SANSA

No podía creer estar escuchando esa pregunta. "¿Qué necesita el pequeño pajarito?". Por supuesto que sabía que era él en su sueño pero sintió como si la realidad le abofeteara la cara. Sintió un frío subir por la espina dorzal, su piel se erizó enteramente y sus pómulos quedaron enrojecidos del pudor. Ante todo era una dama educada, intentó recomponerse, intento controlar aquella sensación de verguenza que la había dominado para darse vuelta y saludar, como correspondía.

- Señor Clegane.. yo.. salí solo a tomar aire fresco, ya me dirigía.. - se dio cuenta que estaba titubeando y se sintió aún más abochornada - hacia mi recámara para recibir el almuerzo - dijo decidida tratando de mantenerse en pie. Resulta que había visto con temor y repulsión demasiadas veces la cara quemada de aquel hombre y cada vez que se encontraba con él esperaba que fuera más sencillo, esperaba que se hubiese acostumbrado, pero no. La verdad es que aquellas quemaduras le remitían a una bestia salvaje y aquel hombre no se comportaba diferente.

El silencio pareció apoderarse de la escena, el Perro la miró y notó que algo distinto había en su mirada, siempre desagrado, siempre repugnancia pero algo más, la vio ruborizada, la sintió temblar y no de miedo, algo así como nerviosismo, como cuando descubres a un perro doméstico haciendo algo que no debía hacer.

- Señor.. - bufó con desagrado y continuó hablando - te escoltaré. No quieres que Joffrey te descubra en pleno pasillo.

Esta actitud no la sorprendió pero la hizo sentirse culpable. Cada vez que lo miraba encontraba una bestia sin embargo jamás había vivido en carne propia su crueldad, más bien había sido una especie de escudo protector.. "Como ahora que la escoltaba hasta su cuarto o en la revuelta, o cubriendola con su capa, o limpiándo su herida en el puente de las picas."

De repente sus pensamientos se vieron interrumpidos. Un hombre menudo con la armadura de la Guardia Real salió del escondite donde se encontrara.

- Así que Lady Sansa ha salido a pasear.. - dijo con granujería en sus ojos - pienso que le gustará saber esto a mi señor Rey.

Sansa se sintió desfallecer, hacía meses que lograba escabullirse, hacía meses que había conseguido tranquilidad. Si el Rey la veía, si sabía que había estado paseando libremente encontraría la manera de hacerle un mal. La golpearía quizás, o algo peor. "Probablemente algo peor, algo que ni se me ocurra pensar". Estaba a punto de colapsar cuando escuchó al Perro responder.

- Como puedes ver yo estoy ocupándome de este asunto por encargo del Rey. Mejor guarda silencio y muévete de mi camino. - dijo Sandor imponiéndose. Nada bueno ocurrir si Joffrey se enteraba de que el pajarito revoloteaba por los pasillos. Aquel Guardia asintió y se encaminó hacia el oeste, lejos de la situación. - No deberías pasearte a plena luz del día, como si fueses libre. Si el pequeño Rey te encontrase o cualquier otro especímen, no podrás defenderte sola. Querrán aprovecharse de la damisela y no querrás acabar con un bastardo en el vientre. - dijo rudamente. Trataba de ser duro para que Sansa pudiese ver el peligro que corría, pero sentía que ella no entendía, que seguía creyendo que llegaría un caballero a salvarla de todos los males del mundo.

Sansa asintió sin más que decir. Seguían caminando, ella iba atrás de él siguiéndole los largos pasos. El lugar estaba rodeado de insectos, había acontecido una lluvia y quedaban moscos y otros bichos molestos zumbando por ahí. Uno se posó sobre el omóplato derecho de Sandor y Sansa instintivamente acercó su mano para espantarlo, en ese momento sintió el calor que emanaba el cuerpo de él y notó cómo sobresalía su músculo, la abordaron unas ganas de apoyar su mano ahí, de sentirlo, sentir esa inmensidad, ese calor pero un estruendo la sacó de su encantamiento. Era la mano de él golpeándose su propio músculo, tratando de matar al insecto. La brutalidad de aquel movimiento la dejó un poco atónita hasta que notó que habían llegado a la escalera que conducía a la puerta de su cuarto.

- Aquí te quedas, pajarito. - dijo con el tono amenazante y rudo de siempre. - Más te vale.

Por algún motivo Sansa no sintió esto como una amenaza, sino como un consejo. No quiso pensar más en nada y como siempre que necesitaba despejarse, se preparó para darse un baño, comenzó a sacarse el vestido, luego el camisolín que siempre llevaba debajo. Colocó la ropa que iba a ponerse después en la mesilla al lado de la tina y se sumergió en el agua. Comenzó a lavarse y cuando se iba a enjabonar los hombros recordó al Perro golpeando su propia carne. Se sintió ruborizada. Comenzaba a reprimir cada uno de sus pensamientos. Pero no podía. Se imaginaba aquel músculo, se imaginaba todos sus músculos tan fornidos. Pensó en el ruido que hizo el golpe, la brutalidad. Por un segundo diferenció la brutalidad de la bestialidad. "No es una bestia. No es otra bestia." Joffrey se le vino a la cabeza. En un tiempo aquel jóven rubio de ojos claros, de tez blanca y suave le parecía ser el caballero más galante de todos, hoy sabía de su crueldad. "Eso es una bestia" pensó. Metió la cabeza en el agua por unos segundos, se sintió liberada. No entendió bien por qué. La realidad es que había descubierto una verdad que jamás había entendido antes. Pero no estaba preparada para afrontarla. Tomó una toalla con la que se secó y rapidamente se vistió, no estaba cómoda con su desnudez. La hacía sentir liberada, indefensa de si misma. Como si su desnudez la conectara con su verdadero ser y sus verdaderos pensamientos, los no reprimidos. No quiso dejarse llevar por aquellos.

Ya vestida comenzó a peinarse al lado del ventanal, miró hacia abajo. Desde su recámara se veía el patio de entrenamientos. Lo vió a él. Luchando con su torso desnudo. Sus cicatrices bajaban por el cuello y se fundían en el vello que predominaba en su cuerpo entero. No pudo dejar de mirar aquel hombre sucio, lastimado, real. Sintió que era tan repulsivo que le fascinaba.. Recordó su sueño y se confesó a si misma que había algo que necesitaba y solo ese hombre parecía tener.

SANDOR

Luego de comer en compañía del rey se fue al campo de entrenamiento, se la pasó derribando hombres toda la tarde. Por algún motivo estaba lleno de rabia. El sol se ponía, todos fueron al descansadero y él estaba a punto de dirigirse a los pasillos con el pretexto de la vigilancia, en realidad quería alejarse de la gente y beber un poco. Pero como cada día, luego del entrenamiento llegaban las cortesanas para atenderlos. Una de ellas se le sentó en la falda y le susurró algo al oído, Sandor le corrió la cara bruscamente. Jamás entendió qué idiota podía creerse que alguna de aquellas mujeres se les acercaba por voluntad propia, por eso no entendía la necesidad del susurro y el coqueteo. Claro que se había acostado con muchas putas, sencillamente odiaba la falsedad del ligue. Ese día estaba de un humor particular así que se llevó consigo a la muchacha hasta una pared escondida que daba a una especie de cocina improvisada donde se guardaba el vino y la desnudó entera, ella quiso desnudarlo a él pero este entre balbuceos la acostó en un tablón de madera, bajó su malla e introdujo desapaciblemente su miembro dentro de ella. Dió unas cuantas estocadas mientras cerraba los ojos y no pudo pensar en otra cosa que no fuese el pajarito. Se la imaginaba con su piel pálida y su cabello rojizo, virginal, pura. Sentía que cada vez se endurecía más de sólo dibujarla en su mente. No era rabia lo que tenía dentro sino furor, ardor, como cada vez que la veía y la tenía cerca. El gemido de la cortesana lo hizo salir de su ensoñación y le provocó abrir los ojos. No estaba ahí con él, jamás aquel pajarito perfecto estaría ahí con una bestia como él. Se frenó en seco y con su mano guardó su pene todavía erecto en el ropaje.

- ¿Quizás hice algo mal? ¿Prefieres que te ayude a terminar solo..? - dijo de manera sugerente Aldreda, la cortesana.

- Aquí están tus monedas. - dijo el gigante mientras desembolsaba unas cuantas estrellas de cobre más que las que debía pagar por el servicio - Vete a complacer por otro lado.

Se sentó unos minutos en aquel tablón simplemente a odiarse a sí mismo. No hacía otra cosa que pensar en aquellos pómulos que se enrojecían con tanta facilidad. Se imaginaba tocando sus pechos redondos, aquellos que ocultaba en sus vestidos pero sobresalían de cualquier forma. Cuán ruborizada la pondría aquello.. "Dejate de pavadas. Mientras tú te la follas en tu mente, ella visualiza aquel caballero inexistente que sin dudas no está desfigurado ni es una bestia bruta como tú". El griterío de la habitación contigua lo sacó de sus pensamientos. Se paró con tal brusquedad que el tablón en el que estaba sentado quedó en el piso. Se dirigió a los pasillos de una vez por todas. No pudo evitar caminar para el este, donde se encontraba la habitación de Sansa. Se quedó allí durando horas bebiendo hasta quedarse dormitando en el último escalón de su cuarto.