Brunner conducía la visita al museo.

Él iba delante, en su silla de ruedas, guiándonos por las enormes y resonantes galerías, a través de estatuas de mármol y vitrinas de cristal llenas de cerámica roja y negra súper vieja.

Me parecía flipante que todo aquello hubiese sobrevivido más de dos mil o tres mil años.

Nos reunió alrededor de una columna de piedra de casi cuatro metros de altura con una gran esfinge encima, y empezó a contarnos que había sido un monumento mortuorio, una estela, de una chica de nuestra edad. Nos habló de los relieves de sus costados. Yo intentaba prestar atención, porque parecía realmente interesante, pero los demás hablaban sin parar, y cuando les decía que se callaran, la otra profesora acompañante, la señora Dodds, me miraba mal.

La señora Dodds era una profesora de matemáticas procedente de Georgia que siempre llevaba cazadora de cuero, aunque era menuda y rondaba los cincuenta años. Tenía un aspecto tan fiero que parecía dispuesta a plantarte la Harley en la taquilla.

-¿esa descripción no parece que describa a Alecto?-preguntaron todos los Dioses a Ares.

-Si-contesto él.

-LE MANDASTE UNA FURIA A PERCY –bramaron todos ellos enfadados.

- Eh eh, que aún no lo he hecho, que esto es el futuro.

Había llegado a Yancy a mitad de curso, cuando nuestra anterior profesora de matemáticas sufrió un ataque de nervios.

Desde el primer día, la señora Dodds adoró a Nancy Bobofit y a mí me clasificó como un engendro del demonio. Me señalaba con un dedo retorcido y me decía «y ahora, cariño», súper dulce, y yo sabía que a continuación me castigaría a quedarme después de clase.

Una vez, tras haberme obligado a borrar respuestas de viejos libros de ejercicios de matemáticas hasta medianoche, le dije a Grover que no creía que la señora Dodds fuera humana. Se quedó mirándome, muy serio, y me respondió: «Tienes toda la razón.»

-Vamos casi seguro que es un monstruo-dijeron todos los dioses.

El señor Brunner seguía hablando del arte funerario griego.

Al final, Nancy Bobofit se burló de una figura desnuda cincelada en la estela y yo le espeté:

— ¿Te quieres callar?- Me salió más alto de lo que pretendía.

-Así me gusta, que envíes a callar a esa niña tan estúpida.

El grupo entero soltó risitas y el profesor interrumpió su disertación

—Señor Jackson —dijo-¿tiene algun comentario que hacer?

Me puse como un tomate y conteste:

—No, señor.

El señor Brunner señaló una de las imágenes de la estela.

—A lo mejor puede decirnos qué representa esa imagen.

Mire el relieve y sentí alivio porque de hecho lo reconocía.

-Ese es Crono devorando a sus hijos ¿No?

-Si repuso él-e hizo tal cosa por...

-Bueno...-escarbé en mente-Cronos era el rey Dios y…

-¿DIOS?–bramó Zeus- como se atreve ese semidiós- siguió rojo de la rabia.

-Sera corregido señor Zeus-dijo Quirón para tranquilizar al Dios del cielo.

—Titán —me corregí—. Y… y no confiaba en sus hijos, que eran dioses. Así que Cronos… esto… se los comió, ¿no? Pero su mujer escondió al pequeño Zeus y le dio a cambio una piedra. Y después, cuando Zeus creció, engañó a su padre para que vomitara a sus hermanos y hermanas…

—¡Puaj! —dijo una chica a mis espaldas.

-Si, puaj es lo que pensamos nosotros cuando estuvimos dentro del estomago de mi padre-dijeron los 5 hermanos.

Todos los demás en la sala se echaron a reír del comentario de los hermanos.

—… así que hubo una gran lucha entre dioses y titanes —proseguí—, y los dioses ganaron. Algunas risitas.

-Y el niño resume una guerra de varios años en menos de 5 minutos-dijeron indignados Zeus y Atenea

-Es Percy-dijeron Annabeth y Grover a la vez. Al ver que los dos habían dicho lo mismo se echaron a reír.

Detrás de mí, Nancy Bobofit cuchicheó con una amiga:

—Menudo rollo. ¿Para qué va a servirnos en la vida real? Ni que en nuestras solicitudes de empleo fuera a poner: «Por favor, explique por qué Cronos se comió a sus hijos.»

-Estúpida niña-gruñeron los dioses-ya me encargaré yo que en el futuro sufras mucho.

Los cuatro invitados se echaron a reír imaginando a los dioses castigando a Nancy.

—¿Y para qué, señor Jackson —insistió Brunner, parafraseando la excelente pregunta de la señorita Bobofit—, hay que saber esto en la vida real?

—Te han pillado —murmuró Grover.

—Cierra el pico —siseó Nancy, con la cara aún más roja que su pelo.

Por lo menos habían pillado también a Nancy. El señor Brunner era el único que la sorprendía diciendo maldades. Tenía radares por orejas.

Pensé en su pregunta y me encogí de hombros. —No lo sé, señor.

Ya veo.

—Brunner pareció decepcionado—. Bueno, señor Jackson, ha salido medio airoso. Es cierto que Zeus le dio a Cronos una mezcla de mostaza y vino que le hizo expulsar a sus otros cinco hijos, que al ser dioses inmortales habían estado viviendo y creciendo sin ser digeridos en el estómago del titán.

-Menuda infancia tuvimos-dijeron a la vez los cinco hermanos mientras un escalofrío les recorría el cuerpo.

Murmuré algo acerca de esforzarme más mientras él dedicaba una triste mirada a la estela, como si hubiera estado en el funeral de la chica.

Me dijo que saliera y tomase mi almuerzo.

La clase se reunió en la escalinata de la fachada, desde donde se podía contemplar el tráfico de la Quinta Avenida. Se avecinaba una enorme tormenta, con las nubes más negras que había visto nunca sobre la ciudad. Supuse que sería efecto del calentamiento global o algo así, porque el tiempo en Nueva York había sido más bien rarito desde Navidad. Habíamos sufrido brutales tormentas de nieve, inundaciones e incendios provocados por rayos. No me habría sorprendido que fuese un huracán.

Nadie más pareció reparar en ello.

-La niebla sesos de alga-murmuro Annabeth aún sabiendo que su novio no se encontraba allí con ellos.

Algunos chicos apedreaban palomas con trocitos de cookies. Nancy Bobofit intentaba robar algo del monedero de una mujer

Todos los dioses miraron a Hermes para saber si esa niña era hija suya. Pero como el no decía nada finalmente Poseidón preguntó:

-¿No será esa Nancy hija tuya?

-No creo que lo sea tío P.

y, evidentemente, la señora Dodds hacía la vista gorda.

Grover y yo estábamos sentados en el borde de una fuente, alejados de los demás. Pensábamos que así no todo el mundo sabría que pertenecíamos a aquella escuela: la escuela de los pringados y los raritos que no encajaban en ningún otro sitio.

—¿Castigado? —me preguntó Grover.

—Qué va. Brunner no me castiga. Pero me gustaría que aflojara de vez en cuando. Quiero decir… no soy ningún genio.

Grover guardó silencio. Entonces, cuando pensé que iba a soltarme algún reconfortante comentario filosófico, me preguntó:

—¿Puedo comerme tu manzana?

Tampoco tenía demasiado apetito, así que se la di.

Observé la corriente de taxis que bajaban por la Quinta Avenida y pensé en el apartamento de mi madre, a sólo unas calles de allí.

No la veía desde Navidad. Me entraron ganas de subir a un taxi que me llevara a casa. Me abrazaría y se alegraría de verme, pero también se sentiría decepcionada y me miraría de aquella manera. Me devolvería directamente a Yancy, me recordaría que tenía que esforzarme más, aunque aquélla era mi sexta escuela en seis años y probablemente fueran a expulsarme otra vez. Era incapaz de volver a soportar esa mirada.

Sally se puso roja cuando Poseidón, su ex pareja, leo lo que opinaba de Yancy, además de que ella no se esperaba que la echara tanto de menos.

El señor Brunner aparcó su vehículo al final de la rampa para paralíticos. Masticaba apio mientras leía una novela en rústica. En la parte trasera de la silla tenía encajada una sombrilla roja, lo que la hacía parecer una mesita de terraza motorizada.

Me disponía a abrir mi sándwich cuando Nancy Bobofit apareció con sus desagradables amigas — supongo que se habría cansado de desplumar a los turistas—, y tiró la mitad de su almuerzo a medio comer sobre el regazo de Grover.

Vaya, mira quién está aquí.

—Me sonrió con los dientes torcidos. Tenía pecas naranja, como si alguien le hubiera pintado las mejillas con espray.

Intenté mantener la calma. El consejero de la escuela me había dicho un millón de veces: «Cuenta hasta diez, controla tu mal genio.» Pero yo estaba tan cabreado que me quedé en blanco. Y a continuación oí un revuelo y estrépito de agua.

-Sí que es poderoso ese semidiós que teniendo solo doce años ha hecho eso y además ni siquiera recibió entrenamiento-dijo Zeus- ¿Sally, Percy no será un hijo de los tres grandes?

-Eso es algo que no puedo decirle señor, aún no ha salido quien es su padre en libro, pero si algo puedo decirle es que en algún momento de la lectura le reconocerá como hijo suyo.

Los otros tres afirmaron lo que Sally acababa de decir.

Y mientras ella le decía eso a Zeus, Poseidón estaba casi seguro de que Percy era su hijo por lo que realizo con el agua. Además de que pensaba que Sally era muy bella. Poseidón se ruborizo cuando se dio cuenta de lo que estaba pensando de la mortal.

El rubor de Poseidón no le paso por alto a Afrodita quien pensó que podría juntar como pareja al dios y a la mortal.

No recuerdo haberla tocado, pero lo siguiente que vi fue a Nancy sentada de culo en medio de la fuente, gritando:

¡Percy me ha empujado! ¡Ha sido él!

Todos en la sala se rieron pero especialmente Hermes y Apolo que estaban tirados por el suelo riéndose los dos a carcajadas.

En cuanto la profesora se aseguró de que la pobrecita Nancy

-De pobrecita nada –dijeron todos en la sala.

estaba bien y le hubo prometido una camiseta nueva en la tienda del museo, se centró en mí. Había un resplandor triunfal en sus ojos, como si por fin yo hubiese hecho algo que ella llevaba esperando todo el semestre.

—Y ahora, cariño…

—Lo sé —musité—. Un mes borrando libros de ejercicios.

-No –chillaron Hermes y Apolo- nunca intentes adivinar el castigo que te pondrán.

Pero no acerté.

Ven conmigo —ordenó la mujer.

— ¡Espere! —intervino Grover—. He sido yo. Yo la he empujado.

Me quedé mirándolo, perplejo. No podía creer que intentara encubrirme. A Grover la señora Dodds le daba un miedo de muerte.

-Sí que me daba un miedo de muerte- susurro Grover a Annabeth.

Ella lo miró con tanto desdén que a Grover le tembló la barbilla.

—Me parece que no, señor Underwood —replicó. —Pero…

—Usted-se-queda-aquí.

Grover me miró con desesperación.

—No te preocupes —le dije—. Gracias

la profesora—. ¡En marcha! Nancy Bobofit dejó escapar una risita.

Yo le lancé mi mirada de luego-te-asesino y me volví dispuesto a enfrentarme a aquella bruja, pero ya no estaba allí. Se hallaba en la entrada del museo, en lo alto de la escalinata, dándome prisas con gestos de impaciencia.

¿Cómo había llegado allí tan rápido?

-PORQUE ES UN MONSTRUO-gritaron todos.

Poseidón, quien creía que el semidiós era su hijo, ya le estaba empezando a dar algo de pensar que el que creía que era su niño sería atacado por un monstruo.

Suelo tener momentos como ése, cuando mi cerebro parece quedarse dormido, y lo siguiente que ocurre es que me he perdido algo, como si una pieza de puzzle se hubiera caído del universo y me dejara mirando el vacío detrás. El consejero del colegio me dijo que era una consecuencia del THDA, Trastorno Hiperactivo del Déficit deAtención: mi cerebro malinterpretando las cosas.

Yo no estaba tan seguro.

-Tiene buen instinto –comentó Atenea.

-Seguro que mejor que el tuyo cara de búho-dijo Poseidón que acababa de levantar los ojos del libro para mirar a su sobrina preferida.

-Si claro que si querido tío con cara de pez.

Poseidón le saco la lengua y siguió leyendo.

Me dirigí hacia la señora Dodds.

A mitad de camino me volví para mirar a Grover. Estaba pálido, dejándose los ojos entre el señor Brunner y yo, como si quisiera que éste reparara en lo que estaba sucediendo, pero Brunner seguía absorto en su novela.

Miré de nuevo hacia arriba. La muy bruja había vuelto a desaparecer. Ya estaba dentro del edificio, al final del vestíbulo. «Vale —pensé—. Me obligará a comprarle a Nancy una camiseta nueva en la tienda de regalos.» Pero al parecer no era ése el plan.

-Pues claro que no-comentaron el Dios de la mensajería y el Dios del sol- nunca intentes adivinar lo que te harán –siguieron diciendo- en el futuro a ese tal Percy Jackson se lo tendremos que enseñar.

Nos adentramos en el museo. Cuando por fin la alcancé, estábamos de nuevo en la sección grecorromana. Salvo nosotros, la galería estaba desierta.

Ella permanecía de brazos cruzados frente a un enorme friso de mármol de los dioses griegos. Hacía un ruido muy raro con la garganta, como si gruñera. Pero incluso sin ese ruido yo habría estado nervioso. Ya es bastante malo quedarse a solas con un profesor, no digamos con la señora Dodds. Había algo en la manera en que miraba el friso, como si quisiera pulverizarlo…

—Has estado dándonos problemas, cariño —dijo. Opté por la opción segura y respondí:

—Sí, señora.

-Wow! Percy no respeta a los dioses pero si respeta a los monstruos.-comentaron Annabeth y Grover al mismo momento.

-¿COMO QUE NO RESPETA A LOS DIOSES?-bramó Zeus enrabiado- si viene en algún momento aquí a leer con nosotros le voy a pulverizar.

-Yo de ti no lo haría señor Zeus-dijo una pálida Sally.

-¿y eso por qué mortal?

-Como decirlo señor, en un futuro me hijo le salvará el trasero.

-¿Qué?!¿CUANDO?!

- ya lo descubrirá leyendo. No le pienso decir nada más.

Se estiró los puños de la cazadora de cuero. —¿Creías realmente que te saldrías con la tuya? —Su mirada iba más allá del enfado. Era perversa.

«Es una profesora —pensé nervioso—, así que no puede hacerme daño.» —Me… me esforzaré más, señora —dije.

Un trueno sacudió el edificio.

-¿Nos estamos peleando?- se preguntaron a la vez Poseidón y Zeus.

—No somos idiotas, Percy Jackson —prosiguió ella—. Descubrirte sólo era cuestión de tiempo. Confiesa, y sufrirás menos dolor.

¿De qué hablaba? Quizá los profesores habían encontrado el alijo ilegal de caramelos que vendía en mi dormitorio. O quizá se habían dado cuenta de que había sacado la redacción sobre Tom Sawyer de internet sin leerme siquiera el libro y ahora iban a quitarme la nota. O peor aún, me harían leer el libro. —¿Y bien? —insistió.

—Señora, yo no…

—Se te ha acabado el tiempo —siseó entre dientes.

Entonces ocurrió la cosa más rara del mundo: los ojos empezaron a brillarle como carbones en una barbacoa, se le alargaron los dedos y se transformaron en garras, su cazadora se derritió hasta convertirse en enormes alas coriáceas… Me quedé estupefacto. Aquella mujer no era humana. Era una criatura horripilante con alas de murciélago, zarpas y la boca llena de colmillos amarillentos, y quería hacerme trizas…

-ALECTO- gritó Hades.

Los demás dioses le miraron mal mientras le decían a gritos.

-¿Por qué le enviaste una furia a Percy?- Poseidón además le fulminaba con la mirada.

-¡eh!- se quejo Hades- que es el futuro y aún no lo he hecho.

Y de pronto las cosas se tornaron aún más extrañas: el señor Brunner, que un minuto antes estaba fuera del museo, apareció en la galería y me lanzó un bolígrafo.

—¡Agárralo, Percy! —gritó.

La señora Dodds se abalanzó sobre mí.

Con un gemido, la esquivé y sentí sus garras rasgar el aire junto a mi oreja. Atrapé el bolígrafo al vuelo y en ese momento se convirtió en una espada.

-¿contracorriente?-pensó Poseidón.

Era la espada de bronce del señor Brunner, la que usaba el día de las competiciones.

La señora Dodds se volvió hacia mí con una mirada asesina.

Mis rodillas parecían de gelatina y las manos me temblaban tanto que casi se me cae la espada. —¡Muere, cariño! —rugió, y voló directamente hacia mí.

Me invadió el pánico e instintivamente blandí la espada. La hoja de metal le dio en el hombro y atravesó su cuerpo como si estuviera relleno de aire. ¡Chsss! La señora Dodds explotó en una nube de polvo amarillo y se volatilizó en el acto, sin dejar nada aparte de un intenso olor a azufre, un alarido moribundo y un frío malvado alrededor, como si sus ojos encendidos siguieran observándome.

Estaba solo. Y en mi mano sólo tenía un bolígrafo.

El señor Brunner había desaparecido. No había nadie excepto yo. Aún me temblaban las manos. Mi almuerzo debía de estar contaminado con hongos alucinógenos o algo así.

¿Me lo había imaginado todo? Regresé fuera.

Había empezado a lloviznar.

Grover seguía sentado junto a la fuente, con un mapa del museo extendido sobre su cabeza. Nancy Bobofit también estaba allí, aún empapada por su bañito en la

—Espero que la señora Kerr te haya dado unos buenos azotes en el culo. —¿Quién? —pregunté.

-La niebla ya les afecta- comento Sally.

—Nuestra profesora, lumbrera.

Parpadeé. No teníamos ninguna profesora que se llamara así. Le dije de qué estaba hablando, pero ella se limitó a poner los ojos en blanco y darse la vuelta. Le pregunté a Grover por la señora Dodds. —¿Quién? —preguntó, y como vaciló un instante y no me miró a los ojos, pensé que pretendía tomarme el pelo.

-No tienes ni idea de mentir Grover-dijo Hermes- en un futuro le diré a alguno de mis hijos que te enseñe a hacerlo.

Grover se sonrojo.

No es gracioso, tío —le dije—. Esto es grave. Resonaron truenos sobre nuestras cabezas.

El señor Brunner seguía sentado bajo su sombrilla roja, leyendo su libro, como si no se hubiera movido. Me acerqué a él. Levantó la mirada, algo distraído.

—Ah, mi bolígrafo. Le agradecería, señor Jackson, que en el futuro trajera su propio utensilio de escritura.

Se lo tendí. Ni siquiera había reparado en que seguía sosteniéndolo. —Señor —dije—, ¿dónde está la señora Dodds?

El me miró con aire inexpresivo. —¿Quién?

-¡Ole! Tienes que aprender de el Señor Brunner , el sí que sabe mentir-dijo Hermes

—La otra acompañante. La señora Dodds, la profesora de introducción al álgebra. Frunció el entrecejo y se inclinó hacia delante, con gesto de ligera preocupación.

—Percy, no hay ninguna señora Dodds en esta excursión. Que yo sepa, jamás ha habido ninguna señora Dodds en la academia Yancy. ¿Te encuentras bien?

-Aquí termina el capitulo-dijo Poseidón- ¿Ahora quien lee?

-Yo, me gustaría leer a mí por favor-dijo Sally.

El Dios del mar le paso el libro mientras Afrodita se fijaba como los dos se miraban y se sonrojaban y estaba más decidida que nunca a juntar al Dios con la mortal.

Sally iba a empezar a leer cuando de repente en el medio de la sala apareció una luz y de ella salieron dos personas.

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