Capítulo 1: La bruja y el cazador
Fiel a su promesa, Victoria volvió a visitarme en mi cuarto la semana siguiente. Y todas las semanas a partir de la primera vez.
Al principio, era siempre igual. Irrumpía en mi cuarto durante la noche, me quitaba la ropa y me acariciaba, para luego marcharse por donde había venido.
Nunca pronunciaba más de dos o tres frases. Generalmente, lo único que hacía era decirme lo hermoso que era, lo mucho que había crecido o cómo disfrutaba tocándome.
Yo, en cambio, jamás dije una palabra.
Me consolé con sus caricias y visitas erráticas, y elegí reprimir la extraña sensación que me embargaba ante su contacto.
Por primera vez en mi vida, me pareció que le importaba a alguien. No podía comprender entonces lo retorcido y enfermizo de ese afecto que Victoria me prodigaba, porque, por triste que suene, era el único afecto que conocía.
Sin embargo, podía sentir que algo se quebraba. En mi interior, sentía asco por mi mismo. Dejé de mirarme en el espejo para no tener que encontrarme con mi propio rostro. Me volví más taciturno y apagado que nunca.
Pero aunque reconocía que algo se descomponía dentro de mi, no supe ni quise hacer nada para componerlo.
Unos meses después, en una de sus visitas, Victoria me pidió que hiciera algo por ella. Se desnudó frente a mi, y llevó mis manos a sus pechos. El contacto hizo que gimiera suavemente. Luego se recostó en la cama a mi lado y llevó mis dedos a su entrepierna, indicándome cómo acariciarla, mientras susurraba mi nombre.
A partir de esa noche, nuestros encuentros semanales consistieron en la doble rutina de sus caricias en mi cuerpo y las mías en el suyo.
Y aún así yo no fui capaz de decirle jamás ni una palabra.
Cuando Victoria decidió que era tiempo de llevar las cosas un paso más adelante, yo tenía poco más de 16 años.
Me visitó en mi habitación y, como siempre, hizo que me recostara en mi cama, previo desnudarme y despojarse de su ropa. Yo no estaba autorizado a tocarla a menos que ella me lo indicara así.
Con suavidad, se sentó sobre mis piernas.
"Tan hermoso" dijo de nuevo, y acomodándose sobre mi cuerpo, hizo que me deslizara dentro de ella.
Aún hoy, si cierro los ojos, puedo recordar el sentimiento que me embargó en ese momento. Puedo recordar el olor de la habitación y el aroma de su piel. Puedo volver a escuchar sus gemidos y la forma en que pronunciaba mi nombre. Puedo ver su rostro caído hacia atrás y sus ojos cerrados en una mueca da placer, mientras sus pechos se balanceaban mientras se movía sobre mi.
Cuando Victoria se fue, me arropé en la cama en posición fetal, incapaz de conciliar el sueño.
Esa misma noche saqué la foto de mi madre de la mesa junto a la cama y la escondí en un cajón. No podía soportar mirarla.
Las visitas de Victoria mantuvieron su frecuencia y su contenido, pero de alguna manera algo cambió en su forma de tratarme.
Aunque nunca le había dicho una palabra ni me había negado a hacer nada de lo que me indicara, su trato se volvió más agresivo y violento.
Muchas veces mientras estaba en mi cama me jalaba del cabello, me arañaba o me mordía el cuerpo. Yo nunca le recriminaba nada, ni siquiera profería un sonido. Solo apretaba los dientes y soportaba el dolor obedientemente. Me aterraba hacer cualquier cosa que pudiera enfadarla y alejarla de mi. Me había vuelto dependiente de su retorcido cariño. No imaginaba volver a vivir siendo la sombra que había sido hasta ese momento.
Mientras estábamos juntos, Victoria siempre comandaba la situación y me obligaba a estar bajo su cuerpo. Generalmente, hacía que sujetara el cabezal de la cama para que no tratara de tocarla.
Cuando terminaba, se dejaba caer en mi pecho y susurraba que me amaba, aún cuando un segundo antes estuviera lastimándome con sus dientes o sus uñas.
Generalmente se marchaba cuando encontraba su propia satisfacción, sin esperar por la mía, dejándome solo y confundido en mi cama.
Pero aún así, yo nunca le dije nada. Me conformé con lo que ella pudiera darme.
Una tarde, mientras realizaba mi cabalgata de rutina, una tormenta me sorprendió. Regresé a la casa antes de lo habitual, sorprendido por la lluvia, y sentí un sonido proveniente del escritorio de la planta baja.
Estaba acostumbrado a deambular por la casa tratando de que nadie notara mi presencia, por lo que no me fue difícil escabullirme hasta la puerta del cuarto sin proferir un sonido.
La puerta estaba entreabierta y me permití echar una ojeada, intrigado.
Sentí que el corazón se me oprimía al ver a Victoria sobre el sillón, con James bajo ella, igual que unas noches antes lo había estado yo.
Los observé hasta que ella gimió extasiada, dejándose caer sobre él. James le acarició el cabello, de un modo que jamás me hubiera permitido a mi, y ella jadeo en aprobación.
"Eso fue increíble" la oí murmurar.
"¿Mejor que con el niño?" dijo James burlonamente.
Victoria levantó el rostro y enredó uno de sus largos dedos en los cabellos largos de James.
"Claro" aseguró. "Sabes que con Edward es diferente"
"¿Hasta cuando vas a sostener esta situación?" le preguntó él.
"Hasta que me plazca" soltó ella, irguiéndose sobre él. "O hasta que sea conveniente"
Victoria se levantó del sillón y comenzó a buscar su ropa alrededor del cuarto.
"¿Y cuando será eso?" quiso saber James.
"Cuando esté cerca de cumplir la mayoría de edad y de heredar la empresa de su padre"
"¿Qué harás entonces?" dijo él levantándose del sillón y anudando sus brazos alrededor de la cintura de la mujer, mientras besaba su cuello.
"Entonces tendré que deshacerme de él" respondió Victoria, acurrucándose contra él.
James detuvo sus atenciones de golpe.
"¿Deshacerte de él?" repitió buscando sus ojos.
"Claro, no puedo dejar que herede la empresa. Ni puedo permitir que alguien se entere de lo que ocurre bajo este techo" dijo ella tranquila.
"¿Deshacerte de él como?" repitió James, sus ojos desorbitados.
"De la única forma posible" Victoria giró en sus brazos y anudó sus manos detrás del cuello de James, besándolo apasionadamente en los labios.
"Y tu vas a ayudarme" le dijo. "Porque tu harías cualquier cosa por mi, ¿verdad?"
James dejó que ella se le prendiera al cuerpo y atacara sus labios con vigor.
"Dilo" le ordenó Victoria.
"Haría cualquier cosa por ti" aseguró él levantándola del suelo y anudando sus piernas alrededor de su cintura.
Corrí a mi habitación asqueado.
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Gracias a los que se atrevieron a leerme hasta acá! Espero que pueda colmar sus expectativas y agraderles!
