N/A: Nuevo capítulo, yay~ Este y el siguiente sirven como una introducción a los diversos personajes que componen la vida en el ludus y que están asociados con los juegos. Puede que el tercero no lo suba tan pronto como este, pero ya esta casi terminado.

Para quién le interese, también hice un fanmix del mismo título y que se compone de 20 canciones. Ya que abarca mi idea en general de esta historia, podría considerarse un pequeño spoilers sobre personajes que aparecerán en capítulos posteriores. Aun así, les dejo el link para quien lo quiera :3 (solo deben eliminar los corchetes [ ] de la url y agregar una "/" después de "http").

http[:]/glee-esp[.]livejournal[.]com/333562[.]html#cutid1

Gracias a las personas que comentaron, me alegran el día y valoro muchos sus reviews~ :)


II.

Kurt comenzaba a aburrirse. Dave había invitado a varios de sus conocidos, entre los que él se encontraba, para que admiraran los nuevos caballos que había adquirido. Y aunque a Kurt le encantaba aprovechar ese tipo de encuentros para enterarse de los últimos chismes y noticias que la alta sociedad tenía para entregarle, francamente, la velada le estaba pareciendo una perdida de tiempo.

Pero sin contactos no había negocio.

Él, como promotor de los juegos que se llevaban a cabo en la ciudad, dependía de estas instancias para saber lo que sus clientes querían. Y es que tanto los ricos como la plebe siempre deseaban más: más guerreros, más luchas, más muerte, y para ellos, más diversión. Siempre esperándolo con ansias. No los culpaba, ¿qué otra diversión podían esperar en una ciudad pacífica como lo era Puteoli? No eran ni el centro militar ni artístico del Imperio, ni siquiera estaban ubicados en un punto estratégico o de interés. Así que lo único que le quedaba a la ciudad era destacar en la política de pan y circo romano. Y lo estaban logrando, no por nada tenían el Anfiteatro Flavio que era el tercero más importante después del magnífico Coliseo y el gran anfiteatro en Capua.

Aún así, Kurt se aburría.

- ¿Más vino, amigo?

Dave se le acercó seguido por uno de sus esclavos, el cual portaba una gran jarra de vino en las manos. Aunque a Kurt no le gustaba beber demasiado, aceptó porque nunca es conveniente para el negocio negar los ofrecimientos de tu cliente principal.

- Veo que sigue prefiriendo el egipcio por sobre el griego, señor – comentó el joven. El político se sentó a su lado y Kurt no pudo evitar querer agrandar un poco su cercanía con el hombre. Hace ya unos meses que Dave parecía tener otras intenciones con él, pero Kurt simplemente no estaba interesado, sus ojos estaban puestos en otra parte.

- Sí, el egipcio es mucho más dulce y refinado. Diría que esos griegos no sirven más que para filosofar sobre cosas inútiles – Dave notó como Kurt fruncía el ceño levemente e intentó retractarse de inmediato – Sin querer ofender, claro.

Kurt estaba acostumbrado al ego romano, por lo que no le dio mayor importancia. Se limitó a comer un par uvas y a apreciar la belleza de los sementales que pastaban a pocos metros de distancia.

- ¿Le gustan? Fueron traídos directamente de-

- Hispania.

A Dave le tomó por sorpresa lo acertado de la respuesta y, sin estar acostumbrado a sentirlo, un fuego extraño se instaló en su pecho; se negaba a llamarlo celos. Apretó con un poco más de fuerza la jarra que sostenía, Kurt notó como un poco del líquido que contenía se derramaba y manchaba de carmín la túnica impoluta del hombre.

- ¿Conoce de caballos, Kurt? – su tono ya no fue tan suave como antes. Kurt suspiró.

- No soy un experto, pero… - y el molesto fuego en el pecho de Dave creció aún más cuando vio la sonrisa que se instalaba en los labios del joven – alguien me ha enseñado lo que hace tan característicos a los caballos de aquella región.

- Ya… - y la conversación murió. Ahora Kurt realmente quería irse. La tensión podía palparse en el aire y a él no le gustaban los dramas, lo cansaban, pero insultar a uno de los hombres más influyentes de la región sería una estupidez y significaría la muerte de su negocio y puede que la suya propia.

Su salvación llegó de la mano de una de las solteras ricas que siempre era posible encontrar por estos lados.

- Joven Kurt, un gusto encontrarlo por aquí – le dijo haciendo una pequeña reverencia en su dirección, para luego hacer otra en honor a Dave – señor, una gran fiesta la que ha organizado.

- Si, si…

Shelby se tendió frente a ellos y al instante un esclavo apareció junto a ella para ofrecerle algunos de los muchos manjares que Dave había provisto para el disfrute de sus invitados. Como toda romana respetable, Shelby no se negó al ofrecimiento.

- ¿Esta preparando algún nuevo espectáculo, Kurt? Los últimos estuvieron esplendidos.

- Me temo que no y debo declinar su halago, querida señora – Kurt sabía bien como tratar a la gente, en especial a mujeres como aquella -, pero los juegos pasados fueron un éxito debido a que participaron las mejores escuelas de gladiadores de toda Puteoli, mi aporte fue mínimo – Shelby le sonrió. A Kurt siempre le divertía como esas señoras caían tan fácilmente ante los encantos de los hombres más jóvenes.

- Hablando de los ludus… escuché que el lanista Will ha adquirido nuevos juguetes. ¿Me equivoco?

Dave decidió que este era el momento de unirse nuevamente a la conversación; después de todo, no se podía dejar vencer por un simple capricho. O al menos eso quería creer él, que Kurt era solo eso: el capricho de un hombre solitario.

- No se equivoca, mi señora – Dave cogió un poco de arroz desde uno de los tazones. Kurt estuvo a punto de reír al notar los granos que habían quedado alrededor de su boca – Will adquirió algunos esclavos provenientes de las últimas guerras en el norte y otros más que se salvaron en la arena. Nada sorprendente diría yo.

- ¿Y sabe si alguien se apropió de esa chica que logró sobrevivir a las bestias? Fue tan sorprendente…

"Bingo" – pensó Kurt – En efecto, por lo que he escuchado Will pagó una importante suma por ella – terminó de beber el vino que quedaba en su jarra y con uno de sus dedos se limpió las gotas que humedecían sus labios – varias personas la querían debido a su sorprendente actuación. Ahora, si me disculpan.

Kurt se levantó y se dispuso para irse. Solo lo detuvo una pregunta por parte de Dave.

- ¿Ya se va, amigo mío?

El joven observó a su anfitrión y su estomago dio un pequeño salto cuando se percató de la extraña oscuridad que ahora había en sus ojos. Obviamente, algo lo tenía inquieto.

- Sí, me interesa ver las nuevas adquisiciones de Will – intentó parecer convincente, pero sabía que el hombre no se estaba tragando sus excusas – ya sabe, velar por el negocio.

Kurt hizo un nuevo amago de retirarse, pero Dave volvió a hablar y esta vez Kurt pudo notar la molestia en su voz.

- Seguro es para ver a su gladiadorcito ese…

- ¿Perdón, señor?

Dave chasqueó la lengua y bebió de un trago lo que restaba del vino en su jarra.

- Al que auspicia, Kurt. ¿Lo va a ver, al hispano ese?

- Como dije, señor – respondió, poniendo especial énfasis en lo que iba a decir a continuación – uno debe velar por el negocio.

Y con una pequeña reverencia se retiró. Más tarde esa misma noche, escuchó por parte de uno de sus esclavos de confianza que Dave había obligado a dos de sus esclavas a luchar a muerte para entretenimiento de sus invitados. A veces Kurt realmente extrañaba Atenas.

.:o:.

La mujer lanzó una bolsa de dinero sobre el escritorio frente a ella. El hombre que estaba parado tras el se acercó para tomarlas, recogiendo una a una las monedas que se habían desparramado, examinando con detenimiento la última antes de guardarse su ganancia entre los ropajes.

- La próxima vez haz que valga la pena pagarte el dineral que te estoy dando – el hombre se limitó a asentir, lo que mitigó un poco el enojo de la mujer – al menos no te estás justificando.

Desde que sus padres murieran y su prometido escapara con otra mujer, Sue había tenido que encargarse del negocio familiar sola. Y no lo había hecho nada mal, al fin y al cabo todo se basaba en tener contactos claves en puestos de poder y en manejar la información correcta. Para mantenerse en aquel puesto privilegiado en la sociedad Sue estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario.

Por eso ese sucio galo se encontraba en su despacho.

- Quiero saber todo sobre los nuevos reclutas, ¿me entiendes? Absolutamente todo – el hombre asintió y con una reverencia se dispuso a marchar, pero Sue lo detuvo para darle una última indicación – Pon especial atención a la criminal esa… - el hombre puso cara de no comprender a quién se refería, lo que pareció devolverle el mal animo a la mujer - ¡Ya sabes, la que sobrevivió a las leonas! Galo inepto…

- Mi nombre es Finn – murmuró en respuesta el esclavo. Los guardias que custodiaban la entrada avanzaron para someterlo a golpes por su insolencia, pero Sue los detuvo. Un hombre ensangrentado llamaría mucho la atención y eso era lo último que necesitaba.

- Solo… asegúrate de darle tu tratamiento especial, ¿entiendes a qué me refiero, cierto?

La sonrisa del galo fue respuesta suficiente. Lo dejó marchar y se acercó a la ventana de su despacho. Desde ahí podía ver la extensión completa de su ludus. Pocos metros más abajo, más de cincuenta hombres y mujeres entrenaban bajo el ardiente sol del medio día. Sue los imaginaba sudando sangre y sonreía.

Encargarse del negocio familiar tal vez no era tan malo.

.:o:.

Cuando Santana volvió a abrir los ojos estaba dentro de lo que parecía ser una celda. Al notar el movimiento continuo al que estaba sometida y como de tanto en tanto la celda parecía detenerse y dar un salto brusco, dedujo que se encontraba en una carreta y que esta se dirigía a algún lugar.

Aún con un poco de dificultad se incorporó y se dio cuenta de que no estaba sola. Un grupo de mujeres charlaba animadamente y algunas la observaban curiosas. La mayoría eran bárbaras por lo que a Santana no le interesaba entablar conversación con ellas – "ni siquiera estoy segura de que sepan latín" –, pero otras pocas eran helenas y ella necesitaba información.

Se sentó y esperó a que la curiosidad natural del ser humano actuara. No hizo falta que pasara más de una hora para que una de las mujeres se acercara a preguntarle como se encontraba. Su nombre era Althea y por su acento Santana supo que venía de Tebas.

- ¿Dónde estamos?

- Vamos en dirección sur, hacia las afueras de Puteoli.

- ¿Por qué?

- Pues, es obvio… alguien nos ha comprado. Uno de los guardias me ha dicho que su nombre es Will y que es lanista.

Amo. Lanista.

Santana cerró los ojos al tiempo que sentía que un gran peso le oprimía el pecho. Esto tenía que ser una pesadilla. Había esquivado la muerte solo para terminar con un destino peor que el inframundo. Esclava, y no una esclava cualquiera, una gladiadora. Era el escalafón más bajo de la sociedad: humanos que ya no parecían serlo, aclamados y al mismo tiempo despreciados por sus hermanos, olvidados. Apenas llegara a destino Santana sabía que su humanidad y dignidad quedaban atrás, ahora era un simple juguete de las masas. Carne para sangrar y huesos para quebrar en el momento en que su amo y la plebe lo dispusieran. Ocultó el rostro entre sus manos y se obligó a no llorar. ¿Cuánto más bajo podía caer? La suma sacerdotisa había tenido razón todo el tiempo: no era una verdadera espartana después de todo; su padre hubiera preferido la muerte antes de terminar sometido a otra persona. ¿Podía ser que esta fuera la forma en que Atenea castigaba su atrevimiento?

- ¿Te sientes mal? – Althea intentó acercarse más, pero Santana volvió a recostarse y le dio la espalda – Supe que tú fuiste quien sobrevivió a los juegos…

- Talvez lo mejor hubiera sido morir en ese lugar – Santana no volvió a hablar en lo que quedó del viaje y aunque Althea estuvo a su lado un buen trecho del camino, al final se aburrió y fue a reunirse con las demás helenas.

Llegaron al anochecer del quinto día de viaje.

Un grupo de guardias rodeó las carretas cuando estas entraron a los terrenos principales del ludus; un par de ellos se acercaron a cada una de las celdas y las abrieron, mientras otro entraba para obligar a las mujeres a descender. Santana obedeció a regañadientes, no deseaba esto. ¿Pero… qué podía esperarse si para todos los demás ella no era más que otra criminal con un poco de suerte? Seguramente los dioses estaban aburridos y Atenea, decepcionada de ella, la había entregado para su entretenimiento.

Les hicieron formar una fila. Santana fue consciente de que eran un grupo de casi treinta mujeres y otro más pequeño de hombres. El gran patio estaba dividido en dos por una gran reja de acero. Separaron a los hombres y los hicieron pasar al patio continuo. Santana notó sus cuerpos desgastados y sus miradas vacías, fue como ver en lo que se convertiría si se quedaba en ese lugar: una carcasa sin alma ni propósito.

La chica que estaba tras ella la empujó. Las estaban haciendo entrar a las instalaciones.

Las celdas en las que fueron encerradas no eran mucho mejores que las de los calabozos en el anfiteatro, pero al menos la compartía con menos personas y eso le permitía respirar más que sudor y el aliento de cuerpos moribundos.

Madre… Rachel… si están ahí… ayúdenme.

- ¡Dormirán aquí por ahora! – era la voz de uno de los guardias – Mañana conocerán a su amo, Will. Y sabremos si valen lo que costaron, rameras.

Santana no pegó ojo esa noche.

.:o:.

- ¿No estas algo ansiosa? Hoy llega gente nueva.

- ¿Debería estarlo? Será lo mismo de siempre.

- Sí, pero es divertido ver como se mueren de miedo el primer día.

- Para mi solo significa más gente que soportar y más hermanas cautivas.

- Brittany, llevas años en esto…

- Podría llevar años o solo días, eso no cambia nada.

- ¿Sigues extrañando Britania?

La chica no contestó y pronto las dos se prepararon para dormir. Su compañera parecía haber olvidado por qué estaban en aquel sitio en primer lugar. Se tapó con su manta y cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. La Diosa Madre no le daría satisfacción aquella noche. En su cabeza aún rondaban imágenes de su hogar en llamas y de su gente siendo masacrada por las legiones romanas. Apretó los dientes y reprimió el deseo de golpear la pared.

No, Brittany nunca olvidaría la razón por la que estaba en aquel lugar.

.:o:.

Las fueron a buscar temprano en la mañana. No era una procesión de guardias como Santana imaginaba, sino que era la jefa de las esclavas seguida por un séquito de chicas de aspecto asustadizo. La que parecía a cargo era una mujer de gran tamaño, ya con varios años encima, y de típico aspecto bárbaro. Lo más probable es que fuera descendiente de los primeros germanos que llegaron al Imperio, buscando un terreno que compartir y que terminaron sometidos por los romanos como cualquier otra nación que quisiera semejante trato. La mujer dio la orden de salir rápidamente de las celdas y formar una línea a lo largo del corredor, con la espalda pegada a la pared. Todas sus compañeras de celda obedecieron con prontitud y Santana les siguió la corriente. Aún no resolvía la tormenta de emociones que su situación de esclava le había producido. Ni siquiera se acostumbraba a la palabra como un adjetivo que la describiera.

Esclava. Sierva. Prisionera.

- ¡Quítense la ropa y déjenla en el suelo frente a ustedes! – una parte del grupo de niñas que acompañaba a la mujer dio un paso adelante; serían ellas quienes se llevarían lo harapos que estaban usando, para quemarlos era lo más seguro – Su amo quiere que estén presentables antes de presentarse frente a él.

"¿Presentables para qué? No es como si a la plebe vaya a importarles si olemos bien" – Santana no podía sacarse de la cabeza la idea de que solo estaban ahí para el disfrute personal del hombre que las había comprado; que este quisiera verlas arregladas y perfumadas no hacía más que alimentar ese pensamiento.

A pesar de esto, fue la primera en desvestirse. Las mujeres espartanas no tenían vergüenza de enseñar su cuerpo, muchas veces tenían que luchar desnudas cuando las hacían entrenar y competir; el cuerpo era un orgullo y una manera de mostrar poderío. Las otras mujeres helenas la imitaron y pronto las únicas que quedaban aún con sus ropas puestas eran el grupo de mujeres de las regiones del norte y noreste de la frontera romana.

La mujer a cargo les gritó algo en su lengua celta y claramente avergonzadas las pobres bárbaras no tuvieron más opción que acatar las ordenes. Santana hizo todo lo posible por no hacer una mueca de asco. Los bárbaros no eran famosos por su higiene y obviamente no le daban la misma importancia que los helenos o los romanos. Cuerpos velludos y con una capa de tierra acumulada por años pegada a la piel, Santana se sintió más lejos de su tierra de lo que se había sentido en mucho tiempo.

- Primero se bañarán y luego una esclava las acompañará para los retoques necesarios - y con esto la mujer de gran tamaño se retiró y un par de guardias aparecieron para escoltarlas a los baños.

Las miradas lascivas que los hombres les dedicaran de vez en cuando a ella y a las demás mujeres, enfermaba a Santana hasta el punto de querer sacarles esa expresión del rostro con sus propias manos. Sabía que era capaz, pero también entendía que no sería un movimiento muy inteligente de su parte. Crispando sus dedos, se contuvo. "Esto será terriblemente difícil" – pensó, resignada.

Cuando al fin pudo sumergirse en las aguas calidas de los baños, Santana se sintió mejor de lo que se había sentido en semanas. Sus músculos se relajaron y parecía que ya comenzaban a recuperarse. El deleite de poder disfrutar de un baño caliente no era el mismo para las mujeres bárbaras. Santana tenía conocimiento de sus costumbres extrañas e incivilizadas, pero esto ya se estaba volviendo ridículo.

- Le temen al agua, señorita – lo amable de la voz la sobresaltó un poco – No es su culpa, no tienen la costumbre.

Quien le hablaba era una de las esclavas. Se había arrodillado a su lado y con ella traía un par de paños y algunas sales. Al ver esto Santana la ignoró. Ahora podía ser una esclava pero no iba a vender su espíritu tan fácilmente. Ni aunque la azotaran iba a perfumarse para su captor.

- Los bárbaros no se bañan porque en su tierra natal solo podrían hacerlo en ríos y lagos gélidos – Santana escuchaba, no tanto por la información sino más bien porque la voz queda de la esclava la calmaba – Ellas temen morir congeladas. Siempre es difícil hacer que se bañen, si no lo conseguimos pronto lo más probable es que recibamos un castigo – no pudo pasar por alto el estremecimiento involuntario que recorrió el cuerpo de la chica –, pero cómo obligas a alguien a enfrentarse a miedos que lleva consigo desde la cuna.

Si dejas que el miedo se apodere de ti antes de un combate, la batalla ya está perdida de antemano.

- En un ludus el miedo a morir no existe, si la muerte viene, se le es bienvenida si es con honor, ¿no? – la esclava la miró algo desconcertada por su pregunta, pero la espartana no esperaba una respuesta.

Con un suspiro Santana nadó hacia las mujeres, las cuales miraban con desconfianza las tranquilas aguas en las que debían zambullirse. Con gestos de su mano hizo que una se agachara frente a ella y teniendo cuidado de no asustarla tomó sus manos entre las suyas. La expresión de sorpresa en la cara de la mujer al sentir lo calidas que estas estaban no tenía precio.

- Credere me – intentaba ser lo más simple posible, pero el latín no era el fuerte de los bárbaros – Es solo agua, solo eso… agua – sabía que se estaba ridiculizando un poco frente a las demás mujeres helenas, pero algo dentro de ella no podía permitir que por algo tan estúpido las esclavas recibieran azotes.

A nadie le gusta recibir un castigo injusto.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que la bárbara tomara confianza y sumergiera primero su pie izquierdo y luego el derecho en el baño; con un pequeño tirón Santana la hizo dar unos pasos dentro del agua y cuando sintió que la mujer no escaparía cuando la soltara, la dejó para que disfrutara por si misma esa nueva sensación. Pronto, las demás bárbaras siguieron su ejemplo.

Llegó junto a la esclava que le había hablado y de un impulso se salió del agua para sentarse en el borde junto a ella. Sonriente, la esclava no perdió el tiempo y comenzó a frotarle la espalda con uno de sus paños. Santana se dejó hacer, pero le advirtió que no aceptaría el uso de sales ni nada parecido.

- Estoy en deuda, señorita.

- Si me dices tu nombre daré esa deuda por saldada.

Santana notó la tensión en el cuerpo de la chica, pero esto solo duró una fracción de segundo. Luego, una suave sonrisa se apoderó de sus labios.

- Sugar… me llamo Sugar.

- ¿Estás nerviosa?

- A la gente no suele importarle mi nombre, señorita.

Santana no la estaba mirando, pero estaba segura de que los ojos de la muchacha debían tener una expresión triste. La entendía más de lo que quisiera hacerlo, en Esparta a la gente tampoco le importaba mucho su nombre. Lo relevante era su impureza, eso era lo único que necesitaban saber para encasillarla.

- Así que, Sugar, ¿cuántos años llevas aquí?

- Toda mi vida, mi madre era esclava y hace unos cuantos años murió – eso sí que no se lo esperaba - Yo nací en este ludus - Santana guardó silencio.

Nacer en esclavitud, ni siquiera podía imaginarlo.

Sugar no dijo nada más y se concentró en su trabajo, en unas horas el cuerpo completo de Santana estaba limpio y con una pomada Sugar se fue encargando de cada una de sus heridas recientes, las cuales aún corrían el riesgo de abrirse. Unos gritos hicieron eco en las paredes de los baños y Santana se percató de que se habían llevado a las mujeres bárbaras.

- ¿Qué sucede?

- Las están depilando, la primera vez siempre es la peor – Sugar la miró con una sonrisa y las dos rieron.

Dos horas después la gran mujer bárbara volvió a aparecer, traía consigo ropas nuevas. Un grupo de guardias la acompañaba. Así, fueron escoltadas al patio principal.

.:o:.

Puck giraba la pesada espada de madera en sus manos como si esta no fuera más que una pluma. Su adversario lo observaba atento, con medio cuerpo escondido tras un escudo y una espada corta que no parecía capaz de hacer mayor daño en manos temblorosas e inseguras. Puck sopesaba una segunda espada en su otra mano. Dio un paso hacia delante y adoptó una pose de defensa. No planeaba atacar al chico.

- Vamos, Lykaios – Puck no le gustaba que le hicieran perder el tiempo, él podría estar entrenando en vez de estar haciendo este favor – me pidieron que te ayudara a perfeccionar tu manejo de la espada, así que atácame.

No lo culpaba, no había muchos hombres en el ludus que pudieran hacerle frente. Los contaba con los dedos de una mano y ni siquiera alcanzaba a utilizarlos todos.

- Estoy empezando a pensar que no tienes madera de gladiador, Lykaios.

Aquello generó un cambio de actitud casi imperceptible en su adversario. Puck sonrió divertido - "se ofenden tan fácilmente". El hombre atacó y Puck desvió su espada con un choque de la suya. Así siguieron durante un buen rato: ataque y defensa. Lykaios intentaba romper la guardia de Puck pero sus ataques eran muy básicos y no se dejaba llevar por la pasión del momento.

- Tienes que leer mis movimientos, chico, y reaccionar instintivamente a ellos – Puck decidió que si no era fuerte con él nunca lo entendería – Recuerda: reaccionar, no sobrerreaccionar.

Cambió de pose y se abalanzó contra el chico. Golpe tras golpe tras golpe, lo hizo retroceder. Lykaios no sabía qué hacer, apenas podía esquivar las estocadas de Puck con su escudo y espada. Cuando intentaba contraatacar, Puck saltaba hacia un lado y lo golpeaba en la espalda – "golpe mortal, Lykaios" -, si lograba detener uno de sus ataques con su escudo, Puck lo golpeaba con su otra espada en la cabeza – "si esta fuera la arena te podría haber partido el cráneo" -, Lykaios desesperaba porque no veía ninguna apertura en la cual realmente pudiera hacer algún daño. Otro golpe desde arriba, un choque contra el escudo y no reaccionaba a tiempo para detener el golpe de la espada de Puck en su estomago – "muerte lenta, no querrás acabar así tus días en la arena, ¿o sí, Lykaios?".

- Vienen las nuevas reclutas, ¡carne tierna!

Los demás gladiadores dejaron su entrenamiento para mirar a las mujeres que se acercaban al patio. Algunos se agolpaban en la alta reja que los separaba de ellas y gritaban proposiciones indecorosas. Los guardias reían y la mayoría de las mujeres miraban el suelo y se sonrojaban, asustadas.

Lykaios se distrajo por un momento, tiempo suficiente para que Puck le diera una patada a su escudo y lo hiciera gritar por el dolor.

- Concéntrate. Podría estar haciendo mejores cosas que estar aquí perdiendo mi tiempo contigo, así que intenta aprender algo, ¿entendido?

Pero Puck no pudo seguir su propio consejo porque una voz conocida llegó a sus oídos.

- ¡No me toques!

Por un segundo creyó haberlo imaginado. Hace años que no escuchaba esa voz y aunque había madurado y ahora era más profunda, el no podría confundirla con ninguna otra. Pero, ¿podría ser verdad? Justamente aquí, en una ciudad perdida en tierras lejanas. Encontrarla cuando ya había perdido todas las esperanzas de hacerlo.

El gladius de Lykaios, la espada de madera que utilizaban para entrenar, lo golpeó en el pecho rompiendo su ensimismamiento, el chico lo miraba como si no creyera que acaba de propinarle un golpe considerado mortal; Puck se sorprendió de que esto no le molestara en lo más mínimo. No le hizo caso y sin pensarlo demasiado se acercó a la reja para tener una mejor visión de lo que sucedía. Cuando vio el rostro de su amiga de infancia no pudo contener la euforia.

- ¡Santana! – los que estaban a su alrededor se le quedaron mirando - ¡Santana!

Fue como si el tiempo se detuviera por un segundo. Santana se volteó y lo observó, de pies a cabeza, centrándose en su rostro. Puck notó como cómo los ojos de Santana recorrían sus facciones, asimilando las nuevas marcas y pequeñas cicatrices. Fue cuando Puck le sonrió que la chica terminó por reconocerlo.

Así, los próximos segundos pasaron a ser de caos y confusión. Santana logró liberarse de los guardias que la sostenían con algunas patadas y golpes. Corrió hacia él y tomó su mano cuando llegó junto a la reja. Puck sacó un brazo para abrazarla y sentir un poco de su cuerpo contra el suyo. Los guardias tardaron un poco en reaccionar, pero inmediatamente después corrieron tras ella para apresarla.

- No puedo creerlo… Puck, ¿cómo…?

Santana no pudo decir más. El tan conocido escozor del golpe de un látigo recorrió su espalda y la hizo caer de rodillas, dejándola por unos segundos sin aliento. Pronto sintió como su sangre corría en hilos hacia abajo. Quien la había atacado no era ninguno de los guardias, ya que no vestía armadura alguna. Su agresor podría pasar por uno de los demás gladiadores si no llevara un sello de metal en su cinturón con el bastión del ludus, al verlo los guardias se detuvieron y decidieron no intervenir. Puck furioso intentó atacar al hombre frente a si, pero un látigo apresó su mano y lo detuvo.

- Alto, esclavo.

Era el hombre que Santana había visto días atrás en la enfermería. Llevaba menos ropa en esta ocasión con lo cual podía admirar el verdadero alcance de sus cicatrices; eran viejas, pero marcaban gran parte de su pecho. Tosió un par de veces y se levantó, un simple latigazo no era nada para alguien criada en la agogé.

- Así que la nueva ramera es resistente…

Santana cruzó miradas con Puck y le sonrió.

- ¿Cuándo podré hablarte? – otro latigazo fue su respuesta. Santana apretó los dientes y se sujeto con fuerza a la reja que la separaba de su amigo. Todos guardaban silencio y nadie se atrevía a intervenir.

- ¡Bastardo! – Puck aún intentaba zafarse del látigo que lo mantenía sujeto, pero su dueño no dejaba de tensionarlo – Déjala, Finn… maldito galo.

- Puck, aléjate de la reja – de un tirón quiso hacerlo obedecer, pero Puck no podía perder esta oportunidad. No ahora que por fin había encontrado a Santana – Ahora, Puck.

Santana volvió a levantarse y esta vez estaba realmente molesta. Se dio vuelta y escupió en la cara de Finn sin pensar mucho en las consecuencias que esto podría traerle. Pero su orgullo estaba en juego y no se dejaría humillar por las buenas. La sonrisa burlona en el rostro de Finn se esfumó y fue reemplazada por una expresión de profunda ira. Con brusquedad apresó el cuello de Santana con una de sus manos y la aventó contra la reja, levantándola un par de centímetros del suelo.

- ¡San! – sus propios compañeros tuvieron que lanzarse sobre él para contenerlo, incluido Lykaios - ¡Santana!

- Te daré lo que mereces, maldita esclava – Finn alzó su mano extendida preparado para pegarle, pero Santana no le quitó los ojos de encima, desafiante.

- Hazlo… si te atreves… galo – y le sonrió, lo que pareció sacar de casillas al hombre.

Puede que el cuerpo caiga, pero el espíritu de un espartano nunca.

- ¿Qué significa esto? – no había sido un grito, pero la voz que llegó de las alturas había sido lo suficientemente alta como para llamar la atención de todos – Finn, ¿qué haces?

Cuando el hombre la soltó, Santana tuvo que resistir el impulso de llevarse la mano al cuello. No mostraría debilidad ante nadie, estaba decidida.

- La estúpida esclava se insubordinó, señor.

Así que aquel hombre era quien tomaba las decisiones en aquel lugar, el amo de cada uno de ellos. Santana alzó la vista y aunque el sol le molestaba en los ojos pudo ver las facciones de su captor. Le sorprendió lo diferente que era de la imagen que se había formado de él. En sus ojos no se reflejaba la codicia ni por bienes ni por poder, típica de todos quienes gustan de someter a los demás; por el contrario, solo podía ver tristeza y cansancio. Era como si de un golpe su alma hubiera envejecido cien años.

- ¿Y esa es razón para que dañes la mercancía? – las palabras sonaban frías en sus labios, pero sin verdadera intención – Si la golpeas de esa manera la dañaras antes de que pueda sacar cualquier ganancia.

- Amo – Finn se alejó de Santana y fue a por uno de los guardias que había golpeado para escaparse –, la esclava lastimó a dos guardias y perturbó la disciplina del ludus. Merece un castigo, al igual que él – y con esto último apuntó a Puck, quien luchaba por contener su propia ira.

Will lo meditó durante un momento.

- Veinte azotes y luego a la enfermería – antes de retirarse se dirigió al hombre que mantenía sujeto a Puck – Sam, suspendemos el primer entrenamiento por hoy. Que los nuevos vuelvan a sus celdas y los veteranos sigan la rutina normal. Debo ir a saldar algunas deudas, volveré dentro de unos días y cuando lo haga espero que todo este asunto se haya solucionado.

Sam asintió y sin decir una palabra soltó a Puck, quien se dejó caer al suelo al mismo tiempo que Santana lo hacía. Tomó su mano y la apretó, era lo único que podía hacer por ahora.

- Me alegro de ver tu rostro, San – susurró.

- También me alegro de verte, Puck.

Un par de guardias los levantaron, el que llevaba a Puck lo sacó a través de la puerta en la reja y a los dos les hicieron caminar hacia un poste ubicado al centro del patio. Todos los observaban y algunos se susurraban, pero callaban de inmediato cuando alguno de los dos los miraba. Santana pudo ver por un segundo el rostro surcado por el asombro de Sugar, quien se tapaba la boca con las manos y parecía no querer presenciar lo que vendría a continuación. Utilizando unos grilletes unidos al poste, los sujetaron ahí y los obligaron a permanecer arrodillados. Sam se les acercó y un guardia le entregó un látigo de varias colas.

- Todos saben cómo funciona esto. Si actúan como se les pide y se comportan nada les pasará – empezó a caminar alrededor de ellos. Santana podía notar como el pecho de Puck subía y bajaba debido a su respiración agitada. Odiaba no poder ver su rostro – Pero si desobedecen…

El primer latigazo no es el más doloroso, pero siempre es el que sorprende y corta el aliento por un segundo.

- Si desobedecen, el castigo siempre será ejemplar.

Ahora era el turno de Puck, quién se agarró fuertemente a las cadenas de los grilletes y ya no las dejó ir.

- Olviden su vida pasada y las reglas por las que se regía – el segundo latigazo dolía un poco más que el anterior porque la carne comenzaba a abrirse, pero aún no cedía del todo – aquí comienza, les guste o no, su nueva vida. Sí, son esclavos, pero pueden encontrar un nuevo tipo de libertad en la arena – el silbido del látigo al surcar el aire en un arco perfecto y la tensión en el cuerpo de Puck cuando este lo golpea –, pero ese derecho deben ganárselo primero con sudor y sangre.

Con el tercer latigazo podías comenzar a sentir un ardor que se esparcía por tus músculos y los abrasaba. Solo tenía que aguantar hasta el quinto golpe, que siempre era el peor; luego de ese los sentidos se embotaban y ya para el número veinte estarían tan dormidos que el dolor sería inexistente. Santana se mordió el labio inferior y levantó la vista para mirar a su alrededor. Su mirada fue inmediatamente atraída por un par de ojos azules que la observaban desde una de las esquinas del ludus. Estos le pertenecían a una chica joven, quien a pesar de saber que Santana la estaba mirando fijamente, no se inmutaba. Por su aspecto, la lógica le decía a Santana que era de ascendencia bárbara, pero no podía creerlo… le parecía tan hermosa.

- Oh, miren… a la ramera le gusta que le den con el flagellum – Santana notó el ardor en sus mejillas y se avergonzó de que el estúpido de Finn pudiera asociarlo con su tortura. A lo lejos escuchó la risa de la chica y esto la mortificó. Se había puesto en ridículo.

- Finn, haz algo productivo y desaparece de mi vista – Sam se oía realmente molesto – Hoy trabajarás con los hombres – Finn obedeció de mala gana y, no sin antes dedicarle una mirada de desprecio a Santana, se marchó.

Con el latigazo número veinte soltaron los grilletes, que ya les estaban causando magulladuras en sus muñecas, y los dejaron recuperarse un momento. Luego, un par de guardias los obligaron a levantarse y los empujaron hacia el interior, dejando surcos de sangre con cada paso que daban. Mientras los llevaban a la enfermería Santana pudo echarle una mirada rápida al ludus. La chica la seguía observando, pero ahora sonreía.

Extrañamente, esto la reconfortó.

.:o:.

Algo había golpeado el corazón de Brittany de una manera que no sucedía hace mucho. Por alguna razón se había acelerado, tal como lo hacía cuando salía a luchar a la arena, pero esta vez era una sensación cálida y no de supervivencia a cualquier costo. Era agradable, le robaba una sonrisa del rostro sin que se diera cuenta.

Y todo por la nueva chica en el ludus.

- Brittany, hay que entrenar – Andras se le acercó corriendo, pero al ver que su compañera no respondía se acuclilló a su lado y divertida, se le quedó mirando – hey, chica. Entrenamiento. Ahora.

- ¿No crees que fue sorprendente? – fue lo único que atinó a decir. Su amiga siguió la línea de su mirada y alcanzó a ver a la pequeña espartana antes de que los guardias consiguieran hacerla entrar a las dependencias de la enfermería. Andras sonrió juguetona.

- ¿Hablas de la espartana? – Brittany se puso en camino hacia las pesas, ignorándola. Andras se levantó y la siguió, segura de que su amiga intentaba evitar el tema – bueno, hay que admitir que es fuerte.

- ¿Fuerte, Andras? – la risa que escapó de los labios de Brittany sorprendió a su amiga, hace tiempo que no la veía con tal animo - ¿recuerdas tu primer día aquí? Sam te golpeó de la misma manera una vez, y eso fue lo único que necesitó para mandarte a dormir con la Diosa Madre por todo un día.

- Bueno, sí, pero…

- Hace tiempo que no veía a alguien así – la voz de Brittany sonaba tan suave, Andras ya comenzaba a preocuparse.

- Ha nacido un fuego en tu interior, ¿no es así?

Brittany tomó un par de pesas del suelo y las sopeso antes de comenzar a hacer ejercicios con ellas. Sabía que Andras estaba esperando por una respuesta, pero Brittany no tenía una que darle. Al menos no una clara. No sabía lo que la espartana había despertado en ella y no es como si quisiera entenderlo tampoco. Si la calidez que sentía era solo una brisa de aire fresco pasajera o un fuego que poco a poco crecería, no le importaba. La Madre Diosa manejaba su destino y ella no podía oponerse.

- Ella es espartana, Brittany. La infección que enferma a la tierra.

- Andras…

- Su sed de poseerlo todo, su deseo por estar por arriba de todos los demás. Ellos, todos los que nacen junto al mar del sur, son los culpables de que estemos aquí – la indignación en la voz de la bárbara era palpable, y a su pesar Brittany sabía que había razón en sus palabras – Su raza es la culpable de que las tribus estemos desapareciendo.

- Andras, no te preocupes, no pasa nada…

- El problema no es que llegue a pasar algo. Puedes ir y saciar tu fuego cuando quieras, nadie te juzgará por eso.

Brittany dejó de sonreír. El tono endurecido en la voz de su amiga le recordó el lugar donde se encontraba. Todo volvió a verse tan oscuro como en un principio, Morrígan se reía de ella y de su infortunio. Las voces desesperadas de sus hermanas al morir volvieron a aparecer. Su semblante se ensombreció.

- ¿Entonces…?

- El problema aparece cuando ese pequeño fuego se transforma en un incendio difícil de controlar – Andras suspiró. Odiaba ser quien tuviera que quitarle ese pedacito de felicidad a su compañera, pero era necesario – No dejes que ese fuego te consuma – después de eso ninguna de la dos dijo nada más.

En el ludus no había tiempo para distracciones.

.:o:.

Santana estaba molesta. Molesta con su madre, con su padre, con la suma sacerdotisa, con todos. Incluso consigo misma. Acaso su sangre de verdad la hacia tan diferente de los demás. Sabía que la sangre era la portadora del alma, se lo habían enseñado. ¿Eso significaba que su alma era sucia porque su sangre lo era?

¡Mestiza! No eres nada. Ni tan salvaje como para ser bárbara, ni tan digna como para llamarte espartana.

Los odiaba. Se odiaba.

Se acercó al pozo que había cerca y con algo de esfuerzo logró sacar un balde de agua. Bebió un poco para refrescarse y luego se lavó el rostro, para terminar secándoselo con su túnica. Fue entonces cuando notó como esta quedaba manchada en sangre y que el poco de agua que quedaba en el balde también había adquirido un tono rojizo muy leve. La herida en su frente ardió.

Años después seguiría segura que el sonido que creyó escuchar era el de su corazón agrietándose, algo se había quebrado dentro de ella. Cerró los ojos fuertemente porque no quería llorar, no quería mostrar debilidad. Pero el dolor se había hecho tan real.

Los golpes no eran lo que más le dolía. Era el rechazo, la soledad.

Debiste acompañar a tu madre al Hades, tu padre no debió haberte salvado.

- Puck, para de seguirme…

Las voces venían de uno de los callejones cercanos.

- ¿Viste como dejó a los hijos del herrero? Puede que Pollux pierda un ojo. Rachel, entiende, puede hacerte daño… talvez sea salvaje como su madre – Santana estaba cansada de los prejuicios sin fundamento, estaba cansada de que insultaran a quien la había traído al mundo - ¿Y si intenta comernos?

- ¡No seas estúpido!

Ya no lo aguantaría más.

- ¡¿Acaso piensan que no los escucho, idiotas?

Eran un chico y una chica, los dos más o menos de su edad. Aunque la chica no era muy alta y el otro se peinaba extraño. El que se llamaba Puck la miraba con aprensión, como si Santana fuera a saltarle encima en cualquier momento; la otra simplemente la observaba y Santana se sentía expuesta bajo su mirada. A pesar de lo oscuro de sus ojos, la que se llamaba Rachel tenía la mirada más transparente que hubiera visto, era como una ventana directa a su alma.

- Perdona por seguirte, mi nombre es Rachel – la chica hizo una pequeña reverencia, lo que descolocó a Santana ya que nunca antes alguien la había tratado como un ser normal, nadie a excepción de su padre – Y este es Puck.

- ¡Hey! No le digas mi nombre… podría… -Puck miró a Santana y luego le susurró algo en el oído a su compañera, Rachel rió y Santana pensó que lo más seguro es que sería otro tipo de insulto.

- Sabes, si piensas decir cosas sobre mí, al menos podrías decirlas en voz alta – la sonrisa en el rostro de Rachel desapareció – Aunque no creo que sea nada nuevo, me han llamado de un sin fin de maneras. Estoy acostumbrada.

Un silencio incómodo los rodeó. Por un momento solamente se miraron los rostros; el de Puck algo quemado por el sol, el de Rachel de una palidez excepcional – "será por su vida en el templo" – y el de Santana aún manchado con un poco de sangre.

Rachel dio un paso al frente y Santana retrocedió dos, adoptando la posición de lucha que su padre le había enseñado. Rachel sonrió, pero no hizo nada que pudiera traducirse como una afrenta.

- No vengo a pelear, mestiza.

Otra vez esa palabra. El mundo al que la había traído su madre era horrible.

- ¿Entonces por qué vienes, pequeña sacerdotisa? – Santana les dio la espalda, para demostrarles que no estaba preocupada por ellos, cuando la verdad era que temía que la atacaran porque no estaba en las mejores condiciones para pelear - ¿Qué asuntos tan importantes tendría una sacerdotisa que tratar con alguien como yo?

- Cuida tu lengua, mestiza – Puck dio un paso adelante y por un segundo Santana lo notó más imponente de lo que en verdad era.

- No vuelvas a llamarme así… Puck – volvió a darles la cara, el nombre lo pronunció con todo el resentimiento que había en su ser, era tanto que ya no podía contenerlo. Puck se adelantó con claras intenciones de pleito y, aunque malherida, Santana estaba preparada para defenderse. Pero Rachel lo detuvo.

- Si no quieres que te llamemos así, pues dinos tu nombre.

Santana y Puck se quedaron mirando a la chica. Fue entonces que Santana notó aquella dignidad que tanto se pavoneaban las sacerdotisas del templo de poseer, pero que ninguna realmente tenía. Era como un aura que rodeaba a la pequeña, una claridad de pensamiento y sentimientos que se reflejaban en sus ojos. Santana no veía maldad y aquello la descolocaba. Normalmente nadie la miraba de aquella forma tan sincera.

- Rachel, no deberías… la suma sacerdotisa dijo que está maldita por los dioses – el chico lo murmuró lo bastante alto como para que Santana lo escuchara.

Maldita.

- ¿Por qué quieres saber mi nombre?

Rachel sonrió nuevamente, sentía como algunas de las barreras que protegían a Santana habían caído. Se alegraba, porque no quería que ese día terminara con la chica nuevamente sola o siendo golpeada por otros chicos.

- Te defendiste muy bien de los hijos del herrero – un pequeño sonrojo cubrió las mejillas de Santana. Estaba algo confundida, eran muchas emociones para un solo día – o sea, estuvo bien, pero podrías hacerlo mejor.

- ¿A qué te refieres?

- Soy sacerdotisa de Atenea y veo algunos de sus dones en ti.

Eso si que no se lo esperaba. Recordó la primera vez que su padre intentó llevarla al templo para que la entrenaran. Fue rechazada categóricamente por la sacerdotisa a cargo. Para ella, que Santana pusiera un solo pie en aquel suelo sagrada significaba una deshonra para la orden y para la propia diosa. Porque Santana había sido maldita por los dioses, era una huérfana de fe ya que ni los dioses paganos de los bárbaros ni los propios dioses griegos la querían bajo su protección.

Myles, ella debió haber muerto como los demás bebes que no pueden traerle gloria a Esparta, debiste dejar que la soltáramos en el precipicio.

- No digas tonterías – Santana simplemente no podía creerlo.

- Un espartano nunca desperdicia palabras.

Santana no supo que decir. Todo esto debía ser un cruel juego para ellos, el entrenamiento de la agogé era duro, talvez ella fuera la única entretención que estos chicos podían conseguir.

- Si tanto crees que te estoy mintiendo, si tan poco valor te das. ¿Crees que una sacerdotisa espartana desperdiciaría su tiempo en ti, sus palabras en ti?

Rachel mantuvo la mirada de Santana por un largo periodo. La había estudiado antes, desde el día en que apareciera en las puertas del templo y pidiera entrar. Rachel no había entendido la decisión de la suma sacerdotisa para negarle la entrada. Se supone que ellas estaban ahí como protectoras de Esparta, como guardianas de las almas de su pueblo, era su misión encaminarlas. ¿Por qué esa chica no podía ser educada? Rachel la había visto crecer a través de los años y había observado el potencial que poseía: era mucho más diestra en las artes de la lucha que muchas de sus hermanas y sabía que su padre le enseñaba de historia, retórica y estrategias militares. Si le dieran las oportunidades, podría ser una de las más dignas representantes de su nación.

- Si la suma sacerdotisa te ve acá seguro te aplicará el flagellum – Santana simplemente no podía creerle. Su corazón quería hacerlo, pero su cerebro no se lo permitía. No estaba segura de poder soportar una decepción así si todo terminaba siendo un engaño.

- Pues me arriesgaré – y ahí estaba otra vez esa sonrisa. ¿Cómo era posible que le sonriera de esa manera? – Además, Puck también lo hará.

- ¡¿Qué? Oye…

- Te gané en las competencias del año pasado, la apuesta decía que me obedecerías en todo – el chico se calló, dudoso.

- Rayos…

Santana rió, no pudo evitarlo, y aunque no se gustaban Puck también lo hizo.

- Entonces, ¿cuál es tu nombre? – Rachel le preguntó nuevamente.

- Santana.

- Hasta tu nombre es extraño, mes-ouch – Rachel lo golpeó en el brazo, ya que Puck no era consciente de lo estaba por hacer – Santana, lo siento.

- No te preocupes – por primera vez en su vida la chica se permitió disfrutar de la oportunidad que la vida le ofrecía – ya te acostumbrarás.

Puck suspiró resignado y Rachel soltó una pequeña risa. El chico sonrió y le hizo un gesto a Santana para que se acercara. Aún existía un poco de temor en su corazón, pero se dijo que no podía perder nada más.

Quién nada tiene, nada puede perder.

.:o:.

¿Cómo es que terminaste aquí, Santana?

El efecto adormecedor del opio pasó unas cuantas horas después, cuando ya era tarde y el ludus estaba sumergido en cierta paz. El curador se paró de su silla dispuesto a obligarlo a volver al sueño, pero Puck no estaba para tonterías.

- Verus, márchate – cuando el hombre se negó, Puck se levantó de su cama demostrando que estaba en perfecta forma y dio unos pasos hacia él – Verus, se que eres un hombre inteligente. ¿Acaso quieres mis puños en tu rostro? Lárgate.

Verus lo miró de mala forma, pero terminó por retirarse. El anciano no era un mal hombre, pero ahora mismo su compañía no era requerida. Puck se estiró, comprobando la magnitud de sus heridas. Se dio cuenta de que a pesar de que todavía permanecía el ardor, no había mayores daños. Miró alrededor de la habitación en busca de Santana y la encontró aún dormida en la cama más alejada. Tomó un banquillo que estaba pegado a la pared y fue a sentarse junto a su lecho.

- Salve – susurró aunque sabía que Santana no podía oírlo.

En el silencio de aquella habitación, Puck podía escuchar perfectamente todo lo que había a su alrededor: los grillos que comenzaban a salir de sus escondites, las risas de los hombres, el parloteo de las esclavas tras otro largo día de trabajo, el crispar de las antorchas y el viento que se colaba por los cuartos del ludus. También podía escuchar su respiración y la de Santana, sus latidos y los de ella. A pesar del cruel destino al que los dioses los habían condenado, Puck no cabía de felicidad al ver a aquella mujer frente a él.

- Te busqué por tanto tiempo, San.

La culpa lo había acechado constantemente en los días previos a la muerte de Rachel y a la desaparición de Santana. Por más que hablaba con los sabios y les contaba lo que Santana le había dicho, estos no le creían, las guardianas del templo tampoco lo hacían; y si nadie de influencia confiaba en sus palabras, mucho menos la gente común lo entendería. Las ansias de venganza habían dejado caer un velo cegador sobre los ojos de los espartanos, quienes solo necesitaban un culpable sobre el cual hacer caer sus maldiciones. Al final eligieron a Santana. Puck no se sorprendía de su decisión, era lo más obvio: Santana había escapado, qué otra razón podía tener para hacerlo si no era culpable.

Fue su padre quien tuvo que pagar las consecuencias de tal acusación sin fundamentos.

- El viejo Myles no pudo soportar tu partida… hasta cierto punto creía que estabas muerta – Puck se inclinó un poco y le apartó un mechón de cabello del rostro. Santana no se inmutó y siguió sumergida en su mar de sueños – Yo también lo creí en cierto punto… es que te esfumaste, Santana, desapareciste sin dejar ningún rastro.

El día en que sus propios compañeros de batallas pasadas se unieron en contra del padre de Santana, Puck no pudo hacer nada por impedir aquel destino, ya que el mismo hombre se lo impidió. Puck recordaba bien cuan fervorosamente le rogó que lo dejara pelear a su lado, con cuanta desesperación le explicó que tenía una deuda que saldar y que esa era su única forma de hacerlo.

- Me dijo que en vez de morir junto a él, hiciera lo posible por limpiar tu nombre – era una dura memoria para Puck. Oír como la turba iracunda se acercaba y ser apartado a un lado porque un espartano debe pelear sus propias batallas solo – Myles me sonrió ese día, mientras aceptaba su muerte… tu padre confiaba tanto en mi, Santana – tomó aire y observó el rostro apacible de su amiga, en el que no parecía reflejarse ni una pizca de dolor – ¿Le he fallado, Santana? Dímelo tú, yo creo que sí…

Ese mismo día, Puck se marchó de Esparta en busca de alguna pista que diera con el paradero de su amiga. Pasados algunos meses y al no encontrar nada decidió que talvez alguien conocería a los guardias que las atacaron aquella noche o a la feroz guerrera que había asesinado a Rachel, pero nuevamente se encontró en un callejón sin salida.

- No llegué muy lejos – rió por lo bajo – la verdad es que por poco me rendí.

Habían sido meses de vagar sin un rumbo fijo, de dormir en las calles o de allegado en la casa de alguien que se compadecía de él. Puck lo odiaba, no podía soportar la idea de un espartano siendo compadecido por alguien más. Por esa razón decidió que ya no iba a vivir de la limosna de otras personas y salió en mitad de la noche con rumbo a Esparta. No tenía las pruebas, pero de algún modo tenía que convencerles de la inocencia de Santana. Nunca había sido la oveja más lista del rebaño, pero si la más fiel.

Ni siquiera alcanzó a salir de las fronteras de la ciudad. A mitad de camino fue emboscado por un grupo de bandidos, quienes lo golpearon y le robaron los pocos bienes que poseía. Lo dejaron en la mitad de la nada, esperando su muerte sumergido en las hostiles sombras de la noche.

- Atenea puso a Will en mi camino, si no fuera por él no habría visto a Helios traer consigo el sol del nuevo día…

Will venía por un espectáculo a la ciudad. Al verlo tirado a mitad del camino le ordenó a dos de sus esclavos que fueran a comprobar si estaba vivo o no. Puck actuó por mero instinto. Al notar la presencia de los extraños se levantó y con sus últimas fuerzas se enfrascó en una pelea a muerte con los dos hombres. Como estos no le opusieron resistencia, la trifulca acabó rápido. Los hombres cayeron muertos, uno con su cráneo partido contra el piso y el otro con su yugular arrancada del cuello. Luego de eso Puck no recuerda mucho más. Los guardias de Will se abalanzaron sobre él con cuerdas y espadas, dispuesto a capturarlo. Lo dejaron inconsciente de un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura de una de las armas.

Iba a decir algo más, pero entonces Santana abrió con algo de dificultad los ojos. Sus músculos ya se habían desacostumbrado, pero sin pensárselo Puck sonrió. Por fin podía ver en su plenitud aquel rostro que había buscado con tanto fervor años atrás.

- Puckerman- Santana le sonrió también. Por un momento los dos se sintieron como en su adolescencia, como dos niños que lo único que querían era crecer y salir al mundo.

- ¿Cómo es que llegaste aquí?

Santana se incorporó un poco, apoyándose en sus brazos. Cuando vio su mirada Puck supo que talvez este no era el momento más apropiado para hablar de ello.

- Podría preguntarte lo mismo, sabes.

Puck rió y se echó hacia atrás, enderezándose un poco.

- Es una larga historia, San.

- Pues parece que Nix nos ha regalado una larga noche, ¿conveniente, no?

Puck intentó desordenar su cabello y Santana lo alejó de un pequeño empujón. Podía ser que ahora los dos fueran esclavos a miles de kilómetros de su tierra natal y que el paso de los años ya hubieran dejado marca en sus cuerpos, pero en el fondo ambos sabían que las cosas entre ellos no habían cambiado mucho. Él seguía siendo el chico del cabello extraño y ella la desconfiada chica que se expresaba mejor con golpes que con palabras.

Puck, encuentra a Santana. Tráela de vuelta.