Notas: Apuesto que no se lo esperaban (¿? Jaja, pues sí, Dominio Terrenal ha regresado con un cap nuevo, cortesía para Kamui Vampire que siendo mi amado Camus, exigió continuación.

Advertencias: Un poco más de salvajismo, creo xD


DOMINIO TERRENAL.

Capítulo II.

La tormenta se acerca.

x—

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Despertó cuando en un intento de enviar señales a sus articulaciones, estos a penas y se movieron. Sintió como si una especie de plaga de hormigas le empezara a rodear las muñecas, quemándole la piel. Enviándole una corriente de dolor que circuló por todo su brazo, haciendo que terminara de despertarse.

Parpadeó unos segundos, ajustándose a la pequeña iluminación que consumía la estancia. Paseó su mirada sobre el lugar, sin que en ella se trasluciera ni la más mínima expresión.

«Milo», pensó al reconocer todo su entorno.

No era capaz de empezar a entender en cómo podía ser aquello posible, y más, para terminar en la posición que se encontraba ahora. Sospechaba que sin duda tenía algo que ver con los últimos besos que se dieron en aquel pasaje oculto en la octava casa, pero ya del resto le era tan profundo y complejo que se le escapaba entre la nubosidad de sus recuerdos.

Suspiró, meneando la cabeza. Quizás se había quedado dormido, confiándose, trágicamente. Dándole la ingeniosa idea a Milo para que se aprovechara de esa situación. Soltó un bufido molesto. ¿Por qué no lo imaginó, simplemente? O sea, ¿cambiar? ¿Milo? Por los dioses y que Hades se vuelva un aliado.

Se incorporó con la poca movilidad a la que estaba abstenido, sacudiendo su espalda al sentir sus manos dormidas en la parte de atrás.

—Me encanta verte luchar —arrulló una voz, oculta en su radio de noventa grados. Aunque no importaba si no pudiera verle, reconocía ese tonito a miles de kilómetros.

Con la claridad en que habían salido esas líneas, Camus logró rodar sobre su cuerpo en esa dirección, finalmente, encontrándolo. Milo. Sí, era él. Sentando cómodamente en ese diván que había adquirido años atrás, con el ufano capricho de exigir más comodidades para su madriguera. Tenía el brazo apoyado a lo largo del borde superior, observándole con esos labios curveados en una sonrisa resplandeciente. Parecía bastante relajado a comparación de él.

—Tienes tres segundos para liberarme, Milo. —advirtió. Mostrándose firme a pesar que las terribles ataduras le mordían la piel de las muñecas y le hormigueaban por falta de circulación. De alguna forma, quién sabe por qué, se veía cohibido de usar su cosmos. Le pareció sentir una energía extraña emanar de las cintas que le lastimaban, pero eso era lo menos que le importaba. O quizás sí, pero su atención ya había obtenido su objetivo fijo; y estaba frente a él.

—¿En serio quieres que te desate? —cuestionó Milo—. Pensé que este era tu tipo de juegos. Aun recuerdo cuando en Siberia jugamos con los…

—Suéltame o te vas a arrepentir, Milo de Escorpio. —trancó en seco, sin dar tregua de ningún tipo.

—¿De veras? —Milo rió a la vez que se levantaba del diván con demasiada lentitud—. ¿Y qué me harías? Ya morí varias veces, ¿recuerdas? —Cerró los ojos, mientras contaba sus pasos para llegar hasta él—. Esto ya es un ciclo interminable. —Camus le amenazó con la mirada, y el Escorpio se encogió simplemente de hombros. Como si hubiese leído las distintas formas en la que lo congelaría sino no lo liberaba. Después de un eterno minuto de silencio, entre las miradas venenosas que se lanzaban, el griego agregó—. Sólo estoy impidiendo que regreses a Siberia con ese crío que odio. Estabas dormido, y bueno, las ideas fluyen, ¿sabes?

La ira pareció zarandear al Acuario cuando esas palabras finalizaron con esa socarrona sonrisa. La frustración viajó hasta su cabeza a través de unos tentáculos invisibles, arraigados en su mente como dientes podridos. Le era insólito que no pudiera recordar en cómo llegó a estar en esa sumisa situación. Sólo recordaba haberse quedado dormido.

—Pues, me tocará meterte a ti y a tu sonrisa de suficiencia en un maldito cubo de hielo —gruñó, con palabras tan estoicas que ni él mismo se convenció—. Para cortar de una vez por toda con ese ciclo que alegas que existe.

Mentía. Tristemente, mentía. Como todo lo que se decían. Como todos los falsos cuchillos que se arrojaban que, hasta ahora, ninguno de los dos había lanzado el filo imaginario que sería el de gracia. Y Camus lo sabía, y era por eso que se repudiaba. Era consciente que ni en un millón de años desperdiciaría un segundo con él, aunque lo dejase allí atado hasta el fin de su prestada vida.

Era irrelevante pensar que no importaba cuán enojado estuviera, ninguno de los dos desaprovecharía un momento para estar con el otro. Ya sea para terminar de matarse o sanarse las heridas para infligirse otras después.

El Escorpio sólo sonrió y terminó de llegar a su lado. Sentándose en el borde, para empezar a desenrollar la cinta con parsimonia.

—No sería la primera vez en que metieras a una persona en un ataúd de hielo.

—¿Hablas por Hyoga? —Alzó una ceja, escupiendo los pedazos de hielo en sus sílabas. Donde estaba seguro que si Milo los recibiera, una hipotermia mínimo sufriría.

—Hablo por ti. —susurró, rozando esa palabras en el borde de su cuello provocando que se le erizara la piel—. Y en cómo te enfrascas en seguir bajo ese ataúd, impidiéndome llegar a ti.

Un resopló abandonó los labios del protector de la onceava casa.

—Tú también te encierras en uno —le recordó mirándole de reojo, sintiendo como la presión en su piel, estaba comenzando a ceder—, y no es precisamente bajo mis habilidades.

Una risita contraatacó la ferocidad de aquel recordatorio.

—Tenía mis motivos, y ya los conoces.

—Y yo tenía los míos. —Fue finalmente libre, cuando Milo acabó de soltarle las muñecas y arrojó la cinta titilante al suelo. Camus comenzó a masajeárselas hasta conseguir que la circulación se fuese restableciendo poco a poco.

Sintió como unos dedos se aproximaron y contornearon ese anillo carmesí que empezaba a brillar en su pálida piel. Infligir una herida en un segundo; sanarla al siguiente. Típico de ese hombre. Al menos, eso no había cambiado.

Cuando la sensación del roce fue abandonando su piel, se giró para encararle su acto. Topándose con una sorpresa cuando advirtió lo que escondía aquella la faz griega.

¿Tristeza?

No parecía ser externa, sino interna; podía sentirla, tal y como si fuera suya. Lo peor era que sabía que no era de días o meses, esa tristeza parecía haberse labrado con años. Aquello fue demasiado para el caballero de Acuario. Todo el torrente de emociones que llevaba años embalsado dentro de él empujaba contra el cristal que había levantado en su mente, para mitigar el dolor de la perdida, traición, infidelidad y, aún así, no tener el suficiente dominio para odiarlo por completo. Eso era algo que lo derribaba con grandes estruendos.

—Milo. —intentó ganarse su atención. Pero éste tomó sus manos y se las llevó entorno a su cuello. Como había sido ese episodio… en su regreso como espectro.

—Hazlo, Camus, puedes matarme si lo deseas. Siempre has tenido ese poder, desde un inicio. —confesó, manteniendo en sus labios una frágil sonrisa. Dejándolo totalmente desarmado, cuando empezó a sentir el pulso de Milo latiendo bajo su piel.

Sólo imaginarse ese escenario, sólo imaginar a Milo muerto en sus brazos; era algo que tenía la suficiente plenitud y demanda para enviarlo nuevamente al equivalente que era ahora, nada. Porque por mucho que se hicieran daño, ese escorpión había construido su grandeza junto a él; y si lo perdía… simplemente se vendría abajo. Pensó que podría matar a quien osara a tocar la vida de ese santo, incluso si fuera él mismo.

Lo sabía, y también sabía que nada era más contradictorio, que el amor que compartían. Porque nada valía más, que la vida del otro; por mucho que se perforaran el alma, siempre dejaban el golpe final en posposición.

Un escalofrío le recorrió desde las piernas hasta el cuello, a la vez que notaba crecer en la parte más primitiva de su mente, una sensación de miedo con sólo tener la corazonada de esos posibles escenarios. Disminuyó la fuerza que ejercía en sus manos, estudiándole con la mirada, hasta que imperceptiblemente, una sonrisa se rasgó en aquellos labios.

—No creo que otro pueda hacerlo. —dijo al fin—. No creo que permita, que otro pueda hacerlo. —se corrigió y enlazó los dedos tras la nuca del escorpio, buscando su boca. Porque sin importar cuánto se lastimaran, ambos eran un espejo del otro. Un arma de doble filo que los armaba y desarmaba.

Simplemente era el nombre que nunca podría arrancarse de la piel. Quizás, después de todo, una parte de él seguía embalsado por ese protector de la octava casa.

La lengua de Milo se deslizó hacia la cavidad que ahora estaba sobre la suya, lamiéndose los contornos y recordar cuán gratificante era el encaje perfecto que formaban sus bocas juntas. Ansiosas, anhelosas de más. Un beso más gentil de lo que pensaron, fue el llevó la batuta en ese ciclo, hasta que ambos con una sonrisa limitada se alejaron.

Estando a una distancia pequeña, lograron encontrar sus miradas. Camus reconoció ciertas novedades en aquellos rasgos griegos, pensando que habían ciertas cosas que no estaban o fueron mejoradas. Empezó a contornearle las facciones con sus manos, mientras Milo se dejaba hacer. Cuando estaba ciego, no se había percatado de ello, por su obviedad. Y en el muro de los lamentos creía que la situación no estaba para detallarse los nuevos cambios.

—¿No recuerdas mi rostro? —quiso saber, limitándose a emplear un tono suave.

—Cambios —se limitó a decir. Notando como tenía el cabello más largo, con pequeñas ondulaciones en las puntas. La piel seguía siendo la misma, tez cálida y ojos tan profundos que lo invitaban a ahogarse. Sus pestañas tan largas, y añiles como siempre, que le robaban el pensar. Y finalmente, esos labios mancillados a un color más volcánico para que resplandeciera e hiciera erupción sobre ese rostro.

Mientras lo hacía, sonreía para sí y pudo advertir que sus labios se entreabrían, deseando tocar nuevamente esa boca. Milo pareció entender a la perfección sus deseos, y se acercó con el motivo de juntarse nuevamente. Rozando sus lenguas con lentitud, humedeciéndose y morderse con demasiada sutileza cada borde, hasta que desplazaron un sonido agudo desde la garganta de Camus hasta la boca de Milo.

—No son muchos… —musitó en voz baja, haciendo que sus palabras chocaran contra los labios del Acuario—. Sigues besando como un rey, Camus… —adjuntó, tocando su frente con la del francés.

—¿Acaso has besado alguno? —Le sonrió sin extender sus comisuras, rozándole la piel que vestía su cuello con las yemas de los dedos. Subiendo su mano para enredar sus dedos en aquella maseta de cabello tan petulante en su vigor.

—Al que tengo en frente —Le tomó de las manos, y dejó un beso en el puente de la nariz—. ¿Por qué crees que has convertido a este sapo, en príncipe? No creo en las patéticas casualidades.

El pulso de Camus no tardó en lanzarse a la brava, ante aquella declaración. Ya que al recibir esas palabras, algo se estremeció en su interior. Era increíble que después de tanto, Milo todavía lograba mover algo en sus adentros. Era algo que desconocía, pero que se encendía y burbujeaba calor hasta extinguirse.

Agradecía a la divina providencia Athena que no hubiera testigos oculares para presenciar el sonrojo que había cubierto su nívea piel, que hubiera bastado para prender un habano a un palmo de distancia.

—Estoy cansado de ver nuestras mentiras talladas en nuestros ojos, Camus —expresó, al tiempo que dejaba salir un gran suspiro—. Basta de fingir que somos capaces de vivir sin el otro.

—Supongo que tantos años, cansan a cualquiera —respondió cerrando los ojos con pesadez—. Tienes razón, es agotador.

Milo levantó la mirada y dejó salir una sincera sonrisa.

—Creo que volveré a atarte si con eso me das la razón.

Una grácil curva se alzó en los labios del Acuario. La conversación se desvaneció lentamente, cuando decidieron juntarse una vez más. Los brazos de Milo rodearon el cuerpo que ahora yacía sobre su boca, abrazándolo con fuerza, con pasión y ese amor tan cruelmente contenido.

—¿Cuándo fue la última vez que nos abrazamos? —le preguntó en la mitad del beso, deslizando su mano por la perfecta espalda francesa—. ¿Cuándo olvidé el refugio que me brindaban tus brazos?

Camus correspondió el abrazo, rodeándole el cuello. Aspirando el aliento que salía en zarcillos de la boca de su compañero. Su único e inigualable olor.

—Cuando dejamos de ser niños al encontrar más placer en otro acto —Se alejó un poco y se dio su momento para observar aquel rostro tan abundante en rasgos hermosos.

—¿Recuerdas nuestro primer beso, Camus? —Otra pregunta se alzó de repente.

Ambos guardaron silencio, llevando su imaginación al pasado, buscando el momento exacto de cómo había empezado todo.

—Mi templo —recordó Camus, haciendo mente—. Sí, esa vez cuando te enfermaste y fuiste a mi templo a decirme que te sentías mal… —Deseó volver a estar en ese lugar, en esa fecha, y volver a rememorar aquel beso.

—Que fuiste mi enfermero, sí… —atribuyó con una sonrisa, acunandole las manos—. Y en mi templo, hace seis años, tuvimos nuestra primera vez… en esta cama.

Rodando sus recuerdos a ese pasado, imágenes de cuando eran sólo niños se mostraron. Aquella vez cuando probaron algo nuevo para ellos, al tener una mal pasada al observar a Saga haciendo de las suyas con una de las "doncellas". Recordaba que se lo había preguntado a Shura, y éste con titubeos y el rostro enrojecido, le había dicho que debía hacer eso con alguien que apreciara de verdad. Milo había pensado automáticamente en Camus.

Su rostro se aligeró al recordar cuando ambos accedieron, porque compartían esa clase de sentimientos. No era el que se debía, pero si el que creían. Incluso Camus había investigado y en verdad lo más cercano al amor que tenía era Milo. Y quería probarlo con él, pese a tener miedo. Porque la curiosidad de probar esa lluvia de sensaciones que les era desconocida, era más fuerte que un temor inexistente. Ambos fueron la primera vez del otro, siendo la marca en oro que nadie había podido remover.

—Sí, un día memorable para mí. —Sonrió cabizbajo, dejando al tiempo compaginar una risita en sus palabras—. Menos mal no nos exigían ser vírgenes.

—Éramos bastante curiosos —Cerró los ojos, removiéndose unos cabellos que le caían en el rostro—. Cosa que deberíamos lamentar actualmente.

—La verdad no —refutó Milo—. Mis recuerdos de niñez contigo serán los mejores. Cómo crees que puedo olvidar que cuando tenía miedo gracias al maldito de DeathMask y sus cuentos chinos de muertos no podía dormir a gusto. Provocando que esa noche, te quedaras a mi lado. —Le rozó la mejilla con dulzura, rompiendo toda la distancia, rozándose tenuemente y sin dejar de mirarse—. Como un ángel guardián…

Reconfortado bajo esos recuerdos, fue Camus quien acercó y le depositó un beso casto en los labios. Juntando sus frentes y aspirar el dulzor de sus fragancias. Absorber el calor de sus cuerpos, o el de Milo al menos.

—Recuerdo eso… —confirió, acunando el cuello del Escorpio entre sus dedos—. Recuerdas también… cuando me resbalé por una cañada y me había lastimado el tobillo al punto de dislocarlo. Pensé que ese día nadie notaría mi ausencia porque estábamos entrenando a los alrededores del Santuario, pero llegaste tú, llamándome.

Acarició los risos que bajaban en ondulaciones suaves y se depositaban seductoramente los hombros de Milo, mientras una gota de nostalgia le humedecía el pecho.

—Sí… esa vez te ayudé llegar a Santuario. —Rió por debajo al despolvar esa escena de su cabeza—. También recuerdo el sermón que nos echó Saga.

No se podía negar que lo más preciado que tenían entre ellos, era en cómo fue su vida de aspirante y su recién nacida amistad. Camus terminó recostando su cabeza en el hombro de Milo advirtiéndole que si lo volvía a amarrar esta vez sí lo congelaba. Mientras éste riendo con gracia, le acunaba en sus brazos y los abrigaba con las frías sábanas. Evocando cada recuerdo de su niñez, conversando cosas que creían haber olvidado, y en como su lazo se fue destejiendo debido a la madurez y el deseo carnal. Dejando a un lado lo más importante; su verdadero sentimiento. Milo admitió frente al acuario que desde los siete, le había robado el corazón, la respiración y el sueño. Pero que por temor a transformar toda esa maravilla de piel en carbón pulverizado, mantuvo a distancia su corazón.

—Nuestras muertes quizás estén cercas, de nuevo —En su voz se oía una indignación disfrazada—. Dame la oportunidad de estar contigo esta vez, sin terceros, cuartos o quintos.

Camus suspiró con pesar. Como si la idea de que la diosa sólo les regaló unas semanas más de vida, aún no le diera el sello de su aprobación.

—Milo, el día de mi muerte…

—También será el mío. —interrumpió. Volviendo a besarle, para tomarle una vez más, en la cama que sólo admitía al único caballero que de sus manos salieran escarchas. Aquel puro elemento, que purgó el veneno de un escorpión.

Fuera de la ventana el atardecer, éste prometía estar lleno de brumas y, una llovizna insistente que golpeaba el cristal de la ventana. Siendo el cupido disfrazado, que enamoró una vez más a esos caballeros.

Al amparo de luz embrujaba al templo de Escorpio, mientras las manos del Acuario empezaron a recorrer toda la piel que cubría a su protector, cayendo ambos sobre la colcha. Sus manos empezaron a escribir palabras vestidas de caricias en la piel francesa, deslizándole toda la ropa fuera de su cuerpo y que ambos quedaran libres de sus ataduras.

Fue Camus quien se detuvo, al notar una extraña vacilación en Milo.

—¿Ocurre algo? —le preguntó, incorporándose un poco.

Milo sintió como si una cuerda se rompiera de repente su interior. Notó que perdió el dominio de sí mismo y habló con los labios temblorosos.

—Me gustaría meterme en tus pensamientos... —respondió a media voz, escondiendo su mirada entre los largos flequillos que bajaban por su rostro—. Quisiera saber, si estás de acuerdo con que ya estamos listos para esto. Si me merezco estar dentro de ti, una vez más.

Camus le dedicó una suave sonrisa.

—No es necesario que veas mis pensamientos para saberlo —Llevó una de sus manos bajo el mentón del Escorpio, y lo obligó a levantar la cabeza con delicadeza—. Quiero estar contigo. —le confesó, y al ver la fluctuación arremolinándose en aquellas pupilas índigas, tomó una decisión—. Milo, detengamos esto por hoy.

En un pasado no muy lejano, Milo habría dejado entrar una su particular listas de groserías como objeción. Pero en ese momento, sólo se limitó a asintir débilmente.

—Ven —Le tomó de las manos y lo atrajo a él lentamente—. Vamos a dormir juntos, sin hacer nada.

—¿Cuándo fue la última vez? —Con un inapreciable brillo en los ojos, Milo accedió, tumbándose a su lado—. Dormir sin hacer nada —aclaró.

—No quisiera pensar que fue antes que me volviera maestro de Isaak y Hyoga —Se removió hasta quedar ambos de costado, mirándose el uno a otro.

—Esperemos que no —Y al fin, Milo volvió a sonreír. Levantó su mano y la acercó al rostro de Camus, dejándole una caricia suave, que éste se vio obligado a cerrar los ojos para memorizar nuevamente esa sensación tan cálida—. Déjame volver a quererte.

—Nunca he dejado de hacerlo, desgraciadamente —Se levantó un poco, y le dejó otro beso en los labios—. De ser así, no estaría aquí hoy.

Milo rió, enlazando los dedos con él. Y, ambos cerrando los ojos, las mismas palabras aparecieron en sus mentes.

«Nunca he dejado de amarte»

Continuará.


Notas finales: Y es que todos sabemos que esos dos se aman pese a todo ;w; Decidí continuar esta historia, porque un gran público la aclamaba (¿? Jajaja, ok, no. Mi mejor amiga me insistió en continuarla, y bueno, ella tiene un extraño poder de convencimiento en mí x'D

Ya en el próximo capítulo vendrán los primeros problemas, y veamos cómo estos pompositos caballeros se las arreglan para solucionarlo.

Anuncio: Bueno, ya según la lista que había publicado en Casualidades, después de esta actualización vendrá el segundo capítulo de Desatando Cadenas. Mis lectores, hago mi mejor esfuerzo en escribir y actualizar, pero joder mis clases están heavy metal y –snif–, no tengo casi tiempo.

¡Hasta la próxima actualización, queridos fans!