Konungariket Sverige: Kingdom of Sweden

Cuando desperté, aún el cielo se abrigaba, cubierto de sombras. Me removí levemente ya que me encontraba algo entumecido y acalambrado, además de tener un peso muerto sobre mí. Nuestro refugio bajo las mantas se mantenía tan confortable que no deseaba partir de aquel lugar, menos aún al ver la cara de absoluta calma de Tino. Me dediqué a contemplarlo gracias a la leve penumbra de un amanecer que había llegado con sus luminiscentes notas hace un momento atrás. Sus pestañas rubias ocultaban ligeramente sus mejillas sobresalientes de aquella bufanda que ya lucía muy vieja. Observé el resto de sus vestimentas y resolví que no debía seguir con ellas. Parecían quemadas por el frío y ya eran demasiado anticuadas; ¿Cuánto tiempo llevaba con ese tipo de ropa?, ¿50 años? Es demasiado.

Reposando mi sueño, levanté mi mano para apoyarla en su cabeza y acariciarle lentamente, con la intensión de que despertara; a pesar de que estaba en una escena totalmente agradable, debíamos encontrar un pueblo cerca en donde asearnos, comer y hospedarnos, además de comprar ropajes y alguna tienda para montar en el resto del viaje a nuestros territorios. La salida de nuestra antigua casa fue tan accidentada y rápida que no tuve tiempo suficiente para tomar todo el equipaje que había preparado, sin mencionar que la disputa que llevé a cabo con Mathias, lo hizo perder la razón y arrojó parte de nuestras pertenencias al fuego. Comencé a revivir las escenas que habíamos vivido semanas atrás; Tino intentando zafarse de mí, Lukas decidido a dispararme y Mathias, ignorando desde la lejanía, manteniéndose en el límite, con una expresión que no pude deducir. De todas formas, alguna vez tendría que salir de aquella falsa comodidad. Mis reyes decidieron no entrometerse y me dieron cierta libertad de acción; conozco claramente que sus permisos no involucraban mi desaparición repentina, pero probablemente mi sanción no sea al final de cuentas muy grave, ya que no estaban mis territorios en conflicto directamente; mi problema no era con Lukas, era con Mathias.

La soberanía es lo único que les interesa. Mi actuar es debido a que he guardado demasiado por considerable tiempo. Necesitaba despejarme y cambiar de rumbo las cosas, vivir en una cabaña apartada de las ciudades, tranquilo, buscando leña en las noches y tomando leche caliente y crema. Mirar nevar a través de la ventana y ver a Tino descansar tal como lo hace ahora.

Me duele pensar en todo esto. Es un sueño difícil de realizar.

Aparté mi mano cuando Tino comenzó a moverse y a fruncir el ceño. Sus párpados me proporcionaron lentamente sus pupilas dilatadas por la oscuridad. Me balbuceó algo en su idioma materno y subió su mano a su rostro para restregarse lentamente sus ensoñados ojos. Me aparté para verle despertar y recibí de lleno su mirada limpia, acelerando mi ritmo cardiaco y podía aseverar que aquello me había ruborizado, sin embargo, la penumbra de un amanecer tranquilo me escudaba de aquel ataque imprevisto.

―Tenemos que movernos para ver si a medio día llegamos a un pueblo. En el mapa vi que hay uno cerca, pero con la tormenta nos desviamos levemente, si vamos pronto, encontraremos hospedaje y comida… ¿Tino?

Había vuelto a quedarse dormido. Lo removí levemente y sus ojos nuevamente se fijaron en los míos.

―Ya, ya entendí, es que tengo frío.

―Yo también tengo frío―susurré.

Me quedé atado a su expresión y terminé por fruncirle el ceño. Me correspondió de igual manera, dándole un aspecto que consideraba inocente. Luego de unos instantes, Tino se apartó de mí en un acto que no vi venir. El frío enseguida nos comenzó a invadir y tomé una de las mantas y la coloqué sobre sus hombros. Hice lo mismo para mí y restregué mis ojos. Cada día que transcurría, mi vista era menos nítida. Pronto tendría que ir por unos nuevos lentes, pero para ello, debería adentrarme en alguna ciudad, cosa que por cierto tiempo, quiero evitar. Conforme avanzaba el amanecer, decidimos movernos para guardar nuestras pertenencias que yacían azarosas sobre el amable suelo que nos había cobijado. Me levanté bastante acalambrado y tendí la mano a Tino, quien se estaba tocando sus mejillas quemadas levemente por el helado ambiente. Observó mi mano tendida, pero…

―Descuida, puedo levantarme solo―me dijo, rechazando mi acto.

La inseguridad crecía en mi pecho al escuchar sus palabras sin interés, al ver como se incorporó y me dio la espalda. Mis miedos me hicieron cerrar mi puño con vergüenza. Retiré tenuemente mi gesto de amabilidad y me distraje enseguida, para no pensar en ello. Empecé a recoger las mantas sobrantes que aún permanecían tibias y de una de ellas, cayó aquel objeto pesado a la hierba, provocando un ruido seco. Me agazapé para recogerlo y lo observé unos instantes con frialdad.

―Tino, esto es tuyo―le hice entrega de su daga.

Siglos atrás cuando cierto evento que no quiero recordar sucedió, Lukas vino conmigo y me habló que había entregado a Tino la daga que yo le había otorgado tiempo atrás que, si algún día la veía de vuelta, es porque algo no estaba haciendo bien. Tantos años después ya la había olvidado, pero ver esa maldita hoja metálica me hacía recordar cosas que en mi mente las sentía ensangrentadas, y por sobre todo, un miedo terrible a perderlo. Con algo de duda, decidí soltar en un sinfín de palabras atropelladas lo que pensaba:

― ¿Es necesario que andes con esa cosa siempre?, Me refiero, los animales no serán capaz de acercarse si llevo una escopeta encima, y nadie nos robará por…

―No sólo los animales y los ladrones son capaces de atacarme, Berwald―respondió animado y distraído, mientras doblaba una de las mantas para colocarla en su propio equipaje.

Tomó la daga y la guardó en sus ropas como si se tratase de un caramelo.

El nudo en mi garganta me aquejumbró tanto que tuve que tragar para poder aliviar el dolor que cabalgaba por mi pecho. No pude aniquilar esas suaves palabras emitidas desde sus labios. Comencé a guardar cada cosa que habíamos tirado la noche anterior y en cosa de unos minutos, ya estábamos listos para partir. Tino parecía animado y de mejor humor que el día anterior, pero probablemente volviese a ponerse hostil ya que no poseíamos nada más para comer que esas barras de manteca que sé que detesta. Se arregló sus botas y me miró para iniciar la marcha. Desplegué el mapa y tracé con mi dedo enguantado en negro la trayectoria al pueblo más cercano. Tino se acercó a ver y me ocultó toda la vista con su cabeza rubia sobre mi pergamino. No reclamé, no tenía caso, ya había visto cómo llegar. Guardé el viejo trozo de papel y me dirigí a Tino, quien ya tiritaba nuevamente. Su bufanda estaba agujereada y dejaba colar el frío en su cuello. Guie mis manos a su cuello para acomodarla y luego subí su capucha al igual que la noche anterior, escudriñaba por las agujetas.

― ¡Basta!, no necesito que hagas todo por mí, yo soy capaz de atenderme a mí mismo―Tino enseguida encontró las malditas cintas y las ajustó a su cuello.

Me dirigió una mirada que distaba de ser discrepante, pero en el brillo de sus pupilas podía notar que no estaba totalmente a gusto conmigo. Desvié la vista y comencé a caminar, sintiendo que tras cada pisada, iba deshaciéndome por dentro.

Transcurridas unas horas, mis predicciones se habían concretado. Tino se había puesto de mal humor y comenzó a reclamar sobre su dolor de espalda. Intenté ignorarlo, ya que si le dirigía la mirada o le respondía se pondría de peor humor. Me limité a escuchar sus quejas con atención y a comprobar el mapa de vez en cuando. Después de la cuarta vez que reclamaba lo mismo, lo silencié un momento.

―Cálmate, estamos por llegar, y si tienes tanta hambre, come algo de las barras, aún queda― Me escuché hablar y sé que mi voz no era nada apacible, aunque según yo, le había hablado con calma.

Nuevamente mis teorías fueron ciertas al ver el ceño fruncido de Tino y sus brazos cruzados.

A pesar de que ya no era un adolescente (había dejado de serlo hace al menos dos siglos), a veces tenía actitudes de uno. Se enojaba con facilidad si no hay comida o si se sentía incómodo. Me dediqué a observar su adorable expresión de descontento y luego le comuniqué intentando ser lo más suave posible.

―Mira Tino―señalé entre un tronco y algunas ramas, un pueblo bastante cercano―, apenas lleguemos comerás lo que tú quieras, te lo prometo.

Dinero no teníamos mucho, pero siempre podíamos obtener un servicio a cambio de otro. Aquella visión había alegrado a mi acompañante y decidió él continuar la marcha, liderándome el camino. No pude evitar sonreír.

Llegamos en menos de una hora al pueblo. Estaba más cerca de lo que pensábamos, pero la nieve era densa y los caminos no estaban bien delimitados. Cuando llegamos a las primeras cabañas dispuestas entre un bosque y un pequeño espacio vacío, supe que yo también clamaba por algo distinto que las barras; olía maravilloso. Mi estómago despertó después de días de comer lo mismo y me sentía ansioso de descansar pronto. Continuamos adentrándonos a ese pueblo acogedor bajo a nieve. Incluso era notorio el ambiente cálido de las chimeneas. Entre unas casas se había instaurado una especie de feria donde varias mujeres compraban quesos y leche. Hace mucho tiempo que no veía algo así; vivíamos en palacios y enormes casas en donde yo no hacía más que estudiar y aburrirme con los asuntos políticos, jamás nada faltó y nada me costaba esfuerzo. Me pregunté cómo cuidaban del ganado y cómo el invierno para ellos era parte de sus vidas. El comercio estaba vivo y podía entrever entre la gente que asistía por sus víveres, que intercambiaban un tipo de provisiones por otras, un trozo de queso por unos cuantos huevos, harina por frutos secos, leños por semillas. Me sentí a gusto, hace mucho no estaba tranquilo y resguardado. Tino por su parte, observaba deseoso un trozo de pan que parecía relleno de algo dulce. Suspiré al ver su rostro hambriento y me limité a sacarlo de su ensoñación.

―Vamos por hospedaje, luego saldremos por comida―señalé, una vez que nos adentramos completamente al pequeño pueblo.

Tino me dirigió la atención y asintió aliviado; dormir una noche en un lugar cómodo instauraría algo de su risa que no percibía hace días. Caminamos entre pequeñas cabañas y árboles, una que otra taberna, cazadores y mujeres fuertes cortando sus propios leños. Niños jugando en la nieve con tanta naturalidad como si fuese un verano tranquilo. Escuchaba risas y gritos de cánticos salientes de locales donde husmeaba fuertemente a alcohol. Nos dirigimos a uno de estos donde estaba el ambiente más tranquilo. Llamamos a la puerta y una mujer con una expresión dura nos atendió.

― ¿Viajeros? ―dijo la mujer, continuando con sus labores.

Me limité a asentir y el grito que profirió luego de mi respuesta, me dejó algo atónico. Otro bramido grave desde adentro le contestó positivamente.

―Tenemos sólo una habitación pequeña para esta noche, pero también tenemos cervezas, vodka y algo de whisky que nos llegó desde muy lejos, ¡Pasen, pasen!

La amabilidad de esta mujer era tan invasiva que incluso yo me sentí algo intimidado. Tino iba tras mío en silencio, observando las mesas del lugar y la pequeña juerga que crecía en una esquina. La gente lucía muy alegre y hablaban algo de una cacería. La dama de espalda fuerte nos dirigió a una habitación algo apartada de todo en un segundo piso oscuro donde todas las puertas permanecían cerradas. Nos mostró nuestra alcoba y sí resultó ser muy pequeña; una cama con mantas tejidas a manos y suaves pieles sobre ella, una mesita de noche y un candelabro. Era suficiente.

―Tengo riksmynt y kronor. Usted decida qué moneda me acepta por favor

La mujer me contempló extrañada y luego inspeccionó mi vestimenta. Tino se asomó por mi costado; ya había dejado todo en el suelo y parecía cómodo con nuestro pequeño cuarto. La mujer después de analizarme con su mirada fuerte, señaló con su dedo animoso el símbolo real de mi brazo y para luego dirigirme la palabra.

―Disculpe usted por no disponer de mejores hospedajes para sus excelencias, sin embargo, puede considerar este modesto dormitorio como una cortesía.

―No tiene por qué, por favor acepte el pago correspondiente, no vivimos ni usted ni yo de la caridad.

La mujer titubeó unos momentos y aceptó.

―No sé qué es eso del Kronor, asique son 8 riksmynt, muchas gracias.

Entregué en sus manos las monedas en desuso y luego de eso, nos indicó que llegada la noche, podíamos cenar en el restaurante de abajo. Nos dejó para que nos instaláramos y me volteé a ver a Tino. Se había sentado en la cama y me miraba bastante más animado que en bosque.

―Tengo también dinero para que vayamos por comida―señaló Tino.

Se incorporó y se ajustó la capa raída a su cabeza. Recordé que no podía andar más con aquellas vestimentas desgastadas.

―También iremos por ropa nueva para ti, tendrías que haber elegido mejor lo que traías.

Un silencio incómodo se creó en la habitación. Tino desvió la mirada y torció el gesto.

―No es que yo estuviese arreglando el equipaje como si fuese a un paseo. Más bien recuerdo qu…

―Suficiente―miré con severidad a mi acompañante.

No parecía nada contento cuando recordábamos por qué estábamos aquí. Me relajé un poco y prometí pedirle disculpas cuando tuviese el momento adecuado. Di media vuelta y le hice una seña para que me siguiera. Bajamos las escaleras en silencio y con parte de mi capa, oculté el símbolo real de mi brazo; si la gente lo notaba, tendría que detenerme a cada instante a agradecer gestos de respeto. No era un príncipe ni nada, era igual a ellos, yo formaba tanto parte de estas tierras como esta amable gente de esfuerzo. Sentir el olor a carne asada y a cerveza en el aire, nuevamente me hizo recordar lo parecido que éramos a esos cazadores que reían ya ebrios en una esquina del hostal. Abandonamos la instancia y nos percatamos que los senderos estaban más animados a que cuando llegamos. Subí mi chaqueta y miré al cielo; ya pronosticaban las nubes amenas que la noche no sería tan terrible como la anterior. Traía consigo la escopeta y el dinero, Tino en cambio, venía sin nada. Caminamos en silencio lentamente, observando cómo era la vida en esos pequeños sistemas. Percibía gente que parecía llegar de ciudades al igual que nosotros y distinguía otros de modestos ropajes. Había saunas a los cuales decidí que pasaríamos más tarde. Por ahora me adentré al mercadillo y dejé que Tino escogiera qué comeríamos. Cogió el pan que añoraba hace un momento y tomó carne que habían asado hace poco. Me entregó aquello y lo miré sorprendido. Pensé que no compraría más que cosas que pudiesen guardarse.

―Sé que te tentabas por un poco de carne asada. Iremos por cerveza pronto también.

A veces no sé si Tino juega a ignorarme como yo lo hago con él, porque simplemente estos actos tan desinteresados me dejan indefenso y sólo me brotan deseos de raptarme más lejos aún a este hombre de gustos sencillos y de sonrisa cálida, la misma que me mostraba cuando dio un mordisco a su rosca.

Estoy perdidamente enamorado de él.

Mis ojos chocaron con los de él y algo dentro de nosotros se conectó. El ambiente pasó a ser un mero espectador y creo que fue primera vez en la vida que permití que viera de lleno mi verdadero yo, débil y temeroso de hacer lo incorrecto, de hacerle daño. Tino apartó su panecillo de sus labios sin aislar sus ojos de aura misteriosa de los míos. Se quedó observándome un momento y tuve que yo detener esa pequeña conexión. Deseaba enormemente beber de sus besos envenenados.

¿En qué estaba pensando?

Solté un suspiro para liberar todas las mariposas que habían nacido de mi estómago. Tino a mi lado se distrajo enseguida para sonreír a medida que evitaba mi vista; estaba nervioso. Ver sus gestos que ya conocía más que bien no podían mantenerme tranquilo. Dentro de poco mi paciencia no ocultaría tras mi frialdad el jardín que crecía en mí. Debía apaciguarme, ordenar mis ideas antes de cometer actos caóticos. Definitivamente le diría todo, con el eterno miedo de escuchar su rechazo como mi sentencia de muerte. Mi mente comenzó a nublarse con estos pensamientos y dejé que Tino me guiase en el mercadillo con las compras. Llevé algunas provisiones y me dediqué a observar sus gestos desde mis utopías; degustaba su voz con mis labios, delineaba cada vez que podía esa nariz pequeña y perfecta con mis deseos. Entre fantasías y nieblas, Tino se me quedó mirando y su expresión cambió levemente.

― ¿Pasa algo? No has tocado tu comida; pareces triste―preguntó Tino, con cierta precaución en su voz.

Alguien había pasado a llevar su brazo y él lo ignoró por completo. Aterricé de golpe y negué con la cabeza; mis anhelos eran más intensos que mis necesidades de alimentarme.

―Estoy bien, estaba pensando en cómo organizar la tarde para hacer todo lo que tenemos que llevar a cabo―mentí y sus gestos encontraron algo de alivio en mis palabras.

Me dio la espalda y pidió a un hombre muy robusto que nos envolviera un trozo de queso.

Así estuve durante la mañana, embobado como un adolescente.

Cuando arribamos a la tienda de telas, ya habíamos acabado nuestras comidas, algo de cerveza y algunas frutas dulces que desconocía con claridad de qué se trataban. Ambos notamos mejoras en nuestro humor y Tino volvía a hechizarme con su risa. Al adentrarnos a ver las vestimentas, reparé que lucían algo toscas, ya que seguramente vendían prendas para cazadores. Iba sugerirle a mi acompañante que podíamos ver en un pueblo vecino, cuando lo vi interesarse en una especie de chaqueta grande y rústica que olía enormemente a pino. Pedí que se la dieran a probar y parecía a gusto. Algo grande pero así no sufriría frío. El resto de los atuendos eran igual de típicos, pero me distraje al ver una especie de traje formal. Quité mis guantes y deslicé mis dedos por la camisa; era algo sencilla, nada muy elegante; perfecta para Tino. No necesitábamos nada así para viajar, pero mi mente no pudo evitar darme visiones de él vistiendo algo así. La cinta carmesí oscuro que adornaba su cuello me recordó levemente a las ropitas que usaba cuando era bebé. La nostalgia me invadió.

Cerré los ojos para calmar mis instintos, ya era suficiente. Jamás había sido tan permisivo con mis sentimientos, quizá era porque estaba lejos de todos y solo Tino podía saber de mí.

Pedí que me envolvieran sólo la camisa, ya que no podía pagar el conjunto entero, además del resto de ropas que eligió Tino, todas muy propias de él. Dejé que llevase sus nuevas pertenencias; estaba emocionado. Hablaba sobre lo cómodo y tibio que sería viajar con ellas ahora, ya al menos no me miraba mal al saber que debíamos continuar la travesía. Tino no había caído en la cuenta que la camisa iba camuflada entre los demás empaques.

Vivía un sueño. Tenerlo tan cerca de mí me alimentaba mis esperanzas y pocas veces caía en la cuenta de que en realidad estaba sucediendo.

―Vamos a dejar todo al hospedaje, tenemos que asearnos, trae la ropa que quieras ponerte, pero quítate eso que traes encima por favor, el frío lo está carcomiendo―le musité después de estar unos momentos sentados en una especie de banca hecha de medio tronco, todo muy folclórico.

― ¿Sabes?, Hoy me hablaste mucho más que en muchas semanas. Eso me hace pensar que si podemos llegar a ser amigos

Tino varias veces hablaba sin pensar. Supongo que no me consideraba su amigo, más bien dicho, aún no lo hacía. Cerré los ojos y alcé la vista a un cielo despejado de tormentas invernales, el cual deseaba ceder muy pronto el turno a la noche.

―Para mí siempre has sido mi amigo. Aunque no te hable demasiado, aunque siquiera…― preferí callarme, no venía al caso y no estaba en condiciones para seguir soportando ataques a mis defensas.

Cerré mis ojos y procuré controlarme y prepararme para escuchar los argumentos de Tino. Parecía algo incómodo nuevamente, sin embargo, soltó algo que al parecer tenía atrapado hace mucho.

―Pensé que me odiabas, desde hace mucho tengo esa visión tuya.

Escudriñé sus ojos y supe enseguida que se intimidó. Curvé mis cejas y descansé mis ojos sobre mis pies cubiertos de nieve.

― Créeme que no te odio, siento mucho que creas eso de mí―tuve que incorporarme para poder desviar el tema. Comencé a caminar sin percatarme si Tino seguía mis pasos o no. Necesitaba algo de alcohol y distraerme, definitivamente.

Regresamos al hostal y nos destinamos en silencio a la habitación. Todas nuestras cosas seguían tal cual las dejamos, nadie había entrado a acomodarlas ni a indagar en ellas. Abandonamos las provisiones a un lado y busqué ropa limpia para mí, además de algunos artículos de aseo que había traído, aunque no estuviesen en la lista de lo más esencial. Tino arrugó el entrecejo divertido y me preguntó bastante animado.

― ¿Lociones?, ¿En serio? ―Tino se rio cristalinamente ya que él sólo tenía su navaja de afeitar.

Me sentí algo vanidoso y me limité a fruncir el ceño e ignorarlo. Con todo nos dirigimos a los saunas para poder renovar nuestro espíritu.

Una vez llegamos a ellos, escuché el bullicio y los cánticos de hombres cansados que iban a conversar con sus amigos mientras tomaban algo de alcohol. Los baños estaban llenos y el vapor fragante de especies forestales limpiaba mis pulmones enseguida. Sinceramente no acostumbraba a compartir el baño con nadie, a diferencia esos hombres que descansaban sumergidos en tinajas de aguas calientes como si nada, cantando y brindando además de reír estrepitosamente. Sólo por orgullo, pagué más de la cuenta por un lugar más aislado, aunque al parecer, Tino no parecía acomplejado por compartir baños de vapor con otros hombres desconocidos, incluso vimos algunas termas con mujeres de muchas edades y Tino desvió la vista con una sonrisa cómplice. Me molestaba que mirase mujeres de esa manera; hice bien en pagar algo más por un baño, sauna y terma aparte. Nuestro lugar daba al bosque y se encontraba oculto entre troncos y setos. Una lámpara de aceite colgaba desde uno de los leños y la portezuela del sauna, poseía un pequeño símbolo por donde escapaba algo de vapor. Tino me miró y me volteé enseguida. Comenzó a desvestirse y no quería verlo sin sus ropas. Ya lo he visto desnudo antes, sólo que en las circunstancias en las que me encontraba, no era capaz de calmarme, siquiera podía controlarme al ver sus ojos y su cuello, menos…

―Saldré, por favor tómate tu tiempo.

Así, sin ningún tipo de valentía, me quedé afuera.

Me limité a agachar mi cabeza y cerrar los ojos, disfrutando del olor y del exquisito vapor que cubría el lugar. Atendí a Tino decir algo, pero mis oídos me engañaron y todo se entremezcló con el agua estrellarse con las piedras calientes y soltar enormes humaredas con aromas de bosque y mieles. Mi turno había tardado su buen tramo en llegar y para entonces, me desprendí de la capa y la chaqueta para desabotonar mi camisa; el calor dentro de este lugar era tan denso que hasta el invierno más crudo temía de un baño finlandés. Mi cabello se humedeció y mi piel se había perlado de pequeñas gotitas. Lentamente descendía de la vigilia al sueño, cuando un empujón en mi espalda me hizo regresar. Tino surgía del baño privado sólo con una tela delgada puesta en su cintura. Hace mucho que no veía su cuerpo semidesnudo; realmente ya no era un niño, menos un adolescente. Si bien no era un hombre tosco y de aspecto fiero como los que se paseaban sin ningún pudor frente a nosotros, no dejaba de demostrar que la madurez se instauró en él. Me musitó algo de vestirse afuera, sin embargo, no oí el resto, ya que entré rápidamente al baño. El ambiente era deliciosamente tibio, relajante y tranquilo, no obstante, tuve que mojar mi cabeza con agua helada para calmar mis deseos.

Entre vapor y agua tibia, aromas agradables y mis pensamientos, me perdí unos instantes para agradecer los sucesos acontecidos, pedir fuerzas y fortalecer mis convicciones. Hace semanas no me sentía tan limpio y perfumado. Al igual que Tino, me tomé mi tiempo para llevar a cabo mis tareas y una vez listo, salí solo con pantalones y la toalla al cuello.

Me detuve al ver a Tino junto con los hombres toscos, quienes tuvieron la decencia de colocarse pantalones. Mascullaban algo en su idioma materno sin respetar un mínimo de silencio. Observé unos momentos su expresión de felicidad y en sus manos ya descansaba un vaso lleno de cerveza. Comenzaron a cantar una melodía que sinceramente desconocía que Tino la conociese y luego rieron con la fuerza de una estampida.

― ¡Vean todos aquí!, ¡Fuerte y joven crece Finlandia, vamos a darle tributo a la sangre guerrera!

El griterío seguido luego de esa proliferación fue arrasador. Tino reía y brindaba como si toda su vida hubiese vivido entre cazadores y guerreros. Fue como retroceder en el tiempo, sólo que él era un niño cuando todo era más sencillo. El ambiente cercano y las risotadas me hicieron salir del trance.

¿Cómo se habían enterado que era Finlandia?

Probablemente Tino tuvo el poco tacto de revelarlo, y sabiendo que existían unos pocos seres en el mundo que reencarnaban en tierras, tras un pequeño interrogatorio se puede fácilmente deducir que un ser lleva más tiempo sobre el mundo que los demás y, al ser personas honestas y sencillas, probablemente no dudaron de su manifestación. Tino se levantó y se dirigió a mi lado tomando sus cosas. Tuvo al menos el cuidado de no revelar mi identidad. Al notar mi expresión severa, no dudó en presentarme las excusas.

―Lo siento, me reconocieron. Uno de ellos trabajó como nuestro cazador en el palacio de Uppsala un tiempo atrás, cuando él era joven. Salíamos juntos a cazar y luego Lukas se enojaba porque llegaba todo sucio―dijo Tino, aún con una sonrisa pintada en su rostro.

Era algo de lo que yo no me daba por enterado hasta ese momento. Se colocó una camisa delgada que se humedeció levemente con el resto de agua que poseía su cuerpo.

―Vamos, tengo hambre ya.

Aunque Tino tenía una apariencia delicada debido a la aburrida vida de palacio, tenía mucho en común con esos hombres sin nacionalidad, quienes reían en sueco, cantaban en noruego y gritaban en finlandés.

Consideraba que este pueblo era el mejor lugar del mundo.

Los hombres se despidieron de Tino a gritos y le pidieron que cortara más árboles ya que sus brazos estaban muy delgados. Algunos habían entregado balas, algunas cosas pequeñas y sencillas, incluso una botella de la legendaria Hidromiel.

Una vez vestidos y alistados, ambos nos hallábamos aliviados y de buen humor. Después de un baño solía estar más silencioso ya que entraba en estado letárgico. Tino en cambio, se animaba y despertaba como nunca. Sólo me limité a seguir sus pasos y sus manos ajustaban su nueva capa ya que afuera, definitivamente no había ambiente de sauna.

Surcamos los caminos desiertos hasta llegar a nuestro hospedaje. Parecía que este pueblo estaba todo el día en eterna celebración. La chimenea elevaba sus sedas transparentes al cielo despejado y a lo lejos, la aurora boreal flameaba como nuestro estandarte, dándonos soberanía sobre las frías tierras del invierno. Ambos nos quedamos hipnotizados unos instantes por las luces del norte y pude constatar, que a pesar del ambiente festivo que vibraba en el ambiente, los danzantes destellos nos recordaban que todo es momentáneo.

Excepto nosotros por cierto tiempo.

Miré a Tino unos segundos y supe que no podía dejar pasar más auroras llenas de mentiras y silencio. Me atreví a decirle con mi voz más grave de lo normal y atropellada, sin que tuviese conexión alguna a todo lo que nos rodeaba.

―Me gustaría hablarte luego, pero prométeme que me escucharás hasta el final, sea lo que sea que te diga―fui incapaz de entablar el puente entre mis ojos y los suyos, sólo de caer en la cuenta de que estaba tomando las fuerzas y los ánimos de confesar mi mayor secreto.

Tino sólo asintió y me dio una palmada en el hombro, con suavidad y a la vez, una amable cuota de compañerismo.

―Pareces tenso Berwald, quizá algo de alcohol te relaje un poco. No tienes nada que perder, ven―me agarró del brazo y nos adentramos en la cabaña tibia y festiva.

Mi acompañante entablaba conversaciones con otros de los presentes fácilmente, yo en cambio vibraba sólo entre pensamientos y silencio. Tino cobraba personalidad y la mía se estaba escondiendo. Al ver mi timidez, sus manos descubiertas me hicieron entrega de una botella de vodka, la cual posicionó frente de mí. El ambiente chispeante comenzó a nublarse para mí, el nerviosismo se apoderaba de mis gestos y el miedo lentamente a cegarme. No podía continuar de esta forma.

Tragué un vaso completo de vodka la primera vez. Las manos comenzaron a temblarme y poco podía controlarme. Mi humor variaba entre lo hostil y lo reprimido. Desvié la vista de la celebración y sólo me enfoqué en tomar fuerzas. Era el ambiente propicio, el momento justo, la aurora brillaba; todo estaba a mi favor.

Dios, qué miedo tengo. Otro vaso de vodka inundó mis venas para engañar mi alma y fortalecer mis ejércitos. Mi corazón latía fuerte y no prestaba oídos para nada más, excepto su voz. Me permití embriagarme nuevamente con su perfil, su risa atrapante, la piel del cuello que dejaba entrever entre tanta ropa, sus manos delgadas y enrojecidas; ¿Cómo podría seguir con todo? Necesitaba decirlo, para saber si la guerra que se avecinaba, tendría finales trágicos para mí.

Después de cierto tiempo, no lograba deducir si me había detenido al tercer vaso o si llevaba un quinto. Estaba tan mareado y al borde de estallar que no me permitía ser paciente. Anhelaba agarrar su brazo y arrastrarlo arriba, encerrarlo y destrozar mi pecho para que viera que mi alma era sólo de él. Fue el momento preciso cuando nuestros ojos volvieron a encontrarse en el tumulto de ruido y alegrías. Su rostro dejó de sonreír al verme y pasó lentamente a una expresión de preocupación. Me parecieron siglos los instantes que demoró en acercarse a mí. Aproveché de apresar su mano entre las mías y con ello atrapé su atención.

―Necesito hablarte Tino, no puedo esperar.

La confusión tomaba ventaja de manera peligrosa en esos instantes. La escalera parecía azarosa, las paredes no querían petrificarse y el pasillo era más largo de lo que yo recordaba. Tino tampoco lucía muy estable, pero gozaba del poder de detener los movimientos al azar de las cosas. Caminamos lentamente hasta nuestra habitación y al entrar en ella, me dejó en la cama y cerró la puerta con delicadeza. Se dirigió a encender la vela, pero le detuve.

―Necesito hablarte Tino―repetí, arrastrando las palabras con algo de ansiedad―, la luz de la aurora es suficiente. No puedo, no soy capaz de mirarte.

―Me estas preocupando Berwald, ¿Estás bien?, ¿Es algo muy terrible? ―sus labios que no se silenciaban, no me dejaban pronunciarme, me ahogaba; de un momento a otro, me estaba cayendo a pedazos.

Lentamente extendí mis manos a sus brazos y escalé con miedo hasta sus hombros, saboreando con mis palmas su cuerpo cubierto.

No puedo más, voy a morir.

Lentamente capturé desde sus hombros la espalda de mi perdición, me recosté en la cama y lo traje consigo, abrazándolo sin siquiera querer fingir absolutamente nada. Balbuceé algunas cosas en sueco que probablemente no entendió, ya que ni yo supe que suspiros solté. Vislumbré su cálida mano apoyarse en mi costado y lo agradecí enormemente. Acerqué mis labios a su cabello, intentando controlarme, pero estaba desesperado.

El aroma a pinos que desprendía me enloquecía, mis manos comenzaron a recorrer la espalda lentamente, como un explorador inexperto, recorriendo cada rincón de hielo que ocultaban las nubes densas de ropa. Mis labios se aventuraron hasta su frente de escarcha y solté un par de confesiones sobre ella. Eran mensajes sueltos, suspiros de amor que me prometí jamás decirle, mi colección completa de trozos de esperanzas quebradas a sus pies. No me detuve al recorrer su cuello perfecto y arriesgarme bajo su capa y su abrigo, para palpar de cerca ese cuerpo que había reservado el tiempo para mí. Me estoy perdiendo.

Cada fibra de mí se estaba descongelando, sabía que de nuevo llovía sobre Tino mis molestas lágrimas guardadas siglo tras siglo. Mis manos deleitaron todos sus anhelos y se percataron de que cada leyenda era cierta, probar de aquel manantial era volver a la vida, escalé con mis dedos hasta su nuez y continué escribiendo mis desdichas al arribar en su cabello, dueño de una suavidad increíble. Era el momento, ya pronto acabaría parte de mi agonía. Bajé con mis labios por su frente y llegué a uno de sus ojos, el cual estaba húmedo. Sin esperar un segundo más, descendí a su oído y comencé deshice mis ataduras y me declaré rendido frente a él.

―Me has matado. Me mataste desde el primer día que te vi. Te robaste cada mísera parte de mi alma, de mi vida, mi mente y mi cordura. Me sumiste en inviernos de soledad y no soy capaz de salir de ellos. Mira en lo que me he convertido, soy esclavo de tus ojos, de tu piel. No puedo dejar de pensarte jamás en mi vida. Intenté huir de ti, intenté que huyeras de mí, intenté morir, intenté buscar alguien más. No recuerdo cuando era libre. Cada fibra de mi está estancada dentro de todo esto. No me importa que piensen los demás, ya es suficiente. Jamás he podido aprender a odiarte, jamás pude ahogar todo esto con lo que lidié noche tras noche de mi vida. Cada día que transcurre me matas, estoy a tus pies, estoy deshecho por ti, no sirvo para nada más que para ser un esclavo tuyo, no puedo pensar en un día sin desear tus labios y tu piel, en tenerte cerca y descubrirte y proclamarte como mío. Quiero que seas mío y de nadie más, que si me vas a matar, que lo hagas todos los días, pero no puedo guardar más miseria en mí. No he vivido en siglos, me he secado por dentro intentando lidiar con este conjuro que plantaste en mí. No sé qué hiciste para que cayera vencido. No puedo mirar tus ojos, no quiero descubrir que guardas rencor por mí, me condenas al martirio, a que lo que más deseo se ha ido lejos de mi alcance. Tino, no puedo más.

Mi alma se estaba desangrando. La cabeza me daba mil vueltas y tenía tan cerca sus labios; lo había perdido todo. Probar de mi infierno no me daría más sufrimiento que el no probarlo. Besé su oreja para después besar su mejilla hirviente y luego ir por mi sentencia. Me detuve a observar sus ojos por primera vez. Me he caído varias veces en mi vida. Nunca fue tan duro como ver esos ojos que amaba…

―Si te sigues acercando te mataré.

La maldita daga había apoyado sus dientes de argento sobre mi cuello. Supliqué, rogué, creí que grité a cielos completos por piedad, por dejarme siquiera probar el sabor de mi delirio. Mi Flor de Invierno se hundía conmigo en el silencio mortal entre nuestras almas desplegadas.

Ya no importaba, Cerré los ojos con fuerza y permití que se suicidaran unas últimas lágrimas sobre su rostro agitado. Conforme avancé, lentamente sentí una sinfonía de dolor brotar desde mi piel incitada en mi cuello, tal como mi alma se estaba derribando.

―Te amo.

Besar esos labios fue lo más doloroso que he hecho en mi vida.