Un pestañeo.
Un pestañeo bastó para que Jose comprendiera que ya no se encontraba en la calle. Él y Javi estaban tumbados en una sala vacía, con el suelo de madera y amplias ventanas mostrando la calle. Bueno... no del todo vacía. Una gran esfera negra presidía la escena, y tras ella, tres personas les miraban.
Se levantó con cuidado mientras Javi seguía forcejeando.
- Eh...Cof, cof... Hola... ¿Qué es ésto? ¿Dónde estamos?- preguntó cautelosamente mirando a los desconocidos.
Javi se irguió también, jadeando, y empezó a mirar la sala. Parecía muy aturdido.
- ¿Qué coño...?.- susurró.
Uno de los extraños, un hombre joven, con barba de unas dos semanas y el pelo desmelenado, vestido con pantalón de chandal y una sudadera oscura, se adelantó para hablar.
- Bueno... Mejor que os expliquen ellos.- dijo señalando con la cabeza a los otros dos.- Yo aún no me lo creo.
Jose miró entonces a los dos individuos. Uno era un señor ya mayor, que superaba los 50 con facilidad. Llevaba gafas y tenía muy corto el poco pelo que le quedaba. Era más bien bajito y encorvado, pero lo disimulaba con una gabardina marrón de cuello alto. A pesar de que no era demasiado viejo, llevaba la cara llena de arrugas.
La otra era una mujer adulta, que no llegaba a los cuarenta años, con un largo y liso pelo castaño que llegaba hasta sus brazos cruzados en el abdomen mientras apoyaba la espalda contra la pared. Llevaba un ajustado traje de ejecutiva y parecía impaciente.
Con una mueca de disgusto, ésta se dirigió al viejo:
- Te toca.- soltó con dureza antes de volver la cara hacia las ventanas.
Con un asentimiento de cabeza, el hombre se adelantó hasta la parte delantera de la bola. Al adelantarse, Jose advirtió asustado que las arrugas que había visto en su cara eran cicatrices, que cruzaban sus amofletadas mejillas y la redondeada nariz, para pasar por encima de una ceja, llegando a la frente.
- Os lo explicaré cuando estemos todos.- dijo con una voz ronca, como astillada.- Mirad, ya llegan más.
Señalaba una parte de la sala tras la pareja recién llegada, a donde se dirigía un rayo proveniente de la esfera. Jose se apartó de un brinco.
"¿Un láser?"
Javi parecía igual de sorprendido, pero aun así, esquivaron las miradas cuando sus incrédulos ojos coincidieron en la trayectoria del rayo.
- No puede ser....- exclamó Javi.- ¿Alo?
Así era, el extraño láser parecía estar reconstruyendo a Alo capa por capa, en una posición de movimiento, angustiosa. Al completar la tarea, se apagó, y Alo cayó sobre el suelo, apoyándose con las dos manos. Respiró con dificultad durante unos segundos y miró a sus amigos.
- ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado?.- preguntó mientras se ponía de pie.
- Eso digo yo. Tio, ¡esa esfera acaba de recrearte de la nada!
Antes de que Alo, que echaba la cabeza hacia atrás con ojos de incredulidad, pudiera decir nada más, otro rayo salió de la esfera y comenzó a "dibujar" una cabeza. Los tres reconocieron el pelo negro de Rodrigo, que en cuanto acabó la tarea del láser, se irguió sin decir palabra y se puso a mirar en todas direcciones, como si no comprendiera.
Lanzó una mirada inquisitiva a Jose, pero antes de que éste pudiera responder, un último rayo empezó a recrear el pelo de Rubén. Su cara era de uténtico pánico, y parecía estar mirando algo en el horizonte. Al estar completo, se echó para atras, cayendo sobre su espalda mientras gritaba:
- ¡Noooo!
Se había echado las manos a la cara y había cerrado los ojos. Rodrigo se rió nerviosamente, y ello hizo que Rubén abriera los ojos y se incorporase.
- Joder, joder, joder.- dijo mientras se mantenía sentado, con las piernas cruzadas.
Alo se agachó para ver si se encontraba bien, pero el anciano les interrumpió.
- Muy bien, parece que ése era el último.- dijo señalando a Rubén.- Soy Sebastián, pero llamadme Zeb.
Hizo una pausa para aclararse la voz y señaló a la mujer de la pared.
- Ella es Elena, y él... perdona, no recuerdo tu nombre.- se disculpó Zeb mirando al joven de la barba.
- Ah, ¿yo? Yo soy Marcos.
Se hizo un silencio incómodo hasta que Javi entendió que debían presentarse, por ello fue él quien habló en nombre de todos.
- Yo soy Javi, éste es Alo, él es Rodrigo y ése que está sentado se llama Rubén.
- Yo soy Jose.- anunció éste con aspereza.
- Perfecto, ahora escuchad: ahora se abrirá esta bola, saldrán armas y trajes que debéis cojer. Estamos en una especie de guerra y nadie nos ha pedido permiso para meternos porque sencillamente estamos ya muertos.
El grupo se había quedado mudo. Solo Rubén abrió la boca:
- T-tiene razón... Y-yo lo he visto... Joder... Cuando estábamos en la carretera, un autobús nos ha... ¡nos ha atropellado!... ¡Joder!...
- Eh, eh, eh, eh.- dijo Javi alzando las manos a la altura del pecho.- No puede ser. Si fuera verdad no estaríamos aquí, ¿no?
- ¿Qué es esto, el cielo?.- preguntó Alo.
- ¿El limbo?.- aventuró Jose.
- Bueno, y qué. Que qué quieres decir con eso.- acortó nervioso Rodrigo mirando a Zeb.
