¡Hola! He decidido continuarlo, pocos lo han leído, pero me han cautivado sus reviews, espero recibir más de esos bellos mensajes. ¡Los quiero!
We Meet Again
By: Tsuki No Hana
I
"Encuentro infortunado"
Diez Años Después.
"Me pertenecía… y yo era todo lo que ella deseaba tener, ¿Por qué razón? No lo sé, yo siempre representé a un chico "seguro de sí mismo" con una triste historia detrás una sonrisa falsa, el chico que tiene muchos amigos y es popular, pero que en su interior no hay más que una fría soledad; y ella era todo lo contrario: era la más pura representación se perfección femenina, era dulce, caprichosa, hermosa y divertida.
Mi hermosa princesa… te extraño a cada momento. Quiero guardarte siempre en mi memoria con la misma fuerza que deseo olvidarte, porque ahora sólo poseo el vacío que dejaste al despedirte de mí aquella tarde.
Recuerdo perfectamente las noches a tu lado. Oh, nunca las olvidaré… eras fuego, pasión, lujuria… nuestros cuerpos alcanzaban su clímax en medio de tus suaves gemidos…
¿Recuerdas, princesa? Las noches en que me deseabas siempre en tu interior, luego de extraer cada gota de mi esencia y regalarme tu imagen casi inconsciente, extasiada… entonces te recostabas sobre mí, conmigo dentro de ti; besabas mis labios y me deseabas dulces sueños. Tu cabeza reposaba sobre mi pecho y yo… yo no podía ser más feliz.
En esas mismas noches como en ningún otro momento, sabía que el día de no tenerte llegaría, que algún día tu corazón no lo resistiría y estaría sin ti… así que me aferraba a tu cuerpo, te abrazaba con fuerza mientras juraba al cielo y a la tierra protegerte siempre, mantenerte a mi lado y que nada nos separaría jamás…"Ni la misma muerte", me dije un día, olvidando mi posición de mortal en el universo, quizá fui yo quien precipitó el final en mi afán de tenerte sólo para mí, mis celos, mi orgullo… quizá nos dañamos demasiado y eso terminó con nosotros.
Mi dulce amor… yo que me prometí nunca separarme de ti, ahora estoy lejos… lejos de estar siquiera a un kilómetro de distancia tuyo… mi mente y corazón me reprochan el no haber hecho nada para mantenerte a mi lado. Me torturo a mí mismo al pensar que en esa última discusión debí haber dicho algo, decir que te amaba y no soportaba estar más lejos de ti.
Ahora después de diez largos años suplico al cielo que sigas con vida, que tu corazón no falle nunca más, y que seas feliz, estés en donde estés…
Recuerdos es lo único que me queda de lo que alguna vez fuimos tú y yo, es lo único que tengo y me aferro a ellos como un náufrago a un trozo de madera, y es que, ¿Soy más que un náufrago? Perdido en la inmensidad, sin más compañía que los fantasmas habitando mi mente."
Cerró el viejo libro de pastas gastadas y lo dejó sobre el escritorio, junto al bolígrafo que siempre utilizaba para escribir.
Hasta el día de hoy esa ha sido su manera de desahogarse, de expresar todo su sentir cada vez que los recuerdos, remordimientos y las culpas, le llegaban hasta al cuello, sin dejarlo respirar en paz.
Se reclinó un poco hacia atrás en su silla, mirando fijamente ese libro con más de doscientas páginas, de las cuales le quedaban apenas unas cuantas en blanco para escribir.
Ese libro expresaba su más profundo sentir, de tapa a tapa, su corazón estaba expuesto ahí y por eso mismo lo guardaba con tanto recelo en un cajón bajo llave.
Se pasó una mano por sus rubios cabellos desordenados y se talló un ojo. Había empezado a amanecer y él aún estaba escribiendo, no podía evitarlo, era tan necesario para él como el aire.
—Hoy será un largo día…—suspiró y se puso de pie, estirando sus músculos.
Finalmente decidió tomar una ducha y prepararse para el día, pues era un hecho que no podría siquiera dormir una hora, así que prefirió llegar muy temprano al trabajo.
OoOoOoOoO
Lo primero que sintió cuando se abrieron las puertas fue un delicioso aroma a hospital.
Por lo regular la gente odia ese aroma, pero él... él ama ese olor.
Caminó por los amplios pasillos esterilizados. Todo estaba muy calmado, pues aun era bastante temprano, aunque todo podía esperarse del Oxford Hospital de Londres y en cualquier momento podía llegar una estampida de pacientes.
Soltó un suspiro. Amaba su trabajo, pero a veces sentía que se asfixiaba un poco.
Y hablando de eso... No tenía ni cinco minutos de haber llegado cuando una pequeña y linda enfermera lo abordó en el pasillo.
—Doctor Flowrigth. ¡Muy buenos días! Disculpe que lo moleste, pero lo esperan para una consulta.
—¿Tan temprano? —preguntó sin detenerse. La enfermera lo seguía mientras éste entraba a su oficina, dejaba las cosas sobre el escritorio y se ponía su bata blanca.
—Ya sabe como son las cosas aquí —se encogió de hombros con una sonrisa algo tímida.
—Tienes razón Camile —le sonrió y ella se despidió con un gesto después de dejarle el expediente de ese paciente sobre el escritorio, antes de salir.
Tomo el archivo y lo leyó. Sintió mayor curiosidad cuando supo que se trataba de un niño de apenas 10 años. No tuvo que seguir leyendo, pues recordó al instante a ese pequeñito. Lo había atendido cuando tenía ocho años, pues padecía un defecto congénito en el corazón.
Soltó un leve gruñido. Odiaba cuando los pacientes eran tan pequeños y con enfermedades tan graves.
Se dispuso a salir de su oficina, pero el insistente timbre del teléfono lo detuvo.
—¿Diga?
—Hola hijo.
—¡Papá! ¿Cómo estás? — se animó mucho al escucharlo al teléfono.
—Muy bien hijo. ¿Cómo está Ámber? —preguntó de inmediato.
—Ya está un poco mejor, pero sigue resfriada.
—Entiendo —suspiró—. Cuídala mucho.
—Claro que sí —sonrió al recordarla. Ella era su vida.
—¿Y cómo te va en Estados Unidos? Ser director del hospital no ha de ser nada fácil —sonrió orgulloso de su padre. Si de alguien había sacado el gusto por la medicina, era de él. Aunque no podía quejarse de lo que su difunta madre le heredó: Su lado artístico.
Como dicen: De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco.
Y Fye no era la excepción.
—No me quejo. Lo típico en los hospitales: Emergencias a cada rato, cirugías cada hora y ni que decir de urgencias. Llega cada caso que no puedo dejar de sorprenderme. El otro día llego un niño con diez imanes en su estomago que rápidamente se esparcieron por todo su tórax —dijo asombrado todavía con el antiguo caso.
—¡Increíble! Debió haber sido una cirugía muy interesante.
—Lo fue —aseguró con una sonrisa.
Después de ese rato ameno ambos se quedaron en un corto silencio.
—¿Y cómo estás tú?
—Estoy bien papá —se incomodó—. Ya lo había mencionado antes.
—Sabes bien a lo que me refiero —murmuró seriamente.
Silencio.
—Yo debería hacerte la misma pregunta.
De nuevo silencio... Hasta que un pesado suspiro se escuchó del mas grande.
—Es difícil para ambos, lo sé... Pero debemos tratar de superarlo un poco. Estoy consciente de que no soy el más indicado para decirlo... —casi rio con sarcasmo al recordar lo mal que se ponía emocionalmente en esas fechas—. Pero podemos intentarlo, además... Ámber se preocupa mucho por ti durante este tiempo.
—No dejaré que me vea triste —de pronto su localizador comenzó a sonar con insistencia— Oh, lo siento papá, una emergencia.
—Entiendo hijo. Hablamos en la noche.
—Claro, adiós —dicho esto, colgó el teléfono y corrió hacia el ala de cardiología.
Al parecer, el pequeño niño de diez años había tenido una recaída.
—Su presión está descendiendo. 100/40 —informó la enfermera, mientras un par de internos trataban de reanimarlo.
El rubio se quitó su estetoscopio del cuello y procedió a revisar su corazón con un gran control de sí mismo.
—Tiene arritmia. ¡5 g. De amiodarona! —ordenó, revisando los demás signos vitales.
A penas administraron el medicamento, el corazón del pequeño volvió a funcionar normalmente.
—¿Qué...? ¿¡Qué le sucedió a mi hijo?! —la mujer entró con miedo y angustia a la habitación de su pequeño— ¡Doctor! ¿¡Qué le pasó?
—Tranquila, señora —la tomó de los hombros con gentileza— Su hijo ya se encuentra bien, sufrió arritmias, pero ya lo estabilizamos.
—Oh por Dios... ¿Usted... Usted cree que mi pequeño Harry resista hasta que le encuentren un nuevo corazón? —contenía las enormes ganas de llorar.
—Le prometo que haremos lo posible. De todas formas su hijo ahora es el primero en la lista de trasplantes.
La pobre madre angustiada asintió con seriedad.
—Por lo pronto lo mantendremos estable, hasta que llegue ese corazón —le dio un pequeño apretó en el hombro, tratando de reconfortarla un poco.
—Gracias doctor Flowrigth.
—Recuerde: Si necesita algo sólo avísame ¿sí?
La joven mujer asintió con una leve sonrisa.
El doctor salió de ahí y se dirigió a la estación de enfermeras más cercana.
—¿Puede guardar este expediente por mí? —pidió con amabilidad, extendiéndoselo a una de las enfermeras—. Téngalo a la mano, pues se trata de un paciente muy importante.
—Por supuesto, Doctor Flowrigth —aceptó amable y hasta algo coqueta. ¿Y cómo no? Si el médico más apuesto le estaba pidiendo un favor.
Sólo le bastó ver esos grandes y hermosos ojos azules, su cabello rubio y liso, un poco despeinado con ese toque despreocupado de siempre que lo hace ver tan sexy, y ni qué decir de su sonrisa. Oh, eso sí que derretiría a cualquier mujer.
—Gracias —le sonrió levemente y se dio media vuelta para irse de ahí. Momento que la enfermera aprovechó para echarle una mirada de pies a cabeza—. Vaya... Sí que es apuesto... —murmuró, encantada al observar su espalda ancha, sus largas y atléticas piernas, y ni qué decir de su trasero tan perfecto. No tenía ni mucho ni poco, sólo lo necesario.
—Obviamente lo es. No por nada le llaman: "Doctor apuesto" —le dijo una de sus compañeras.
Ambas soltaron risitas cómplices.
—Yo que tú, dejaba de usar mis encantos con las enfermeras —se burló el cirujano traumatólogo.
—Oh vamos, no hice eso —rio un poco, caminando por el pasillo con su amigo a un lado.
—Terminarán acosándote.
—Ya lo hacen —soltó en voz baja, pero el otro alcanzó a escucharlo y soltó una risotada.
—Bueno, en ese caso ya no puedo hacer nada para ayudarte —se encogió de hombros.
—A ti te pasa lo mismo ¿O no? Kurogane, o debería decir: "Sexy acomodahuesos" —rio abiertamente, mofándose de su amigo de la infancia, quien sólo le gruñó.
—¿Ya conseguiste el corazón para tu paciente? —cambió de tema.
—No, aún no… —suspiró—. Y temo no poder encontrarlo a tiempo —su semblante cambió por completo—. Es apenas un niño.
—Pero… es el primero en la lista ¿No es así? Además, si al hospital llega alguien que esté por fallecer le podrían donar ese corazón al chico.
—Sí, pero las probabilidades de que eso ocurra son… —fue interrumpido por el insistente sonido de su localizador. El de su amigo también empezó a sonar.
—Urgencias —se extrañó al ver que a ambos los llamaban del mismo lugar.
No lo pensaron ni un segundo para dirigirse ahí con premura.
Cuando llegaron a la sala de urgencias, vieron que había todo un alboroto.
—Flowrigth, Suwa —los llamó la directora del hospital.
—¿Qué ocurre Yuuko? ¿Por qué nos llamaron a nosotros? —inquirió el rubio con curiosidad, pues pocas veces lo hacen en urgencias.
—Acaba de ocurrir un aparatoso accidente en la avenida principal —explicó apurada, poniéndose barreras desechables[N1] —. Hubo más de quince accidentados y están por llegar, así que necesito a todos los médicos y cirujanos disponibles, aquí y ahora —pocas veces estaba tan seria como en ese momento.
Ante la explicación, Kurogane y Fye no tardaron en ponerse una bata desechable sobre sus ropas clínicas y salieron a la acera, esperando a que llegaran las ambulancias. ¡Hacía un frío increíble! Y ni siquiera pasaba de las ocho de la mañana. Ahora que lo pensaba… ¡¿Quién andaba borracho a las siete de la mañana?! No pudo evitar hacer una mueca de desagrado, hasta que el agudo sonido de la ambulancia lo sacó de su ensimismamiento.
Llegó la primera.
Las puertas se abrieron y los paramédicos bajaron con gran agilidad al paciente sobre la camilla, explicando al mismo tiempo sus heridas.
—Paciente de 48 años de edad, con trauma severo en cráneo y tórax. Conducía un auto por la carretera en estado de ebriedad. Se estampó de frente contra un coche en movimiento —explicó un paramédico.
—Al parecer él fue el causante del accidente —dijo el otro.
—De acuerdo. ¡Stevens, Harris! —la jefa llamó a dos residentes—. ¡Llévenlo a la sala de trauma 1!
—¿Qué? ¿No lo íbamos a atender nosotros? —espetó de mala gana el moreno.
—Los llamé porque quiero que atiendan a la chica que está por venir. Ella recibió de frente el impacto, y detrás de su auto se impactaron todos los demás.
—¿Está muy grave? —inquirió Fye, preparando sus guantes y cubre bocas.
—Me temo que sí. Tal vez no logre sobrevivir —dio un par de pasos más delante de ambos, asomándose a la calle.
—¿Entonces para qué nos quieres? —insistió Kurogane. Yuuko se giró, encarándolos con cara de pocos amigos.
—Los necesito, en especial a ti, Fye. Puede que tu paciente obtenga su nuevo corazón hoy mismo —explicó con seriedad, pero la comisura derecha de sus labios se alzó en una leve sonrisa al ver el brillo en los ojos del rubio. Sabía el cariño que le tenía a ese pequeño.
El aludido se quedó sin palabras. Estaba feliz, pero a la vez algo consternado por el hecho de que sería tomar una vida a cambio de otra.
El insistente sonido de la sirena lo sacó de sus pensamientos. Apenas se abrieron las puertas, una paramédico empezó a explicar la situación del paciente.
—Tenemos a una chica de treinta años, con trauma severo en las costillas al impactarse contra el volante, la bolsa de aire no se abrió; encontramos también una fractura expuesta de fémur. Su presión arterial desciende cada cinco minutos y su pulso es inconstante —informó sorprendentemente rápido.
Entre ella y otro paramédico, bajaron la camilla con asombrosa agilidad y rapidez.
—Sus signos vitales no son estables —dijo el paramédico.
Fye terminó de ponerse sus guantes de látex, y alzó la vista al escuchar que las llantas de la camilla ya habían impactado contra el suelo.
Y a partir de ahí, todo ocurrió en cámara lenta para él…
Miró el rostro de la chica y fue como si todo su mundo se le viniera encima. De pronto no había nadie a su alrededor más que la mujer en la camilla y él a un escaso metro, congelado de pies a cabeza y aún sin creer lo que sus ojos veían, intentó acercarse, pero sus piernas parecían de plomo. Quería, no, suplicaba porque fuera una jugarreta de su mente, pero no… ahí estaba frente a él, con la vida pendiendo en un hilo.
—Rápido, revisen si es donadora de órganos —escuchó la voz de Yuuko a lo lejos, sin embargo, estaba a menos de un metro de él.
Seguía en shock. Su sangre aun no regresaba por sus venas y parecía haber perdido todo el color de su piel. Aún más pálido de lo normal (Si es que era posible)
—Es Sakura —murmuró Kurogane, en el mismo estado que el rubio. Perplejo, aterrorizado.
Esas dos palabras hicieron que Fye reaccionara.
—No…—su voz salió como un áspero quejido. Carraspeó—. Ella no podrá donar su corazón —logró decir coherentemente a pesar de que su mente estaba hecha un caos y su garganta estaba más seca que un desierto—. Hay que revisar su corazón… ella sufre enfermedades cardiacas…—murmuró.
—¿La conocen? —inquirió Yuuko, empezando a empujar la camilla hacia el interior del hospital.
En ese momento Fye pareció recordar para qué servían sus piernas y siguió a su jefa y a su compañero que empujaba también la camilla.
—Sí, la conocemos más de lo que crees —respondió Kurogane al ver que Fye seguía en un estado de shock.
—De acuerdo, ¡Llévenla a la sala de trauma 2. En un momento los alcanzarán los internos! —dijo antes de volver a la entrada de urgencias, pues más víctimas llegaban.
A penas llegaron a la sala mencionada, los internos entraron para apoyar.
—¿Qué hacemos, Dr. Suwa, Dr. Flowrigth? —preguntó uno de los tres chicos.
El moreno alzó la mirada de la herida en la pierna de Sakura sólo un momento para mirar a los internos.
—Conéctenla al monitor, revisen sus signos vitales y sigan las órdenes de Flowrigth. Yo me encargaré de revisar esta fractura —dirigió, tomando unas tijeras y cortando, con prisa y cuidado, el pantalón de la castaña para tener acceso completo a la herida.
—¿En qué ayudamos doctor Flowrigth? —preguntó uno de los tres inexpertos médicos.
—¿Doctor Flowrigth? —insistió otro de los chicos.
El aludido no respondió y eso provocó que Kurogane se distrajera un momento para ver lo que ocurría. Grande fue su sorpresa al encontrarlo con los ojos fijos en Sakura, con una mirada ausente y vacía. En esos momentos actuaba como el peor de los tontos, no como un doctor profesional.
—¡Hey tú! —espetó el moreno, provocando un leve bote en el rubio—. ¿Vas a actuar como debes, o tengo que llamar a otro cardiólogo? Porque no veo que seas de mucha ayuda —clavó sus ojos en el rubio, casi gruñéndole ante las miradas asustadas de los internos, quienes también se habían quedado congelados.
El ojiazul no reaccionó, seguía en shock.
—¿Por qué ella? ¿Por qué? ¿Por qué? —se preguntaba una y otra vez, casi taladrándose la mente con ello e ignorando que Sakura lo necesitaba ahora más que nunca.
—¡Maldición Fye! ¡Reacciona de una jodida vez! —espetó con toda su furia.
Lo que siguió después sirvió para rematar el bonito reencuentro.
Un sonido agudo, insistente y alarmante, comenzó a pitar con fuerza: era el monitor, indicando que algo iba mal con el corazón de Sakura, algo muy mal…
—Oh no… no, no ¡No! —habló por primera vez el rubio— ¡Código azul! —reaccionó de inmediato al comprobar que el corazón de Sakura se había detenido…
—Maldición…—gruñó entre dientes, dejando la herida en su pierna por un momento—. ¡Háganse a un lado! —les gritó a los internos cuando vio que éstos se quedaron congelados.
Todos en el hospital estaban muy atareados, así que nadie respondió al código azul. Necesitaban la máquina desfibriladora.
—Si su corazón no reacciona en menos de tres minutos no habrá nada que hacer —murmuró el rubio a punto de hacer compresiones manuales.
—¡No! Romperás más sus costillas —le detuvo el moreno, a punto de salir en busca de la máquina desfibriladora.
—¡Tú se las arreglarás! —fue lo único que dijo para después empezar a hacer lo que tenía planeado—. Perdóname, lo siento…— le decía mentalmente al sentir cómo las costillas crujían bajo sus manos con cada compresión, pero era necesario, o si no moriría.
Kurogane no tardó ni diez segundos en volver con la máquina. A penas se paró a un lado de su colega, éste reaccionó y tomó las paletas.
—Carga a doscientos —ordenó y puso las paletas en el lugar correcto sobre el pecho de Sakura—. ¡Despejen!
Todo su cuerpo dio una sola convulsión, un tanto agresiva.
—¡Tenemos pulso! —exclamó el rubio, feliz de que sólo requiriera una descarga.
—Excelente —suspiró el moreno.
—Su pulso se normaliza al igual que su presión.
—Bien, sigamos con nuestro trabajo —volvió a revisar el fémur fracturado, pero antes…— Oye —codeó al rubio con algo de brusquedad—. Vuelve a perderte en ti mismo y te saco a patadas de aquí. Sakura nos necesita cuerdos y no pienso fallarle —lo miró fijamente a los ojos y el otro no titubeó, sino que asintió firmemente.
—No volverá a pasar —aseguró para después tomar su puesto, revisando el corazón de la castaña.
—¡Oye tú! —Kurogane llamó a uno de los internos.
Los tres se habían quedado en un rincón, asustados y casi temblando. "Patéticos" fue la palabra que cruzó la mente del moreno.
—¡S-sí!
—Tráeme un aparato de rayos X. De prisa.
—¡Sí se-señor! ¡Es decir, Doctor! —titubeó un poco y salió en busca del pedido.
—Ustedes dos —señaló a los que quedaban—. Salgan de aquí y vayan a temblar a otro lado —lo dijo de tal manera que los internos salieron casi corriendo de ahí.
En otras circunstancias Fye se habría reído de cómo los trataba y hasta le hubiera reprochado por ser tan grosero, pero ahora no… su mente estaba 100% concentrada en salvar a Sakura.
—Sus signos vitales se regularizaron. No entiendo por qué Yuuko dijo que podría morir.
El moreno alzó un momento la vista y notó la profunda seriedad de su amigo. Le preocupaba… nunca lo había visto actuar de esa manera, ni siquiera en sus años de internado se había quedado petrificado.
—Esa bruja está loca.
—Aquí está la maquina, doctor.
—Bien, toma una radiografía a su fémur derecho y otra a las costillas. Quiero esas imágenes reveladas cuanto antes.
—¡Sí!
El interno hizo caso y siguió cada instrucción. Momentos después desapareció para ir a revelar las imágenes.
—No hay duda de que requerirá cirugía, pero necesito ver qué tan grave es la fractura —suspiró—. Además… hay probabilidad de que pierda la movilidad…
—¿¡Qué dijiste?! —se espantó—. Escuché mal ¿Verdad?
—No…
—Pero…
—Aún no estoy seguro —lo cortó en seco—. Necesito las radiografías y también tengo que ver cuáles nervios están dañados y eso sólo será posible durante la cirugía.
—Santo cielo…— se sostuvo de la orilla de la cama con las dos palmas de sus manos.
—¡Hey! —chasqueó sus dedos frente a su cara —. Te necesito cuerdo.
El otro sólo asintió mientras veía a su ex novia.
El chico de las radiografías llegó pronto. Kurogane las puso contra el negatoscopio y dio su rápido diagnostico: cirugía para reacomodar su fémur expuesto y también una pequeña reconstrucción en sus costillas, las cuales tenían un severo trauma, pero no era nada que Kurogane no pudiera reparar con facilidad, no por nada le llaman "Sexy acomodahuesos"
—Tenemos que llevarla a cirugía cuanto antes y… —el mismo sonido alarmante del monitor comenzó a inquietarlos, pero esta vez no se trataba de un código azul—. ¿Qué le ocurre? —se acercó Kurogane.
—Escucho regurgitación —dijo y volvió a poner atención a lo que su estetoscopio le mostraba—. Su ritmo es irregular…—pensó unos segundos hasta que recordó algo muy importante—. Su válvula…
—Es verdad…—recordó que su amiga había sido diagnosticada con disfunción valvular desde que era muy pequeña y en ese entonces no había solución más que aprender a vivir con ello, pero ahora…
—¡Necesita un reemplazo de válvula! ¡Si no se hace hoy mismo, morirá!
Y ahí estaba: el serio, experto y profesional doctor Fye D. Flowrigth, actuando al fin como lo que era.
No tardaron en hacerle los estudios necesarios y de emergencia, para poder diagnosticar con certeza cuál válvula estaba mal y así hacer un buen plan de tratamiento para proceder a intervenir en el quirófano.
—Sólo queda un quirófano libre. El hospital es un caos en estos momentos así que preparémosla para cirugía antes de que nos ganen —anunció el moreno, desconectando a Sakura de algunos cables para poder llevársela directo al quirófano—. ¿No ha dado señales de consciencia? —preguntó al rubio, quien se había quedado con ella, pero por alguna extraña razón no la miraba a ella, sólo a su monitor cardiaco.
—No… y eso me preocupa.
—Deberíamos de avisarle a su familia ¿Ya revisaste su teléfono móvil? Necesitamos contactar a sus padres o a Touya.
—No encontré sus teléfonos registrados… —suspiró, ayudando a Kurogane a empujar la cama desde la cabecera.
—Tiene una sortija en su dedo, tal vez tenga esposo y…
—No.
—¿Cómo estás tan seguro? —comenzaba a enfadarse por su extraña actitud.
—Yo se la obsequié.
El moreno se quedó algo sorprendido. Ya no dijo nada por temor a volver más incómoda la situación.
Llevaron a la castaña a quirófano y primero que nada hicieron el reemplazo de válvula, lo cual fue algo difícil, pues su corazón ya estaba muy dañado, además de que Yuuko tuvo que pedir una válvula de tejido natural, pues el rubio se negó a hacer la cirugía con una artificial. Finalmente lo lograron y después de cuatro horas de cirugía corazón abierto, el rubio logró reemplazar exitosamente la válvula de su corazón y a penas suturó la herida, le cedió el quirófano a Kurogane, quien tardó unas seis horas en reparar todas sus fracturas.
OoOoOoOoOoOoOoO
—Hola Tomoyo —contestó su teléfono móvil.
—Buenas noches Fye. Ámber está bien, mi llamada es porque no he podido localizar a mi esposo. ¿No está por ahí?
—Oh sí, sí —respondió distraídamente, pero no le comunicó al moreno.
Hubo silencio.
—¿Fye, estás ahí?
—Sí.
—¿Te encuentras bien? —preguntó con algo de preocupación.
En ese momento el rubio reaccionó.
—Lo siento… Tomoyo —soltó un suspiro lleno de frustración y estrés—. Es que… ahora mismo estoy presenciando la cirugía de Sakura y tu esposo la está llevando a cabo.
—A ver, a ver… —le tembló la voz—. ¿Acabas de decir "Sakura"?
—Sí. Es una larga historia, pero el punto es que ella está aquí en el hospital. Tuvo un accidente y tuvimos que intervenir quirúrgicamente. Cuando nos veamos te contaremos a detalle.
—¿Oh por Dios y cómo está ella? —no cabía en sí de la impresión.
—Está fuera de peligro, pero sufrió graves traumas y Kurogane está tratando de salvar su pierna…
—¡Oh no! —ahogó un sollozo.
—No te mortifiques, tu esposo es bueno en lo que hace y sé que logrará dejarla como nueva, lo sé —trataba de creer en sus propias palabras, sin lograrlo del todo.
—Esfuércense por favor, no dejen que empeore —ahogó un sollozo—. Imagino que no vendrás a dormir y Kurogane tampoco, así que no te preocupes por Ámber, yo me quedaré con ella esta noche.
—Muchas gracias Tomoyo, de verdad —se sintió aliviado, pero el tono afligido de su voz no se iba.
—No tienes porqué. Manténganme al tanto de todo lo que ocurra con ella, por favor, de todo —enfatizó la última palabra. Se trataba de su mejor amiga, a la que no había visto en más de diez años.
—Cuenta con ello. Gracias por todo. Adiós.
—Adiós.
Colgó el teléfono y volvió a fijar su atención en la cirugía de la castaña, pasaban de las nueve de la noche, pero afortunadamente Kurogane estaba por terminar. Y cuando lo hizo, alzó la mirada al cristal enorme que dejaba ver la cabina de observación, donde Fye esperaba, y le hizo un leve asentimiento de cabeza.
Esta simple señal fue un gran alivio para el rubio. Todo había salido a la perfección.
OoOoOoOoOoOoO
—¿Cómo salió todo?
—Bien —puso una mano sobre el hombro de su amigo y le sonrió—. Pasarán unos cuantos meses antes de que su herida sane por completo, pero con algo de rehabilitación y buenos cuidados, recuperará el movimiento total de su pierna.
—¡Gracias! —estuvo a punto de abrazarlo, pero se contuvo al ver su mirada tan dura, dándole a entender un "Ni se te ocurra" sin palabras—
—Supongo que te quedarás con ella hasta que despierte ¿No es así? —comenzó a caminar hacia su pequeña oficina.
El rubio asintió en silencio.
—Me lo imaginé —sonrió de lado y soltó un pesado y cansado suspiro—. Iré a tu casa con Tomoyo, supongo que nos quedaremos a cuidar de Ámber.
—Oh es verdad, Tomoyo habló mientras hacías la cirugía y me dijo lo mismo. Lamento mucho molestarlos, de verdad —se sintió un poco incómodo.
—Nos debes una grande —lo miró de reojo mientras preparaba sus cosas para irse—. De todas formas somos sus padrinos —dijo con su tono de siempre.
Por primera vez en mucho rato, el rubio sonrió al fin.
—Ya, no te hagas y admite que la quieres igual que yo —sonrió juguetonamente, a lo que el moreno se sorprendió un poco y con tal de no acabar con esos segundos de buen ánimo en él, le dio el gusto.
—Sí… —soltó en un pesado suspiro—. Lo admito —se encogió de hombros y tras darle unas no muy suaves palmadas en la espalda, se despidió de su amigo y colega.
OoOoOoOoOoO
Eran las seis de la mañana y aún seguía ahí, sentado a un lado de ella, mirándola dormir y asegurándose de que su corazón no dejara de latir. Era extraño decirlo de un cardiólogo, pero su temor más grande en este momento era un corazón, sí, el corazón de la mujer sobre esa cama.
Soltó un leve suspiro, no quería despertarla, aunque también ansiaba por verla despierta de una vez. Habían hablado con un neurólogo y les aseguró que estaba en perfecto estado y que sus heridas no afectarían para nada su cerebro, pero aún así quería verla despierta para sentirse seguro de que estará bien.
Miró por enésima vez en la madrugada, el monitor al que estaba conectada. Presión 120/80 mmHg, pulso a 80 latidos por segundo y treinta respiraciones por minuto. Todo en perfectas condiciones.
—¿Cuándo irás a despertar? —se preguntó en la mente.
Por primera vez, desde que había ingresado al hospital, posó su mirada sobre la castaña y la miró a ella, ya no sólo sus signos vitales, sino a ella. Recorrió con su mirada azulada todo el cuerpo de su ex novia.
Empezó por su cabello ¡Se lo había cortado hasta los hombros! , pero para él se veía igual de hermosa que hace diez años. Sus facciones seguían siendo las mismas: finas, delicadas y amables, aún estando dormida. Su cuerpo aún era pequeño, delgado y curvilíneo. Y sus ojos… aún no había tenido la oportunidad de ver sus ojos otra vez.
De pronto se halló recargado en la pequeña baranda de la cama de hospital, con su mano extendida hacia ella, acariciando su mejilla con total dedicación y sintiendo de nuevo esa piel suave bajo sus dedos.
Sakura no había cambiado nada.
—Diez años… —susurró sin dejar de mirarla ni un segundo, sino hasta que tenues rayos de sol que se colaban traviesamente entre las persianas, lo distrajeron un momento. Ya estaba amaneciendo.
Volvió la mirada hacia la chica sobre la cama, con esa mascarilla de oxigeno cubriendo la mitad de su rostro.
Sabía que nadie vendría a visitarla, desde la mañana del día de ayer en que ocurrió el accidente, nadie la había reportado como desaparecida, ni la habían llamado a su teléfono móvil.
No pudo evitar sentir un poco de curiosidad al respecto ¿Por qué nadie la había buscado?
Soltó un leve suspiro, sustituido por un leve saltito al escuchar leves quejidos provenientes de la castaña.
OoOoOoOoO
Dio un último clic y con eso finalizó la compra de su boleto de avión hacia Japón. Desde que había aceptado ese trabajo en Estados Unidos, no había un solo año en que no fuera a casa con su familia para pasar las fiestas navideñas, o bien, lo que quedaba de su familia.
Miró el portarretrato que tenía sobre su escritorio, a un lado del monitor de su computadora; no pudo contener un suspiro lleno de tristeza, añoranza y nostalgia.
Ahí estaban los cuatro: una encantadora y hermosa mujer de cabello rubio, largo y de unos ojos azules tan hipnotizantes que cualquiera quedaba encantados con ellos. A su lado, abrazándola por la cintura, un apuesto hombre; alto, atractivo, de cabello corto oscuro, y poseedor de unos cálidos ojos marrones. Ambos abrazaban con cariño a dos pequeños niños idénticos uno al otro. Ambos niños rubios y ojiazules como su madre, pero con las mismas facciones que su padre.
Los cuatro derrochaban felicidad y pareciera que nada ni nadie arruinarían esa hermosa fantasía que habían vivido siempre. Llenos de felicidad, amor, paz, alegría… hasta que un catastrófico día faltó la hermosa y cálida mujer. Después… en un terrible accidente, faltó uno de los niños pequeños, aunque ya se había convertido en un hombre de bien, con familia y esposa.
Todo había cambiado tanto… de los cuatro sólo quedaban dos…
Y esa semana en especial era muy difícil para los últimos integrantes de la familia Flowright. En esa semana se conmemoraba la muerte de la madre de familia, que fue hace ya muchos años, y también el fallecimiento de uno de los gemelos.
El doctor no puedo evitar sentir una aguda punzada en su corazón. Le hacían tanta falta ellos dos. Siempre pensó que sus hijos se encargarían de enterarlos a él y a su esposa después de haber muerto, pero tristemente las cosas no surgieron tal como lo esperaba tuvo que vivir la horrible experiencia de presenciar la muerte, el funeral y el entierro de uno de sus hijos que vivía plenamente su juventud.
Eso fue un golpe bajo que le dio la vida, pues además se había llevado a la bella esposa de su hijo, en el mismo accidente; haciéndolo sentir que perdía también a una hija.
Suspiró pesadamente.
Decidió recargarse en su cómoda silla y también despejar su mente de tantos recuerdos tristes. Años atrás había sufrido profundas depresiones por sus pérdidas, pero decidió que ahora no sería lo mismo, además, aun tenía un hijo que a pesar de ser todo un adulto, lo necesitaba a él… necesitaba verlo firme para poder sentirse de igual manera, pues la muerte de su hermano fue devastadora.
Sonrió con tristeza y acarició la foto con lejana nostalgia.
Trató de no hundirse en la tristeza. Dentro de un mes vería a su hijo y podría pasar las fiestas navideñas con él, en familia.
Suspiró por enésima vez.
OoOoOoOoOoO
Despertó de su inconsciencia gracias a un pulsátil y agudo dolor en su pierna derecha, en su pecho y ¡En todo su cuerpo! Tuvo ganas de gritar, pero al parecer su garganta estaba totalmente seca. Y sus parpados ¡Por Dios! Cuánto le pesaban, ni siquiera podía abrir sus ojos.
Trató de calmarse, ya había notado que su cuerpo le pesaba lo suficiente como para no hacer señal de vida alguna, así que ahora quería saber una cosa…
¿Dónde demonios estaba?
Esa era la pregunta más recurrente en su mente, o al menos la más importante, pues también estaba el cómo había llegado ahí, qué había pasado y qué rayos era ese sonido tan insistente y agudo.
Por primera vez pudo moverse, aunque le costó un terrible estremecimiento de pies a cabeza, pero logró abrir sólo un poco sus ojos y girar lentamente la cabeza hacia su derecha, donde encontró respuesta a varias de sus preguntas, pues se encontró sobre una cama de sábanas blancas y esterilizadas, rodeada de instrumentos y aparatos cuyos nombres no conocía, además de un incómodo catéter insertado en el dorso de su mano derecha, por donde le administraba lo que parecía ser suero y medicamento, pues un par de bolsas con líquidos extraños colgaban bocabajo a un lado de su cama.
Así pues, no le fue difícil concluir que se encontraba en un hospital, y que el ruidito incómodo no era más que el constante repiqueteo del monitor de signos vitales.
Quiso moverse de nuevo, pero todo su cuerpo dolía, en especial su pierna derecha. Le dolía y mucho. Quería gritar y gritar para que alguien calmase ese dolor, pero su garganta estaba seca y dolía también.
Hizo un gran esfuerzo por girar de nuevo su cabeza, pero ahora hacia el lado contrario. Su visión era muy borrosa y a penas distinguía ciertos manchones que contrastaban como los pocos muebles que había en esa habitación totalmente blanca. Alzó un poco la mirada y alcanzó a distinguir a una persona, sin embargo no pudo reconocerlo en lo absoluto.
Pasó saliva lastimosamente y enfocó mejor su vista sin lograr un mejor resultado. La luz del sol que entraba a la habitación era algo lastimosa para sus ojos.
—¿Qué… pasó?—soltó en un susurro difícilmente audible, descubriendo que apenas y podía hablar.
El aludido, que hasta el momento había permanecido en un sofá revisando su expediente clínico, alzó la mirada como si enfrente de sí hubiese explotado una bomba.
¡Sakura había hablado!
De un momento a otro ya estaba parado a un lado de su cama, revisando sus signos vitales, escuchando su corazón con el estetoscopio y finalmente mirándola a los ojos, esos ojos tan hermosos como siempre, tan bellos, tan sensibles tan… ¿tristes? Eso le llamó mucho la atención, más que adolorida se veía triste.
—Sakura…—quería decirle tantas cosas que todas las palabras del mundo se le atoraron en la garganta—. ¿Cómo te sientes? —se contuvo de tomar su mano o acariciar su mejilla. Tal vez lo hizo mientras dormía, pero no ahora.
—Yo…—cerró los ojos con fuerza—. ¿Qué pasó? —carraspeó un poco, apretando los puños, tratando de contener su dolor—.¿Dónde estoy? —comenzó a agitarse un poco, pues el dolor que sentía en su pierna iba en aumento.
—No te muevas —la detuvo de los hombros al ver que quería incorporarse un poco, aunque no fue difícil detenerla, estaba tan débil que el impulso de un dedo meñique hubiera sido suficiente para recostarla de nuevo contra la almohada.
La castaña dejó de moverse al ver que sólo se causaba más dolor.
—¿Qué…qué me pasó? —ahogó un quejido de sufrimiento. No se había dado cuenta de quién era su médico y tampoco observó su mirada de angustia verdadera al verla soltar lágrimas de dolor.
—Tranquila, estás en el hospital. Ayer en la mañana sufriste un accidente automovilístico y tuvimos que intervenirte quirúrgicamente. Por ahora estas débil y tal vez sea mejor que los detalles te los dé después, por ahora descansa y procura no moverte mucho —explicó con tranquilidad.
—¿Un… accidente? —se asustó—. ¿Qué me pasó? —soltó un leve quejido.
—Sufriste algunas fracturas —notó que entrecerraba los ojos con dolor, a penas y se veía el color verde en ellos—. Pero… insisto en que ahora descanses y más tarde hablaremos junto con el otro médico que te operó. Aún es muy temprano y los efectos de la anestesia parecen aun estar en tu sistema, así que…— se detuvo al ver que ella parpadeaba varias veces, como si tratara de enfocar mejor su vista—. ¿Qué ocurre? —se agachó un poco, tratando de estar al alcance de su vista.
—¿Quién… quién es usted? — inquirió con los ojos entrecerrados.
El rubio se congeló de pies a cabeza. Un extraño temor se apoderó de él.
Continuará…
[N1]Se refiere a bata, guantes, cubrebocas y cosas por el estilo. Se utilizan para no ensuciar sus ropas clínicas. Todo es desechable, pero si tienen duda de cómo son, pueden buscar imágenes en internet, solo escriban: barreras desechables.
Y ya saben, entre más reviews, publico más rápido :)
Besos y abrazos.
Tsuki No Hana~°~
11/01/15
