Cuando una mujer está sola…
Había pasado una semana desde que Narcisa había acudido a casa de Snape. La mujer estaba en su elegante mansión con la única compañía de su elfo doméstico, que andaba en la cocina recogiendo la cena. La enorme mansión de los Malfoy estaba casi desierta, no se oía un solo ruido. A Narcisa esto le resultaba escalofriante. Lo que en otros tiempos había considerado su hogar ahora no era más que una enorme casa de paredes frías y recuerdos lejanos, envuelta en un ambiente de soledad y tristeza. Se acercaba el último día del año, y lo que en otros tiempos había sido una celebración junto a su marido y a su hijo, no iba a ser más que otra noche en la que dormiría sola, en la que el frío manto de la noche la abrazaría helándole las entrañas. Narcisa acababa de tomar un baño y se encontraba frente al tocador que tenía en su habitación. El matrimonio Malfoy poseía un elegante dormitorio. Una cama con dosel verde oscuro decorado con ribetes plateados, los colores de Slytherin, una enorme lámpara de araña con pequeñas velas iluminaba la habitación, un balcón desde el que podía verse todo Wiltshire, cuya ventana estaba decorada con unas elegantes cortinas de terciopelo a juego con el dosel de la cama. Junto a ella, había un enorme armario de mármol con los pomos plateados. El tocador frente al que se encontraba Narcisa era del mismo mármol blanco con un espejo plateado decorado por esmeraldas. A través del espejo, vio el retrato que colgaba a lado de la puerta. Lucius, Draco y ella posaban orgullosos ante su pintor, con miradas altaneras y una sonrisa despectiva. A Narcisa le entristeció mirar el retrato, le recordaba tiempos mejores. La mujer se miró en el espejo observando su pálido rostro y su cabello rubio que caía sobre sus hombros. Se sentía sola, muy sola. Cogió un peine y comenzó a peinar sus cabellos con ojos tristes y melancólicos. Nada le hubiera gusta más que contar con la compañía de un hombre en ese momento, pero no sabía con cual quería estar, si con Lucius o con Severus. Narcisa quería a su marido, lo quería de verdad, pero Snape… De cómo había empezado a sentir atracción por él, no era muy consciente. Snape era uno viejo amigo de Lucius, siempre habían mantenido una buena relación. Además, Snape era el Jefe de Slytherin y el profesor favorito de Draco. Podría decir que los Malfoy y Snape, siempre habían mantenido una relación muy estrecha. Narcisa apreciaba Snape como amigo de su marido y profesor de su hijo, pero había empezado a verlo de otro forma. Quizás era su carácter lo que más le había gustado a Narcisa, lo mismo por lo que se había interesado por Lucius. Snape era duro, severo, arrogante, poseía el perfil típico de un Slytherin, con el atractivo que ello significaba. Siempre parecía muy seguro de sí mismo y era inteligente y astuto como nadie. Desde que había acudido aquella noche a su casa con su hermana Bellatrix, su atracción por Snape había aumentado. Había pronunciado el Juramento Inquebrantable para proteger a su hijo, estaba dispuesto a arriesgar su vida por él. Eso había dejado a Narcisa impresionada, cautivada, sintiendo una irrefrenable atracción por él. Snape había ocupado sus pensamientos más prohibidos, imaginando sus ojos negros envolviendo todo su cuerpo. Narcisa miró a través del espejo, el rastro que había dejado uno de los ardientes besos de Snape. No imaginaba que un hombre tan frío, pudiera tener esa pasión. Aquella noche había sido maravillosa, como un sueño hecho realidad. Recordó las caricias suaves en su cuerpo, los besos ardientes, el infinito placer de aquella noche… Todo le hacía estremecerse. Recordó lo que había dicho Snape acerca de que pasaría si Lucius se enterase de que ella le había sido infiel. No quiso pensar en ello, prefería no pensar en ello. Narcisa quería Lucius, siempre lo haría, pero hacía tiempo que no sentía pasión entre ellos dos. Desde que el Señor Tenebroso había retornado, Lucius había estado muy ocupado y luego había ido a parar a Azkaban. Entendía que eso era parte de la vida de su marido, pero ella también le necesitaba. Aunque diera aquella imagen orgullosa, típica de los Black, también necesitaba a alguien que la quisiese. Ella no era como Bellatrix, necesitaba algo más que cumplir la voluntad del Señor Tenebroso para ser feliz. A parte de la indiferencia de su marido, también la notaba en su hijo. Draco ya no era un niño, y sabía valerse por si mismo, ya no la necesitaba como antes. Ahora no era más que la señora Malfoy, madre y esposa de mortífagos, miembro de la familia Black, nada más que eso. Pero ella era una mujer, que necesitaba sentirse querida y deseada, sentir que era algo más que una preciosa estatua que desempeñaba bien su papel. Pero esa noche, aquella noche con Snape, había vuelto a sentir que era una mujer. Que podía ser deseada, que podía ser querida, que podía volver a sentirse una mujer plena. No es que no quisiera a Lucius, es que él, aunque sabía que la quería, no le hacía sentirse como ella se quería sentir. ¡Era todo tan confuso! Nadaba en un mar de dilemas y culpabilidad, de preocupación y tensión, de elegir entre preocuparse y sentirse culpable, o abandonarse en los brazos de aquel hombre que le había hecho sentirse feliz de nuevo. Se acostó en la cama, notando un profundo vacío en su corazón. Antes de marcharse de su casa, Snape le había dicho que esperase un tiempo para volver a verle, que no podían dejarse llevar de aquella manera. Eso había entristecido mucho a Narcisa, aunque sabía que a él también le había costado horrores pronunciar esas palabras. Vivían en un dilema, un dilema de amor. Dos lágrimas resbalaron por las pálidas mejillas de Narcisa. Fuera, se arremolinaban nubes de tormenta, y el reloj de pared que había en la habitación anunció las diez. Narcisa cerró los ojos, deseando que un nuevo día mejor llegase.
Un trueno sobrecogedor la despertó en la noche. Los relámpagos iluminaban la habitación y las gotas de lluvia repiqueteaban contra la ventana. El ruido era ensordecedor y la luz que desprendían los relámpagos le hacían estremecerse. Tenía el cuerpo empapado en sudor, una noche más, las pesadillas la habían acechado. Había vuelto a verse con el cuerpo de su hijo muerto, esa pesadilla la acechaba todas las noches. El pánico se apoderó de ella súbitamente, como una garra helada que le atravesaba el corazón. Los truenos, los relámpagos, la oscuridad, la soledad, se le echaban encima como una pesada losa. Miró a su alrededor en busca de consuelo, pero nada era capaz de calmarla. Todo se le hacía un mundo, todo se le echaba encima, su mundo se desmoronaba y complicaba cada vez más. Las lágrimas cayeron por su rostro como ríos de emociones desbordadas. Una desgarradora soledad le penetraba en el alma, y se apoderaba de todos sus sentidos. Tambaleándose por el miedo, se levantó de la cama y apoyó la frente en el frío cristal de la ventana. Vio la lluvia y el viento azotando los árboles, los relámpagos iluminando el lugar con una luz tenebrosa y como el cielo parecía resquebrajarse con cada trueno. Azotada por un pánico mortal cayó de rodillas al suelo y se agarró a las cortinas mojándolas de desesperadas lágrimas. Perdía el dominio de si misma, igual que lo había perdido la noche en que le suplicó a Snape que ayudará a su hijo. Gritó, lloró, maldijo al mundo entero, golpeó el suelo, rompió un cristal y bajó corriendo las escaleras de la mansión hasta llegar al jardín. Allí, bajó la lluvia cayó de rodillas al suelo y rogó por su hijo, por su marido, por ella misma… El miedo le empapaba como la lluvia, necesitaba a algo, necesitaba a alguien. Alguien que la protegiera entre sus brazos y cuya compañía apagase ese feroz miedo que se apoderaba de ella misma. Él le dijo que no volviese en un tiempo, que era peligroso y que no debía hacerlo, pero Narcisa no podía cumplir su promesa, no podía. Sacó la varita que ocultaba en el camisón y la alzó.
Lo siento Lucius, pero no puedo resistirlo.
Giró sobre si misma, y cuando un nuevo relámpago iluminó el jardín de los Malfoy, Narcisa, ya no estaba allí…
FIN
