Desde el día siguiente me esforcé en continuar mi semana con normalidad. Me entorpecía el hecho de verlo tan seguido cuando llegaba a casa o cuando salía a trabajar. Teníamos horarios similares y siempre nos encontrábamos en la entrada o en la salida. Me avergonzaba invitarlo a pasar, nuestras conversaciones jamás llegaron a más que un saludo de cordialidad y un resumen de veinte segundos de nuestros días en el trabajo. Una carcajada forzada, una sonrisa y ambas puertas se cerraban. ¿Él esperaría el sábado como lo esperaba yo? Era de suponer que no, en realidad yo le estaba dando demasiada importancia al asunto pero no sabía cómo manejarlo bien.
Me quedé incluso un día en el departamento de Emma, como si lo estuviese evadiendo. Llegué a su casa temprano cuando ella estaba por volver de la universidad y me quedé esperando sentado afuera de la puerta. Se llevó una gran sorpresa al verme ahí, creo que mi cinismo me estaba pasando la cuenta y cada día intentaba mantener una relación sana y feliz con esa chica.
La conocí un día que salí con un grupo de entrenadores de las otras ligas, era amiga de dos de ellos y estuvimos comiendo todos juntos en un restaurant bastante conocido en pleno centro de la ciudad. Me gustó bastante apenas la vi y no me costó nada poder conseguirla. Una mirada provocativa, pasar mi mano por su espalda y ya la tenía en mis brazos. Pero la verdad no estaba en mis planes comenzar una relación con ella ni con nadie. Como decía anteriormente, las chicas se me acercaban por mi físico y jamás se interesaban por mi persona, quizás era el sexo o los músculos, quizás era el simple hecho de querer figurar con alguien a quien las chicas vieran inalcanzable, pero existían mujeres que rompían esa barrera sólo para demostrar sus capacidades y tomarme como un trofeo de guerra.
Aquel día en que me quedé con ella mantuve la misma distancia de siempre, era ella la que siempre se intentaba acercar pero yo jamás tuve el valor de terminar con ella, simplemente no podía ir y decirle que no quería verla más porque ella todos los días me hacía saber lo mucho que me quería y que no se podría ver sin mí. Llámenlo como quieran llamarlo, estaba siendo un cabronazo con ella y hasta yo lo sabía, pero al fin y al cabo lo hacía por su bien o eso creía.
La monotonía de nuestra relación me estaba matando y yo mismo sabía que no era bueno mintiendo. Se me notaba en los ojos, mi expresión se volvía terca y sonreía incómodamente, exhalaba fuerte por las fosas nasales y movía los ojos de un lado a otro. No es que sea una persona mala, no me gusta mentir pero ella me está volviendo débil, me estoy viendo obligado a fingir para mantener la felicidad de una segunda persona. ¿Eso me hace malo también? Cuando me acuesto con ella no pienso en nadie más, eso tampoco me hace malo. Simplemente lo hago y no pienso. No tengo los ojos en nadie así que por lo menos ella no tenía de que preocuparse, lo único en su contra era que yo no la amaba.
Quizás la quería, sí. Quizás la quería así como quieres a un conocido justo al enterarte de ganó un premio o así como quieres a tu camión de juguete en la niñez. Algo superficial, algo por compromiso, una estima ligera que termina doliendo al desaparecer, pero con el tiempo olvidas.
Pasé la noche con ella sin siquiera tocarla. Me acosté en su cama, cada uno por su lado mientras ella me miraba incómodamente con una sonrisa feliz en el rostro. Me miraba como si todo estuviese bien, me miraba con ternura y con esperanza. Como si se proyectara al vernos tan cercanos. Tenía miedo de lo que pudiese estar pensado.
Finalmente me fui en la mañana del viernes, llegué al trabajo como de costumbre con la misma ropa del día anterior y entrené igual que en un día cualquiera. Debía preparar al equipo para un partido contra un equipo algo mayor en edad al que veían como una completa amenaza en la cancha. Trabajamos duro, a veces me apenaba el ser grosero con ellos y terminaba buscando otros métodos para que mejoraran hasta que llegase el día final. Me llevaba bien con el resto de los entrenadores, generalmente también me llevaba bien con los adversarios porque a casi todos los conocía. Algunos habían estudiado conmigo o habíamos sido compañeros de equipo en algún momento de nuestras vidas.
Siempre después de entrenar me quedaba sentado en los camarines, me quedaba unos minutos antes de volver a mi monótona realidad pensando en nada en particular. Esta vez no me quedé. Me fui directo a casa después de permanecer incontables minutos bajo la regadera. No había un motivo específico, era tan solo que la situación con Emma me hacía tener la cabeza en otro lado.
Al llegar al edificio, revisé la enorme caseta del correo en lo del conserje y retiré las mías. Más que cartas, eran facturas, letras y porquerías que mandaban a veces las empresas para que te inscribieras en sus cursos o abrieras una cuenta en su banco. Me apestan las empresas que hacen eso, la privacidad es un derecho y cada día se hace más difícil lograr estar tranquilo sin que personas molestas estén revoloteando alrededor de ti para convencerte de algo. Muchas veces me han llegado tarjetas de tiendas que no he pedido, o suscripciones a cierta institución con sus folletos de colores… Deberían gastar el papel en cosas más importantes, digo, una vez que los lees ¿qué vas a hacer con él? vas a dejarlo ahí tirado hasta que comience a estorbar y lo deseches. Es papel perdido. En lo que a mi respecte, el papel reciclado es muy feo y no me apetece usarlo.
Abrí la puerta del ascensor mientras revisaba cuales cartas dejar y cuales tirar, eran aproximadamente ocho o nueve, pero no me importaban más de cinco. La letra de la luz, la letra del agua, la cuenta de la electricidad, la compañía de teléfonos y mi subscripción a una revista literaria que descubrí hace unos años. No hace mucho juego en mi estante junto a las historietas o mis planes de ataque para los partidos, pero la verdad disfruto mucho leyéndolas en mi tiempo libre. Siempre me he preguntado cómo los escritores son capaces de crear poesía narrando hasta lo cotidiano. Pueden hacer que cualquier situación sea interesante de leer. Me fascina la idea de leer y leer pero no leo muy rápido y me desconcentro fácilmente, quizás por eso se me dan los deportes, no se puede poseer todas las inteligencias, lamentablemente. Sueño algún día enamorarme de alguien que pueda escribir, las personas que pueden expresarse con facilidad y pocas palabras son las que más me interesan, quizás debe ser porque soy torpe en todas esas cosas y me atrae lo desconocido, o el descubrir interiormente a alguien muy distinto a mí. Quién sabe.
Mientras iba subiendo puse las cartas en el bolsillo de mi chaqueta y me arreglé el tirante del bolso del hombro. Los días de otoño me encantaba usar mi chaqueta favorita aunque todos dijesen que estaba pasada de moda. Es una chaqueta de corduroy café oscuro con el cuello de piel opaca. A mí me parecía una linda chaqueta.
Bajé del ascensor y caminé directo por el pasillo mientras concentraba mis ojos y manos en desenganchar la cremallera de mi vieja chaqueta, y cuando ya estaba llegando a mi departamento, choqué con él.
-¡Christian!- Exclamó el sin alzar demasiado la voz.
-Christopher-Corregí yo algo incomodo.
-Christopher, disculpa mi mala memoria- Dijo esbozando una leve sonrisa.
Desde esa vez que fuimos a tomar café, ya había superado por completo esa sensación que me provocaba recordarlo. Era bastante incomodo para mí el que una persona me intrigase tanto, y el caso iba peor si se trataba de un hombre, ya que si fuese una chica habría sido mucho más fácil acostarme con ella y sacarme el capricho de encima. No es que sea caprichoso, pero pienso que esa habría sido la solución adecuada al caso.
Estábamos de pie en el espacio que dividía nuestras puertas, el vestía igual de formal que siempre y su rostro se veía, extrañamente, radiante y apagado a la vez. Se me hace imposible explicarlo, pero a pesar de que su rostro se veía opaco y cansado, su mirada te electrizaba los pelos y te ponía alerta. Creo que nunca en mi vida había visto menuda combinación de cualidades en una persona, pero a pesar de verse una persona transparente, no tenía idea qué pensar. No sabía lo que él podía ser en realidad y eso era lo que me tenía tan interesado.
-Descuida- Dije sonando un tanto falso en el tono de mi voz.
-¿Qué tal te ha ido?- Preguntó desinteresadamente mientras buscaba las llaves en el profundo bolsillo de su abrigo.
-Pues bien, gracias.
-Me alegro-Respondió.
Me di la vuelta para entrar a casa pero noté que él seguía de pie en la misma posición. Miraba directamente en la misma dirección a la que miraba cuando me estaba hablando, tenía ambas manos en los bolsillos y una sonrisa de la que no sabía que pensar.
-¿Quisieras cenar conmigo?-Preguntó de repente.
-Claro- Respondí oscilante levantando un tanto las cejas. Este tipo ya me parecía bastante raro, ¿qué se traería entre manos?
Abrió su puerta y me invitó a pasar, entre y me detuve en la sala de estar. Esta estaba escandalosamente ordenada y sin ninguna ínfima basura alrededor. Era todo lo contrario a mi casa, el sofá era blanco y de cuero sintético, cuadrado como esos mousses de chocolate que compraba Emma cuando comíamos en su casa.
Definitivamente se puede juzgar a alguien por como ordena su casa y el tipo de cosas con las que decora, especialmente si es tan especial como el apartamento de él. Está pintado de un color que para mí es blanco pero para él debe tener uno de esos nombres que usan las novias para elegir su vestido color crudo, blanco invierno, hueso… Yo qué sé.
Al lado de la puerta había un paragüero de madera de roble bien barnizado y con un paraguas negro dentro de él. Seguido a este, un perchero negro con muchos recovecos extraños donde dejó su abrigo y su bufanda. El comedor era una mesa de vidrio para cuatro personas con sillas pesadas hechas de algún metal, conozco a pocas personas con ese tipo de comedor, había pocos cuadros en las paredes, el más grande de ellos era una pintura de un metro y medio más o menos de ancho y alto, era una pintura bastante extraña que no pude comprender bien. Tenía bastante vegetación, ramas que se convertían en serpientes, ciervos, rostros que aparecían y desaparecían y en medio de todo esto, un hombre de frondosa barba y expresión lúgubre y poderosa.
-¿Quién es el del cuadro?-Pregunté.
-Taranis-Respondió él sacando unos platos de un mueble cercano a la mesa del comedor.
-¿Taranis?- Dije extrañado. Nunca había oído ese nombre en toda mi vida.
-Sí, ¿nunca escuchaste hablar sobre mitología celta?
-La verdad no, perdona mi ignorancia…
-No, no es tu culpa. La verdad soy mitad irlandés por parte de mi padre, es eso. Taranis era el dios estruendoso de los celtas, el dios del trueno, la luz y el cielo.
-Pues jamás lo había escuchado- Admití.
- El representa la rueda cósmica que simboliza el ritmo de las noches y de los días. Simboliza el universo y la noción de infinito, es por eso que me gusta tenerlo en mi casa donde pueda contemplarlo siempre.
-Es bastante interesante- Comenté.
-Lo es. ¿Qué te gustaría comer?
-Lo que sea está bien para mí.
-Vamos, no seas tímido, ya estás bastante grande para eso.
-No lo sé, pasta quizás.
-Bien, ¿quisieras esperarme en la sala de estar mientras preparo la comida? ¿O prefieres hacerme compañía?- Preguntó entrando a la cocina hábilmente y sacando los utensilios de las gavetas.
-Iré enseguida- Dije poniéndome de pie y yendo hasta la cocina.
En la mesa de la cocina habían dos puestos y el cocinaba, se veía concentrado, apretaba sus labios al pasar el rato. De espaldas me parecía diferente, su cabello lo hacía ver tan serio, y sus piernas eran tan delgadas que no parecía que le pertenecieran. En mi mente cabía ahora la pequeña posibilidad de que, quizás, sólo quizás me estaba comenzando a atraer de otra manera. No sé por qué, pero me dieron ganas de ir y abrazarlo por la espalda, reposar mi cara en el espacio entre su cuello y su oreja, haciéndole cosquillas con mi barba, haciéndolo reír mientras cocina y me deja rodearlo con mis brazos por la cintura y me llena la cara de besos pequeños… Eso yo no lo hacía ni si quiera con Emma. Me molesté conmigo mismo por pensar así.
Me quedé parado en la puerta, podía haberme quedado mirándolo todo el día sin recordar comer, se me olvidaba todo de sólo verlo ahí.
-Ya casi termino, siéntate. –Dijo volteándose hacia mí sin soltar la cuchara con la que preparaba la salsa.
Me senté dándole la espalda. Acomodé inútilmente mi camiseta y mi cabello como si de algo siriviera.
-Aquí tienes.- Me dijo poniendo un plato extraño frente a mí. Lucía bien, pero no pude reconocer al instante todo lo que había en la salsa, en realidad, no suelo comer de esa forma.
-Sinceramente, nunca había visto un plato como este- Reí. – Pero se ve delicioso, incluso cuando llevo comer a mi novia pido cosas ochenta veces más simples que esto.
-¿Novia?
-Ex novia, quise decir- Me corregí al instante.
-Ah, está bien- Dijo ignorándolo. -Vamos, pruébalo.
Se sentó frente a mí con otro plato y sirvió jugo de manzana en ambos vasos.
-¡Está delicioso! – Dije con la boca llena de comida, y la barba llena de salsa.
-Me alegra- Comentó.
-¡Oye! –Exclamé de repente. -¿Ahora que lo recuerdo, por qué fue que terminaste con tu novia?
Sinceramente, me puse muy celoso al preguntarle sobre ella, pero era algo que debía hacer, por dos motivos más que nada; primero, para que no se diera cuenta de que estaba interesado en él, y segundo, para no llegar en momentos inoportunos si es que él tenía algo con alguien más.
-La verdad es que no soy feliz así viviendo en pareja, pero independiente de eso creo que puse mis ojos en alguien más, pero no es adecuado dejarme actuar impulsivamente todavía. Es demasiado pronto.
Sentí como un golpe frío dentro de mis entrañas, lo había conocido hace una semana apenas y ya me había hecho sentir… como el mismo pobre diablo que se despertó solo y deprimido hoy por la mañana.
-Espero que todo resulte bien con esa persona.- Dije intentando sonreír, quebrándoseme la voz.
-Yo también espero eso, al menos no tengo competencia, supongo… pero es un tema complicado.
Terminé de comer, dejé el plato a un lado y tomé la servilleta, limpié mi boca.
-Cualquier persona querría estar contigo, Thomo.
-¿Cualquiera? ¿Incluso tú?
Me sonrojé. – Claro, sí fuéramos… ya sabes.
-Creo que te estás olvidando del insignificante detalle de que estamos en nuestra segunda cita.- Dijo risueño.
-Oh, no, por favor no hagas que esto cuente como segunda cita, ¡mírame! – Dije riendo, aún sentía pena.
- A mí no me importa- Dijo amablemente. Sonreí, me sentí un poco mejor.
-Ahora dime, ¿besas en la segunda cita?
-Yo… yo nunc a tengo citas.- Dije un poco nervioso. ¿Estaría jugando conmigo aún? ¿Ya era cierto? ¿Se me estaba insinuando?
-¿Y si las tuvieras?- Dijo insistente.
-Entonces depende de quién fuera mi cita.
-¿Y si… tu cita fuese yo?
Mi corazón se aceleró de golpe, sentía mi sangre correr diez o veinte veces más rápido por todo mi cuerpo. Me puse de pie, me paré en frente de él.
-Aún así, nuestra segunda cita es hasta mañana- Le dije acercando mi boca a su cara.
Ahí fue cuando de la nada, lo besé. No pensaba en nada, él me devolvió el beso, lento, húmedo, apasionado, como nunca antes había besado a alguien. Me acerqué a su cuerpo, lo abracé por la cintura, sus brazos apenas me tocaban, pero me dejaba rodearlo por completo, y levantaba su barbilla para permitirme besarlo mejor.
Luego de unos pocos minutos me detuve sin dejar de abrazarlo.
-Lo siento, Thomo.- Dije con las mejillas sonrojadas, avergonzado de mi mismo quitando mis brazos de su cuerpo, por ser educado más que nada.
-No tienes de qué disculparte, te me adelantaste nada más.
-¿Qué?
-Planeaba tardar un poco más, pero sí, en definitiva, te adelantaste.
-No sé qué decir… - Dije avergonzado, él tomaba mis manos.
-No quiero aguarte el momento, pero no es necesario que digas nada.
-¿A qué te refieres?-Pregunté nervioso.
-No sé, en mi estómago hay cosas de ti que me están diciendo mucho- Rio tímido –Pero descuida, la situación no estuvo a tu favor simplemente, la próxima vez lo sabré cuando tú quieras que lo sepa.
¿Próxima vez? Eso significa que él realmente siente algo, no está jugando conmigo.
-¿Próxima vez?- Dije avergonzado.
-Oh, disculpa, es sólo que pensé…
Lo interrumpí. Volví a besarlo, no me podía quitar la sonrisa estúpida de la cara, esta vez el puso sus manos detrás de mi cuello, me acarició el cabello, cerró más sus ojos.
Pasaron mil cosas por mi mente, sinceramente no podía parar de pensar ni de querer mover mis manos de su espalda, no quería contenerme más, pero ya me estaba traicionando a mi mismo cumpliéndome caprichos como este.
Finalmente me contuve, pude ser suave con él y dejar mi agresividad de lado, él besaba lento y suave, tenía que seguirle el ritmo para disfrutarlo más. Sus besos me estremecían, vaya situación en la que estaba metido.
Me volvía loco, intenté a toda costa hacer que no se diera cuenta de lo excitado que estaba, pero además de ser hombre, él se adelantaba a mis movimientos, él sabía cómo eran mis reacciones ante sus besos y su forma de acariciar. Lo estaba haciendo a propósito. Este hombre era muy inteligente.
-Deja de contenerte, no seas tímido- Dijo acercándose más a mí.
-No puedo… no tan pronto al menos. No puedo obligarte.
-No me estarías obligando, te lo estoy proponiendo.
Antes de que pudiera protestar, volvió a besarme. Sí, creo que es de mala educación protestar cuando estás haciendo eso e interrumpes hablando hasta lo que yo sé, pero no estaba seguro de si quería hacerlo o no. Mi cuerpo quería, pero mi mente me decía que me iba a arrepentir después.
-Lo acepto entonces- Dije con voz grave mientras apegaba su cuerpo al mío de un abrazo. Él lentamente empezó a bajar sus manos hasta mis pantalones. Me avergonzaba el hecho de que además de tener que ver menudo bulto tuviera que empezar a tocarlo. Él empezó a besarme otra vez con la misma suavidad que antes, esta vez avanzamos poco a poco hasta llegar juntos al sofá, quedé tumbado sobre él, besándolo mientras metía mis manos bajo su camisa.
Estaba agitado, él me tocaba suavemente y me descontrolaba, me apretaba y me acariciaba con la intención de excitarme de a poco. Yo no me atreví a hacer nada, tenía miedo de hacer algo mal, él me hacía sentir inferior en muchos aspectos, pero sé que no es su culpa, era simplemente su forma de ser… tan frío y seguro. Tan lo contrario a mí.
En el peor de los silencios, él empezó a besar mi cuello, mientras lentamente metía su mano bajo mis pantalones, me dio vergüenza, estaba mojado. Retiró la mano luego de unos segundos, lamió sus dedos.
-¿Es suficiente?
-Sí… claro que sí. –Mentí queriendo decir que no.
-Ya veo… - Dijo mientras me miraba directamente a los ojos. No demostraba estar tan entusiasmado como yo, su cara no demostraba nada. Se desabrochó el cinturón despacio, se podía sentir el suspenso rasguñarme, sumándole mi desesperación.
Desabrochó el botón de su pantalón, luego bajó el cierre, se lo aflojó un poco y dejó salir su miembro, este quedó tocándome el estómago, estaba muy caliente y húmedo, demasiado erecto como para creérselo. Estaba igual que yo pero a diferencia mía era lo único en su cuerpo que lo estaba, si no lo estuviera viendo, no lo sabría. El resto de su cuerpo estaba frío, terso, como de costumbre.
-Tu turno- Me dijo mientras se bajaba un poco más la ropa interior. Su frialdad me hacía sentir incómodo, pero no podía dejar pasar esa oportunidad. Quizás al hacer esto al día siguiente ya no me sentiría así y estaría feliz de decir que no fue nada más que un simple capricho de niños, o simplemente curiosidad… Entonces lo tomé con mi mano y me estremecí por completo, él parecía no inmutarse. Me sentí mal, quizás no era lo suficientemente bueno para él. Empecé a masturbarlo despacio, no sabía muy bien cómo hacerlo, pero en realidad no pretendía mucho.
-¿T… te gusta?- Me ruboricé por montones al decirle eso, no tenía la suficiente confianza como para preguntarle algo así, además, sonaba extremadamente homosexual, pero ya estábamos haciendo eso, ¿qué importaba si sonaba mal o no?
-Sí- Respondió de forma cortante mirándome incómodamente a los ojos.
-Es que pareciese que no.
-Sí, me gusta, lo siento si estoy siendo muy frío… -
-La verdad es que tu frialdad me cohíbe un poco…- No me detuve, él de repente cerró sus ojos y su cuerpo empezó a reaccionar, empezó a levantar la pelvis involuntariamente y a abrir las piernas, él ahora no decía nada, había encontrado el punto exacto, la técnica perfecta para hacerlo gemir. Se le quería escapar un gemido, pero se contuvo con todas sus fuerzas… aún así se movía mucho, aceleré un poco.
-No puedo, detente ahora mismo- Me ordenó con la voz entrecortada. Me reí.
-¿Por qué?, pareciera como que te gusta.- Dije levantando una ceja tal como lo hacía él.
-Sí me gusta pero… no quiero terminar así.
-Sí quieres.
-Que no.- Intentó zafarse de mí.
Lo solté. – Si te duele luego no me haré responsable.
-Oh, si te harás.- Me tomó de las muñecas y me volteó, ahora él estaba sobre mí. –Ahora sigo yo- Me dijo mirándome maléficamente.
-¿Qué me harás?- Reí.
-Nadie… en este mundo me puede ver tan vulnerable como tú me viste- Me puso las muñecas sobre la cabeza y me inmovilizó. Ahora él estaba sobre mí. -Ahora verás lo que sé hacer yo.
-¡No! ¡Soy virgen!- Chillé asustado.
-¡No iba a hacer eso!- Soltó una carcajada extraña, empezó a besar mi cuello y a rozarme ahí abajo. Agresivamente empezó a imitar lo que yo le había estado haciendo, eso no era para nada bueno.
-¡No lo hagas tan rápido!- Entré en desesperación, pero era delicioso, lo hacía firme y rápido, sentí mi cuerpo hormiguear y un calor abrumador de pies a cabeza. Parecía que fuera a estallar, cada vez me ponía peor, el aceleraba hasta que empecé a dar pequeños quejidos y movimientos en su contra.
-Ni lo pienses, no voy a detenerme ahora.
-¿N… no lo harás?- Dije asustado.
-¿Y con qué objeto? Ya empezamos, lleguemos hasta el final.
Cedí, no podía hacer nada en su contra. No me estaba haciendo nada malo pero simplemente no podía soportarlo, era un placer seco y perturbante, mi cuerpo me obligaba a detenerme. Dejé caer mi cabeza en el sillón, él se sentó montado bajos mis piernas, a unos centímetros de mi pelvis, que sólo se distanciaba debido a que mi erección me hizo cambiar de dirección. Comenzó a mover su mano aún más rápido y fuerte, cerré los ojos, él me miraba directamente, observaba con detalle mi "sufrimiento".
-Eres tan adorable- Me dijo riendo, mientras miraba mi cara conteniendo las ganas de hacer sonidos extraños, apretando mis labios. Sin previo aviso, empezó a tocar más abajo, mientras seguía con su otra mano. Me apretaba despacio, buscaba dejarme vulnerable al acabar, pero su manera de tocar me daba demasiado placer, nunca había sentido tanto calor en mi cuerpo, menos aún si no lo estábamos haciendo como se debe.
-No hagas es… - No podía terminar de hablar, mis palabras se convertían en gemidos… -En realidad tengo la voz extremadamente grave así que la palabra "gemido" no es la adecuada, pero eso generalmente a las chicas les encanta, aunque… la mayoría del tiempo soy yo el que lleva el control, ¡este hombre me está extorsionando! Estoy siendo su víctima y apenas lo conocí el viernes, me siento como una perra.
Él no decía nada, sólo me miraba y sonreía frívolamente. Finalmente acabé, terminando en un grito ronco reprimido en la mitad de mi garganta.
-Eso fue tan… - lamió sus dedos como la primera vez que lo tocó. – tan adorable.
-¡No fue adorable!- Grité molesto, ruborizado. Pero me defiendo, él tenía MI esperma en sus manos, ¿cómo podía NO avergonzarme? ¿No era lo suficientemente incomodo?
-Sí lo fue, todo esto lo es. Tengo a un lindo y musculoso entrenador de rugby rendido en mi sofá, el típico rubio galán que todas las chicas querrían follar y adorar, está debajo de mí.
-Eres un engreído.- Le dije.
-No soy para nada engreído-Dijo- quizás solo soy un poco orgulloso en este aspecto- me besó la mejilla.
-¿Un poco?
-Quizás bastante…- Rio.
-¿Quizás?- Reí. Me acarició el cabello y se puso de pie, caminó hacia el pasillo.
-Volveré en seguida.
-¿A dónde vas?
-Al baño, ¿a dónde más podría ir?- Rio mientras cerraba la puerta.
Y ahí estaba yo, con el pantalón a medio bajar, y con el estómago escurriéndome. Nunca me había sentido tan humillado, no había terminado como siempre; como un león, triunfador, poderoso, dominante. Con la chica exhausta y yo con los brazos tras la nuca. No, esta vez no, esta vez él me hizo terminar de la forma más marica existente y luego se fue, ¡sólo se fue! La cena me salió bastante costosa, debería haber comido solo en un principio.
Este tipo no me temía, era imposible, no había sido dominado antes ni una sola vez. Quizás con chicos esto sea diferente y yo no me he enterado, ¡pero aún así! , él es delgado y un tanto más bajo que yo, ¡Es antinatural! Él debía ser el sometido y yo quien lo sometiera, le daré una lección la próxima vez, lo haré gemir como un gato en agosto. Sí, esto lo estoy diciendo a conciencia, estoy diciendo que quiero hacerlo una segunda vez. Ya lo hice una vez, en algún momento iremos a tener sexo y entenderá que yo soy el dominante aquí. Esperaba a que volviera pronto, estaba en una situación bastante incómoda.
Thomo volvió a la sala de estar vestido como en un principio pero con ropa limpia similar a la que traía. Veía peinado otra vez y con cara de que nunca ocurrió nada.
-Puedes darte una ducha si quieres.
-Prefiero irme a casa.
-¿Tan así?-Preguntó sarcásticamente sorprendido.
-Vivimos a tres pasos…
-Por supuesto, pero que normal sería que los vecinos vieran al chico lindo saliendo casi desnudo y sucio de la puerta del que se acaba de mudar hace una semana, ¿no?- Dijo riéndose mientras se abotonaba la camisa.
-Me da igual, nadie me verá.
-¿Puedo acompañarte?
-¿Qué? ¿Acaso estamos saliendo o algo que tenemos que seguir el día juntos?
-Claro- Afirmó seguro de sí.
-Entonces es mi deber informarte que yo soy el cazador y tú la presa, para que la próxima vez no hagas nada. – Dije molesto.
-¿Es eso acaso una amenaza?- Dijo burlonamente.
-Tómalo como una advertencia.
-El hecho de que tengas el noventainueve por ciento de la fuerza bruta aquí no me intimida en lo absoluto- Dijo riendo.
-Tú sólo intenta provocarme de nuevo en otra oportunidad, y verás lo que puede hacer un entrenador en busca de autoridad.
-Está bien, está bien… me disculpo por intentar imponerme así, pero tampoco seas grosero.
-¡¿Grosero yo?!- Grité riendo con asombro.
-Como sea, ¿vamos o no?
-Claro.
Abrió la puerta, la cerró despacio y entramos a mi apartamento.
-Tu casa es muy linda, deberías mantenerla ordenada y… limpiarla un poco tal vez. – Dijo sonriéndome amablemente. ¿Puedo encender la televisión?
-Claro que sí.-
-¿Y encender un cigarrillo?
-Dos cosas; primero, no se fuma nada en la casa de un deportista. Segundo, no.
-Está bien, no cigarrillos, ya entendí.
-Estaré en la ducha si necesitas algo.
Entré al baño y me quité el inútil pantalón andaba trayendo, largué el agua y me metí a la ducha. Me sentía extraño, creo que me decepcionó mucho conocer esa faceta de él tan pronto, pero quizás fue mi culpa, quizás no debí. Ahora estaba triste otra vez. ¿Para qué querría estar con alguien tan frío y egoísta? Para eso era mejor estar solo, o claro, con mi "novia". En ese caso, si estoy saliendo con Thomas debería decidirme por uno… pero Thomas me hace sentir tan… distinto a como me siento siempre, y en cambio con Emma sólo mantengo una relación de nombre, pero no querría hacerle daño, ya la rechacé una vez.
Terminé de lavar mi cabello y salí, me sequé y fui a mi habitación. Me puse jeans y una camiseta negra con el cuello en v, amarré mi cabello en una cola de caballo, olvidé afeitarme otra vez, fui a donde estaba Thomas.
-Vaya, como has cambiado en cinco minutos.- Rio observándome con los ojos muy abiertos, incluso levantando un poco las cejas y arrugando su inmensa frente- Te ves bastante atractivo-
-Gracias.- Dije cortante. Estaba molesto.
-¿Te sucede algo?- Preguntó Thomas poniendo cara de duda y con el ceño un poco fruncido.
-No.
-¿No?- Me preguntó remedándome con una risa leve.
-De ser así, ¿por qué debería decírtelo?
-¿Estás molesto?
-Quizá.
-Puedo retirarme si tu lo deseas- Se paró en plan de irse.
-Quédate- Le ordené.
-Está bien- Se sentó otra vez.- Pero cambia esa cara, ¿quieres que hagamos algo?
-No.
-Vamos por tu mascota, o al cine. Te animará.
-No quiero ir.
-¿Quieres conversar?
-No.
-Está bien.
Se sentó derecho, cruzó las piernas, sacó sus lentes que guardaba en su bolsillo y empezó a hojear mis revistas y cómics. Yo me quedé ahí sentado, con la cabeza apoyada en los brazos y las rodillas muy separadas una de otra.
Nadie dijo nada, cambié de canal, puse el canal de deportes, me cambié de sillón y me senté tal padre viendo el partido el domingo por la tarde.
-Tus historietas son interesantes.
-Sí, lo son.
-¿Quién está jugando?
-No los conoces.- Dije cortante.
-Ya veo.- Dejó de mirarme, volvió a leer.
-¿No tenías planes para hoy?- Dije con fin de molestarlo.
-Pues cenar con mi novia…
-Tú no tienes novia.
-Tú eres mi novia ahora- Rio.
-No soy tu novia, hablo enserio.
-¿Te complica?
-Me da igual.
-Está bien, sólo dime cuando quieras salir de una vez, por favor, es como tercera vez que te pregunto hoy.- Me dijo como un padre riñendo a su hijo.
-Gracias por la cena, ahora que me acuerdo.
-De nada, me gusta cocinar- Sonrió, dejó de leer. – Me agrada consentirte también.
-¿Por qué?
-No sé, encuentro que es adorable estar con alguien tan menor que yo… y no sé, de esa forma que tú eres.
-¿Menor que tú? ¿Cuántos años crees que tengo?
-¿Veintitrés?
-Tengo veintisiete.
-Eres un bebé.
-¿Por qué? ¿Cuántos tienes tú? ¿Cuarenta?
-Cumpliré treintaiuno en agosto.
-Yo creo que tres años no es tanto.
-Para mí, tres años sí es mucho. Cumplir treinta para mí fue algo fuerte. Empecé a vivir solo, me ascendieron y simplemente maduré, ya no soy lo que era cuando tenía tu edad. Extraño a ese Thomas.
Empecé a escucharlo con más atención, ahora me hablaba y me interesaba lo que estaba diciendo.
-Nunca fui muy sociable, pero estaba mucho más vivo que ahora. Me gustaba reír, estar al aire libre y las cosas dulces. Me dejaba la barba, el cabello alborotado, no usaba traje, era simplemente yo, viviendo feliz, siendo un asistente de segunda y viviendo con mi madre. Aún jugaba videojuegos con mis hermanitos, le arreglaba el jardín a mis padres y reparaba mi auto yo mismo. Me gustaba andar sin camiseta y tener mucho sexo con mis amigas – Rio. – Pero no, no es que fuera malo, yo realmente las quería mucho, y a ellas no le gustaba verme siempre tan solo, entonces ellas simplemente amaban consentirme y llenarme de cariñitos, era todo un niñito mimado cuando me refiero a ellas, pero bueno, yo era adorable, las comprendo.- Volvió a reír.
-¿Fuiste adorable alguna vez?- Reí. Ya no estaba molesto.
-Sí, luego tuve la oportunidad de obtener un ascenso, me promovieron rápidamente y creí que no sería capaz de asumir el cargo, me estresaba mucho, siempre me quedaba hasta tarde en la oficina hasta que empecé a adaptarme al cambio y a todo el trabajo que se me sumó, a los nuevos jefes, a los nuevos horarios y a mi nuevo alrededor. Empecé odiando tener que recibir tantas quejas todo el tiempo cuando me tocaba atender a público, o cuando tenía que lidiar con el dolor de despedir a alguien porque al jefe le daba pereza hacerlo… pero empecé a acostumbrarme de a poco y a tratar a la gente con más frialdad.
Mis amigos empezaron a alejarse de mí, me desconocieron. A cambio de eso, le comencé a agradar a los jefes, eso ya era algo. Pero el resto me temía, ya nadie me hablaba en el trabajo. – Me dijo con una expresión de nostalgia pura en los ojos.- Extraño a mis amigos…
-Pero eso fue hace muy poco entonces…
-Así es, para que veas lo fuerte que fue el cambio.
El rastro de la sonrisa que tenía se borró por completo, su historia me conmovió demasiado.
-Conseguí el puesto de asistente de pura casualidad, sólo necesitaba trabajar en algo serio por un tiempo, no me gustaba andar siempre rebotando de un trabajo a otro. Terminé odiando lo que hago, siempre asistiendo a reuniones y conferencias idiotas, a cocteles con gente que es puro aspecto y apellido, cenando con gente importante que ni siquiera me interesaría conocer… Tanto así que ya no soy capaz de demostrar nada, no podía simplemente estar con cara de desagrado en frente de ellos mientras estaba con tal tipo de gente. Tuve que aprender a hacerlo, y ahora… ahora ya no puedo volver a atrás…
-Vaya… yo…
-No te esperabas eso, ¿verdad? Pensabas que yo era frío sin razón, el típico hombre aburrido que no sabe cómo querer a alguien. No, no lo soy, es sólo que estoy perdiendo mi empatía… Estoy demasiado solo.
-Ahora que te conocí… te veo y es como que recuerdo una parte de mí y todo lo que yo quería ser… Te ves tan libre, y feliz, sonriente, bien parecido. Pareces tenerlo todo, pero al parecer no eres tan feliz como te ves, ¿o sí?
-¿Me veo feliz?
-No digo específicamente eso, o al menos, no es a lo que me refiero. Es sólo que, ¿quién no pensaría eso de ti? El entrenador guapo no tiene a quién querer, quién lo diría. Teniendo a tantas mujeres lindas queriendo acercarse a ti, entregándote el culo prácticamente en bandeja y teniendo un lugar donde recibirlas, al punto en que algunas de ellas no se molestarían en tener que compartirte o tener que esperar por ti.
-¿Tan así?
-Eso pienso.
-Yo no busco sexo, no me interesa- Dije molesto. – Busco más que eso, busco estar bien conmigo mismo, busco a alguien con quien hablar y que no solo finja escucharme.
-Entiendo.
-¿Tienes idea de cuantas chicas se me acercaban en la universidad y en la preparatoria, sólo para luego poder decir que salieron conmigo? Imagínate si me las llevaba a la cama, hacían un escándalo, un poco más y sus amigas le daban un diploma y podía ser aceptada socialmente. Era como una meta poder llegar a mí, si salías conmigo te ganabas al mundo… hacían lo imposible por llegar a mi cama.
-Cualquiera estaría feliz por eso.
-Yo no.
-Tú no, eso es porque eres un hombre que vale la pena, un caballero.
-Pues yo no lo pienso así…
-¿Qué quieres que te diga? Me has sorprendido, no creí que fuéramos a tener una conversación como esta.
-Tampoco yo.
-Bien, entonces… dime si no quieres seguir saliendo conmigo, no quiero que pienses que también lo hago por…
-No, no. Me agradas, sabes. Estaba molesto hace unos minutos, y ahora… ahora siento como si hubiese encontrado algo importante que estuviese buscando hace tiempo.
-Me alegra haberme mudado, ahora que lo pienso.
-Eso está bien- Sonreí.
-¿No vas a preguntarme por qué?- Levantó su ceja izquierda.
-No- Reí burlón en su cara.
-Pues hazlo- Se sentó a mi lado.
-Está bien, ¿por qué estás feliz de haberte mudado aquí, Thomas?
-Porque apenas llevaba un día aquí, conocí a alguien que fue capaz de sacar al Thomas que había estado atrapado en mí y volver a darle luz a mi día.
-Me siento feliz de poder ayudarte.
-Me siento feliz de que lo estés también- Sonrió, me besó despacio los labios, volvió a alejar lentamente su rostro con una sonrisa en su cara.- Lo siento por aburrirte con este tipo de conversaciones.
-Descuida.- En realidad me había agradado la conversación, no suelo hablar así con las personas.
Podría haber seguido hablando con él y haberle contado tantas cosas, pero prefería dejarlo hablar a él, tenía muchas cosas que decir y se las había estado guardando por mucho tiempo, tanto tiempo que toda esa soledad lo convirtió en su peor pesadilla, y yo, en ese preciso instante ¡estaba ayudándolo a volver! Me sentí tan bien de poder ayudarlo de esa manera, y sinceramente, me encantaba el Thomas que estaba apareciendo de a poco. Era tan adorable y gracioso… - aun que debo admitir que el Thomas frío y descarado me parece muy atractivo…
-Eres muy lindo.- Me dijo poniendo su cara justo en frente de la mía, nuestros ojos se miraban directamente a pocos centímetros de distancia.
-Igual tú- Le respondí.
-Tú más- Me dijo burlón.
-Oh por dios… no empieces con estas cosas - Reí.
-¿Y por qué no?- Se rio poniendo cara de perrito.
-No lo sé… me dan mucha risa.
-Eso es comprensible.- Se rio tiernamente, acarició mi cabello.
-Pero no me importa si te gusta hacerlo, puedo simplemente no reír y tomarlas enserio.
-Me gustaría, pero me agrada verte reír.
-Y a mí me agrada poder reírme junto a ti.
Dejé de hablar, me callé con una sonrisa en mi cara que se fue cerrando hasta dejarme en silencio. De pronto ya no estaba triste ni molesto, ni confundido por quién decidir; era él, absolutamente lo era. A pesar de ser todo tan precipitado, no te pasan estas cosas todos los días, ¿o sí?, digan lo que digan, no importa, yo no lo creo así. Y me siento feliz, feliz de poder estar en una situación tan tierna luego de tanto tiempo fingiendo mi felicidad. ¿Es posible enamorarse de un hombre en dos días? Creo que no, pero esta tarde sentí como si lo conociera de toda una vida, como si mi felicidad dependiese de tocar su puerta en la mañana para escuchar su voz y esperar a que su temperamento cambie, de agrio a dulce, de dulce… a agrio, como ayer… y como hoy.
