Ese color en la pared.

Había leído en muchas revistas humanas que le tenías que imprimir tu huella al lugar donde vivías porque sería un santuario, Castiel había interpretado eso como la posibilidad de tener su propio paraíso en la tierra. Encontrar quien le rentara había sido algo fácil, pues a pesar de mantener una conversación incómoda por su inexperiencia humana con el dueño del lugar, le había agradado lo suficiente para ganarse su confianza.

—Es todo tuyo, jovencito.— dijo al dejar caer las llaves sobre su palma.

Castiel había sonreído sutilmente por el apodo y con la calidez que le brindó se concentró en comenzar a llenar los cajones de su nueva casa. No había llevado mucho; en general, no era propietario de nada, así que fue un trabajo lento. Pequeñas mudas de ropa fueron llenando sus pequeños muebles de madera oscura.

Su figura iba y venía, tibia y nueva. Hacía turnos en un mini super como la última vez, y era suficiente porque se encargaba de pagar las cuentas. Su figura iba y venía, aprisa, tensa, sola. La paredes de la sala viéndose más blancas con el tiempo, que corría lentamente. Fría, preocupada y ligera. Y su vida casi monótona se mantenía a flote hasta que una mañana, al abrir los ojos, una palabra simple salió de sus labios.

—Azul.— Y ese día con un poco del dinero en su reserva de emergencias, compró un galón de pintura azul índigo y las paredes de su pequeño departamento cambiaron de rostro.

El té que tomaba a media tarde en su día de descanso se sintió más cálido. Las noches de insomnio, por ser adicto a la noticias que ya no podía resolver, se volvieron más cortas e interesantes. Y de repente su vida no se sintió tan insípida. La pintura no había logrado eso, un color en una pared no tenía el poder de hacer algo así, no era cosa de magia o de hechizos o de posesiones. Había algo de ser humano que Castiel no entendía, un sentido de permanencia que no llenaba ningún vacío, sino que dejaba un sabor amargo en la boca. O tal vez era particular a su situación: enamorado de la humanidad y nunca lo suficientemente cerca; y ahora, estaba por su cuenta pero saboreando el ser humano. Era cierto: pintar una pared no significaba que tenía todo en ésta vida, pero representaba un cambio importante, una seguridad implícita y una tranquilidad casi permanente.